CAPÍTULO XIII

—Esto —habló firme, con toda la confianza que reunió desde que se despertó en la mañana—. Enséñame a resolverlo.

Fushiguro colocó frente a Sukuna los papeles del ejercicio matemático que no lo dejó dormir en paz.

—¿Por qué debería?

—¿Por… favor? —titubeó.

Salvo su primer encuentro, no había recibido amenazas de ninguna clase por parte de ese tipo. Quizá tener modales no lo mataría. Aparte, pedírselo a él era el método más fácil para aprender y sobrepasarlo en el proceso. Podía recurrir a Gojō también, pero entre lidiar con él y tragarse su orgullo… Bueno, por algo estaba confrontando al gemelo de Yūji.

Una risa burlona resguardada entre dientes no se hizo de esperar. Sukuna vivía acostumbrado a que se le pusieran de rodillas y le rogaran. Esa era la primera vez que le pedían algo «por favor»; ya ni Uraume, que ofrendaba comida a cambio de recibir palizas cada semana.

—Muy bien —aceptó, nada más porque parecía divertido, aunque no por eso se iba a contener—, pero te advierto que no soporto a los imbéciles. Si tu cerebro no da para más, a la primera, me largo. Mi tiempo es oro, niño.

—Tengo nombre. —Se irguió en su lugar. Era pesimista y prefería evitar los problemas, mas no planeaba rebajarse—. ¿O es que las neuronas que no jalan son las de otro?

Sukuna resopló con arrogancia. Le gustaba esa actitud atrevida y retadora.

—Te veo en la biblioteca al acabar las clases. —Acercó el rostro al opuesto y sonrió con cinismo al ver que el otro no retrocedió—. Fushiguro Megumi.

«¿Piensa en hacerme decidir entre eso y el club?» se dijo Fushiguro para sus adentros.

Para fortuna o desgracia, lo que rompió la creciente y sofocante tensión, fue el sonido que hizo Yūji al sorber unos magníficos fideos. Nobara, a punto de morder su sándwich, giró la cabeza en dirección opuesta cuando los chicos desviaron la mirada hacia donde ellos comían. ¡No podía almorzar con tanto estrés! ¡Le daría gastritis!

Sukuna enarcó una ceja al divisar que el recipiente del que comía su gemelo se parecía a los que llevaba Uraume. No tuvo que analizarlo demasiado para saber lo que acababa de ocurrir.

—Oye, pedazo de animal, ¿se podría saber de quién es lo que te estás tragando?

Yūji se congeló antes de llevar a sus labios el caldo y lo depositó sobre la mesa, con la calma característica de un monje, para evitar derramarlo.

—¿Qué esperabas? ¡Habría sido una pena que se enfriaran!

—¡Eres un…!

Gracias a su instinto de autoconservación, Yūji escapó por los pelos del agarre de Sukuna, literalmente, porque el hermano pretendía tomarlo de la cabeza y aplastarla en el proceso.

Con un rápido movimiento de pies, Yūji se colocó detrás de Fushiguro, usándolo como escudo humano. Sukuna se movió a la izquierda, después a la derecha, y su hermano no hacía más que inclinarse hacia el lado contrario para no ser alcanzado.

—¡¿Pero qué crees que haces, idiota?! —exclamó Fushiguro, buscando por encima del hombro al responsable de la incómoda situación.

—¡Lo siento mucho, Fushiguro! ¡Prometo que te lo compensaré más tarde!

Acto seguido, arrojó al chico contra Sukuna, para ganar algo de tiempo en lo que corría hacia la salida del salón.

—¡Gracias por salvar mi vida! —Logró escucharse, antes de que la voz terminase perdida en la distancia.

De manera mecánica, Fushiguro se sostuvo de los hombros de Sukuna para evitar caer. Por si fuera poco, muchas partes de su cuerpo entraron en contacto con las ajenas, lo que generó en sus músculos una tensión pasajera.

«¡Ese imbécil!»

Sintió un par de manos tomar con fuerza su uniforme, antes de ser arrojado hacia donde se sentaba Nobara. Esta vez, sus rodillas tocaron el suelo, la visión se le obstruyó por algo blandito contra lo que chocó, y por lo que pudo discernir con el oído, era seguro que Sukuna salió a velocidad asesina tras su hermano.

