CAPÍTULO XXVIII
—¿Qué tienes? —preguntó Yūji, girando sobre su asiento para platicar en lo que llegaba el siguiente profesor.
—Nada —respondió Fushiguro, con el entusiasmo de quien desea ser atropellado lo más pronto posible. Quién sabe, podría reencarnar en un mundo de magia y fantasía con sus conocimientos actuales para tener una vida mejor.
—¿Te has visto en un espejo?
Fushiguro inclinó el rostro. Durmió, más o menos bien —según él—, aunque no descansó nada.
Yūji se aplastó el cabello, intentando alaciarlo. Puso cara de estreñido y habló con voz cansada.
—Soy Fushiguro. Me estresa la gente. Me gustan los animalitos, la leche de fresa y los delincuentes.
De alguna manera, las ridiculeces de Yūji le hicieron sentir mejor. Lástima que no se trasladó el ánimo a su rostro.
A los pocos instantes apareció Sukuna. Le sostuvo la barbilla con el índice y el pulgar. Lo hizo ver hacia arriba con un brusco empujoncito.
—¿Diagnóstico? —cuestionó Yūji.
—Flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones.
—Lo imaginé. —Asintió.
—Deberías ir a echar una siesta por ahí. —Se dirigió a Fushiguro.
—¡Hey! ¡No lo quieras volver un malandro también!
Sukuna rodó los ojos. No tenía muchas ganas de desperdiciar saliva. Escudriñó el semblante de su pareja y descartó una noche de llanto al no notar hinchazón en los ojos.
—¿Un libro nuevo? —A su novio le gustaba leer, así que era una posibilidad que se hubiese desvelado leyendo algo interesante. De ser así, tendría que pedirle el tomo después.
Nobara los observaba a la distancia. Esos eran sus amigos. Si el estúpido Sukuna le había hecho un amarre a Fushiguro, hablaría seriamente con él, porque no estaba dispuesta a repetir esa situación en los recesos.
—Fue vil insomnio —dijo Fushiguro, restándole importancia al asunto.
—¡Es por estar todo el día con ese aparato! —Yūji hizo uso de la palabra fingiendo ser una abuelita.
En ese instante entró Gojō.
Los hombros de Fushiguro se tensaron. Frunció el entrecejo de manera leve. Nada de eso pasó desapercibido para Sukuna, por lo que se agachó para susurrarle.
—Fúgate conmigo más tarde.
Se separó, recibiendo una mirada esperanzada, a la par de sorprendida, como respuesta.
—Piénsalo —finalizó, regresando a su asiento.
No tuvo que hacerlo. No demasiado. Fushiguro tenía unas ganas antinaturales de largarse de allí y aislarse un rato. El detalle adicional es que no estaría solo. Mataría dos pájaros de un tiro, porque llevaba un buen rato esperando sacar tiempo de forma mística para pasarlo con Sukuna.
Con Sukuna…
«¿Cuántas personas crees que estarían dispuestas a estar contigo después de conocer todo lo que te hicieron?»
Apretó los dientes y maldijo el momento en el que aquellas palabras hicieron eco en el interior de su cabeza.
Sí. Quizá su reacción el día anterior fue triste y patética. No obstante, ¿cómo se supone que debía responder a ello? El tema no salió a flote por más de diez años. Todo fue tan repentino que… Se sentía molesto. Molesto y sucio. Además de hallarse sumergido hasta el cuello de impotencia. No pudo hacer nada para impedir que aquello sucediera. Ni siquiera tuvo la fuerza necesaria para golpear a Gojō por comportarse como un maldito bastardo.
El desagradable suceso del pasado no ocurrió por culpa suya. Lo sabía. Lo sabía… pero no podía retrasar ni detener la rapidez con la que su interior se carcomía.
La oportunidad para comenzar de nuevo, que creía haber tomado hace tiempo, era como si jamás hubiera estado allí en primer lugar. ¿A qué se aferraba entonces? Más bien, ¿tenía algún motivo para continuar con toda esa jodida farsa?
Un extraño escalofrío lo sacó de su trance. Sukuna le había pasado un dedo por toda la línea de la columna.
Al desviar la vista de su libreta en blanco, sólo pudo centrar sus cinco sentidos en él.
—¿Y bien? —preguntó, con el rostro impasible.
—Vamos —respondió.
Estaba lejos de tener el entusiasmo de alguien que en verdad desea dejar la escuela para divertirse, aunque tampoco lucía una expresión militar. Poseía la decisión suficiente para no titubear y eso le bastaba. ¿Qué más podía perder a esas alturas aparte de una asistencia?
Sukuna sonrió con malicia, dejándolo recoger sus cosas. Él las había guardado con anterioridad, pues incluso si le profería una negativa saldría a perder el tiempo.
Yūji presintió que algo extraño —o macabro— sucedería. Su gemelo no solía alegrarse sin motivo alguno. Se sorprendió, no demasiado, cuando el susodicho le comentó al oído que se escaparía con Fushiguro.
—Y más te vale no abrir la boca o yo mismo te cortaré la lengua cuando regrese a casa.
Por curioso que pareciese, Yūji metió sus utensilios escolares a la mochila.
—¿Qué haces? —inquirió Sukuna.
