CAPÍTULO XXX

Fushiguro intentó provocar a Sukuna mientras estuvieron juntos para saber si este se lanzaría a hacerle algo más subido de tono; sin embargo, ante la inseguridad que sentía si lograba hacer que se excediera, sumado a su nulo conocimiento en el arte de la sensualidad, lo más que logró fue sentarse en su regazo. Sukuna parecía bastante complacido y se dejaba hacer con facilidad. Ni siquiera protestó cuando le desacomodó el cabello o el uniforme. Tal vez sí se había equivocado con él. Tal vez no era esa clase de persona. Tal vez ahora le había hecho pensar que él era un aventado que no buscaba otra cosa más que su cuerpo. Tal vez sólo debió preguntar desde el inicio.

—Sukuna.

—¿Hm?

—¿Por casualidad estás interesado en…?

El fuerte giro del picaporte lo obligó a callar sus palabras. Ambos chicos voltearon hacia la puerta. Bendito el ingenio de Fushiguro que le sugirió trabarla al entrar.

—Abre la puerta, Megumi.

Sin duda alguna era la voz de Gojō.

Sukuna frunció el entrecejo.

—Escóndete —dijo Fushiguro, levantándose para ir a abrir.

Sukuna lo detuvo por la muñeca.

—¿En serio piensas obedecerlo? —agregó en voz baja, evidentemente irritado.

—Te recuerdo que en mi cuarto tengo el juego de todas las llaves de esta casa —declaró Gojō del otro lado, incapaz de escucharlos—. Ahórrame tener que abrir de todos modos.

—Haz lo que te digo. Esta vez —pidió Fushiguro—. Quiero que todo esto quede entre tú y yo.

¿Había recurrido a una manipulación emocional de emergencia? Sí.

¿Funcionaría con Sukuna? Por supuesto.

—Sólo por hoy me contendré y no le romperé la cara a ese imbécil —explicó, previo a buscar un buen escondite.

—¿En verdad quieres retarme, Megumi?

—Ah, ya voy, ya voy —respondió Fushiguro, fingiendo una voz cansada mientras se desordenaba el cabello para simular un almohadazo—. Estoy acostado.

Miró de nuevo a Sukuna, que estaba de pie a mitad de la habitación.

—¡Que te escondas! —repitió en un susurro molesto, nervioso.

Sukuna se colocó a un lado de la puerta, de modo que terminaría detrás de ésta en cuanto fuese abierta.

—¿Qué haces? —Por la cercanía, Fushiguro sólo movió los labios.

—Confía en mí —contestó del mismo modo.

Fushiguro quitó el seguro del picaporte y Gojō casi le estampa la madera contra la cara por la rapidez con la que entró, ignorando el paradero de la tercera persona en la habitación.

A sus ojos, el cuarto estaba vacío. La cama de Fushiguro seguía destendida y el muchacho tenía desacomodado tanto el pelo como el uniforme.

No desconfiaba de él. No demasiado. Así que se cercioró de que en verdad estaba durmiendo al tocar la cama. Seguía tibia, por lo que algo en su interior se tranquilizó. Más o menos.

—¿Quieres que me crea que te escapaste de la escuela sólo para venir a dormir?

—Piense lo que quiera. —Se cruzó de brazos—. Estoy aquí, ¿no?

—¿Y sólo por eso apagaste el celular?

—Sabe que tengo el sueño demasiado ligero. No habría podido descansar si lo dejaba prendido.

Gojō levantó el rostro. Para alguien que por naturaleza era casi un poste de luz, ese gesto le ganaba más altura y con los nudillos de una mano sobre la cadera, también se daba aires de superioridad.

Para alguien recién despierto, Fushiguro sonaba muy sagaz.

Se ajustó los lentes antes de proseguir.

—¿Dónde está?

A Fushiguro se le oprimió el pecho, su rostro no lo demostró.

—¿Quién?

Gojō arqueó una ceja. Lo más sensato habría sido decir «qué» en lugar de preguntar «quién», así que lo tenía pseudo acorralado.

—La persona a la que trajiste a casa.

El chico no respondió.

