CAPÍTULO XIX

Yūji acudió a la casa de su profesor un domingo en el que Fushiguro salió temprano porque la librería que solía frecuentar vendería una edición especial, recién traducida, de un libro que llevaba esperando mucho tiempo.

Para Yūji, sería su última sesión de estudio. Se hallaba muy seguro de sí mismo. No había un solo tema del que tuviera dudas.

Gojō era un ser increíble. Podía ser llamado hechicero o brujo sin ser una exageración, pues nadie en la vida le había metido en la cabeza tanta información a Yūji en tan poco tiempo. Es más, le adelantó algunos temas para que lograra seguir el ritmo de clases futuras. Su «yo» del pasado se habría ido por las ramas en un intento de profundizar una relación pasional con el chico y llevárselo a la cama; en otras palabras, follar. No obstante, en verdad deseaba que su muchacho aprendiera y sacara buenas notas; que descubriera todas las habilidades que poseía y compartieran más que momentos de relajación y carcajadas; que no tuviera ojos para nadie más; que notara las mil y una ventajas de quedarse a su lado, de escogerlo a él sobre cualquier otra persona en el mundo, incluso por encima de su hermano.

Si eso no era amor, entonces no sabía lo que era.

—¡Felicidades! —Metió una mano en el bolsillo, donde guardaba un puño de confeti, el mismo que extrajo y dejó caer sobre la cabeza ajena—. Oficialmente estás listo para el examen de mañana.

—¡Gen…! —Levantó las manos para celebrar, mas se interrumpió con su propio estornudo—. Bruh, lo siento.

Gojō se encogió de hombros, restándole importancia. Bajó la mirada hacia las piernas opuestas y como ya podía mandar sus responsabilidades de docente al carajo, hizo un movimiento arriesgado. Llevó una mano hacia la rodilla ajena y metió los dedos unos centímetros por debajo de la tela para sentir el inicio del muslo.

—¿Acaso no tienes frío? Andas muy primaveral.

Yūji llevaba el torso cubierto por una de sus características sudaderas y unos shorts con bolsillos a los costados. Pronto sería invierno. Fuera, el aire ya era gélido y anunciaba que la siguiente estación sería más cruda que la del año que le precedió.

«Ah, está muy calientito.» Al sentir el tacto, relajó sus facciones como quien bebe un chocolate caliente durante una noche de tormenta.

Echó la cabeza hacia atrás y suspiro.

—Lo que pasó fue que... En la casa —explicó con las manos, como si tuviera una maqueta al frente—, tenemos una zona techada para tender la ropa cuando hace mal clima, pero olvidé meterla...

—Y se mojó —complementó.

—¡Toda! Sukuna casi me ahorca por eso.

Los gemelos no tenían tantas prendas de vestir como para darse el lujo de clasificar las que eran de Yūji y las que eran de Sukuna, de hecho, la compartían; lo único que sí guardaba cada quien, por separado y bordado con su respectivo nombre, eran los bóxers.

—Ven conmigo —indicó Gojō, levantándose del asiento.

Yūji lo siguió más allá de su recámara, hacia una puerta donde, al igual que en la habitación de Fushiguro, había varios closets con muchísimos conjuntos, accesorios y pares de zapatos.

No los envidiaba y tampoco creía ser pobre, aunque no negaría que sentía curiosidad por saber cómo era vivir en la opulencia.

—Veamos —susurró Gojō, abriendo una puerta corrediza en el fondo del cuarto—. Debo tener algunas cosas por aquí que podrían quedarte.

—No se moleste, sensei. Es…

—Ay, por favor —interrumpió—. No seas modesto. —Le hizo extender las manos para comenzar a colgar cuanta prenda creía que podría ajustarle—. Esta ropa la usaba cuando tenía tu edad (más o menos). ¿Lo ves? —Colocó frente a su torso una chamarra y se notaba que no era de su talla.

Yūji asintió sin dejar de analizar la variedad de cosas que le echaba encima.

—Mucha se la he dado a Megumi, otra tanta se la roba con descaro. Casi todo lo que tiene es heredado. Que no te de pena.

