Universo: Original.
Pareja/Personajes: InuYasha, Kagome.
Palabras: 1690.
Inspiración: What if... si cuando InuYasha decide proteger a Kikyō, Kagome no llega hasta el pozo y le confiesa sus sentimientos. InuYasha tendrá que romper con ella, sabe que tienen una relación más que tácita, pero él piensa que le debe su vida a Kikyō.


"Break up"
"Ruptura"

6.

«¡Querían que nos separemos tanto, ¿eh?!»

Sus propias palabras no habían parado de hacerle mella en la mente durante todo el largo y tortuoso camino hasta el pozo. Se escuchaba en la cabeza como eco y se repetía una y otra y otra vez.

Separase de Kagome.

Separase.

Romper con ella.

Sentía claramente la grama en la planta de los pies, las ropas rozarle la piel, el cabello pesado caer por la espalda, las orejas sobrehumanas sentir el viento y los pájaros cantar. Parecía que esa mañana, el sol brillaba más intenso que nunca. Era una ironía completa, porque por dentro, todo se había vuelto negro, no había nada que le produjera luz y cada paso que daba para acercarse a ese pozo, hacía su andar más pausado.

Lo que haría sería definitivo y estaba consciente de eso como nadie. No quería hacerlo.

No quería hacerlo y si lo pensaba cínicamente, era muy egoísta de su parte. Antes se había mostrado más seguro de querer ir hasta la casa de Kagome y decirle que ya no podían verse más porque no era justo para ella que siguiera ahí cuando había tomado una muy dura decisión. Una, que le había costado la noche entera decidir, con la mente volviendo a jugarle malas pasadas cada vez que se inclinaba por una de sus circunstancias. Nadie sabía qué había dentro de él, malditos fueran todos, nadie entendía qué pasaba por su mente y por qué actuaba de esa manera.

Una ráfaga de viento movió su cabellera plateada y apretó los puños con tanta fuerza, que las garras se le clavaron en las palmas. Observaba el fondo oscuro del pozo desde su ángulo y las ganas de regresar a la aldea lo atacaban de una forma tan estrepitosa, que sintió que las piernas le iban a fallar.

«A menos que vaya a separarme apropiadamente de ella…»

Apoyó las manos sobre el filo del pozo y en la madera enterró las uñas, intentando recuperar las fuerzas. Aquello, de nuevo, le decía que se separaría de ella de forma definitiva y, aunque antes se sentía un poco más preparado para serle franco, cada segundo que se acercaba más a llegar hasta ella, sentía que le costaba más llevarlo a cabo.

«No terminará para mí tampoco»

Sin aplazarlo un segundo más, enderezó el cuerpo y se lanzó por el vacío y oscuro pozo que lo conectaba 500 años en el futuro.

A ella.


«Amo a InuYasha»

Y aquello no fue una agradable sorpresa, no justo cuando sentía que el corazón se le había roto en más pedazos que la propia perla de Shikon. Sintió que el cuerpo le tembló y cuando fue a darse cuenta, las lágrimas ya estaban corriendo tibias por sus mejillas. Le dolió sentir su propio llanto.

—¿Cuándo comencé…? —Se dijo en voz alta, con la voz quebrada y rememorando toda su historia en un par de segundos. Aquello corrió como una película de fantasía por su cabeza.

«¿…a amarlo tanto?»

Quería verlo, por una última vez quería ver sus preciosos ojos dorados brillantes que siempre saltaban inquietos cuando algo le interesaba. Quería volver a ver su expresión seria cuando algo ameritaba su entera concentración. Quería volver a ver sus sonrisas tontas que veía de reojo cuando tonteaba con Shippō o los demás. Quería verlo para abrazarlo fuerte, estrecharse en su pecho y volver a oír latiendo ese corazón que, aunque no latía por ella, latía.

Y eso significaba que él estaba con vida, pues, al final de todo, era lo único que le importaba.

Que fuera feliz.

Quería verlo, pero estaba cansada. Tan cansada de haber luchado consigo misma y con sus sentimientos, tan poco preparada para lidiar con los problemas de él, tan frágil que el corazón a veces palpitaba tan fuerte que dolía. Lo amaba, pero ya no tenía fuerzas para seguir peleando. Y tanto como ella se demorara en hacer que sucediera esa ruptura, así mismo no volvería a saber de él. Seguro que esta vez no iba a volver y ya lo había comprobado con creces.

Se disponía a dar la vuelta para volver al templo cuando la presencia de alguien llamó su atención. Giró rápidamente y cuando supo de quién se trataba, no pudo hacer más que quedarse de piedra en su lugar.

Era él. Era InuYasha.

Encontrarla no había sido difícil. Cada vez que iba esa época, el delicado aroma de ella se extendía por todo el lugar cual veneno, sin embargo, a diferencia de este, con Kagome, la sensación no era desagradable a sus sentidos. Todo lo contrario. Había caminado con mucha lentitud por el lugar desde que había salido del pozo, curioso, como si fuera la primera vez que estuviera allí. Y el cuerpo sintió una ola de desagrado porque sabía que probablemente sería la última. Sin dejar de poner atención en los olores del ambiente, notó que ella se encontraba frente al árbol sagrado, justo donde, 500 años atrás, él se había quedado recostado toda la noche. Era casi ridícula la manera en la que el destino hacía de su vida una ironía una y otra y otra vez. Pestañeó despacio. Sabía que ella había estado llorando, sus ojos la delataban.

