CAPÍTULO XVII

Al término de las clases, Uraume interceptó a Yūji frente a las puertas de cristal en la salida del edificio.

—¿Vas a casa?

—Sí.

—Voy contigo.

A Yūji no le fue difícil suponer que ella y su hermano intercambiaron uno que otro mensaje y que Uraume pretendía cuidar de su maestro hasta que se sintiera mejor. Estuvo a punto de acceder, cuando recordó a quién debía esperar justo donde se encontraba parado.

Sin previo aviso, como si se tratase de una suricata, Yūji estiró el cuello y analizó los alrededores.

«No hay moros en la costa. ¡Bien!»

Tomó a la chica por los hombros y se agachó a su altura para hablarle en voz baja.

—Va a venir Fushiguro conmigo. No le he dicho nada a Sukuna. ¿Crees que…?

—¡Cuenta con eso! —cortó sus palabras con una mirada decidida.

De una bolsa que cargaba en una mano, con delicadeza, extrajo un bento envuelto con cuidado y se lo entregó al chico frente a sí.

—Ve qué se le antoja. Sólo por esta vez autorizo que te comas lo que mi maestro no quiera.

—A veces dudo un poco de la impresión que tienes de mí, sabes.

—Un bote de basura orgánico.

—¡No tenías que responder!

En ese momento, Fushiguro apareció por uno de los laterales.

Uraume regresó al interior del edificio, fingiendo que había olvidado algo.

Yūji la despidió con un movimiento de mano. Por extraño que pareciese, él no era el único al tanto del interés romántico de Sukuna.

Fushiguro sintió una extraña punzada en algún lugar del pecho al ver de reojo a Uraume y el paquete que Yūji cargaba. No sería difícil adivinar su contenido. Por otro lado, su amigo ya le había comentado que Sukuna y Uraume no eran nada, pero ¿qué clase de persona tiene tantas atenciones contigo si no te quisiera en ese sentido? Si aún no estaban juntos, sólo era cuestión de tiempo. Él no podía competir con lo que Uraume era capaz de ofrecer y lo sabía. Ni siquiera sabía cocinar. Sólo contaba con un montón de apuntes que de seguro no servirían de nada. ¿A quién trataba de engañar? A esas alturas sólo un humano denso y de categoría especial, como Yūji, no lo notaría. Bueno, Nobara tampoco era consciente. Más bien, de seguro nadie más lo sabía. Para él podría ser obvio su propio comportamiento, aunque era probable que nadie más le prestara atención.

—¿Nos vamos? —preguntó Yūji, pues Fushiguro parecía no querer moverse.

—¿No vamos a esperar a Uraume?

—Nah. Tiene cosas que hacer. —Ojalá no le comentara a Sukuna quién iba en camino.


Fushiguro entró a la casa de su compañero con curiosidad innata. Lo había recogido un par de veces, mas nunca pasó de la puerta. Le sorprendió lo limpio y ordenado que se encontraba todo. Para un par de adolescentes viviendo solos, eso era un logro. Lo suponía de ese modo porque él no hacía gran cosa, salvo ordenar su cuarto y eso, a medias. No le gustaba tender la cama, sólo sacudía las sábanas y las cambiaba una vez por semana. La ropa la lavaba Gojō, él se limitaba a colocarla en el cesto de ropa sucia y la recibía doblada y planchada. Por difícil que fuera de creer, Gojō era impresionantemente bueno con las tareas del hogar, así que solía ocuparse de todos los deberes solo. Fue de esa forma desde que comenzó a vivir con él, días después de que sus padres fueran asesinados.

—La cueva de la bestia está por acá —señaló Yūji.

Abrió la puerta y asomó el rostro para comprobar el estado de su hermano. Fushiguro hizo lo mismo, recargando las manos en los omóplatos de Yūji para que se agachara y lo dejara ver. Sukuna se encontraba cobijado hasta el cuello, con el semblante de alguien cansado que logra caer dormido tras varios días de insomnio.

Ambos se adentraron en silencio. Yūji se arrodilló cerca del futón para retirar de la frente de su gemelo un paño húmedo y lo dejó cerca del recipiente con agua dispuesto a un lado.

—¿Ves? Te dije que no se iba a morir —susurró.

Fushiguro se colocó el dedo índice sobre los labios.

—Él no es como tú. No tiene sueño de perro. Mientras no lo muevas y no hagas mucho ruido, no se va a despertar —habló con la voz de la experiencia.

