Universo: Alterno.
Pareja/Personajes: Moroha; InuYasha, Kagome.
Palabras: 2531
Inspiración: Ninguna especifica.
"Homophobia"
"Homofobia"
4.
El sonido del cuchillo dando contra el picador y la dulce voz de su madre entonando Futari no kimochi, a pesar de ser un evento artístico para sus sentidos, no lograba calmar la incipiente ira y frustración que sus compañeros y maestro le habían dejado esa mañana. Algo debía estar mal dentro de ella y le dolía tanto como le molestaba no entender qué. ¿Qué era lo que la hacía tan rara como para llevarse la burlas de todos? ¿Qué era tan extraño en ella que habían juzgado una simple nota? ¿Por qué Leya se había sentido tan avergonzada al leerla? ¿Qué estaba tan mal? ¿Por qué la habían humillado de esa manera? ¿Por qué la habían sacado de clases si ella no había interrumpido?
—Mamá… —abrió despacito la boca y al instante se arrepintió, aunque, claro, en vano, ya que los sentidos de su progenitora se habían encendido de inmediato. El instinto de madre nunca fallaba y ya sabía Kagome que algo andaba mal con su hija, solo estaba esperando a que ella quisiera hablarlo—, yo… ¿soy rarita?
Rarita…
Así, como la habían llamado sin piedad: rarita. Los niños de nueve años podían ser muy crueles.
—Por Dios, no —al segundo, Kagome dejó de picar las cebollas y entre el silencio que le permitía procesar aquello a ella y a su hija, escuchó el guiso burbujear—. ¿Por qué dices eso, Ha? —Se lavó las manos con viveza y corroboró que no olieran tanto a aliños para acercarse a su pequeña, que cada vez se veía más apagada—. ¿Qué pasa?
Apenas las manos de su madre hicieron contacto con sus hombros, la pequeña azabache soltó el llanto que había retenido todo el día. Se sentía rechazada, repudiada, extraña y llena de vergüenza. ¿Y si realmente estaba mal? ¿Y si su madre también la miraba raro? ¿Y si su padre…? No, todo menos sus padres. Se encogió todavía más cuando, de la nada, su mente recreó un escenario clarísimo de ellos mirándola como si de un bicho raro se tratase, quizás regañándola como su maestro lo había hecho y entonces quiso huir, huir muy lejos en donde nadie más la mirara, donde no se sintiera juzgada, donde solo existiera ella y sus peluches de felpa, que, aunque mudos, parecían entenderla más que los niños con los que compartía a diario. El mundo parecía un lugar cruel.
»—Hija, por el amor de Dios…
La aludida sacó del bolsillo de su overol una hoja de papel doblado cuidadosamente en cuatro partes, estiró la mano sin ver a su madre a la cara y apenas ella se distrajo para tomarlo, Moroha salió corriendo del lugar.
—¡Por favor, no me odies! —Gritó histérica mientras salía de la estancia.
—¡Moroha!
El mensaje que su hija le dio había llegado a ella con claridad y había sido tan alarmante, que sus manos temblaban mientras desdoblaban el papel. Con el ceño fruncido y el corazón acelerado, leyó la nota mientras su cerebro intentaba procesar lo que ahí venía escrito.
"Motivo de citación: Acoso hacia una compañera;" —no pudo evitar notar que habían escrito «niña» entre paréntesis y con negrita, resaltando ese detalle— "comportamiento depravado. Cita a las 9 am en la oficina de inspección", más abajo decía la fecha y firmaba el tutor de Moroha.
¿Acoso? ¡¿Comportamiento depravado?!
—¿Qué mierda…?
De inmediato sintió una ola de ira altísima recorrerle todo el cuerpo y se quitó el mandil con odio mientras apagaba la cocina y subía, decidida, a la habitación se su pequeña.