—También me largo —explicó—. Eventualmente lo notarán.
«¿Quiénes?» dijo Sukuna para sus adentros.
—Gojō-sensei —agregó Yūji—, o Nanamin. Y, no sé tú, pero los interrogatorios nunca me han gustado.
Tenía como experiencia de anteriores escuelas que cuando Sukuna se fugaba o hacía algo malo, él era la primera persona a quien recurrían para conocer lo sucedido. Siempre terminaba regañado por su abuelo y si estaba destinado a salir embarrado en sus planes, era mejor aprovechar la oportunidad.
Chocaron los puños y antes de dividirse Yūji avisó a Nobara que los tres tomarían caminos diferentes. Lo hacía para no preocuparla, pues era otra de las personas cercanas a Gojō. Eso sí, le pidió que no fuera a soltar una sola palabra. Ya le explicaría con lujo de detalle el por qué. No podía desperdiciar ningún valioso segundo contando la historia de cómo fue que Sukuna se enemistó con el profesor.
Como los expertos malandros que eran, los gemelos Itadori se dirigieron a una barda, no a cualquiera, debía ser la que estaba en sentido opuesto al portón de entrada y alejada del estacionamiento. Era la que menos vigilancia recibía.
Los hermanos se voltearon a ver y asintieron.
Yūji entrelazó los dedos y puso las palmas hacia arriba, listo para recibir el pie de Sukuna e impulsarlo, ayudándolo a alcanzar la altura necesaria. Este último, por su parte, se aferró a la barda y logró subir el cuerpo en segundos, sentándose sobre la misma.
Fushiguro quedó perplejo. Todo fue muy rápido y no estaba seguro de poder hacer lo mismo.
—¿Dónde aprendieron a hacer eso?
—Tōdō —contestaron los gemelos al unísono.
Otra cosa que anexar al pasado desconocido del peculiar trío.
Sukuna vio pasar un auto que no se detuvo. En la acera no transitaba nadie, así que hizo la señal de «ok» con una mano. Yūji le lanzó las mochilas una por una. Conforme Sukuna las atrapaba, las dejaba caer del otro lado.
—Tu turno, Fushiguro —anunció Yūji, haciendo de nuevo el escalón con las manos.
El nombrado miró hacia arriba. Sukuna extendió un brazo en su dirección. No era difícil saber que no lograría subir del mismo modo.
Tragó saliva. Estaba entre emocionado y nervioso. Pese a haber peleado con varios estudiantes durante la secundaria, nunca se había escapado, mucho menos de Gojō. Quizá eso lo motivó a imitar lo que había hecho su pareja, quien lo atrapó del brazo y lo ayudó a subir, indicando que se mantuviera sentado a su lado.
Yūji había demostrado en los entrenamientos que poseía unas piernas poderosas, aún así, Fushiguro dudaba que eso le bastase para subir una barda de… ¿Qué? ¿Tres metros? ¿Cuatro?
Algo que jamás le habían contado era que, en su anterior instituto, ellos eran conocidos como los Tigres de la Secundaria de Occidente. Al llegar a la preparatoria sólo se actualizó el nivel académico del apodo.
A diferencia de Sukuna, Yūji también se apuntó como participante del popular programa de televisión Guerrero Ninja y ganó un premio monetario.
Luego de saltar, Yūji apoyó el pie sobre la construcción en un intento de caminar sobre esta. Haberlo logrado habría ocurrido en un libro de ciencia ficción. Este no fue el caso. Consiguió darse un impulso adicional que le permitió colocar las manos en el borde, lo suficiente para sostenerse de manera apropiada y dar un tirón con los brazos y lograr subir el resto de su cuerpo.
Como si Fushiguro hubiese nacido junto con ellos, volviéndose trillizos, Sukuna y Yūji sonrieron al verle la duda en la cara y hablaron al mismo tiempo, pulgares arriba.
—Parkour —explicaron.
A Fushiguro no le fue difícil creer que en verdad lo practicaban. Tenían el cuerpo de alguien que lo hace. Apostaría a que Tōdō les enseñó.
—¿Cómo vamos a…?
Previo a terminar de formular la pregunta, Yūji se dejó caer. En cuanto sus pies tocaron el piso, flexionó las rodillas, rodó hacia adelante y se levantó de un brinco.
—Justo así —respondió Sukuna, segundos antes de hacer lo mismo.
Fushiguro estaba seguro de que si saltaba se rompería las piernas. Tenía cierta condición física y, a su juicio, no era mala, mas no era imbécil y sabía que no tenía la práctica necesaria para hacer aquello.
Yūji colocó las manos en jarras. Sukuna se posicionó debajo de su novio, extendió los brazos hacia el frente y habló hacia arriba.
—Baja de una vez. Aquí te atrapo, princesa.
Nada más por eso, tuvo ganas de caer de pie para darle una patada en la cara, pero no podía darse el lujo de terminar en un hospital. No ahora. Ninguno de los dos.
Bajó a regañadientes y Sukuna lo cachó a la primera. Ahora lo cargaba estilo nupcial.
—Bájame —demandó, pese a tener las manos alrededor de los hombros ajenos.
—Andas muy insolente últimamente —declaró—. Dar las gracias no va a matarte.