—Eres bueno usando tu cuerpo para pelear, pero ambos sabemos que careces de lo que se necesita para salir de la escuela tú solo. Así que saltémonos lo obvio, ¿sí? Ya sé que te escapaste con los gemelos. Sólo dime a cuál de los dos trajiste para acá.

—No traje a ninguno.

Como si la situación no pudiese empeorar más, tras decir aquello, un celular comenzó a vibrar. Estaba sobre la cama y Fushiguro maldijo para sus adentros haber olvidado decirle a Sukuna que silenciara su teléfono luego de comer.

Antes de que a Gojō se le ocurriera, Fushiguro lo tomó entre sus manos. Era una llamada entrante de Uraume. Por el calor del momento, silenció el aparato y lo colocó tras la espalda.

Gojō sonrió satisfecho.

—¿Vas a seguir diciendo que no hay nadie aquí?

Fushiguro tragó saliva.

—Sí —respondió con convicción en el rostro—. Itadori me encargó sus cosas —señaló el espacio en el que habían dejado las mochilas— y se fue a otro lado con su hermano.

En lugar de contraatacar con palabras, Gojō sacó del bolsillo su celular y marcó el número de Yūji, colocando la llamada en altavoz y mostrando la pantalla a Fushiguro.

Después de un rato, se escuchó el típico mensaje de: Estimado usuario, el número que deseas contactar no se encuentra disponible o está fuera del área de servicio. Deje su mensaje después del tono.

Colgó.

—Qué raro. El teléfono que tienes no vibró ni una sola vez. ¿No acabas de decir que Yūji te encargó sus cosas?

—Itadori —corrigió—. Dije que fue Itadori. Sukuna se apellida igual, ¿acaso ya lo olvidó?

—Oh, ¿y le estabas revisando el celular? —canturreó con sorna, agachando el rostro a la altura opuesta—. ¿Te atreves a criticarme siendo así?

Fushiguro desvió la mirada y chasqueó la lengua.

—Bueno, yo le dije que no me metería en sus asuntos. Así que tampoco se meta en los míos.

Una débil risa escapó de los labios de Gojō.

—Es bueno escucharte aclararlo, porque jamás dijiste algo similar. Me alegra saber que estamos en los mismos términos.

Fushiguro se mantuvo a la espera de que el otro se retirara, pero sólo le escuchó insistir.

—¿A dónde fueron?

Fushiguro no respondió.

—Un gemelo debería saber dónde se metió el otro, ¿no crees?

—No… No lo sé.

—Bien, siempre podemos comprobarlo.

Lo primero que hizo fue asomarse bajo la cama. Con eso, Fushiguro supo que revisaría toda la casa de ser necesario.

«Maldita sea» dijo para sus adentros.

—Bueno, me alegra que no optara por el escondite convencional. Piensa más de lo que parece —comentó Gojō, poniéndose en pie para dirigirse al vestidor.

Era amplio, así que abrió todos los clósets. Fushiguro lo siguió, a la espera de reclamarle si desordenaba su ropa; no obstante, nada de eso ocurrió.

Sukuna aprovechó el descuido de ambos para pasar de la puerta a la parte de abajo de la cama. Suponía que nadie buscaría dos veces en el mismo lugar si lo encontraba vacío, todo lo que debía —y podía— hacer era esperar para cumplir su palabra.

Gojō salió en dirección al baño para asegurarse de que en la tina tampoco hubiese ningún adolescente sorpresa.

—Muy bien, muy bien, quizá me excedí —habló con un falso arrepentimiento, regresando a la recámara—. Lamento no haberte creído.

Un sentimiento de ansiedad recorrió las entrañas de Fushiguro cuando vio a Gojō debatirse con la puerta sobre si debía salir y cerrarla o quedarse y hacer algo de plática.

Al final, decidió dejarlo solo en el cuarto. Si Fushiguro no salía tras él, sólo podía significar que Yūji no estaba en ningún otro lugar de la casa y todo lo que podía hacer era seguir marcando y mandando mensajes.

Fushiguro se apresuró a poner seguro a la puerta una vez más y giró sobre sus talones.