En ese momento Gojō asomó la cabeza para curiosear. No andaba demasiado lejos de allí y vio a los Itadori huir como si los persiguiera el diablo. Algo había pasado seguro.

—¡Fushiguro! —rugió Nobara, conteniendo las ganas de soltar una patada.

El rostro de su compañero se hallaba bien apretado entre sus pechos. No era una mujer de atributos miserables, por lo que la escena que protagonizaban podría resultar obscena si se desconocía el contexto.

—Te doy dos segundos —sentenció, de lo contrario, sí le daría una caricia en la cara con el pie y no escatimaría en fuerza.

—¡K-Kugisaki! —Se alejó en un abrir y cerrar de ojos, quedando en cuclillas, sin contacto físico—. Lo lamento, no fue intenc…

Gojō lo interrumpió con un chasquido reprobatorio y continuo de su lengua.

—Muy mal, Megumi. Muy mal. —Dejó caer sobre la cabeza del nombrado el lomo del pequeño libro que sostenía en una mano, sin la violencia necesaria para lastimarlo—. Estás castigado. Ve por tu sermón con Nanamín antes de ir a tu club.

Fushiguro puso los ojos en blanco. ¡Él era la víctima!

Esos jodidos clones de cabello rosado le estaban causando más problemas de los que tenía contemplados para el resto del año.


Fushiguro se salvó de recibir una reprimenda al explicar la situación a Nanami. En el camino se encontró con Yūji, quien le preguntó si en verdad faltaría a la práctica de baloncesto y después de confirmarle, se dirigió a la biblioteca.

Lo usual era que los alumnos sacaran los libros por unos días para estudiar en casa, así que las mesas casi siempre estaban vacías. Tomó asiento y al no ver a Sukuna por ningún lado, extrajo de la mochila un ejemplar de Fiódor Dostoyevski para entretenerse. Le gustaba leer no ficción, también los periódicos y ver noticias, aunque no creía ni la mitad de lo que decían.

Luego de una hora o dos, hizo a un lado su texto, cerró los ojos y se recostó sobre la mesa.

¿En qué momento planeaba aparecer el Anticristo de la temporada? ¿Acaso le habría jugado una broma? ¿Su pelo era natural o teñido? Preguntaría a Yūji la próxima ocasión y, hablando de Yūji, ¿Sukuna tendría el cabello igual de suave que él?

«¿Pero qué demonios estoy pensando?» Le recriminó la voz de su interior. Quizás estaba demasiado cansado. Apenas era jueves, pero hasta ese instante fue que notó lo tensos que tenía los hombros y cuánto necesitaba una siesta.


Sukuna abandonó su papel de Bella Durmiente y escrutó los alrededores con la mirada.

Ni una sola alma.

Revisó la pantalla de su celular para confirmar la hora: cuarto para las cinco.

«¿Se acobardó el maldito?» De no ver a Fushiguro, mínimo le partiría el cráneo por jugar con su ajetreado itinerario (que de ajetreado no tenía nada).

Entonces, recordó que la biblioteca tenía dos secciones de estudio; la primera y más inmediata a la entrada, era la opción por excelencia de cualquier alumno; donde él se hallaba, casi al otro lado del recinto, constaba de un espacio con apenas tres mesillas bastante espaciadas. Le gustaba ese lugar porque casi nadie se acercaba y podía cerrar las cortinas para que el sol no interrumpiera el tratamiento de su insomnio. También podía comer sin recibir reclamos.

Tal vez fue estúpido de su parte no especificar en qué parte de la biblioteca debían verse.

Se echó sus cosas al hombro y se dirigió hacia la primera zona descrita donde, en efecto, yacía un Fushiguro muy quietecito en una posición apacible. Bostezó nada más al verlo y, gracias a sus malditas habilidades ninja (como solía decir Yūji), se sentó a un costado de él, sin despertarlo.

«¿Debería moverlo o algo así?» Cuánto deseaba tener una bocina de aire comprimido para sonarla y ver cómo se levantaba de golpe.

«¿O debería poner el sonido en el celular a todo volumen y acercárselo al oído?» Bueno sería una lata lidiar con otro reporte por algo tan estúpido como hacer escándalo en la biblioteca.

Entre una cosa y otra, fijó su atención en el libro sobre la mesa. Vio la portada y se tomó unos momentos para reflexionar lo que estaba a punto de hacer.

