CAPÍTULO XLV

—¿A dónde vas? —preguntó Sukuna al ver a su gemelo bien arreglado, con algo distinto a los pantalones deportivos del fin de semana.

—Tengo una cita. —Se le notaba la emoción en el rostro. Brillaba más de lo usual. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era su primera cita en la vida.

—¿Y se podría saber quién te dio permiso?

Yūji rodó los ojos. No estaba dispuesto a dejar que su hermano resentido le amargara el día.

—Le pregunté por Ouija al abuelo y me dijo que volviera antes de las ocho. ¿Contento? —Lo retó tanto con la voz como con la mirada.

Sukuna resopló, poniéndose en pie.

«¿Quién se cree que es este imbécil?».

Antes de que algo peor ocurriera, llamaron a la entrada. Yūji abrió la puerta con singular alegría. De tener cola, ésta se estaría agitando con la fuerza suficiente para generar un remolino.

Sukuna puso cara de asco apenas vio a Gojō. Vestía pantalones de mezclilla, una playera blanca de cuello redondo y una chaqueta negra bastante delgada. Era un día fresco, aunque el estado del tiempo anunciaba que más tarde haría calor.

Gojō miró a Sukuna de reojo. Sintió las manos de Yūji sobre los hombros y entendió la situación sin necesidad de palabras. Agachó el rostro para besarlo a modo de saludo. Ambos sabían que incomodaban demasiado a Sukuna haciendo ese tipo de cosas: justo lo que buscaban.

—¿Nos vamos? —habló Yūji al separarse.

—Seguro, pero… —Se llevó una mano al mentón, analizando el atuendo opuesto—. Me preguntaba si podrías cambiarte el pantalón por un short o unas bermudas.

—Pues…

Yūji estuvo a escasos segundos de cuestionar si había algo mal con su ropa, cuando Sukuna interrumpió.

—¿Crees que se va a cambiar sólo porque tú lo dices?

Gojō sonrió con arrogancia antes de responder.

—Hará bastante calor por la tarde. Sólo quería que mi chico estuviera cómodo.

—Ya vuelvo. —Yūji se dirigió a su recámara.

Se cambió la playera por una blanca con diseño estampado que simulaba haber sido salpicado con pintura negra. Era lo más cercano que tenía para ir a juego con el profesor. De igual modo se colocó un short azul marino que casi no usaba porque no contaba con bolsillos. Para remediarlo y tener dónde guardar las llaves y el celular, se colgó una riñonera que solía usar cruzada por el pecho.

Sukuna frunció el entrecejo cuando lo vio salir. Ese par lo incitaba a cometer un deshonroso acto de homicidio doble.

Previo a cerrar la puerta y partir junto a su novio, Gojō levantó el dedo medio de la mano hacia Sukuna, escondiendo el gesto tras la espalda de Yūji.


A Yūji le gustaba pasear en auto. Tal vez porque siempre usaba transporte público y le parecía cómodo y novedoso contar con ese lujo.

Luego de un rato en carretera, dejó de mirar por la ventana al percibir el tacto opuesto sobre la rodilla. Se sorprendió al inicio. Sonrió de medio lado sin quitar el ojo de encima de la mano que le acariciaba con el pulgar. El otro seguía con la mirada atenta al frente.

«Así que por esto quería que me pusiera short», concluir eso fue inevitable.

Al ver a Gojō de reojo, un destello mental le aclaró las ideas. Se encontraba con un hombre alto y apuesto que lo tenía todo; trabajo, dinero, fama, belleza, «hijastro». En comparación, él era un estudiante promedio, huérfano, con problemas financieros. Estaban en ligas totalmente opuestas. Quizá por eso Gojō intentó revisarle el celular; no confiaba en él al considerarlo inmaduro o tenía muchas dudas sobre sus actividades al encontrarse en mundos diferentes.

¿Qué podía hacer para remediarlo? Actuar con mayor seriedad, tal vez. El inconveniente era que no sabía cómo hacer eso. Después de todo, solía ser muy espontáneo con su profesor y eso les había sacado varias risas, carcajadas, buenos momentos.

¿En verdad debería cambiar eso y forzarse a parecer más adulto?

El remedio inmediato consistió en cambiar algunas cosas. Detalles sutiles que esperaba que el otro notara. Dejó de comerse letras y trató de escribir con puntos y comas al mandar mensajes. Como Sukuna. Como Fushiguro. Como Gojō.

