CAPÍTULO XL
Al llegar el lunes, Gojō volvió a casa con la mirada perdida. Fushiguro bajo enseguida al escuchar a los perros hacer fiesta alrededor del auto.
No era fanático de conocer los líos en los que se metía su tutor, sólo necesitaba información.
—¿Dónde se había metido?
—Sí, ya estoy en casa, gracias por preocuparte —añadió, dejando una pequeña maleta de mano en la entrada mientras se quitaba los zapatos.
—¿Por qué no le responde el celular a Itadori? Me ha estado mandando mensajes preguntando si te encuentras bien. ¿Qué pasó?
Al recordar lo que había hecho, Gojō se deprimía y enfurecía al mismo tiempo.
—Yo… Creo que lo arruiné.
Hace dos días
Por increíble que pareciera, Gojō jamás había ido a un parque de diversiones. No con amigos. Llevó a Fushiguro un par de veces cuando era niño, hasta que éste le comentó que no era nada entretenido y el ruido le molestaba. El tema salió mientras debatía con Yūji acerca de dónde podrían pasar el día, así que se volvió evidente dónde lo harían.
El problema se presentó cuando cayó la noche y Gojō dejó al chico en su hogar. Le comentó que se hospedaba temporalmente en un hotel porque Sukuna y Fushiguro… No dio más explicaciones. Yūji estaba enterado. En consecuencia, al pie de la entrada, le ofreció su propia casa.
—Las habitaciones son amplias y hay algunas que no usamos, pero las mantengo limpias. Puede pasar y tomar la que más le guste. El ofuro también es muy amp…
—No te preocupes —interrumpió, poniéndole una mano sobre la cabeza, como solía hacer cada que tenía la oportunidad—. Aunque quisiera, dejé algunas cosas en el hotel. No puedo abandonarlas ahí —mintió. La propuesta sonaba tentadora; no obstante, sabía que no se podría controlar sabiendo que tenía casa sola con Yūji. Como mínimo se colaría en su habitación por la noche y le haría algo. No podía tomar ese riesgo aún.
—Uhm, ya veo. —La decepción en el rostro fue tan evidente como decirle a un niño que no podría salir a jugar con sus amigos porque debía hacer tarea—. Entonces…
—Síp, nos vemos mañana —completó. Había prometido ir a desayunar con él y pasar juntos esos días.
En la nebulosa mental que Gojō tenía por cerebro, se imaginaba saliendo con Yūji desde mucho tiempo atrás. Las actitudes de Yūji, amables y divertidas, fueron interpretadas como interés mutuo. El parque de diversiones fue, entonces, su primera cita.
Al llegar el momento de la despedida, Gojō acercó el rostro al contrario y juntó sus labios como si estuvieran acostumbrados a hacerlo. No por eso fue carente de sentimiento, sólo de profundidad. No fue apasionado ni duró una eternidad. Fue un «Te veo después» expresado de forma física. Gojō lo tenía grabado en su memoria muscular por la cantidad de parejas con las que había hecho lo mismo.
Yūji, en cambio, por accidente coincidió un par de veces en las que Sukuna decía «¿A dónde vas? Despídete bien», y tomaba a Fushiguro del brazo para impedirle la huida. Casi siempre daba la vuelta en el momento justo para no inmiscuirse en su intimidad, mas llegó a presenciar cosas —besos y caricias—, por el rabillo de ojo.
Cuando el recuerdo llegó a su mente, quedó perplejo con lo que su profesor hacía. Algo explotó dentro de sí. Nerviosismo. Pánico. Sorpresa. Agitación. Eran muchas las cosas que sintió en el momento; tan intensas y caóticas, que le impidieron reaccionar.
Gojō entreabrió los ojos y se separó al instante en que presenció la mirada opuesta.
Se quebró. Su espejismo se desvaneció.
