Capítulo 1.

Hola a todos, antes de nada, advertir que los derechos de autor sobre el universo de Harry Potter son de J.K Rowling y escribo esta historia sin ánimo de lucro.

El Ocaso más Triste. (Voz: Narrador)

La multitud, bajo un intenso chubasco, se amontonaba en un entierro multitudinario. Los paraguas, en una proporción parecida entre conjurados con varitas y otros físicos, se contaban por millares.

Pese a poseer los conocimientos para despejar los cielos, ninguna magia podría tener efecto ante la pesadumbre generalizada. Un silencio lúgubre recorría todo el sepelio, los atuendos de luto eran predominantes y las expresiones denotaban una profunda pena.

La mayoría de aquel gentío no se conocía entre sí, pero sí que conocían al difunto bastante bien, pues era uno de los personajes contemporáneos más importantes del mundo mágico.

La ubicación del panteón había sido objeto de controversia entre las naciones que componían el Reino Unido. En señal de respeto y admiración, Gales, Inglaterra, Escocia e Irlanda del Norte se habían disputado el lugar que se convertiría luego en un punto de peregrinaje de muchos.

El terreno escogido fue un vasto valle escocés, oculto a ojos muggles extraños, aunque abierto a aquellos humanos corrientes que conocían el mundo paralelo y en un tiempo colaboraron con él.

En la periferia del edificio, levantado para albergar el cuerpo, se amontonaba la muchedumbre y llegando al centro se producía un cordón de Aurores, los cuales controlaban que nadie desautorizado se aproximara al núcleo del evento.

No es que hubiera una amenaza creciente, tan solo era una barrera de seguridad pues, traspasándola, se encontraban las nobles familias del mundo mágico y autoridades, tanto nacionales como internacionales. Los más próximos al edificio eran la familia directa y las grandes amistades del difunto.

Visto desde arriba, el panteón levantado era magnífico, para haber sido construido en menos de veinticuatro horas, cualquiera diría que lo tenían diseñado desde antes del fallecimiento, tal como el antiguo Egipto que preparaba las pirámides para enterrar a los faraones. Aquel no era el caso, pues el que descansaría por la eternidad había muerto treinta horas atrás y no lo hizo de viejo precisamente.

Cuando terminó la solemne ceremonia, los asistentes comenzaron a seguir un sendero determinado, primero fueron a dar su más sentido pésame a la familia y después se adentraban en el interior para hacerlo con el fallecido.

Ginny Potter y sus tres hijos, ya mayores de edad, eran la familia a la que todo el mundo les daba condolencias. La mujer, de unos 46 años, estaba destrozada de dolor y sus hijos la apoyaban en tan trágico momento, tratando de consolarla, pero rotos por dentro. La familia Weasley también estaba allí, aunque con algunas bajas y nuevas incorporaciones debido al tiempo en el que estaban.

En una gran placa, a la entrada del sepulcro, estaba una inscripción que ponía: Harry Potter, descanse en paz. En las paredes del interior habían sido grabada toda la biografía de la vida de aquel individuo hasta el mismo momento en el que falleció.

En el centro y antes de ser tapiado por una pesada losa conmemorativa, estaba el ataúd de cristal que dejaba ver el cuerpo. Todo para que cualquiera que se hubiera aproximado hasta allí pudiera despedirse.

El pensamiento Críptico. (Voz: Dédalos)

Con veinte años llegué al Reino Unido y solicité la residencia permanente en el país. Que me admitieran fue toda una odisea, aunque no era de extrañar, mi nombre completo solía ser un impedimento para cualquier proyecto vital: Dédalos Cassius Grindelwald.

Aunque no era lo normal, tuve que firmar un documento en inmigración, en el cual, y como primera instancia, me requisaron la varita y me pusieron los Grilletes Neutralizadores, los cuales me impiden realizar cualquier tipo de magia. Por lo menos no me pusieron los que les ponen a los delincuentes, estos eran mucho más estéticos y su efecto abarcaba a toda Europa. Tratar de quitármelos implicaba la expulsión inmediata del continente. Si quería permanecer en el país debía de hacerlo como un Squib.

Soy el único Grindelwald que, en la actualidad, no ha ocultado su apellido tras uno falso.. No me he resignado a vivir en las sombras, pese a ser pariente de uno de los magos más peligrosos de la historia. No tenía culpa de ello y no tengo que sentirme avergonzado de tener un apellido anatema.

Me formé en el colegio de magia Mahoutokoro, debido a que mi familia puso tierra de por medio de occidente, para poder vivir en paz e iniciar una próspera vida en Japón. Pese a que todos querían vivir en el anonimato, no comprendía el porqué de tanto tabú con un mero "título" y darme a conocer como tal me convirtió en el paria de la familia.

