OMAKE IV
—¡¿Qué rayos pasó aquí?!
El grito de Wasuke dejó como estatuas a un par de gemelos de cuatro años, en medio de un campo minado por acuarelas, crayolas, libretas y hojas arrancadas.
La pared tras ellos exhibía rayones erráticos que bien podrían ser parte de una exposición de vagos de mierda —como solía llamarle el abuelo al arte moderno—, o producto de la terapia de un esquizofrénico ahogado en sustancias que nadie debería meterse por ningún orificio del cuerpo.
Jin echó a correr en dirección de donde provenía la voz de su padre. Por el silencio subsecuente pensó que sus queridos retoños bien podrían estar descalabrados en el piso.
Suspiró al ver que el muro era la única víctima de sus peores escenarios.
Escuchó a Wasuke gruñir por lo bajo mientras se cruzaba de brazos. No debía verlo a la cara para saber que, si sus ojos fueran armas, estarían celebrando el quinto funeral de Yūji y Sukuna, quienes tenían sucias las rodillas, las manos y la ropa.
Se aclaró la garganta para llamar la atención y colocó las manos en jarra en un intento de mostrar superioridad.
—¡Yūji! ¡Sukuna! —levantó la voz, intimidando a nadie—. ¿Quién hizo esto?
Lo evidente pasó. Yūji señaló a Sukuna; Sukuna señaló a Yūji. Aquello irritó aún más al abuelo, que apretó la mandíbula y frunció aún más el entrecejo, añadiendo una buena cantidad de arrugas a las que ya se formaban de manera natural por la edad.
A diferencia de Jin, todos los presentes fueron capaces de ver el aura tétrica y macabra que emanaba de su viejo cuerpo.
—No tengo tiempo de estar jugando al detective —dijo en tono tranquilo y grave.
Todos intentaron controlar el temblor en las rodillas.
Acto seguido, le soltó un cachetadón bien tronado a Yūji. El golpe fue tan rápido e imprevisible, que al niño se le pusieron los ojos vidriosos tras segundos de retraso.
Sukuna se rio por dentro. Por fuera, una sonrisa maliciosa le deformó las facciones. Luego de eso, él también recibió una cachetada que le hizo tambalearse, cayendo de sentón al piso.
Los ojos se le abrieron en sorpresa, denotando el shock que su pequeño cuerpo no era capaz de procesar.
Por último, le hizo lo mismo a Jin, desquitándose más con él que con los mocosos.
—¡¿Y-y yo por qué?! —protestó, llevándose una mano a la mejilla, que ardía como los mil demonios que seguramente residían en el cuerpo de su padre. Nadie debía tener tanta fuerza a esa edad.
—¡Para que vigiles mejor a tus malditos monstruos! —exclamó Wasuke, esta vez, perdiendo la paciencia que era incapaz de mantener más de tres minutos cuando sus nietos hacían acto de presencia.
—¡Papá!
—Y quiero esa pared bien limpia antes de que anochezca.
—S-Sí… —tartamudeó, incapaz de replicar otra cosa a su padre por temor a que le diera una patada o algo así.
Sukuna no lloraba por orgullo; Yūji, por imitación.
No obstante, en cuanto Jin comenzó a soltar lágrimas silenciosas, Yūji terminó haciendo lo mismo.
Jin cayó de rodillas al piso en cámara lenta. Yūji se acercó a él a darle palmaditas en la cabeza en un intento de consuelo.
Sukuna los veía sin saber qué rayos estaba pasando. Así fue como él y sus magníficos instintos de supervivencia reconocieron al verdadero alfa de esa extraña manada llamada «familia».
