CAPÍTULO XXIV
—Oye, tú —habló Nobara, parándose de brazos cruzados frente a Sukuna.
—Primero que nada, buenos días (basura) —añadió en un tono altivo, modificando la característica frase con la que Nanami saludaba.
Fushiguro sostuvo a su amiga por el brazo para intentar calmarla, pues la expresión agresiva que deformó su rostro no auguraba nada bueno y no estaban allí para pelear.
—¿Qué pasa? ¿Vienes por otra calentadita, preciosa? —preguntó, con una desagradable burla en la voz.
—¿Quién carajo te dio permiso de llamarme así, an…?
—Muy bien, entonces… —Fushiguro se interpuso entre ambos. Lo que necesitaban saber no les quitaría más de dos o tres minutos—, ...Itadori y tú, ¿pasan juntos su cumpleaños?
No quería lucir ridículo. Ahora que sabía que sus sentimientos eran correspondidos, le costaba horrores ver a Sukuna a los ojos. Era capaz de mantenerse tranquilo un tiempo, no tenía idea de cuánto, pero no deseaba llegar al límite y terminar pareciendo un estúpido.
—No. —Sukuna soltó una risa lacónica al terminar. Que Fushiguro no quisiera mantener contacto visual con él, le parecía divertido.
—Bien —dijo Nobara, dando media vuelta, abandonando a su amigo a su suerte.
¡Cómo odiaba a esa cosa malparida con apariencia de Yūji y carácter de culo!
Sukuna metió las manos en los bolsillos. Con una sonrisa pícara disminuyó la distancia entre él y Fushiguro.
—¿Tú también te irás sin despedirte?
—Vaya —respondió en un tono altivo—, ¿tanta falta te hace que te dirija la palabra?
La tensión le hizo sacar una personalidad hosca a modo de autodefensa, pese a seguir escuchando sus gritos internos. Bien que mal, estaba acostumbrado a responder a las provocaciones; ser tranquilo no lo volvía manso en automático.
—¡Perdón por la espera! —Apareció Uraume.
Sukuna no sabía de qué maldita piedra había salido esa niña, pero la agarraría y se la estrellaría en la frente hasta abrirle el cráneo.
Cuando Fushiguro dio media vuelta y se alejó lo suficiente, la chica se atrevió a romper el silencio.
—¿Interrumpí algo?
—¿Tú qué crees? —siseó Sukuna, con una mirada de pocos amigos, a la par en que le ponía una mano sobre la cabeza para comenzar a apretar.
De no ser porque ella llevaba el almuerzo entre sus brazos, y porque no le desagradaba como persona, la presionaría con saña con el objetivo de partir ese cuerpo por el cuello.
—Pero la comida…
—Como no te calles te sacaré los ojos para comérmelos.
La razón de que Uraume no estuviese allí desde el inicio, fue porque desapareció unos instantes Pasó por el comedor y pidió que calentaran un poco su almuerzo. No estaba frío, pero como la fiel discípula que era, se negaba a darle algo a Sukuna que no estuviese en su punto exacto.
Luego de un tiempo, casi al finalizar sus alimentos, Uraume volvió a hacer uso de la palabra.
—¿Entonces...?
Sukuna la miró de reojo, animándola a continuar.
—¿Qué querían esos dos?
Sukuna tragó el bocado antes de responder.
—Saber si el mocoso y yo celebramos juntos nuestro cumpleaños. Imagino que quieren prepararle alguna clase de fiesta y, por supuesto, yo no figuro en el plan —explicó con calma.
Cuando eran niños, su abuelo los sacaba a comer lo que ellos quisieran y también les compraba bastantes dulces. Conforme crecieron, comenzaron a tener algunas actividades independientes. Los amigos de Yūji no eran afectos a tolerar a Sukuna y viceversa.
En general, los «amigos» de Sukuna eran más como súbditos. Siempre hacían lo que él decía y nadie se atrevía a cuestionarlo. Era una bendición del cielo gozar de paz y tranquilidad en su cumpleaños. Dedicaba tiempo de calidad a sí mismo. Uraume era la primera persona que estaba cerca de él en un contexto más familiar.
