Universo: Original.
Pareja/Personajes: Kagome.
Palabras: 1668
Inspiración: Fuente de inspiración personal ǀ Asatte – I'm Iseul [fanfic] ǀ Beautiful thing – Grace VanderWaal [canción].
Advertencias: Primera parte del capítulo narrada en primera persona, después de la línea divisora, se retoma la tercera persona. Leer el fanfic ligado a este capítulo «Asatte 明後日: Inseguridad» ubicado en mi perfil, para entender esta entrega.


"Mourning"
"Luto"

Abro los ojos una vez más, contra mi voluntad, claro, porque es el dolor punzante en el pecho el que me trae a la consciencia, me entrega cruelmente a la realidad malvada que me abofetea sin piedad y me restriega en la cara una sola cosa, algo que, aunque me he negado a aceptar, es una verdadera e irrevocable verdad absoluta.

Que ya no estás.

Mi mente se vuelve racional por un momento, se olvida del dolor unos segundos y se pregunta, con todos los sentidos funcionando correctamente, cómo es posible que te hayas ido. ¿Qué he hecho mal en la vida para que rompieras tu promesa de estar uno al lado del otro hasta ya no poder ni caminar? ¿Cómo es posible que se haya ido tu risa y ahora tenga que verla únicamente en mi mente? ¿Por qué siento que hay tantas cosas que dejaste pendientes y me pregunto, loca de dolor, qué haces que no vienes a hacerte cargo? Porque no lo acepto, mi cerebro todavía no se acostumbra a que tu luz se haya pagado de golpe.

Con mis ojos ya secos de tanto verter los sentimientos de forma líquida, observo el techo de nuestra habitación para intentar acoplarme a la luz del día que entra, maldita, por las rendijas de las ventanas de la cabaña. Me pesan los párpados, no sé cómo explicar lo mucho que me cuesta mantener la vista enfrente. Están rojos e hinchados, como si una avispa hubiera posado en ellos y su veneno se hubiera extendido por toda la piel delicada, irritándolos y aumentándolos de tamaño. La sensación es horrible. Y el cerebro me vuelve a recordar que es mentira, que no puede ser, que tú estás yendo a la aldea, que te has ido a trabajar con Miroku, que fuiste a hacerle un favor a Sango o que fuiste por algo de comer y yo me he quedado dormida, por eso no vi que saliste de nuestro lecho.

Y siento el estómago revolverse por la sensación de pánico que me da recordar el momento en el que te tuve en mis brazos y me di cuenta de que habías dejado este mundo. Por ese miedo irracional que sentí segundos antes de correr por ti aquella noche de luna nueva, ese mal presentimiento que me invadió desde que decidiste dejarme en casa para protegerme y terminaste acabándome con tu partida y por todo el colapso que tuve después de que Sango llegara y me encontrara allí, contigo en brazos, meciéndome como si hubiera perdido la razón, manchada con tu valiosa sangre y gritando desgarradoramente tu nombre. Por lo todo tan repentino, tan increíblemente inesperado, tan violento y tan…

¡Tan mi maldita culpa por haberte dejado ir! ¡Por haberme demorado en tomar mis flechas y largarme tras de ti sabiendo que siempre nos hemos necesitado el uno al otro para salir con vida de cualquier cosa!

Me levanto y sin poder evitarlo, las lágrimas me vienen. ¿Acaso no me he cansado ya de llorar? Es imposible no hacerlo cuando me despierto y lo primero que veo es tu haori y la funda de tu espada. Con cuidado, me coloco las pesadas ropas de sacerdotisa que ahora se sienten casi dolorosas y no paro de mirar lo único que me queda de ti. Fuera, en la sala, escucho a Miroku y Sango hablar.

Están hablando de nosotros. Hablan de que les preocupa mi estado, pero a mí me preocupa saber cómo diablos voy a enfrentar la vida sin ti. Me preocupa la dolorosa soledad que me espera en esta cabaña que ahora se siente enorme. Me preocupa el futuro de nuestro hijo, me preocupa el simple hecho de que ya no estés. Me preocupa que cada día que pasa sin verte, los recuerdos de nuestros viajes, de cuando nos conocimos y de cada vez que me diste amor, se hacen tan doloroso que arden y queman. Queman como brasas ardientes sobre la piel y ahogan, quitan el sueño, el hambre y las ganas de continuar luchando.

«—Ven, siente. —murmuró dulcemente, tomó la mano del hanyō y la posó sobre su propia pancita»

Al tiempo que aquel recuerdo que ahora sabe amargo, me inundó la mente, también me toco el vientre abultado y siento aquel movimiento que no llega a ser una patada, pero que me recuerda que hay una vida formándose dentro de mí. Una vida tuya y mía.

Una vida de ambos.

El llanto se intensifica, pero esta vez, no hinca tanto el pecho.

«—Sí, es nuestro bebé…»


Las pisadas de sus zapatillas se oyeron quedas por entre el pasto que crecía verde y brillaba tanto como el sol de aquella mañana. La sacerdotisa paró en seco cuando se había acercado al lugar cercado y cerró los ojos mientras fruncía el ceño. Sus sentidos ya bastante desarrollados le alertaron de una extraña presencia y aunque ya era normal cada vez que el campo de energía se debilitaba, seguía sintiéndose exasperada por las criaturas que aún intentaban profanar la tumba sagrada de su esposo. Dejó las flores en el piso y de sus mangas sacó un pergamino sagrado que Miroku siempre le daba, lo envolvió en su flecha, la puso en el arco, cerró los ojos para concentrar su energía y ver entre los matorrales hasta que lo localizó. Abrió los enormes orbes café y disparó la flecha certera.

