Universo: Original.
Pareja/Personajes: InuYasha.
Palabras: 718
Inspiración: Recuerdos de la infancia de InuYasha [anime, manga e ilustraciones varias].
"Bullying"
"Acoso"
11.
Sintió aquella parte del cuerpo arder y aunque sus poderes sobrenaturales lo tenían acostumbrado, a su corta edad, a minimizarlo, era imposible no percibirlo cuando el fuego puro estaba quemando la planta de sus pies con ayuda de una mecha. La sangre no circulaba con normalidad y los bejucos con los que había sido atado en sus extremidades inferiores se sentían cada vez más apretados, ahogando a sus propias venas. Percibió, por cómo fue tomado de repente, que sus piernas se abrieron un poco más y juró escuchar las telas de las ratas de fuego romperse.
Aguantó como un valiente el nuevo dolor punzante de las agujas perforando sus orejas caninas, haciendo que estas sangren y se encojan involuntariamente. Serró los dientes y una lagrimita se escapó. Sabía que era diferente, sabía que los apodos que recibía se debían a sus características distintas a los demás, a sus orejas, a sus garras, a sus colmillos que a veces sobresalían cuando sonreía. Los niños solían mirarlo como si le tuvieran miedo y aunque su madre siempre le decía que él era especial, que era increíble y que por eso no todos a su alrededor podían entenderlo, nunca dejaba de anhelar la cercanía de los niños, de esos juegos que ellos veían tan divertidos. Aburría mucho ver aquella bola rebotar lejos de todos y no poder acercarse a ella, devolverla y aprovechar para integrarse, porque la negativa siempre era la misma.
Bestia.
Siempre lo llamaban así.
Niño bestia.
Demonio.
Monstruo.
Bestia, otra vez.
Era la cosa rara del pueblo, a quien siempre observaban con desdén. Y dolía, dolía mucho no entender qué estaba tan mal en él que la gente parecía huir cada vez que alertaba su presencia. Cada día se quedaba más solo, trepando los árboles, aprendiendo a dominar su cuerpo y sus poderes que, según su madre, era aquella cosa maravillosa que lo hacía distinto.
Pero ese día, era diferente.
De nuevo, se obligó a evitar un chillido de dolor puro cuando dentro de sus orejas, metieron un líquido que distinguió como agua por su olor fresco y ligero, aunque mezclado con el metálico de su propia sangre. El líquido helado penetró hasta sus entrañas y obstruyó su capacidad auditiva, elevando una presión que parecía ocurrir dentro de su nariz y extenderse a su cabeza.
—Me-duele… —se obligó a decir, aunque intentando no ser escuchado. Sus manos, igual de atadas que sus pies a árboles diferentes en ese bosque, no le permitieron hacer nada para quitar la picazón que se alzaba cada vez más asfixiante en sus orejas caninas.
Aquello ya no era divertido.
Las risas parecieron oírse más intensas, dispersas en el ambiente, como lejanas. Dolorosas. Restregó como pudo la cabeza en el suelo y se llenó los cabellos de tierra y hojas secas. El cuerpo le picaba; ahí debía haber cientos de espinas y lombrices que buscaban sobrevivir en su hábitat natural. Sobrevivir como él.
Pero ellas al menos pertenecían a un lugar. Él no.
Dejó ir las lágrimas de dolor cuando realmente ya no pudo soportar mentirse a sí mismo pensando que aquello que estaba pasando era una manera de tener amigos, de dejar la soledad y sentir que por fin pertenecía a un lugar en el mundo. Quería a su madre, quería correr a ella y que lo abrace fuerte como solía hacerlo cada vez que alguien lo atacaba o insultaba por su condición diferente.
De repente, y de un movimiento seco, un golpazo de tierra seca fue introducida de forma abrupta en su boca, llenando su garganta de pequeños terrones arcillosos, ahogándolo, amenazado con acabar con su vida. Fue un solo segundo en el que no pudo reaccionar, pero al siguiente, hizo todo por vomitar la porquería que esos infelices niños habían depositado dentro de su boca sin ningún tipo de piedad.
Y los odió, los odió tanto como dolía cada daño físico que le habían hecho aquel día. Los odió de la misma forma en la que lo odiaban ellos.
—Deja de llorar y aguanta, bestia —se agachó el más grande a verlo y notar aquellos ojos dorados llenos de lágrimas y la expresión contraída por la ira mientras convulsionaba y tosía para deshacerse de lo que ya se había vuelto lodo, mezclado con su saliva—, ¿no querías ser nuestro amigo?
Uy, agradeciendo a CrisUL por la idea de dañar las orejas de InuYasha con agujas.
