CAPÍTULO XV

Los miembros del equipo de baloncesto se encontraban formados en una línea, por un lado del transporte escolar, aguardando que llegara el entrenador con las lista para confirmar la asistencia.

Yūji salió de la formación para contar de par en par y saber si le tocaría sentarse a un lado de Fushiguro. Aseguró su propósito cambiando de lugar con Sukuna, quien quedó detrás de su amigo. No buscaba arruinar su tétrico romance adolescente, pero quería platicar con alguien en el camino.

Nanami, quien estaba al frente de todos, también a la espera, posó los ojos sobre el mayor de los Itadori. La conversación que mantuvieron no mucho tiempo atrás aún alborotaba sus recuerdos.


—Es inusual —dijo el chico.

Nanami giró el rostro. Por el tipo de voz no necesitaba ver quién se le acercaba. Era más que obvio

—¿Qué cosa?

—Además de indagar en lo del viejo y saber si estamos bien, no has hecho preguntas sobre el dinero.

Se sentó a un lado de su maestro. Este, a su vez, le extendió su propia cajetilla de cigarros por cortesía y porque sabía de lo que pecaban los muchachos. Sukuna no le aceptó ninguno, tampoco lo rechazó, es más, ni siquiera desvió la mirada. Era como una especie de animal buscando una abertura para atacar.

Nanami guardó su ofrenda y exhaló el humo del tabaco hacia otro lado. Aprovechó el movimiento para asegurar sus alrededores. Yūji debería estar ocupado con la tarea en la sala. A Uraume la podía ver a la distancia, por una abertura en la puerta, haciendo abdominales con los audífonos puestos y contando en voz alta.

Perímetro asegurado. Podía hablar.

—Dijiste que tenían suficiente para terminar la escuela. No luces preocupado, así que te creo.

—Hmm —agregó, incrédulo—. Y supongo que alguien como tú no hizo cuentas mentales para estimar una cifra.

«Ah, ya veo por dónde va esto» pensó, dejando que el joven continuara.

—No has reportado la situación. Te apareces dos veces por mes. Antes era sólo una…

—No es lo que te imaginas —interrumpió sin turbarse—. Es bueno que tengas esa desconfianza, pero puedes estar tranquilo conmigo. —Depositó la colilla en el cenicero y tuvo un duelo mental sobre si debía encender otro o no—. Bueno, no es como si eso fuera a quitarte la intranquilidad de todos modos. Puedes vigilarme hasta que estés satisfecho, o te aburras, lo que pase primero.

Sukuna se mantuvo en silencio un par de segundos. Ese hombre, o era muy astuto o sabía leerlo muy bien. Cualquiera que fuese la opción, no le agradaba, aunque tampoco parecía estar mintiendo.

«Qué molesto.» Detestaba pensar en cosas innecesarias.

—No toda la gente es amable sin esperar nada a cambio —sentenció.

En cualquier caso, probaría a Nanami y elegiría el mejor curso de acción según el resultado.

—La primera vez que llegaste a esta casa —comenzó, como quien cuenta un relato—, y te levantaste para ir al baño, le pregunté al mocoso si te lo había indicado antes o si te había mostrado las habitaciones, y para ambas cosas me respondió que «no»; caminabas sin fijarte demasiado en los muebles o en los cuadros. A mi parecer, es como si hubieses estado aquí antes.

«De todas las personas —interiorizó Nanami, percatándose de su descuido inconsciente—, ¿por qué tú tienes que ser tan perspicaz?»

Al paso que iban, la situación no tenía más rumbo que el de empeorar, así que no tenía otra opción sino sincerarse. Si deseaba que le permitieran mantenerse cerca no podía tratar a Sukuna como un niño.

Una sonrisa orgullosa curvó sus labios. Era casi nostálgico hablar con ese muchacho.

—Muy bien, Sukuna. —Lo miró directo a los ojos, retirándose los lentes oscuros en el proceso—. ¿Qué quieres saber?

—¿Quién eres? Y, ¿qué buscas?

Mentiría si se hubiera sorprendido al oírlo. Quizá eran las preguntas más obvias de todas.

Suspiró antes de responder.

—Nanami Kento. Treinta y siete años. Antiguo oficinista, actual profesor y consejero académico… —hizo una pausa para encender otro cigarro—, y un viejo amigo de tu padre, Itadori Jin.

