¡Hola, sempais! Bueno, Estaba viendo Eragon hace unos días y me quedé con la espinita. La verdad, este es mi tercer intento con una historia de dragones, pero por las prisas no sé qué tan bien parada haya quedado. La buena noticia (para mí, al menos) es que finalmente se me dio, jaja. Espero que lo disfruten.

Disclaimer: Naruto no me pertenece en lo absoluto. Esto tiene un fin para entretenerme a mí y ustedes. Además, por mucho que mencione Eragon sólo tiene la base de un dragón comunicándose mentalmente con su Jinete.

Advertencias: Yaoi, súper (en serio demasiado) OoC, AU, probables errores de redacción, lemon (?), final ambiguo y un par de cosas raras (como la elección para la dragona), la neta.

Cosas a tener en cuenta:

1) "Pensamientos de Sasori"

2) Diálogos de Konan


Fic dedicado a sasori-fushiguro, porque últimamente veo mucho ItaSaso gracias a ella. Ojalá te guste mucho.


If I could tell him

Well, he said
There's nothing like your smile
Sort of subtle and perfect and real
He said
You never knew how wonderful
That smile could make someone feel

—Ben Platt.

I

Un soldado lo pateó detrás de las rodillas, obligándolo a caer sobre la piedra fría y dura. El taheño ahogó un gritito mordiéndose los labios con fuerza, especialmente cuando sujetaron los rizos de su frente y le obligaron a levantar su rostro sucio, hinchado y amoratado.

Su mirada —avellana a la luz de un par de antorchas— se clavó inmediatamente en la esbelta figura del príncipe Itachi, heredero de Konohagakure. Durante un segundo, el prisionero dejó de respirar. Igual que todos en los Países, había oído muchas veces sobre la belleza —casi— andrógina que poseía el Uchiha: sus delicadas facciones enmarcadas por finos cabellos negros, los labios sensuales, larguísimas pestañas y porte distinguido; no obstante, Sasori jamás se imaginó tal criatura, la más divina sobre quien hubiera puesto sus ojos alguna vez.

Gruñó cuando el guerrero tiró más de su fleco, como si mostrara orgulloso a un ladrón recién apresado. Deseó revolverse y escupirle esa mezcla de saliva, tierra y sangre que inundaba su boca desde hace un par de días. ¡Ni siquiera había razón para ello! El elfo seguramente no podía ver su rostro o sus rojizos mechones, aunque éstos eran besados por el fuego.

Los irises del pelinegro, inconmovibles y opacos, siguieron hundidos en la nada. Sólo tras unos segundos, el moreno bajó su rostro, pestañeando rápidamente. Daba la impresión de que quería enfocarlo bien y, si la situación donde estaba no hubiera sido tan precaria, el Akasuna seguramente se habría reído.

¡Al demonio con eso! ¿Qué tanto podría empeorar?

—¿Te gusta lo que ves? —Preguntó, siseando las palabras en un acto de valentía (o, quizá, estupidez).

Ante su descaro, el soldado le azotó un puñetazo en la sien. El pelirrojo, cuya sorpresa le robó otro gemido involuntario, cayó de costado. Las punzadas no se hicieron esperar, acompañado del líquido caliente y viscoso que embarró sus cabellos donde le pegaron. Su visión se tornó cristalina durante un segundo antes de ahuyentar las humillantes lágrimas que amenazaban con traicionarlo.

Itachi se hincó a su lado, absteniéndose de decir palabra alguna. El rumor de la seda contra la roca fue lo único que alcanzó a oír mientras el Uchiha extendía su brazo y acariciaba su pelo. Con las manos atadas a la espalda y sus tobillos inmovilizados también, Akasuna no tenía oportunidad de hacer otra cosa además de girar la cabeza para quitárselo de encima

—Perdona —se disculpó el moreno, tomando a Sasori desprevenido—. Necesitaba asegurarme. Nos han traído hombres y mujeres con el pelo teñido. Cuando son falsos, la textura es diferente: muchas fórmulas dejan el pelo atrofiado, seco, enredado e incluso se cae al mínimo contacto.

Hablaba de forma sosegada; su voz, profunda y grave, mandó unos —no tan desagradables— estremecimientos a lo largo de su cuerpo.

