CAPÍTULO XIV
—Déjame ver si entendí —habló Yūji, haciendo una señal de alto con las manos—. Molestas a Fushiguro porque te gusta. ¿Correcto?
—¿Hah? —Sukuna levantó las cejas, perplejo—. ¿Acaso tienes problemas para procesar la información en tu cerebro? Espera, no me contestes. —Negó con la cabeza—. Está claro que los tienes. Mi error fue hablar de esto contigo.
—¡Que no es así! —Puso los ojos en blanco.
No quería afirmar que pasaba seguido, pero Yūji solía cuestionarse la manera en que Sukuna percibía el mundo y si se lo decía de frente seguro que no lo aceptaría. No tenía de otra más que hacerle ver sus errores.
—Mira, no puedes decirle a alguien «tu cabello es como el de un gran perro peludo» —imitó la voz de Sukuna en esa frase—, y esperar que lo vea como algo positivo.
—¿Por qué no? —Se encogió de hombros—. Los perros son lindos (creo). Hay muchos videos por todo Internet al respecto. Es un halago muy ingenioso si me lo preguntas. —Sonrió satisfecho. No le dedicaría un piropo así a nadie a menos que en verdad se lo mereciera.
—¡Suena a insulto! —Era imposible lidiar con ese razonamiento—. A este paso parecerá que le haces bullying.
—Patrañas.
En conclusión, a Sukuna le gustaba Fushiguro por sus atributos mentales; inteligente, suspicaz, calculador. Sin mencionar su personalidad tranquila, seria y reservada que fungía como detonante para obligar a Sukuna a ponerse creativo si deseaba obtener expresiones distintas como recompensa.
—¿Y estás bien con eso? —preguntó Yūji.
—¿Con qué?
—Con Fushiguro, es decir… Es un chico, sabes.
Sukuna dejó de lado el celular y encaró a su otro yo.
—Por supuesto que lo sé. ¿Por qué? —Frunció el entrecejo con cierto fastidio—. ¿Te incomoda?
—¡Ah! ¡No, no, no, no! —Agitó las manos con nerviosismo.
Tal vez dio a entender que le asqueaba que sintiera atracción por alguien de su mismo sexo, aunque no era nada de eso ni por asomo.
—E-Es sólo que —carraspeó, para aclarar tanto su garganta como sus ideas—, bueno… Tú sabes…
—No lo pienses demasiado, sólo escúpelo.
Yūji esperaba encontrar las palabras correctas, si es que había una forma adecuada para lo que iba a decir, pero Sukuna tenía razón. Lo mejor era hablarlo de frente o parecería un idiota que sólo busca evadir el tema por vergüenza.
—En nuestra anterior escuela —prosiguió—, tuviste sexo con algunas chicas, ¿verdad? —Si no recordaba mal, hasta había sido partícipe de un trío en su cumpleaños dieciséis—. ¿Qué fue lo que te hizo... cambiar de gustos?
—Ah, con que era eso. Verás —suspiró. Acto seguido, se dejó caer sobre la cama, acomodando ambas manos tras la nuca—, creo que soy bisexual.
Yūji, sentado en flor de loto por un lado, recargó la espalda y la cabeza en la pared. Fijó sus ojos en el techo y sonrió a causa de la tranquilidad que respiraba.
—Entonces estoy feliz por ti.
Eso captó la atención de Sukuna.
—Fushiguro es un buen tipo. Algo gruñón en ocasiones, aunque de alguna forma creo que podría encajar contigo. —Luego, desvió la mirada hacia las sábanas, fingiendo amargura y desconsuelo—. También me siento terriblemente mal por él. Pobrecito, no sabe lo que le espera. Va a ser cortejado por el mismísimo Satanás.
En alguna parte de la ciudad, Fushiguro estornudó.
A mitad de semana, durante la práctica de baloncesto, Tōdō llamó la atención de los presentes con un par de aplausos atronadores. No obstante, todos los ojos se dirigieron en torno al barullo originado por los gemelos que, cada tanto, protagonizaban una escena exótica.
Yūji estiró la mano para alcanzar la espalda de Sukuna y dirigirse a donde su autoproclamado hermano de otra madre los convocaba, pero el destino se levantó por la mañana con ganas de sazonar su vida con peligro, así que le hizo tropezar. Por reflejo, cerró la mano al sentir que sus dedos rozaban algo de tela, para tratar de frenar la caída en un intento fallido. Cayó al piso de todas formas, mas alcanzó a apoyarse en una rodilla.