También decidió que sería bueno ser más obediente, por eso se cambió de ropa. Aparte, molestaría a Sukuna en el proceso. Doble ganancia.

Eso estaba bien. ¿Cierto?

Ahora que Gojō tocaba su pierna. ¿Qué debería hacer? Seguirle la corriente, obvio. Pero...

Tomó la tela del short y la recorrió hacia arriba, exponiendo más piel, dejando que el resto de los dedos abarcaran cuando pudieran.

—Gojō-sensei es un pervertido —agregó con una pizca de perversión.

El nombrado dejó que una risita escapara de sus labios.

—Cuidado de que te agarre descuidado. Pienso darte una mordida cuando menos lo esperes —advirtió mientras saboreaba con el tacto la buena porción de los músculos que manoseaba.

No podía esperar para tener la cara entre esos perfectos muslos. Si podían ahorcarlo, mejor.


Llegaron a un centro comercial de una prefectura vecina. Subieron a secciones con poca gente, cuyos pisos y columnas tenían acabados y decoraciones diferentes que Yūji no fue capaz de diferenciar con precisión, sólo sentía la vibra de que algo era peculiar.

Vendían cosas de poco interés para él. Bolígrafos y sellos elegantes que solía ver en películas y series de la mano de magnates; corbatas y trajes; vestidos largos y bolsos para dama.

Por suerte, pasaron frente a un lugar que le llamó la atención. No solía ambicionar muchas cosas materiales; no obstante, unos tenis rojos le hicieron ojitos y no pudo evitar reaccionar ante ellos. Volvió más lenta su caminata hasta que notó el precio.

¡Cerca de mil quinientos dólares!

«¿Pues qué hacen? ¿Vuelan?» pensó, poniendo los ojos en blanco.

Levantó la vista y se topó con una marca —¿o era el nombre del diseñador?—, la había escuchado antes y sabía que era costosa.

Retomó el andar, preguntándose cuál era la necesidad de mandar por las nubes el costo de unos tristes zapatos.

Llegaron a una joyería.

—Estoy de vuelta —saludó Gojō—. Están haciendo un buen trabajo todos.

Dentro había tres personas. Una mujer y un hombre que rondaban los treinta años y otro más que, por sus expresiones faciales, debía estar en los cincuenta. A juicio de Yūji.

Los empleados inclinaron la cabeza y soltaron un «Bienvenido, Señor» al unísono. Sólo el hombre mayor se acercó hacia ellos.

—Me alegra que viniera, señor. Ha llegado nueva mercancía y hay un asunto que…

—Ijichi —interrumpió.

—D-Diga. —Tensó los hombros en su sitio, temeroso de que su lenguaje corporal hubiese agredido al dueño.

—Eres demasiado formal.

Ijichi parpadeó en silencio. Estaba trabajando con normalidad.


Los tres terminaron en una sala al interior del local. Todo era blanco. Pisos, muebles, adornos, apagadores, enchufes. Todo.

—Primero tocan las presentaciones —dijo Gojō, tomando los hombros de Yūji para ponerlo frente así—. Aquí tenemos a Yūji. Es mi novio. También mi alumno. Le espantan las cosas caras al igual que a ti. Se van a llevar bien.

—Un gusto —agregó Yūji, haciendo una leve reverencia.

—Y el señor es Ijichi. Mi gerente general.

—Un placer —habló el nombrado, imitando el gesto del chico.

—¿Sabías que Ijichi fue compañero de Nanami en la universidad? Que se vea más viejo se debe a que la vida lo ha maltratado bastante, pero tienen la misma edad.

Si Yūji e Ijichi compartían un pensamiento, era el de dudar sobre si debían replicar acerca de los datos innecesarios que soltó Gojō sobre ellos.

Los dos aguantaron un suspiro de fastidio y lo notaron en el otro.

—Debe ser difícil —dijo Ijichi.

—Un poco. Te acostumbras —respondió Yūji.

—Te entiendo.

—No tiene remedio.

Asintieron al mismo tiempo con la solemnidad de los telépatas en películas de ciencia ficción.

Gojō no entendió la conversación.

—¿Qué? ¿De qué hablan?

—Nada —contestaron Yūji e Ijichi al unísono, poniendo una sonrisa tranquila.

