Universo: Original.
Pareja/Personajes: Miroku; InuYasha.
Palabras: 1531
Inspiración: Soulmates aren't just lovers – DAIKRA [fanfic].
"Hallucinations"
"Alucinaciones"
12.
—Ya es tarde.
La voz de Miroku sonó cansada. A esa edad, ya era costumbre oírse de esa forma, un poco más queda y cada día más madura. El silencio no fue roto más que por los pájaros que cantaban alegres en ese día tan despejado.
—No me moveré hasta que me explique por qué se enojó conmigo de nuevo —dijo InuYasha y su voz, en cambio, sonó enérgica. Sus facciones sí que se habían acentuado, pero se veía igual de joven que un treintón—. Sigue metida en el pozo, no ha querido hablar.
—¿Por qué pelearon otra vez? —Con ayuda de su báculo, se sentó al pie del pozo y a su lado colocó los cuencos de comida humeante. Sango nunca se olvidaba de enviarle algo de comer.
—Su comida picante de ayer —volvió a decir, muy concentrado en la lejana y fría oscuridad de ese contenedor de cadáveres de demonios.
—Ya veo.
El monje agachó la vista y cerró los ojos al ya tan acostumbrado dolor en el pecho cada vez que tenían una conversación como esa.
Cuarenta años habían pasado sin que la presencia de Kagome volviera a rondar sus lares. Cuarenta largos años de espera incesante de su mejor amigo; cuarenta años en los que, no solo el tiempo se había llevado a la anciana Kaede y montones de aldeanos que conocieron en su viaje buscando la perla de Shikon, sino con ello, la mente de InuYasha. Cuarenta años en los que no hubo un día en el que ese hombre de ojos dorados perdiera la esperanza de volver a saber de ella. Cuarenta años de absoluta y frívola soledad.
La primera vez que fue capaz de entender lo que pasaba con InuYasha, había consolado a su esposa durante varios minutos en su pecho, sollozando por la pena enorme que la noticia le había causado. Por más que quiso ser fuerte, mientras la apretaba en su pecho, sintió el cuerpo temblar y entonces no soportó el dolor. Los ojos se habían humedecido sin que lo pudiera evitar y escalofríos interminables lo habían recorrido una y otra vez. Por no hacerle caso a las señales, era lo único que se repetía a sí mismo mientras se castigaba por no haber hecho nada por su amigo y compañero de batallas. Aparte de Sango y sus hijos, InuYasha era la única familia que le quedaba y sentía que no había hecho lo suficiente por salvarlo de aquel infierno al que se había sometido con la partida de Kagome.
Primero habían sido los sueños recurrentes con ella, con que llegaba de nuevo por aquel pozo en el que recostaba su espalda. La mente de InuYasha lo engañaba y le hacía creer que ella había vuelto cuando únicamente se trataba de un sueño y entonces él corría, corría a aquel lugar para esperarla por horas enteras, con la convicción intacta de que ella volvería, de que era una señal del destino para que pudiera esperar por ver su rostro una vez más y se iba a aferrar de eso, aunque la vida se le fuera en ello. Era bastante tarde cuando decidió comentarle que soñaba con ella todos los días, que cada vez se sentía más real. Y él pensó que pasaría, pensó que, distrayendo la mente de él con juegos, charlas o trabajo, aquellas alucinaciones cesarían.
Primer grave error.
El día en que Kaede murió, InuYasha se quedó junto a su tumba por dos días, sin moverse de aquel lugar, como un zombie. Muchas veces le había dicho que Kaede siempre le hablaba de Kagome, que sabía cosas de ella que él no, que siempre tenía una anécdota por contarle y por eso pasaba días junto a la anciana. Y el pedido siempre era el mismo:
—Kaede, vuelve a contarme sobre Kagome.
Cada día, la situación se volvía más preocupante después de no saber de él más que estaba sentado junto a la tumba de la sacerdotisa, vigilando y tomando la espada como si su vida dependiera de ello
—Kaede, vuelve a contarme sobre Kagome.
Sango lo había escuchado y aquello había sido un golpe muy fuerte para ella.
«—InuYasha está perdiendo la cordura» le había llegado a decir después, con lágrimas en los ojos, asustada y pálida. Él no lo había podido creer, pensó que era normal por el shock de la pérdida.
Segundo grave error.
Desde aquel día, puso especial atención a sus movimientos, observándolo constantemente en silencio, buscando un indicio de desquicio y por mucho tiempo, no encontró nada que el constante silencio y divagación que lo caracterizaba desde el día en que volvió solo de la época de Kagome, le alertara de la desgracia. Todo seguía como siempre, aunque era obvio que se veía más decaído. Miroku confió, aunque era su cerebro bloqueando completamente la posibilidad de que su mejor amigo se hubiera vuelto loco, porque las alarmas seguían prendidas, seguían funcionando.
