Universo: Original.
Pareja/Personajes: Naraku; Kaō.
Palabras: 2125
Inspiración: Flores de cementerio – Kao no nai tsuki [fanfic].
"Hanahaki"
"Vomitar flores"
—Enfermedad ficticia causada por la idea de un amor unilateral que hace que crezca una raíz dentro y esta florece hasta hacer expulsar flores al enfermo cada vez que tose—
9.
Tal cual llegaba la noche, sigilosa y oscura, las raíces de Kaō se habían extendido por sus dominios como serpientes venenosas que buscaban algo de él. El sonido electrizante de las incesantes ramas verdes quemándose y volviendo a intentar penetrar su campo de energía, le llamó la atención. No había nadie en su castillo, por lo que, de forma tranquila, se levantó y caminó hasta la salida. Fuera, parecía que un caos enorme se había formado.
—Maldito… —susurró fastidiado. No estaba de ánimos para enfrentarse a ningún ser en esos momentos, apenas estaba acostumbrándose a la sensación incómoda que la muerte definitiva de Kikyō, le había dejado.
Usando su poder, activó una ráfaga de humos venenosos que empezaron a colarse entre su campo de energía.
Fuera, el demonio que controlaba las flores, sonrió, complacido. Había ido por la perla de Shikon y, aunque encontrar ese castillo no había sido tarea fácil, el que sus flores se extendieran por el suelo le daba un plus para rastrear ese enorme poder maligno. Y entonces notó la desgracia clavada en el alma del semi demonio que había dentro. Presas fáciles para sus planes eran todos los seres con una pena reciente y este no sería la excepción, sino, al contrario, la mejor opción que se le había presentado.
—Eso es —dijo en voz alta, sonriendo más amplio—. Tu veneno combinado con la sangre de mis flores va a destruir todo tu campo en un segundo. —Con un movimiento de sus dedos, esperó el momento preciso y los pétalos rojos empezaron a sangrar, perdiéndose entre el color violeta del miasma, creando una masa espesa que empezó a derretir la barrera.
—¡¿Qué?! —No pudo evitar fruncir el entrecejo, observando cómo se iba abriendo paso el cielo oscuro junto a las ramas y a las flores que tenían un olor fortísimo.
«Maldita sea, qué pasa…»
Intentó crear un campo de protección para sí mismo, pero la barrera era tan débil, que dentro le cayó una gota de sangre que parecía ácido derritiendo todo a su paso. Imprimió más energía en su barrera y logró que ahora, las gotas dejaran de caer. Eso, por algún motivo, le envió una alerta rojísima de que algo no estaba yendo bien con sus poderes, que estaba vulnerable y aún no era capaz de tener una pelea con nadie. Observó desde dentro la figura de un demonio delgado y estridente, caminar por entre sus dominios hasta pararse a unos pocos metros de él.
—Soy Kaō, el demonio de las flores —se presentó como si eso fuera muy necesario. Naraku lo observó con desdén desde su nueva protección, preguntándole silenciosamente quién rayos le había solicitado esa información—. Seré breve, hanyō —un escalofrío de odio lo recorrió cuando escuchó que lo llamaba así. Le recordaba mucho a InuYasha—. Entrégame la perla de Shikon por las buenas. —Kaō extendió la mano y una enorme sonrisa le cruzó por todo el rostro, haciendo que sus labios rojos brillaran.
El aludido sonrió con suficiencia. ¿Eso era todo? ¿Entrar a su castillo pareciendo un rival decente solo para pedir la perla de esa forma tan patética?
—No me hagas perder el tiempo —sin más, sacó uno de sus tentáculos y lo dirigió hasta él con la intención de matarlo.
Apenas el tentáculo hizo contacto con Kaō, unas enormes ramas verdes salieron de su cuerpo, destilaban sangre y tenían enormes espinas que se enterraron en la extensión de Naraku.
El medio demonio sintió una enorme descarga extraña que llegó electrizante desde su ataque hasta el centro de su pecho, como el veneno de una serpiente, como una picadura letal. Por el dolor, se obligó tanto a abrir los ojos, que le dolieron. Maldito fuera el bastardo ese. Sin perder un segundo más, trajo de nuevo su tentáculo herido y lo escuchó soltar una carcajada enorme.