Al centro había una mesa pequeña con dos sofás individuales; uno en cada extremo.

Gojō procedió a sentarse en uno de éstos e Ijichi se apresuró a traer tres maletines metálicos. Dos plateados y uno negro. Éste último contenía herramientas que se utilizaban para valorar joyería: un calibrador digital, lupas de distintos diámetros, un pequeño martillo, un medidor de anillos, varias pinzas, entre otras cosas. Los otros dos, contenían productos finales que Gojō debía revisar meticulosamente antes de incorporar a cualquiera de sus colecciones.

Yūji se acercó, intrigado. Era la primera vez que vería a Gojō trabajar como joyero.

—También… —continuó Ijichi, buscando las palabras adecuadas para hablar con el muchacho presente—, hay un asunto adicional que se debe tratar con discreción.

—¿De qué se trata? —preguntó Gojō, abriendo un maletín y extrayendo la primera caja de las diez que contenía.

—Es… —dejó en suspenso las palabras, esperando que el otro comprendiera la situación.

—No te hagas el místico. No te queda.

Ijichi encaró la resignación.

—Discúlpeme por esto. —Se agachó para susurrarle a su jefe en el oído, cubriendo el sonido con una mano—. Tiene que ver con el lavado.

Luego de erguirse, Gojō dejó escapar un jadeo exhausto, como todas aquellas veces en las que Yūji lo había visto calificar cientos de tareas.

—Eso va a tomar muchísimo tiempo. Qué horror —mintió—. Yūji.

—¿Pasa algo?

—Sí. Que te voy a aburrir aquí por horas. —Buscó en los bolsillos de la chamarra su cartera.

—Oh, no hay problema. Puedo esperar.

—O puedes ir de expedición por todos los pisos del centro comercial mientras acabo con esto. —Le extendió una tarjeta de crédito negra y una dorada—. Ijichi, pásame algo para escribir.

El nombrado le entregó una agenda, normalmente guardada en uno de los cajones del único escritorio al fondo de la habitación, y un bolígrafo.

Yūji tomó las tarjetas, intentando fingir poca extrañeza.

Gojō arrancó la mitad de la página sobre la que hizo anotaciones y también se la pasó a su chico.

—Esas son las claves de las tarjetas. Cómprate lo que te llame la atención. Usa la dorada si vas al área de comida y la negra para el resto de tiendas. ¿Está bien?

Yūji estuvo a nada de replicar que no hacía falta; sin embargo, el recuerdo del día en que le prometió a Gojō que aceptaría sus obsequios saltó a su memoria, sumado al hecho de lo que había pasado en los últimos días. Debía demostrarle que ya no era un crío y que podía corresponder sus atenciones.

—Puedo comprar lo que sea, ¿cierto?

—Así es. —Le colocó una mano en la curvatura de la espalda, apenas por encima de los glúteos.

Yūji asintió con confianza antes de responder.

—Ok.

Tras guardar las tarjetas en la riñonera, avanzó hacia la puerta por la que habían entrado. Seguro que Gojō había dado el mismo trato a anteriores parejas. No podía quedarse atrás. No debía parecer un niño. Tampoco estaba en posición de cometer errores para pasar a ser un chico más con el que Gojō salió.

Colocó la mano en el picaporte. Antes de abrir, se giró con la gran sonrisa que le caracterizaba.

—También voy a comprar algo para usted, sensei.

Wah, entonces esperaré con más ansias tu regreso. —Entrelazó las manos, el rostro un poco inclinado.

Yūji se retiró.

—Parece un buen chico —dijo Ijichi. Las anteriores conquistas de su, ahora, jefe solían babear más por lo que llevaba en la billetera y partían apenas lograban obtener algo de ésta. Le sorprendió que a Yūji le diera las claves y todo.

—Por supuesto que lo es —respondió con una sonrisa de intenciones dudosas.

Ijichi ignoró el gesto. Lo que realmente permanecía en sus pensamientos fue el color de cabello del muchacho. Le recordaba al hombre que acostumbraba acompañar a Nanami en la universidad. ¿Cuál era su nombre?

—¿Podría ser que él es…? —suspendió la pregunta. Había muchas personas que se teñían el cabello. Si el chico fuese pariente de esa persona, Gojō lo habría presentado como tal.

—¿Es…? —Lo animó a continuar.

—Na-Nada. No es nada.

—Si no lo dices, te despido.

