CAPÍTULO L

Gojō volvió a casa con un torbellino de emociones que iban desde la cólera hasta la zozobra. No era su combinación favorita.

Los zapatos de Fushiguro no estaban en el genkan, así que podía arrojar el horno de microondas por la ventana sin dar explicaciones si se le antojaba. No lo haría. Apenas y podía coordinar sus movimientos como un ser humano funcional, pues las órdenes emitidas al resto de su cuerpo sólo eran Yūji y más Yūji.

Subió al baño contiguo a su habitación. Abrió el grifo para llenar el lavabo. Centró su atención en cómo la línea de agua fría subía por el recipiente cuadrado, empotrado sobre una encimera de mármol.

Dejó de lado los lentes para lavarse el rostro, esperando que el líquido le devolviera la lucidez; importándole poco si el cabello se mojaba en el proceso. Llegó a meter la cabeza en el cuenco como un ave, esperando que hiciera efecto con mayor rapidez.

Salió del agua con los sentidos más centrados. En lugar de tener su cognición dispersa, podía enfocarla en la ondulación irregular de las múltiples gotas uniéndose de nuevo a un cuerpo de agua más inmenso que ellas.

Se miró en el espejo. Su reflejo no estaba mojado, tenía una mirada altiva y una sonrisa arrogante.

Bueno, bueno. Yo te lo advertí.

Escuchó, frunciendo el entrecejo.

¿Querer hacer las cosas bien, Satoru? —habló con la nobleza de una víbora—. Por favor, eso no va contigo... Con nosotros. ¿Acaso no recuerdas todas esos días y noches de placer constante? ¿El éxtasis interminable? Aún estás a tiempo de hacer lo correcto. Sólo debes volver a su casa, quizá con un par de sogas (o esposas) y alguna droga recreativa…

—No —negó con la cabeza, procurando no perderla—. No, no, no, no, no. Yūji… no me lo perdonaría.

Entonces significa que nunca te amó.

—¿Tú qué sabes?

He conseguido todo lo que tienes aho

—¡Tú me quitaste a Yūji! —bramó, deformando su expresión con el más profundo rencor existente.

¡Te estoy diciendo cómo tomarlo de vuelta!

—¡Nunca te pedí consejo!

Satoru se acercó tanto al espejo, que parecía ser capaz de salir al mundo real—, ese chico es una piedra más en el camino. No sólo es incapaz de ofrecer algo que valga la pena, sabes tan bien como yo que su cuerpo es lo único que le pertenece. Tienes que quitarle todo lo que puedas antes de que él lo haga contigo.

—¡Suficiente!

¡Sabes que tienes que pagar todo lo que has hecho hasta ahora! ¡Tú no puedes ser feliz! ¡Ese mocoso será tu perdición!

—¡Cierra la puta boca!

No midió ninguna de sus acciones.

Estrelló el puño contra el espejo, con una fuerza que sólo la frustración podía proveer.

El impacto reventó el vidrio con violencia. No solo desgarró con profundidad la piel de la mano, ayudándole a recuperar el control de su cuerpo y la percepción de la realidad, también le rasgó uno de los pómulos, a escasos milímetros de alcanzar el ojo.

Su respiración, anormalmente agitada, comenzó a regularse una vez que volteó en todas direcciones y se encontró solo dentro de esas cuatro paredes.

La sangre que chorreaba de su extremidad, descendía por sus dedos como una pintura espesa; sobre el agua dejaba una estela de pánico en su descenso, desesperada por perder su color en ese vasto mar, así como la esencia de Gojō dentro de sí.

No podía dar un solo paso o se cortaría los pies.

Fushiguro apareció por el marco de la puerta. Abrió los ojos en sorpresa al ver ese inusual espectáculo casero.

—¿Qué pasó?

—Megumi…

«¿Cuándo volvió a casa?»

—¿Escuchaste algo? —preguntó con la mirada vacía.

—¿El… vidrio rompiéndose? —preguntó, extrañado, una ceja alzada.

No mentía. Incluso si hubiese estado de pie en esa misma habitación, no habría escuchado nada. La discusión de Gojō ocurrió de inicio a fin dentro de su cabeza.

