Universo: Alterno.
Pareja/Personajes: Miroku, Sango; Kagome; Ayame.
Palabras: 2435
Inspiración: Ninguna especifica.


"Ghosting"
"Hacerse el fantasma"

—Cuando una persona desparece sin razón y corta todo contacto en una relación, mayoritariamente romántica—

5.

Una vez más se restregó la cara con ambas manos después de dejar el teléfono sobre la mesilla a lado del mueble. Intentó no sonar desesperada, pero el suspiro la delató. Tenía tantos nervios, que un cólico molesto se había instalado en su vientre y causaba pequeños mareos esporádicos.

Ya era el quinto día.

—Pásale, por favor. —La voz de Kagome se dejó oír por sus oídos y alertó la cercanía de Ayame con la taza humeante de té que sostenía justo frente a ella.

—Ten, Sango.

—Gracias —sin mucho más qué acotar, tomó el humeante té y aunque estuvo en contacto con la loza hirviendo, sus dedos no terminaron de sentirse cálidos. La preocupación estaba congelándola por dentro. Sorbió sin dejar de ver a la nada, pensando en el paradero de él y con la necesidad casi enfermiza de ver el teléfono cada dos minutos. Desvió la vista hasta el teléfono móvil con la intención de tomarlo, pero se decepcionó al notar que la pantalla seguía en negro, bloqueada.

Evidentemente, no había nada.

La azabache no dijo demasiado e intentó disipar el reciente silencio incómodo que se había formado entre ellas, bebiendo su té y tragándose las palabras. Le estaba doliendo ver a su mejor amiga así, tan perdida y preocupada, divagando en su nebulosa y pendiente de sus notificaciones por si Miroku aparecía. No era justo, no era justo que le volviera a pasar, que otra vez un hombre le hubiera hecho daño a una mujer tan maravillosa como ella.

—Pero, deben haberle robado el teléfono —acotó luego de un rato y se estiró en el mueble para dejar la taza en la mesita de centro. Ayame asintió.

—No lo creo —preocupada, Sango negó también con la cabeza. Cerró los ojos con fuerza y echó atrás la cabeza—. Me pudo haber contactado por Facebook y a esa red social tampoco se ha conectado en estos días.

—Esto parece uno de esos casos en los que la gente se desparece… —Kagome la miró con mucha atención para notar las expresiones de su amiga, pero no encontró más que la misma desesperación. Había llorado tanto, que sus ojos estaban hinchados—. ¿Cómo es ese término extranjero que lo define?

Ghosting, le dicen —comentó Ayame, moviendo el celular con Google abierto, como demostrando que lo podían consultar en el motor de búsqueda—. La persona se desaparece de la nada en una relación y no aparece en meses.

Sango volvió a negar. No, ellas no entendían, él no había hecho eso.

No podía haber hecho eso.

—Sango, salían hace poco y, por lo que sabemos, solo estuvieron juntos una vez —siguió Kagome, intentado pensar muy bien en lo que decía—, ¿por qué pareces tan destrozada, amiga? —Su expresión se volvió triste y preocupada. Sinceramente, estaba muy inquieta por ese semblante tan deprimido.

Ayame no dijo nada, se dedicó a observarlas. No podía decir demasiado, porque apoyaba la pregunta de Kagome. Si no había un vínculo, ¿qué estaba pasando?

—Me preocupa que algo malo haya pasado. —Y no mintió. Realmente le preocupaba.

Se apretó más en su sábana de felpa para tratar de apaciguar ese helado ardor nervioso que se extendía cual veneno por todo su cuerpo. Le estaba costando demasiado mantener la calma. Por muchos momentos, sintió ganas de estrellar el celular contra la pared y la única forma que encontraba de disipar esa ansiedad era mover los pies como si no hubiese un mañana. Entendía que sus amigas sintieran raro todo eso, pero claro que ella tenía sus razones —y muy fuertes— para no pensar que Miroku simplemente había desaparecido de forma cínica de su vida. Alzó la vista despacio y fue consciente apenas de su expresión contraída cuando el dolor de su ceño fruncido y de sus labios rígidos la hicieron intentar relajar el rostro.

Un descuido íntimo, se había tratado de un descuido íntimo por el que no entraría en detalles. Solo eso: un descuido íntimo.

Había salido con Miroku al menos unas seis veces antes de tener sexo y habían estado hablando a través de redes sociales por meses… lo conocía, sabía que lo conocía, en su corazón había seguridad de saber exactamente quién era ese hombre tan apasionado que la miró con unos ojos azules tan intensos, que por un momento se sintió hipnotizada por ese par de pedazos de cielo, tan profundos como el mar y que quemaban como la frialdad absurda del hielo.

«—Ven —la tomó por la quijada y con suavidad, dirigió su rostro ya deshecho por el placer hacia el frente para que lo mirase. Su voz fue tan suave, que las piernas le temblaron. Las embestidas habían parado y apenas fue consciente de la calidez que había provocado la fricción de sus sexos. Se sonrojó como estúpida.