Ahora tenía mucho más sentido por qué parecía que ellos dos vestían similar.

Cuando Gojō notó que la cara del chico apenas sobresalía de entre el montón de tela, le dio media vuelta y lo sacó del vestidor por los hombros. En la pieza también tenía un espejo de cuerpo completo y podía poner las cosas en la cama para aprovechar el espacio.

—Ve probándote eso en lo que saco lo que falta. Puedes apartar lo que te guste para que te lo lleves a casa.

Los iris de Yūji parecieron hacerse pequeños de lo mucho que abrió los ojos. ¡Ya era demasiada ropa! ¡¿Cómo que iría por más?!

—Disculpa si huele como a que estuvo guardada mucho tiempo. Tendrá unos cinco o seis meses que lavé todo lo que no usaba, pero te garantizo que sigue en excelente estado —dijo mientras regresaba al interior del vestidor—. Muchas de estas cosas las usé sólo una vez, otras todavía tienen la etiqueta, así que también siento eso.

«¡¿Aún con la etiqueta?! ¡¿Me pide perdón por darme cosas nuevas?!» Puso la mirada en blanco al buscar alguna etiqueta y, pese a que ésta se estropeó con las lavadas, aún se distinguía el precio.

«¡¿No son demasiados ceros por unos tristes pantalones?!» Los extendió para verlos mejor. Rotos de las rodillas como parte del diseño original. No era su estilo, el de Sukuna sí y eran de su talla. ¿Debería aprovechar y llevarle algo a su hermano? Sabía que no reaccionaría bien si se enteraba que era ropa del profesor que le desagradaba. Todos esos conjuntos, al tacto, eran distintos de los que ellos compraban, éstos eran un tanto más… refinados.

—¿Qué pasa? —preguntó Gojō tras dejar otra pila de ropa en la cama—. ¡Ah! ¿Tienes vergüenza?

Se colocó a sus espaldas. Le tomó el borde de la sudadera y con una lentitud excesiva comenzó a recorrerla hacia arriba.

—Tranquilo, Yūji. No tienes nada que ninguno de los dos no haya visto antes. Vamos, vamos, vamos.

Yūji lo sostuvo de las muñecas, no porque no quisiera desvestirse, sino por otro motivo.

—No creo que sea buena idea.

«¡¿Por qué no?!» Palabras que nunca salieron de la boca de Gojō.

—Sukuna y yo compartimos ropa, ¿sabe? Así que… —Se le hacía feo aceptar ese regalo para que Gojō se lo terminase viendo a alguien más.

—Oh, comprendo. —Soltó la sudadera—. ¡Entonces te traeré aún más ropa! —Juntó las manos, decidido.

No tenía nada personal en contra de Sukuna. Darle cosas a él era un pequeño precio a pagar si deseaba ver a Yūji usar lo que él vistió de adolescente. Mucho lo compró sólo porque podía gastar a lo estúpido y despilfarrar dinero le producía satisfacción. En comparación a esas épocas, ahora, como el adulto sensato y juicioso que era, sólo compraba lo que en verdad planeaba vestir. Escogía marcas extranjeras y confecciones de diseñador porque derrochar una parte de lo que ganaba con las joyerías seguía siendo un placer culposo y porque en el país no se maquilaba tanto para alguien de su estatura.

La pena de Yūji se esfumó al escuchar eso. Disfrutó ser modelo de habitación por un día. Eso sí, terminó molido luego de probarse el guardarropa entero de la juventud de su maestro.

Para Gojō fue un deleite tener al chico poniéndose y quitándose prendas todo el tiempo, en especial porque podía observar a detalle los músculos de ese joven cuerpo. Que alguien de diecisiete años tuviera un físico tan trabajado sólo podía significar dos cosas: o invertía horas ejercitándose o realizaba tareas físicas pesadas a diario. Hizo preguntas de rutina para descubrirlo y resultó ser una combinación de ambas.

De vez en cuando debía morder el interior de alguna de sus mejillas para aguantar las ganas de ponerle las manos encima a tan bella espalda, las esculpidas abdominales o a los bien torneados muslos de su alumno.

