CAPÍTULO LII

Yūji y Uraume esperaron fuera de la sala de operaciones. Ella fue tratada sin problema alguno, tenía apenas unos moretones en los brazos; la nariz y el labio se curarían por sí solos. Vestía una sudadera y un pantalón corto asegurado con el cinturón hasta el último orificio. Todo de Yūji.

Al cabo de dos horas sentados en silencio —Yūji seguía molesto con ella por no decir una sola palabra—, salió a su encuentro un médico pasante, quien, al notar el parecido del chico de afuera con el de adentro, dedujo lo obvio.

—Tu hermano se encuentra estable —anunció por acto de humanidad—. Yo debo ir a reportar al banco de sangre las unidades no utilizadas. —Cargaba en un recipiente de poliestireno expandido geles congelados y una unidad de sangre—. El doctor a cargo explicará los detalles al salir.

Se retiró y no lo volvieron a ver.

En cuestión de cuarenta minutos más, Yūji fue citado en la habitación donde descansaba Sukuna junto a un monitor cardíaco y una cánula nasal para administrar oxígeno suplementario.

—Soy el Doctor Tenma. Mucho gusto —se presentó.

—Itadori Yūji. —Hizo una leve reverencia.

—Puedo suponer que el muchacho es tu hermano.

—Sí, somos gemelos —contestó, aliviado por ver al otro vivo.

—Ya veo. Verá, joven Itadori, por lo general, las costillas sanan entre seis y nueve semanas después de una ruptura —comenzó con la explicación en un lenguaje que cualquier persona pudiera entender—. Sin embargo, una de ellas perforó el pulmón de tu hermano y tuvimos que intervenir. Por suerte no fue demasiado profundo y llegaron en buen momento. Suturamos una de sus piernas; era una herida muy profunda, estuvo a pocos milímetros de cortar una arteria.

»Sus funciones son normales. Los rayos X no mostraron ninguna otra fractura y la tomografía reveló que su cerebro está en orden, por lo que la herida de la cabeza fue únicamente externa. Se estabilizará sin problema alguno en cuanto se le pase la anestesia. Aun así, tendrá vigilancia constante por veinticuatro horas como parte del protocolo y por si llegara a ocurrir un contratiempo (cosa poco probable).

»No obstante, el deterioro pulmonar indica que ha estado en contacto con sustancias como el tabaco. ¿Sabe algo al respecto?

—Nuestro abuelo era fumador. —Miró a su hermano con un apósito en el ojo y otro en la mejilla, una venda rodeando la frente y cubierto con sábanas blancas hasta las clavículas.

—Comprendo. —Como resultado de la exposición, supuso que eran fumadores pasivos— Ahora, por favor, sígame hacia el área de atención. Una de nuestras enfermeras tomará los datos del paciente, se le proporcionará un documento con los detalles recabados de la intervención seguido de un diagnóstico y una hoja de instrucciones precisas con los medicamentos que debe conseguir en farmacia.

Yūji asintió. Llenó todos los papeles que le dieron y esperó a que le hicieran entrega de otros más.

—Todo listo, chico —dijo la señorita que lo atendía—. Sin embargo, no te puedo hacer entrega de nada hasta que se cubra la cuota del laboratorio y de la operación.

—Pero el seguro estudiantil debería estar activo.

—Oh, lo está. No te preocupes. El problema es que me marca que sólo cubre enfermedades estacionarias (tos, gripe, infecciones estomacales) y accidentes ocurridos en horario escolar.

Yūji no necesitaba ser un genio para saber lo que ello significaba. Llegaron en mitad de la noche.

—Aceptamos cualquier forma de pago —continuó ella—, efectivo, tarjeta de crédito o débito… Oh, en caso de ser tarjeta de crédito necesita venir el titular a hacer el pago, ya que es necesario su hanko en el recibo.

—Entiendo —dijo sin muchas energías—. Gracias.

—Al contrario, para servirte. —Puso la mejor de las sonrisas para intentar animar al muchacho.

Yūji volvió hacia el recibidor, donde esperaba Uraume a sus padres. No tenía mucho de haberlos llamado; llegaron en cuestión de minutos. Ellos le agradecieron los cuidados que había tenido con su hija antes de retirarse.