—Ah… —Una risa boba y entrecortada salió de su boca mientras adquiría distancia—. Lo-Lo siento. Verás —sacó un pretexto improvisado y parcialmente verídico—, yo me crié una temporada en el extranjero donde era común despedirse de beso. ¡Olvidé que estábamos en Japón!
Yūji no dijo nada. Seguía procesando todo.
—Esto… Bye, bye.
Dio media vuelta y se apresuró a subir al auto, dirigiéndose hacia el hotel con el límite máximo de velocidad permitido.
«Mierda, mierda, mierda» no dejaba de repetirse, apretando con fuerza el volante.
Yūji vio pasar en cámara lenta lo acontecido. Cuando volvió a la realidad y tuvo la capacidad de reaccionar, creyó que Gojō estaría a unos cuantos pasos de casa, sobre la acera, camino al auto.
Se sorprendió al notar que no había ni una pequeña imagen a la distancia que le indicara estar en lo correcto.
Entró a casa, sentándose en el genkan para no quitarse los zapatos por si debía salir corriendo. Marcó el número del profesor repetidas veces. En cada una de ellas entraba a buzón.
En el quinto intento dejó un mensaje de voz.
—Sensei, sigue conduciendo, ¿verdad? —Decidió pensar que por eso no cogía el teléfono, aunque lo había visto contestar de forma remota gracias a la tecnología del auto—. ¿Puede llamarme cuando llegue al hotel?
Colgó.
Ojalá le hubiese preguntado en dónde se hospedaba, así podía ir a verlo. Una extraña presión hizo acto presencia sobre sus sienes y el diafragma.
Quería verlo. Necesitaba verlo. ¿Qué demonios había ocurrido? Le debía una explicación.
«¿Por qué, sensei?» Era la pregunta que se repetía en su cabeza, incapaz de formular oraciones distintas.
Suspiró.
Para matar el tiempo y volver la espera menos asesina, se entretuvo con una de sus redes sociales, en la que sólo publicaba fotos.
Desde que se cambió de escuela subía varias de manera frecuente. Nunca fue afecto a ese tipo de cosas. Nobara lo convenció de guardarlas como recuerdos por si se dañaba el celular o la memoria de almacenamiento. Al inicio le siguió la corriente para no discutir y en algún punto se hizo costumbre.
Las imágenes más recientes eran con su profesor. Decenas de ellas publicadas de manera constante. Al viajar casi un año en el pasado aparecían más con Fushiguro y Nobara; unas ocasionales con Nanami en el fondo. De la secundaría tenía siete. Dos con Sukuna, dos con Tōdō y tres de cosas sin importancia.
«Tango más fotos con usted que con mi propio hermano». Un gesto nostálgico y agradable tornó cálidas sus facciones.
Se pasó a la galería del celular, donde había más de tres mil elementos. En sus mejores épocas llegó a tener doscientos y la mayoría eran tareas que le pasaban. Las primeras eran de ese día en el parque de diversiones. Estaban haciendo muchas ridiculeces.
«Debería buscar amigos de su edad». El comentario de Nobara resonó en sus oídos.
Yūji nunca reparó en eso. No le importaba. Quizá porque no visualizaba a Gojō como un adulto, como en el caso de Nanami, sino como un hermano mayor, el de Fushiguro para ser preciso.
Cerca de él se sentía de maravilla. Bienvenido. Importante. Apreciado. Querido.
No tenía quejas de su familia, pero con su gemelo jamás experimentó el afecto que con Gojō sí. Le gustaba estar con él. Le gustaba que le revolviera el cabello, que lo abrazara, que lo mimara, que rieran juntos.
Le gustaba que…
Le gustaba…
¿Le gustaba?
¿A alguien como él? ¿Existía la posibilidad de que estuviera enamorado de Gojō? ¿Su profesor?
Mantuvo la mirada fija en ningún lugar de la pantalla, imaginando la misma clase de situaciones y «sentimientos» con Nanami, Nobara e inclusive Tōdō. Resultó algo incómodo y difícil de digerir. Lo repitió con Gojō para tener más clara la diferencia, encontrando un extraño mariposeo e inquietud generalizada.