«Tranquilo, Satoru. Tranquilo. Piensa en la Biblia» ironizó consigo mismo para intentar controlarse.

Si jugaba bien sus cartas e iba despacio, como su plan de acción lo establecía, en algún momento lograría estar entre las magníficas piernas de Yūji. Podría saborear cada centímetro de piel tanto como anhelaba.


Fushiguro se entretuvo de camino a la librería. Una tienda de segunda mano, en la que encontraba cosas interesantes ocasionalmente, le hizo ojitos y no se pudo resistir.

Su desvío le cobró factura.

Cuando llegó a su destino original, a la distancia, vió que sólo quedaba un ejemplar de la obra que esperó durante tanto tiempo. Se apresuró a tomarla, pero una mano fue más rápida y, a escasos centímetros de que sus dedos rozaran la portada, fue apartada de su alcance.

Un escalofrío se coló entre las vértebras de su columna cuando escuchó hablar a quien le arrebató la victoria.

—Uy, qué pena.

Esa voz. Esa maldita voz grave y burlona era inconfundible.

Giró la mirada para toparse con el Itadori malvado.

—¿Acaso venías por esto?

—No importa. —Apartó el rostro en cuanto sus ojos se toparon con los ajenos—. Reimprimirán más.

Dio media vuelta para regresar por donde vino. Quizá pasaría por un café para hacer tiempo y luego volvería a la tienda a ver si algo más llamaba su atención.

Sukuna lo tomó por la muñeca para frenar sus pasos. Se acercó por detrás y le pasó un brazo sobre los hombros, mostrándole el libro de hace unos instantes.

—Mira, soy un dios generoso. Estoy dispuesto a dártelo si haces algo por mí.

Que Sukuna susurrara aquello cerca de su oreja y le permitiera sentir la calidez de su aliento, le trajo a la memoria un recuerdo de semanas atrás que lo había torturado cada vez que se encontraba a solas con sus pensamientos.


Durante la semana de exámenes, uno de tantos días en los que Yūji parecía tener la cabeza metida en las nubes, Fushiguro le vio salir a toda prisa de las duchas, cargando con sus cosas y las de su hermano. Por la cara que le vio, seguro el otro lo había abandonado.

Luego de pasar al casillero por un cambio de ropa, se dirigió hacia las regaderas. Prefería iniciar antes para salir cuando el resto de los miembros del club llegaran. Sin embargo, no esperó encontrar a Sukuna dentro sólo con el boxer puesto.

—Oye, tú. ¿Sabes a dónde se fue el otro idiota que andaba por aquí?

Fushiguro señaló la puerta.

—Salió corriendo. Creyó que lo habías dejado.

—El muy imbécil se llevó mis cosas. —Se cruzó de brazos, pensando en alguna forma de solucionar el problema.

—Déjame… —dijo Fushiguro, sacando su celular del bolsillo de su pantalón deportivo.

Marcó tres veces. En ninguna recibió respuesta.

—No contesta.

Sukuna le soltó un puñetazo a uno de los casilleros. El ruido metálico fue tan estridente, que Fushiguro se sobresaltó, aún si lo vio venir.

—¿Qué fue eso? —se escuchó del otro lado de la puerta.

—Vamos a ver.

—Oigan, ¿todo… bien?

El par de ojitos curiosos se quedaron muy confundidos cuando asomaron la cabeza y no encontraron a nadie dentro.

—Joder, aquí espantan.

—¿Qué ocurre? —preguntó Tōdō, entrando a las duchas para sacarse la ropa y deshacerse del sudor.

—Escuchamos un ruido raro, capitán —contestó uno de los muchachos—, pero no hay nadie.

—Seguro son las presiones de los exámenes lo que los hace alucinar. Dense prisa para que puedan llegar temprano a casa.

—¡Sí!

En el calor del momento, cuando Fushiguro escuchó las primeras voces y los pasos que se acercaban hacia ellos, abrió el locker que Sukuna golpeó. Allí se guardaban un par de trapeadores. Los sacó. No dudó en empujar a Sukuna dentro y, por alguna estupidez que le sugirió el cerebro, se metió con él. Sostuvo la puerta por dentro, en caso de que intentaran abrirla.