En ese momento, una brillante idea brotó de sus entumecidas neuronas.

—¿Te puedes quedar con él un rato por si despierta? Así me hablas si necesita algo —pidió, juntando sus manos como si rezara—. Por favor.

Fushiguro suspiró con resignación. Tomó asiento en el suelo de tatami, a un lado de Sukuna, y colocó su mochila al costado. No la dejó en la entrada porque ahí cargaba sus apuntes y un nuevo libro que le serviría para pasar el rato.

—Muchas gracias. —Señaló hacia afuera antes de proseguir—. Estaré en la cocina preparándonos algo para comer.

Fushiguro asintió y, casi de inmediato, se quedó a solas. Al inicio sacó su libro y recargó la espalda en la pared para leer. Con el correr del tiempo, la tarea le resultó imposible, al punto en que concentrarse dejó de ser una opción viable. Algo o, más bien, alguien no lo dejaba despejarse. Por lo tanto, sacó su celular, se aseguró de que el flash estuviera desactivado y se detuvo antes de capturar al Sukuna Durmiente en la memoria de su dispositivo.

¿Acaso no estaba actuando como Gojō justo ahora?

«¡Al diablo!» Lo razonaría más tarde. No todos los días tenías a ese animal del averno tan cerca y sin que intentara arrancarte un brazo en el proceso.

«Bien.» Una vez conforme con las fotos tomadas, guardó su teléfono en el bolsillo. Ahora sí podría leer con calma o eso creyó, porque lo siguiente que hizo fue posar sus tranquilos ojos esmeralda en el chico frente a sí. Notó que tenía unos cuantos cabellos pegados a la frente, por lo que tomó el paño que Yūji retiró con anterioridad, mojó uno de los extremos y procedió a limpiarle el rostro. Por si las dudas, también le tomó la temperatura con el dorso de la mano. Parecía encontrarse bien.

Satisfecho por su buena acción del año, hizo un esfuerzo sobrenatural para meterse en el libro. Algo que en cualquier otra ocasión hubiese resultado fácil y sencillo. Como si el destino quisiera entretenerse más con la inquietud que embargaba su pecho, a los pocos minutos escuchó un quejido pesado provenir de una garganta que no era la suya.

Sukuna se incorporó con pesadez. Se sentía un poco mareado y exhausto, por lo que ni abrió los ojos. Seguro lucía más como un zombie que como una persona. Tenía calor y también mucha sed.

A Fushiguro casi se le cae la mandíbula de conmoción por dos cosas; la primera, el cuerpo de Sukuna, que se hallaba al descubierto del torso para arriba y que exhibía unos músculos formidables; la segunda, la cantidad de tatuajes que se delineaban en la parte trasera del cuello, la espalda, los hombros, los brazos y las muñecas.

«Con que cicatrices producto de un accidente, ¿eh?» pensó, recordando lo que había dicho el capitán, Tōdō, semanas atrás.

Sintió tanta curiosidad por tocarlos… No eran nada del otro mundo, pero era la primera vez que conocía y veía tan de cerca a alguien que tuviera.

«¿Habrán dolido?» Es posible que la respuesta fuera un no, de lo contrario no los tendría.

—¿Te encuentras bien? —preguntó por inercia, dado que lo veía desganado y, como dijo Yūji, pudiese ser que necesitara algo y no tuviera la energía suficiente para ir por ello.

«Carajo, me estoy volviendo loco —dijo Sukuna para sus adentros—. ¿Qué tan alta tendré la fiebre?» No había otra explicación para padecer una alucinación auditiva. También era una mierda en el sentido de que Fushiguro Megumi se había metido tanto en su cabeza como para no dejar de soñarlo en condiciones deplorables.

«¡Un momento!» ¿Qué hora era?

De frente, sobre uno de los muebles, se hallaba un reloj digital que pasaba de las tres de la tarde, por lo que sí era probable que el chico estuviese en su casa.

Su cabeza se fue de lado cuando se dignó a abrir los ojos y ladear el rostro para toparse con la razón de sus altibajos emocionales, suspiros esporádicos y una que otra fantasía.

Fushiguro interpretó esa cara escéptica y apática como un «¿Qué diablos haces aquí?» En su mente se escuchó con la voz de Sukuna y toda la cosa, así que respondió como si le hubieran hecho la pregunta.

—Vine a verte.