Ijichi dio un pequeño brinco en su lugar. No tenía otros medios de ingreso. Se arriesgaría con algo diferente.

—Iba a decirle que es muy joven… para… usted. —Hizo lo posible por no tartamudear. No obstante, recibir la mirada inquisidora del otro impidió que se mantuviera del todo firme—. Lo siento —musitó.

Gojō rio por lo bajo.

—Oh, vamos. ¡Sólo soy trece años mayor! No es como si pudiera ser su padre.

—Bueno, suponiendo que haya sido precoz para…

—Ijichi —interrumpió con voz grave.

—¿S-Sí?

—Estamos aquí para discutir el asunto del lavado, no mi vida sexual (que empezó a los dieciséis, por cierto).

—¡A-Ah! ¡Tiene razón! ¡Perdón! ¡Tiene toda la razón!

Pese a que Gojō dejó sus actividades como sicario de lado, se mudó de ciudad y renació con un perfil digno de ciudadano japonés, permitió que su franquicia fungiera como uno de los tantos negocios involucrados en el lavado de dinero de la yakuza a la que pertenecía.

—No fue un problema muy grave, pero…

—Si no fue grave, ¿qué estoy haciendo aquí? ¿No se supone que tomas todas las decisiones respecto a eso? —Su molestia escaló un par de peldaños. Quería mostrarle a Yūji las características de las joyas mientras le coqueteaba; hacerlo elegir algunas que le gustaran y sorprenderlo con un Rolex como el que le entregó a Fushiguro.

Su magnífico plan fue arruinado.

—En efecto, señor, pero me temo que para muchas de esas decisiones necesito su autorización y su sello en algunos papeles.

Gojō chasqueó la lengua en señal de molestia.

—Iré por ellos y le explicaré exactamente qué pasó.


Yūji salió por los tenis que le llamaron la atención. Se los probó en una talla adecuada y tomó una foto frente al espejo de la tienda para mandársela a su hermano.

Itadori Yūji

No te los voy a prestar :P

Itadori Sukuna

Te va a pedir el culo.

Itadori Yūji

Es lo que diría un envidioso

Itadori Sukuna

Apostemos entonces.

Itadori Yūji

Ni hablar

Itadori Sukuna

Entonces dudas de tu viejo verde.

Ya veo.

Itadori Yūji

Cuánto?

Itadori Sukuna

Los tenis.

Itadori Yūji

Hecho e.e

Yūji era capaz de poner las manos al fuego y asegurar que Gojō no era esa clase de persona.

Sí, se había propasado con él en la escuela, pero no fue un problema y Gojō lo entendió. No se repitió. Ambos soportaban el deseo hasta poder encerrarse en una habitación; sin olvidar el hecho de que hacían muchas cosas juntos, no sólo comerse la boca.

Dio varias vueltas en el centro comercial. Aparte del calzado, se compró una sudadera gris, cuya mitad izquierda parecía haber sido rociada con un aspersor de pintura anaranjada. A Gojō le compró una igual en azul claro, así como unos lentes oscuros, rectangulares, como los que le rompió el año pasado.

En el área de comida pidió dos hamburguesas, unas papas, soda y tres piezas de pollo frito con puré. Planeaba ordenar algo más, aunque era seguro que Gojō no habría comido todavía y quería acompañarlo a la mesa, por lo que debía dejar algo de espacio en el estómago.

Antes de volver, fue por un pastelillo y un frappé con chocolate extra y bastante crema batida para el goloso que tenía por novio.

Gojō disfrutó las compras —hechas con su dinero—, como si se tratase de su cumpleaños. Evitó ver en el celular los cargos de los productos para que la reacción fuera más natural. Ijichi no sabía si era ridículo o bonito lo que presenciaba. Lo único que tenía claro era la amenaza de que, si le mencionaba a alguien conocido que Gojō salía con Yūji, le arrancarían la cabeza.

—¿Hay alguna que te guste? —preguntó Gojō, poniendo frente a su chico, sentado en el sofá, varias joyas de las que autenticó en su ausencia.

Yūji no era tan ingenuo como muchos podrían pensar. Si escogía alguna, Gojō se la daría sin dudar. Momento de hacerse el desentendido.

—La verdad es que nunca he pensado en esta clase de cosas. —Tomó entre sus dedos un clásico diamante montado en un anillo plateado—. En usar alhajas. Creo que las olvidaría dentro de una caja al no estar acostumbrado. Sensei tampoco las usa, ¿no es cierto? (Pese a ser joyero).