—No se mueva. Le traeré unos zapatos.

El chico salió de su vista mientras él vaciaba el lavabo y abría el grifo de nuevo para enjuagarse la mano.

«Te vas a arrepentir, Satoru».


El primer día de la semana Yūji no tenía clases con Gojō. Creyó que sería un alivio. Lo cierto era que no había dejado de pensar en él. En ellos. En lo que pasó el fin de semana.

Luego de dar un par de vueltas al asunto, concluyó en que también había sido su culpa. En parte. Tuvo la resolución de pedirle a su profesor que fuera su novio porque mantenía actitudes con las que era fácil encajar.

No obstante, entre más tiempo pasaban juntos, más descubría que Gojō no dejaba de ser un adulto con preocupaciones propias de la edad.

A su lado todo era risas y diversión, besos y caricias. Poco sabía sobre sus inquietudes o necesidades, la presión del trabajo en la escuela y como joyero. Sin mencionar que tenía experiencia criando a un niño de su edad.

De forma inconsciente, Yūji intentó competir con eso en silencio. No era lo suficientemente maduro para dar un buen consejo o solución a problemas que desconocía. En su lugar, permitió a Gojō ir más allá; dejó que tocara su cuerpo por debajo de la ropa, incluso le permitió practicarle sexo oral.

No es como si todo eso le disgustara. No pretendía ser hipócrita, lo disfrutó y lo reconocía. Tal vez, lo que sentía que estaba mal era el avance tan rápido de su relación. Desconocía si había un tiempo preciso para hacer tal o cual cosa. No es como si existiera un protocolo para las relaciones.

Sukuna, por ejemplo, era capaz de tener sexo casual con alguien que conoció un par de horas atrás, pero por Fushiguro hizo cosas de las que jamás lo creyó capaz. Estaba preparado para ponerse del lado de su amigo en el peor de los escenarios y su sorpresa fue ver domada a la bestia soberbia que tenía por hermano.

«La gente puede cambiar». Por eso intentó ser lo mejor para Gojō, pero… ¿Era justo que sólo él pusiera de su parte?

Tenía tantas cosas en la cabeza que... Quizá su error fue no hablar con su pareja y hacer todo por su cuenta con la vaga esperanza de demostrarle que estaba a su altura pese a ser trece años menor.

Aunque…

«Tengo el derecho de reclamarte como mío en cualquier momento que lo necesite». Recordar esas palabras le dolía.

¿Así eran las relaciones de pareja en la vida real? Había visto cosas diferentes en televisión. Sabía a la perfección que se trataba de mera ficción, mas no imaginó que existiera un abismo de diferencia.

Aparte, no es como si hubiera malinterpretado algo. Gojō fue muy claro al expresar que por darle todo y ser su pareja, podía hacer lo que quisiera con él.

Intentó forzarlo y… Al final, no lo hizo. ¿En verdad se había arrepentido al recuperar la lucidez? ¿O fue solo un pretexto mezquino? ¿Y si se volvía a repetir?

Negó con la cabeza. Por eso era que debían hablar las cosas. Poner las cartas sobre la mesa y analizar si lo suyo podía seguir siendo o si, por el contrario, debía dejar de ser.

Ahora entendía por qué no había muchas relaciones como la suya.


Durante el receso, tuvo una revelación divina al mirar a Fushiguro. Él tenía experiencia; amorosa con Sukuna y conociendo y soportando a Gojō desde la infancia. No planeaba agobiarlo con sus propios problemas, tan sólo obtener algo de información.

—Fushiguro —lo llamó, obteniendo tanto su atención como la de Nobara—. ¿Has notado algo raro en Gojō-sensei? Como… mientras crecías. ¿Alguna manía extraña? Cosas de cuando era joven.

Nobara regresó a centrarse en la comida. No por eso ignoró lo que escuchaba. Parecía la típica plática que le sacas a quien conoció a tu novio mucho antes que tú, para saber más de su pasado.

A Fushiguro no le extrañó por las mismas razones.

—Manías extrañas —habló luego de un rato—. Tiene muchas. Gojō-sensei es bastante anormal en general. Aunque era mucho más horrible en sus veintes. Muy mandón. Engreído. Peleábamos bastante. Nanami-sensei lo regañaba seguido por buscarle pleito a un niño de siete años.