¿Extraño? Tal vez. ¿Se sentía mal? No. ¿Confundido? Un poco.
No era nada del otro mundo. Su hermano y su amigo eran pareja, así que no importaba ser del mismo sexo. Y si Gojō lo había besado, significaba que también se sentía igual, ¿no?
¿No?
Entonces, ¿por qué lo había dejado ahí sin decir nada?
Se sorprendió a sí mismo cuando las primeras lágrimas cayeron sobre el celular.
—¿Eh?
Se sorbió los mocos en reflejo y pasó el brazo por sus ojos, limpiando el silencioso llanto con la sudadera.
¿Qué rayos estaba pasando?
Llamó a Sukuna al cabo de unos minutos. Marcó que estaba fuera de servicio. Continuó con Fushiguro. El mismo caso. Siguió con Nobara. Entró a buzón. Intentó una última vez con Gojō. Falló.
¡Todos ellos se la vivían con el teléfono en mano! ¡Bonito momento para mandarlo al demonio!
Por poco y lanzaba el suyo por la ventana. Se frenó al recordar que no tenía dinero para otro y se tiró de espaldas al suelo, las piernas flexionadas.
Una última persona llegó a su mente.
—¡Estoy en casa, my best friend! —anunció Tōdō con una intensidad vocal atronadora.
Yūji pudo visualizar claramente la escena en la que su anciana vecina le iba a reclamar por el escándalo.
—Es un placer verte —no sonaba convencido del todo. ¿Había sido una buena idea?
Tōdō llegó con cajas de pizza y una maleta deportiva en mano. Llevaba su fiel consola de videojuegos y una muda de ropa. No se quedaba en esa casa desde que el abuelo de los gemelos comenzó a sentirse mal y les indicó a los mocosos que no quería visitas no deseadas ni problemas adicionales.
Luego de una ronda de juegos, sesiones de pelea que resultaron en empate, un baño caliente y pizza con cerveza, Yūji decidió pedir consejo.
No sabía si Sukuna le llegó a comentar a Tōdō sobre su relación con Fushiguro. Lo más probable era que no. Por lo tanto, él no sabía cómo hablar de lo suyo con su profesor.
Al razonarlo, se hizo algunas preguntas. ¿Sería normal? ¿Cuántos años le llevaba Gojō?
En su baúl de recuerdos tenía un diálogo con lagunas donde decía algo de los treinta, por tanto, diez años sí los tenían de diferencia asegurada. Como el otro lucía más joven de lo que debería, tenía la idea de que le sacaba como seis o siete.
«Ah, qué dilema». Lo mejor sería no mencionarlo por un tiempo.
—Oye, Tōdō, ¿recuerdas cuando me preguntaste cuál era mi tipo de mujer?
—Claro. ¿Por qué?
—Sucede que…, hay alguien que me gusta.
—¡Oh! ¿Al fin te conseguiste una alta culona? —Se emocionó más de la cuenta.
—Sí. Bueno. Más o menos. —Se frotó la parte trasera del cuello. Medio incómodo, medio avergonzado—. Sucede que… Sí, es alto.
«Alto. Interesante» remarcó Tōdō para sus adentros, descubriendo que se trataba de un hombre.
—¿Culón?
Yūji asintió, aunque movió la cabeza de un lado a otro.
—Tiene lo suyo. No está plano. —Si debía compararse con él, sus propios atributos traseros eran superiores.
—¿Y? ¿Te acompleja?
Yūji no respondió. Miró al suelo, frunciendo el entrecejo sin estar enojado.
—No veo el problema, brother. Sigues siendo fiel a tus ideales. Altos y culones. Altas y culonas. —Balanceó cada par de palabras en una mano diferente—. Es lo mismo. Que sea hombre o mujer es lo de menos. —Juntó ambas palmas en un aplauso a modo de conclusión.