¿Dónde demonios se había metido Sukuna? No habría salido en cuanto vio la oportunidad, ¿o sí?

Se sentó sobre la cama y dejó el celular a un lado, intentando calmarse para pensar con mayor claridad. En eso, su pierna brincó como consecuencia de ser tomada por el tobillo.

Bajó la mirada y, cuando menos, se alegró de encontrar una mano conocida y no una sombra negra o alguna extremidad monstruosa.

—¿A qué se supone que juegas? ¿A ser el monstruo bajo mi cama?

Sukuna salió por completo y se puso en pie, sacudiéndose un poco.

—Mis estándares no son tan bajos. Preferiría ser el muerto que se te sube.

Lo tomó por los hombros, percibiendo lo tenso que se había puesto. Una rabia sobrenatural hizo que apretara los dientes.

—¿Por qué evitaste que me arreglara con ese puto idiota?

No le gustaba que nadie, sino él, fuera el único con el derecho de hablar, tocar y saborear a Fushiguro. Cualquier persona que le hiciera sentir mínimamente incómodo merecía, cuando menos, el infierno en tierra.

Fushiguro suspiró, cansado. Negó con la cabeza.

—Gojō-sensei es… algo extraño. Por él es que vivo así…

—Ya —interrumpió—, pero tú no eres de su propiedad.

—Lo sé.

Como niño que pasó por negligencia infantil con su familia original y, después, creció con lujos junto a Gojō, podía discernir entre lo que merecía y lo que no; o eso hizo cuando tomó más conciencia.

—Es sólo que… —Se sobó el puente de la nariz, buscando las palabras apropiadas para explicarlo—. Gojō-sensei no es tan mala persona como imaginas. Tiene sus arrebatos y puede parecer un viejo ridículo y molesto, pero también sabe comportarse como un adulto cuando se necesita.

«Lástima que con todo el asunto de Itadori eso no aplique.»

—Además —complementó—, ha estado conmigo en los momentos más difíciles. —Por su memoria cruzaron una serie de imágenes que, por más que quisiera, no podía olvidar—. Digamos que ahorita está haciendo berrinche (o algo así).

Muchas veces llegó a gritarle y a discutir con él, más de niño. A Gojō no le importaba rebajarse y pelear con un mocoso. A la larga, supo que la madurez de su tutor fluctuaba con mucha facilidad, por lo que no habría sido exagerado referirse a Fushiguro como el adulto de la casa.

Sukuna chasqueó la lengua y desvió el rostro.

Fushiguro esbozó una media sonrisa, porque incluso así se podía notar el desprecio en su mirada.

—¿Qué ocurre?

—Detesto que lo justifiques y lo defiendas.

Ahora era el turno de Fushiguro para torturarlo un poco.

—Oh, ¿acaso estás celoso?

—Sí.

En lugar de burlarse, la expresión socarrona de Fushiguro poco a poco se borró de sus facciones. Que Sukuna le dijera ese tipo de cosas con tanta seriedad le parecía increíble, no sólo por la magnitud de las palabras que usaba sin siquiera titubear, sino porque eran momentos en los que creía conocer más sobre sus verdaderos sentimientos.

—Detesto que tu pasado con él siga a flote cuando me tienes a mí delante. —Apretó los puños y miró a su pareja por el rabillo del ojo.

Fushiguro no sabía cómo actuar o qué decir ante una situación no experimentada. Tan sólo se mantuvo en su lugar. En silencio, analizando lo que acababa de pasar.

Tampoco es como si Sukuna se hubiese enfurecido con su novio. Sólo le irritó que Gojō entrara a interrumpirlos. Acto seguido, se acomodó a un lado de Fushiguro y se acercó con lentitud hacia su cuello, donde depositó un par de besos. Le encantaba lo blanca que era su piel y lo suave que resultaba.

Al estar poco acostumbrado al contacto físico excesivo, Fushiguro se apartó. Resultaba ridículo si se comparaba con los momentos anteriores en los que se comían a besos; tal vez había alcanzado su límite del día o Gojō le había arruinado los ánimos.

Sukuna entendió la sutil respuesta corporal, así que decidió no presionarlo más… de manera física.