Fumaría otro poco en su nombre. Para recordar todas las veces en las que le comentó que dejara esa porquería si no quería morir joven.

«Y mira quién falleció primero» dijo para sus adentros.

Sukuna relajó el entrecejo. Sus ojos se abrieron un poco por la sorpresa. El inicio parecía un mal chiste, una verdadera estupidez; en cambio, el final fue un golpe contundente en la cabeza.

—En cuanto a lo que busco —prosiguió—, no es nada en particular. Pasé tantos años al lado de Jin, que lo mínimo que puedo hacer es echarle un ojo a sus bendiciones ahora que el viejo Wasuke también se ha ido. ¿No crees?

Ese día. En ese preciso instante. Fue la primera vez que Sukuna accedió a que alguien más, aparte de su abuelo y su hermano, le revolviera el cabello con la mano.


—Nanami-sensei —habló el entrenador—. Buenos días. Disculpe la tardanza, aquí está la lista.

—Gracias.

Salió de su trance y regresó al mundo real para cumplir con su trabajo. Subió al transporte escolar y acomodó a los chicos de dos en dos conforme iban ingresando, tras revisar sus nombres en el papel.

Sentó a Yūji con Okkotsu y, detrás de ellos, a Fushiguro con Sukuna. Le pareció de lo más extraño, pues aseguraba que Yūji contó los lugares en la fila para… Ah, claro, estaba hablando de Yūji.

—¿Eh? —fue lo primero que dijo Yūji al ver que no le tocó con quien esperaba.

Dio la vuelta sobre su asiento. Se puso de rodillas y ofreció a las dos personas detrás de él la vista de un respaldo con cabeza.

—Oi, Sukuna, cambia de lugar conmigo.

—No. —Además de cruzarse de brazos, exhibió una sonrisa cínica. No había nada que le generase más satisfacción que negarle algo a alguien y ver cómo le rogaba.

Para su desdicha, su hermano lo conocía bien, así que se saltó la parte de rogar.

—¡Eres un…! —Se exaltó. No alcanzó a terminar la frase porque Nanami lo interrumpió.

—Itadori, siéntate.

El nombrado no tuvo más opción que acatar la orden con resignación.

Por otro lado, Fushiguro, pese a haber mantenido un par de conversaciones con Sukuna durante sus sesiones de estudio, fuera de la biblioteca no solían buscarse ni intercambiar palabras. Por suerte, la noche anterior compró un audiolibro para tenerlo en el celular. Prefería el papel, aunque en viajes movidos no eran una buena opción si temía que se maltrataran. No obstante, no alcanzó a sacar el móvil cuando tuvo a Sukuna invadiendo su espacio personal, quien, como pudo, se mantuvo de pie en el estrecho espacio frente a él.

—Muévete —indicó, acompañando la indicación con un movimiento de cabeza hacia el asiento vacío.

Quería ir del lado de la ventana.

Fushiguro no tenía por qué negarse, más bien, no se habría negado si se lo hubiera pedido con más cortesía.

—¿Qué vas a hacer si me niego?

Debió maldecirse en el momento en que dijo eso, porque de un momento a otro terminó con Sukuna encima, sentado en sus piernas y aplastándolo a propósito contra el respaldo.

La diferencia en peso no era mucha; diez kilos, si consideraba que los gemelos igualaban cada lado de la balanza. Sin embargo, cuando te apachurran con saña, diez kilos son una cantidad importante.

Fushiguro hizo lo posible por empujarlo y hacer que se levantara. Por razones obvias, el plan fracasó, así que echó su propio cuerpo a un lado, liberándose de la mitad del torso hacia arriba. Agradeció que entre ambos asientos no hubiera algo que los separase.

Con mucho sudor y esfuerzo logró jalarse hacia el otro extremo y, a regañadientes, quedó en el otro asiento. Mientras recuperaba la respiración dedicó una mirada exacerbada a Sukuna, quien respondió con una mueca burlona y una media sonrisa.

Fushiguro se decidió a no intentar hablar con ese tipo. Era insoportable y siempre terminaba siendo molestado de alguna manera. Él sólo buscaba… ¿acercarse?

¿Por qué?