Una vez satisfecho por su travesura, dejó el libro en paz y guardó su bolígrafo. Después, analizó el rostro del chico para matar el tiempo.

«Para ser un hombre, tiene una cara muy linda.» De facciones fina y afiladas, piel nivea y bien cuidada, y las pestañas… Pasó el pulgar sobre éstas. Ni el párpado ni el ojo tuvieron reacción, lo que significaba que no se hacía el dormido.

No lo traería de regreso a la realidad nada más para explicarle menos. Así que sacó sus audífonos, los sincronizó con su dispositivo y se puso a ver videos. Tras varios minutos, por la costumbre de cuando algo similar ocurría con Yūji en casa, Sukuna llevó la mano a la cabeza de Fushiguro. Enredó los dedos en esas finas hebras tan oscuras como el ónice y deleitó su tacto con la sedosidad que le proveían. A causa de eso, impuso un masaje arrullador, cosa que regresó en sí a Fushiguro.

«¿Gojō-sensei?» Fue lo primero que pensó, pues los pocos recuerdos de la infancia que le gustaba mantener vivos incluían a su tutor haciendo ese tipo de cosas.

Cuando era pequeño, por motivos de competencia, quería ponerse a la par de Gojō y eso incluía seguirle el paso en las desveladas. Gojō, por su parte, descubrió que a Fushiguro le entraba sueño cuando le agarraban el cabello; información útil durante años y la razón de que detestara ser tocado en la cabeza.

No abrió los ojos, tan sólo suspiró sosegado. Disfrutaba mucho ese cálido contacto. De ser un gato, ronronearía sin dudar. No obstante, lo que le hizo abrir los ojos de golpe y levantarse de la mesa, fue recobrar la memoria de lo que hacía antes de quedarse dormido. No estaba en su casa y tampoco era un niño.

—¿Descansó bien su Alteza? —preguntó Sukuna con una venenosa mordacidad mientras se retiraba un audífono—. ¿Quieres que la próxima vez nos encontremos en la cama para mayor comodidad?

No respondió a sus provocaciones. En su lugar, alcanzó su botella de agua y le dio un trago, esperando que eso le hiciera espabilar.

—Cuidas bien de tu cabello. Eres como un gran perro peludo. No me importaría dejarte ser mi mascota. ¿Qué dices?

«Cuenta hasta diez, cuenta hasta diez. Vamos, Megumi, tú puedes. Uno...» Hizo oídos sordos. Se convenció de que lo peor que podía hacer era tomar a ese bruto en cuenta.

Como el ser ecuánime que era, primero robaría el conocimiento de Sukuna, después, ya, le diría hasta de lo que se iba a morir si continuaba molestando.

—¿Podemos empezar? —Puso los papeles sobre la mesa—. En caso de que sepas cómo, claro.

Sukuna sonrió de oreja a oreja. ¿Lo estaba retando? De ser así, no se quedaría de brazos cruzados.

Acercó su asiento al opuesto. Revisó la estuchera sobre la mesa como si fuera la propia y extrajo un lápiz con la mano izquierda.

—El planteamiento no te lo voy a explicar. —Señaló las estanterías alrededor de ellos—. Aquí hay unas cosas que se llaman «libros» y si supieras leer, sabrías cómo establecer esto.

«Cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco, cuarenta y seis...» Continuó el conteo en su interior.

—De entrada —prosiguió Sukuna—, esta ecuación se puede partir en cuatro.

Cuando trazó las cuatro divisiones, Fushiguro no pudo pasmarse en silencio.

—¿Eres zurdo? —Podría apostar a que en clases lo veía escribir con la derecha.

—Ambidiestro. —De ser unos años más joven se habría jactado, pero había perdido la cuenta de las veces que pasaba aquello y, por ende, ya no era divertido—. ¿Sorprendido? —preguntó con desinterés.

—Algo. Cualquiera supondría que no eres muy distinto de Itadori.

«¿Me acaba de llamar idiota?»

—¿Hah? ¿Ya nos llevamos así?

Fushiguro recargó el codo en la mesa y la boca contra la mano. Sólo así podría gesticular una sonrisa discreta.

Sukuna quedó atento a la curvatura de esos finos labios que se dejaban entrever, como si una ninfa semioculta buscara guiarlo al interior de un insondable bosque.