—¿Significa que no tiene nada que hacer ese día?
Sukuna negó con la cabeza.
—¿Quiere salir a algún lado?
—No suena mal. —Al tener gustos en común con ella (suerte que Fushiguro no entrara en la categoría), garantizaba que no terminaría sumergido en un ambiente engorroso.
—¡Déjemelo a mí! —En su rostro se plasmó la determinación de quien recibe una orden divina.
Sukuna no agregó nada más. Se le hacía chistoso verla así; toda motivada.
Más tarde, mientras descansaba en la biblioteca, su celular vibró a causa de un mensaje entrante.
Nanami Kento
¿Normalmente Yūji y tú pasan su cumpleaños juntos?
Sukuna dejó caer el teléfono sobre el pecho. ¿Por qué todo el mundo se puso de acuerdo para hacerle la misma pregunta? Resultaba irritante.
Itadori Sukuna
No.
Nanami Kento
¿Tienes planes?
Itadori Sukuna
Daré un paseo por ahí.
Las conversaciones entre ellos no solían ser muy largas. Eran justas y necesarias.
A las pocas horas de eso, cuando finalizó la jornada escolar, Fushiguro y Nobara se metieron a la sala de profesores para discutir con Gojō acerca de una pequeña fiesta sorpresa que planeaban para Yūji. Tenían buenas intenciones, pero necesitaban que alguien les financiara el evento.
Nanami escuchó todo. Seguro que el resto de los maestros también, por lo que Utahime le recordó a Gojō que no podía mostrar favoritismo por ningún estudiante mientras se encontrara dentro de la institución académica.
Nanami también lo agarró como indirecta, sólo que no lo demostró. Era lo suficientemente recto y profesional como para no dar ninguna clase de privilegio a sus ahijados. Fuera de la escuela era un asunto distinto. Los consentía a su modo. En especial al mayor de ellos. Le producía una extraña ternura porque siempre lo veía solo. Se veía reflejado en él cuando era estudiante, aunque jamás le soltaría eso de frente o se llevaría un puñetazo como agradecimiento.
El día esperado, que de suerte cayó en fin de semana, Uraume pasó a la casa de los gemelos como de costumbre y se llevó a Sukuna. Yūji, por otro lado, recibió varios mensajes que respondió por cortesía; ninguno fue de las personas con quienes más pasaba el tiempo y una parte dentro de él se desmotivó.
Se dio unos golpecitos en las mejillas para espabilar. Quizá demasiado fuerte, pues le quedó roja la piel. Se puso ropa cómoda para salir a correr. Al regresar haría el vago y pediría algo poco saludable para comer. Sukuna le dio efectivo como regalo de cumpleaños, además de un coscorrón y una advertencia de que no lo fuera a gastar en pendejadas, porque si llegaba a casa y veía un mayordomo con cabeza de perro a tamaño real en la puerta del recibidor, le daría una paliza que hasta a sus ancestros les iba a doler.
Lo que no se esperó fue ser tacleado por una Nobara salvaje en el momento en que abrió la puerta.
—¡Ya llegamos! —anunció con una brillante sonrisa, sin quitarse de encima.
El rostro de Yūji se iluminó de golpe.
—Chicos… —se interrumpió al instante y entró en shock al notar que, un par de centímetros más y su nuca hubiese golpeado el pequeño escalón que limitaba el gekan del resto de la casa—. ¡¿Acaso quieres matarme, Kugisaki?!
—Ush, qué escándalo. ¡Agradecido deberías de estar de que una belleza como yo te diera un abrazo en tu cumpleaños!
—¡¿Así abrazan en tu aldea?! ¡¿Acaso viven en la jungla?!
—No sé de qué te quejas —habló Fushiguro mientras se adentraba con cuidado de no pisar a ese par—, vamos a celebrar que estás un año más cerca de tu muerte.
—Por comentarios como ese es que no tienes novia —bromeó Nobara.