Algo hizo click en el cerebro de Yūji.
«¡Es cierto!». Parecía estúpido al dar tantas vueltas al asunto. Seguía siendo él mismo, independientemente de todo.
—Por cierto, ahora que eres gay —agregó Tōdō, recargando la barbilla sobre la unión del índice y el pulgar, poniendo un gesto coqueto—. ¿No te parezco atractivo?
Yūji puso los ojos en blanco. ¿Cómo le decía que era feo como gorila?
Un incómodo silencio reinó dentro de esas cuatro paredes.
—¡¿Por qué tardas tanto en responder?!
—¡No es algo que quiera responder!
—Oh, ya veo. ¡Así que mi belleza te deja sin palabras! —Infló el pecho.
—Más bien, me preocupa que nunca te hayas visto en un espejo —dijo para sí.
—¡¿Hah?!
—Nada. —Momento ideal para fingir que la virgen le hablaba.
—¡¿Yūji?! —Si no lloró en lo que quedaba del día fue por gracia divina.
El lunes, casi al caer la noche, Yūji salió a comprar algunas cosas para preparar la cena. Al regresar, aventó las bolsas en la mesa de la cocina apenas vio los zapatos de su hermano en la entrada y se apresuró a su habitación.
—¡Sukuna! —Azotó la puerta, haciendo un escándalo. Tenía algo muy importante que discutir con él.
—Qué ruidoso —respondió, quitándose los audífonos—. Incluso con estas cosas puestas se escuchó nítido el grito.
Lo habría mandado al diablo, quizá hasta se hubiese arrojado a los golpes. Le ponía de malas que le levantaran la voz; sin embargo, nada podía arruinar su humor en ese instante.
—Tengo una pregunta. —Ingresó a la habitación.
—Si no está en el primero, está en el segundo cajón del mueble junto a tu escritorio —dijo, desganado, regresando un auricular a su sitio.
—¡No necesito afeitarme!
—Ah.
—Es algo importante. —Se sentó sobre sus rodillas a los pies del futón.
—¿Qué pasa? —Una leve curiosidad le picó el estómago. En raras ocasiones su gemelo le consultaba algo importante.
—¿Cómo descubriste que eras gay? —preguntó, intentando no fijar demasiado la atención en el cuello marcado y maltratado del otro.
—¿Hah? —Una vena de irritación se hizo visible sobre el lateral del rostro.
—¿Cómo? —Necesitaba una respuesta y no se iría de ahí sin ella.
—Yo no soy gay.
—Pero sales con Fushiguro.
—Sí, pero…
—También has tenido relaciones con él —interrumpió. Sukuna se arrepintió de haber comentado qué iba a hacer para que no molestara por teléfono; la amenaza de muerte habría sido suficiente—. Entonces…
—¡No te confundas! —cortó las palabras ajenas—. Soy bisexual. También me he acostado con chicas, ¿recuerdas?
—Ah… ¡Cierto! —Hizo puño una mano y la estampó contra la palma de la otra.
Ambos quedaron en silencio durante un par de segundos.
—Es que… —inició Yūji, esperando que su hermano lo entendiera.
Sukuna levantó una ceja.
—Creo que yo podría ser gay, sabes.
—Oh —soltó con monotonía. No le importaba.
—Aunque no estoy seguro, así que… —Fijó la vista sobre las rodillas. ¡¿Dónde quedó la capacidad que de niños tenían para leerse el pensamiento?!
Sukuna suspiró con la resignación del caído en batalla. Pese a no tener interés en ello, su hermano no dejaría de molestarlo hasta aclararse la mente.
—Bien, hagamos un ejercicio.
La esperanza se reflejó en los ojos de Yūji. Fue más cómo decirle a un perro que saldrían de paseo.
—Pero no quiero que me cuestiones —dictó Sukuna.
—¡Está bien! —Levantó una mano.
