Cuando el tren se descarriló (un indicativo firme de que el demonio que los estaba atacando había muerto) Nezuko pensó que todo habría acabado. Zenitsu seguía a su lado, y ella sabía que si la situación fuera más seria él habría ido a auxiliar a Tanjiro y al chico bestia, por lo que las cosas tenían que haber salido bien. Nezuko podía percibir en el aire el leve olor de la sangre de su hermano, pero el olor de la sangre no le preocupó tanto como el sonido de sus llantos.
Tanjiro, su hermano, estaba llorando. Nezuko lo sabía, era imposible no saberlo cuando sus sollozos se escuchaban del otro lado del tren descarrilado.
—¿Tanjiro? —habló Zenitsu, mirando en la dirección general de donde provenía la voz de su amigo. Con su agudo oído, seguro sabía lo que estaba pasando. Nezuko tiró suavemente de su manga en una pregunta silenciosa. Cuando Zenitsu la miró de nuevo, sus ojos estaban llenos de lágrimas pobremente contenidas. —Es Rengoku-san. Parece que no va a sobrevivir.
El sol estaba a punto de salir; unos cuantos rayos de luz se asomaban tímidamente detrás de las copas de los árboles hacia el Este, pero Tanjiro estaba en el Oeste. Quizá si se apuraba…
—Nezuko-chan, ¿puedes venir un momento? —Tamayo sonrió suavemente, haciendo una seña a la niña para que se acercara a ella. Nezuko obedeció y siguió a la señora fuera de la habitación donde Tanjiro y Yushiro estaban discutiendo. O, más bien, donde Yushiro discutía con Tanjiro. —Tengo algo que darte.
Tamayo puso un sello en las palmas abiertas de Nezuko. Era simple, en realidad, un pedazo de pergamino con un par de caracteres escritos, no muy diferente al que Yoshiro le dio a Tanjiro durante la pelea para poder ver la dirección de las pelotas.
Tanjiro estaba sangrando. A veces, Nezuko no podía evitar la atracción natural que sentía hacia la sangre humana, pero la única sangre que jamás en su vida podría atraerle era la de su hermano. El simple hecho de oler la sangre de su hermano le causaba dolor; un dolor en el pecho que por algún motivo la impulsaba a buscar a su hermano y matar a cualquier cosa que lo hubiera hecho sangrar. El olor de la sangre de su hermano la preocupaba, pero incluso ella podía reconocer que era mínimo comparado a la cantidad de sangre del extraño sujeto de las cejas grandes- ¿Rengoku, o algo así?.
—Nezuko, ya va a salir el sol. ¿Puedes volver a tu caja? —Zenitsu abrió la puerta de la caja. Nezuko volvió a ver el cielo, cuyo tinte cambiaba lentamente de negro a el característico naranja suave del amanecer.
Del otro lado del tren, Tanjiro seguía llorando y gritando al demonio cuyo olor cada vez se alejaba más.
Si bien Nezuko no conservaba todos los recuerdos de su vida humana, recordaba todo el tiempo que pasó dormida. Las noches en casa de Urokodaki en las que Tanjiro se sentaba junto a ella y lloraba. Lloraba por ella, por sus padres y por sus hermanos. Lloraba por la pérdida de su familia. Su hermano era una persona cálida y sensible, y si bien ponía buena cara a todo y no dejaba de avanzar, Nezuko sabía que la muerte de su familia era algo que pesaba en su corazón.
(Quizá, y sólo quizá, el deseo de ayudar a Rengoku sólo venía de la inhabilidad de Nezuko de ver a su hermano llorar. Después de verlo sufrir tanto, de verlo batallar tanto por salvarla a ella, era imposible que ella no hiciera esta pequeña cosa para evitar otro peso en la conciencia de su hermano)
—Es un hechizo, — le explicó Tamayo con el mismo tono amable, mientras en la habitación de al lado Tanjiro reía y Yoshiro seguía amenazándolo a muerte. —Lo que voy a decirte es muy importante así que pon atención, ¿está bien?
Nezuko asintió y la señorita Tamayo lo tomó como una señal para continuar. —Este hechizo puede arrancar a tu hermano de las garras de la muerte. No puede revivir a alguien una vez muerto, pero si llegas a tiempo…
Tamayo dirigió su mirada hacia el único humano en la casa, sonriendo como si él y Yushiro fueran viejos amigos, aunque ella estaba segura de que su joven acompañante no tenía los mismos sentimientos.