»Luego… algo fuerte pasó y nos mudamos a esta prefectura. A partir de ese momento, comenzó a ser más paciente. En algún punto, que no recuerdo con claridad, terminó sacando esa actitud juguetona y agobiante.

»Lo único que jamás se le quitó fue que, de repente, dice cosas hirientes, muy directas y piensa poco en cómo afectan a los demás. Como antes —hizo una pausa, recordando las incómodas conversaciones que se dieron entre ellos previo a tener de novio a Sukuna; seguía sentido por eso.

»Si algún día peleas con él, intenta retomar el tema cuando tenga la cabeza fría. Él no lo hará por iniciativa propia. Jamás. Sólo intentará seguir con la comunicación como era antes de eso. No significa que le dé igual o que no se haya arrepentido en algún punto, solo… Es un tema complejo lidiar con él —lo decía por experiencia propia. Él no lo hizo después de la última vez porque era orgulloso y ya le había perdonado muchas cosas a su tutor, con excepción de esa.

—¿Por qué me estás diciendo todo esto? —La inquietud de que Gojō le hubiera comentado algo se clavó en su cabeza.

Fushiguro gruñó, molesto consigo mismo. Había hablado de más; sin embargo, como parte de la conversación, creyó pertinente dar ese consejo.

—Porque se ve que te importa. No sólo estás ahí por su dinero (como la mayoría). Y él te trata de una forma que no había presenciado antes, así que… —Encogió los hombros—. Además, es imposible que una pareja no pelee con el tiempo.

Por otro lado, aunque Gojō hubiese metido tensión en su relación con Sukuna, él no planeaba hacer lo mismo. No era esa clase de basura. Lo más importante: apreciaba a Yūji y si Gojō lo hacía feliz, no había nada que pudiera hacer al respecto, mas que esperar que fuera recíproco en todos los niveles.

Uhm. Sabes, a veces me pregunto ¿cómo le haces para mantener a raya a Sukuna? —habló Nobara, a raíz del tema de las peleas—. Es decir, se conocieron cuando me defendiste aquella vez, ¿no? Y tiene pinta de ser bastante violento.

—Lo es —agregó Yūji en voz baja.

—Él no… ¿Te maltrata o algo similar?

Fushiguro levantó una ceja.

—¡Sólo estoy preocupada! ¡¿Bien?! —Sus mejillas adquirieron una tonalidad carmín. Mucho tiempo tuvo la duda y no sabía cómo abordarlo de forma directa—. No quiero que termines en una relación de «pégame, pero no me dejes». Hay más gente en el mundo, sabes.

—No tenemos ese tipo de relación —respondió, entre incómodo e irritado por tener que hablar de su vida íntima, aunque no fuera a profundidad.

—Bueno. Más le vale a ese desgraciado. —Tomó una porción de sus alimentos, cuestionándose si le haría daño comer enojada.

—Sinceramente, no creo que Sukuna pueda hacerle algo malo a Fushiguro —añadió Yūji.

—No se vale estar a favor de él sólo porque es tu hermano.

—No, no. Lo digo de verdad —exclamó—. Él es impredecible y nunca está de buen humor. Aun con todos estos años a su lado, a veces no sé cómo lidiar con él. En cambio… —Miró a Fushiguro, lo señaló con el dedo y se giró hacia Nobara—. Algo le hace este tipo que lo cambia por completo. ¿Sabes lo tétrico que es ver a Sukuna feliz cuando vuelve de una cita con él? Temo más por mi vida cuando está así, que cuando vaga por la casa con cara de culo y sed de sangre. ¡¿Cuál es el secreto, Fushiguro?!

El nombrado adquirió un rubor característico de personas con fiebre de cuarenta grados. Se cubrió la mitad inferior del rostro con el cuello del uniforme y volvió los ojos al suelo.

—Sin comentarios —musitó.

Nobara captó de inmediato la razón.

¡Ew!

Yūji la miró, esperando un comentario más sustancial.

—Basta. No, Itadori. No es algo que tú puedas hacer —dijo ella.