Sukuna se puso en pie y se acomodó a espaldas de su gemelo.
—Cierra los ojos.
—¿Qué vas a hacer? —Ojos cerrados y Sukuna detrás. Sonaba suicida y peligroso en todos los sentidos posibles.
—Te dije que sin preguntas. —Le puso un pie entre las escápulas, pateando con poca fuerza, reclamando.
—Ugh, ok. —Obedeció.
—Imagina a un hombre —comenzó Sukuna—. El que quieras. Sólo que no sea yo, por favor.
«¡Gojō-sensei!». Yūji asintió.
—Imagina que se acerca a ti. Te susurra algunas palabras al oído.
Nada raro hasta ahí. Gojō ya hacía eso.
—Hace suyo tu espacio personal. Entonces, comienza a besarte; las mejillas, los labios. Despacio. —Sukuna no podía sentirse más ridículo y fastidiado.
«Ufff». Yūji respingó. Las mejillas comenzaron a adquirir un característico rubor.
—Comienza a tocarte. —Colocó las puntas de los dedos sobre el cuello ajeno, haciendo que siguieran sus palabras—. Al inicio es leve, por el cuello, pero baja hacia las clavículas y el pecho, entre tus pectorales. Todo por debajo de la ropa.
«Es Megumi, es Megumi, es Megumi. Estoy tocando a Megumi —Sukuna también tenía su duelo interno—. Aunque Megumi no es tan… Es Megumi mamado, es Megumi mamado…»
—Hn… —un quejido semierótico escapó de la garganta de Yūji.
—Entonces toca tus pezones. —Sacó la mano. Dejó de manosear a su hermano porque, de seguir, eso se pondría asqueroso y raro—, con caricias circulares para estimularte. ¿Puedes sentirlo?
Yūji afirmó. Es más, tenía los pezones erectos bajo la playera y una sensación febril sobre la entrepierna.
«Gojō-sensei». El Yūji imaginario jadeó en lugar suyo.
—Decide poner la mano sobre tu trasero y aprieta un poco, antes de llevarla entre tus piernas y… ¡Terminamos! —Fue ensordecedor tanto el aplauso que dio como la forma en que alzó la voz—. Antes de que esto empeore. Es repugnante —dijo para sí mismo.
Yūji abrió los ojos y tomó una bocanada de oxígeno. Había comenzado a temblar. Tomó su propia playera por el cuello, agitándola para hacer que el aire circulara, como algunos solían hacer durante los partidos de básquetbol.
«¡Demasiado vívido para mi propio bien!».
—¿Entonces? —cuestionó Sukuna con una sonrisa ladina—. ¿Te gustó?
Yūji se llevó las manos al rostro y asintió repetidamente.
—¡Felicidades! ¡Eres gay ahora!
—¡¿Así nada más?! —Se destapó la cara.
—Claro que no. Me debes cinco mil yenes. —Extendió una mano, la otra la colocó sobre la cadera.
Por un lado, Yūji agradecía tener sus emociones y pensamientos más claros; por el otro, había tenido una excelente fantasía corta con su profesor.
—¿En quién pensaste? —Curioso por naturaleza, deseaba escuchar y cerciorarse de que no fuera Fushiguro.
—Sukuna. —Sus facciones parecieron más maduras por un instante. La mirada firme, decidida y retadora; pocas veces se la había plantado a su hermano—. Me gusta Gojō-sensei.
Sukuna puso los ojos en blanco. No le salía espuma por la boca nada más porque no era un animal infectado con rabia.
—Pensé en Goj…
—¡Largo de esta casa, degenerado! —Señaló la puerta—. Aquí sólo vive gente decente.
—¡Ah, por favor! ¡¿Y me lo vienes a decir tú?!
Otra pelea estaba a punto de iniciar.
—Megumi es atractivo. Es un niño bien, usa su cerebro y tiene unas largas y lindas… pestañas —hizo una pausa en la que se aclaró la garganta—. ¿Contra qué clase de bestia me estás comparando, huh?