Yūji pasó detrás de ambos en dirección a las mochilas. Como las tres eran del mismo estilo y color, tuvo que abrirlas para saber cuál era la suya. Por prueba y error, a la segunda le atinó.
Sukuna dejó ir a Fushiguro, quien se acercó a donde Yūji.
—Esta debe ser la tuya.
Le dijo, señalando la primera que abrió.
Le creería. En caso de ser un error siempre podía intercambiar con su pareja, pasaría todo el día con él.
—Nos vemos al rato. —Se despidió Yūji, dejando al par de tórtolos.
—¿No iba a acompañarnos? —preguntó mientras veía a su amigo perderse a la distancia.
—¿Para qué? ¿Beso de tres?
Fushiguro puso los ojos en blanco.
—Eres de lo que no hay (gracias al cielo) —susurró, debatiéndose seriamente cómo rayos se había enamorado de alguien así.
—Bueno... —Se frotó las manos, como quien está listo para anunciar su brillante plan—. Solos. Tú. Yo. La sangre de mis enemigos. ¿Qué dices?
—¿Hah? —¿Qué clase de invitación era esa?—. ¿No pudiste decir algo más casual? Como: ven a mi casa a ver Netflix.
—¿Netflix? —Se cruzó de brazos—. ¿Te parece que soy rico, Fushiguro Megumi?
«¡Está igual de baboso que Itadori, pero en otro nivel!» exclamó para sus adentros. «Y Netflix ni siquiera es caro...»
Para variar, él sí contaba con muchos servicios de entretenimiento —pagados por Gojō—, desde plataformas internacionales, hasta aburridos canales de novelas turcas que nadie nunca veía ni por accidente.
—Hay que irnos ya —dijo Sukuna—, que nadie nos viera al salir fue suerte. No es algo que se deba desafiar a la ligera.
De ese modo avanzaron entre las calles sin un rumbo establecido.
Cuando estaba en silencio, Fushiguro tenía esa extraña costumbre de escuchar sus pensamientos y la mayor parte de ellos le decían que pusiera a prueba a Sukuna. En el peor de los casos, sólo terminaría con el noviazgo más corto de su historia y, en el mejor…
—Sukuna. —Llamó su atención—. ¿Tienes algo en mente?
—Por supuesto que no. —Planeaba caminar por ahí hasta encontrar algo que hacer o que le diera hambre.
«Perfecto» pensó Fushiguro.
—Sígueme —dijo, adelantándose al otro.
Sukuna lo detuvo por la muñeca. Dio un tirón, no tan fuerte como para arrancarle el brazo, pero sí sorprendió a su pareja, quien se giró a mirarlo.
—Que algo te quede bien claro: a mí no me vas a estar dando órdenes. —Sin soltar su agarre, bajó los dedos para entrelazarse con los opuestos.
En ese momento, Fushiguro comprendió a lo que se refería. Giró el rostro. Con el dorso de la mano libre se cubrió la parte inferior de la cara, sin hacer presión para que sus palabras fueran escuchadas.
—Acompáñame.
Sukuna soltó una risa gutural, baja y llena de satisfacción, dando algunos pasos en dirección a su novio para buscar un buen ángulo que le permitiese visualizar su sonrojo.
—Eres molesto.
Sukuna esbozó una mueca socarrona tras escuchar eso.
Durante el trayecto, pese a que la cara de Fushiguro no exteriorizaba la inquietud de su corazón, sus manos sí que lo hacían. Percibía el sudor en la palma y sabía que era suyo, se hallaba en un constante aprieta y afloja ejercido por las yemas de los dedos.
A esas horas no había mucha gente en las calles, se encontraban en las escuelas o los trabajos. Agradecía no tener que soportar miradas ajenas sobre por qué iba de la mano con otro hombre.
Se encontraba a medio camino de casa y justo en ese instante comenzó a plantearse si era una buena idea lo que tenía en mente. No quería romper con Sukuna si todo salía mal, aunque no tenía sentido mantener una relación que favoreciera sólo a una de las partes. Muy dentro de sí, rogaba que las cosas resultaran bien.
Cada tanto, Sukuna miraba de reojo a su pareja y, para su gusto, estaba más pensativo de lo usual. Planteado por él y confirmado por Yūji, era consciente de que Fushiguro no solía hablar de sí mismo y, en general, de su boca salía lo justo y necesario. No lo juzgaría como tímido, sino reservado. De cierto modo, eso le gustaba. Claro que deseaba saber todo de él, pero le parecía más atractivo si le costaba trabajo.
Por otro lado, como él era similar en ese aspecto, comprendía a la perfección lo que se sentía hacer las cosas solo.
Tomó ventaja de la espera del semáforo sobre un cruce de caminos para depositar un beso sobre el dorso de la mano opuesta; los ojos atentos al frente. Fue una acción casi mecánica, no por eso carente de sentimiento. Era una forma sutil de hacerle saber que estaba con él, a su lado, o como quisiese interpretarlo.
Fushiguro salió de su trance. ¿Cómo debería responder?
—¿No te molesta? —preguntó, ganándose una mirada escéptica—. El sudor —explicó.
—¿A ti sí?
—Es un fluido más. —Encogió los hombros.
