Universo: Alternativo.
Pareja/Personajes: Miroku, Sango.
Palabras: 1849
Inspiración: Space Song – Beach House [canción]
"Drugs"
"Drogas"
13.
Y aunque el tic-tac del reloj era un sonido más del ambiente, para él se sentía como una sentencia de muerte que sonaba una y otra y otra vez cada condenado segundo, ahogándolo, recordándole de todas las maneras posibles la razón por la que se encontraba sentado en ese lugar.
La última vez que había sentido tanto miedo, quizás era un niño, pero en esos momentos debía aceptar que el pánico subía a niveles impensables por el hombre con cada minuto que pasaba. La presión no solo se sentía en el pecho y aunque sonara cliché, juraba por todos los dioses existentes que el corazón se le iba a salir por la boca. Era de esas sensaciones horribles en las que los latidos se sienten en las sienes, en la garganta, en la cabeza, en las muñecas y cuando eres consciente, te está palpitando todo el maldito cuerpo. ¿Cómo podía ser posible que el miedo y la ansiedad hicieran que su cuerpo convulsionara involuntario al son de su corazón? Cuando descansaba un segundo, sentía que una fuerza invisible lo abandonaba y por unos segundos, se quedaba sin nada en el cuerpo, vacío, muerto, como sin alma. Tenía enormes e inmensas ganas de llorar y la sensación de frío en sus manos y calentura en la cara hacía que los minutos parecieran un infierno en carne propia.
Y las imágenes no se dejaban de repetir.
Por miles de veces, las imágenes de ella en el suelo no se dejaban de repetir. Haber entrado por la fuerza y encontrado su cuerpo completamente inmóvil y vulnerable había sido, quizás, el mayor shock de su vida.
Desde que el padre y hermano de Sango habían sido asesinados, la depresión de su novia por la muerte de su madre se había intensificado como nadie podía darse una idea. La psicóloga había dicho que su caso debía redirigirse a una psiquiatra que la medicaría y que su situación era bastante seria. Por supuesto que él estuvo de acuerdo y ahí para ella en cada momento. Recordaba tomar sus manos huesudas y temblorosas —por la falta de alimentación— mientras la miraba rogándole que accediera a buscar la ayuda que realmente necesitaba; recordaba claramente sus ojos llenos de un profundo vacío y cristalinos como agua de manantial, su expresión muda que se negaba a dejarse llevar, que pestañeaba lento como si su propia alma la hubiera abandonado; su cuerpo, tan delgado como jamás y pálida, sin color en las mejillas, le avisaba que Sango había muerto en vida hacía mucho tiempo y que él mismo estaba buscando una manera de traerla de vuelta, de resucitarla, tomando como única esperanza su cuerpo que aún se movía y el inmenso, realmente inmenso amor que le tenía a esa increíble mujer de ojos castaños y alma fuerte.
Dolía y quemaba como el infierno notar cómo de la fortísima, carismática y atractiva Sango que había conocido en la universidad, a ese tiempo solo quedaban retazos de una mujer que fue perdiendo el brillo y la risa cada día con más intensidad. La había visto florecer, juraba que aquellos eran tiempos de gloria. Su admiración por ella casi religiosa crecía cada vez que triunfaba en algo, cuando hablaba de lo que amaba, cuando la veía en la cima y no solo de su vida, sino de todas las veces que le hacía el amor, cuando su risa melodiosa le inundaba los sentidos después de haberlo cabalgado a su voluntad, con sus mejillas llenas de vida y el cabello pegado al rostro. En esas y en todas las ocasiones la había visto ser libre y justo después de la desgracia que le sobrevino, fue testigo de cómo marchitó, de cómo dejaba de disfrutar de cosas tan básicas como comer o dormir, de cómo se convirtió en esclava de su dolor y de su mente que había dejado de funcionar con normalidad.
Esa quizás era la peor parte de haber estado con ella en el proceso, de sentir la desesperación tan palpable dentro de él, ahogándolo y repitiéndole que no importaba qué hiciera, ella realmente no podría aferrarse a él para seguir adelante. No tenía idea de cómo ayudarla además de acompañarla a sus citas con la psicóloga, de quedarse horas y horas con ella, de cuidarle el sueño y acariciar su rostro con expresión contraída cada vez que lograba caer en brazos de Morfeo.
—Lo intentaré por ti —le había dicho después de tantas veces insistidas, intentando apretar su mano fría sobre la de él, provocando una falsa convicción— no quiero seguir siendo una carga para ti.
¡Pero por supuesto que no era una carga para él, era el amor de su vida! La única mujer que había llegado a conocerlo como nunca nadie, la única con la que de verdad se sintió seguro y estable después de tantas aventuras vividas en la adolescencia. La única mujer por la que habría dejado todo.
Incluso su propia vida.
«—¡Sango, Sango!
Ahí estaba ella, completamente deshecha sobre el suelo, las manos sangrando por la manera en la que había apretado los puños hasta clavarse las uñas en las palmas, un vaso de cristal roto cuyos restos se habían incrustado en su brazo derecho… los analgésicos y los antidepresivos esparcidos por ahí. Un plano que lo dejó en shock, que lo petrificó y llenó de pánico hasta el último rincón de su ser. Espantoso. No tardó en sacarla del departamento y llevarla al hospital más cercano sin esperar si quiera a una ambulancia.
Sabía que no haber recibido respuestas de ella al teléfono significaba una señal malísima, pero cuando se encontró con ese plano que se alzaba letal sobre él y lo hacía temblar por completo, pensó que se trataba de algo mucho más horrible y se obligó a bloquear todo llanto que amenazara con quitarle la estabilidad».