De pronto me vi en la encrucijada de tener que elegir entre mis parientes y una vida sin complejos. Como no quise ocultar de donde provenía, me pidieron, muy educadamente eso sí, que volviera a occidente y que hiciera mi vida allí.

El Reino Unido no había olvidado al Grindelwald que provocó una guerra y del que no tengo nada en común, pues no soy un directo descendiente de este individuo, sino de otra rama de la familia. Ese era el motivo de tantas restricciones, aunque no tenían de que preocuparse pues mi nivel de magia era, cuanto menos, mediocre.

Desde que me presenté como tal, la sociedad me dio la espalda. Estaba solo y todos me juzgaban sin tan siquiera conocerme. No soy un monstruo, aunque tampoco un santo, prefiero vivir en la barrera intermedia de lo bueno y lo malo. El precio de nadar entre dos aguas es que no te consideren una persona íntegra, pero al menos ves la realidad con una mirada críptica, lejos de pensamientos sesgados.

Me costó un año y muchísimo sacrificio, pero entré a trabajar en el diario El Profeta. Por fin me habían dado la oportunidad que tanto ansiaba y no pensaba desaprovecharla.

La ventaja periodística que tenía era que mis artículos eran íntegros. En una sociedad polarizada, es un trabajo bastante arriesgado. Nada está libre de interpretaciones y que lo que publique guste y disguste, a partes iguales a ambos lados del espectro social, me hace pensar que hago bien mi trabajo.

Con los tres primeros reportajes que realicé, acallé las voces que se alzaban contra mi contratación. El primero de ellos causó un revuelo enorme entre la opinión pública, tan solo por poner mi apellido en él, como el que lo había escrito. Al parecer gustó el artículo sobre una trama de fraude en el ministerio, no era un asunto muy relevante, era una burocracia infecta de esas que todos saben de su existencia, pero nadie hace nada al respecto y cuando les preguntan se hacen los sorprendidos.

Al poner el foco mediático sobre lo que todo el mundo sabía, gané el respeto del público que me alabó al denunciar algo tan injusto, aunque también me gané el odio de aquellos a los que perjudiqué, al hacer a todo el mundo consciente de sus malas praxis.

Aquella tarde entré en la oficina, después de retornar de una nueva línea de investigación, sabiendo lo que me iba a encontrar: Harry Potter había muerto y la noticia provocó un gran revuelo.

Había muerto y los motivos de su fallecimiento no fueron naturales. El veterano comandante era un combatiente experimentado que había reducido el número de enemigos directos del Ministerio a niveles ínfimos. No murió en acto de servicio, de todos los posibles escenarios que podían haber acabado con su vida, el que lo hizo fue un mero atraco en una tienda de productos mágicos de segunda mano.

En la redacción querían saber cómo cambiar el espectro del evento: Harry Potter estaba en el lugar equivocado en el momento más inoportuno, su fallecimiento fue el resultado de una refriega con meros atracadores. El objetivo de la prensa era adornar tanto la noticia para que pareciera un acto heroico y no un fatal encuentro.

Pidieron a varios reporteros que fueran al lugar de los hechos y tratar de encontrar cualquier testimonio con los que poder encumbrar la muerte de Harry Potter. Se debía hablar con testigos y, si fuera necesario, inducirles en sus declaraciones.

La inducción funcionaba al hablar con algún declarante que tal vez estuviera a cientos de metros del lugar del suceso y nada tuviera que ver con él. Se le debía convencer para aproximarlo al escenario. Tal vez convertirlo en una potencial víctima de los atracadores, que gracias a la actuación de Harry había salvado su vida.

Me ofrecí a cubrir la noticia, pero me denegaron el permiso. Era la primicia del momento y los había mucho más veteranos en el Profeta, un recién llegado contra los reporteros veteranos era una lucha de David contra Goliat, en la que el primero jamás soñaría con ganar.

Todo fue muy rápido, el caso era muy evidente, los criminales habían sido apresados y confesaron al instante. Puede que no contemplaran lo que les iba a deparar pues, de haberlo sabido, tal vez hubieran meditado la decisión, antes de pelearse entre ellos por ver quien se llevaba el mérito de haber eliminado al que magos más peligrosos no habían podido.

Tras declararse culpables y pelearse en ver quien fue el autor del homicidio, pues todos habían lanzado el hechizo mortal con su varita; los cuatro fueron apresados, juzgados por igual, declarados culpables y condenados a muerte en tiempo récord.