"Lo sé." Pensó Akasuna, saboreando la amargura de un recuerdo que prefería olvidar, así como la infinita tristeza de rechazar lo único que tenía de su padre. "Intenté cambiarlo alguna vez."

—Este cabrón fue difícil de coger —bufó Hidan, uno de los cazarrecompensas. Él y su compañero aguardaban al pie de las escaleras—. ¡El muy hijo de perra me rompió la nariz!

—Mi especialidad no es la cantidad, sino la calidad. Un Akasuna —alegó el otro, cuyo rostro se hallaba semi oculto detrás de una máscara. Sus ojos verdes parecían muy complacidos—. De Sunagakure, el País del Viento. El último de una noble estirpe de Jinetes.

Una risa aguda reverberó unos pasos más atrás del príncipe. Sasori vio el rostro blanco de un Schlange, un brujo con aspecto de serpiente. Tenía los ojos amarillos como orina y el cabello grasoso ligeramente atravesado en la frente. El pelirrojo sintió un desprecio inmediato hacia Orochimaru, de quien sabría más adelante su nombre.

—¡Qué exquisitez! —Exclamó, divertido—. Aunque no sea el joven que buscamos, Alteza, será un verdadero deleite convertirlo en su fiel vasallo. Pero —dijo, alargando la última vocal—, ¿cómo probaremos su ascendencia? Las palabras nos sirven poco.

Itachi frunció el ceño y se volvió hacia el de ojos cafés.

—Tu marca de nacimiento, ¿dónde está? —Le preguntó a Sasori con delicadeza. Al taheño, quien presionó los labios en una fina línea, se le revolvió el estómago sólo acordándose de la última vez que, buscándola, le despojaron de todas sus prendas—. Por favor, no quiero ordenarles a mis vasallos encontrarla.

—Está en el interior de su muslo izquierdo —escupió Hidan, jocoso—. Muy lindo, a propósito.

—Calla tu hocico, imbécil —le ordenó Kakuzu, advirtiendo la mueca del príncipe. Éste se levantó.

—Necesitamos corroborarlo.

El soldado que había golpeado al Akasuna se agachó para recogerlo, poniéndole el brazo alrededor del cuello una vez que estuvo de pie. Dos sirvientes se acercaron y empezaron a bajarle los pantalones al pelirrojo, quien se agitó como un zorro en una trampa, mostrándoles los dientes y resistiéndose contra ambos. A excepción del príncipe y los dos atribulados vasallos del mismo, los presentes disfrutaban el espectáculo.

Finalmente, luego de algunos segundos (que, a decir verdad, se le antojaron una eternidad), las piernas de Sasori quedaron al descubierto. Ruborizado, vio a Orochimaru acercarse y tocarle la frente. El cuerpo del taheño se inutilizó, quedando flácido al contacto de la magia del más alto.

A pesar de que no tenía control sobre sí, advirtió que le quitaban las ataduras y notó la mano de Orochimaru sujetarle del debajo de la rodilla y levantarle la pierna, inspeccionándola.

Quería rogar que se detuviera.

—Aquí está: un escorpión rojo. Es real, Alteza —anunció el Schlange, pasándose una lengua (exagerada y anormalmente larga) por los labios delgados.

Itachi levantó su brazo e hizo un ademán. Enseguida, uno de sus sirvientes se precipitó hacia los dos cazarrecompensas con una —tintineante— bolsa de piel, donde había una considerable suma de monedas de plata y varias de oro.

—Es un placer hacer negocio con usted, Majestad —profirió Kakuzu, inclinando la cabeza en un gesto de respeto antes de girar sobre sus pies—. Nos retiramos.

—Ya suéltalo, Orochimaru —exigió el Uchiha con una nota de aberración bailando en su tono (la cual no estuvo ahí cuando se dirigió al Akasuna)—. Vamos a llevarlo a la Sala de Eclosión.

II

Había recuperado sus funciones motoras cuando, finalmente, llegaron a una estancia lúgubre e insoportablemente helada.