¿Desde cuándo?

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando el entrenador les indicó que se comportaran por las siguientes horas. Sacó el celular y los auriculares. Desvió la mirada para cerciorarse de que Sukuna no pretendía arrebatarle nada para matar el tiempo. El susodicho tenía el codo recargado cerca de la ventana y los ojos atentos a lo que sea que pasara del otro lado del vidrio.

Las facciones de los Itadori no eran tan diferentes, aún así, percibía a Yūji como alguien alegre y entusiasta, infantil en ocasiones; por otro lado, Sukuna lucía más maduro y soberbio, y, por contradictorio que pareciese, atractivo.

Por mera casualidad, en el reflejo del cristal notó que Sukuna no le quitaba los ojos de encima y él no hizo más que lo mismo. Por lo tanto, fingió demencia y, ahora sí, se colocó los audífonos.

A la hora, más o menos, tras pasar una curva Sukuna notó un peso adicional en el hombro. Si fuese cualquier otra persona, no dudaría en sacársela de encima con un brusco empujón, pero se trataba de Fushiguro Megumi.

Sonrió con socarronería. Su mente maquiavélica le arrojó un piropo agresivo como primera opción y lo triste del caso fue que ni siquiera pudo decirlo, porque cuando volteó, encontró al muchacho sumergido en el quinto sueño.

Gracias a eso, con el brazo que tenía libre mandó un mensaje a su gemelo.

Itadori Sukuna

Mocoso.

Oi.

Oi.

Oi.

Oi.

Oi.

Oi.

Oi.

Itadori Yūji

qué quieres?! (#`Д´)

Itadori Sukuna

Tómame una foto.

Itadori Yūji

(・・ ) ?

Al no recibir ninguna respuesta y producto de la curiosidad, Yūji no tuvo más remedio que subir las rodillas al asiento y girarse. Al toparse con el ridículo y… ¿bonito? cuadro que protagonizaban, lo entendió todo.

«Foto.» Los labios de Sukuna se movieron en torno a una palabra muda.

Yūji hizo la señal de «ok» con las manos a la par de una sonrisa maliciosa.

«¿Por qué tengo un mal presentimiento?» Sukuna retomó su posición inicial al mirar por la ventana, desinteresado. La típica pose de: como si no me diera cuenta.

Revisó el celular cuando la pantalla se iluminó por un mensaje entrante.

Itadori Yūji

te la vendo (¯▿¯)

Sukuna le tenía un gran afecto a su hermano. No se notaba y era difícil de detectar aún conociéndolos a ambos. Sin embargo, sólo él sabía que Yūji podía ser un maldito bastardo cuando quería y si tenía que asfixiarlo con la almohada mientras dormía para obtener esa maldita fotografía, eso haría.


Al llegar a su destino, Yūji se asombró de que Fushiguro siguiera sobre el hombro de su hermano, descansando plácidamente.

—No lo maltrates —dijo, casi como amenaza y por experiencia—. Tiene el sueño muy ligero.

Si no había despertado hasta ese momento, seguro fue porque se acostumbró a lo que sea que escuchaba con los audífonos, cancelando el sonido del entorno.

Sukuna agradeció haberse contenido de ponerle una mano encima, porque ganas no le faltaban. No lo hizo porque tenían público y él era una persona en extremo recelosa con su vida privada.

Por hacer el intento, lo acarició de la rodilla al muslo, en donde puso dos suaves palmadas. Al instante, Fushiguro abrió los ojos. Se enderezó, algo aturdido, y retiró los auriculares. Sus oídos agradecieron la libertad.

—¿Dormiste bien, princesa? —preguntó con ese tono satírico y altanero que le caracterizaba.

Ante el evidente estado de sopor de Fushiguro, Sukuna le tomó por el mentón para obligarlo a verle a los ojos.

—¿Por qué esa cara? ¿Acaso esperabas que te despertara con un beso?

Fushiguro pasó de estar flotando en el espacio a ser arrastrado al planeta Tierra con ese comentario. Sabía que Sukuna sólo quería molestarlo y no le daría ese gusto. Se limitó a apartar la mano ajena. Resopló y se levantó para bajar junto al resto.

—¿Y bien? —preguntó Yūji, con un entusiasmo difícil de ocultar—. ¿Cómo te fue?