Cada palabra que salía de esos bonitos labios le resultaba a Sukuna más y más difícil de creer.

Fushiguro se cubrió la mitad inferior del rostro con el libro. Le daba risa que Sukuna no dejara de verlo como si se tratara de un fantasma. Para romper con el silencioso ambiente, soltó un comentario aleatorio.

—Son muchos tatuajes.

Esas palabras sacaron a Sukuna de su trance. En un abrir y cerrar de ojos, tumbó a Fushiguro en el suelo con brusquedad, colocando las rodillas a cada lado de su torso y sosteniéndolo con una mano por el cuello de la camisa.

El libro de Fushiguro salió volando hacia alguna parte de la recámara y si frunció el entrecejo de molestia, fue por no colocar el separador. Se mantuvo inmóvil, no porque se sintiera impotente, sino porque a Sukuna seguro le había tomado mucho esfuerzo moverse así de rápido en su condición actual y aprovecharse de un enfermo no le hacía sentir victorioso, sino ridículo y cobarde por sólo ser capaz de ganar a alguien en semejante estado de debilidad.

—Bueno, ya me viste —susurró, con una voz torva, mientras acercaba su rostro al opuesto—. ¿A quién le vas a contar esto ahora? ¿Huh?

—No sé a qué te refieres —respondió, relajando su expresión—. Todos en la clase ya saben que te resfriaste.

—No te hagas el idiota conmigo. —Apretó su agarre—. Los tatuajes.

—¿Qué con ellos?

—Por favor. —Rodó los ojos, ignorando el hecho de que el otro quería acabar con su paciencia—. ¿Me vas a decir que no sabes? Es una prohibición escolar. Si se corre la voz, me echan. ¿No es eso lo que quieres? ¿Librarte de mí para ser el número uno de nuevo?

—No. —Era una buena idea y no negaría que lo consideró, aunque eso no era mucho mejor que buscarle pelea a alguien debilitado y, de alguna forma, disfrutaba competir con él.

—¿Entonces qué quieres?

Fushiguro chasqueó la lengua y miró hacia otro lado.

—Ya te lo dije antes. Sólo vine a verte.

Sukuna levantó una ceja, pasmado y confundido a la vez. Con todas las ocasiones que Yūji le comentó que Fushiguro se hallaba estresado y no quería ni verlo por como lo «molestaba» a diario, que le dijera que sólo quería verlo…

«O sea que mis estrategias para fascinarlo… ¿funcionaron?» No tenía por qué dudarlo. ¡Claro que lo harían! Él era superior en ese sentido, pero que el chico emo se hiciera el difícil y esquivara todas sus provocaciones nunca le ayudaba a interpretar la situación de manera adecuada.

«¿Pero qué demonios...?» La extraña taquicardia que acompañó sus conjeturas sólo podía ser producto de la enfermedad, porque no entendía muy bien lo que estaba pasando.

En cuanto Fushiguro percibió que Sukuna aflojó su agarre, se hizo de una oportunidad.

—En fin, ya despertaste. Le avisaré a Itadori. Mientras tanto, tú... —Con un hábil movimiento de piernas y apoyándose de su fuerza y peso, invirtió posiciones, siendo él quien quedó a horcajadas sobre Sukuna—, regresa a la cama.

Fushiguro lo mantuvo abajo al presionar con suavidad las palmas de las manos contra sus clavículas y, por primera vez en su vida, a Sukuna no le importó un carajo tener a alguien encima. La expresión opuesta, aunque estaba lejos de ser altiva y maliciosa, tenía un toque pícaro y orgulloso que no le molestaba en absoluto.

Le gustaba.

Le gustaba que alguien intentara dominarlo.

Le gustaba Fushiguro Megumi por atrevido y temerario.

Curvó los labios en una expresión arrogante y audaz, mas no alcanzó a pronunciar palabra alguna, pues Yūji abrió la puerta y los encontró… así.

«¡Trágame tierra!» gritó en su mente. Cuando Fushiguro se fuera, Sukuna lo iba a matar.

—Okaaay, esto es raro —atinó a decir con un tono entre inocente y nervioso—. ¿Interrumpo algo?

«¡¿Tú qué crees, pendejo?!» Sukuna intentó mandárselo por telepatía asesina. En otras circunstancias se habría sacado de encima a Fushiguro con facilidad; no lo hacía porque lo quería otro ratito ahí arriba.