El Uchiha, con movimientos tan gráciles que desmentirían los rumores acerca de su ceguera parcial, fue hasta el pedestal en el centro. Ahí yacía una piedra brillante, tan grande como la cabeza de un lobo. Tenía un brillo antinatural e impresionante; de hecho, parecía guardar en su interior, miles de galaxias que se reflejaban en la superficie… al alcance de sus manos. Destellos celestes, rosas, dorados y violetas atraían las miradas de los presentes, quienes exhalaron sobrecogidos por el huevo de dragón.

Sasori se estremeció y, finalmente, apartó la mirada de su destino. Pero, ¿era lo que estaba viendo? Oh, sí, ¡claro que sí! La familia Uchiha pagaba recompensas por los de su tipo. Los llevaban al palacio y nadie, nunca más, volvía a saber de ellos. El Akasuna sabía que no importaba si era quien buscaban o no: su vida había terminado.

¿Se arrepentía de mantener su cabello como una señal furiosa, una hoguera ardiente? ¿Lamentaba haber visitado la aldea donde acababa de morir su abuela? Sandaime, el tutor al que la ancianita le encomendó su bienestar, siempre le dijo que necesitaba ocultarse de los guerreros del Fuego, vivir como un espíritu del bosque, un fantasma, un mero susurro del viento.

Él no quería estar ahí, de verdad había cometido un error.

—Por favor, Akasuna, acércate, pon la mano sobre él y dale un nombre —indicó el Uchiha, sin rastro de la supremacía o desprecio que otros hubiesen insertado a los de su calaña—. Todo estará bien.

El pelirrojo sacudió la cabeza, fulminándolo. Resultaba más sencillo encarar al elfo en lugar de la piedra inerte (mientras ésta parecía cantar nanas familiares a sus oídos).

—No lo haré.

—¡Tu príncipe te ha dado una orden, pedazo de escoria! —Gritó el soldado, echándolo hacia delante.

El oji-café se tambaleó, luchando contra la pérdida del equilibrio y lográndolo apenas. Orochimaru lo observaba sonriente e Itachi, quien había torcido los labios, frotó las palmas en la costosa seda de su ropa.

Acariciado por las sombras frías de la estancia, los orbes del Akasuna parecían grises, excepto por el reflejo de la piedra que resplandecía a unos pasos de él y la cual se negaba rotundamente a mirar directo.

—Bueno… hagan lo que se les antoje, pero me negaré cada vez —dijo Sasori, más firme de lo que se sentía. ¡Vaya! Siendo franco, la idea de ser torturado hasta la muerte no le apetecía en lo más mínimo, pero de verdad no quería obedecerlos.

—¿Obligarte? ¡Bah! Podemos arreglar fácil, ¿no, Orochimaru? —Se burló el guerrero, riendo bajo su casco. El sonido se volvió metálico y tan desagradable como el rostro del aludido.

—Lamentablemente, no —contestó—. Él debe tocarlo por su propia voluntad y decir un nombre. Otros lo han hecho sin gran alboroto por la amenaza.

Akasuna respondió entre dientes:

—Yo no les tengo miedo.

Silencio. Ninguno habló durante varios minutos. Luego, el brujo se limpió el rostro y mostró su lengua.

—Todos temen a algo, Sasori.

La respiración del joven se agitó levemente, aunque se irguió tan alto era (no demasiado, para su desgracia) e hizo un mohín, como si fueran los otros quienes vistieran harapos y tuvieran el rostro lleno de costras de suciedad y sangre.

—Sé lo que pasará conmigo después, ya sea si responde a mí o no —articuló, lanzando veneno.

—¿Cuáles son las probabilidades? —Cuestionó Itachi suavemente. Ante el silencio del taheño, agregó—: Escucha, si ella no despierta, volverás a ser un hombre libre. Tienes mi palabra. No te retendré aquí por tu Sangre.

—¿Y si lo hace?

—De todas formas vivirás —intervino Orochimaru—, hasta que la criatura pueda cargar con vástagos suficientes del compañero del rey.

—Jódete —replicó, la palabra brotando temblorosa. Recuperó su fuerza al seguir—. No voy a creer en la palabra de un elfo oscuro. Si otro fuera su alma gemela, tú y tu brujo me esclavizarán cuando me rechace (lo que, siendo honestos, ocurrirá). En el caso absurdo e improbable de que eclosione conmigo, he oído las leyendas, lo que su sufrimiento traería para mí. No seríamos diferentes a ese pobre dragón que ustedes le robaron a ese Jinete, Nagato.