Devolvió el diamante.

Gojō se subió la manga de la chamarra, mostrando en la muñeca un Rolex con zafiros, similar al que entregó a Fushiguro, a Nanami y al que éste último había regalado a Sukuna.

—Yūji —cantó con cierta insistencia—. No nos iremos de aquí si no escoges nada.

El nombrado ahogó un quejido gutural en su pecho, reprochando al otro sus decisiones.

Obtuvo una sonrisa tranquila en lugar de una réplica.

—Está bien. —Se resignó.

Miró las piedras más pequeñas de todas. Eran tres. Una en color violeta, otra en amarillo y una más en rosa. En ese orden; agarró la última cajita.

«Algo tan pequeño no puede ser tan caro» pensó.

—No sé por qué, pero, aunque el rosa no es mi color favorito, suelo verme muy bien en él. Entonces… Esta.

A detalle, la gema era de extremos romos, ovalada; menos de un centímetro de diámetro y de una tonalidad rosada cristalina con un toque anaranjado.

—En el antiguo Japón el rosa solía ser un color nostálgico. Digno para representar a un samurái asesinado. Tenía un significado masculino y bastante lúgubre.

»Escogiste un circón rosado, Yūji. Suele decirse que esas gemas refuerzan el honor, la prosperidad y la sabiduría de quién las usa. Si las leyendas son ciertas, te vendrá bien tenerla cerca en época de exámenes.

—¿Cómo me sugiere usarla? —preguntó mientras se entretenía inclinando la caja, dejándose embelesar por el brillo singular de la luz que reflejaba la joya.

Lo más fácil para él era llevarla como collar, aunque su novio podría tener otros planes.

—Como reloj. Es una gema frágil, sensible a los golpes y a la presión. Eso no significa que sea delicada —explicó—, tan solo tiende a desgastarse con facilidad, por lo que no se recomienda que sea de uso diario, sino ocasional.

»Incrustado en el interior de un reloj y protegido por otro cristal le vendría muy bien. —Le recogió la caja al muchacho—. ¿Tenemos más de estás?

—No, señor —respondió Ijichi.

—¿De dónde viene?

—De Tanzania, señor.

—Solicita otras tres.

—Por supuesto, señor.

—¿En cuánto sale cada una? —cuestionó Yūji por curiosidad.

Ijichi se ajustó los lentes antes de responder.

—Esa, en particular, está valorada en dieciséis mi…

—Cállate, Ijichi. —Gojó cortó de manera abrupta sus palabras, una sonrisa chesiriana curvando sus labios.

—¡Lo-Lo siento, señor! —Inclinó la cabeza en el acto.

Yūji se rascó la parte trasera del cuello con un leve nerviosismo. Tal vez no debió preguntar.

Gojō se sentó sobre el descansabrazos, por un lado de su pareja.

—Entonces… —Tomó el mentón opuesto y acercó los labios a los ajenos.

Yūji se puso en pie sin consumar el acto.

—¿Deberíamos salir? No ha comido, sensei.

—Pero me tomé lo que trajiste.

—Eso no es comida… saludable. Es más, debió ser postre.

Gojō no agregó nada más. Le sorprendió que Yūji le rechazara un beso. ¿Por qué? No lucía molesto o incomodado. Se dieron uno en la mañana frente a Sukuna. Acaso… ¿Era porque no tenía mucho de haber terminado su frappé de chocolate? ¿Tenía mal aliento?


En el viaje de regreso Gojō continuó toqueteando la pierna de Yūji, mas no dejó de pensar por qué rechazaba sus besos. Intentó analizar si se trataba de alguna ley del hielo por haber obrado mal. Lo dudaba, aunque no se quedaría con la inquietud.

—Bueno, Yūji, vinimos de paseo, te dejé comprar lo que quisieras y comimos juntos. ¿Se puede saber por qué no he obtenido ni un solo beso de mi príncipe?

—Pues porque no es un sapo, sensei.

—Desearía ser un sapo ahora.

—Si le pregunta a mi hermano, estoy seguro de que le dirá que está muy cerca de volverse uno.

—¡Y luego querrá comerse mis ancas! ¡No, gracias!