El juicio, sentencia y castigo fue en una vertiginosa secuencia; la sociedad, el Ministerio, la prensa, los Aurores, entre muchos otros, habían dictaminado su veredicto desde el momento en el que el aliento de Harry se extinguió. La familia estaba tan rota de dolor que no tuvo tiempo de hacer entrar en raciocinio a los demás y dejaron que el afán de venganza llegara a su fénix.

Les iban a ejecutar vulnerando muchos de sus derechos, pero a nadie le importaba o pareciera importarle. Algunos medios de prensa independientes habían alzado la voz ante el proceso con tan pocas garantías, pero su opinión quedó en papel mojado.

Todo era tan evidente que nadie podría pensar en otra cosa, a falta de poder acercarme a inquirir in situ, por mero afán periodístico, me propuse indagar en los hechos circunstanciales.

El cuerpo de los Aurores no es que se llevaran muy bien conmigo y no solo era por mi apellido. La siempre flota y se notaba que, aunque el comandante luchara contra los asuntos turbios en su propio cuerpo policial, aquellos agentes tenían algo que ocultar. Tras destapar asuntos poco éticos de otro lado del Ministerio, ahora me trataban como infecta y solían preguntarme donde había dejado la varita.

Nada nuevo bajo el sol, todos me solían tratar así pero ya estaba más que acostumbrado y no me iba a poner a llorar por las esquinas por ello. Mi ventaja era que, al pertenecer al Profeta, me daban la información requerida a cuenta gotas y con malas caras.

Sabía que no era el momento de jugarse la carrera profesional. Formular una mala pregunta pondría en peligro mi futuro y debía de ser astuto al pedir información.

Fui, como cualquier reportero, para informarme en quienes eran los condenados y que era lo que pretendían robar en dicho establecimiento. Los delincuentes eran cuatro individuos, conocidos por la policía, recurrentes en diversos delitos. Habían cumplido condena en Azkaban en diversas ocasiones por sucesos similares; que su periplo delictivo hubiera terminado en un asesinato de dicha índole abrió un debate social. Se debía encontrar mejores formas de reformar a los condenados, para evitar que volvieran a cometer delitos, aunque eso solía durar lo que tardara en relajarse las aguas y todo volviera al punto de partida.

El lugar de los hechos fue la gran área del Emporio Diagon, antaño una calle y ahora expandido hasta convertirlo en una enorme zona de tiendas y residencias, en el que el Banco Gringotts era su epicentro.

¿Qué pretendían robar en una tienda de artículos de segunda mano? La información era de carácter reservado y solo autorizado a ciertos reporteros. ¿Qué hacía Harry Potter en dicho establecimiento? También información reservada. ¿Cómo ocurrió el crimen? Estaba capado cautelarmente, pese a haber declaraciones de testigos de dicho acaecimiento.

¿Tantas trabas para un crimen de tan simple naturaleza? Era un atraco con fatal desenlace, no debería haber nada que ocultar, pero ni me dejaron acercarme a la tienda en cuestión ni tan siquiera aproximarme a las inmediaciones. Un cordón policial lo impedía y solo dejaba pasar a los máximos acreditados.

Con la sensación de que había algo más que indagar, fui a hablar con el editor jefe del Diario y le expuse mis conclusiones ante tanto secretismo. Su respuesta fue mucho más desconcertante: si quería seguir trabajando allí me dedicara a lo que se me pedía y dejara el caso en manos de reporteros más experimentados.

La traducción literal a la que pude llegar del encuentro con el jefe fue: no metas las narices donde no te llaman o tendrás problemas.

Todo lo acontecido luego: juicio, sentencia e inmediato castigo, no me dejó con la sensación de que se hubiera hecho justicia. Tal vez fueran imaginaciones mías o bien un deseo por el cual pretendía que hubiera algo más que indagar en ello, pero no pensaba arriesgarlo todo por una intuición y simplemente me resigné.

Tsuji-ura, Tsuji-ura, concédeme una respuesta verdadera. (Voz: ¿?)

Sabes que siempre te acompaño, no me muevo muy lejos de tu lado, a veces me presientes y otras veces no. Me das tanto asco como la cucaracha que rebusca en la basura infecta. Siempre te lo he hecho saber, tú sabes porqué, pero te niegas a admitirlo como tantas otras cosas que te empeñas en rechazar en tu vida. Eres un perdedor en el camino de los perdedores y te juzgo con criterio; pudiendo ser mucho más te resignas a ser mucho menos.

Tu situación financiera no es boyante, la familia que tienes se limitó a pagarte los estudios y después te desterró. ¿Te autoconvences que fue por tu apellido? Dédalos: que ignorante eres. Con el dinero que tienen tus padres podrías vivir en pleno centro como un rey, pero no obstante te has visto abocado a alquilar una habitación en la periferia más alejada del núcleo de Londres.