En la habitación de Sukuna, marcada con su apellido bajo el «308» a un lado de la puerta, Yūji tomó asiento, acompañado por el constante pitido del monitor cardíaco. Planeaba pasar la noche allí. Entrelazó las manos sobre las piernas y fijó la mirada en el suelo bajo sus pies.

—Eres una verdadera molestia, sabes —habló en voz baja y carente de su usual viveza, en total desconocimiento sobre si su gemelo podía escucharlo o no—. Nunca me cuentas nada y siempre te metes en problemas.

»¿En verdad confías más en Uraume que en mí? ¿No se supone que estamos juntos en esto? —sonó como reclamo. En mejores condiciones lo habría sido, pero estaba cansado y sus palabras parecían más un eco en el vacío, que en oraciones cargadas de algún sentimiento.

»Dime, Sukuna, ¿mínimo me ves como tu hermano? ¿O como algo cercano a eso?

La tristeza le estrujó el pecho. Era mejor que Sukuna siguiera sedado. No estaba seguro de querer escuchar esa respuesta. Sin mencionar que no sabía de dónde rayos sacar el dinero.

Si tomaba parte de los ahorros que les dejó el abuelo, no tendrían modo de cubrir uno o dos años de la universidad de Sukuna. O eso concluía por mera especulación, porque no tenía idea de los cálculos que el otro llevaba.

Bostezó.

Podrían discutirlo a la mañana siguiente.


Sukuna abrió los ojos con ganas de volverlos a cerrar, así que lo hizo.

—¿Vas a contarme qué hiciste para terminar así?

Esa jaqueca con voz y entidad corpórea sólo podía ser Yūji. Frunció el entrecejo, relajándose al instante en que percibió dolor.

—Métete en tus propios asuntos —respondió, la garganta raspó en cada palabra.

—Este es mi asunto, Sukuna —exclamó, acercándose a la camilla para quedar dentro del rango visual contrario—. Volviste inconsciente a la casa sólo porque Uraume te cargó de regreso y da gracias que no se te vació toda la sangre en el trayecto. ¿En qué te metiste esta vez?

Sukuna guardó silencio. No tenía la intención de contarle nada.

Yūji conocía su terquedad de primera mano; lo exasperante y lo ingrato que podía ser, sin sentir el más mínimo remordimiento.

—Bien. —Exhaló, cansado por la pésima noche que tuvo y porque no estaba dispuesto a mendigar explicaciones—. Si quieres seguir haciéndote el místico, pensar que soy un cero a la izquierda y creer que estás mejor solo, entonces, te dejaré solo. —Se levantó con dolor por haber dormido sobre una silla en una pésima posición—. Con permiso, Su Alteza. Necesita reposo.

No dio un portazo al salir porque sería grosero hacer un escándalo en un hospital.

Volvería a casa y lo último, en la vida, que haría por Sukuna, sería sacarlo de allí. Que se las apañara él solo con la recuperación, la graduación, la universidad y lo que fuera que viniera después.

Eso era el colmo.

Sacó su celular para ver la hora. Pasaba del medio día. En las notificaciones vio llamadas perdidas de Gojō. No las escuchó porque puso el dispositivo en silencio desde que llegó al hospital.

Al revisar el historial, encontró una llamada cada hora desde las ocho de la mañana. Coincidía con el horario en que les daban un par de minutos para estirarse en lo que los profesores cambiaban de aula.

También revisó los mensajes.

Gojō Satoru

Yūji, Yūji. No te vi en la escuela. (´ー`)

¿Te encuentras bien? ¿Quieres que vaya a verte acabando las clases?

¿Te llevo algo? (。•́︿•̀。)

«Quiero verlo». Fue el primer pensamiento que tuvo al leer eso.

Itadori Yūji

Quiero verlo sensei (●´⌓`●)

A los pocos minutos, junto al cambio de aula, entró la siguiente llamada.

Te juro que si faltaste porque no terminaste la tarea, no te la voy a perdonar tan fácil —dijo Gojō en tono bromista del otro lado de la línea. Al no escuchar una risa o respuesta inmediata, dejó de jugar—. ¿Yūji?

A-Ah, siento haber tardado. Yo… Me tomé mi tiempo para escuchar su voz.

Encantadora, ¿cierto?