Pese a ser el único espacio donde podían esconderse, con ambos dentro, se sentía estrecho y asfixiante.

Sukuna frunció el entrecejo y habló en voz baja.

—¿Pero qué diablos te…?

—Shhh —Fushiguro le cubrió la boca y casi al instante retiró la mano, pues el delincuente con el que estaba envuelto en eso, sacó la lengua y le llenó de saliva la palma.

Se limpió contra el pecho desnudo de Sukuna. Cerró los dedos en un puño y lo dejó caer sin mucha fuerza contra el hombro de éste.

—Eres un…

Repitió la acción un par de veces y Sukuna rió por lo bajo. Satisfecho.

Fushiguro pensó en reñirle. ¿Qué haría si otros le veían los tatuajes? ¿No le había dicho que era un problema si otros alumnos se enteraban?

—Mierda —habló primero Sukuna—, voy a estornudar.

El cosquilleo característico en la nariz, ocasionado, tal vez, por el frío del metal contra su espalda, se hacía cada vez más presente.

Fushiguro recordó, a la velocidad de la luz, todas las veces en las que Gojō le espantó la reacción y no dudó en hacer lo mismo.

—Achú. Salud.

—Ugh. —A Sukuna se le cortaron las ganas, mas le quedó una presión desagradable que le hizo llorar los ojos—. No tienes idea de cuánto te odio justo ahora.

—De nada.

El marcador al fin sumó un punto para Fushiguro. No había podido regresarle ninguna maldad a Sukuna en lo que llevaba de la semana.

Para evitar que se repitiera, Fushiguro abrió el cierre de la sudadera. Era de cuello alto, así que le serviría a Sukuna a falta de la licra deportiva. Se resignó a prestarle la ropa por la que se iba a cambiar para que pudiera regresar a casa. Suerte que eran casi de la misma estatura. Dos centímetros de diferencia existían entre ellos, siendo Fushiguro el más alto.

—Oh, un privado —bromeó Sukuna—. Creo que comienza a gustarme tu ridícula idea de meternos aquí. ¿Acaso era esto lo que buscabas desde el inicio?

—Deja de decir estupideces. —Con un movimiento de hombros y ayudándose como pudo, logró sacarse la prenda—. Ponte esto.

Sukuna la recibió. Echó el cuerpo hacia adelante, presionando al chico frente a sí contra el interior del locker y dejándole sentir su pecho, las abdominales y la cadera.

—¡¿Qué rayos haces?! —exclamó Fushiguro, nivelando la voz para que no se oyera hacia afuera.

—¿Qué esperabas? Tengo el doble de músculo que tú y no soy muy flexible.

—Pero…

—¿De quién fue la brillante idea de meternos aquí? ¿Huh?

Fushiguro terminó por chasquear la lengua y ladear el rostro.

—Aguántate.

Pese a que Sukuna solía ser brusco, en esos instantes, cautivado por la cercanía, la manera en la que su cuerpo se frotaba con el ajeno era suave, cálida, incluso se atrevía a describirla como delicada, como si buscara la posición y la presión adecuadas para que uno encajara con el otro.

Fushiguro tomó aire y lo dejó escapar por la nariz con lentitud. Sus párpados le hicieron el favor de cubrir su, de por sí, escasa visión para que disfrutara la temperatura de un chico de su edad, con quien comenzaba a compartir un secreto.

Cuando Sukuna terminó de ponerse la sudadera, los dos se buscaron de manera inconsciente. Querían decir algo. No tenían idea de qué. Tampoco necesitaban ponerlo en palabras, porque sabían que una acción sería más que suficiente.

Sin embargo, Sukuna retrocedió.

—Voy a cerrar esto. Échate para atrás.

Fushiguro obedeció, saliendo de su trance. El espacio generado no fue suficiente. Cuando Sukuna abrochó el cierre, parte de sus nudillos rozaron la entrepierna de Fushiguro, arrebatándole un quejido, como si le hubiesen presionado el estómago, sólo que más sutil, más exquisito de oír.

Sukuna quedó congelado al subir el cierre a la altura del abdomen. Buscó los ojos esmeraldas de su cómplice, que por la carencia de luz parecía ausentes de color, mas no de brillo.