Ese fue su único diálogo hasta llegar a la casa de Fushiguro. Ahora Sukuna sabía dónde se metía Yūji cada fin de semana. Los perros, uno blanco y uno negro, se acercaron al portón de entrada para recibirlos. Fushiguro soltó a Sukuna y la mano comenzó a extrañar el tacto.
«Qué curioso» dijo para sus adentros mientras sacaba las llaves.
Al dar unos pasos dentro, el perro blanco se acercó a Sukuna y comenzó a mover la cola con más entusiasmo de lo usual.
—¿Cómo se llaman?
Con el sonido de la voz, el mismo perro escondió la cola, enseñó los dientes y le ladró. El perro negro, más cerca de Fushiguro, inclinó la cabeza y rascó el césped con una pata.
—¡Oi! —Fushiguro llamó la atención del animal, interponiéndose entre éste y su novio—. El blanco se llama Shiro y el negro es Kuro.
Sukuna bufó con las manos en los bolsillos.
—Qué original.
—Gojō-sensei quería llamarlos Dioscórides y Teofrasto. Los salvé de un terrible destino.
—¿Siempre reciben así a la gente?
—No, de hecho… Es raro que se acerquen a desconocidos hasta después de un tiempo. Debieron confundirte con Itadori.
Le produjo cierta intriga saber que los perros confundían a los gemelos. Vivían en la misma casa, usaban la misma ropa y pasaban tiempo con Fushiguro; seguro tenían un olor similar, aunque creía que quizá los perros, al poseer una nariz más sensible, podrían diferenciarlos con facilidad. Probablemente sí era el caso, después de todo se trataba de personas diferentes; similares, pero independientes. Shiro y Kuro debieron pasarlas por alto ante la costumbre de ver a Yūji.
Entraron a la casa. Al cerrar la puerta Sukuna se posicionó a la espalda de Fushiguro y lo rodeó por la cintura con ambos brazos.
—Bueno, Megumi —le habló al oído, con una voz profunda y seductora—. Me pides que te siga y me traes a tu casa sin dar explicaciones. ¿Acaso planeas aprovecharte de mí?
Fushiguro se derretía cada vez que le dirigía la palabra en ese tono. Por suerte el otro no lo sabía, de lo contrario se dirigiría a él de la misma forma en cada ocasión con el objetivo de calar hasta sus huesos. Lo conocía lo suficiente para adelantarse a los hechos.
—¿Por qué lo dices? ¿Acaso es una fantasía tuya? —habló tranquilo, con tintes de sarcasmo y pellizcó de manera leve la mano contraria para que lo soltara.
Se retiró los zapatos. Sukuna lo imitó.
Antes de avanzar demasiado, regresó a la entrada para recoger su calzado. Tenía un mal presentimiento. No sabía cuánto tiempo pasaría hasta que Gojō notara su ausencia y si se aparecía allí y notaba dos pares de zapatos… Mejor prevenir.
Se lo hizo saber a Sukuna y en poco tiempo subieron a su habitación. Una vez ahí, Fushiguro echó seguro a la puerta. En el espacio sobrante entre la cama y el escritorio cabían los zapatos y las mochilas, así que las dejaron en ese lugar para que no estorbaran.
Si Fushiguro fuera más malpensado y precoz, desde que cerró la puerta Sukuna se le habría ido encima. ¿Qué podía significar aquello aparte de una invitación al sexo? Sin embargo, por las reacciones de su pareja y sabiendo que era primerizo en eso, le daría el beneficio de la duda y tomaría un curso de acción más tranquilo.
Por segunda ocasión atrapó la cintura ajena, esta vez, de frente y esperó. En algún punto Fushiguro acercó más el rostro, producto del magnetismo entre ellos, pero se detuvo. ¿Por qué Sukuna no estaba haciendo lo mismo? Siempre era él quien tomaba la iniciativa. ¿No lo había abrazado en la entrada justo por eso?
—¿Acaso no vas a besarme? —preguntó Sukuna.
Fushiguro levantó una ceja.
—¿El gran Sukuna desesperado por un beso? Increíble —agregó con ironía—. ¿Qué harás si no te lo doy? ¿Rogar?
—Eres un bastardo engreído. —Su sonrisa ladina se hizo un poco más grande—. Pero estás loco si piensas que te voy a suplicar. Tengo mis métodos para obtener lo que quiero.
Fushiguro estuvo a punto de replicar, cuando percibió las grandes manos de Sukuna deslizándose con mesura desde la parte baja de su espalda hacia sus glúteos. Desvió la mirada intentando controlar el pánico. Lo logró en buena medida. El tacto de Sukuna no era brusco ni desesperado; se atrevería a describirlo como gentil, de no ser porque cualquier persona decente, con una caballerosidad mínima, evitaría manosearle el culo.
Soltó un respingo cuando un par de dedos delinearon el borde inferior de su trasero. Después, esas manos descaradas buscaron abarcar cuanto podían, propinándole unos cuantos apretones ligeros.
Más o menos se tranquilizó al ver que Sukuna no tenía la intención de introducirse en sus pantalones o proceder con algo más íntimo. Buscó los ojos sagaces de su novio, topándose con un gesto pícaro y hasta divertido. ¿Acaso se estaba burlando de él?
—¿Pretendes provocarme?
—Claro que no. —En especial porque no lo lograría.