A pesar de que tenía puestos los auriculares, escuchó cómo los nudillos de su mamá golpeaban quedos, pero firmes, contra su puerta. Se hizo bolita en la cama mientras abrazaba a su peluche de felpa favorito y meditaba en si estaba o no lista para recibirla. Ella sabía bien lo que decía en esa nota y no importaba si tenía solo nueve años, entendía que eran palabras despectivas.
—¡Moroha, lamento mucho irrumpir en tu espacio, pero esta vez necesito que hablemos de esto! —Gritó del otro lado y tuvo mucho miedo de que no pasara nada, sin embargo, poco después escuchó el cerrojo moverse y luego vio asomarse la frágil figura de su retoño. Kagome quiso llorar al notar la expresión reacia en los ojos de la niña. Estaba asustada y aturdida, podía notarlo a kilómetros—. ¿Puedo pasar?
Accedió cuando la jovencita asintió y caminó hacia su cama. La azabache mayor dejó la puerta entreabierta y desde su ángulo la miró para intentar hilar sus ideas: era la primera vez que enfrentaba algo como eso y francamente tenía mucho miedo de gestionarlo mal. Su primera impresión fue de odio, pero mientras más se acercaba a la conversación que debía tener con Moroha, más insegura se sentía. Necesitaba a InuYasha, pero estaba segura de que libraría esa situación de alguna forma.
Lo lograría porque conocía a su hija más que a ella misma y encontraría las palabras, estaba segura.
—¿No me odias? —La pregunta salió queda de los labios de la niña y su mamá dio un respingo en la cama.
—Por Dios, no —se inclinó rápido a ella y reposó las manos en ambos hombros—. Cariño, tú no has hecho nada malo, ¿sí? —le acarició suavemente el rostro—. ¿Quieres contarme lo que pasó?
La aludida alzó la vista ya cristalizada y se abrazó a su único lugar seguro inmediato: el regazo de su madre. Lloró de nueva cuenta y sollozó hasta que las caricias en el cabello lograron calmar paulatinamente su ansiedad. Solo recordarlo le daba náuseas.
«Estaba pasando el rato bastante aburrido mientras los niños hacían un alboroto cuando Leya entró al aula con una sonrisa amplia que alegró a Moroha en lo más hondo. Como era nueva en aquella escuela, hacer amigos le estaba costando más de lo normal y Leya Fujiko era la única niña que se había mostrado lo suficientemente amable con ella como para que se animara a escribirle una nota. La había visto tan feliz que ella también se sintió contagiada de la emoción.
—Hey, ¿por qué tan sonriente? —Le dijo a modo de saludo cuando esta pasaba por su lado para sentarse atrás.
—Mi mamá me compró un nuevo vestido, me encanta. —Leya volvió a sonreír como si ese gesto pudiera iluminar todo a su paso. Moroha pestañeó un par de veces, asombrada por la actitud tan increíble que su nueva amiguita le había transmitido—. ¿No te encanta? ¡Me veo hermosa!
Higurashi sonrió de nuevo y no dijo más ya que el maestro entró en breve a empezar su primera clase del día. Mientras este se preparaba para iniciar, la pequeña sacó un pedazo de papel y escribió en él con lápiz una ligera nota. Sonriente y cómplice, miró hacia todos lados y le pasó, como si de un acto ilegal se tratase, la hoja doblada. Esperó traviesa la respuesta de su amiga y a cambio recibió un chillido que alarmó a toda la clase.
La sonrisa de la azabache se borró automáticamente. Regresó la vista a su amiga para notar el sonrojo terrible que tenía y no entendió absolutamente nada.
—¿Quieres pasar a darme lo que tienes en las manos, Fujiko? —La voz seria del maestro se dejó ir unos segundos después.
Como si todo a su alrededor se hubiera pagado, Moroha observó a Leya pasar por su lado y lanzarle una mirada incómoda e inculpatoria. Empezó a sentirse tan nerviosa, que se aferró a su cuaderno de tal modo, que arruinó algunas hojas. Los niños no dejaban de murmurar entre ellos. No entendió qué era lo que pasaba y por qué parecía que todo se había volcado contra ella, pero la sangre se le fue a los pies cuando el profesor la llamó con muy mala cara a pararse en frente junto a su amiga. Sin rechistar, se levantó y siguió escuchando el cuchicheo.