Yūji sonrió de medio lado. Dudaba que Sukuna hiciera eso. Lo más probable era que lo diera como alimento a los perros de Fushiguro.

—Fue por el señor Ijichi —comentó a escasos minutos.

—¿Te daba pena que viera?

—Algo así.

Al llegar a una larga recta, Gojō bajó ligeramente la velocidad.

—Aquí no hay nadie. ¿Por qué no besarnos ahora? —Se giró hacia Yūji, inclinándose sobre él.

—¡Vuelva la vista al frente! —Empujó a su profesor por la mejilla, esperando que no lo dijera en serio—. ¡Está manejando!

—No voy a mirar hasta obtener un…

Yūji le tomó el rostro y juntó sus labios de forma rápida, fugaz y algo brusca.

—¡Ya está! ¡Ahora los ojos en la carretera!

Gojō se acomodó para continuar con su papel de conductor designado. Quedó satisfecho porque Yūji sólo estaba siendo reservado con las muestras de afecto en público, aunque esperaba más de lo que recibió.

El chico rodó los ojos y negó con la cabeza. Era eso o arriesgarse a un choque, así que no lo pudo postergar. Le costaba asimilar cuán berrinchudo y obstinado podía ser su maestro.

No obstante, al divisar y sentir las yemas de los dedos contrarios buscando colarse bajo su short, se obligó a sobreanalizar la situación.

Él no podía dar a Gojō cosas materiales como lo que recibía y era consciente de cuánto disfrutaba el otro el contacto físico. Tal vez era una buena idea complacerlo de ese modo. Si estaban en una relación, no podía sólo recibir, también debía dar. No pensaba en ello como una obligación, en verdad deseaba hacerlo.

«Bien, intentemos eso».

En las carreteras, en cierta cantidad de kilómetros, solía haber descansos donde cabían cerca de cinco autos estacionados; contaban con máquinas expendedoras y baños portátiles. Eran espacios que los viajeros utilizaban para estirar las piernas y donde los ciclistas aprovechaban para descansar.

—Sensei, ¿puede pararse allí un momento? —Señaló uno de esos espacios a la distancia—. Quiero comprar algo para beber.

—Por supuesto.

En cuestión de minutos Gojō aparcó en un lugar al azar y extrajo su billetera.

—¿Cuánto necesi…?

Apenas Yūji se soltó el cinturón de seguridad, se fue sobre aquella boca parlanchina, logrando callar y sorprender a su dueño.

Llevó una mano a la parte trasera del cuello contrario, atrayéndolo, con el objetivo de tornar más profundo y pasional el beso.

Mordió el labio inferior de su pareja. Le retiró los lentes, dejándolos sobre el tablero. Se miraron durante algunos instantes. Los ojos de Gojō brillaban con una mezcla de asombro y deseo, mientras que los de Yūji pedían ir más allá.

Ambos entreabrieron los labios. Quien tomó la iniciativa fue Yūji. Aventuró la lengua dentro de la boca de su profesor. Un pausado y complaciente gemido brotó de su garganta al sentir la calidez ajena.

Forzó un ligero vacío para poder succionar la lengua opuesta. El sonido húmedo de los labios al separarse lo obligó a abrir los ojos.

La última vez que profundizaron el contacto fue cuando se encerraron en la sala de interrogaciones de Nanami. No mentiría, durante varios días anheló otro beso de esos, aunque parecía que Gojō no. Pese a no resistirse, tampoco recibió la respuesta que imaginó.

—¿No le gustó? —preguntó, un intenso rubor coloreando las mejillas.

—No. Nada de eso. Eres… Eres fascinante, Yūji.

Lo sorprendió con la guardia baja. No esperaba que el chico avanzara con tanta intensidad.

Su cara de asombro comenzó a desaparecer.

—Ven. Siéntate en mis piernas —en su voz había necesidad; en su mirada, el fulgor de las brasas de un naciente arrebato pasional.

El asiento ya estaba lo más atrás que se podía. Gojō se sacó el cinturón de seguridad previo a tener el trasero de su novio sobre el regazo. Lástima que en esa posición no podría manosearlo como llevaba tiempo esperando hacer.

Cuando su muchacho le rodeó el cuello, procedió a devorarlo como se merecía, con un beso fogoso y desesperado en el que ambos se empujaban hacia adelante, poseídos por un instinto casi animal.