Fushiguro habría regresado a tirarles el pastel en la cabeza de no ser porque él no lo pagó.
Una venita de molestia saltó sobre su frente y cambió de tema.
—Voy a meter esto al refrigerador. ¿Dónde tienes la cocina, Itadori?
—A tu… —Se volvió a ver las manos y se dio cuenta de que no recordaba cuál era la izquierda ni la derecha, así que se limitó a señalar la puerta—. Allí.
—Derecha —dijo a modo de recordatorio, imaginando lo que pasaba en la mente del otro.
—¡Eso!
Fushiguro no estaba ahí para criticar, pero le sorprendió la cantidad de cerveza que encontró en el refrigerador. Se supone que aún eran menores de edad. ¿Cómo le hicieron para conseguirla?
Gojō tomó a Nobara de la cintura para levantarla y se la cargó bajo el brazo como si se tratase de un cachorro.
—¡Hey!
—El karaoke fue tu idea —canturreó Gojō, sosteniendo con la otra mano un set de micrófono, consola y bocinas, que adquirió hace poco—. Cuento contigo para que me ayudes a instalarlo.
Mantendría su sed de sangre al mínimo porque Nobara era alguien especial en la vida de Yūji, así como Fushiguro, aunque no por eso planeaba pasar por alto sus acciones y si podía evitar que se convirtiera en una gata rompehogares, lo haría.
Llevaban más cosas en el auto, así que acomodaron el resto con relativa calma.
Ese día, Fushiguro descubrió su vocación como el amigo sano que guarda las evidencias fotográficas y de video sobre las estupideces que hacen los borrachos en las fiestas. No hubo una sola gota de alcohol, pero ese trío no lo necesitaba. A saber cuánto grabó para cierta red social popular, centrada en compartir videos. Se coordinaban bien y rápido para la mayor parte de retos disponibles en Internet.
Nobara era la única (aparte de Toge) que conocía las habilidades para el canto que poseía Yūji, por lo que Fushiguro y Gojō quedaron fascinados durante un par de canciones. Después, Gojō se lo tomó personal y dio inicio a una competencia. Fushiguro no estaba sorprendido en absoluto, no es como si nunca lo hubiese escuchado cantar en la casa, aunque Nobara y Yūji sí que soltaron un par de lágrimas marca fangirl porque su voz les erizó la piel.
Como al día siguiente debían asistir a clases, se detuvieron a un horario decente por la noche. Aparte de que Yūji hizo el comentario de que Sukuna se encontraba en su camino de regreso. Se lo hizo saber por medio de un mensaje de texto, y como los otros no se llevaban muy bien con él, lo mejor era no empeorar las cosas.
—Bueno, chicos, me adelanto a la estación antes de que se haga más tarde —dijo Nobara al terminar de limpiar su parte.
—Ah, te acompaño —agregó Itadori, echándose las llaves al bolsillo antes de salir.
Gojō y Fushiguro se miraron en silencio durante un par de segundos.
—¿Está bien que nos encarguemos de una casa que no es nuestra? —preguntó Fushiguro. Agradecía la confianza, aunque tenía el presentimiento de que eso no debía ser así. Sentido común.
—¡Lo que se esperaba del pequeño Megumi! —Le dio unas palmaditas en la espalda—. Ve a alcanzarlos y le dices a Yūji que regrese. De paso te verás como un caballero por una vez en tu vida.
Fushiguro lo fulminó con la mirada. No le molestaba acompañar a su amiga, pero la idea de dejar a Gojō y Yūji a solas era lo que no le convencía.
—¿Por qué esa cara? —habló Gojō.
—Está planeando algo, ¿cierto?
—¿Yo? —Hizo un ademán de sorpresa e indignación.
A Fushiguro le molestaba que fingiera demencia.
—¿Qué le va a hacer a Itadori?
—Sabes, es muy feo de tu parte pensar que quiero hacerle algo en su cumpleaños.
En eso tenía razón. Gojō no era tan mal ser humano, aunque se reservaba ciertas dudas.