Fushiguro bostezó, cubriéndose la boca con una mano. Levantó una ceja y esperó que el aire fresco le quitara lo adormilado.

—¿A qué te refieres con eso?

—¡Ah! ¡No, no! ¡Nada, nada! —Movió las manos en todas direcciones. Luego, las llevó a la cara para dejar de hablar.

«¡Idiota!» Se recriminó. No debía decirle que estaba ayudando a su hermano con él de forma indirecta.

Fushiguro no logró formular la cuestión que apareció en su cabeza, pues Nanami comenzó a dar indicaciones para que tomaran sus cosas, se instalaran en los espacios designados y fueran a presentarse como era debido.


El día fue tan divertido como pesado, sin lugar a dudas. A Nanami le gustaba acompañar a distintos equipos durante partidos de práctica, no sólo porque podía vigilarlos, sino porque una bola de adolescentes cansados era más fácil de controlar que cuando estaban llenos de energía. Además, en ese viaje particular tenía que interceder por cierto chico lleno de tatuajes para que recibiera un privilegio adicional, durante la ducha, al menos.

Los muchachos fueron instalados por grupos de ocho en habitaciones amplias con varios futones. Cuando Fushiguro ingresó al que le correspondía, no fue raro ver a los gemelos acomodados. Al igual que en su instituto, fueron los primeros en tomar un baño sin demorarse demasiado.

Yūji se encontraba boca abajo, revisando su celular y tenía a Sukuna acostado sobre la curvatura de su espalda. Lo más seguro es que este último ya estuviera dormido, porque una de sus manos parecía haber sostenido un teléfono móvil, que ahora se encontraba en el piso y su rostro lucía tan sereno como nunca lo había visto en la vida.

—Ah, qué bueno que estés aquí —agregó Yūji, harto de permanecer en esa posición—. ¿Puedes ayudarme a quitar esta cosa de encima? —Con el pulgar, señaló al hermano a sus espaldas.

—¿No puedes empujarlo y ya?

—¡Imposible! Si se despierta, mi vida correría peligro.

—¿Y pretendes arriesgar la mía en tu lugar? —Una mueca desabrida no se hizo de esperar.

—¡Por favor! —Lo tomó del tobillo para que no se molestara en huir—. Será sólo un momento en lo que salgo de aquí. Yo lo acomodo después. Te lo juro.

Fushiguro sintió una extraña sensación de peligro en el vientre y un constante palpitar de uno de sus párpados.

—Además, mira, es inofensivo justo ahora.

«¿Acaso estamos en un zoológico?» Pudo imaginar a Yūji vestido como domador de felinos, incentivando a los niños a acercarse a un tigre muy, muy grande y malencarado llamado Sukuna.

Quizá fue producto de la reciente costumbre de discutir con Sukuna o de ridícula imagen mental de hace poco, pero accedió.

—Está bien. —Se arrodilló tras el tigre dormido para tomarlo en brazos con cuidado, dándose cuenta, por segunda ocasión, de lo pesado que era.

—Muchas gracias. —Salió de inmediato y fue a acomodar sus respectivos futones—. Manténlo así un momento, ¿quieres?

—Seguro.

Entre queriendo y no, Fushiguro terminó centrando su atención en el cuerpo que sostenía. La amplitud de su espalda, sus brazos, el abdomen bien marcado que se dibujaba bajo esa licra deportiva que, al parecer, fungía como pijama. No pudo ver más abajo, porque pantalones para dormir sí tenía.

Algo raro pasaba con él y lo sabía.

Es decir, se había topado con el cuerpo casi al desnudo de Yūji en múltiples ocasiones, ya sea porque el uniforme de baloncesto lo permitía o porque compartían vestidores. Sin mencionar que vivía con un treintón albino y donjuán que activaba su complejo nudista cada verano sin falta. Ambos tenían una cantidad de músculo considerable y eran hombres, pero no le producían la más mínima intriga. Es más, conocía a alguien con mucha mayor musculatura que esos dos, su capitán, Aoi Tōdō, a quien respetaba por sus habilidades, pero hasta ahí.