Tu edificio, de cuatro plantas y con cuatro dormitorios en cada piso, con una cocina y baño común por planta, es cuanto menos deplorable. Que basura eres, un mago de sangre pura mezclándose con la purulencia de la sociedad, la cual infecta la ciudad con su mera presencia.

¿Quiénes son tus vecinos? Aquel edificio era el United Color of Benetton de lo multicultural y en lugar de sentir repugnancia ante tales interfectos, vas y te sientes cómodo entre ellos. Te has atrevido a entablar amistad con algunos... Si tus padres te vieran mezclándote con semejante basura, dejarían de decir que su hijo está en el extranjero para mejor decir que está muerto.

En la noche en la que todo el mundo mágico se fue a dormir, tras haber despedido a Harry Potter en un funeral de estado sin precedentes, estabas trabajando hasta tarde en tu humilde habitación, tan acorde para el más conformista de los mediocres.

Tus posesiones se reducen a una cama, un ropero y un escritorio, que te has tenido que comprar tú; para lo que te cobran por vivir allí ni te lo iban a amueblar. No te dejan colgar un triste cuadro y lo único que tienes en la pared es un espejo frente al escritorio y una minúscula ventana que da a un patio interior.

Dentro de lo pútrido de tu vida al menos eres organizado, tienes todo tu trabajo bien guardado en cajas organizadoras, apiladas en lo que te queda libre de la habitación de tres por tres al que llamas "hogar".

Con veintiún años y toda la vida por delante, el atractivo físico no es tu fuerte. Acabarás viejo, solo y virgen, muerto en tu habitación y nadando en tu propia mierda.

Ni alto ni bajo, ni en eso te decantas, tu metro setentaicinco, pelo castaño desgreñado, cejas gruesas y ojos marrones son tan comunes que ni ahí te logras diferenciar del resto.

Eres alguien que se empeña en poner cara de bueno, pero en el fondo sabes que no lo eres.

Tu cuerpo no te acompaña para una vida de eterno desenfreno, más bien delgado y no dado al deporte. A tus padres, como muchos otros, se les debía haber negado el derecho a procrear, pues para traer al mundo a un cacho de carne con ojos, mejor haberte abortado.

Con muchísima suerte, podrás encontrar una buena mujer, ciega, gorda y coja que te quiera, pero ni lo veo probable. Tendrás que conformarte con permanecer por la eternidad en la Friends Zone.

Encorvado sobre la mesa trabajas en tus proyectos, delante de ti lo único que desentona es un peine de púas negro, que está en la repisa que se asoma en el espejo. En la papelera, que tienes al lado de tu mesa, has tirado los periódicos del día en los que habías recortado todo lo que interesaba.

El reloj marca la una de la mañana y tienes que estar en tu puesto de trabajo a las siete, no te hace falta que dicho reloj tenga alarma, pues sabes que te despertaré para que no llegues tarde a lo que tú consideras un "honrado puesto de trabajo".

Tienes una carpeta a tu lado sin título, pero con muchos recortes, sabes que quieres llenarla de tus propias conclusiones y no te animas a hacerlo. Temes el riesgo verdadero, como la mayoría de cobardes que pueblan el mundo, por eso estás despierto hasta tan tarde, quieres que te de un empujoncito y si eso es lo que quieres, no le puedo negar nada a mi aborto predilecto.

Sutilmente paso detrás de ti y esta vez sí que me hago manifiesto, has visto pasar una sombra en el reflejo del espejo y has parado de escribir en el acto. Tu piel se ha erizado y sabes que eso pasa cuando me detectas. He ido a la puerta de tu habitación y la he abierto, dejándotela entornada, para que sepas lo que tienes que hacer.

Te estas animando, sabes muy bien que los grilletes neutralizadores que portas no son un impedimento para ti. Viniendo del lejano oriente sabes cosas que aquí se desconocen y tienes acceso a rituales que no dejan huella del delito.

Terminas de convencerte, sabes el precio, pero lo vas a hacer. Te quitas el pijama tan hortera que llevas, será que estoy chapado a la antigua, pero ese atuendo de cuadros rojos y negros te hace parecer un vejestorio.

En tu cuerpo tienes terribles cicatrices, las ves, pero las obvias como todo en tu vida al parecer. Te conformas al saber que al menos no te han afectado a tu defectuosa cara, pero dale tiempo al tiempo.

Jugaste con fuego y terminaste quemándote, cual mosca cojonera, adoro mantenerte cerca de dicho fuego pues no me molestaría que acabaras abrasándote.