—No. Nada —contestó Fushiguro, levantándose con calma—. ¿Ya está la comida?

Yūji asintió mientras Sukuna se incorporaba. En cuestión de segundos se percató de que el torso de su hermano estaba al descubierto y entró en pánico.

—¡E-Esto…! —Señaló los tatuajes y a la vez no, moviendo las manos por todas partes—. ¡Éstos no son tatuajes! ¡Yo le pinté el cuerpo para jugarle una broma mientras estaba inconsciente!

—¿En verdad crees que se va a tragar eso? —dijo desinteresado—. No hay tantos seres humanos más idiotas que tú que puedan creer algo así.

—¡Tú cállate!

—¡¿Hah?!

—¡Uno aquí tratando de ayudarte…!

En lo que ese par tenía una de sus ya conocidas «peleas fraternales», Fushiguro fue a recoger su libro, buscando la última página que recordaba haber leído para acomodar el separador.

Volteó cuando dejó de oír ruido a sus espaldas. Esos dos eran como niños chiquitos. En el momento en que dejaban de hacer escándalo, era porque uno ya se había abierto la cabeza como mínimo. Por suerte, no había sesos en el piso, sólo Yūji sentado en la espalda de Sukuna; este último sí que debía encontrarse al cincuenta por ciento de su vitalidad, o menos, como para no oponer resistencia.

—Lárguense de aquí de una buena vez —dijo Sukuna—, quiero dormir.

Su buen humor fue arruinado. No tenía ganas de nada y quería estar solo.

Yūji se puso en pie, encaminándose hacia la puerta.

—Uraume te mandó comida. Ya te la traigo. —Se giró hacia su compañero antes de salir—. Fushiguro, ayúdame a poner la mesa, por fa'.

—Ok. —Iba a comer gratis, lo menos que podía hacer era echar una mano si se lo pedían.

Con eso establecido, Yūji fue el primero en salir. Sukuna regresó a su futón, acomodándose boca abajo y Fushiguro tomó su mochila. Eso sí, primero sacó su carpeta y retiró algunas hojas.

—Toma. —Se las puso a Sukuna en la cabeza—. Son los apuntes y las tareas de hoy.

Sukuna gruñó por lo bajo.

—Tienes que ser sádico para llevarle tarea a una persona convaleciente.

—No veo que te estés muriendo. Puedes hacer tarea.

—¿Te diviertes?

—Un poco.

Sukuna retiró los folios y los dejó a un lado. Los revisaría más tarde. En cambio, Fushiguro se retiró; sin embargo, antes dio media vuelta.

—Por cierto, el asunto con los tatuajes…

Sukuna se giró lo suficiente para entablar contacto visual.

—No soy gran fan de ellos —continuó—, pero, de alguna forma, los que tienes van con tu personalidad. Me gustan.

Tras decir aquello, salió de la habitación y cerró la puerta en el proceso. Una vez afuera sintió cómo los colores se le subían al rostro.

«¿Pero qué demonios pasa contigo, Megumi?» Comportándose juguetón y dominante con Sukuna, diciéndole que le gustaba… Bueno, que le gustaban sus tatuajes.

«¿Así o más obvio?»

Por su parte, Sukuna dejó caer uno de sus antebrazos sobre los ojos. Comenzaba a dolerle la cabeza y no quería ver nada de luz, aunque eso no le impidió sonreír con satisfacción.

«Muéstrame qué puedes hacer, cuánto puedes aguantar, qué tanto estás dispuesto a ceder.»

La expresión que Fushiguro le dedicó cuando estuvo encima de él era algo que no podría sacar de lo más profundo de sus pensamientos. Le resultó seductor, soberbio y apasionante, como si lo retara y cautivara a la vez.

«Muéstramelo todo, Fushiguro Megumi.»

Ahora, más que nunca, sabía que no descansaría ni un solo instante hasta hacerlo suyo por completo.


—Estoy en casa —anunció Fushiguro.

Casi de inmediato se tapó la boca, pues los últimos días su relación con Gojō era un poco extraña y lo que menos quería era topárselo. Por desgracia, su reciente buen humor le hizo olvidar ese hecho.

—¡Megumi-chan!

Lo que menos esperó fue que su tutor lo recibiera casi con un beso y un abrazo.

—¿Cómo te fue? ¿Qué tal se encuentra Sukuna?