Itachi dibujó una expresión triste, quizá recordando al Uzumaki del cual hablaba.

—Los dragones solamente vienen al mundo para encontrar su alma afín —musitó y (oh, mierda) parecía darle ánimos—. Nosotros ignoraremos si tú eres el elegido hasta que hagas el ritual, te torturaremos para convencerte de acercarte por tu voluntad y la nombres. Será doloroso e interminable. Dime, ¿no prefieres dar un salto de fe? Todo se reduce a esto, Akasuna: un dragón, ¿eres digno de ello?

Las comisuras del pelirrojo, antes abajo, se levantaron.

—Supongo que nunca lo sabrás.

III

Sasori ya no tenía voz para gritar ni lágrimas con las cuales llorar. El tiempo se había vuelto un amasijo deforme mientras él se quedaba recostado sobre una mesa de piedra, observando el techo sin verlo. Ahora su esclerótica estaba negra, infectada con las pesadillas que Orochimaru le obligaba, con su magia, a revivir cada hora durante varios días.

Luego de un considerable número de días (o meses o años, quizá), lo llevaban a la Sala de Eclosión prácticamente arrastrándolo y le dejaban frente al pedestal.

Itachi se hincaba a su lado, tomándole la mano, pidiendo que tocara el huevo y lo nombrara. Sasori se negaba, a juzgar por los nuevos sueños repletos de zozobra, miedo y dolor.

Por fin, un día, se terminó.

La luz que se colaba por la ventana besó sus dedos pálidos y consumidos, le calentó el pecho y rozó sus labios resecos a los cuales, de pronto, alguien llevó una toalla húmeda para refrescarlos.

Akasuna se giró, tratando de impedir que el extraño lo siguiera tocando; no obstante, se quedó helado cuando vio a su derecha al mismísimo príncipe de Konohagakure, cuya aciaga expresión lo desorientó.

El Uchiha, muy lentamente, se apartó.

—No tienes qué responder si no quieres —comenzó—. Tú sabes que sí responderá, ¿verdad?

Sasori, todavía semi atrapado en las alucinaciones horripilantes, hizo un esfuerzo sobrehumano para decir una sola palabra que le rompió el corazón.

—Mátame.

Nada, ni la bendición del cuchillo, ni la frescura del veneno, ni el sofocante pero anhelado abrazo de una almohada sobre el rostro. Eso lo habrían consolado más que los dedos del Uchiha, quien tocaba sus mejillas, produciéndole ligeros escalofríos.

Itachi se inclinó, rozando la oreja del Akasuna con sus labios. El segundo notó que su mano descansaba sobre su pecho, justo a la altura de su corazón.

—Todo estará bien, Sasori. Puedes confiar en mí.

Luego, en lengua élfica, empezó a decir algo que no entendía.

"¿Qué hace? ¿Por qué… se siente tan bien?"

Un latigazo de placer le recorrió desde el pecho hasta la cabeza y la punta de los pies. El taheño dejó huir un gemido —bastante— embarazoso y se tensó como si recién alcanzara un orgasmo que sacudiera cada fibra de su ser, todos los vellos de sus miembros e incluso su alma. Nunca experimentó tanto miedo en su vida, ni tanta paz después de una sensación así de fuerte.

—Te juro que los protegeré a ambos —murmuró Itachi, sosteniendo la mano del pelirrojo y llevándola a su pecho, donde su corazón latía con fuerza—. Puedes tocarme también. Observa mi alma. Y sólo déjame entrar.

El elfo se quejó con voz gutural, como si le hubiera acercado a su entrepierna. La sangre de Sasori conquistó sus mejillas débilmente antes de que el techo de fina madera tallada en hermosas y sinuosas figuras se evaporara, tiñendo la visión del pelirrojo con un horizonte nocturno y pacífico, donde la suave caricia del viento combinado con el perfume del océano lo abrazaba.

La mano libre del Akasuna atrapó un fragmento de tela sedosa, ciñéndola con escuetas fuerzas.