Fushiguro lucía nervioso, un poco asustado. De seguro era la primera vez que alguien lo tocaba así. Lo mejor sería no presionar demasiado al lindo niño recatado.
—Sólo estoy haciendo algo de tiempo en lo que te decides a darme lo que quiero.
Fushiguro se sorprendió de sobremanera. La forma en la que sus párpados se levantaron fue más que obvia.
—¿Por qué tan tenso? —prosiguió Sukuna—. Tranquilízate un poco —rió por lo bajo, sin descuidar el tono coqueto que había manejado hasta el momento—. No voy a comerte, Caperucita.
Al escuchar eso, la tensión de su Fushiguro se fue al demonio. Suspiró con una mezcla extraña entre el cansancio y la molestia. Al mismo tiempo sintió escalofríos ante la voz, más grave y rasposa, con la que su pareja soltó la última frase.
—¿Quieres dejar de arruinar el ambiente con tus apodos raros?
—¿No te gusta el de Caperucita? —repitió, subiendo una mano hacia la mejilla contraria, para acariciarla con suavidad usando los nudillos—. Pero si eres tan ingenuo y mira nada más el color que tienes.
—Es porque das pena ajena (y no, no me gusta).
Fue una excusa barata, aunque no era una mentira en su totalidad.
Sukuna entrelazó los dedos, apoyándolos sobre la curvatura de la espalda.
Fushiguro descansó la frente contra la ajena. Cerró los ojos. Odiaba que Sukuna lo hiciera pensar en cosas estúpidas e innecesarias; que lo tomara con la guardia baja y lo pusiera en jaque entre sentimientos alborotados y pésimos recuerdos. No obstante, adoraba la manera en que le regalaba tantos momentos cálidos, pese a que su forma de coquetear fuera un asco. Lo mejor de todo era que no se sentía ajeno o ignorado. Era consciente de que Sukuna le prestaba atención y la prueba más clara de eso era que se encontraban en su habitación, habiéndose fugado de la escuela, porque lo notó atribulado y decaído.
—Megumi...
—Ya lo sé —interrumpió—. Aquí tienes.
Tomó el rostro de Sukuna entre sus manos y, en lo que dura un parpadeo, juntó sus labios con los opuestos. Fue un contacto suave y delicado.
—El beso que morías por darme —agregó, tranquilo.
—Bueno, lo tomo —declaró con una mueca de satisfacción—, aunque ese no es el que moría por darte. Abre la boca.
Fushiguro sintió dos palmaditas sobre un costado de la cadera. A su mente vinieron clips de video sobre besos apasionados.
—¿No quieres?
Se vio obligado a salir de su trance para responder aquello.
—E-Es sólo que no tengo práctica.
—¡Qué afortunado! Aquí hay un apuesto galán dispuesto a enseñarte gratis.
Fushiguro miró a su izquierda y a su derecha, fingiendo buscar algo.
—No veo a ningún galán cerca.
Pegó un brinquito al recibir una nalgada a modo de reclamo.
—Muy gracioso —dijo Sukuna, intentando no hacerse el ofendido.
Aprovechó la cercanía de la cama para sentar a Fushiguro e inclinarse sobre él.
—Tú sólo relájate. —Con cuidado, comenzó a empujarlo hasta lograr acostarlo—. Intenta imitar lo que yo haga y si sientes que es demasiado, déjame el resto.
Fushiguro no sabía si se encontraba incómodo o ansioso por lo que venía a continuación. Tener a su pareja encima lo orillaba al risco de la ansiedad, pero también era él quien lo sostenía con firmeza para evitar que cayera directo a su perdición.
—Megumi. —No sabía cuál era la razón exacta, sólo presintió que debía traerlo de vuelta a la realidad usando su nombre mientras buscaba la aprobación en su rostro.
Fushiguro asintió.
Sin perder tiempo, Sukuna tomó esos finos y bonitos labios con los propios. El contacto inicial fue superficial, esperando que el otro se relajara lo suficiente. Supo que todo estaba bien cuando Fushiguro subió las manos hacia el cuello con el afán de tener más contacto.
Sukuna introdujo la lengua dentro de la boca opuesta, donde encontró la del chico que le arrebataba la sanidad mental y le hacía sentirse vivo. La curiosidad de saber cómo reaccionaría si profundizaba con fogosidad lo carcomía; sin embargo, no era estúpido, y con los antecedentes de nerviosismo de su amado podría arruinarle la experiencia. Lo mejor era seguir con relativa calma y avivar la llama cuando se acostumbrara a ello.
Ante la penosa sensación de mostrarse sumiso por la inexperiencia, Fushiguro sostuvo el uniforme de Sukuna por la parte de los hombros, arrugándolo con la presión que ejercían sus manos. Tras algunos segundos, o minutos, no tenía forma de saberlo, empujó a Sukuna para hacer algo de espacio. Al principio, este último dudó de haber hecho algo que molestara a su novio, pero al ver su rostro sonrió complacido.