—¿Eh? ¿Por qué?

«¿Por qué no amanecí muerto?» pensó Fushiguro. Necesitaba desaparecer en ese preciso instante.

—Porque…

Nobara hizo un círculo juntando el índice y el pulgar, y los penetró con dos dedos de la mano opuesta unas cuantas veces.

Yūji, que de inocente sólo tenía la cara, dejó escapar una risa nerviosa, pausada y poco audible.

Tras unos segundos en silencio, cada quien volvió a lo que restaba de sus almuerzos.

Entonces, la actitud de Yūji cambió por una más casual y despreocupada, como solía ser de manera habitual. Ahora que había salido el tema de manera indirecta, podría preguntar lo que Sukuna no respondió.

—Oye, Fushiguro, ¿duele que te lo metan por detrás?

Nobara casi escupe su bebida por la casualidad con la que todas esas palabras se juntaron. Sólo Yūji era capaz de tratar esos temas como si se tratara del clima, en lugar de esperar a un ambiente más privado.

Fushiguro se atragantó. No pudo contestar porque tosía de forma violenta. Su cuerpo estaba negado a dejar que la comida ingresara por el ducto equivocado.


Fushiguro le hizo una señal con los ojos a Sukuna.

—¡Muévanse! ¡No tenemos todo el día! ¡¿Piensan que los dejarán pasar en las eliminatorias por sus lindas piernas?! ¡Tienen trabajo que hacer!

Gracias a Sukuna, no se sentía la ausencia de Tōdō.

Los chicos salieron, con excepción de Fushiguro, que retuvo a Yūji por el hombro, dejando que los demás se adelantaran.

—¿Sucede algo?

—Lo que preguntaste en el almuerzo —inició, con un par de ojos serios buscando honestidad en su compañero—. Tú… ¿Gojō-sensei te ha estado presionando de alguna manera? Para tener sexo —aclaró. Avanzarían más rápido siendo directos.

Las clases anteriores estuvo preocupado por eso. No había forma de que Yūji se cuestionara ese tipo de cosas. No si llevaba tan poco tiempo en una relación con alguien. A menos que ese alguien fuera Gojō, claro está. Y porque los conocía a ambos, no podía dejar que su mejor amigo fuera manipulado de ninguna forma.

Quizá estaba sacando conclusiones apresuradas. Esperaba, de todo corazón, que sólo fuera eso. Una estúpida conclusión apresurada.

Yūji fue tomado con la guardia baja. Una serie de recuerdos poco gratos lo apuñalaron por la espalda.

Su semblante no desplegó un viento decepcionado, triste o turbado. Era vacío, distante, como las corrientes que vagan por un lugar desolado y perdido en el tiempo.

Fushiguro estuvo a punto de agregar algo más, pero fue interrumpido por una sonrisa triste.

—No. Sólo fue curiosidad. —Le sentó mal mentirle. Pese a no desear incomodar con sus problemas, tampoco pretendía perder su confianza—. Bueno, en realidad, sí lo ha mencionado….

—Itadori.

—Entonces —ignoró al otro y continuó hablando—, me quedé pensando en muchas cosas. Como si dolía o no, o si…

—Itadori. —Esta vez, lo tomó por los hombros para captar su atención, pues el chico le hablaba al piso—. ¿En verdad quieres hacerlo con Gojō-sensei?

Yūji asintió.

—¿Por voluntad propia?

—Es lo único que puedo hacer, ¿no? —respondió, luego de un minuto entero de silencio—. Sé dónde estoy parado. Yo, aunque quisiera, no puedo casarme con él ni adoptar. Ninguna ley lo permite. Para personas como nosotros sólo queda eso, ¿no es verdad? Así que…

Fushiguro lo interrumpió al darle un golpe en la cabeza con el canto de la mano, sin la fuerza necesaria para hacerle daño.

—Idiota. No tienes que hacerlo sólo por eso. —Confiaría en él. Tenía sus reservas y no lo veía muy convencido, mas no era su madre y no podía estar tras él para decirle qué hacer o qué no. Así que haría lo mejor como amigo—. No puedes correr tras él todo el tiempo para alcanzarlo. Él también debe aprender a esperarte. No es unilateral. ¿Entiendes?