—Por cierto, ¿dónde quedó mi bufanda?

Fushiguro se congeló en su sitio cuando recordó que jamás se la regresó. Se frotó la parte trasera del cuello antes de voltear al techo, haciendo como que la virgen le hablaba.

—¿Megumi? —Una sonrisa no tardó en curvar sus labios.

No podía decirle que la tenía bajo la almohada. No es como si ese fuese el lugar en que la guardaba, tampoco dormía con ella como si se tratara de un peluche.

Los primeros días de tenerla olvidó colocarla en la mochila para entregársela en la escuela. Dejó de tomar prioridad en época de exámenes por razones obvias. Luego, empezó a disfrutar del aroma que ésta emanaba. Era demasiado característico y tras sus discusiones con Gojō, la tenue esencia que aún desprendía era lo único que conseguía apaciguar su furia y disminuir la tensión.

—Luego te la doy —contestó rápido.

—¿Para qué la usas, Megumi? —susurró contra el oído opuesto, en un intento malicioso por desestabilizarlo.

—Para entretener a mis perros. Juegan a jalar los extremos.

—¿Ah, sí? ¿Seguro que no eres tú quien se la jala?

Fushiguro no perdía los estribos con facilidad, pero Sukuna le hacía mandar al diablo toda su paciencia con una rapidez alarmante. En cuestión de segundos se le fue encima para hacerle una llave de castigo. Sin embargo, su novio puso una resistencia inigualable y las cobijas terminaron por los suelos.

Perdieron la noción del tiempo y, pese a parecer brusco, no se hicieron daño. Era una competencia para ver quién terminaba encima de quién.


Cuando los matices grisáceos del cielo se dejaron entrever por el resquicio de las cortinas, Fushiguro dejó de lado su descanso sobre el pecho de Sukuna para acomodarse el uniforme. El otro hizo lo mismo.

—Deberías volver —dijo, abriendo una puerta de vidrio templado, que también fungía como ventana y daba acceso a un pequeño y poco práctico balcón que tenía un árbol delante—. Antes de que se haga más tarde.

Una parte de Sukuna se maldijo por haber seguido a su novio a casa. De haberlo llevado a la suya, seguro que podría pasar la noche con él, o quién sabe, con eso de que Yūji y Fushiguro eran uña y mugre… Rodó los ojos.

Fushiguro juzgó ese gesto como una expresión de fastidio. No quería sonar a que lo estaba echando. Si de él dependiera, lo invitaría a quedarse. Poco o nada era consciente de esos celos disfrazados que Sukuna comenzaba a sentir por su gemelo.

—Cuando Yūji pasa la noche en tu casa, ¿dónde se queda?

—¿Qué importancia tiene eso ahora?

—Sólo responde.

Fushiguro señaló su cama con ambas manos extendidas, como si eso no fuese lo suficientemente obvio.

—No, bueno… Que medio mundo duerma contigo antes que yo.

«¡Te quedaste dormido a mitad de un beso hace unas horas!» exclamó Fushiguro para sí mismo, dirigiendo una mirada de fastidio.

—Cualquier otro lugar fuera de mi cuarto sería invadido con facilidad por Gojō-sensei. Es esto o nada. —Se cruzó de brazos.

—Bien. Te perdono tu infidelidad por esta vez.

Fushiguro se aguantó la risa.

—Ven —indicó para que lo siguiera, luego de cargar con la mochila de Sukuna en un hombro.

Sukuna levantó una ceja y caminó hasta el balcón.

—Entro por la puerta y salgo por la ventana. ¿Qué soy? ¿Tu segundo frente? —No era un reclamo como tal, aunque podría sonar como uno.

—No quiero tener más problemas con Gojō-sensei por lo que resta del día y tampoco quiero pagar un abogado para que no vayas a la cárcel por homicidio.

—Ow, cosita —pronunció en un tono más burlón que cariñoso—. ¿Asumiendo que soy un delincuente tan rápido?

—Si no te conociera y te encontrara por una calle solitaria, asumiría que me vas a atracar.