—Además —agregó Gojō—, sería terrible que llegara Sukuna y nos viera a los dos aquí, ¿no te parece?
Otro punto a favor. A juzgar por la declaración de guerra indirecta que se hicieron esos dos, el peor escenario posible era que Yūji encontrase su hogar incendiado a causa de una batalla campal.
—También puedo acompañar a Nobara en tu lugar y… ¡Ah! ¡Eso haré! Y te dejaré solito a merced de Sukuna. —Guiñó un ojo—. Eso era lo que esperabas, ¿no? ¡Te atrapé!
—¡Olvídelo! —exclamó, intentando mantener sus emociones bajo control.
Se dirigió hacia la salida para colocarse los zapatos. Conocía la ruta que Yūji tomaba hacia la estación.
Antes de salir, apuntó a su tutor con un dedo y puso de manifiesto una última amenaza.
—Ni se le ocurra aprovecharse de Itadori (viejo verde).
—Sí, sí (grosero). —Se encogió de hombros, restándole importancia.
En el momento en que salió, Gojō se puso manos a la obra. Revisó toda la sala en busca de algo que pudiese darle más pistas sobre los gustos de su alumno.
No encontró nada que no supiera.
Se metió a la cocina. En la alacena había algunos paquetes de galletas, té, condimentos y otros productos que conformaban la despensa básica. Sin saberlo y, al igual que Fushiguro, le intrigó descubrir la cerveza en el refrigerador.
El baño ya lo había revisado en lo que los niños se divertían. Restaban las habitaciones internas.
La primera a la que entró supuso que era de Sukuna por el esmalte de uñas negro que reposaba sobre el tocador. Una parte de sí le susurró de forma maliciosa que inspeccionara bien ese lugar. Cualquier cosa que le pudiese servir para chantajear a Sukuna o negociar con Fushiguro le caería de perlas, aunque no sabía qué tanto se había alejado Yūji con Nobara, ni cuánto le tomaría al chico regresar. Por lo tanto, salió de la recámara y se dispuso a entrar en la que estaba justo al frente, cruzando el pasillo.
No obstante, su atención se desvió hacia un mueble con cajones que pasó por alto. Abrió el primero y analizó su interior; una laptop, un cargador para la misma, otro para celulares y dinero en efectivo. Lo cerró y prosiguió con la sección de abajo.
Allí encontró un paquete de cigarros (otra sorpresa) y un encendedor; como que los gemelos eran algo viciosos para la edad que tenían y eso le molestaba, no por Sukuna, sino por Yūji. Quizá hablaría con él al respecto. Más tarde se ingeniaría alguna manera de sacarle el tema para que no pareciera que estuvo revisando la casa.
También encontró dos fotografías enmarcadas. Una encima de la otra. La primera tenía a quien que, por las facciones y las marcas características de la vejez, debió ser el abuelo; a cada lado de él, un chamaco. Sacó su celular para capturar la imagen. Yūji estaba todo cachetón y bonito. Nunca le habían llamado la atención los niños, pero seguro que Yūji le habría alegrado sus días. No tenía quejas de Fushiguro, porque su situación fue… diferente. Regresando a Yūji, le parecía curioso que tuviera la misma cara de menso; los años no pasaban por él, era de esos que no cambiaban en absoluto, sólo crecían.
Cuando salió de su ensoñación y de lo hipotéticamente bonitos que saldrían sus hijos si los tuviera con Yūji, se dispuso a ver la otra imagen. No alcanzó a apreciarla, pues escuchó ruidos al otro lado de la puerta.
Soltó el portarretratos y se echó el celular al bolsillo. Cerró el cajón. Se metió al baño para mojarse las manos y fingir que estaba saliendo de allí.
¡Maldita sea la hora en la que se entretuvo con unas imágenes!
—Bienvenido de vuelta —entonó con una voz melódica en lo que Yūji se sacaba los zapatos.
—Gojō-sen… ¡Vaya a secarse las manos! —Apresuró el paso, mostrándose entre fastidiado y molesto.