El calor seguía subiendo por todo su cuerpo, se sentía arder por dentro y la sensación de que algo crecía en su caja torácica era cada vez más fuerte. ¡¿Qué diablos le había hecho?! ¡¿Qué diablos significaba eso?! La risa se hizo cada vez más fuerte, más burlona. Aquel tono insoportable parecía volverse más agudo con los segundos y perdió tanto control de sí mismo, que sintió que el cuerpo se le había entumecido.
—Un miserable medio demonio malherido por la muerte de la única mujer que ha codiciado en su vida. —Leyendo su alma, Kaō pudo ver las memorias sentimentales del semi demonio y empezó con su ritual matutino de manipular los sentimientos y exponerlos para que la víctima fuera aún más consciente de ellos y su corazón empezara a debilitarse. Pelear con ese híbrido era una estupidez, lo sabía muy bien, era por eso que había utilizado su poder de la maldición del vómito de flores para que, en un par de días, este haya acabado con la vida del ser que tenía en su poder toda la perla de Shikon. No haría ningún esfuerzo—. Oh… Una muerte que él mismo provocó. —Terminó por decir, tocando la raíz del dolor.
—¿Qu-qué…? —Se obligó a callar cuando por su garganta, sintió que una especie de serpiente quería salir por su propia boca. Fue una sensación que jamás había experimentado.
—¿Abatido por que tus sentimientos nunca fueron correspondidos, híbrido?
—¡Cierra la boca! —Cuando intentó producir miasma sintió que su mismo veneno le quemaba la piel, así que se obligó a quedarse quieto y evitar soltar un aullido de dolor. ¡¿Qué demonios le estaba pasando?!
—¿Fue por eso que llegaste a matar a esa mujer? —Prosiguió Kaō y la sensación de opresión en el pecho de Naraku se hizo más insoportable, como si se redujera todo por dentro y no pudiera respirar ni siquiera por otras partes de su anatomía. Y el calor, el calor infernal seguía asfixiándolo con cada palabra que soltaba su verdugo—. Estaba enamorada de otro, ¿no es así? —Kaō volvió a sonreír—. No te preocupes, que los sentimientos humanos no siempre sean correspondidos es algo que pasa más veces de las que te imaginas. —Tomó entre sus dedos medio e índice un pétalo rojísimo que empezó a sangrar hasta deshacerse por completo; lamió los restos de sangre y sin decir más, se elevó mucho para lanzar su frase de despedida—. Y no importa lo que hagas, el alma de esa mujer jamás podrá regocijarse contigo.
Después de que un estruendo se llevara consigo a Kaō, el castillo quedó en silencio, completamente oscuro. Tal y como la tierra cuando tiembla violenta y al terminar, deja la destrucción muda a su paso. Naraku se había quedado ahí, suspendido y pendiendo de sus propias extensiones corporales para no caer al suelo como un miserable. Después de unos segundos, el sonido brutal que salió de su garganta, raspándola y quemándola en el proceso, rompió la quietud. Se dobló un poco cuando el cuerpo sufrió el espasmo de la arcada y una nueva sensación asquerosa se instalaba en su estómago. Algo dentro de su cuerpo no dejaba que se extendiera, que se deformarse o que pudiera siquiera moverse. Intentó tomar aire con la boca abierta, buscando un poco del oxígeno que le hacía falta a sus pulmones. Jamás se había sentido de esa manera.
Una gota de sudor rodó por su sien y ni siquiera se había dado cuenta de que era capaz de sudar, pero suponía que con el calor terrible que seguía sintiendo, como un ataque febril, era normal, hasta que, haciendo acopio de sus poderes, notó que era un líquido espeso del color de la sangre mezclada con el violeta de su veneno. La esencia brotaba de su cabeza y de sus hombros, al parecer, justo de donde nacía su armadura.
—M-maldita sea…
«…el alma de esa mujer»
Cuando la voz sonó tan clara por todos lados, intentó poner sus sentidos sobrenaturales alerta, aunque de forma ineficiente, solo para notar que seguía solo. Sintió que algo dentro se infló y la garganta, seca como un pedazo de cuero tostado, le hizo soltar un sonido gutural. Lo maldijo, maldijo a Kaō, a InuYasha, a Kagome, a todo su grupo y, principalmente, maldijo a Kikyō.
De nuevo aquel dolor que hacía que la vía de respiración se hiciera cada vez más angosta y que la presión subiera a su cabeza hasta estar a punto de estallarle las venas, acabando con los restos humanos que aún conservaba para mantener su morfología. Como si de varios trozos de papel se tratase, sentía que aquello se estaba acumulando en el pecho hasta subir a su garganta y aquello no hacía más que causar todavía más presión.