Se sintió miserable porque no podía hacer nada.

Se quedaron mirando uno al otro en un silencio sepulcral que solo era irrumpido por el viento helado que los envolvió.

«No hay manera de que pueda pedírselo» se repitió, cada vez más inseguro de lo que había ido a hacer allá. «No hay manera en que pueda ser tan egoísta».

—InuYasha…

No había escuchado su voz en poco tiempo, pero con todo lo que había pasado, parecía que no la había vuelto a escuchar en años; sonaba más triste de lo que recordaba.

Tal y como lo había predicho, ella ya lo sabía. Se había dado cuenta de qué estaba pasando y lo supo por el tono de voz que usó y por su semblante. Pensó que aquello le haría la situación más fácil.

Pero quiso explicarlo.

—Kagome, yo…

—Lo sé. —Se adelantó y su mirada regresó lentamente hacia el árbol de las edades. No era mentira que no quería escuchar esas palabras—. Mientras estuve aquí, pensé mucho acerca de ti —prosiguió, sin quitar la vista de aquellas hojas tan verdes. El día era hermoso, aunque irónicamente ella no se sentía así. Y envidió el día— de Kikyō y de mí.

InuYasha agachó la mirada sin saber cómo responder. Realmente sentía su mente en blanco, únicamente vivía el momento, expectante a lo que ella dijera. Aquello se había tornado más difícil de lo que alguna vez esperó.

»—Es por eso que… entiendo tus sentimientos y sé que ya no puedo permanecer más tiempo en tu época, InuYasha.

El hanyō alzó la mirada de inmediato, viéndola con sus propias pupilas moviéndose violentamente y reflejando a Kagome en ellas.

Entonces, así se sentía el final…

El final de ellos.

—Kagome —se atrevió a abrir la boca y ella guardó silencio sin atreverse a mirarlo—. No podía confiar en nadie hasta que te conocí —le confesó sincero, desde el fondo de su alma. Siendo la última vez que la viera, probablemente sería adecuado decirle la verdad sobre lo que había cambiado en él después de conocerla—. Lloraste por mí y siempre estuviste a mi lado.

Kagome había regresado la vista a él de repente, observando sus facciones contraídas. Parecía tener una gran pena. Después de todo, aquella ruptura estaba costándole mucho a los dos, aparentemente.

»—Me siento aliviado contigo y disfruto cuando estás cerca —se obligó a tragar duro cuando alzó la mirada de nuevo para verla—, pero la vida de Kikyō se detuvo y murió siguiéndome —estaba consciente de que aquello le pesaba incluso más que dejar a Kagome. La pena y el remordimiento que tenía era tan grande, que sintió que esos mismos sentimientos le dieron fuerzas para acabar de una vez con aquello tan difícil entre él y Kagome—, es por eso que vine… porque ya no podremos vernos más.

La colegiala cerró los ojos despacio al escucharlo. Después de todo, él se lo había dicho. Con aquellas palabras anteriores a ese último dardo letal que le había lanzado, podía comprobar que, al menos en el tiempo que habían compartido juntos, su presencia sí había dejado huella en la vida de él. Supuso que eso estaba bien. Con un suspiro que le pesó mucho, empuñó los fragmentos de la perla y empezó a caminar hasta él. InuYasha no se atrevió a mirarla a pesar de saber que se estaba acercando cada vez más. No podía.

La joven se detuvo a unos pocos centímetros del medio demonio y le extendió la mano que contenía el pequeño frasquito con la joya.

—Yo estoy viva —asintió, dándole la razón—, es el principal motivo por el que no puedo competir con ella. —Como él no reaccionaba, se inclinó para tomar la mano derecha que descansaba suspendida. InuYasha dio un pequeño respingo, pero se dejó hacer.

Higurashi depositó suavemente el contenedor en la palma semi abierta del joven híbrido y cerró los dedos en torno a ello.

—Kagome…

—Solo promete —puso su mano izquierda para cubrir la extremidad masculina—, que lucharás por cumplir tus objetivos, InuYasha, que podrás acabar con el ser que tanto daño les ha hecho —el corazón se le encogió tanto, que tuvo miedo de lo que pudiera pasar con él—. Lucha, InuYasha, vive mientras puedas y… sé feliz.

Entendía que no podía permanecer a su lado, entendía que, aunque muriera por quedarse y cuidar de él, su decisión estaba tomada. Aquel sería el día más doloroso de su vida, quizás, pero también el día en el que más había aprendido de sí misma y del amor. Lo soltó, lo soltó físicamente, aunque su alma no se atreviera a dejarlo ir todavía, pero al menos intentó liberarlo para que cumpliera con su deber, su voluntad.

No dijo una sola palabra más, dio la vuelta y se fue. Y lo dejó ahí, absolutamente solo, quizás más que nunca, preguntándose cómo se suponía que sería feliz…

Sin ella.


Quiero aclarar que este corto no es con la intención de molestar con el triángulo amoroso y demás. Escogí este capítulo del manga porque es el que más se apega a la temática y porque siempre había querido escribir de este arco.