"¿Ya la viste? Es rarita"
"Rarita, incluso su nombre es raro. ¿Doble filo? Suena a chuchillo"
—¡Hagan silencio, niños! —ordenó Takemaru mientras volvía la vista a ambas niñas—. Lee la nota que te pasó Higurashi y que todos nos enteremos de lo que hablan en clases, ya que debe ser importante.
—Pero, señor…
—Es prohibido hacer eso y lo sabe, Higurashi. —Incluso cuando Moroha no había sido quien puso la queja, aquel amargado hombre castaño se dirigió a ella con mucho desdén, lo que provocó más pánico en la azabache, que se sintió pequeña y fuera de lugar.
Tenía increíbles ganas de llorar.
—"S-sí, me encanta también. Te ves hermosa, me gustas sonriente" —Leya terminó de recitar la nota y toda la clase estalló en silbidos extraños y risas picarescas no muy propias de pequeños de entre nueve y diez años.
Takemaru entreabrió la boca mientras procesaba lo que parecía ser, una confesión de amor romántico entre las dos niñas. Intentó respirar sin que se note para evitar demostrar el terrible asco que le estaba causando la situación y acentuó esa fría mirada sobre Moroha, quien ahora no dejaba de ver el suelo y tenía el ceño contraído, a punto de llorar. Cómo diablos era posible que unos padres permitieran que, a tan temprana edad, una niña se perdiera con esas perversiones. Que las nuevas generaciones dijeran lo que quisieran, pero…
—No voy a tolerar estas depravaciones en mi clase. Sal del aula, Moroha.
La aludida regresó nuevamente la vista hacia el maestro y con sus ojitos inundados en lágrimas por todo lo que acababa de escuchar, intentó rogarle que la dejara quedarse dentro, pero el hombre parecía completamente enojado con ella. Los labios le temblaban y no sabía cómo evitar el incipiente llanto que amenazaba con acentuar la creciente humillación pública que estaba viviendo sin entender siquiera por qué.
»—¡¿Qué esperas?! ¡Ve fuera del aula, Higurashi! —Volvió a insistir y su desagrado se hizo demasiado evidente.
Se mordió la lengua para evitar decir que no había hecho nada malo, dio la media vuelta y salió del lugar intentando no cerrar con fuerza la puerta corrediza. Mientras caminaba a la puerta, los niños seguían murmurando una sola cosa.
Rarita…»
Cuando su hija terminó de hablar, entre lágrimas, las de Kagome también habían empezado a rodar, estas, sin embargo, como una mezcla de dolor y odio puro. La rabia le había recorrido las venas de forma inusual mientras el relato de Moroha avanzaba y no sabía cómo explicar la frustración que sentía. Se encorvó en su posición para abrazarla con más fuerza y darle un beso la coronilla.
—Mamá, ¿por qué es malo lo que le dije? —Cuando alzó la cabeza y notó los ojos enrojecidos de su madre, se alarmó—. ¿Mamá…?
—No, Moroha, no es malo en lo absoluto. —Intentó sonreír y no pudo ni un poco. Colocó la mano en la mejilla de la pequeña y la acarició con ternura—. Tú solo le respondiste a Leya. Nos gusta la gente que sonríe, nos gusta ver a la gente feliz. —Repitió, haciendo hincapié a la filosofía de vida que tenían en su familia y a la forma de expresarla. Moroha siempre decía: "me gustas cuando…" y, claro que eso no era malo y le jodía tanto la mente retorcida del tal maestro que distorsionó una nota tan inocente al punto de llamarle depravada a su hija. Suspiró hondo para tragarse las nuevas lágrimas y observó el rostro preocupado de la niña, le pedía respuestas—. Pero cuando estés creciendo, decir que alguien te gusta tiene otra connotación, hija —se lo explicaría y le pesaba tener que expandir la mente de Moroha de esa manera.