«¿Y a este qué le picó?» A veces dudaba de que Gojō sufriera de bipolaridad y no lo supiera. Es decir, casi tenía que entrecerrar los ojos o ponerse lentes oscuros también por la luz y felicidad que irradiaba.

—Está… mejor —respondió, luego de retirarse el calzado en la entrada y analizar la cantidad antinatural de trajes embolsados y en caja que había dispuestos por toda la sala y el comedor.

Gojo se acercó vistiendo un pantalón oscuro y una camisa azul desabotonada del cuello. Sus hombros fungían como percheros improvisados de dos corbatas de colores diferentes y, en cada mano, sostenía un gancho con chaquetas oscuras.

—Necesito que me ayudes con algo, Megumi. ¿Qué dices? —Se puso una de las chaquetas delante—. ¿Un corte italiano, ajustado del pecho y la cintura? —Cambió de lugares las prendas—. ¿O inglés, que no es tan ajustado y se ve más serio?

—Aaah... —Para él ambos lucían igual—. El… italiano, supongo.

—¡Magnífico! Ahora vamos con el color de la corbata. ¿Azul oscuro o azul no-tan-oscuro?

—Esto… ¿Contexto? —Necesitaba una explicación con urgencia. ¡¿Tendrían un evento importante pronto?! Odiaba acompañar a Gojō a lugares lujosos.

—Es para ir a trabajar.

—¿A dónde? —¿Acaso había renunciado y lo contrataron en una universidad? ¿O tendría que ver con las joyerías?

—¿A dónde más? A la escuela de siempre. Donde estudias.

—¿No está exagerando al ir tan elegan...? —La pregunta se le cortó en seco cuando una peculiar frase dicha por Yūji saltó de golpe del interior del baúl de los recuerdos.

«Su forma de comer y su escritura, entre otras cosas, son muy elegantes. ¡¿Saben lo difícil que es comer pescado con palillos?! Se ve súper genial cuando lo hace.»

No podría relacionar una cosa con la otra, de no ser porque en ese National Geographic, Fushiguro era el camarógrafo filmando a ese ejemplar único en su especie, conocido como Gojōnicius Satorus.

Si bien, no tuvo ni se animó a hablar respecto a lo que pasó en el sofá o cuando su amigo casi le muestra su paquete, sí le perturbaba el extraño interés que manifestaba; sin mencionar que el último acontecimiento era el causante del mal genio de Gojō.

—¿Ya-hoo? ¿Megumi? ¿Te bugeaste? —Pasó una mano frente a los ojos ajenos.

—Eh, el-el azul no-tan-azul. ¡Voy a mi cuarto! —apresuró a decir, antes de salir disparado a su habitación—. Tengo tarea.

—¡No te desveles mucho o no vas a crecer! —Alcanzó a comunicarle sus buenos deseos antes de que el otro desapareciera de su vista.

Gojō estuvo de mal humor toda la semana porque desde que Fushiguro sacó a Yūji de su habitación en aquella ocasión, no pudo evitar pensar que su hijo (adoptivo) tenía interés en él y se lo quería arrebatar. Por poco y le declara la guerra, pero unas horas atrás le avisó, en la sala de profesores, que iría a ver a Sukuna. Si no se equivocaba, y a juzgar por la reciente cercanía de esos dos, podía afirmar que su muchacho experimentaba peculiar interés por el más problemático de los gemelos.

No le caía muy bien el Itadori malvado, en especial por la mirada hosca y desafiante que siempre le dedicaba, aunque tampoco lo odiaba. A sus ojos era un simple chico rebelde.

Como sea, tenía el camino libre. Más o menos. Recordaba lo que Yūji dijo sobre esa chica de su clase, Ozawa, y si no quería que la gorda se lo quitara, tenía que ponerse a las vivas y actuar primero.

Esa noche casi no pudo dormir por imaginar lo que Yūji le diría cuando lo viera llegar a clases con un nuevo estilo.


Declaro oficialmente inaugurado el iniiiiicio del GoYuu. Perdón por tardar... 17 capítulos. ¡Pero estuve dejando buenas pistas! Así que no me pueden culpar del todo, hoho~. Aunque de momento será Gojō quien tenga toda la carga de su propia relación sobre sus hombros, porque el Yūji... x'D

Muchas gracias por leerme también esta semana. 💖 Recuerden comer bien, tomar agüita y no nadar con vagabundos. (?) ¡Nos vemos el próximo domingo!