Universo: Original.
Pareja/Personajes: Naraku.
Palabras: 765
Inspiración: Naraku's theme [canción] | InuYasha: capítulo 173 «Celos» [manga].
"Dysphoria"
"Disforia"
8.
Se miró nuevamente las manos y notó claramente, a través de pálida piel, cómo las venas se miraban verdosas e hinchadas, llevando su sangre por todo el cuerpo, permitiéndole al corazón latir.
Alzó la vista y aunque no quiso, concentró en ello toda su energía. La sensación era tan asfixiante, que una parte de su esencia le pedía a gritos que se desincorporara para ya no tener que sentir aquello tan repugnante.
—Suficiente, Kanna —la observó de la manera más fría que pudo, ocultando el escozor de su propio odio que destilaba por dentro, sereno como jamás—. Vete.
La albina asintió y sin decir absolutamente nada, se retiró.
Despacio, se levantó del suelo y con cada paso que daba, usaba una mano para quitarse los ropajes mientras que otra se estiraba en dirección a la katana más cercana que encontró. Respiraba de manera casi imperceptible, no quería sentirse perturbado por el nuevo calor e ira que estaba sintiendo, que lo cocía por dentro y lo desterrada del maldito cuerpo que tanto había tardado en escoger. No sabía cómo expresar el odio e ira irracionales que cada segundo se volvían más fuertes.
«¿Celos…?»
Apretó el mango de la katana con fuerza, mirando a punto fijo en la nada. La imagen de InuYasha y Kikyō abrazándose de esa forma parecía hacerse cada vez más clara en sus pensamientos y ardía, ardía que sus ganas de acabarlos, junto a toda la humanidad, se hacía cada vez más imposible de controlar.
No podía creer que los celos lo habían atacado. Y no era que no llevara un buen tiempo ya trabajando en sentimientos que no le pertenecían, despreciando al miserable humano que había permitido que ahora él existiera, sino que costaba todavía más cuando una pequeña parte de ellos se había ido adhiriendo a su propia consciencia sin que fuera capaz de manejarlo a su antojo. Apretó las manos con fuerza e hizo un puño antes de dividirse la larga cabellera rizada. No era la primera vez que experimentaba incomodidad referente a InuYasha y Kikyō y aunque a veces se sentía como una tercera persona dentro de ese cuerpo, no podía evitar percibir que aquel sentimiento agrio era tan físico como sentimental.
Y de nuevo sintió tanto asco.
Maldito fuera Onigumo, malditos fueran todos los humanos.
«¿Esto también es del sucio corazón de Onigumo?»
Ya lo sabía él de antemano, pero no podía evitar pensarlo de forma explícita.
Preparado su cuerpo, imprimió furia al nuevo agarre de su espada mientras maldecía al bandido miserable.
«Inútil»
Y certero, clavó el filo hasta que este traspasó su piel, justamente donde su marca de araña se dibujaba. No quería el maldito corazón de Onigumo, no quería esos malditos sentimientos asquerosos que no le aportaban absolutamente nada a su búsqueda de poder, no quería ese cuerpo inútil que no hacía más que hacerlo lucir como un patético y no deseaba volver a ver a Kikyō cerca de InuYasha. Y le jodía tanto no poder desprenderse de todas esas emociones vomitivas que parecían atacarlo como un virus.
No quería eso, sentía asco de esa parte débil que lo conformaba. Entonces escuchó el sonido de la piel humana caer al tatami y los sollozos espantados de un sirviente lo alertaron. Lo vio de reojo y se giró para tomar el lote de piel que acababa de cortar. Observó al muchacho temblar desde su lugar y llorar por el pánico. ¿Así de patético se vio alguna vez Onigumo? De alguna manera, era parte de él.
Sin decir nada más, blandió su espada y cortó el cuerpo del servidor de forma tan violenta y rápida, que tuvo tiempo de ver la sangre en el aire chispear desde las venas que acababa de traspasar. Las gotas de su sangre cayendo de su corte y de su propia espalda todavía se escuchaban muy claramente hasta que unos pasos suaves que ya conocía, le alertaron de una tercera presencia.
—¿Qué te pasó, Naraku? —Con aquella voz socarrona y fastidiosa que solía tener cuando intentaba burlarse de él, Kagura hizo su aparición mirando al cadáver y su dueño, respectivamente—. Te has vuelto loco, eh. —Alzó una ceja, ligeramente asombrada por la violencia.
—Cállate. —No iba a soportar sostener una conversación con ella, así que, sin decir más, se dispuso a salir de la habitación—. Y limpia todo esto.
Nada en la vida era más humillante que sentir que no perteneces a tu cuerpo, que siempre estás buscando más o que, peor aún, los sentimientos dentro de tu corazón no te pertenecen y tengas que ser parte de ellos.
Estaba pensando: «¿qué mierda? ¿A quien le voy a meter está responsabilidad de sentir disforia en InuYasha?» y dando vueltas en la cama dije, con una enorme palmada: «¡Naraku tiene disforia!». Y ya sé que se habló de celos, pero quiero hacer hincapié a su incomodidad por todo lo que Onigumo representa para él y de que ahí radica la disforia.