Fushiguro agradeció que el rubor de las mejillas no fuera visible. De por sí, con lo que acababa de soltar quería que se lo tragara la tierra en ese preciso instante.

«Fue un accidente» repitió dentro de sí.

—¿Qué fue eso? —Sukuna, el aventurero, no quiso dejar morir el asunto. No si podía escuchar ese gemido otra vez.

—No sé a qué te refieres.

—Déjame oírlo de nuevo —susurró cerca del oído opuesto, con un tono que no podía ser catalogado como lujuria ni coqueteo. Fue una mezcla extraña de sensualidad y súplica lo que hizo estremecer a Fushiguro.

Sukuna rozó los dedos contra la tela que cubría el ombligo opuesto. Descendió con parsimonia. En cuestión de un suspiro llegó al borde de los pantalones. Pasó ese tope y, de golpe, la mano de Fushiguro detuvo su avance al sostenerlo por la muñeca.

—Detente —ordenó.

Tensó la mandíbula y bajó el rostro.

La situación que encendió una llama en su interior, se extinguió de repente, siendo reemplazada por unas horribles náuseas.

Lo que para cualquier ser humano significaba «no», para Sukuna era un «interprétalo a tu antojo».

Estuvo a nada de soltar una guarrada y proceder a manosear a Fushiguro. La razón fundamental que lo detuvo, fue percibir un temblor proveniente de quien evitaba que cumpliese sus maquiavélicos planes. Nada más por eso frenó en seco. Eliminó cualquier pensamiento obsceno de su cabeza y dejó los brazos sin fuerza. De ese modo, cuando el otro decidió soltarlo, no le tocó.

Sukuna podía ser el mismísimo Satanás si se lo proponía o lo retaban a ello, pero ¿cómo podría propasarse de manera física con su interés amoroso? En alguna parte de su cuerpo había un corazón. Pequeño o grande. El tamaño no era relevante. Que latiese, sí que lo era.

Pasaron los minutos. Cuando dejaron de escuchar ruidos y murmullos, Fushiguro asomó la cabeza y salió del locker, seguido de Sukuna. Se dirigió hacia donde dejó sus cosas y le tendió al otro una playera y unos pantalones.

Luego de haberse vestido, se pusieron en marcha hacia el estacionamiento, donde no había ni un sólo auto. Fushiguro sacó su celular y marcó un número que tardó en responder.

—Gojo-sensei —mencionó, en cuanto cogió la llamada.

Sukuna prestó especial atención a la conversación.

—¿No está olvidando algo?

Para Fushiguro, todo ese asunto era algo vergonzoso.

—Voltee al asiento del copiloto. ¿Qué ve ahí?

Sukuna llevó una mano a sostenerse el mentón, sin ocultar la sonrisa burlona de su rostro.

—¡Exacto! ¡De vuelta en el primer retorno que encuentre y vuelva por mí! —No esperó respuesta. Colgó apenas terminó de decir eso.

Sukuna le dio unas palmaditas en la espalda.

—Tu vida apesta.

—Cállate. ¡A ti también te olvidaron! —Se lo echó en cara.

Cuando el carro de Gojō se pudo ver a la distancia, Sukuna se alejó en silencio y Fushiguro no intercambió palabra alguna con su tutor. Sólo quería regresar a casa y darse un baño. No hacer más corajes.


De vuelta al presente, arqueó una ceja, escéptico. Sukuna era el tipo de persona que no dudaría en pedirle que se cortara un dedo o que le besara los pies para obtener lo que deseaba.

—¿Qué quieres que haga? —Cruzó los brazos y añadió otra condición—. Desde ya te digo que con esto no estoy aceptando lo que vayas a proponer.

Sukuna sonrió.

Pese a que Fushiguro coincidía en que ese gesto le daba puntos de atractivo, no negaba que cada pizca de su ser le gritaba que era un peligro. En su consciencia había un jurado que calificaba a las mujeres descerebradas que se dejaban cautivar por el «chico malo» de la escuela. No podía negar que las entendía. Muy a su pesar lo hacía. También se criticaba a sí mismo por tremenda sandez.

