Universo: Alterno.
Pareja/Personajes: Naraku, Kikyō.
Palabras: 1027.
Inspiración: Basado en Raíz Cuadrada – DAIKRA [Fanfic]


"Gaslighting"
"Luz de gas"

—Cuando un manipulador/abusador intenta controlar la percepción/sentido de la realidad de su víctima—

3.

Agachó la vista y por lo helado de sus dedos, se obligó a calentarlos con la taza de té sobre la mesa. Apretó la mandíbula y como si de algo paulatino se tratase, el cuerpo empezó a temblarle y los pies pasaban de caliente a frío con asombrosa rapidez. Tomó aire de forma imperceptible y su labio inferior se desprendió de la segura unión que la sequedad le había permitido con el superior, para poder tomar un poco de aire.

Desde hacía mucho que decirle las cosas a Naraku de forma directa costaba más. Costaba porque tenía miedo, costaba porque nadie tenía una remota idea del pánico que le causaba verlo destilar ira por los poros, como si fuera capaz de salir a matar a la gente, a todo el mundo. No sabía de qué se trataba y se negaba a pensar que fuera ella, que se hubiera cansado de la relación. ¿Y si realmente tenía a otra? El solo hecho de imaginarlo le partía el alma y los nervios. No, eso no era posible. Naraku no se comportaba como si hubiera otra mujer cuando la tenía vibrando entre sus brazos, cuando sus manos la recorrían entera.

Tenía que ser otra cosa, un error de los chicos.

Y tenía que ser una mentira, también, según sus conclusiones, los rumores que había escuchado de su pandilla de amigos sin que ellos se dieran cuenta. O quizás no, ¿por qué dirían eso? Hacía menos de 24 horas que lo había sabido y lo único que quería era enfrentarlo, pero se le hacía tan difícil, que antes de discutir con él, prefería tener su propia batalla mental y descubrir así, por sí misma, si valía o no la pena molestarlo con lo que sea que estuviera atormentándola.

Por un segundo se preguntó en dónde estaba la Kikyō del inicio de la relación, tan de cara, tan segura de decir lo que sentía y lo que quería. ¿Y dónde diablos estaba él? Él, que se había convertido en su única religión y en la que, a pesar de todo, no podía dejar de creer ciegamente.

Lo escuchó bufar con fastidio y entonces regresó la vista a su figura. Tenía el dorso desnudo, se acababa de duchar.

—Ahora qué carajo te pasa.

Kikyō se mordió el labio y sintió que aquello había sonado tan fuera de lugar. Una alarma rojísima se encendió en su cabeza.

—Te alteras de la nada. —Se llevó el té a la boca y pareció más segura que nunca, aunque temblara por dentro.

—No me ha estado yendo bien en el trabajo y lo último que quiero es estar mal con mi mujer. —Comentó con voz más moderada, mientras abría la silla para sentarse frente a ella.

Su mujer…

Suya.

Kikyō sintió como si su cuerpo se derritiera todo, como si volara y por unos segundos tocara el cielo. La había llamado su mujer y eso era, quizás, la forma de expresión verbal más romántica que había tenido en los últimos dos años de relación. Había sido sublime. De inmediato, la inquietud pareció desvanecerse como un pastel que es sacado de horno justo cuando está espejándose, como el gas del refresco cuando lo mezclas con agua.

—Bien, es solo que oí una tontería, pero seguro que no es así —le contestó y usó la tasa para esconder su sonrisa amplia. Estaba rebosante.

—¿Qué oíste? Y sabes que no voy a repetirlo: ¿qué oíste, Kikyō? —No le quitó los ojos de encima.

La aludida dejó de sonreír al instante. Desde que habían iniciado la relación, Tatewaki había dejado claro que él no repetía las cosas y que, si él quería saber algo, ella tendría que decírselo o simplemente callar desde el principio si realmente no quería hablar del tema. Jamás tirar la piedra y esconder la mano, como decían los malos dichos.

—Que te acuestas con una tal «Aby». —Soltó sin más, estoica.

—¡Ah, y estabas dudando de mí! —Golpeó tan fuerte la mesa, que el té de Kikyō saltó de su taza. Ella cerró los ojos, pasando el momento agresivo. Se puso de pie de inmediato—. Por eso me mirabas de esa forma, ¿qué tan dañada debes tener la mente para desconfiar así de mí?

—Te dije que era una…

—¿No te lo he demostrado ya? —La interrumpió, viéndola con los ojos desorbitados. Malditos fueran Reiku y Jun, siempre metían sus narices donde no los llamaban—. ¿Qué más quieres que haga, Kikyō? ¡Maldita sea!

—¡Deja ya de gritar! —Se puso de pie también, encarándolo y dejando atrás el buen humor anterior—. ¡No es solo ahora, he escuchado esto más veces!

—Tan exagerada como siempre. —Le dijo con frialdad y ella se estremeció. Le dolió.

—¡¿Exagerada?! —Se formó un silencio entre ambos mientras la joven mujer intentaba luchar con su corazón desbocado para no perder los estribos—. Eres tan insensible, Naraku, maldita sea, siempre tienes que hacer que todo gire en torno a ti.

—Si soy tan insensible, ¿qué demonios haces aquí? —Y allí la acabó. Los ojos de su novia saltaron inquietos por retener las lágrimas y frenó de golpe cualquier reclamo. Despacio, salió de su lugar y empezó a caminar hacia ella. No dijo nada—. ¿No te demuestro que no he sido infiel? —Mentía. Sí que lo era. Para él no significaba nada más que sexo, pero claro que le era infiel.

—Pero, tus amigos…

—¿Estás en una relación con ellos, Kikyō? —Se acercó tanto a su chica, que casi le respiraba en la cara. Higurashi sintió que se ahogó con su propia respiración cuando aquella figura tan varonil se posó justo en frente, atrayéndola como un imán, haciéndole hervir su sangre—. O, ¿estás conmigo? —Con cuidado, enrolló la larga cabellera negra en su brazo y tiró de ella de repente, arrancándole un gemido involuntario.

Y es que él tenía razón, seguro que exageraba haciéndose ideas en la cabeza con comentarios de fuentes dudosas. Después de todo, quien la estaba besando con esa fiereza, expresándole mediante el cuerpo que ella era la única dueña de su corazón, era Naraku.

No sus amigos.

Y las alertas rojas falsas podían irse al diablo.


Ah, qué otra pareja, si no.