Volvió a mirar el reloj. Un retraso de diez minutos era molesto, uno de media hora era abochornante, veía la mirada de lástima del camarero cada vez que pasaba junto a su mesa. Un retraso de tres cuartos de hora ya era motivo para irse a casa, prepararse una taza de chocolate y mandarle un howler a Ron. Y eso sería compasivo, lo que realmente le apetecía era encontrarlo y volver a usar los canarios como en el colegio.
Se puso de pie, pagó las dos copas de vino que se había tomado, y salió a la calle con los labios apretados, poniéndose los guantes. Seis años de oportunidades, de disculpas vacías. Apenas había caminado unos metros cuando escuchó a alguien llamarla por su apellido.
— ¡Granger!
No pudo evitar que se le pusieran los pelos de la nuca de punta, esa voz ligeramente ronca... no había vuelto a escucharla desde la escuela. Se giró, con el corazón latiendo un poco más animado y ahí estaba ella, altísima sobre sus tacones.
— Parkinson —le saludó, tendiéndole la mano—. Cuánto tiempo. Creía que estabas en Italia.
— Me acabo de mudar de vuelta a Londres. Un cambio de aires —le respondió con una ligera sonrisa, estrechándole la mano—. ¿Cómo estás?
Y la pregunta sonó a muchas más cosas.
— Bien. Me iba a casa ya, yo...
Vio el hermoso rostro ponerse serio y entonces Pansy dio un paso adelante para tomarle de la barbilla y que no pudiera esconderle los ojos.
— ¿Weasley de nuevo?
¿Siempre había tenido esos ojos tan increíbles?
— Ven —Le tomó de la mano y la arrastró de nuevo hacia el restaurante.
— ¡No! —Se plantó, haciendo que Pansy se tambaleara— No puedo volver ahí dentro.
— ¿Te han hecho algo? —le preguntó, con el ceño fruncido.
— Llevo ahí dentro casi una hora —señaló con un dedo tembloroso la fachada del restaurante—, me han dado plantón en San Valentín. Puedes reírte, es patético —musitó, mirando al suelo avergonzada.
Pansy no le contestó. Sorprendida por el silencio, Hermione levantó los ojos. Los ojos verdes le miraban serios, nada de burla.
— ¿Confías en mí?
Antes de darse cuenta, estaba asintiendo y agarrándose a la mano que la morena le tendía.
Se aparecieron en un pequeño recibidor. Pansy avanzó por el corredor encendiendo luces a su paso. Se detuvo ante una puerta y se giró a mirarla.
— ¿Vienes? Aún no controlo bien lo de pedir comida a domicilio.
Asintió y entró en la pequeña cocina. No parecía que se usara mucho, más bien parecía sacada de una revista de decoración. Pansy abrió un cajón y sacó varios folletos cuidadosamente plegados.
— ¿Qué te apetece? tienes cara de necesitar empapar el vino que te habrás tomado esperando.
— ¿Tú has cenado? —preguntó Hermione, ojeando los folletos— no te he preguntado qué hacías por allí.
— Escapar de una cita pésima, no pasamos de la copa pre-cena —le explicó, sentándose en una de las sillas colocadas alrededor de una coqueta mesa de desayuno y quitándose los zapatos con un suspiro de satisfacción—. Es algo que aprendí de Blaise, nunca una primera cita comiendo o cenando, puede ser una tortura.
No pudo evitar reír y dejarse caer con mucha menos elegancia en la silla de al lado mientras comentaban los platos del restaurante tailandés más cercano.
— Podemos esperar en el salón si quieres —le sugirió Pansy después de que Hermione colgara el teléfono, sacando una botella de vino.
— Para mi agua, si no te importa.
— No pretendo emborracharte —le increpó con una sonrisa tensa.
— No desconfío de ti. Pero tenías razón, dos copas de vino ya es mucho para mí con el estómago vacío.