—No te resistas. Confía en mí. ¿Me oyes?

—Dios, haré lo que sea.

Itachi, no obstante, luego de emitir un breve gemido, le quitó la mano del pecho.

Sasori, horrorizado, lo observó.

—Ahora nos hemos jurado uno al otro —dijo el moreno con la voz ronca—. Toca el huevo y dale un nombre.

IV

Miró la figura esbelta y distinguida del príncipe, cuyas sedosas hebras negras como la noche resbalaban por sus hombros. Su belleza era extraordinaria, arrebatándole el aliento a su corazón de artista de una forma incomparable. Leyendo sus pensamientos, la dragona —una magnífica bestia revestida de escamas celestes— volvió su gran ojo con preciosos tonos otoñales hacia el pelirrojo.

—El aire se ha vuelto cálido —dijo Itachi, notando la respiración de Konan—. Me parece… una sensación agradable. Diferente a los bosques.

Así que ha vuelto, ¿huh? Indagó ella a su vez, usando esa nota risueña que empleaba cuando ya sabía la respuesta. El Akasuna, procurando disimular el sonrojo de su rostro, se limitó a acercarse al moreno, quien tenía sus irises opacos clavados en la nada. No te equivocaste.

"Itachi ha cumplido su promesa de cuidarnos." Explicó Sasori mentalmente, sosteniendo la muñeca del más alto. "Pero, tranquila, no bajaré la guardia."

Yo tampoco, admitió la criatura, bufando y agitando los cabellos de los dos con el vaho de su nariz.

Konan veía los dibujos de carboncillo que su jinete hacía durante las noches en vela desde que Itachi, oculto tras la máscara de Susanoo, los liberó de la cueva donde el rey Fugaku los tenía prisioneros. El soberano élfico quería aguardar hasta la adultez de la dragona, juntarla con su compañero y así ganar huevos para mantener el linaje de su familia. Luego de la eclosión, los llevó a lo más profundo de su bosque, rodeándolos de guardias y amenazándolos con destruir al otro para mantenerlos a raya.

Su hijo, no obstante, había visitado al Akasuna para ayudarlo a llegar con los Uzumaki, líderes de la resistencia. Entre las sombras y el fragor de la lucha, Konan apenas tuvo un vistazo del príncipe mientras huían (después de todo, su prioridad era salir de ahí junto a Sasori).

Ahora, luego de unas semanas, el Uchiha finalmente se reunía con ellos.

Ella no sabía, de todas formas, si le gustaba. El taheño lucía cautivado.

Konan gruñó y apoyó una de sus grandes patas sobre la tierra, hundiéndola bajo su peso.

Itachi permaneció estático sin dejarse intimidar.

—¿Qué te está diciendo? —Preguntó, levantando las comisuras de los labios. Sasori lo contempló.

—Se sorprende de que nos alcanzaras —respondió con suavidad.

—¿Algo más?

Si te hace algo, haré desaparecer su linda cabecita de sus hombros.

—Una parte de ella admite que eres atractivo —replicó Sasori, lanzándole una mirada (entre divertida y reprochadora) a Konan.

—Apuesto que la otra parte me amenazó —comentó el elfo como quien no quiere la cosa. Por toda respuesta, el de ojos cafés se rio. Konan agradeció que no tratara de negarlo.

Bueno, sí es tan perceptivo como dijiste.

—La advertencia es de ambos, Uchiha. —La seriedad de su Jinete realmente la conmovió—. Todavía no hay razón para desconfiar de ti, pero a la más mínima señal, te prometo que no vacilaremos.

Itachi asintió, solemne.

V

¿Por qué seguimos aquí, Sasori?

Konan sabía que el taheño ignoraba por dónde empezar a contestarle. Los dos tenían miedo, aunque habían luchado para cuidarse uno al otro durante los meses posteriores a su captura y seguirían defendiéndose hasta la muerte.

"Estamos millones de galaxias aparte", dijo el Akasuna, observando al moreno tendido sobre el pasto seco, durmiendo. Konan levantó su cabeza cuneiforme, parpadeando lentamente. "No quiero ir a la guerra y el mundo me da igual. Pero ahora tengo una deuda con Itachi y él sueña con la paz."