Si a su hija le atraían los niños, las niñas o ambos, eso era algo muy personal que ella descubriría con el tiempo y a su ritmo y nadie tenía por qué incomodarla y mucho menos discriminarla.
—Pero siempre decimos que nos gusta la gente feliz —repitió ella y rompió el alma de su madre—. Y a qué te refieres con que no siempre es lo mismo.
—Cuando estás grande como yo, si alguien te gusta, quieres estar siempre a su lado, como tu papá y yo —siguió explicando Kagome y se sintió muy mal por presentir que lo estaba haciendo horrible.
—¿Se casan? —Inquirió más interesada y dejando de lado la angustia anterior.
—A veces —entre el llanto, la curiosidad de su hija la hizo sonreír.
—Pero yo no me quiero casar con Leya, ¡es mi amiga!
Se formó otro silencio entre ambas cuando Moroha soltó aquello con demasiada sinceridad. La azabache mayor sintió su corazón partirse de nuevo y sin poderlo evitar, las lágrimas golpearon en sus ojos hasta que salieron. Le apretó la mejilla y con una sonrisa que intentaba frenar ese sentimiento, susurró—: Ya lo sé, mi amor… ya lo sé.
La niña estiró sus dedos y secó el agua salada de las mejillas de su progenitora y suspiró, triste.
—No me gustas cuando lloras.
Kagome rio.
—¿Quieres que te cambiemos de escuela? —Soltó de pronto, sin medirlo. La necesidad de que su hija estuviera protegida le hizo trabajar la mente a mil revoluciones por minuto. La niña se quedó confundida por aquella proposición, por lo que obligó a Kagome a proponer de nuevo—. O, tal vez… ¿prefieres hablarlo con tu psicóloga?
Moroha asintió y sonrió de nuevo. Siempre que hablaba con su mamá, encontraba cómo solucionar todo.
—Vaya, aquí están —tal y como Kagome había predicho en sus gestos, InuYasha apareció por entre la puerta semi abierta y dejó ver su expresión que intentaba ser seria, pero escondía diversión. Alzaba una ceja y sus labios se curveaban apenas en una mueca.
—¡Hola, pa!
Mientras sucedía el saludo, Kagome los observaba obsesiva sin dejar de repetir en su mente una y otra vez escenas de tortura para ese maestro imbécil. Ella estaba en contra de la violencia, pero eso había sido una ofensa muy fuerte. Cuando se dispuso a salir del cuarto de su hija, llegó con su marido a un espacio más discreto cerca de la puerta para contarle todo lo sucedido.
—Ese maldito infeliz… —No esperó menos de su esposo. Había gruñido una maldición mientras le contaba lo sucedido y en esos momentos parecía querer explotar—. Le partiré la cara.
—Sabes que estoy en contra de la violencia, InuYasha —le refutó seria y él se alteró más—. Y no alces la voz.
—¿Y vamos a dejarlo así? —Indignado, la tomó por los hombros para hacerla entrar en razón. Ella negó con la cabeza—. ¿Qué sugieres? ¿Una demanda? Hablaré con Miroku.
Kagome sonrió y su expresión se volvió malvada, sombría. InuYasha tenía claro que su esposa era un pan de dulce, pero también podía ser un bocado envenenado cuando quería y era obvio que aquel brillo en su mirada le decía que había dado en el clavo. La vio estirarse hacia el cuarto para decirle algo a Moroha como si nada hubiera pasado.
—En veinte minutos está la cena, hija, te llamaré.
—¡Sí, mamá!
Cuando la azabache volvió a él, asintió.
—No importa qué pase… —llevó ambas manos al rostro de su esposo y lo miró directamente a los ojos, en donde el infierno estaba ardiendo.
—Kagome…
—Asegúrate de que no vuelva a trabajar en su vida.
Aaaah, este "corto" me sacó canas verdes. Ni idea de qué hice, pero me encanta lo que pasó y todo. Quizás no tiene ni dos de angst, pero WEBOS.