—¿Luego? —habló Fushiguro—. Se parte en cuatro, ¿y…?

Sukuna siguió con la explicación como si nada y justo cuando comenzó a explicar los temas nuevos para Fushiguro, éste anotó a toda prisa en una libreta.

Al caer la noche, su hora de salida habitual del club, se detuvieron. Aún no llegaban a la mitad del asunto, por lo que quedaron de verse al día siguiente en la sala del fondo que le gustaba a Sukuna.


Fushiguro se tendió boca abajo sobre la cama. Todo el día contó los minutos restantes para llegar a su habitación y tomar el descanso que se merecía.

Buscó entre sus cosas el libro que lo acompañó durante la espera por Sukuna. Se sentó, apoyando la espalda en una almohada de lectura y cuando lo abrió por donde colocó el separador, un papelito cayó sobre su regazo.

Su contenido era el siguiente:

Al final, el protagonista se entrega a la policía porque su crimen comienza a afectar su salud mental y es condenado a trabajo forzado en prisión, encontrando allí su "libertad".

—Sukuna

Una venita de odio apareció en su sien. Apretó los dientes y por poco arroja el libro contra la pared. Se detuvo porque los libros le gustaban mucho y sus códigos morales le impedían maltratarlos. En su lugar, dejó el ejemplar sobre su mesita de noche y lanzó la almohada con violencia.

Necesitaba desahogarse, así que desbloqueó su celular y se dirigió a un grupo de tres personas, incluyéndolo.

Fushiguro Megumi

Tu hermano es un idiota insufrible.

Kugisaki Nobara

Al fin!

Se estaba tardando en agarrársela en tu contra luego de lo del pan de yakisoba

Fushiguro Megumi

¿De qué lado estás? 💢

Itadori Yūji

Fushiguro ∑(O_O;)

q pasó?!

fue muy malo?!

Fushiguro Megumi

Nada serio.

Sólo… Ahg…

Kugisaki Nobara

Sólo qué? Sólo qué?

Un chisme se cuenta completo!

No puedes venir con un "ti hirmini is in iditi" y luego desaparecer

Itadori Yūji

cierto

σ( ̄、 ̄〃)

Kugisaki Nobara

Tú no tienes al idiota insufrible contigo?

Ve a interrogarlo si Fushiguro no nos dice nada

Itadori Yūji

a la orden! ヽ(・∀・)ノ

Fushiguro Megumi

Un spoiler…

Itadori Yūji

aaaaaa

a sukuna le gusta hcer eso

ten cuidado (っ˘̩╭╮˘̩)っ

Fushiguro Megumi

¡¿Y me lo dices ahora?! 💢💢


La sesión de estudio de un día se extendió a dos, luego a tres y, en un suspiro, completaron la semana. No se limitaron al dichoso ejercicio de Gojō; de algún modo, Sukuna, por puro capricho, encontró satisfacción en que alguien entendiera bien y a la primera con un ritmo acelerado.

Fushiguro intentó acostumbrarse a la personalidad de Sukuna. Si Yūji podía, él también. No obstante, era horrible, un jodido sádico; su sentido del humor era bastardo y tan negro que seguro rapeaba.

Entre pláticas esporádicas también descubrió el alcance de su ambición, de la insaciable sed de más; le gustaba mantener la situación bajo control y consideraba aburrido lo que fuese que no cumpliera sus expectativas. En ese punto, Fushiguro se sintió halagado, pues, pese a que nunca hizo mención de ello, quizá él estaba cumpliendo la expectativa intelectual de Sukuna y por eso no lo mandaba al carajo.

Sin embargo, aunque le encontrara más defectos que virtudes, no le parecía tan terrible como todos aseguraban que era. Al inicio creyó que sólo Yūji podría estar de su lado por ser su hermano, pero llevarse bien con Sukuna no era tan difícil una vez le hallabas el modo.

Ambos pertenecían a ese grupo de personas que ponían en palabras lo que cruzaba por sus mentes, la diferencia era que Sukuna no escatimaba en las consecuencias; sin duda alguna resultaba problemático, porque la verdad sin tacto era vil crueldad.