¿Únicamente lo haces por eso?

El corazón del taheño se aceleró de repente. Abochornado, Sasori le dio la espalda, recostado en ella.

Sé lo que piensas cuando él sonríe. Guardó silencio un momento. ¿Por qué no le dices todo lo que yo puedo ver? La forma tan maravillosa que te hace sentir.

"Me voy a dormir."

A pesar de que lo dijera, no logró conciliar el sueño y, tras dar vueltas de un lado a otro, se levantó para caminar en los lindes del bosque. El ulular de un búho y sus pisadas sobre las ramitas fueron su única compañía durante un par de horas. El Akasuna sabía que Konan notaría su ausencia y, seguramente, estaba despierta, alerta a cualquier posible amenaza.

Ella lo quería de regreso, pero no lo obligó a permanecer junto a la fogata y sus chispas moribundas. Los bulliciosos pensamientos eran muy fuertes, así que necesitaba moverse. De todas formas, nada le ocurriría sin que la dragona lo supiera (desde que el huevo se abriera, realmente no existía la privacidad entre ellos, lo cual Sasori a veces lamentaba).

Tras caminar un rato, se detuvo junto a la laguna flanqueada por esos grandísimos árboles que emitían sinfín de aromas y se hincó para mojarse el rostro. Al abrir sus ojos, vio su reflejo iluminado por el velo blanco de la luna, la cual parecía arrojar diamantes sobre la superficie recién agitada con sus manos. Ahí observó las escleróticas todavía negras (el color no se perdió ni siquiera dos meses luego de las torturas del brujo).

Suspiró.

—¿Estás bien, Sasori? —La voz de Itachi lo sacó de sus ensoñaciones. El pelirrojo se volvió hacia él, con sus latidos desbocados.

—¡Dios! Me espantaste.

—Perdona.

"Konan, traidora. ¿Por qué no me dijiste que venía?" Silencio. "¡No pretendas estar dormida!"

No sé de qué hablas.

Akasuna rodó los ojos.

—¿Te desperté? —Preguntó el Akasuna. Su tono no daba pie a pensar que se disculparía si fuera el caso e Itachi, sentándose a su lado, sacudió la cabeza.

—Estaba atento a ustedes —admitió el moreno, encogiéndose de hombros—. Me gusta imaginar las conversaciones que tienen.

Sasori notó que el rostro se le calentaba.

—¿De verdad? —Apretó unas hojitas de pasto—. Ella sólo dice que los hurones están ricos y cosas así. Nada interesante.

Itachi se rio.

¡Hmph! Si pudiera decirle, Sasori. Estoy segura de que me creería más a mí.

—Está bien si prefieres no contarme —dijo de súbito el moreno, jugando con unos mechones de pelo. El Akasuna abrió la boca y la cerró, sin mediar palabra—. No estás… haciendo esto, quiero decir, luchar por mí, ¿verdad?

El pelirrojo volvió sus ojos hacia el agua. En esta ocasión, arrancó el pasto.

"Yo lo haría todo por ti", pensó, aunque no se atrevió a pronunciar nada. En su mente oyó a Konan rezongar. "¿Cómo es que resulta tan difícil?"

—¿Será mejor si no conozco la respuesta? —Preguntó Itachi—. ¿De eso hablas con Konan? ¿De la posibilidad de escapar y dejarme solo? —Un momento de silencio—. No me importaría… despertar y no verlos ahí.

Sasori se volvió, furioso, hacia el Uchiha

—¡Ah! ¿En serio?

—Quizá sólo así estarían a salvo.

"Yo no quiero eso. Quiero estar contigo."

Díselo.

—¡Cállate! Yo te… —las palabras se ahogaron, como animales cogidos en una trampa mortal—... tú… somos parte del mundo también. Me importa. Y te ayudaré a salvarlo.

VI

—El frío es insoportable —dijo el Akasuna, rompiendo las ensoñaciones de Itachi al otro lado de la cueva—. ¿Quieres venir con nosotros?

—Oh, ¿estás seguro?

—No me hagas repetir, Uchiha. Si te invito, lo hago porque estoy seguro. Acepta o rechaza enseguida.