Le vio acomodar el libro bajo el brazo, sacar la cartera y extraer dos boletos de cine.

—Tengo un hermano idéntico a mí —dijo—, sólo que menos guapo y más idiota. Y es por esa idiotez que está recibiendo clases particulares para pasar un examen cuando debería acompañarme a ver una película.

Fushiguro soltó un suspiro cansado. ¿Por qué siempre terminaba liado en alguna situación que implicara desperdiciar su día o toda su energía con uno de los gemelos?

Dio un paso para cerrar la distancia. Acercó los dedos hacia el libro y lo atrajo hacia sí, dando unos golpecitos a la portada con el índice.

—Que te quede claro que sólo lo hago por esto.

Sukuna guardó los boletos. Se encogió de hombros y llevó las manos a los bolsillos de la chamarra.

«Ahora tenemos una cita» pensó.

—A todo esto —agregó Fushiguro—, ¿no habría sido mejor que invitaras a Uraume?

—¿Mh? —Arqueó una ceja, desconcertado—. ¿Por qué debería?

—Pues, no sé. ¿No estás saliendo con ella? ¿O algo así? —fingió no darle mucha importancia, pese a ser todo lo contrario. Itadori le repitió una y otra vez que ellos no eran nada, pero no le creía del todo y se sacaría de dudas sólo si lo escuchaba directamente de los labios de alguno de los involucrados.

—Hoh. ¿Qué pasa? ¿Acaso estás celoso?

Ahí estaba de nuevo. Esa expresión petulante que a Fushiguro tanto le molestaba, porque ponía de manifiesto las intenciones de Sukuna por sacarlo de quicio.

—Olvídalo. —Negó con la cabeza, yendo en dirección al mostrador.

Sukuna lo siguió en silencio hasta salir de la tienda.

—No estamos saliendo —soltó sin más.

Fushiguro, que no podía evitar sentirse abrumado y, de cierto modo, derrotado, sintió un curioso aire de esperanza levantarle el ánimo. Eso significaba que tenía una oportunidad. ¿Verdad?

Hizo el ademán de cubrirse del frío con el cuello de la chamarra. De esa forma podía esbozar la tenue sonrisa que le costaba trabajo mantener a raya.

De Yūji supo que Sukuna tenía la misma orientación sexual que Gojō. Él, por otro lado, nunca estuvo seguro de la suya propia. Las chicas no le atraían, los chicos, menos; no obstante, cada vez que veía a Sukuna… Era difícil de describir. No lograba ponerlo en palabras, pero quería estar con él y eso era más que suficiente. No le importaba en absoluto buscar una etiqueta para lo que sentía. Sólo lo sabía y el resto no significaba nada.

A modo de cubrir el espacio del cuello que la ropa no tapaba, Sukuna llevaba una bufanda corta, roja, con dos franjas negras en los extremos, que no dudó en quitarse de encima. Tiró de la muñeca de Fushiguro y le colocó la prenda en la mano.

—Con esto quedamos a mano por lo de la otra vez.

—No hace falta. —No salvó el pellejo de su acompañante con la intención de que le debiera algo.

—No me importa. Tápate.

Ese tipo de comportamientos confundían a Fushiguro a sobremanera. Por un lado, se podía interpretar como un gesto de interés mutuo que le cediera su bufanda a causa del clima; por el otro, que sacara el tema en el que él también le cedió ropa por un día, lo dejaba en el punto de partida de nuevo.

Mientras encontraba una señal clara de que lo suyo era correspondido, aprovecharía los pequeños detalles para obtener algo de paz y tranquilidad.


Aprovecho esta oportunidad para decirles que ya tengo definidos todos los capítulos de esta historia. Van a ser 50 (contando prólogo y epílogo como caps).

Me lo habían preguntado por ahí y quise aprovechar para aclararlo. xD

Y eso es todo por hoy. Muchísimas gracias a todos ustedes por leer hasta aquí. Cuídense mucho, recuerden hacer unos 30 minutos de ejercicio al día. ¡Nos vemos el próximo domingo! (。•̀ᴗ-)✧