A veces. Después de un rato se pierde la magia.

¡Hey!

Yūji soltó una pequeña risa, más forzada que alegre.

¿Sucede algo, mi chico?

Suspiró pesado antes de contestar. ¿Por dónde empezar?

Verá… —Vio a Uraume cruzar las grandes puertas de cristal del hospital. Ella pasó a su lado y saludó con la cabeza, sin detenerse. Seguro iría a ver su hermano—. Anoche…, Sukuna llegó bastante mal a la casa. Llamé una ambulancia y tuvieron que operarlo. Hace poco despertó y tuvimos una discusión, así que…

¿Sigues ahí?

¿Eh?

En el hospital. ¿Me estás hablando desde el hospital?

Sí. ¿Por qué?

Mándame tu ubicación.

Esto…

Por mensaje. Yo ya no tengo otras clases por el resto del día. Iré a recogerte, ¿está bien?

Sí. De acuerdo.

Gojō colgó apenas escuchó eso y Yūji activó el GPS del celular para poder enviar lo que le pidió.

Esperó en una banca fuera del hospital. Cuarenta minutos después, identificó el auto de Gojō a la distancia, el cual, bajó la velocidad hasta detenerse delante y prendió las intermitentes a la espera de que el chico subiera.


Uraume entró al cuarto 308, con una mochila distinta a la escolar, en la que cargaba un montón de comida.

—Mis padres querían venir personalmente a agradecer, pero me las arreglé para traerle esto en su representación, Maestro.

Sacó las cajas de bentō que Sukuna conocía bien.

—¿Has dicho algo? —preguntó, intentando incorporarse por cuenta propia para comer. Tal vez era por la pérdida de sangre, pero se sentía capaz de devorar una vaca él solo.

—Tuve que decirle a mis padres que nos asaltaron y me acompañaron a la estación de policía a poner una denuncia.

—¿Cuántos nos asaltaron? —inquirió, para manejar la misma historia que Uraume y no levantar sospechas.

—Ocho.

—¿Estaban armados?

—Sí. Yo no me resistí. Fue mi maestro quien me salvó y salió herido en el proceso.

—¿Mismo lugar?

—Sí.

—¿Hora?

—Cerca de las ocho. Como me noquearon, desperté cerca de media noche. Todos estaban en el suelo. Busqué a mi maestro y lo llevé a casa porque era el lugar más cercano que conocía. Revisé sus bolsillos (lo siento), abrí la puerta e Itadori Yūji fue el primero en vernos. Llamó a una ambulancia y así llegamos aquí.

—Perfecto. Me gusta esa historia. ¿Más detalles que deba conocer?

—Ninguno.

—Servirá para cualquiera que pregunte.

—¿Literalmente, cualquier persona?

—Hmm. —Buen punto. Odiaba que su nombre estuviera de boca en boca—. Profesores, Megumi, Yūji y quien sea que te insista más de diez veces.

—Entendido.

La realidad era que, pese a no haber vuelto al Jardín de las Quimeras, sí tomaron partido en las disputas de territorio. El dinero fácil siempre era bienvenido.

No obstante, el día anterior, llegaron sujetos con armas largas sólo por ellos dos. No se parecían en nada a los que habían enfrentado hasta ese momento. Lucían mucho más adultos, malencarados y todos tenían en el mismo brazo el tatuaje de un tengu de alas negras que sostenía una espada con los dientes.

A Uraume la inmovilizaron dos de ellos.

«El asunto no es contigo, cariño» le habían dicho.

Cuatro más encararon a Sukuna.

«Pero tú no le gustas al jefe» fue la sentencia con la que todo inició.

Si hubieran tomado turnos, uno por uno, Sukuna habría tenido una oportunidad, pues los contuvo un par de minutos.

Por primera vez en mucho tiempo, aparte del bastardo de Gojō, se sintió retado.

Eran demasiado diestros y por un instante dudó que tuvieran la intención de dejarlo vivo. Fue como lidiar con cuatro clones suyos que adquirieron más experiencia en combate en menor tiempo, sin contar con la ventaja que ellos tenían sobre la situación: armas blancas; uno llevaba una jodida katana.

Se tuvo que reír por lo absurdo de la situación, cosa que al tipo de la katana no le gustó mucho y se la atravesó de lado a lado en el muslo.