Por otro lado, con Sukuna; con esa maldición con patas; con ese demonio sin oficio ni beneficio…

Estaba consciente del sonrojo que comenzó a apoderarse de sus mejillas, por lo que no tuvo más opción que intentar dejar la mente en blanco; no obstante, la tarea resultó imposibilitada cuando escuchó una risa grave y burlesca que identificaba a la perfección.

Desvió la mirada, topándose con un Sukuna que exhibía una sonrisa arrogante y altanera.

—¿Qué pasa con esa cara? —aprovechó la posición para pasarse una mano por los cabellos y finalizar con un gesto seductor—. ¿Acaso te gusta lo que ves? Sólo no comiences a babear.

Fushiguro palideció en el acto y abrió los brazos, dejando a Sukuna caer al piso sin el menor remordimiento.

Agradeció que su rostro fuera incapaz de gesticular demasiado, de lo contrario sería como ponerse una soga al cuello. Se levantó y salió de la habitación. Buscaría que alguno de los chicos de los otros cuartos le cambiara el lugar por esa noche.

Yūji le dio un zape a su gemelo.

—Idiota, lo asustas.

El resto de los estudiantes prestaban poca o nula atención a lo que ellos hacían, o así fue hasta que percibieron un aura maligna a sus espaldas. No se giraron porque sabían cuál era el origen y, como en anteriores ocasiones, no pretendían ser la próxima víctima.

—Te voy a enseñar lo que es un buen susto —siseó Sukuna, con tono de ultratumba.

Los susurros no tardaron en escucharse.

—Dos mil yenes a Sukuna.

—Itadori aguantará unos tres minutos.

—Yo apuesto que cinco o seis.

Parecían dos cachorritos jugando a mordidas… Cachorritos muy bruscos.

Yūji tropezó por culpa de una de sus cobijas. Sukuna no dudó en aprovechar el descuido para lanzarse y aplicar una llave con los brazos alrededor del cuello; el resto del cuerpo lo inmovilizó con las piernas. Le gustaba pelear de frente y a puño limpio, pero le aprendió uno que dos trucos a Uraume.

—¡Alguien llame al capitán Tōdō para que los separe!

—¡O a algún profesor!

Los gritos de preocupación hicieron eco cuando la cara de Yūji comenzó a cambiar de color a causa de la privación de oxígeno, pese a sus inútiles intentos por zafarse.

Al final, ambos recibieron un tremendo cachetadón por parte de Tōdō a modo de «estate quieto». Sukuna no se le fue encima porque contra ambos no podría hacer nada. Tōdō estaba a su nivel. Su nuevo y renovado «yo» podría hacerle frente, pero Yūji sería una molestia; aún no lo tenía a la altura, mas eso no lo volvía mal peleador. En muchos aspectos excedía al promedio.

—¿Qué demonios voy a hacer con ustedes, par de salvajes? —Tōdō se frotó el entrecejo y estableció que la mejor solución sería mantenerlos separados por una noche.

Buscó a un buen candidato con la mirada y justo vio a Fushiguro de pie al otro lado de la puerta, bebiendo un cartoncito de un cuarto de leche.

«Sacrificio perfecto.» Él se llevaba bien con los Itadori. O cuando menos, los conocía lo suficiente.

—Fushiguro, ven acá. —Señaló entre los futones—. Trae tus cosas aquí. Te quedarás en medio de estos dos para evitar que se maten.

La magnitud de la orden hizo que casi se ahogara con su bebida, por lo que fue inevitable toser. Unas cuantas gotas blanquecinas se derramaron a través de la pajita de plástico.

—¿Atragantándote y sin que te la meta? —comentó Sukuna, con ese tono mordaz que seguido usaba para mofarse.

La mayoría intentó contener la risa, incluido Tōdō, quien colocó el puño contra la boca y carraspeó, tanto para callar al resto, como para llamar la atención. Luego, se puso en cuclillas con las piernas separadas, cual buen matón, para quedar a la altura de Sukuna.

—Tú ya cierra la boca y ponte a dormir si no quieres que sea yo quien te meta algo para que te calles.

Ese par parecía encontrarse en un duelo de sonrisas psicópatas y miradas asesinas, porque ninguno lucía dispuesto a ceder a las exigencias del otro.

Por suerte, todo se calmó cuando Nanami hizo una última inspección por los pasillos y mandó a todos a descansar.

Fushiguro tuvo pesadillas.


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