Gojō tenía las manos flexionadas al frente, dejando que algunas gotas escurrieran de las puntas de sus dedos.
—Pero si sólo es agua. —Salpicó a Yūji en la cara cuando lo tuvo a la distancia apropiada.
Por lo general, Yūji levantaba el rostro para encontrarse con el opuesto, dada la diferencia de estatura; sin embargo, esta vez se limitó a subir los ojos, con una expresión típica de gatito enojado.
Tomó a Gojō por uno de los costados de la ropa para darle media vuelta y empujarlo de regreso.
—Como siga mojando el piso, lo voy a poner a trapear.
—Muy bien, muy bien. —No puso mayor resistencia. Por voluntad propia tomó la toalla.
—¡Bien secas! —resopló, colocando cada mano a los costados de la cadera.
Yūji regresó casi de inmediato para asegurarse de que todo estuviera en orden en la sala. Parecía no haber olvidado nada.
Al poco tiempo volvió a aparecer Gojō, quien se sentó sobre uno de los descansabrazos del sofá más largo. Le mostró las palmas al chico; no había ni rastro de agua. Dejó los brazos extendidos con un doble propósito.
—Ven.
Yūji inclinó la cabeza, extrañado. Se acercó, analizando las manos opuestas, hasta que una de ellas lo tomó por la muñeca y lo jaló con fuerza, sin intención de lastimarlo.
Gojō lo atrapó entre sus brazos, rodeando la cintura y la espalda del muchacho con una presión tanto cálida como desesperada.
Yūji se sorprendió al ser sorprendido con la guardia baja, aunque rápidamente interpretó aquello como un abrazo de cumpleaños. Correspondió al gesto y recargó el mentón sobre uno de los hombros contrarios.
—¿Cómo te la pasaste? —preguntó Gojō.
—Fue divertido.
Disfrutaba pasar el día con sus amigos. Nobara, Fushiguro y Gojō eran especiales, razón por la cual agregó presión adicional sin llegar a tornar asfixiante el contacto.
Ese fue un mal momento para que una memoria de antaño golpeara su conciencia y lo embriagara de una creciente nostalgia.
Gojō estuvo a nada de hundir el rostro cerca del cuello del chico para depositar un beso sobre su piel. No podía desaprovechar la oportunidad. Sin embargo, se detuvo al percibir un leve temblor en el cuerpo de Yūji y escucharle tomar aire como quien llora, sólo que sin el característico moqueo.
Se separó un poco, bajando las manos hacia la cintura ajena. Entrelazó los dedos por la parte de atrás para evitar generar distancia. Yūji se limpió el inicio de pequeñas lágrimas con la manga de la sudadera. Acto seguido, regresó a la normalidad.
—Siento eso, sensei —explicó, recorriendo su agarre hacia la parte alta de los brazos contrarios—. Es sólo que el abuelo era la única persona que solía abrazarme en mi cumpleaños y… Bueno, me acordé.
Encogió los hombros al terminar, dibujando una sonrisa en su rostro.
—¿Qué hay de Sukuna? —preguntó Gojō, sabiendo de antemano la respuesta.
Antes de decir cualquier cosa, Yūji soltó un sonido similar a un «pffft», rodando los ojos.
—Hay que ser muy imaginativo (y no conocerlo en absoluto) para creer que él podría ser cariñoso. No está en sus genes. Es muy detallista (cuando quiere), pero el contacto físico… No es muy su estilo.
Lo decía porque esa mañana le preparó el desayuno. Yūji podía afirmar que Sukuna, viviendo solo, no se moriría de hambre, aunque si ponía un restaurante seguro quebraba en menos de un mes.
—Tienes razón. —Gojō sonrió divertido, evocando en su memoria los instantes en los que se soltaron amenazas mutuas en la escuela—. En ese caso…
Aprovechó para atraer a Yūji, juntando ambos cuerpos por la zona del pecho.
—Habrá que abrazarnos más seguido.