—Miroku… —no dejaba de verlo con las pupilas saltando como locas, sin poder tener control de ellas. Se moría por besarlo, ¡¿cómo diablos podía ser tan hermoso?!

—Eres preciosa, Sango —sus cejas enormes y azabaches respingaron por la pasión que Miroku le imprimió a aquella confesión, demostrando que lo decía desde el fondo de su alma».

Nunca había creído tanto en un halago hasta que lo escuchó de esos labios masculinos preciosos. Dejó otra vez la taza sobre la mesa, se recogió de piernas y en sus rodillas descansó la cabeza, con la cara mirando hacia el ventanal de su sala, observando el despejadísimo paisaje de Tokio. No quería hablar más, tenía miedo de lo que ellas dirían si se enteraban, pero… por algo las había llamado.

Sorprendentemente, aquello no era lo que la tenía más preocupada, sino el maldito hecho de que él seguía sin dar señales de vida. ¡Tenía que haber pasado algo malo! Él no la iba a dejar, mucho menos después de la noche de pasión que habían vivido. Demasiado mágico para probarse una sola vez. Miroku no era ese tipo de canalla. De fondo, las tasas todavía se oían al ser chocadas con los platillos

Sango alzó la cabeza y cerró los ojos con fuerza. Tenía que hablar como fuera, ya no seguiría alargando más ese silencio incómodo en el que, sabía ella, se escondían cientos de comentarios ansiosos sobre ella y Miroku. Ayame y Kagome no sabían demasiado, por lo mismo de que ella había tenido miedo a fracasar de nuevo como en sus tres relaciones pasadas. No quiso hacer parte de nuevo a personas importantes para luego tener que decepcionarlas contando que la habían dejado y de la peor manera, jugando con ella tanto tiempo.

No, no, no… Miroku no era así.

Era más que eso, más que todo.

Kagome abrió la boca para decir algo y escuchó que la castaña también lo hacía, así que calló.

—Estoy embarazada.

—¡Sí, hombre, en tus sueños! —Más había tardado ella en respirar, que Ayame en responder con esa frase de incrédula—. ¡En tus sueños de seguro que estás con nueve meses! —Terminó por decir, echándose para atrás con cara de tragedia.

Kagome se quedó callada, en shock, procesando la noticia.

—Sí… —Sango soltó otro suspiro, adivinando los pensamientos de la azabache— ya me hice la prueba de sangre.

—Esto es increíble

Ambas mujeres enterraron la cara entre las manos y se encogieron desde su lugar. La joven muchacha cerró los ojos para intentar calmarse. Se alertó de forma abrupta cuando el teléfono sonó, pero era solo una notificación del sistema. Quiso tirar el celular de nueva cuenta. Las ganas se hacían más intensas cada vez.

—Y ha desaparecido —intervino K y eso le ardió como si le hubiera incrustado un pedazo de vidrio en la herida.

Estaba comenzando a dudar hasta de su propia existencia. Negó.

—No, algo debe haberle pasado —apretaba parte de la sábana para dejar ir esa sensación de ansiedad que la estaba consumiendo. Había estado en su edificio ya dos veces y como nadie contestaba en su departamento, no podía subir. No había tenido suerte, nadie le había dado razones de él.

Kagome quiso abrazarla con fuerza, pero no tenía la valentía ni siquiera de moverse. Se notaba que Sango estaba bastante segura de lo que decía, pero ellas no sabían demasiado, apenas les había comentado de él.

—Parece que lo quieres mucho, ¿no, San? —La voz de Ayame se dejó oír queda y ambas la miraron de inmediato. La castaña se quedó en silencio y asintió después de unos segundos.

Sí que lo quería, sentía en su pecho que le ahogaba la idea de imaginar que no quisiera saber nada de ella y por eso había desaparecido. Podía tratarse de una sola vez en sus brazos, pero aquel recuerdo duraría toda la vida.

—Si ese Miroku no aparece —la voz de Kagome sonó autoritaria, decidida y cargada de un afecto incalculable—, Sango, cuenta con nosotras para ser madres también de tu bebé.

—Sí, sí, definitivamente, si. —Secundó Ayame con el pecho inflado de orgullo.

La castaña sonrió genuinamente por primera vez en muchos días. Algo dentro se sintió cálido cuando vio la sonrisa de sus mejores amigas, cuidarle el alma con ese gesto. Cerró los ojos como si las abrazara y decidió, por un momento muy corto, dejar que las cosas fluyeran, incluso cuando siempre que no las tenía bajo control, estas se iban a la mierda. Por el silencio de paz que se instaló después, supo que quizás sí había tomado una buena decisión al dejar a su mente descansar. Eso era lo que necesitaba. Si Miroku no aparecía por haber sido un imbécil, pues ya tenía el apoyo de sus amigas y el de sus padres, eso lo sabía.

Sin embargo, si Miroku no estaba bien…

Cuando su celular vibró violento sobre la mesita de centro y reconoció el tono de llamada, el corazón le dio un vuelco. La atención de todas las mujeres se concentró en el móvil mientras, como en cámara lenta, la joven mujer se estiró para responder la insistente llamada…

Era él.