—Ugh, lo siento Suk…
A Yūji le desapareció la voz y la garganta se le secó de golpe cuando levantó la mirada y se topó con el aterrador hecho de que sus dedos bajaron tanto el short como los interiores de Sukuna, dejando a la vista buena parte de su ejercitado culo.
Todo el mundo fue testigo de la siguiente sucesión de eventos en cámara lenta:
Yūji emitió un sonido agudo y ahogado mientras soltaba la ropa.
Sukuna se acomodó el uniforme como si nada.
Yūji se levantó del suelo con temor, las piernas temblando a cada segundo.
El tiempo retomó su curso habitual. Muchos podrían asegurar que se aceleró, pues Yūji salió disparado como bala, presa del pánico; Sukuna demoró microsegundos en lanzarse contra él, cual ente demoníaco sediento de sangre, que sólo podía ser apaciguado al observar los órganos de su presa esparcidos por el suelo en un espectáculo dantesco.
Lo más seguro era que esos dos hubieran alcanzado velocidades extremas en tiempo récord. Lástima que nadie tenía un cronómetro a la mano.
Al dar una vuelta al gimnasio y no encontrar punto de huida, Yūji centró su atención en el pequeño almacén donde se guardaba lo más necesario: balones, redes y herramientas de limpieza. Si podía encerrarse allí durante un par de minutos, u horas, o días, o semanas… Hasta que a Sukuna se le bajara la ira, podría garantizar su supervivencia con éxito.
—¡A un lado! —gritó a las managers.
A los costados de una cesta de tela con balones, que reposaba sobre una especie de carro con rueditas, había un par de chicas que no lograron mover a tiempo dicho contenedor y como bloqueaba el acceso al almacén, Yūji ejecutó el plan B: saltar hacia la salvación.
Sukuna optó por deslizarse sobre la duela, pasar bajo el carrito y entre las piernas de su hermano.
—¡Bu!
Las managers se retiraron de ahí a toda prisa, sin atreverse a mirar al interior.
El resto de los miembros del equipo se mantuvieron a la expectativa. Al inicio, nada, ni un sólo ruido; segundos más tarde, súplicas y chillidos angustiosos de Yūji.
—¡Por favor, por favor, por favor! ¡Sukuna fue un accidente! ¡¿Pero qué estás…?!
Otro extraño silencio y, luego, un grito tétrico y fragoso. Alcanzó notas tan altas que Yūji pasó de ser un estudiante de instituto más del montón, a ser la envidia de cualquier soprano. Si los vidrios no se destrozaron con el choque de las ondas sónicas que brotaron de su garganta, fue por gracia divina. No había otra explicación.
Sukuna salió de la habitación sacudiéndose las manos. Nadie se atrevió a mirarlo a los ojos por temor a la muerte.
Al no ver indicios de Yūji, Fushiguro se acercó a trote lento para confirmar si se hallaba con vida. Antes de llegar al almacén, apareció la silueta del chico, tambaleándose como ebrio e inclinándose un poco hacia el frente. Se recargó en el marco de la puerta para mantener el equilibrio. Sin embargo, al dar el primer paso fuera, cayó de rodillas. Llevó la frente al piso y ambas manos hacia la entrepierna, soltando un gemido lastimero.
El resto de los muchachos sintieron una punzada en el estómago. No les fue difícil imaginar lo que había pasado allá adentro.
—Itadori —Fushiguro se acuclilló a su lado, asombrado de los que sus ojos tenían delante—, ¿estás…? ¿Estás llorando?
El nombrado negó con el rostro aún en el suelo. Sí le escurrían unas cuantas lágrimas, mas era involuntario.
—Fushiguro —dijo con voz ahorcada—, creo que ya no vas a ser tío.
Tras decir esas palabras, pasó a mejor vida.
Tomó un buen tiempo que Yūji recobrara el color del rostro, superara el trauma mental y pudiera mantenerse en pie sin parecer un ciervo recién nacido.
Por segunda ocasión, Tōdō se paró frente al equipo e hizo un anuncio importante.
—Tendremos un partido de práctica la semana entrante. Será con una de las cuatro escuelas que resultaron finalistas en el interescolar del año pasado. —Seleccionó esas palabras a propósito porque no recordaba el nombre de la academia—. Como nos hospedaremos en sus dormitorios el fin de semana, necesito que entreguen el permiso firmado por sus padres al entrenador o al profesor Nanami.
Al decir aquello, las chicas que apoyaban en el club comenzaron a repartir unas hojas.
Fushiguro se preguntó qué harían los gemelos al respecto. Él comentó con Gojō lo de su abuelo para que les echara una mano en lo que pudiera, a Yūji, más que nada. El problema yacía en que Gojō no podía firmar como tutor responsable, ¿o sí? En cualquier caso, él era un amigo de la infancia del profesor Nanami, así que podría hablar con él para interceder por ambos chicos. No es que tuviera especial interés en rodearse por ellos, tan sólo eran miembros titulares y la práctica les serviría de mucho.