—Las drogas están supuestas a ayudarle a Sango —escuchó la voz de InuYasha a su lado y salió de su ensimismamiento, completamente deshecho y a punto de un colapso mental y nervioso—, no puede ser que...
—No puede ser nada —lo calló al instante y le importó una mierda si sonaba poco cortés—. Ella va a estar bien, Kōga la va a estabilizar y es en lo único que debo pensar ahora.
Taishō agachó la mirada automáticamente. Era de esas personas que no sabía muy bien qué decir cuando las cosas iban mal, pero cuando él también estaba involucrado en el dolor, las situaciones se tornaban peores. Tenía miedo, debía aceptar que tenía miedo de lo que podía pasar. Kagome seguía enviándole mensajes desesperados desde su estancamiento en el tráfico que no la dejaba llegar al hospital junto con Ayame. Miró para su mejor amigo y aquella expresión dolida y llena de pánico hizo que el corazón se sintiera chiquito. Había sido doloroso ver a Sango perder su estabilidad cada vez más, pero todos estaban seguros de que con la terapia que había comenzando, la medicina y el amor de Miroku, ella volvería a recuperarse. Y no había sido así, justo cuando aquellas malditas drogas le tenían que ayudar a reponerse, habían sido la causa de su hospitalización.
—Lo siento, no quise decir algo malo. —Se atrevió a decir y bloqueó el celular para no ver más los mensajes desesperados de su novia. Dentro de él había una corriente helada que viajaba inquieta por todo su cuerpo.
Miroku no dijo nada, únicamente se aferró de nuevo a su posición encogida sobre la silla y a recargar la cabeza sobre sus manos como si estuviera orando. Por dentro, pidió a todos los dioses existentes que tuvieran misericordia de Sango y de él, que el destino le hubiera permitido llegar a tiempo para salvarla. La espera, cada segundo se hacía más desesperante y su propia angustia estaba obstruyéndole la respiración, secándole la garganta y apretándole el pecho. Que pasara todo, él daba su vida por ella, pero que lograran estabilizarla…
—Una vez más… —susurró al aire y sintió que la vida se le iba en ello—, solo pido una oportunidad… —cerró los ojos con fuerza, se aferró a una esperanza. Se aferró a sus propias manos que sostenían sus intenciones de buena vida para su novia, de todo el amor que tenía para darle. Se aferró de cada latido que le recordaba que estaba vivo y que deseaba compartirle a ella para verla sonreír una vez más.
Se aferró al destino, que claramente era una perra.
Se aferró a todo lo existente pidiendo que, irónicamente, fueran las drogas quienes la salvaran de otras.
Alertó que Kōga había salido a la sala de espera porque InuYasha se puso de pie de inmediato. No esperó un segundo y se levantó también. El viaje que hizo su cara hasta encontrarse con la de su amigo pasó como en cámara lenta, haciendo que el tiempo se detenga en la expresión del médico, en lo último que le quedaba antes de saber si colapsaba por algo bueno o por…
—Lo siento como no tienes idea…
—¡No, no me jodas, Kōga! —Ni siquiera había podido cambiar su expresión cuando InuYasha exclamó, con esa sensación tan típica de cuando la vida te decepciona porque estabas esperando algo distinto.
—Quisiera estar jodiendo… —El médico negó con la cabeza lentamente y se mordió los labios, con el corazón encogido y los ojos picando—. Desde el fondo de…
—¡No sé qué mierda dices, pero cállate!
Nadie se había dado cuenta, pero Miroku había avanzado hasta su amigo y ahora lo sostenía por el cuello de su ropa, como si con ello lograra cambiar la realidad. Varias enfermeras e InuYasha se alarmaron con lo que pasaba y cuando acudieron, Kōga les hizo una señal de alto desde su posición. La negación estaba hablando, actuando por él. Los ojos cansados de Miroku reflejaban ahora una adrenalina y un odio tan grandes, que no sabía definir bien lo que veía, pero era lo más parecido al infierno ardiendo en esos ojos azules.
—Miroku…
—Kōga… —las pupilas saltaron y con aquella danza desesperante, se transmitieron un mensaje—. Es Sango de quien hablas —todo había pasado a un segundo plano para el, todo giraba en torno a las esperanzas que aún le quedaban—. ¡Hablas de mi mujer! —Lo sacudió con tanta fuerza, que lo tiró al suelo cuando lo soltó.
Junto a aquel espasmo, llegó un desgarrador grito con el nombre de ella impregnado en él. Completamente ciego por una cortina de lágrimas que lo invadieron sin piedad y con el cuerpo temblando sin control, se dirigió a grandes zancadas hasta la habitación de ella. Los gritos de todos se oían como ecos lejanos detrás, no importaban demasiado cuando la asquerosa realidad lo estaba apuñalando en el pecho una y otra vez.
Las drogas se habían llevado a Sango y junto con ella, también se llevarían la cordura de Miroku, su estabilidad, su capacidad de amar, su vida…
Una que ahora se sentía fría y lejana.
Como el cuerpo inerte de la mujer más maravillosa de todo el planeta y el único e irreparable amor de su vida.
¿Por qué le hice esto al MirSan? Jamás lo sabré, pero me ha dolido como no tienen idea. Hacía años que no escribía de ellos y justo vengo a plasmarlos en estos términos. Dios, no sé qué estoy haciendo con este reto.
Gracias por leer.