Te vistes como quien tiene algo que ocultar y tienes mucha razón, has de ocultar mucho. El capuchón que lleva tu abrigo no camuflará lo que vas a hacer, pero al menos disimula la cara que llevas, pues entre menos se vea de tu cabeza mejor.

Sujetas el peine y tras repasarte el cabello lo guardas en el bolsillo del pantalón. Sujetas uno de los periódicos que habías desechado no hacía mucho y saliste de la habitación. Sabes que tienes que ir lo más lejos que puedas.

Al salir del edificio, a eso de las dos de la madrugada, dedicaste unos cuarenta minutos a alejarte del lugar donde vives. Cerca de las tres, llegaste a un curioso callejón discreto, no fue casual, lo encontraste al poco de llegar al Reino Unido por si alguna vez te hacía falta.

Sacaste el peine y frotaste con tus manos las púas de este. Alzaste la voz y con tu tono triste y melancólico pronunciaste: Tsuji-ura, Tsuji-ura, concédeme una respuesta verdadera.

Me encanta cuando encuentras algo de valor dentro de la poca testosterona que llevas en la sangre. Has invocado y lo bueno de apellidarte Grindelwald, era que eres un imán para toda aquella entidad que pretenda corromperte.

Cuando dieron las tres de la mañana, escuchaste pasos de alguien que se aproximaba a ti por la calle que precedía al callejón. Lo viste a lo lejos, era un individuo que no conocías, no te distes la oportunidad de admirarlo un poco más pues sabes lo que pasará luego.

Sujetando el periódico nervioso, lo alzaste abriéndolo y lo pusiste frente a la cara, tapando toda área de visión. Los pasos cada vez están más cerca y su rítmico sonido hacía que se te erizara la piel, a la vez que el corazón se te acelera.

La oscuridad de la noche, pobremente iluminada por las farolas de la vía, se hacía más notable ante una disminución de intensidad de las mismas. La sensación térmica se desplomaba y notas el frío en los dedos con los que sujetas el panfleto, el cual te separa de lo que pasaba frente a ti.

Se paró justo delante, lo esperas con una mezcla de miedo y expectación, no sería la primera vez que te meas encima de la impresión. La verdad es que no te juzgaría si lo hicieras…, si vieras lo que veo yo, aquello que tienes delante, sería muy comprensible que defecaras en los pantalones que llevabas.

—Revélame mi fortuna —le preguntaste, tratando de ocultar el miedo que te invade el cuerpo.

—Cuidado Grindelwald, indagar en la madriguera te llevará por un sendero peligroso —te respondió aquello con un tono de voz de alguien ronco y muy viejo, algo muy comprensible por lo que era.

—Donde encuentro al Conejo Blanco —preguntaste deprisa; el lento apretar de tus dedos contra el panfleto que te separaba de aquello, denotaba que la conversación te estaba doliendo.

— ¿Por qué no me miras y te lo indico? —pregunta trampa en la que no caíste, pues no era la primera vez que te intentan engañar.

— ¿La muerte de Harry Potter está relacionada con la madriguera? —el dolor que debías sentir era tan fuerte que el periódico que te cubría comenzaba a arrugarse.

—Su muerte oculta algo más de lo que aparenta, pero creo que no te cuento nada que no intuyas. Seguir tu corazonada podría costarte muy caro….

—Me arriesgaré —le dijiste cortando la conversación con bastante prisa y dejando aquello que tenías delante con la palabra en la boca—. Muchas gracias.

Me encanta cuando se manifiesta algún rastro de valor de las pequeñas pelotas que tienes. Sin quitarte el periódico de la cara, te alejaste a ritmo acelerado por la vía principal. Sabes que los pasos tratan de seguirte, pero su ritmo es inferior al tuyo y esperaste a cruzar la esquina para soltar el periódico y echar a correr como alma que lleva el diablo…, siempre sin mirar atrás.

Llegaste a tu residencia, exhausto por la carrera y sudando a mares. Abriste la carpeta sin título en la que tenías las noticias recortadas del suceso sobre Harry Potter. Las expandiste en tu escritorio y cogiste un folio en blanco.

Necesitas la primera pista en la que descubrir el sendero marcado por el Conejo Blanco y sabes donde la tienes. La has estado padeciendo durante tu encuentro nocturno. Te quitaste la camisa que llevabas con cuidado y ahí la vistes.

Tenías una nueva herida en el costado, tan grande como el tiempo que prolongaste la conversación con tu informante. En dicha yaga estaba grabada en sangre una frase, la que daría inicio a tu periplo:

"El Portón del Sheol".