También estaba el rasgo más destacable de Sukuna: la empatía, que brillaba por ser un atributo a años luz de su compresión. Eso los diferenciaba en un amplio sentido. Fushiguro podía no demostrarlo de buenas a primeras, pero era capaz de sentir compasión y ser solidario, con gente muy cercana a él, al menos, como Nobara o Yūji. Por su parte, Sukuna… Esa cosa ni sentimientos tenía. Es como si fuese ajeno a las desgracias a su alrededor. Eso lo confundía mucho, porque Sukuna, bueno, el… tenía novia. En teoría, debía, no sé, ¿tener corazón?

Fushiguro acumuló tantas dudas en su interior, que el no saber por qué necesitaba aclararlas originó un agudo repiqueteo en su cabeza que lo enloquecía de vez en cuando.


Una noche de sábado, como muchas otras, después de tomar un baño y pasar a la cocina por leche fría, sucedió algo que solía ocurrir cuando ciertos astros se alineaban: Sukuna inició una conversación de manera amable.

—Oye, mocoso.

—¿Mh?

—¿Cuándo es el cumpleaños de Megumi?

—El… —mordió el borde del vaso de vidrio, como si eso ayudara a hacer memoria—, veintidós de diciembre.

Antes de preguntar la razón tras la súbita duda de su gemelo, Sukuna arremetió con otra interrogante.

—¿Qué cosas le gustan?

—Le gustan… le gustan… —Cerró los ojos para pensar en lo que llegó a ver en la habitación de su amigo—. Los libros, los animales y comer. Aunque siempre deja los pimientos dulces. No le gustan para nada. —Soltó una breve risa al final sólo de visualizar la cara que ponía al verlos en su plato—. Ningún plato dulce, en general.

—Hmm, ya veo.

«Qué quisquilloso.»

—Mencionaste animales —agregó Sukuna—. ¿Tiene algún favorito?

—Eso sí que no lo sé, pero tiene dos perros muy grandes y muy peludos en casa. —A juego con su descripción, realizó la mímica de acariciarlos, como hacía en diversas ocasiones.

Ahí murió la conversación, o eso le habría gustado a Sukuna, porque Yūji tenía sus propias inquietudes.

—A todo esto, ¿qué piensas hacer con toda esa información?

—Secuestrarlo, claro está —respondió con ironía—. ¿Acaso pregunté su dirección?

—Bueno, bueno, ya entendí —suspiró, encogiéndose de hombros. Esperaba una explicación más detallada—. Es sólo que no sueles interesarte mucho en la gente y, cuando lo haces, así empiezas. Aparte, quizá es porque somos gemelos, pero me das una vibra extraña, como si te gustara...

Sukuna desvió la mirada y un tenue carmín coloreó la parte superior de sus mejillas. No sabía si la percepción de Yūji estaba mejorando, o si las neuronas que compartían de nacimiento habían comenzado a conectarse.

—¡Momento! —exclamó, porque esa reacción antinatural en su hermano puso todos sus sentidos alerta—. ¡¿Es enserio?! ¡Fushiguro te…!

—¡¿Y si es así a ti qué demonios te importa?! —interrumpió—. ¡¿Huh?!

Tal vez ponerse a la defensiva a gritos no fue el mejor curso de acción. Sin embargo, ¿qué más podía hacer? No quería escuchar ese tipo de aseveraciones de los labios del único idiota al que le permitía respirar de su mismo oxígeno.

Ambos se miraron por varios segundos, fijos en sus posiciones, hasta que una sonrisa maliciosa y picarona, que no auguraba nada bueno, se dibujó sobre las facciones de Yūji.

—¡Le voy a decir! —No, no lo haría, aunque eso no le impidió lanzarse en dirección a su habitación para tomar el celular y hacer la actuación más convincente.

—¡Date por muerto, hijo de perra! —bramó con una fuerza tal, que no sería raro si el vecino aparecía a su puerta para reclamarles por el escándalo.

Salió tras el baboso ese a la par que un aura ascendida desde el mismísimo infierno se apoderaba de la habitación.

Yūji quería tener un momento de unión fraternal divertido e intenso, en parte, porque había una persona en común de la que ambos podían opinar. Moría de ganas por preguntar a Sukuna cómo fue que descubrió estar enamorado de Fushiguro, pero guardaría la inquietud para más tarde, más que nada, porque ahora debía luchar por su vida y rogar despertar ileso en casa, no en un hospital respirando por un tubo.