—Tomen asiento donde quieran —dijo Nanami, abriendo la puerta de la sala de maestros.
Los Itadori entraron. Yūji saludó con la mano a Gojō y a Fushiguro, quienes pausaron su plática cuando la puerta se abrió.
—¡Nanamín! —exclamó Gojō—. ¿Al fin decidiste adoptar a los niños? Como tu senpai en el área puedo darte consejos muy útiles.
—No los necesito, gracias —contestó, lo que menos quería era a Gojō dándose aires de superioridad por lo que quedaba de la semana—. Además, con sólo ver la cara del joven Fushiguro, puedo asegurar que eres el menos indicado para dar consejos.
Contra todo pronóstico imaginable, esa fue una broma. Lástima que no se interpretara como tal por los presentes o eso quiso pensar Nanami, porque el único que se rió fue Sukuna.
—Excuse me? —Gojō se llevó una mano al pecho.
«Ay, no» Nanami rodó los ojos. Luego de escuchar el tono chillón que empleó el otro, presintió el teatro que estaba a punto de montar.
—Yo aquí veo a un muchacho perfectamente sano. —Presentó a Fushiguro con un ademán ridículo que consistió en mover los dedos, extender los brazos y bajar una rodilla casi hasta tocar el suelo.
—¿Y en cuántos dígitos va el contador de traumas?
Gojō dio un paso hacia atrás para salir del rango visual del muchacho. Cruzó un antebrazo frente al otro para hacer una «X» bastante visual y negó con la cabeza.
«¡No hablamos de eso, Nanamín! ¡Es tabú!» Movió sus labios como si pronunciara aquellas palabras.
—Yo no tengo traumas —enunció Fushiguro, con los ojos entrecerrados, intentando mantener la compostura—. ¿Y pueden dejar de hablar como si no estuviera aquí?
—Tiene razón. Le pido una disculpa —expresó Nanami, ajustándose los anteojos en el proceso. No fue su intención ni mucho menos. Lo dijo por sí mismo y las secuelas mentales de pasar tanto tiempo con esa pesadilla parlante de ojos color vómito de alienígena y cabello de anciano.
—¿Entonces…? —habló Gojō para romper el repentino silencio.
—Según que ya te ibas.
—¿Mh? Pero si yo no me… —Captó que era una indirecta cuando Nanami le dedicó una severa mirada que gritaba «vete».
Fushiguro lo entendió, pese a que la indirecta no era para él, y recogió sus cosas sin protestar.
—¡A-Ah! ¡Sí! Vámonos, Meg… —Cortó sus palabras de golpe, pues el chico ya tenía un pie afuera de la oficina—. ¡Espérame, Megumi!
Tomó las llaves del auto, su chaqueta negra y salió tras su adolescente malhumorado sin cerrar la puerta.
Nanami suspiró, echando la silla hacia atrás, pero Yūji se levantó antes.
—Yo lo hago, yo lo hago.
Cerró la puerta y regresó a su asiento de inmediato, a un lado de su hermano, frente al profesor.
—Bien —prosiguió Nanami. Sacó un par de permisos para asistir a un partido de práctica, firmados, y los puso sobre el escritorio—. ¿Qué voy a hacer con ustedes?
La visita que les realizó meses atrás no quedó sólo en eso, sino que comenzó a echarles un ojo cada tanto. En consecuencia, se hizo de la confianza de ambos y descubrió varias cosas interesantes.
No planeaba tocar el tema del abuelo fallecido. Sabía que ellos hacían lo que podían a su modo y llevaban una correcta distribución de gastos. No era grave lo que habían hecho; no obstante, quería hacerlos conscientes de que necesitaban un adulto al cual recurrir en un caso ineludible y él, bueno, tenía sus razones para apoyarlos con lo que hiciera falta.
Lo que menos deseaba era que el pasado que desconocían los alcanzara y los ahogara en un mar de desesperación y lágrimas. Anhelaba mantenerlos a salvo, al menos a ellos.
—¿Sensei? —Yūji se aventuró a hablar al ver al profesor tan reflexivo. ¿Acaso lo hicieron enojar?
Esa simple palabra sacó a Nanami de su trance.
—Empecemos con el delincuente número uno. —Dirigió la vista a Sukuna—. ¿Cómo se declara?
—No diré ni una sola palabra hasta que llegue mi abogado. —Cruzó los brazos con arrogancia y resopló.