Aparte, él acababa de salir de una pelea, se encontraba desgastado.

«Que sea la última advertencia que recibes» fue lo último que escuchó antes de perder el conocimiento por las hemorragias internas.


Al encontrarse en un restaurante, cuyo eslogan prometía comida casera, Yūji pidió tonkatsu, sopa miso y arroz acompañado con huevo y soya. Era su segundo menú.

A Gojō le parecía muy entretenido verlo comer. De repente, masticaba con desgana, los ojos perdidos en el plato; luego, se pasaba las cosas con furia, el entrecejo fruncido, sentenciando a los palillos a no quedar en el camino de sus dientes o perecerían en su estómago con el resto de alimentos.

De ira a tristeza. De tristeza a ira. Yūji iba y venía como un péndulo.

Al finalizar, el chico advirtió la intrigante mirada de su novio, como si pudiera verla tras los lentes oscuros.

—¿Me ensucié la cara? —Tomó una servilleta de papel para limpiarse.

—Estoy esperando el chisme.

Yūji entrecerró los ojos.

—Se le están empezando a pegar las malas mañas de Fushiguro.

Gojō se llevó una gyoza a la boca. Para él era muy temprano para comer, no así para su pareja, quien ni siquiera había desayunado.

—Pero… —exhaló Yūji, cansado y fastidiado. Necesitaba un respiro—, la verdad es que no sé qué hacer con él.

—Hablas como si fueras su padre.

El chico sonrió de medio lado, no porque fuera divertido.

—Después de lo del abuelo, creí que podríamos ser más… Bueno, no importa. Sólo estoy ahí cuando le conviene.

—¿Por qué lo dices?

—Porque cuando necesita algo sí hay un Yūji al cuál llamar, pero cuando yo quiero acercarme… —Encogió los hombros—. Nada. No hay nada.

—¿Nunca has pensado que podría ser su forma de protegerte?

—¿Protegerme de qué?

—Quién sabe. Pero si no tienes idea, sentirá que lo hace bien y eso le bastará, aunque te enojes o hagas berrinche.

«Yo lo haría por eso» pensó, ocultando el fastidio que le producía ser similar a Sukuna.

—¿Tiene hermanos, sensei?

—No. Soy hijo único.

—Pues asimila muy bien estos temas para ser hijo único.

—Por supuesto, soy increíblemente empático y maravilloso.

—Y humilde —agregó con una fatídica ironía. Aborrecía cuando su novio se ponía así de pesado, pero tampoco lo detestaba. Ayudaba a cambiar de aires y buscar otro tema de conversación. Fomentaba la improvisación.

—No tuve hermanos, pero hubo alguien que fue como uno para mí.

Yūji prestó atención. El pasado de Gojō le producía un interés inusual, pues no sabía nada al respecto.

—Mi primer y único… —Un gesto cálido y nostálgico le coloreó las facciones.

Yūji tuvo un extraño sentimiento. Era incómodo. No lo había experimentado antes. No era nada grato.

—¿Cómo se llama?

Gojō mantuvo unos segundos de cavilación. Sólo su nombre no debería ser ningún problema.

—Suguru.

—Es la primera vez que lo escucho hablar de él.

—Es un poco un tema tabú.

—¿Eh? ¿Por qué?

—Nanami.

—¿Nanamín lo conoce?

Ufff, si supieras.

En los ojitos de Yūji veía una emoción tan grande, que casi le resultaba doloroso romperla después de lo atribulado que se veía por el asunto de su hermano.

Extendió el dedo meñique.

—Antes de seguir, tienes que jurarme que ni un nombre ni una palabra va a salir de esta mesa. No le podrás contar esto a nadie. Y cuando digo nadie, no hay excepciones. Tú y yo. No hay más.

—Se lo juro. —Sostuvo el meñique de su novio con el propio, sellando la promesa del yubikiri.

Gojō asintió antes de proseguir.

—Nanami no sólo lo conoce. Tuvo historia con él. Un romance muy dramático, si me preguntas.

—¡¿Hah?! —Abrió los ojos de par en par.

Un mesero que pasó cerca se aclaró la garganta. Yūji cayó en cuenta del grito que dio y se disculpó, apenado.