—La vida de tu hermano podría depender de esto. Úsalo bien.
A veces había destinos peores que la muerte. Si bien Tanjiro no estaba en peligro mortal, Nezuko conocía demasiado bien a su hermano; su valiente, noble y desinteresado hermano, quien sin dudarlo ponía la vida de los demás antes de la suya propia. La muerte de Rengoku pesaría por siempre en su consciencia, y Nezuko no podía dejarlo cargar con ese peso. No cuando ella podía hacer algo al respecto.
Zenitsu seguía esperando a que Nezuko entrara en la caja, pero en vez de hacerlo ella saltó al otro lado del tren. No tenía mucho tiempo, no si quería evitar morir por el sol.
Tanjiro estaba gritando hacia el bosque en el que el demonio probablemente se había escondido, pero por suerte el objetivo de Nezuko estaba más cerca, todavía mayormente oculto por las sombras.
Sin alejarse de la protectora sombra que ofrecía el tren, Nezuko sacó aquel pergamino que Tamayo le dio meses atrás y lo lanzó a la espalda del hashira. El efecto fue inmediato. En cuanto el sello se pegó a la espalda del humano la magia de Tamayo rodeó todo su cuerpo. La magia no curaría por completo sus heridas, pero lo salvaría de la muerte.
Tanjiro detectó el olor de la magia de Tamayo de inmediato. Nezuko, desde la sombra, lo vio centrar su atención en el hashira de la flama.
—¿Rengoku-san? — llamó algo inseguro. El hashira le devolvió una sonrisa. Estaba débil, pero al menos seguía respirando.
Zenitsu llegó corriendo poco después de eso. Nezuko se encogió, se metió en su caja y no se enteró de nada más, pero los tres espadachines se quedaron junto a Rengoku hasta la llegada de Shinobu, quien había sido alertada por un cuervo. La llegada de la hashira y sus discípulas fue como un rayo de sol después de un largo invierno. Tanjiro, quien hasta entonces se mantuvo despierto por pura fuerza de voluntad, se desmayó en cuanto se aseguró de que tanto Rengoku como sus amigos iban a estar bien.
(Más tarde, Shinobu lo regañaría por esforzarse demasiado y no dejar a su cuerpo sanar después de la pérdida de sangre)
(Tanjiro, en respuesta, sólo reiría levemente a modo de disculpa. Después de todo, todo había salido bien. No había nada que lamentar)
(O, al menos, eso creía)
—¿Dónde está Rengoku-san? —Tanjiro preguntó. Kocho, quien anteriormente le había estado cambiando las vendas, detuvo sus movimientos. Se encontraban en la mansión de la hashira mariposa. Inosuke, Zenitsu, Tanjiro y por extensión Nezuko llevaban un par de semanas en aquel lugar. Tanjiro era, por mucho, el que tenía peores heridas, y aunque técnicamente sus dos acompañantes ya no necesitaban seguir en reposo y podían volver a salir a pelear, eran un hecho aceptado que los tres espadachines eran un equipo: no dejarían a uno de sus miembros atrás.
Zenitsu e Inosuke lo acompañaron en la enfermería la primera semana, pero habían sido echados porque según Shinobu estaban totalmente recuperados y sólo hacían estorbo en aquel lugar. Ahora Tanjiro estaba sólo en la enfermería, y pese a todas las semanas que llevaba acostado dócilmente en recuperación, no había visto a Rengoku ni una vez.
—Está en la casa de su familia— respondió la mujer después de unos momentos en silencio, reanudando su labor de envolver las vendas. —No quiso quedarse aquí.
—Entiendo —Tanjiro asintió y se quedó quieto en lo que Shinobu seguía trabajando. Después de un rato, volvió a hablar. —¿Cuándo crees que pueda salir de aquí? Me gustaría ir a verlo y agradecerle por salvarnos.
Shinubu recibió una sonrisa de parte del joven y suspiró. —No sé si se pueda, Kamado. Lo último que supe es que no está aceptando visitas.
—¿Todavía está muy herido? —El rostro del chico se llenó de preocupación. Por un breve momento la chica consideró mentir, decirle que Rengoku seguía en recuperación y que no debía ser molestado por un tiempo.
