Albafica le resultaba curioso que de todos los santos, precisamente le asignaran al discípulo del patriarca. Aquel que tenía pacto con la muerte. Como si de alguna forma todo lo que envolvía su armadura tuviera que ver con aquello que se enviaba al Yomotsu Hirasaka.

No pudo evitar preguntárselo a Manigoldo en una de sus misiones.

—¿Le temes a la muerte?

Manigoldo ladeó la cabeza hacia él con una ceja alzada. La burla tomando forma en sus facciones y aquellos labios que eran el encanto para las más tiernas azucenas. Resultaba estúpido preguntarlo, y aun así lo hizo. Ya era tarde para arrepentirse.

—¿Y quién no, Alba-chan?

Ahora fue el portador de la armadura de Piscis quien fue robado por la sorpresa en sus líneas impávidas. Solo fue un segundo, antes de volver a su neutra expresión. Cerró los ojos ocultando todo detrás del velo blanco que cubría su cabeza que no era más que la capa de su constelación.

Suponía que era peor para quienes veían lo que ocurría después de la muerte.

La ignorancia podía ser felicidad, en muchos aspectos.

—x—

Sobre las olas de mar, Manigoldo yacía en la proa perdido en la sábana de agua que engullía sus más tenebrosos pensamientos. Son unos pasos que alertan el silencio que había hecho rehén la cubierta y que, de alguna forma, no le sorprendió un poco.

—Es extraño que dejes tu aislamiento, Alba-chan.

No dice nada, no aun, al menos. Hasta situarse a unos cuantos metros de distancia y apoyándose contra la madera ennegrecida por el tiempo.

En toda la misión tuvieron sus límites, y Manigoldo podría acostumbrarse a tenerlo a esa distancia. Podría acostumbrarse a tenerlo a su lado.

—¿Estás preocupado por Gioca? —Ante el silencio, decidió tomar aquel juego de adivinanzas que no dejaban de ensartarse al instinto.

—¿Crees que estará bien? —habló finalmente—. Con ese nivel de cosmos, podríamos haberla traído.

—No digas sandeces, Alba-chan, ¿traerla de un infierno a otro? Estoy seguro de que se las arreglará.

Albafica asintió con escaso entusiasmo.

—Podemos visitarla de vez en cuando —añadió, para mejorarle el humor, extendiendo un puño cerrado delante de él—, tengo la corazonada que no será la primera vez que nos envíen juntos. Será un secreto entre Piscis y Cáncer.

Aquellos ojos claros observaron su puño durante largos segundos, y aunque creyó que su mano quedaría extendida, Albafica terminó por juntar sus nudillos con los suyos.

—Podríamos llevarle algunos obsequios. —sugirió Piscis.

Manigoldo se rió.

—Tendrás que elegirlos tú; no soy tan creativo ni tengo el porte varón bien hablado para encantar a las mujeres. Lo mío es mero natural.

Ante la luna que llovía su luz plateada sobres sus rostros y guiaba su camino al santuario, Manigoldo pudo ver la sonrisa que se extendía en esos finos labios que poco habían conocido los doblajes. Casi creyó que lo hizo reír.

Podría llevarse aquel recuerdo grabado a fuego en la memoria. Podría llevárselo hasta incluso los límites de la vida y la muerte.

—x—

El silencio era fácil de manipular, sencillo de espantar, asfixiante para interpretar. Tenía su propio lenguaje y sus hileras de fonema ajustado a sus respuestas. Dégel podía leer las prosas y los párrafos que no llegaban a la base de gargantas. Había mucho oculto tras doseles, mucho que no dirán, por honor y deber, pero las acciones eran vanas fuentes de respuestas. Solo con las miradas y el silencio que compartían, era suficiente para entender.

Piscis estaba aceptando que la soledad podía barrerse con escrúpulos. Había aceptado que podría tener a alguien con quien compartir aquel aliento fétido de ser embrujado por la muerte.

Verlos pasar por su templo con la siguiente cadena de habla, le sacó una sonrisa incluso a aquel que había sido confinado detrás del hielo:

—¿Crees que le gusten? —preguntó Manigoldo.

—No sé por qué crees que yo también tengo buen gusto. —respondió Albafica suavemente, casi avergonzado en sus propias palabras.

Manigoldo estalló en una carcajada, ya perdiéndose en el ascenso hacia el siguiente templo.

—Nos las arreglaremos.

—¿Le preguntarás al Patriarca?

—¿Quieres que se ría de nosotros?

Fue lo último que Dégel escuchó y no tardó en entender el porqué fue precisamente el discípulo del Patriarca quien fue asignado para hacer pareja con el santo más regido. Cáncer podría penetrar barreras, incluso las sociales.

—x—

Todo empezó a resultar incoherente, a dispersar preguntas que no tenían eco para levantarse, y que se fomentaban por ese ímpetu de esconderse entre los rincones. Presentes, paseándose entre las grietas hasta ser siseos que ahuyentan las ideas.

Nadie sabía por qué había una rosa en cáncer, por qué su olor seguía calándose en la piel y por qué el protector ocultaba el movimiento de sus labios que se abría como delicadas alas.

La casa de Cáncer seguía guardando secretos, ocultos como a sus muertos.


N/a: No sé qué esto, pero tiene letras y es ManiAlba. Sigo viva, sí, por desgracia jaja