Los ojos de Yūji se iluminaron. Era cierto que con quien más contacto tenía era con Gojō, pero percibir una cercanía más íntima, como la que había en ese preciso instante, jamás cruzó por su cabeza a causa del respeto que apenas y recordaba mantener.
Con esa barrera rota, nada más importaba. Se lanzó hacia su profesor, para recuperar la posición de antes.
Gojō se dejó caer de espaldas en el sofá, aprovechando el impulso y llevándose al muchacho en el proceso.
—Woah.
Antes de agregar algo más, Gojō puso una mano sobre los cabellos de Yūji, para atraerlo hacia su cuerpo y evitar que se levantara.
—Quedémonos así por un rato, ¿te parece?
Yūji asintió. Se removió en un intento de acomodarse mejor y cerró los ojos cuando encontró una postura que se amoldaba a su maestro sin volver incómodo el momento. De algún modo, encontraba reconfortante estar así de consentido. Desconocía si esa era la palabra correcta; los momentos que compartían a solas le fascinaban en exceso.
Gojō agradeció para sus adentros que Yūji buscara una mejor forma de acoplarse a él, de lo contrario, era consciente que la parte baja de su cuerpo no dudaría en actuar por voluntad propia y no sabría cómo explicar la erección resultante. Si eso no ejemplificaba que ambos compartían una misma línea de pensamiento, entonces no sabía qué lo haría.
Lo tenía.
Cada vez más cerca de lograr su objetivo.
Una parte de sí se arrancaba la mordaza para advertirle de corromper a tan lindo chico; no obstante, a raíz de ocasionales bromas pícaras, sabía que Yūji, inocente, no era. Un poco torpe si acaso.
Tras varios minutos de permanecer así, deslizó la mano en una serie de caricias hasta llegar a la espalda baja y, en ese momento, Yūji se levantó.
—¡Me está entrando muchísimo sueño! —vociferó, intentando despertarse con eso.
—Te hubieras dormido.
Gojō se entretuvo con la expresión ajena. Se notaba que le costaba horrores mantener los ojos abiertos. Conocía esa sensación a la perfección.
A los pocos segundos, sonó el timbre.
—Debe ser Fushiguro. —Se encaminó hacia la puerta.
Confirmó sus palabras y el aire fresco le hizo espabilar con rapidez.
Fushiguro miró el gekan. Le daba flojera quitarse los zapatos. Es decir, ya debían irse ellos también.
—¿Puedes hablarle a Gojō-sensei?
Yūji captó de inmediato lo que iba a decir, pues ese gesto cansino que le dirigió al pequeño escalón era inconfundible. Hizo un «ok» con las manos. Por suerte, Gojō apareció detrás, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
—Ya nos vamos —se despidió del muchacho, revolviendo con ternura sus cabellos.
—Con cuidado —dijo Yūji, segundos antes de cerrar la puerta.
Fushiguro subió al auto, algo sorprendido de que Gojō hubiese mantenido su palabra de no hacer nada extraño con su amigo. Volvió la mirada hacia los asientos traseros. Allí había una bolsa de regalo y, en un acto de valentía (o imprudencia), bajó del carro. Abrió la puerta trasera y tomó el presente.
—Ya vuelvo —anunció, regresando a la casa de Yūji.
Pasaron unos dos o tres minutos cuando Gojō notó a Sukuna doblar por la esquina y entrar en su rango de visión. Por obvias razones, se ignoraron.
A Yūji le pareció raro tener a Fushiguro de nuevo a la puerta.
—¿Olvidaste algo? —Regresó al interior, poniendo una mano por encima de los ojos, simulando buscar objetos que él identificaba como propiedad de su compañero.
Fushiguro dio un par de pasos y, como en la ocasión pasada, se detuvo para no despojarse del calzado.
—Ven acá.
Yūji dio la vuelta y por la entrada exterior divisó a Sukuna, aunque su atención la captaron las palabras ajenas.
—Esto... —Fushiguro le extendió el regalo—. Entrégaselo a tu hermano cuando vuelva.