—¡Gojō-sensei es…!
—¡Puto! —Jamás le perdonaría cómo jugó y manipuló a su novio—. Un donjuán de porquería.
—¡Tú también saliste con otras chicas y tuviste sexo con ellas antes de conocer a Fushiguro! ¡No eres muy diferente de Gojō-sensei, sabes!
Sukuna tensó los hombros. Pocas ocasiones se enfadaba tanto como cuando Yūji lo amenazaba de manera directa. Su hermano estaba dispuesto a todo por defender a la jodida rata albina y lo sabía. Se le veía la furia y la determinación encendiendo sus ojos ámbar.
—Te lo advertiré una sola vez porque parece que tienes retraso mental y ando de buenas: Nunca me compares con él.
Un aura maligna comenzó a extenderse por la habitación. Era difícil saber a quién de los dos pertenecía.
—En todo caso —prosiguió Yūji, cambiando el tema, no tenía ganas de dar pie a una discusión sin sentido. Menos ahora, que por vacaciones debían pasar mucho tiempo en casa juntos—, gracias por tu ayuda. Voy a salir. —Se levantó.
—Hn. Bien. —Retomó el descanso sobre el futón. Al ver el celular notó que no era un horario en el que Yūji acostumbraba dar paseos. Él, tal vez, con Uraume y porque debía patear culos mafiosos—. ¿A dónde vas?
—A declararme. —Encogió los hombros.
Una gran interrogante se apoderó del rostro de Sukuna.
«¿Pero qué carajo hice?».
No podía dejar que Yūji confesara sus sentimientos. ¡No a ese bastardo! Tenía una guerra pendiente y no estaba dispuesto a perderla por las hormonas recién descubiertas y alborotadas de un imbécil.
Antes de llegar a la esquina, Yūji percibió el peligro de la muerte a sus espaldas. Sukuna iba tras él.
No lo pensó dos veces y echó a correr en dirección a la estación de tren. Tuvo que girar de manera innecesaria en calles donde el paso peatonal marcaba un alto para dejar pasar a los autos.
Ambos tenían buena velocidad en las piernas y una resistencia descomunal, así que no era una opción dar vueltas por ahí para intentar perderlo o cansarlo. De lo que sí estaba seguro era de que si Sukuna lo alcanzaba, estaría acabado.
A la distancia logró divisar un semáforo parpadeando. Indicaba que pronto cambiaría para dar el paso a los vehículos. Impulsó cada fibra muscular a cruzar antes de que se pusiera el alto para los peatones.
Se detuvo para asegurarse de que Sukuna había quedado del otro lado, pero el loco se deslizó sobre el cofre de un auto, llegando a salvo del otro lado.
Retomó la huida con el sonido del claxon detrás. No había nada que pudiera detener a su gemelo. Su única opción era abordar el tren primero.
Con celular en mano pagó por su boleto en los torniquetes y corrió hacia el andén. Las luces y el aviso de que las puertas estaban a punto de cerrarse se hicieron presentes.
«¡Lo logré!». Cantó victoria antes de tiempo.
De un momento a otro, cayó al suelo. Sukuna lo tacleó. Intentó patalear para soltarse, pero era de donde su gemelo lo tenía bien agarrado.
—¡Oigan, ustedes! —Un policía silbó a la distancia.
—El chico se saltó los torniquetes. Debe pagar por su boleto —agregó su compañero.
Los oficiales los levantaron del piso.
—Muéstrenme su pase —exigió uno de ellos.
Yūji notó que no tenía el celular en las manos. Se tocó los bolsillos de la sudadera y los pantalones. Miró al suelo con impaciencia y lo encontró a pocos centímetros entre la vida y la muerte. Balanceándose en el canto del andén.
—En mi celular. —Quiso apresurarse para levantarlo, pero el transporte cerró sus puertas y comenzó a moverse.