Yūji asintió de nuevo. Su interior pasó de ser un mar agitado que rompía olas furiosas contra los peñascos, a una marea baja y de mayor quietud.

—Esta vez concuerdo con Kugisaki. Hay más gente en el mundo, sabes —finalizó Fushiguro, citando las palabras más sabias del almuerzo de ese día.


—Tenía la esperanza de que cambiara un poco —dijo Fushiguro, recargando los antebrazos en el respaldo de una de las sillas del comedor—; de que quisiera hacer las cosas bien con Itadori, justo como dijo que lo haría.

Del otro lado de la mesa se hallaba Gojō, trabajando en su laptop antes de que Nanami comenzara a presionarlo con los reportes de fin de mes.

—Métete en tus propios asuntos, Megumi —respondió, desganado, apenas alcanzando el tono necesario para considerarse amenaza.

—Así como usted no se metió en mis asuntos con Sukuna, ¿verdad? —Recibió la mirada de Gojō por encima de los anteojos—. No se preocupe. No me voy a inmiscuir… demasiado. Sólo lo necesario para asegurar que nada le pase a un buen amigo.

En cualquier instancia, Gojō no habría dudado en amenazar a Fushiguro o sacarlo del camino a la fuerza; sin embargo, el asunto central era Yūji, su Yūji, quien aún no le dirigía palabra o mensaje alguno. Cada vez se ponía más y más ansioso sólo de pensar que lo suyo había llegado a un punto de no retorno.

Por otro lado, Fushiguro era astuto y analítico, así que no debía dejarse intimidar o asumir que conocía todos los detalles. Confiaba en que Yūji no soltaba la lengua con facilidad. Ni siquiera a él se lo ponía fácil.

Dejó los anteojos de lado. Se sobó el puente de la nariz y se recargó en el respaldo.

—¿Qué te dijo?

En lugar de contestar, expresó sin reparos lo que pensaba.

—No necesita saberlo. Si Itadori en verdad le importara, no lo habría presionado hasta ese punto. Yo le advertí que Itadori no era un juguete y si sólo lo quiere para eso, no me voy a quedar de brazos cruzados.

»Por desgracia, sé que yo solo no puedo hacer nada, pero si Itadori accede a testificar, sería un asunto diferente.

—¿Qué estás…?

—Tal vez para usted sea conveniente lidiar con huérfanos que no cuentan con ningún otro pariente (lejano o no), pero él… Ellos no están precisamente solos y desamparados.

Gojō entendió por dónde iba el asunto. En una denuncia formal, Yūji tenía todas las de ganar. No sólo porque le faltaban dos años para cumplir la mayoría de edad en Japón, sino por su condición como estudiante.

Además, tenía testigos: Fushiguro, Sukuna, Nobara. Desconocía si había más. Sin mencionar que, en el caso de que pudieran poner de su lado a alguien como Nanami, las cosas acabarían jodidas para él.

Tenía dinero y nexos con el bajo mundo. Nanami también. Era seguro que Fushiguro desconocía eso último, pero sus instintos de autopreservación cada vez eran mejores.

—¿Es todo lo que tienes que decir? —Sus expresiones se mantuvieron imperturbables. No podía hacer nada que lo pusiera en desventaja.

Fushiguro asintió, ligeramente frustrado por no doblegar ni un centímetro a Gojō.

Caminó en dirección a su recámara. Gojō suspiró de forma lenta y pausada al oír a la distancia una puerta de pisos superiores.

«A veces siento que tomarte como trofeo fue un error. ¿Debí matarte cuando pude o simplemente abandonarte?» divagó para sus adentros.

Otra voz interrumpió sus pensamientos.

«Todavía estás en buen momento para…»

—A ti te dije que no quería volverte a escuchar —musitó, soportando las ganas de gritar y mandarlo al carajo—. Jódete.

El ambiente quedó en silencio sepulcral.

Se miró la mano derecha, vendada desde los dedos hasta la muñeca. Bajo ésta, había algunos puntos quirúrgicos. Dejarían cicatriz. Le servirían como recordatorio.