—Ah, bien. —Asintió, mas no tomó el obsequio—. Pero eso no será necesario.
Fushiguro hizo un gesto de duda.
—No me puedo quedar en tu casa. Mañana tenemos clase y no metí un uniforme de repuesto en el auto —aclaró, porque quizás el otro le estaba haciendo una invitación de manera indirecta.
—No, no lo decía por eso —negó con el rostro y las manos.
Se acercó hacia la entrada. Sostuvo los hombros opuestos y le dio media vuelta a su compañero.
A Fushiguro casi le da un infarto al toparse a Sukuna bloqueando la puerta y, por su expresión arrogante, seguro lo había escuchado todo.
¡¿Pero qué clase de ninja diabólico era ese?! ¡No oyó sus pasos!
Yūji se alejó con el mismo sigilo con el que su hermano llegó, pero quería estar al tanto de lo que pasaba, así que se metió a la cocina, que era la habitación más cercana, y se sentó en el suelo, pegando oreja.
Cantó victoria cuando la primera voz en hablar llegó a sus oídos con claridad.
Fushiguro frunció el entrecejo. Era su típica expresión molesta, en un intento por lucir desinteresado, de no ser por el tenue rubor que comenzaba a dar color a su rostro.
Le extendió el paquete a Sukuna, quien lo tomó sin decir nada.
—Espero que lo hayas pasado bien —agregó, pasando una mano por la parte trasera de su cuello, con la vaga finalidad de tranquilizarse.
—Lo estoy pasando bien ahora —anunció, con una sonrisa socarrona en los labios.
Le parecía jodidamente emocionante y hermosa la forma en la que Fushiguro trataba de mantenerse erguido sin flaquear.
El pasillo daba la apariencia de lucir más estrecho ahora que Sukuna estaba bloqueando la salida. Fushiguro sabía que el otro lo agarraría como burla personal si no lograba moverse, por lo que inició un suave andar hacia afuera.
Sukuna se limitó a colocarse de perfil contra el marco de la puerta, haciendo el espacio suficiente para que Fushiguro pasara por un lado. Sin embargo, al tenerlo de frente, extendió un brazo a la altura del abdomen y pegó a esa belleza abochornada contra su cuerpo.
—Oye, ¿te encuentras bien? —susurró con un tono entre burlón y seductor—. Deberías verte en un espejo, parece que vas a colapsar. ¿Seguro que puedes salir por tu cuenta?
En ese jodido instante, Fushiguro no supo si agradecer el agarre, porque le ayudaba a mantener el equilibrio, o si debía maldecirlo, pues sentía que cada vez era más difícil respirar.
Podría apostar todos sus ahorros a que el corazón se le saldría del pecho. ¿Por qué le era tan complicado lidiar con eso desde el momento en que descubrió que Sukuna tenía sentimientos por él?
—Estoy. Muy. Bien —enfatizó cada palabra casi con furia.
La misma mano que Sukuna usó para detenerlo, la subió hacia el mentón ajeno.
—Me alegra.
Fushiguro dio un cuarto de vuelta y continuó con su camino, sintiéndose aliviado de que Sukuna no lo detuviera, a la par de un poco decepcionado por lo mismo.
Subió al auto, dejándose caer sobre el asiento. Gojō tenía el celular horizontal, recargado sobre el volante, grabando la entrada de su chiquillo.
—¡Ese pedazo de idiota…! —gritó contra las palmas de las manos, para amortiguar el sonido.
Gojō soltó una risa burlona.
—Estoy grabando todo.
Ya había pasado la peor parte, por lo que un Fushiguro, no muy centrado en sus casillas, se le arrojó a su tutor en un intento de arrebatarle el teléfono.
—¡Borre esa maldita cosa!
Yūji salió de la cocina con una rebanada de pastel, al escuchar que su gemelo cerraba la puerta.
—¿Qué te dio?
—¿Qué te importa? Metiche.
Yūji se lo hubiese tomado a pecho si Sukuna no se lo hubiera dicho con una sonrisa.