Sin que pase absolutamente nada más, el cuerpo desintegrado del demonio destelló con luces violetas. Después de que todo se quedó en silencio, inspiró hondo y dejó las armas a un lado, se arrodilló y elevó sus ya acostumbradas plegarias a los dioses. Con un par de palmadas, terminó sus oraciones y colocó el ramo con delicadeza cerca de la lapida de piedra. Quitó las antiguas y se encargó de que el espacio quedara limpio. El extremo silencio del Árbol Sagrado siempre le traía paz a pesar de todo y agradecía que al día de hoy siguiera consolando su corazón cada vez que este lloraba. Tocó el pasto verdísimo y notó que no existía ninguna presencia maligna en la tierra, así que suspiró tranquila.

Después de unos segundos de su inspección diaria, se acomodó en el lugar de siempre y en las enormes ramas del árbol de las edades, reposó la espalda. A su lado, la lápida, ya lisa por sus constante caricias, era su compañera diaria. Y así cada día después de InuYasha.

La vida había sido dura, pero cada día se levantaba encontrando una razón para seguir, para luchar por su bebé que ya no era tan bebé y por cuidar de su tumba para que ningún ser malintencionado quisiera profanar sus restos. Cada día después de él lo extrañaba como una condenada, pero había aprendido a vivir por ambos, por el bien de su propia aldea y sus amigos.

—¡Mamá!

A lo lejos, el sonido de la risa alegre de una niña se dejó oír. Venía agitando la mano y con Hiraikotsu en su espalda.

—¡Moroha! —Logró sonreírle desde su lugar—. ¿Ves cómo ha crecido nuestra hija, InuYasha? —Susurró, como si pudiera comunicarse con él de alguna manera—. Yo sé que sí, amor. —Sonrió de nuevo y una ráfaga cálida de viento la abrazó, como ya era costumbre cada vez que se dirigía a él preguntándole algo importante.

—¡Hisui-san me ha enseñado por fin a usar a Hiraikotsu! —La niña se detuvo a una distancia prudente sin poder evitar su emoción.

Vio a su madre alzar una ceja y sonrió nerviosa, como avergonzada.

—Moroha, ¿qué te he dicho sobre abordar así? —Y aunque trató de sonar severa, la verdad es que su tono era dulce.

—Lo siento, lo siento —se disculpó y haciendo una reverencia, se dirigió a la tumba—. Hola, papá.

Kagome sonrió. Por años le había costado crear memorias a su hija sobre InuYasha, y a través de dibujos, descripciones y la costumbre de saludarle cada vez que llegaran a su tumba como si se tratara de una figura consejera a quien podía saludar sin que fuera extraño, logró que ella tuviera una especie de figura paterna, además de conservar el haori que hacía parte de su vestimenta y cuyo olor aún se había quedado impregnado en esa tela, siendo la única referencia más palpable que Moroha tenía de su progenitor.

—Bien, ahora sí, ¿qué me decías? —Volvió su atención a la adolescente.

—¡Que me veas exterminar algo ahora mismo! —Comentó emocionada—. ¡La tía Sango dice que soy casi una experta!

—Vaya… —sonrió amplio—. Y tu tía Sango sí que es una experta, tú debes ser increíble, hija —la escuchó chillar e instintivamente cerró los ojos ante ese reconfortante gesto. Moroha era toda su vida—. Pero apenas vine a la tumba el día de hoy…

—Ven, mamá… —le hizo un puchero y puso cara de consecuencia ante la negativa que se notaba dudosa—. Por favor, ¿tú qué dices, papá? ¿Que venga? —Miró a la lápida y sonrió de nuevo—. ¡¿Ves?! ¡Dice que sí! ¡Ven!

La sacerdotisa inspiró hondo y a la final, cedió. Negando y riendo por lo bajo, observó de nuevo la cara expectante de su hija y dejó ir un suspiro.

—Está bien, voy justo detrás de ti. —Le dijo finalmente.

—¡Eeeeeeh! ¡Muy bien!

La escuchó celebrar mientras se despedía de InuYasha y salía corriendo hacia la aldea. Kagome se quedó sola en un momento y todo volvió a una completa calma. Moroha tenía razón, ella tenía que verla hacer hasta la más mínima cosa, tenía que disfrutar de lo que su hija hacía no solo por ella, sino también por él. Con un último deseo de protección para el alma de su compañero, se levantó y tomó su arco y flechas. Volvió la vista al suelo y dejó escapar una tenue sonrisa que se despedía de él antes de irse.

«Sé que algún día nos volveremos a encontrar. Te extraño todos los días y voy a amarte hasta mi último suspiro, mi InuYasha»


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Finalización del Angstruary de Es De Fanfics exitoso: 15 días, 15 temáticas, 15 retos.

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En memoria de una persona muy importante que se fue a inicios de este año y cuya frase final está inspirada en las palabras que dijo su esposa al mirar sus fotos.

—DAIKRA.