—Vaya. Qué romántico —respondió con sarcasmo—. Es lo más bello que me han dicho en la vida.

Fushiguro negó con la cabeza, haciendo ver que no tenía remedio. Acto seguido, y con movimientos mucho más sencillos que saltar una barda escolar, cruzó una pierna sobre el barandal y apoyó el pie en una rama bastante gruesa que podía soportar su peso. Pasó todo su cuerpo del otro lado y bajó hacia el tronco, donde la altura era mucho menor y saltar no representaba ningún peligro para sus rodillas. Varias veces se escapó así de niño cuando no quería salir por la puerta principal y toparse con Gojō en el proceso.

Sukuna se colocó el calzado e imitó los movimientos ajenos. Cuando estuvo de pie en el césped, los perros ya se habían acercado. Fushiguro les hizo señas y habló en voz baja para ordenarles que no ladraran.

—Bueno… Nos vemos mañana. —Le entregó su mochila.

Sukuna se la echó al hombro antes de rodear la cintura de Fushiguro con una mano.

—Despídete bien.

Aunque acercó el rostro, Fushiguro lo desvió hacia los enormes cristales de la planta baja de la casa. De manera habitual, un par de cortinas los cubrían, aunque uno de ellos sí permitía la vista hacia el interior. Lo más seguro es que Gojō la hubiese abierto al llegar o luego de dejar el cuarto de Fushiguro, así que no podían perder el tiempo.

Sukuna redirigió la vista hacia donde su novio posaba la suya con cierta angustia y entendió todo.

Le dio la vuelta al árbol, de modo que este los cubriera un poco. No era tan grueso como para esconderlos con seguridad, pero había que analizar el tronco durante un tiempo para saber que estaban ahí.

Un extraño arrebato hizo que Fushiguro tomara el rostro de Sukuna entre sus manos antes de plantarle un beso cargado de la experiencia que adquirió en su habitación.

—Eres insufrible —agregó al separarse.

—Me adoras, admítelo.

—Sueñas.

Bajar la guardia les salió caro. El mal augurio de Fushiguro se cumplió. Gojō salió de la cocina con una taza de té caliente, endulzado en cantidades nocivas para la salud y alcanzó a ver al par de tórtolos dando la vuelta al árbol.

Sacó su celular del bolsillo trasero del pantalón y la ventaja de que fuera un producto adquirido en uno de sus viajes al extranjero, era que podía desactivar el flash de la cámara, cosa que no era posible con casi cualquier dispositivo telefónico fabricado para Asia.

Les sacó un par de fotos y continuó con su trayectoria original, que consistía en subir a su habitación y ver si podía contactar con Yūji.


Fushiguro trató de evitar en lo posible bajar a la cocina. Era la hora de la cena y lo último que quería era toparse con Gojō. Sukuna le había arreglado el ánimo antes de irse, aunque con la cara que se cargaba era un hecho difícil de confirmar.

El lado amable era que cuando las cosas andaban tensas entre su tutor y él, Gojō también evadía la cocina y la sala, así que salió con cuidado de la recámara y asomó la cabeza en cada esquina en lugar de lanzarse sin meditar.

Su suerte parecía estar cambiando, porque le dio tiempo suficiente de servirse varias cosas en un bowl grande que llevaría a su habitación. No obstante, debió saber que aquello había sido demasiado bueno para ser verdad. En cuanto salió de la cocina se topó al diablo, recargado contra la pared, revisando su celular.

—Así que… —Le mostró una de las imágenes que le tomó a él con Sukuna—, no trajiste a nadie a la casa, ¿verdad?

Sin dar un solo bocado a sus alimentos, Fushiguro sintió una incómoda acidez estomacal.

—Bueno, ¿y? —Pese a mantenerse bajo control, su tono de voz era algo hostil.

Gojō se mantuvo en silencio. Quería saber dónde metieron a su Yūji, aunque Fushiguro lo mal interpretó.

—Tampoco es como si se hubiera llevado algo. Dormimos la mayor parte del tiempo. —No tenía que dar explicaciones del resto.