Con el tiempo, la ausencia de Kaede lo retrajo más. Pasaba días enteros sin llegar a dormir a la casa y cuando aparecía, había ojeras en su rostro marcadas como puestas a propósito. Después de un tiempo, decidió mudarse a la cabaña de Kaede y así se instaló, completamente solo. Una vez, lo vio tomando el arco de la difunta anciana y cuando lo miró, él solo pudo decir que olía a Kagome, que tenía parte de su esencia en él.
Maldita sea, pero lo decía con tanta seriedad, con tanta cordura, que, confiando en los sentidos sobrenaturales, creyó ciegamente.
Tercer grave error.
Las cosas evolucionaron, pues, a un punto en el que, después de un par de años, InuYasha había llegado desquiciado hasta su cabaña buscando a Kagome, diciendo que ella había vuelto y la vio entrar ahí, escondiéndose de él, como si no quisiera verlo. Pidió alterado que la sacaran de donde sea que estuviera escondida e incluso amenazó con destruir su casa con Tessaiga… todo se había echado a perder. Era imposible que una persona tan fuerte como InuYasha, que había vivido tanta tragedia en su vida y había aprendido a manejarlo con entereza, hubiera perdido por completo la razón de una forma tan abrupta y definitiva.
Su destino había sido bueno al casarse con la mujer que amaba y formar una familia, al perder la maldición que amenazaba su vida, pero el de InuYasha… el de InuYasha había sido un bastardo hijo de puta. Y él se sentía parte de esa desgracia.
—Kagome ha decidido vivir en el pozo —les había dicho en una ocasión que fueron a visitarlo a la cabaña de Kaede, como todos los días—. Debo mudarme también.
Sango fue quien decidió empezar con seguirle la corriente y hacer como si Kagome de verdad hubiera vuelto. Al principio, él se negó a contribuir con la locura de su amigo, pero aquello había sido la única manera de mantener una conversación moderada con él, queda y pacífica, de ese modo, los aldeanos no se alarmarían e intentarían exorcizarlo. Aquel era uno de los trabajos más difíciles: mantener al pueblo lejos de InuYasha para no causar una peor catástrofe.
Era duro y doloroso.
El día anterior, Sango había preparado comida que había quedado picante sin darse cuenta, era por eso que ahora InuYasha estaba peleando con la ilusión de la mujer que amaba y que jamás volvió por jugarretas turbias del destino.
—¡Sabes que la comida picante hace que me arda la lengua!
Aquel grito lo sacó de su estado reflexivo y lo obligó a mirarlo. Él estaba de pie, discutiendo con la nada, pero su mirada estaba tan concentrada en un punto fijo, que le dio escalofríos la sensación de imaginar a Kagome ahí parada. Aunque ya fuera una costumbre.
—Dejen de pelear —se obligó a decir y fue casi por inercia.
—¡¿Ves?! Hasta Miroku cree que tengo razón. —InuYasha se cruzó de brazos, enojado. Kagome volvía a refutar por un tema tonto como ese, estaba roja por la rabia—. Tenemos cuarenta años juntos, ¿aún no sabes que no tolero el picante?
Miroku se puso de pie, desesperado, pero intentando mantener la calma.
Aún no se acostumbraba. Juraba por los dioses que, a pesar de los incontables años, cada vez que eso pasaba, se ponía mal. No podía verlo, no soportaba verlo en ese estado. Parecía tan lúcido entre su demencia, parecía tan cuerdo peleando con sus alucinaciones, hablando de las cosas que Kagome hacia por él, comentando tan tranquilo sobre su vida juntos… apretó su báculo y se tragó el dolor.
—Los dejo para que puedan seguir con su discusión —terminó por decir y escondió sus ojos detrás del fleco, intentando darse fuerzas. La «pelea» paró al instante e InuYasha lo miró con una ceja alzada—. No se vaya tan seguido, Kagome-sama —comentó al aire y aquello fue más de lo que parecía.
—Deberías hacerle caso a Miroku —el híbrido cerró los ojos e hizo una expresión digna. Escuchó a su esposa bufar y decirle algo a su mejor amigo—. Es que tiene razón —intervino de inmediato.
Para ese tiempo, el monje había avanzado ya algunos pasos, caminaba lentamente.
«Perdóname, InuYasha. Perdóname, por favor»
—No deje a InuYasha solo, Kagome-sama.
«No lo deje…»
¿Qué es esto? Solo Dios sabe. Que no sé usar estas últimas temáticas, pues sí, también es cierto.