—¿Nanamín es gay? —habló en un tono que rivalizaba con los susurros de los ratones.

—Tiene casi cuarenta y sigue soltero. ¿En verdad no lo viste venir?

Yūji agitó la cabeza.

—Es la última persona de quien hubiese pensado que lo sería.

—Su caso en particular es el que te hace pensar en lo cruel e injusto que es el destino: le agradan los niños, su sueño era formar una familia y sólo le van los hombres. —Inhaló por la boca en un gesto sorpresivo—. Sabes, apenas caigo en cuenta de que Nanami es un asaltacunas.

—¿Cómo así?

—Suguru es de mi edad. A los quince empezó a salir con Nanami. Y Nanami es siete años mayor que yo.

«También es un gran asesino. Me enseñó todo lo que sé. Desde técnicas y anatomía, hasta manejo de armas y métodos de limpieza» complementó para sus adentros.

—Y, ellos dos, ¿por qué terminaron? —Tal vez se estaba involucrado demasiado en algo que no debía, aunque su inquietud tenía otro enfoque—. ¿Esos siete años de diferencia fueron parte del problema? ¿O algo así?

«¿Por qué eres tan adorable?» cuestionó para sus adentros, viendo como el chico dirigía una mano al cuello y fingía no temer que ellos pudieran acabar igual al llevarse casi el doble de edad.

—Para nada —respondió—. Fue por la adicción de Nanami a la cocaína.

A Yūji se le cayó la mandíbula. Quedó mudo y parpadear fue lo único que pudo hacer mientras asimilaba el caso.

—Es un poco increíble pensar que el Nanamín que conozco sea el mismo que acaba de describir.

Gojō conocía bien las razones por las que Nanami había terminado como lo hizo. Sin embargo, los detalles pondrían alerta a su muchacho y no planeaba contarle nada de su formación en la yakuza. Era algo que se llevaría a la tumba.

—Eso explica por qué cuida tanto de Sukuna —dijo Yūji—. Debe temer que haga cosas como las que él hizo de joven.

—Oh, ¿comprendes eso?

—Lo he visto en películas. —Se encogió de hombros, restándole importancia.

Hicieron una pequeña pausa para pagar la cuenta y volver al carro. Una vez en éste, Gojō posó una mano sobre los cabellos de su novio, dedicando un suave masaje en un intento por relajarlo.

—¿A dónde quieres ir? ¿A casa o…?

—El hospital.

—A la orden —canturreó.

—De hecho —detuvo la mano opuesta antes de que pudiera poner el auto en marcha—, h-hay una cosa más de la que quiero hablarle.


—Necesito que ponga su sello en la parte de abajo de esta hoja y esta otra —explicó la mujer, poniendo dos papeles sobre la barra que la separaba de Gojō—. Una es para usted y otra para los archivos del hospital.

A Yūji le sentó terrible pedirle que pagara la deuda, pero era el único adulto que conocía, al que podía recurrir y que no buscaría interrogarlo o ponerlo incómodo con un sermón.

Cuando Gojō regresó al área de espera, donde Yūji se hallaba sentado, le entregó los papeles con los detalles del ingreso de Sukuna.

—Gracias.

—Ni lo menciones. Haría cualquier cosa que Yūji me pidiera —su voz se agravó justo después de eso—, pero, ¿sabes en qué se metió tu hermano para acabar así?

Yūji negó con la cabeza.

—No suelta una palabra. Mucho menos lo hizo Uraume. Es por eso que me preocupa.

—Si a ti no te dice nada, mucho menos lo hará conmigo. —Una risa maliciosa se hizo presente en la conversación antes de continuar—. Pero conozco a alguien que podría sacarle todo. —Extrajo el celular del bolsillo y seleccionó a una persona de la lista de contactos.


—¿Cuál es la condición de Sukuna? —demandó saber Fushiguro al subir a la parte trasera del auto.

—Excelente, Megumi. Hospitalizan a la gente sin motivo alguno hoy en día. —Condujo de vuelta hacia donde yacía el delincuente ese.

—Está bien, está bien —interrumpió Yūji, girándose en una posición incómoda para ver a su compañero desde el asiento del copiloto—. Un poco maltrecho, pero ya sabes: hierba mala nunca muere. Lo van a dar de alta mañana, así que tendremos al diablo en la Tierra otro buen rato.