Yūji aferró los dedos sobre la ropa contraria, previo a aflojar para acariciar lo que podía del cuerpo de su novio.

Gojō no se quedó atrás. Con un brazo envolvió el torso contrario, proveyendo un soporte momentáneo a la espalda. La mano libre la posó sobre una de las pantorrillas, subió hacia la rodilla y se metió bajo el short para abarcar lo más que pudiera del muslo.

Con las yemas logró rozar el borde inferior de los bóxers de su amado. Maldijo por lo bajo en un instante fugaz. La posición y la ropa no lo dejaban llegar a los glúteos.

Sacó la mano y pasó el tacto bajo la playera. Primero por la espalda baja, deslizándose hasta quedar entre los omóplatos.

—Yūji —susurró entre beso y beso, en un tono que ya podía ser catalogado como lujuria.

Le fascinaba el cuerpo de su pareja. Pese a ser joven, ya exhibía una musculatura digna de fantasía erótica.

El rumbo que tomaron sus caricias bajó hacia las costillas y subió de nuevo con dirección al pecho. Masajeó uno de los pectorales; hizo círculos con el pulgar alrededor del pezón, previo a tomarlo entre éste y el pulgar para ejercer una sutil presión.

Yūji se estremeció. Desde la punta de los pies hasta la cabeza, incluyendo los lugares más recónditos de su cuerpo. La temperatura podría hacerle estallar la cabeza en cualquier momento, incluso en su entrepierna notó una presión que conocía bien.

—Sensei… —jadeó, cortando el contacto.

—¿Mh? —No se detuvo, por el contrario. Danzó un lento vals con la lengua sobre el cuello ajeno, previo a succionar la piel. Al no haber protestas, comenzó a ejercer más fuerza, buscando dejar algunas marcas rojizas.

Yūji se removió.

«Mierda, se me fue de las manos». Tiró de su playera hacia abajo en un intento por tapar su erección.

—Deberíamos… Ah, sensei —ahogó un gemido al percibir cómo la mano contraria le daba atención a su otro pezón—. De-Deberíamos parar.

Gojō sonrió, recuperando una expresión más coqueta al momento de despegarse de esa jugosa piel para colocarse frente al muchacho.

—Pero, Yūji, si paramos ahora —se acercó a su oído, tirando sutilmente del lóbulo con los dientes hasta soltarlo—, ¿no será problemático para ti?

—¿Por qué debería? —Quería acomodarse mejor, aunque temía que su novio descubriera lo que tenía entre las piernas.

En lugar de responder, Gojō rozó su nariz con la de Yūji. Inclinó el rostro para robarle un beso más y sus dedos trazaron un descenso por el abdomen, llegando a la pretina del short. Pretendía seguir bajando sobre la tela, mas su chico le detuvo por la muñeca.

—¿Creíste que no lo notaría? —la profundidad con la que entonó esa pregunta hizo que la llama en Yūji se avivara aún más.

—¿Notar qué cosa? —Debía fingir demencia y cambiar el tema a la primera oportunidad.

Un sexy ronroneo se quedó en el pecho de Gojō.

—Yūji, no puedes engañarme —canturreó, siendo evidente su jugueteo—. Hay dos cosas muy importantes que estás pasando por alto.

»La primera —prosiguió tras una pausa en la que el muchacho desvió la mirada—, es que también soy hombre y conozco de primera mano todas las reacciones que tu cuerpo puede experimentar.

El sonrojo de Yūji podría dejar fuera de la competencia a los tomates si se batían en un duelo de color.

—¿Y la segunda? —cuestionó con la vergüenza de no lograr ocultar una simple erección.

—Yo también tuve tu edad y las hormonas hacían un desastre conmigo. Sé que es fácil excitarse con situaciones como esta.

Acarició la pierna de Yūji. Algo hizo click en el cerebro del chico. Volvió la vista a Gojō, sorprendido de su reciente descubrimiento.

—Lo tenía planeado, ¿no es así?

Una mueca zorruna curvó los labios de Gojō.

—¡Por eso me estaba tocando tanto! —Lo fulminó con la mirada.

—Una pequeña maña de la que me declaro culpable —admitió con orgullo.

—¡Ah! ¡Sensei! —Soltó unos cuantos golpecitos contra el pecho del nombrado.

Ow, vamos, no lo hice con mala intención. —Tomó el puño de Yūji. Le depositó un beso en el dorso y lo incitó a abrir la mano para entrelazar sus dedos—. Es más, como el adulto que soy, planeo hacerme responsable de lo que provoqué.