Si Gojō no agregó nada de inmediato, no fue porque no quisiera reprenderlo, sino porque estaba armando una nueva e intrincada historia en su cabeza. También quedó más tranquilo porque así descartaba la posibilidad de que esos dos le hubieran metido ideas raras a Yūji para que no se le acercara.

Por otro lado, le habían visto la cara de idiota al esconder a una persona en su propia casa y a modo de venganza sembraría un poco de cizaña e incertidumbre.

—Supongo que estás bien con eso.

Fushiguro contrajo el entrecejo. ¿A qué se refería? ¿A haber ocultado a su novio bajo sus narices para salirse con la suya? ¿O lo decía por el hecho de que había conseguido pegar el ojo el tiempo necesario para recuperar algo de vitalidad?

—Ya imaginaba que Sukuna no se aprovecharía de ti a la primera oportunidad que se le presentara. Es inteligente. —No tanto como él.

Fushiguro chasqueó la lengua. Ese tema otra vez.

—No es esa clase de persona. —Lo parecía, pero ahora, más que nunca, sabía que podía confiar en él.

—¿Estás seguro? Es decir, ni siquiera yo haría algo tan estúpido.

«Permítame dudarlo» fue un pensamiento que Fushiguro no puso en palabras.

—Está bien, Megumi. Sigue en tu burbuja de ensueño. Pero conozco a los de su clase. Invítalo a un hotel y verás de lo que está hecho. No creo que se quede a dormir.

Fushiguro no rebatió porque a Gojō no le agradaba Sukuna del todo, así que sabía de sobra que hablaba sin saber nada.

—Además —continuó—, tú no estás preparado para enfrentar ese tipo de relaciones…

—¡Suficiente! —interrumpió—. En primera, lo que yo haga con él, no le incumbe. Y, en segunda, Sukuna no es así.

—La negación es el primer paso.

Harto de ver su sonrisa burlona, Fushiguro retomó el camino hacia su habitación.

—Sólo te estoy dando una amable advertencia —anunció Gojō, antes de que el otro terminase de subir las escaleras.


Cuando Yūji escuchó el característico ruido de la puerta de la entrada, salió de la cocina para ir al encuentro de su hermano.

—¿Cómo te…? ¡Ah! ¡Oh, por Dios!

Los palillos que sostenía en una mano se le cayeron al suelo. De pura suerte no tiró su lata de atún también.

Sukuna estaba sonriendo y verlo así era de los peores augurios que podía recibir a sus escasos dieciocho años. En una ocasión lo vio con la misma mueca pseudo angelical, amenazando a un excompañero mientras le rompía los dedos uno por uno.

—¿Y tú qué? —preguntó Sukuna, borrando su expresión en milésimas de segundo, regresando a su neutralidad habitual—. ¿Qué te crees? ¿Un gato?

Yūji recogió los palillos y miró de reojo el atún.

—¿Quieres? Estaba haciendo ejercicio y me entró hambre al terminar (también dejé llenando la bañera).

Eso explicaba el por qué lucía sudoroso y llevaba una toalla alrededor del cuello.

Pasados varios minutos, transcurrió el único momento fraternal del día en el que charlaban un poco mientras se relajaban en el agua caliente del ofuro.

Sukuna le platicó de la llamada con Nanami. Yūji omitió hablar sobre su visita al pachinko, el cual había estado evitando porque le recordaba a su abuelo, pero ese día decidió enfrentarlo y tomarlo como su propia prueba de valor. Lo que sí le contó fue que puso el celular en modo avión para evitar un posible regaño de cierto profesor rubio con instintos paternales.

—Eso explica por qué la rata albina tampoco pudo dar contigo.

—¡¿Gojō-sensei?!

Ni corto ni perezoso, Yūji salió casi resbalando del baño en completa desnudez. Fue hacia su recámara para ver dónde había botado el móvil.

Su sorpresa fue monumental cuando regresó el teléfono a su configuración habitual y el pobre dispositivo comenzó a trabarse al recibir más de mil doscientos mensajes de golpe, así como cientos de notificaciones de llamadas perdidas.

Tras decirle eso a su gemelo, recibió un «te dije que ese tipo es un jodido enfermo» como respuesta.