Fushiguro no argumentó nada en contra.

—Sin embargo —añadió Yūji—, quiero pedirte un favor.

—Habla.

—Sukuna no quiere decirme cómo acabó en ese estado y…

—Quieres que le saque información y te lo cuente.

—¡Como era de esperarse de Megumi! Tan inteligente, me enorgullece —agregó Gojō con el dramatismo digno de un padre.

—Por favor, Fushiguro. Eres la única persona a la que él trata como ser humano.

Fushiguro se recargó por completo en el respaldo del asiento. Pretendía cuestionar a su amigo respecto a cómo fue que Sukuna acabó en el hospital. Sabía que el tipo era reservado y discreto, aunque eso rayaba la ridiculez.

Se le ocurrían un par de cosas por las que su novio podía guardar silencio en una situación así: haber pasado vergüenza en el proceso, haberse sentido débil o humillado, haber terminado así por un descuido personal. Sukuna no contaría una historia donde él fuera un protagonista inútil o débil.

—Haré lo que pueda, pero no te garantizo nada. Tienes un hermano muy especial. —No había una connotación positiva en esa palabra.

—Lo dejo en tus manos.

Dejaron a Fushiguro en el hospital. Gojō llevó a Yūji a casa para que se diera un baño y descansara.


Sukuna giró el rostro cuando escuchó la puerta abrirse.

Fushiguro llevaba encima el conjunto deportivo de la escuela. En lugar de ir directo hacia su pareja, se paró frente al monitor cardíaco.

—Siempre me pregunté si tenías corazón. Es bueno saber que hay algo en su lugar que late.

—Tan romántico como siempre. Me encanta.

Para ninguno de los dos fue fácil ignorar que el pulso de Sukuna se incrementó cuando Fushiguro hizo acto de presencia. Si no dijeron nada al respecto fue porque sabían que el ambiente se pondría incómodo.

—¿A quién hiciste enojar para acabar así? —Se sentó en la camilla, quedando al alcance de Sukuna, quien no dudó en echarle una mano a la cintura—. ¿Un jefe yakuza, acaso?

—¿Quién diría que podrías ser tan perspicaz? —le siguió el juego—. Pero los mortales comunes y corrientes no pueden leer mentes. Así que comienza a hablar, Megumi. ¿Qué clase de criatura eres?

—Esa información no necesita saberla un mortal común y corriente.

—Es una suerte que yo no lo sea.

—Entonces ya sabes qué soy.

«Mi perdición», palabras que Sukuna no dijo.

Recibió los labios de Fushiguro con la misma frescura con la que un inmortal errante prueba el agua en mitad del desierto.

Fushiguro continuó besando la mejilla y el cuello. Encontró el característico olor del sudor de su amante. No era asqueroso ni penetrante, era el tipo de esencia a la que se había acostumbrado por la cantidad de veces que compartieron las sábanas y el cuerpo.

Al separarse, llevó una mano al rostro ajeno, pasando los dedos sobre los apósitos.

—Esto te pasa por dejarme un ojo morado.

—Así que fue tu culpa, eh. ¿Qué clase de brujería usaste?

—Karma —le susurró al oído. Después, besó la zona en la que iniciaba la mandíbula.

—Andas muy cariñoso. ¿Acaso también tienes un fetiche con los heridos?

—Es un servicio especial y como no mantengas la boca cerrada, te lo cobro.

Transcurridos unos minutos continuaron con la charla, esta vez, como personas decentes que no pretendían devorarse.

—¿Y bien? —Fushiguro fue el primero en hacer uso de la palabra, siendo claro y directo. Cualquiera que no lo conociera, aseguraría que se hallaba molesto—. ¿Vas a decirme cómo acabaste así? ¿O fingimos que tu intento de transmigrar a un mundo de magia y fantasía falló porque el camión frente al que saltaste alcanzó a esquivarte?

Sukuna suspiró, cansado.

—Parece que no me voy a sacar a nadie de encima si no comienzo a hablar.

Acto seguido, le contó la versión planificada con Uraume. El monitor cardíaco jamás se exaltó y Fushiguro se tragó la historia pues concordaba con una de sus teorías donde el complejo de Dios de Sukuna se veía comprometido.