¡Era Miroku!

Después de todo, él había vuelto a aparecer, ¡él realmente había vuelto! Temblaba, las manos le estaban sudando y unos hincones locos en su vientre le hacían querer chillar. Se mordió los labios mientras admiraba, por un cortísimo segundo, el nombre de él en la pantalla.

—¡Responde! —Sus amigas insistieron, ya contagiadas de su propio nerviosismo.

Sintió un frío de repente recorrerla mientras tocaba el botón para responder la llamada y tragó duro antes de llevarse el aparato móvil a la oreja.

—¿Diga?

¿Hola? ¿Hablo con Sango? —Escuchó una voz masculina del otro lado y no tuvo que hacer esfuerzos para reconocer que no era él. Arrugó el entrecejo y se enderezó en la silla. Las chicas la miraban ahora preocupadas.

—Sí, con ella. ¿Por qué tiene el celular de mi novio? —Se atrevió a decir de una vez, con las alarmas encendidas. Si esa persona tenía el celular de Miroku, era que, o se lo había robado o tal vez lo había encontrado en algún lugar, perdido.

…sí, es su novia, como lo suponíamos por el corazón en su contacto. —El hombre misterioso se separó del teléfono, pero para ella fue audible la conversación que parecía tener con otras personas. Un escalofrío nuevo la recorrió.

E ignoró por completo lo del emoji de su corazón en su contacto.

—¡¿Hola?! —Otro cólico terrible le atacó los órganos y las ganas de soltarse a llorar se hicieron enormes, avasallantes.

Tenía miedo, mucho miedo. La llamada era extraña y por un momento, sintió como si estuviera viviendo otra realidad. ¿Se trataría de un sueño? Tenía que ser, solo en en sus pesadillas las cosas se veían tan mal como ahí. Fue consciente de que su cerebro quiso bloquear la vivencia de la realidad y hacerle creer, por un momento corto, que se trataba de un sueño.

Una mala noticia se acercaba, ella no era ninguna imbécil.

Lo siento, señorita…

—No… —susurró al instante, sin esperar que este prosiguiera. Negó lentamente y cerró los ojos, completamente decidida a no escuchar un segundo más—. No.

—Sango… —Kagome sintió que la sangre se le vino a los pies cuando el rostro de su mejor amiga se fue tornando cada vez más y más estupefacto, dolido y en shock. No sabía cómo explicarlo.

—Kagome… —Ayame se levantó de inmediato cuando notó que esa situación ya no tenía remedio.

—¡No, no, no, no! ¡No! —Sin siquiera cortar, botó el celular sin dirección y rompió en llanto.

—¡Por Dios, Sango! ¡Qué pasa! —La azabache estuvo con ella en menos de un segundo, intentando abrazarla. Estaba completamente asustada y llena de pánico con todo eso.

—¿Sí? ¿Sí? ¿Con quién hablo? —La voz de Ayame se dejó oír tratando de sonar más calmada. Había tomado el teléfono de Sango y desde el ángulo de Kagome, se veía completamente desesperada—. Si, oficial, soy la abogada de la señorita Sango Tanaca, puede hablar conmigo.

—No puede ser, no puede ser, no puede ser, no puede ser —repetía incesante, intentando recuperar la cordura y aferrándose a los brazos de Kagome, que la sostenían firmes, como un apoyo más que físico—. Esto tiene que ser una broma. —Se encogió todavía más y el abrazo de Higurashi se intensificó.

—Dios… —el susurro de la pelirroja hizo que la azabache cerrara los ojos con fuerza. Su amiga, quien estaba intentando convencerse de algo, se aferró tanto a ella, que sintió las uñas clavarse en la piel de los brazos—. Muchas gracias, oficial, intentaré hablar con ella. Sí, sí, sé en dónde queda ese lugar, pero, por cualquier cosa, lo estoy apuntando en mi libreta —dejó el esferográfico justo después de decir aquello y volvió a tomar el teléfono con sus manos—. Muchas gracias por avisarnos, hasta luego… —Cuando cortó, se quedó viendo la pantalla negra por varios segundos, sin siquiera respirar.

El silencio grande de la habitación únicamente era interrumpido por los sollozos de Sango, que seguía sin siquiera poder mirar a la abogada de reojo. Su mente se obligaba a repetirle que aquello tenía que ser una pesadilla, que pronto despertaría.

No era verdad, simplemente no era verdad.

—¡Por favor, solo di algo! —Kagome ya había sufrido los estragos de esa situación, sus nervios estaban a punto de reventar.

—Encontraron el cuerpo de Miroku en una zanja… —Casi lo susurró, con el corazón encogido. Higurashi negó y regresó la vista de inmediato a Sango, que había empezado a dejar ir su dolor sin mentirse más.

—¿De qué diablos estás hablando…?

—No, no, no, no, Ayame, por favor —Tanaca se mordió los labios, sintiendo el rostro empapado. ¡Es que no podía ser!

—Lo asesinaron…

—¡No!


Ay, el destino es una perra.