Por razones obvias, el oficial lo detuvo. Una vez que el tren se ponía en marcha, debían evitar que cualquier persona cruzara la línea amarilla.
Yūji se angustió. Apretó los dientes, esperando a que el transporte saliera de una maldita vez. Por desgracia, una llamada entrante lo hizo vibrar y poco a poco se fue recorriendo hasta caer hacia las vías.
Sus rodillas impactaron el suelo al tiempo en que su móvil desaparecía de la vista.
Sukuna rio por lo bajo, cual demonio que acaba de hacer firmar a su víctima un acuerdo desfavorable.
—Qué mala suerte.
Sin nada más que perder. Yūji se levantó con las manos hechas puño y se arrojó hacia su hermano, plantándole un puñetazo en la cara. Sukuna alcanzó a tomarlo por los hombros para empujarlo hacia abajo e impactar la rodilla contra el estómago opuesto.
Los policías intentaron mantenerlos apartados, recibiendo cada uno un codazo en la nariz. Uno de ellos volvió sobre sus pasos para solicitar apoyo a sus compañeros cuando se aseguró de no tener una hemorragia nasal severa.
Tres personas sostuvieron a Sukuna; a Yūji, sólo dos.
Los retuvieron un par de horas. Fueron obligados a pagar una multa —Uraume lo hizo—. A Yūji le devolvieron su celular destrozado.
Los gemelos no se dirigieron la palabra por los siguientes días.
Esa misma noche, Cuando Gojō explicó a Fushiguro lo que había ocurrido con el beso que le dio a Yūji, su muchacho le dio unas palmaditas sobre la cabeza y le indicó que lo contactara, mínimo para pedir una disculpa por actuar como idiota y no responder ni mensajes ni llamadas.
Gojō marcó el número de Yūji.
Sonó, pero lo mandó a buzón.
Miró con ojos de perro pateado a Fushiguro.
—Hágalo de nuevo. Hasta que responda.
La segunda vez marcó el número fuera del área de servicio al instante.
—¿Lo ves? —dijo Gojō—. ¡Me odia!
Fushiguro era consciente de que si la primera llamada entraba y la segunda ya no, era porque el celular se había apagado o alguien lo puso en modo avión. Esperaba que fuera la primera opción y no la segunda.
—Tal vez se le descargó el teléfono (a veces ignora la batería). —Lo había presenciado—. Intente mañana o más tarde.
Gojō miró el celular, sin muchas ganas de seguir con eso.
Fushiguro volvió a su habitación.
Fushiguro Megumi
Oye…
Al ver que el mensaje no era recibido, asumió lo primero que había dicho a su tutor y mandó uno más.
Fushiguro Megumi
Si no quieres tratar con Gojō-sensei, está bien.
Pero responde mi mensaje cuando tengas tiempo para hablar.
Incluso si las cosas entre ellos no terminaban bien, Yūji seguía siendo su preciado amigo y no podía ignorarlo.
Criaturas, la próxima semana no hay actualización por dos motivos:
1) Voy a entrar a banco de sangre y yo de hematología no sé nada (・∀・) Well, me fue bien en la materia, pero no tuve prácticas porque fue cuando se desató el apocalipsis (y llevaba una vida feliz en lab de microbiología hasta hace poco), así que tengo que estudiar para no dar pena ;v;
2) Mi beta tiene Covid. Afortunadamente ya tenía la primera dosis de la vacuna y he podido comunicarme bien con ella. Ayer la llevaron al hospital y, bueno, el resto de la historia me la reservo... Por obvias razones no pienso obligarla a trabajar con mis fanfics hasta que mejore.
De antemano, gracias por todo el apoyo y la paciencia. (╥﹏╥)
Las publicaciones se reanudan el 4-5 de Febrero y si algo pasa, saben que les aviso por la página de FB o Twitter. Cuídense mucho. Nos vemos~ 💖