Fushiguro estaba agitado. Intentaba respirar con normalidad, aunque su pecho se negaba a dejar de subir y bajar como desesperado, insistiendo en que iba a morir si no lo hacía de esa forma. Fue entonces cuando recordó una ridícula línea que llegó a leer en libros: «se separó para recuperar el aire que había perdido en el beso» y entendió que los personajes no eran tan idiotas como para aguantar la respiración durante la faena. Él lo hizo por la nariz como era natural. Con más lentitud de la habitual para no golpear la piel ajena como un completo amateur. Eso fue de manera consciente, había algo que no podía controlar a voluntad: el latir de su corazón. Cada vez más fuerte. Cada vez más desesperado. Cada vez más ansioso. Toda la sangre que movía y llegaba a sus pulmones demandaba que estos hicieran su trabajo. Se obligó a apartar a Sukuna para abastecer a sus exigentes órganos de lo que tanto necesitaban.
Sukuna le depositó un par de besos sobre la línea de la mandíbula y bajó hacia el cuello.
—Tómate tu tiempo.
Le era complicado ocultar su regocijo luego de haber obtenido tan buena reacción de su pareja. Si no lo calmaba pronto, a ese paso lo volvería asmático.
Al ver que Sukuna no intentaba ni se mostraba interesado en recorrer su cuerpo o sacarle la ropa, Fushiguro lo tomó de los hombros y lo empujó hacia un lado, invirtiendo posiciones. El rostro de asombro que puso su novio, seguido de una sonrisa juguetona, le bastaron para buscar con ansiedad otro beso. Un extraño calor se hizo presente en su vientre. Se sentía tan lleno de vida, tan embelesado por la fuerza con la que el chico problema de la escuela le hacía experimentar toda clase de emociones; al mismo tiempo en que buscaba ignorar la culpa porque el otro no sabía lo que estaba tocando.
Sukuna le dio la vuelta, con cuidado de no romper el contacto, de modo que ambos terminaron acostados sobre uno de sus laterales.
Fushiguro, con la cabeza recargada en uno de los brazos ajenos, aventuró las yemas de los dedos hacia la zona en donde el cabello de Sukuna era más corto. Se detuvo cuando decidió tomar mayor iniciativa con la lengua y hacer que se entrelazara con la opuesta. Un pequeño quejido se ahogó en su garganta cuando percibió cómo la cintura y la espalda le eran recorridas de arriba abajo con constantes caricias que lo hacían sentir querido, deseado, protegido.
Además de Sukuna, nunca había besado a nadie; mucho menos de la forma en la que ahora lo hacía y, sin lugar a dudas, aseguraba que podría volverse adicto a esos labios que encajaban a la perfección con los suyos.
Los sonidos húmedos y hambrientos se fueron apagando. Dieron paso a un compás menos desesperado, más profundo y constante. Uno del que ambos pudieron disfrutar durante incontables minutos.
De un momento a otro Sukuna rompió el contacto. Con los ojos abiertos de par en par, miró directo al alma de Fushiguro y destrozó el ambiente con una frase anticlimática.
—Tengo muchísimo sueño.
Fushiguro parpadeó un par de veces.
—Bien… —Más que afirmación, sonó como pregunta.
Sukuna interpretó aquello como si le hubiese dado permiso de acomodarse en la cama. Terminó de pegar su cuerpo al ajeno y se deslizó un poco, dejando la cabeza entre el cuello y el pecho de su pareja. Cerró los ojos dispuesto a reponer algunas horas de sueño.
Sin saber exactamente cómo reaccionar, Fushiguro recargó la barbilla sobre la cabeza Sukuna y por la costumbre que tenía de acariciar a sus perros cuando se acurrucaban con él, hizo lo mismo con esos cabellos de inusual tono entre marrón claro y rosado.
¿Qué rayos acababa de pasar?
A diferencia de Yūji, que era como un cachorrito, Sukuna odiaba que le tocaran el cabello; no obstante, Fushiguro tenía privilegios especiales.
—¿En verdad te vas a dormir?
No recibió respuesta. En su lugar, aguzó el oído y se percató de la respiración profunda y pausada de quien es arrastrado al quinto sueño.
«Qué envidia» pensó. Él también deseaba esa habilidad para no permanecer despierto durante horas cuando se supone que debía descansar por la noche.
Seguía inquieto por todo lo ocurrido ese día y, al mismo tiempo, más relajado.
Dejó caer los párpados. Un suspiro escapó de sus labios. Tomar una siesta no parecía un mal plan, en especial por la terrible noche que había pasado revolviéndose de un lado a otro. A lo mucho había dormido tres o cuatro horas, razón de que ese día estuviese desganado y ni siquiera hubiera tendido la cama antes de alistarse para ir a la escuela.
El primero en despertar fue Fushiguro. La vibración característica de un celular le cortó el sueño. El ruido provenía del lugar en el que dejaron las mochilas. Como él puso en modo avión el suyo luego de salir del instituto, sólo podía tratarse del de Sukuna, quien seguía acurrucado contra su cuerpo.
¿Sería importante? ¿Quién podría llamarlo? De la escuela, aparte de él, seguro que sólo Yūji y Uraume tendrían su número.
Una incomodidad le congestionó el pecho al pensar que podría tratarse de ella. Sabía que no eran nada, aún así… ¿Debía levantarse y revisar?
Por mera curiosidad se movió con lentitud hacia la orilla de la cama. Pasó por encima del cuerpo ajeno, con cuidado de no apachurrarlo.