Yūji le dio un golpecito en el brazo. A lo que Sukuna entornó los ojos antes de retomar la palabra.
—Culpable por delito de falsificación —finalizó con un molesto chasquido de lengua.
—¿Y el delincuente número dos? —Dedicó una mirada inquisitiva al otro.
Yūji volteó al cielo por inspiración y al suelo por arrepentimiento. Llevó una mano a la parte trasera de su cuello y suspiró.
—Culpable. —Dejó caer la cabeza hacia un costado.
—¿Por…?
—Alcahuete.
—Muy bien. —Archivó los permisos—. Escúchenme bien. Esta será la última vez que lo dejo pasar; la siguiente, tendrán que hablar conmigo primero. ¿Entendido?
—¡Sí! —exclamó Yūji, alegre de que podrían viajar con el resto del equipo.
—Ok —respondió Sukuna con pereza, restando importancia al asunto.
—Una cosa más —agregó cuando los muchachos se pusieron en pie con la intención de retirarse—. No lo comenten con el joven Fushiguro ni con Gojō.
Más que nada, lo decía por Yūji. Él y Fushiguro parecían grandes confidentes. Con Gojō… No tenía problema con que se enterase; no representaría un inconveniente laboral, salvo por la tonelada de bromas y comentarios que estarían a la orden del día.
Por otro lado, algo en Yūji le inquietaba cuando pensaba en su relación con Gojō. Por la manera en la que se comportaba y la velocidad con la que se dieron los hechos, temía que buscara rellenar el hueco que dejó su figura paterna con un ser tan errático e impredecible como era el idiota ese.
Debía cerciorarse.
—Itadori.
Los chicos voltearon a la par.
—Yūji —aclaró.
—¿Sucede algo?
—¿Qué piensas de Gojō? —Ante la interpretación extensa de la pregunta, añadir algo más sería favorable para obtener la respuesta que buscaba—. Dicho de otro modo, ¿qué representa él para ti?
Sukuna se mantuvo expectante. Aunado a lo ocurrido en el cine, la forma en que éste se enfocaba tanto en su hermano comenzaba a parecerle anormal. Señales sutiles, sin duda, pero que ponían todos sus sentidos alerta.
—Uhm, ¿cómo decirlo? —Cerró los ojos y se sostuvo el mentón—. Gojō-sensei es… Para la edad que tiene, no esperaba que fuera tan divertido y agradable.
«¿Divertido y agradable?» Sukuna y Nanami compartieron un mismo pensamiento.
—Sin embargo —continuó—, aunque es muy cercano a Fushiguro y todo eso, me da la impresión de que está muy solo. No sé por qué.
Quizá porque él sentía algo semejante. Tenía a Sukuna, claro, aunque había ocasiones en las que, por alguna extraña razón, abría los ojos y no lograba ver a nadie a su lado.
—Cuando estoy con él siento… Es como si al fin nos hubiéramos encontrado, ¿sabe? —Rascó su mejilla con un atisbo de nerviosismo.
Ambos le dirigían una mirada entre asombrada y extrañada.
—¿So-Sonó raro?
—Entonces —se aclaró la garganta—. Lo ves más como un amigo que como un profesor, ¿no es así?
—Mh —asintió, cambiando su expresión por una más risueña—. Aunque yo diría que es más como un hermano mayor. Es muy inteligente y lo respeto; me siento cómodo a su lado, también me produce mucha confianza y sé que puedo contar con él. Similar a lo que pasa con Sukuna. —Pasó un brazo sobre los hombros del nombrado, quien no se lo sacó de encima por razones místicas.
Sukuna desvió la mirada. Su rostro, imperturbable como siempre; su estómago, a la expectativa de un incómodo retortijón, ese que solía presentarse cuando su gemelo decía estupideces como la de recién. Por eso siempre lo mandaba a volar. ¿Cómo podía soltar esa clase de cosas sin sentir vergüenza?
Detestaba sufrir por ambos.
—Comprendo —dijo Nanami—. Gracias por la respuesta tan sincera.
—No fue nada.
—Vayan con cuidado.
—¡Hasta mañana, Nanamín-sensei!
«Así que… Como un hermano.»
Un suspiro cansado escapó de los labios de Nanami.
«Pensar que esos tres terminarían encontrándose... Qué absurdo.»
A esas alturas, sólo él sabía lo peligroso que podía resultar Gojō para esos muchachos y lo más probable es que éste no tuviera ni la más remota idea. ¿Debería contarle? No. Esa decisión no era suya, ni siquiera tenía la voluntad para considerarlo. No porque no quisiera, sino porque era una orden.