No pudo.
—No. Físicamente está bien —pausó brevemente. —O algo así.
Shinobu volvió a suspirar, ató las vendas con precisión, y se sentó en la silla junto a la cama.
—Rengoku no está herido. La magia demoniaca de tu hermana lo ayudó a no morir y a sanar más rápido. Está bien pero… bueno, quedaron secuelas. Las heridas de Rengoku eran mortales, el hecho de que esté vivo es un milagro por sí mismo, aunque parece ser que incluso la magia demoniaca tiene un límite.
—¿Qué le pasó?
—No va a poder volver a caminar.
Shinobu habló con un tono grave, como si lo lamentara. Tanjiro, en cambio, sonrió con alivio. —¿Eso es todo? Me tenías preocupado —soló una suave carcajada. —Si eso es todo, no tenemos nada de qué preocuparnos, ¿no es así?
Shinobu eligió sus siguientes palabras con cuidado. —Rengoku no lo ve así. Lo tomó muy mal. Cree que su vida no vale nada si ya no puede ser el hashira de la flama.
La preocupación se mostró nuevamente en el rostro de Tanjiro pero fue momentánea. Casi tan rápido como apareció, fue reemplazada por la determinación y optimismo que lo caracterizaba. —En ese caso sólo tenemos que mostrarle que eso es mentira.
Shinobu no lo quería dejar ir, pues decía que no podía emprender un viaje tan largo como era el camino de su mansión a la de Rengoku mientras seguía en recuperación de sus heridas. Como resultado de esta negación, Tanjiro se escapó de noche. Para no enemistarse demasiado con Shinobu y demostrar que planeaba regresar inmediatamente después de haber hablado con Rengoku, Tanjiro dejó ahí a sus tres acompañantes: Nezuko no estaba muy emocionada por ser dejada atrás, pero lo aceptó después de unos minutos de aferrarse a su hermano con fuerza. Zenitsu, encantado, aceptó cuidar de Nezuko en lo que Tanjiro regresaba. Inosuke fingió que la partida de su amigo le daba igual.
Llegó a la mansión de Rengoku en la tarde, cuando el sol pegaba plácidamente en su espalda, ni muy caliente ni deslumbrante.
(Y bueno, quizá llegó en la tarde de su tercer día de viaje, pero eso no era asunto de nadie más que de él. Puede que Shinobu hubiera tenido razón al decir que era un viaje muy largo pero, bueno, Tanjiro había viajado distancias más largas en peores condiciones).
La persona que le abrió la puerta fue una copia miniatura de Rengoku.
—¿Rengoku-san? —preguntó Tanjiro con confusión. Shinobu no le había dicho que un efecto secundario de la magia de Nezuko fuera el encogimiento.
—Sí —contestó el niño.
—¿Rengoku Kyojuro?
—No. Soy Shinjoru, su hermano —el niño lo miró de arriba abajo con curiosidad. —¿Quién eres?
—Kamado Tanjiro, espadachín. Aunque no estoy cerca del nivel de Rengoku-san —rio levemente. El niño le devolvió la sonrisa.
—¿Vienes a ver a mi hermano? —tras decir esas palabras, su sonrisa desapareció. Y su expresión adoptó un tinte lúgubre— No creo que quiera recibir visitas en este momento.
—No te preocupes, sé lo que pasó, estuve ahí ese día. Vine a agradecerle por salvarme la vida.
Las palabras de Tanjrio renovaron el interés del niño. —¿Estuviste en el tren?
—Sí —Tanjiro sonrió levemente, sumergido en su recuerdo. —De no ser por Rengoku-san yo no estaría aquí. Quiero que sepa que estoy agradecido.
El niño lo observó por un momento y, finalmente, se hizo a un lado para dejar entrar a Tanjiro. —Pasa, te llevaré a su habitación.
Tanjiro no sabía qué estaba esperando cuando decidió venir a animar a Rengoku-san. Shinobu le advirtió que el hashira de la flama ya no era el mismo, y que se había tomado muy mal la pérdida de movilidad. Tanjiro lo sabía. Sabía que el hashira estaba decaído, pero no sabía qué tanto.
—Está igual que papá —le dijo el hermano menor desde la puerta. Tanjiro estaba arrodillado junto al futón de Rengoku. —Nuestro padre lleva años casi sin levantarse de la cama, pero nunca pensé que vería a mi hermano así.