El muchacho parpadeó.

—No, no, no tiene que hacerlo —tartamudeó, nervioso—. Estaré bien en unos minutos. Se me pasará en el camino.

—¿De verdad?

—¡Se lo aseguro!

—De todas las veces que te ha pasado, ¿en cuántas no te has tenido que masturbar para que se te baje?

—Eso… —enmudeció. Como siempre ocurría en casa, encontraba un rápido alivio con una mano en el celular dentro de alguna página porno y con la otra entre las ingles, en un bombeo continuo.

—Es más, en el rato que llevamos hablando, no se te ha bajado nada, ¿cierto? En algún punto comenzará a doler.

Ocurrió en ese preciso instante.

Yūji sintió la garganta seca. La posición no le ayudaba en absoluto y tuvo que removerse, dejando que su miembro erecto se divisara atrapado entre la tela y el muslo.

—¿Acaso es brujo?

—Ya te lo dije. Soy un hombre que ya pasó por esa etapa de la vida —una risa lacónica no tardó en hacerse presente.

Yūji recargó la cabeza en el hombro ajeno. Fuera o dentro del auto el clima era agradable; si fuese invierno podría intentar caminar a la intemperie para que el frío le cortara la excitación.

—Te propongo algo —dijo Gojō—. Dos opciones. Podrás escoger la que más te guste.

Okay. —Por más que intentaba pensar en algo desagradable para quitarse lo duro, sólo recordaba las fotos eróticas de su pareja o los momentos de soledad en los que solían comerse a besos.

—Puedes regresar a tu asiento y volveremos a casa. A tu casa. Ya sabrás qué hacer si sigues caliente. No voy a provocarte más, lo juro.

»O puedes pasar a los asientos traseros y dejar que te dé una mamada.

Yūji contuvo la respiración. Abrió los ojos más de la cuenta. ¿Había escuchado bien? ¿No lo alucinó?

—Eres mi precioso Yūji —insistió—, no quiero dejarte así. Aunque nunca se la he chupado a otro hombre. —Miró hacia arriba, como si el toldo del auto albergara sus memorias—. En fin, para todo hay una primera vez. He recibido las suficientes para saber cómo hacerlo, así que sólo tienes que relajarte y…

Se detuvo, extrañado de que Yūji regresara a su asiento.

«Así que no logré persuadirlo». Su plan original consistía en buscar alguna manera de practicarle sexo oral al muchacho y convencerlo de que el anal sería una mejor experiencia. Después, se lo llevaría a la cama, solucionando su abstinencia forzada.

Que Yūji lo sedujera allí mismo fue un golpe de suerte que no podía dejar pasar. Si eso no era prueba suficiente de que el universo los quería juntos, mínimo era una insinuación benéfica para obtener alivio sexual momentáneo.

«Maldición. ¿Ahora qué?». Le tocaba idear otra situación para poner la cabeza entre las piernas de su chico.

Se colocó el cinturón de seguridad después de que Yūji lo hiciera con el propio. Lucía abochornado, consternado. Preguntar podría no ser una buena idea, en especial porque sus ojos eran una ventana directa al pensamiento y si lo presionaba en ese momento, perdería la oportunidad de orillarlo de nuevo a un estado similar.

Yūji podría parecer de pensamiento simple; sin embargo, experimentaba procesos complejos. Gojō seguía maravillado con eso. No era como otras parejas fáciles con las que debía sólo sentarse y aflojar unos cuantos botones de la camisa para tenerlos a sus pies. Yūji era… ¡Demonios! Le prendía que lo obligara a ser ingenioso. Jamás se aburriría de eso.

Encendió el auto. Levantó la mano para agarrar los anteojos oscuros y, justo antes de tomarlos, su pareja frenó sus acciones al sostenerle la muñeca.

—Gojō-sensei.

El nombrado giró el rostro.

—¿Aún está en pie lo que propuso antes?

«Dios mío —dijo Gojō para sus adentros—, disfrutas jugar conmigo, ¿no es cierto?».

¿Cómo podía decirle que no a aquellos ojos con brillo ambarino que pedían su boca a gritos? ¿O a esos labios entreabiertos que apenas limitaban su agitada respiración?

Sonrió.

—Por supuesto que sí.