OMAKE III
—¡Al fin! —exclamó Wasuke, sentándose con dificultad en el sofá—. Algo de paz y tranquilidad. —Arrojó un carrete de gruesa cinta para cables hacia la mesita frente a él.
Tomó el mando de la televisión y colocó un programa de competencias que siempre le sacaba una carcajada o una maldición. Más lo segundo que lo primero.
—Estoy de vuelta —anunció Jin mientras se quitaba los zapatos en el genkan de la entrada—. Compré leche, huevo, algunas ver… —Soltó la bolsa con los víveres y los lentes parecieron deslizarse lentamente al no creer lo que veía—. ¡Mis bendiciones!
—Esos pequeños monstruos idénticos, querrás decir.
Jin ignoró el comentario. Corrió hacia Sukuna y Yūji, quienes, con tres años de edad, se hallaban pegados a la pared con capas gruesas de cinta en forma de «X» sosteniendo sus pequeños cuerpos. Entre ambos se leía un letrero.
«El que los baja, los cuida».
—Papá. —Yūji agitó los brazos—. No es divertido.
Sukuna hizo un extraño puchero, gruñendo para complementar el comentario.
—¡Padre! —bramó Jin, previo a despegar primero a Yūji, pues era quien lucía más consternado—. En un momento te bajo a ti, Su-kun.
Sentó a ambos niños a la mesa y les pasó un pudín a cada uno para que se entretuvieran un rato.
—¡A este paso les vas a dejar traumas!
—Bah, tonterías —escupió Wasuke—. Así te crié yo a ti y estás perfectamente sano y sin secuelas.
—¡Asistí a asesoría psicológica en la facultad!
—¿Y? ¿Acaso te dije que te volvieras contador? Debiste ser maestro.
Jin inhaló con profundidad antes de soltar el aire por la boca con lentitud. Sabía que no tenía sentido discutir con su padre. Era un viejo testarudo y obstinado, con un genio de los mil demonios. Que él lo sobreviviera tantos años lo preparó para la vida, no podía quejarse.
No obstante, le sorprendía que ni siquiera los pequeños lograran ablandarlo. La mayoría de los abuelos normales se convertían en un mar de amor y mimos cuando tenían nietos. ¿Qué estaba mal con Wasuke?
«Ah, que no es para nada normal. Cierto». Lo recordó.
—Oye, Jin.
—¿Mh? Dime.
—¿No trajiste pudín para mí?
—¡Ah! ¡No puede ser!
Un Sukuna adolescente se levantó casi de un brinco, quedando sentado sobre la cama.
El grito despertó al bello Fushiguro durmiente que tenía desnudo a un lado.
—¿Qué pasó? —preguntó con voz cansada.
«¡Soy la versión joven del viejo!» concluyó Sukuna, analizando el lenguaje corporal y las contestaciones que Wasuke dio en su sueño y en el resto de memorias que tenía almacenadas al respecto.
Palideció.
«¡Imposible! ¡No puede ser!». Le consternó verse en el espejo de su abuelo. No podía acabar igual.
—No tengamos hijos nunca, Megumi. —No lo decía para evitarles seguros traumas; en su nebulosa mental, ese era un buen paso para cambiar su horrible futuro.
—Sí sabes que no podemos, ¿verdad?
Sukuna se dejó caer de nuevo en la cama.
—Si por alguna razón se te ocurre cambiar de sexo…
—¡Me faltarían órganos para procrear! —interrumpió, hastiado. Odiaba que lo levantaran cuando estaba descansando—. ¡Duérmete de una vez!
—Uy, qué genio. No parece como si acabáramos de coger.
En lugar de responder, Fushiguro jaló las cobijas y le dio la espalda. Muy para sus adentros le preocupó que Sukuna fuera a padecer demencia senil en el futuro. Los libros que había leído le advertían que gritar de repente por la noche y soltar desvaríos eran señales de advertencia.