«Carajo...» Sukuna enamorado le daba más miedo que el Sukuna enojado.
—Te doy pastel si me dejas ver.
Sukuna guardó silencio unos momentos para pensarlo bien.
—¿Cuánto queda?
—Bastante.
—Trato.
Sukuna se adentró en la cocina y dejó la bolsa sobre la mesa. La abriría más tarde. Lo importante ahora era seguir comiendo.
Yūji sacó el postre y le pasó un cubierto. Presentía que se lo acabarían entre los dos de una sentada, así que rebanarlo pasaba a ser una formalidad que podían omitir. Quedaba más o menos la mitad.
—¿Dónde estuviste?
—Un rato con Uraume, otro rato con Nanami.
Yūji le mantuvo la mirada. Como por arte de magia, Sukuna respondió una pregunta que su hermano jamás necesitó expresar.
—Fui al parque de diversiones con Uraume. Pagó todo. Nanami me invitó a cenar y me dio unas cosas.
Como tenía puestos pantalones de cargo con bolsillos bastante amplios, de uno de ellos extrajo un cubo de dimensiones conocidas para Yūji; de otro, sacó una caja más pequeña. En ambas ponía, con letras plateadas sobre la cara superior, «Heavenly Restriction».
Yūji se planteó comentar que Gojō era el dueño de esa franquicia; sin embargo, al ser consciente del desprecio que su hermano le tenía, era mejor cerrar la boca. Capaz que tiraba todos esos obsequios a la basura. Sukuna estaba lo suficientemente loco como para hacerlo.
Al tiempo, lo vio destapar ambos presentes.
Primero, se fijó en el reloj.
—¡Oh, este hace juego con el de Fushiguro! —comentó emocionado.
Sukuna lo interrogó con la mirada.
—A-Ah, es que Gojō-sensei también le regaló uno a él en su cumpleaños. Sólo que sus piedritas son diferentes. Las de su reloj son azules.
Las de Sukuna eran rojas.
—En todo caso, no lo vayas a llevar a la escuela —advirtió.
—Ya lo sé. —Rodó los ojos con fastidio.
Nanami también se lo había advertido. Además de entrar en las prohibiciones escolares el llevar accesorios llamativos como pulseras, collares o aretes. Hablando de estos últimos, un par era lo que contenía la otra caja.
—¿Y esto? ¿Piensas perforarte?
—No lo había considerado. Nanami dijo que me veía en la cara intentar eso algún día y prefiere que me ponga algo bueno, para variar. Igual, dijo que podía dárselos a alguna novia si me apetecía.
—Hm. Se le verían bien a Fushiguro.
—También lo pensé.
Se trataba de un par de obsidianas redondas, sujetas en cuatro puntos por un metal similar a la plata; a saber si sería puro o alguna aleación. Bajo el cojín en el que reposaban había un pequeño certificado con las especificaciones, aunque para ese momento ninguno de los dos lo había descubierto.
—¿Piensas declararte con esos? —preguntó, en parte, a modo de broma.
—Ugh, suena tan cursi que me da náuseas.
Sukuna se quedó pensando en lo que dijo su gemelo sobre el reloj. Fushiguro llevaba manga larga ese día, por lo que no pudo verlo, pero sonaba fabuloso tener objetos a juego con él.
En lo personal, le parecían ridículas las cosas para parejas, pero sería capaz de utilizarlas sólo para ver a Fushiguro avergonzado una vez más. Tenerlo sonrojado le gustaba y en demasía, por lo que ya idearía más cosas para provocarlo en la escuela.
Casi se me olvida publicar esto porque tengo que preparar unas exposiciones para mis clases. (╥﹏╥) No saben cuánto odio a los profesores que hacen que los alumnos den sus clases. Dx
En fin, no estoy aquí para agobiarlos con mi vida(?), sino para desearles un bonito inicio de semana y agradecer que estén aquí, acompañándome en un capítulo más de esta historia que escribo con mucho amor para ustedes~ (つ≧▽≦)つ