La habitación estaba completamente oscura pese al brillante sol que alumbraba el resto de la casa. Era como si el ambiente dentro de la habitación fuera tan negro, pesado y desesperanzado, que podía absorber la luz que, de otra manera, hubiese entrado a la habitación. En medio de las tinieblas estaba el futón con Rengoku adentro, cubierto hasta la barbilla y de espaldas a Tanjiro.
No había hablado en todo el rato que Tanjiro y Shinjoru llevaban allí.
—Se está haciendo tarde —Shinjoru observó. —Prepararé una habitación para que pases la noche.
El niño salió de la habitación y corrió delicadamente el shoji hasta que este quedó abierto tan sólo un par de centímetros. A través de la diminuta apertura entraba un pequeño rayo de luz que iluminaba la espalda de Rengoku.
—No sé si te acuerdas de mí —comenzó a hablar. —Soy Tanjiro, mis amigos y yo peleamos en el tren a tu lado, aunque tú hiciste la mayor parte.
El hashira no respondió, pero eso era de esperarse. Tanjiro no era de los que se daban fácilmente por vencidos. Cuando volvió a hablar su voz estaba impregnada de sinceridad.
—Quería agradecerte por habernos salvado. Gracias a ti nadie murió ese día, y nunca te lo podremos pagar.
De nuevo, se encontró con el silencio. Tanjiro siguió hablando por un par de horas sin recibir respuesta alguna hasta que Rengoku Jr lo obligó a salir. No importaba, podría intentarlo de nuevo mañana.
Todas las tardes de una semana entera, Tanjiro no hizo más que sentarse junto a el futón de Rengoku, sumido en la oscuridad y en el ambiente lúgubre de la habitación. Los primeros días se limitó a repetir su agradecimiento y, después, guardar silencio hasta que se hacía de noche. No era demasiado entretenido, pero al menos le podía decir a Shinobu que no se estaba esforzando demasiado; pasaba todo el día sentado después de todo.
—Creo que ya decidí qué hacer—dijo una tarde cualquiera, rompiendo el usual silencio que reinaba en la habitación. —Sé que nunca podré pagarte por haber salvado mi vida y la de mis amigos, pero prometo agradecerte todos los días por el resto de mi vida.
Tanjiro sonrió pese a que sabía con seguridad que Rengoku no lo podía ver. Siempre le daba la espalda.
Pasó otra semana. Fiel a su promesa, el espadachín le agradeció al hashira diariamente por haberlo salvado.
—No tienes que agradecerme— Rengoku habló, por fin, el quinceavo día de Tanjiro en aquel lugar. Su voz era rasposa por el desuso. La semana pasada Tanjiro había mandado una carta a Nezuko, Zenitsu e Inosuke avisando que se tardaría un poco más de lo previsto en regresar. A cambio recibió una carta de Shinobu con todos los cuidados que le tenía que brindar a su herida para que siguiera sanando, y con una petición de que le avisara si su amigo tenía algún cambio. Cuando Rengoku habló, el primer pensamiento que pasó por la cabeza del chico fue que la hashira de las mariposas se iba a alegrar.
—Hice una promesa, ¿no? Si no querías que te lo repitiera a diario me debiste haber detenido en ese momento —su voz, como siempre, estaba llena de amabilidad, pero Rengoku no volvió a hablar.
Pasó otra semana en silencio. Otra semana en la que Rengoku no se volteó para mirarlo y Tanjiro se sentó en silencio junto a él. En silencio, claro, después de su agradecimiento matutino. Ya iban más de veinte días en los que el silencio era su principal compañía, y Tanjiro estaba convencido de que era momento de animar las cosas. Así que comenzó a hablar, a hablar y hablar de cosas sin importancia. Sólo hablar. Le contaba a Rengoku de su entrenamiento, de su familia, de la cena que compartió con Shinjoru en algún momento de la semana, o de las cosas favoritas de Nezuko. No hablaba de nada, en realidad, sólo pequeños pedazos de información y anécdotas divertidas para llenar el silencio.
Un jueves, mientras Tanjiro le estaba contando que las flores de los árboles estaban empezando a brotar, Rengoku habló por segunda vez. —Deberías ir a verlas— dijo —No pierdas tu juventud aquí conmigo.