El teléfono dejó de vibrar y algo lo agarró por una pierna.
—¿A dónde?
Escuchó decir a una voz ronca.
—Tu celular estaba sonando —respondió a secas.
—Oh, ¿acaso ibas a revisar? ¿Tan rápido y ya de tóxico?
Fushiguro chasqueó la lengua e ignoró que su querido patán comenzaba a acariciarle un muslo.
—Voy al baño —dijo sin reparos, saliendo de la cama para ir a donde había dicho. Se lavaría la cara con agua tibia para espabilar.
Al ver la puerta cerrarse, Sukuna fue por su móvil. Pasaba por dos horas el momento en que entraba al club de básquetbol. En la pantalla estaba la notificación de llamada perdida de Nanami. Seguro se había dado cuenta de que no andaba en la escuela.
De nueva cuenta entró una llamada de él. De ser cualquier otra persona, colgaría y apagaría el dispositivo; sin embargo, contestó.
—¿Sukuna?
—¿Qué ocurre?
—Te fugaste, ¿cierto?
—¿Algún problema con eso?
—Hablaremos de eso otro día.
Sukuna rodó los ojos. Ya veía venir un sermón el fin de semana.
Nanami suspiró. No podía reñirlo. También tuvo su edad problemática y entendía a la perfección esas ganas de mandar el estudio al demonio de vez en cuando.
—¿Estás con tu hermano?
—No. Él volvió a casa. ¿Por qué?
Nanami miró a Gojō caminar de un lado a otro en el fondo de la sala cual animal enjaulado. Lucía molesto.
—Gojō está buscándolo y al joven Fushiguro también —habló en voz baja—, pero ninguno le responde. ¿Tienes algo que ver con eso?
Sukuna sonrió.
—Si ese fuera el caso, ¿qué te hace pensar que te lo diría?
Si algo le causaba curiosidad a Nanami era averiguar cómo ese delincuente había logrado que Fushiguro se le escapara a Gojō. Tal vez era cosa del amor y las extrañas maneras en que cambiaba a la gente.
—Sólo dime que están bien y no andan haciendo locuras por la ciudad con el uniforme puesto.
—Estamos bien y no andamos haciendo locuras por la ciudad con el uniforme puesto —repitió con sarcasmo.
Nanami se mantuvo en silencio y tuvo ganas de ahorcar a ese pequeño demonio.
—El mocoso seguro está viendo películas o haciendo ejercicio —continuó Sukuna—. Megumi está bien y yo estoy a punto de beber tequila del ombligo de un enano.
De no ser porque lo conocía mejor ahora, Nanami le creería eso último. Por otra parte, era bueno saber que no andaban causando problemas.
—Te encargo el resto. Compórtate.
Sukuna colgó.
Fushiguro salió del baño con apariencia más fresca y se sentó en la cama. Se percató del celular.
—Gojō te está buscando —dijo Sukuna. Omitió la parte de su gemelo.
Fushiguro se mantuvo en silencio.
—¿No vas a reportarte? —preguntó Sukuna.
—No es como si en verdad le importara. Mi tarjeta de crédito es una copia de la suya y nuestros dispositivos están enlazados. En algún momento del día tendría que usar una cosa o la otra y le sería suficiente para saber dónde estoy.
Podría sonar excesivo, pero era una medida bastante práctica en la que Gojō se mantenía al tanto de él. En alguna ocasión le comentó que si pasaba más de veinticuatro horas sin saber de su paradero pondría a la policía a buscar bajo cada roca de los cimientos de Japón. Se lo había dicho con un rostro muy serio. Ahora dudaba de la veracidad de aquello. No obstante, ni siquiera medio día había transcurrido, así que…
—Con que esta es tu forma de mostrar tu fase rebelde —habló Sukuna—. Qué gracioso.
Fushiguro le dirigió una mirada de pocos amigos.
—¿Y esa cara de estreñido? ¿No te fue bien en el baño? —Por más que lo intentara, en la naturaleza de Sukuna no estaba el dejar pasar un comentario burlón cuando la oportunidad se presentaba.
—¿Acaso no puedes tener la boca cerrada por más de cinco minutos?
—¿Te molesta? Acabas de aprender cómo cerrarla.
A Fushiguro le parecía atractiva la manera pícara en que Sukuna sonreía. Aunque en ese momento quería ponerle una almohada en la cara y comprobar si se la podía borrar por asfixia.
En su lugar, tomó el celular que reposaba sobre la cama y se lo extendió a su pareja.
—Mejor vamos a pedir algo para comer.
Sukuna no tenía tarjeta de ningún tipo, pero parecía que Fushiguro había aprendido a leerle el pensamiento.
—Debo tener algo de efectivo. —Se levantó para ir hacia su escritorio.
Allí reposaba la preciosa caja de madera que Sukuna le había dado en su cumpleaños. Hacía mucho que había terminado su contenido, así que la usaba para guardar algunas cosas.
Sukuna se acercó por curiosidad. Sus ojos se posaron en un cubo blanco de dimensiones conocidas que ponía en la tapa Heavenly Restriction con letras plateadas. Su excelente memoria le recordó el día en que su hermano le comentó que Fushiguro tenía un reloj similar al que le regaló Nanami en su cumpleaños.