Konan lanzó una risa melódica, pero el moreno ignoraba que se debía al adorable sonrojo de su jinete.

El aludido se levantó y caminó hacia ellos con paso firme (Sasori advirtió que siempre lo veía moverse con elegancia, pese a su desventaja, incluso en las batallas). Finalmente, los alcanzó y se recostó contra la dragona, quien inhaló profundo y exhaló, relajada. Llevaban algunas semanas viajando, tratando de seguirle la pista a la resistencia para unirse a ellos y, en ese tiempo, mantenían un perfil bajo. Sólo en algunas ocasiones ayudaron a unos aldeanos, pero los dos jóvenes habían empezado a formar un vínculo.

Al Akasuna le encantaba oír las historias que Itachi recordaba de su infancia, siglos atrás (cuando su padre todavía no traicionaba y cazaba a todos los dragones y sus jinetes). Igualmente, el Uchiha disfrutaba escuchar a Sasori cantar las baladas de su gente, las cuales llevaban un par de años sin tener una voz para repetirlas.

—Lamento que hayan destruido tu aldea —murmuró Itachi esa mañana, adivinando que él (todavía acurrucado a su lado) se había despertado. Akasuna no respondió, pero había entrelazado sus dedos y los apretó ligeramente. La soltó rápido—. ¿Sasori?

—¿Hum?

—¿Te puedo abrazar?

Konan agitó la cola, casi de forma inconsciente, reaccionando a la inquietud del ojicafé. Si Itachi lo notó, se mantuvo sus comentarios para sí mismo.

Por toda respuesta, el Akasuna se acercó a él y rodeó al Uchiha, enterrando su rostro en el pecho del más alto. El príncipe lo envolvió también.

—Cuando peleo por la gente, creo que soy una persona un poco más digna de Konan. Eso es gracias a ti.

Tonterías. La voz de su dragona resonó en su cabeza.

—Yo pienso que siempre lo fuiste —dijo el moreno. Konan bufó su aprobación.

—Se equivocan. La verdad es… —empezó Sasori, sacudiendo la cabeza—... tú deberías ser el Jinete, no yo.

Itachi hundió la nariz entre los rizos del pelirrojo.

—Tú suenas como un héroe desde las sombras —continuó Akasuna—, alguien sobre quien descansa el nudo de una historia. Soy como un medio para un fin. Corto y del cual otros se burlarán. La historia no favorece a las personas como yo. Fallaré.

El Uchiha se quedó callado.

—Toqué tu alma, Sasori —prorrumpió—. Y me enamoré de ella.

VII

Sus corazones luchaban encarecidamente: labios contra labios; explosiones blancas de placer entre sus vientres, donde sus miembros se frotaban; cañonazos de suspiros que era inútil tratar de domar.

Sasori se aferró a la espalda de Itachi, quien —debido a su ceguera— exploraba el cuerpo del taheño como si quisiera guardarlo en la memoria de sus dedos, de su olfato, de su lengua, así, cada centímetro. A su vez, el pelirrojo se deleitaba con los besos del elfo, le rogaba por entrar más rápido a su interior, como si fuera la última vez que pudieran hacerlo.

Tenía miedo. Estaba tan asustado de morir, pero más que nada, le horrorizaba la idea de perder a Konan y a Itachi.

Estaba asustado. Siempre había vivido asustado: de ser atrapado; de la visión que Sandaime le mostró; del magnífico elfo cuyo hermano lo arrancaba de sus manos; de su dragona respirando sus últimas bocanadas de aire junto al cuerpo de Yahiko, el dragón del rey; de la muchacha de ojos jades a quien, cansado y solo, dejaría atravesarle el corazón.

Sin embargo, no se sentía así ahora. Quizá olvidaría el futuro un momento.

"Si pudiera admitirlo, ¿cambiaría algo?"

Besó los labios del príncipe mientras lo embestía, hundiendo los dedos en su melena.

—Te amo, Itachi.

Dios, esperaba que lo cambiara todo.

FIN


¡Y eso es todo! Lamento si ha sido un chasco. Hice lo mejor posible con mi estado de ánimo y escribiendo entre llamadas.

Ojalá les haya gustado y me honren con un review o favorito.