Tomó su celular. Marcó el número de un contacto que tenía registrado como «Pizzería Kamo» y esperó.
—¡Buenas tardes! Pizzería Kamo a su servicio. ¿Qué desea ordenar hoy?
Respondió la alegre voz de una chica al otro lado.
—Una familiar con soba y dos crepas dulces de la casa —pidió Nanami.
El lugar era famoso por sus extravagantes combinaciones, aunque jamás comería allí por lo repulsivo que le resultaban.
—Por supuesto. Deme un momento en lo que paso la orden. En breve solicitaremos sus datos y el método de pago.
La llamada se suspendió por un momento. Cuando se reconectó, una voz profunda y distorsionada respondió en lugar de la chica.
—Línea segura.
—Gojō pasa demasiado tiempo con los muchachos.
—Ja, ja. Qué pequeño es el mundo, ¿no crees?
Nanami no respondió. Un sonido gutural e inquieto hizo eco en su garganta.
—¿Crees que lo hace porque sospecha algo?
—No. Por eso llamaba —hizo una pausa antes de proseguir—. ¿Debería decirle?
—Hmmm… Depende. ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Que lo descubra por sus propios medios o que por alguna «casualidad de la vida» los niños terminen involucrados en esto?
—La segunda opción… Probablemente.
—En ese caso eres más peligroso tú que Satoru, ja, ja, ja.
—¿A qué te refieres?
La voz del otro lado de la línea suspiró. Fue como escuchar a un robot cansado.
—Ha cumplido su palabra más de lo que debería. La última vez que llamó fue hace décadas. Cuando violaron al niño que adoptó mientras él estaba fuera de la ciudad. ¿Cuánto tiene de eso?
—Sí, diez años.
—¿Ves? Desde entonces, ni siquiera una postal de navidad o un «feliz cumpleaños». Ah, y ya que salió el tema, ¿cómo sigue el muchacho? ¿Siempre sí lo superó? Ya no me platicaste los detalles.
—Y no lo haré. Eres un maldito morboso. —Metió la mano a su portafolio para sacar unos cigarros. Se detuvo a medio camino, pues recordó que aún seguía en la escuela—. ¿Qué te puedo decir? Nunca quiso ver a un terapeuta y aparentemente no tiene secuelas.
—¿Aparentemente?
—Hoy toqué el tema de manera indirecta.
—¡¿Y te atreves a llamarme morboso?! —interrumpió.
—Fue un accidente. No lo dije con esas intenciones.
—¡Oh! ¿Y luego?
—No tuvo reacción. Miró un poco al piso. Nada más. Por Gojō sé que suele ver noticias y leer el periódico...
—Ugh, qué aburrido —detuvo la narración de Nanami de nuevo—. ¿Qué clase de adolescente hace eso? ¿Es que Gojō no puede despilfarrar un poco en videojuegos o algo así?
—Lo hace. Es terrible con eso. Aunque los gustos del chico son otros; lee demasiado… Como te decía —retomó el tema—, está muy al tanto de lo que pasa en el país, en el mundo; quizá conocer más casos y compararlos con el suyo propio fue lo que lo mantuvo más o menos a flote en aquella temporada. Bien que mal, no sufrió mutilaciones ni fue víctima de secuestro. Lastimosamente, tuvo que madurar a pasos agigantados. Tiene muy buena relación con uno de los gemelos, por cierto.
—Eso no me lo habías dicho. ¿Cuál de los dos?
—El menor. El mayor le puso un ojo morado.
—¡Ja, ja, ja! Ese salió a su madre.
—Y que lo digas. Tienen la misma sangre pesada, aunque no es una mala persona. Tiene problemas de empatía y es bastante hosco, pero está bastante centrado, es muy inteligente y, aunque no se note a primera vista, cuida bastante de su hermano.
—Deberías oírte a ti mismo. Hasta parece que tienes corazón.
—¿Hah? —apretó el celular con fuerza.
—Mentiría si te dijera que no me da ternura oírte hablar así —se aguantó la risa porque no quería que le colgara—, pero era de esperarse. Después de todo, eres su padrino.
—…
—¿Se los has dicho?
—No.
—¿Qué te frena? Ahí está tu oportunidad de formar una linda familia.
—Olvídalo. No podría, porque es justo como dices.
—¿Mh?
—Para ellos, puede que yo sea incluso más peligroso que Gojō.
Si algo temía Nanami desde que se topó con los Itadori era sólo una cosa: verles sufrir algo igual o peor a lo que padeció Fushiguro en el pasado por culpa de la arrogancia y el descuido de Gojō.
No se arriesgaría a cometer los mismos errores.