Ni siquiera sabía por qué trataba esos temas con Sukuna; Yūji, por su parte, no percibía otra cosa más que preocupación y angustia de la única persona que, de manera desinteresada, veía por su bienestar.

Los mensajes eran repetitivos, en todos ellos Gojō no hacía más que preguntarle dónde se encontraba, si estaba bien o si había comido. Muchos también eran un drama de telenovela que le sacó más de una sonrisa. Igual recibió muchas imágenes y memes.

Creyó que no era justo responder eso con un simple «estoy bien, no pasó nada», por lo que hablaría con su profesor de frente al día siguiente.


Tal vez fue imaginación de Yūji, pero… ¿Gojō lo estaba evitando?

Su clase fue la primera de la mañana y aunque no podía ver los ojos de su profesor porque siempre llevaba anteojos oscuros, sí percibía cómo sus miradas no se encontraban en absoluto.

No quería sonar paranoico, pero cuando Gojō les dejaba ejercicios a resolver en clase, a veces, Yūji desviaba el rostro para despejar la cabeza y todas las ocasiones que se topaba con su maestro, así fuera de reojo, recibía una amable sonrisa en respuesta.

En esta ocasión, pese a buscar la mirada de Gojō casi con desesperación, no recibió ni una sola mueca.

¿En verdad no lo veía?

¿Gojō estaba enojado con él?

Quizá debió responder los mensajes, sin importar que fuese muy tarde.


Yūji tampoco pudo hablar con Gojō en el receso. No lo encontró. Cuando terminó la jornada escolar, se dirigió al club para cambiarse al uniforme de básquetbol y calentar como era costumbre. Sin embargo, al dar inicio al entrenamiento en forma, aprovechó para escapar; con celular en mano, hacia la parte trasera del campo de béisbol. Estaba dividido en dos, donde se llevaban a cabo los partidos y el área de entrenamiento.

Como la zona de los partidos solía estar vacía y una de las rejas exteriores contaba con bastante vegetación, formaba un espacio relativamente privado y agradable, bien conocido por ser allí donde algunas parejas se declaraban. Por supuesto, Yūji no sabía nada de eso, salvo el detalle de que era un espacio poco concurrido.

Avanzó por una especie de vereda casi extinta. No se adentró demasiado, lo suficiente para no ser visto. Sacó su celular.

Itadori Yūji

Gojō-sensei? (。╯︵╰。)

El ícono del profesor apareció en línea. No le respondió nada. Razón que lo hizo sentir inquieto. No se le bajó el optimismo, así que creyó que podía estar ocupado y leía como medio de esparcimiento.

Itadori Yūji

Anoche… Estuve entrenando hasta tarde

En casa, jeje

Y no noté q se me había descargado el celular (。。 )

Me acabo d escapar d la práctica…

Podemos hablar? (; ω ; )

Estoy… eeh… ve q hay una parte detrás del campo d béisbol con muchos arbolitos y así? ( ´ ▽ ` )

Me metí ahí pq como Tōdō se d cuenta d que me salí del gimnasio y me encuentre, me reinicia la vida d un golpe σ( ̄、 ̄〃)

Bueno…

Está ocupado?

Estaré esperando un rato (´ ∀ ` *)


AVISO
Quienes me siguen en la página de Facebook/Twitter ya lo vieron, pero igual lo voy a comentar acá.

Voy a restringir las cuentas de AO3 y FF para que no se pueda comentar en anónimo porque hay una situación que se ha estado repitiendo desde el cap 5 (¡DESDE EL 5!) y es que hay gente que se queja y hasta insulta porque no hago más de [X] ship o no escribo [X] situación. Por lo general sólo borro esos comentarios y paso de largo, pero dispongo de poco tiempo como para seguir lidiando con ello.

Las sugerencias siempre las acepto (aunque suelo verlas con mayor frecuencia en Wattpad), pero exigir es algo completamente distinto.

Todavía dejaré este cap y el de la siguiente semana para que se puedan leer y comentar en anónimo. Lamento tener que informar la situación de esta manera, pero creo que lo seguiré haciendo con las historias en las que se meta gente pesada.