«…jamás podrá»
La primera vez que Onigumo había visto a Kikyō, era apenas una adolescente. Tendría unos quince años cuando se cruzó con ella. Decían que tan pequeña, aquella jovencita ya cuidaba de una aldea. Nacida con un enorme poder espiritual, la sacerdotisa Kikyō era capaz de eliminar demonios con una de sus flechas sagradas. Cuidaba de heridos de guerra en el palacio de unos de terratenientes para quien había robado cuando la vio. En ese momento pasó desapercibida, pero años después, cuando su vida estuvo a punto de acabar a causa de la trampa en la que había caído, había sido justamente aquella peculiar sacerdotisa que asesinaba a sangre fría a los monstruos con sus flechas, pero curaba con paciencia y sutileza a enfermos y desvalidos sin importar su condición humana, quien lo rescató. Y así, con esa actitud obsesiva de la que era portador, cada vez que veía su rostro precioso asomar por la cueva y ocuparse de sus necesidades básicas, acumuló un deseo casi maligno por tenerla, por volver a la vida y ser capaz de conquistar su corazón por las buenas o por las malas.
No importaba si tenía que venderle el alma a mil demonios.
Y, sin embargo, cuando salió de ese lugar con un cuerpo, ella… la malita estaba…
—Enamorada… —repitió en voz alta, con todo su fleco oscuro cubriendo parte de rostro— del maldito InuYasha.
La primera arcada que trajo consigo el vómito del híbrido, también hizo que la esencia de sangre y veneno manara con más fuerza del cuerpo que aún conservaba carne humana. Al percatarse del montón de pétalos rojos carmesí que cayeron al suelo con torpeza, abrió los ojos lo más que pudo. Kaō le había lanzado una maldición, eso era seguro, pero… ¡No tenía una maldita idea de qué era todo eso! El cuerpo seguía tan pesado y rígido que parecía haber perdido circulación y movilidad por completo.
«…regocijarse contigo»
Con ese último recuerdo, la tos que lo invadió y el vómito de pétalos, se hicieron insoportables y como si de una fuente de flores se tratase, aquellos trozos rojos caían sin cesar de sus labios y se convertían en sangre pura apenas tocaban la tierra. Era sangre, esos pétalos eran sangre, ¡su sangre!
«—¿Por qué sientes pena por un ser como yo? —Le habló Onigumo con su voz rasposa y avejentada por el estado tan crítico de su cuerpo, observándola con un detenimiento casi religioso.
Kikyō cerró los ojos y se irguió en su posición. Algunas heridas sanándose hacían más fácil la tarea de limpiar su cuerpo y acomodarlo para que pudiera drenar los alimentos. Sentía que su trabajo estaba valiendo la pena y aunque ese hombre jamás pudiera volver a caminar, alguna vez, quizás con suerte y muchos de sus cuidados, él podría quitarse muchas de esas vendas y salir de esa cueva para ver la luz del sol una vez más.
—Porque no sería capaz de dejar morir a alguien si puedo salvarlo. —Contestó con simpleza y se inclinó a un lado para lavar el paño y volverlo a pasar por la piel tostada».
Y entre toda esa asfixia que lo estaba consumiendo justo en ese momento, sonrió irónico, botando de la boca con ayuda su lengua el último pétalo de esa tos.
—¿No es gracioso, Kikyō? —La última vez que la había tenido moribunda en los brazos, ella lo miraba con tanto odio que podía traspasarle el cuerpo como una de sus flechas—. Acabé con tu vida —después de todo, ¿realmente iba a morir de esa forma tan patética? Era una broma de mal gusto—. Yo acabé con tu vida… —nuevamente, la tos lo atacó y su garganta raspaba como una lija— y tú acabaste con la mía.
—¡Naraku!
Aunque, si el destino jugaba a su favor…
—Toma tu espada… —una nueva crisis de tos lo atacó.
—¡Naraku! —Byakuya lo miró sin saber cómo reaccionar.
—¡Toma tu maldita espada y abre mi espalda!
—¡Si! —Y sin pensarlo más, hizo lo propio, para encontrarse con una extraña raíz de flor carmesí, creciendo dentro de su creador.
Él tendría otra oportunidad.
Uy, ¿qué hice? No sé. Nos leemos pronto.