—¿Quién dice que estoy perdiendo algo? — Tanjiro ladeó su cabeza.
—No puedo caminar —Rengoku soltó abruptamente. Bajo cualquier otro contexto parecería algo fuera de tema, pero no lo era. La situación de Rengoku era el elefante en la habitación, y ahora que por fin lo había mencionado Tanjiro no iba a dejarlo ir.
—Lo sé.
—¿Entonces qué haces aquí? No tengo nada que ofrecerte. No sirvo para nada. Mi juventud está perdida, mi vida está perdida. Pero la tuya no. Sal. Vive. Pelea.
—Tu vida no está perdida, Rengoku-san —la voz del chico era suave, amable y dulce como la miel. Él nunca se daba cuenta de que en ocasiones hablaba así con las personas que le importaban, mucho menos se había dado cuenta de que ese tono de voz salía a flote cada vez más seguido en presencia del hashira. —Estás vivo y podrás seguir viviendo muchos años más. Entiendo que lo que te pasó puede ser algo difícil de asimilar, pero estar vivo es hermoso.
—Mi vida ya no es bella. Ni valiosa. No puedo pelear para defender a los inocentes. Soy débil, y los fuertes perderán su tiempo defendiéndome a mí —Rengoku habló suavemente. Zenitsu podría haber escuchado los murmullos del hashira sin problema, pero Tanjiro tuvo que esforzarse al máximo para poder escucharlo.
—¡Todas las vidas son valiosas! —exclamó. Tanjiro se levantó y, por primera vez, rodeó el futón para observar a Rengoku cara a cara. Su cara estaba pálida, con las mejillas hundidas y sin color, pero sus ojos estaban rodeados por profundas ojeras tan moradas que parecían negras.
El hashira lo miró tristemente. —Quizá el demonio tenía razón, debí morir mientras era joven y fuerte. Ahora no soy fuerte. No puedo hacer nada por mí mismo
Tanjiro, en cambio, le sonrió con calidez. —Rengoku-san, para mí eres más fuerte de lo que eras ayer.
Un par de días después Tanjiro despertó a tiempo para su entrenamiento matutino. El sol todavía no salía, pero desde que se convirtió en un espadachín siempre se levantaba antes que el sol. Esto no era inusual. Tampoco era inusual que comenzara la mañana meditando antes de salir al patio a hacer entrenamiento de verdad (relajado, pues Shinobu lo mataría si hiciera cosas que requirieran mucho esfuerzo). Nada de esto era inusual. Lo que sí fue inusual, tan inusual que pasó por primera vez en las cuatro semanas y media que llevaba fuera de la mansión de Shinobu, fue que al correr el shoji de su habitación de invitados se encontró a Rengoku, bañado, peinado, y sonriendo en su silla de ruedas.
—Buenos días, Kamado —Lo saludó con voz alegre y ruidosa, aquella que Tanjiro recordaba del tren. La voz rasposa, dura por el desuso y desanimada de un par de días atrás había sido totalmente olvidada, como si nunca hubiera estado ahí.
Tanjiro tomó la decisión táctica de no comentar nada.
—¿Qué haces aquí?
—Recuerdo que la última vez que hablamos me pediste que te entrenara.
Ambos sabían que era mentira que esa fue la última conversación que tuvieron, pero si el hashira se estaba esforzando por dejar el pasado en el pasado, ¿quién era Tanjiro para negarle una petición tan simple? Además, no se tenía que esforzar mucho para emocionarse ante la posibilidad de ser entrenado por la persona que más admiraba. Sus ojos brillaron.
—¿Lo harás? —exclamó emocionado. Rengoku rio fuertemente, esa risa que parecía envolver todo lo que lo rodeaba con calidez y alegría, y le dio una palmada en la espalda antes de guiarlo al patio principal.
Puede que Rengoku ya no pudiera pelear, ¿pero quién decía que no podía enseñarles a otros a pelear en su lugar?
Bonus:
—Rengoku-san, ¿estás seguro de que esto es parte del entrenamiento?
—Por supuesto que sí, joven Kamado. Es indispensable.
Tanjiro miró con aprehensión el enorme tazón de el llamado "el ramen más picante de todo Japón" que tenía enfrente. Respiró hondo, y se lo tomó de un bocado.