—Bastante peculiar eso de guardar una caja dentro de otra. —Tomó la blanca con una de sus manos.
—Es para optimizar espacio. —A saber por qué lo hizo, pero le retiró el objeto con tranquilidad y lo destapó para dejar a la vista su contenido.
Sukuna confirmó que las esmeraldas hacían juego con los ojos de su amado.
—Fue un obsequio de Gojō-sensei cuando cumplí dieciocho. —Una extraña sensación de que debía explicarle algunas cosas a Sukuna, aunque no se lo pidiera, surgió en él desde que empezaron a salir—. Él… es el dueño de la marca, así que…
«¿Qué?» Sukuna mantuvo a raya sus ganas de volver a casa en ese mismo instante para reclamarle a Yūji que hubiese pasado por alto ese detalle.
—¿El mocoso lo sabe?
—Sí. ¿Por qué?
—Curiosidad —mintió—. No hay muchos profesores que se vuelvan dueños de marcas lujosas.
—Fue al revés. Él ya era joyero cuando lo conocí. Luego se volvió profesor.
Eso sonaba aún más raro para Sukuna. Sin saberlo, estaba por meterse en un terreno desconocido.
—¿Cómo se conocieron? Más bien, ¿cómo terminaste con un tipo así? —Tendrían el mismo apellido si lo hubiese adoptado, ¿por qué mantenerse como tutor legal?
—Eso… —Nunca se lo había platicado a nadie.
Sukuna era discreto y también su novio. No llevaban mucho tiempo, pero… Tal vez estaría bien abrirse un poco.
—Él apareció el día que mis padres murieron —inició el relato—. No conozco muy bien mi árbol genealógico, pero ya debes saber que Maki y Mai son parientes mías; el asunto es que sus padres no estaban dispuestos a hacerse cargo de mí, por lo tanto, yo iba a pasar a un orfanato.
» Como no podía quedarme en la estación de policía y tampoco podía volver a casa, pasé unos días con Gojō. Él estaba haciendo prácticas en el departamento de inteligencia policial por todo el asunto de análisis de bases de datos, pero le gustaba asistir a los casos, el levantamiento de cadáveres y todo eso.
» De algún modo logró hacer el papeleo necesario para que se le cediera mi custodia. Creo que conoció a mis padres, aunque no se llevaban muy bien.
—¿Por qué razón alguien criaría al hijo de unos tipos que no le agradan?
—Solía decir que mi papá era un bastardo problemático adicto a las apuestas y que estar tres metros bajo tierra le sentaba mejor, pero que yo era diferente.
—¿Y no te molesta? Que hablen así de tu padre.
—Me da igual. —Se encogió de hombros—. Ni siquiera lo recuerdo.
—¿Estabas muy pequeño?
—Un poco. Tenía cinco años. Recuerdo físicamente a mi madre y a mi hermana mayor, pero no a mi padre. —Cerró los ojos durante breves momentos y ni siquiera su silueta permanecía en su memoria—. Creo que no se presentaba a menudo en casa.
—¿Tuviste una hermana?
—Sí… Media hermana —explicó con la mirada vacía y fija sobre las manecillas del reloj—. Del segundo matrimonio de mi padre. No compartimos sangre. Ella ya estaba ahí, así que sólo nos conocimos.
—¿Qué pasó con ella?
—También murió.
—O sea que… ¿Los tres murieron juntos?
—No sé si juntos, pero sí el mismo día.
—¿Y cómo es que tú sigues aquí?
Fushiguro hizo una mueca extraña con la boca. Parecía decir de forma indirecta «gracias por alegrarte tanto de que siga con vida».
—¿No estás haciendo demasiadas preguntas?
—Siempre puedes escoger no responderme. —Le sacó la lengua.
Fushiguro le pegó una mordida al aire, pues Sukuna regresó la lengua a donde pertenecía antes de que se la arrancara con los dientes.
Pudo finalizar la conversación ahí, mas decidió terminar con la historia de manera apropiada.
—Ese día… Me enojé con Tsumiki, así se llamaba mi hermana, y salí de la casa a un parque que estaba a un par de cuadras para tranquilizarme. Por lo general ella iba a buscarme para comer algo, pero esa vez no sucedió.
» Regresé antes de que se pusiera el sol y, bueno, cuando llegué ya eran cadáveres. Poco después apareció la policía.
—Entonces los viste —murmuró.
No sabía que tan buena o mala señal era que ambos hubiesen tenido de frente a gente muerta desde temprana edad.
Tras un rato en silencio. Fushiguro guardó el reloj y regresó todo a su lugar con excepción del dinero.
—Esto es lo que tengo.
—Bien —recibió los billetes—, también traigo algo en la mochila.
Invirtieron algunos minutos en el celular de Sukuna para ver qué se les antojaba. Fue una pena que Fushiguro no pudiera ignorar del todo los recuerdos de su pasado, porque se le fue el apetito a mitad de la comida. Lo bueno fue que Sukuna se encargó de que olvidara sus preocupaciones una vez más.
Saben, el detalle de los perros lo saqué luego de leer experiencias de gemelos en Reddit. (?) Obviamente no a todos los animales les ocurre lo mismo, pero quise poner en práctica la nueva información que conseguí. x'D