Pansy apretó los labios, pero sacó una botella de agua mineral de la nevera y le sirvió en un vaso alto. Se lo entregó, tomó su copa de vino en una mano y los zapatos con la otra, y caminó delante de ella por el corto pasillo. Encendió un par de lámparas en el coqueto salón y dejó la copa sobre la mesa de centro.
— Voy un momento a ponerme cómoda, siéntete en casa.
Se sentó en el mullido y suave sofá y miró a su alrededor mientras daba un sorbo de agua. La decoración era sencilla, un poco fría. El único detalle personal era una fotografía en una estantería que le sacó una sonrisa nostálgica: un grupo de niños con túnicas oscuras y corbatas verdes y plateadas.
— ¿Sigues en contacto con ellos? —preguntó curiosa cuando Pansy volvió, vestida con unos pantalones sueltos y una sudadera, señalando la foto con la cabeza.
Asintió, sentándose junto a ella y tomando la copa de vino, las piernas encogidas bajo el cuerpo.
— Nos dispersamos todos tras la guerra, pero solemos reunirnos al menos una semana al año. Imagino que vosotros también os veis.
— De vez en cuando. No tengo mucho tiempo libre.
Pansy levantó una ceja.
— Estudio y trabajo —explicó.
— ¿Por qué? Alguien con tu capacidad ya debería haber terminado la carrera. ¿Leyes, no?
Hermione suspiró. Dejó el vaso de agua sobre la mesita y usó una goma que llevaba en la muñeca para recogerse el pelo.
— Antes de la guerra borré la memoria de mis padres y los mandé a Australia. No he podido encontrarlos después. Me puse a trabajar para poderme pagar los estudios. Bueno, para vivir en general.
— Eres una heroína de guerra, Hermione. —Pansy se inclinó hacia delante, con el ceño fruncido— Lo mínimo que podrían haber hecho es ayudarte con tus estudios, a Weasley y a Potter les ayudaron para que entraran en los aurores. Y de todas maneras, ¿Potter no está forrado?
Se encogió de hombros y volvió a tomar el vaso de agua, para tener algo en la mano.
— Supongo. Bueno, me dieron un trabajo. De administrativa.
Los ojos verdes la escanearon un momento, con aire frustrado, mientras daba un sorbo a su copa de tinto.
— Pensaba que a estas alturas te habrías casado —musitó, cambiando de tema.
— Nos comprometimos al terminar la escuela. Ron quería casarse enseguida.
— Pero tú querías estudiar.
Vio una sonrisa triste aparecer.
— Es curioso que tú puedas verlo tan claro y sin embargo Ron no.
— Hermione... —comenzó a decir, dejando la copa sobre la mesa también e inclinándose de nuevo hacia delante.
El sonido del timbre le interrumpió. Con un gruñido muy poco elegante, se levantó para ir a abrir al repartidor. Hermione cogió su vaso y la copa de vino y se reunió con ella en la cocina. Pansy sacaba envases con los labios apretados.
— ¿Quieres más vino? —preguntó, mansa, Hermione.
— En la nevera. Tienes más agua si quieres.
Se movió en silencio por la cocina mientras Pansy sacaba platos y cubiertos. Sirvió vino en la copa que ella había usado y abrió una vitrina para sacar otra copa para ella. Comieron un par de minutos en silencio, Hermione con los ojos clavados en su plato, la morena mirándola con fijeza.
— ¿Por qué sigues con él? —preguntó por fin.
— Porque le quiero —respondió automáticamente.
— Pero no te casas. Apuesto que ni tan siquiera vives con él —masculló, señalándole con los palillos antes de dar un gran sorbo de vino.
— ¿Por qué tengo la sensación de que me estás juzgando? —explotó Hermione por fin.
Pansy se inclinó hacia delante, dejando la copa con un poco de fuerza sobre la mesa.
— Reina, te lo dije una vez y lo decía en serio: mereces más. Y no se trata de que los Weasley sean pobres o ricos, se trata de que Ronald no te valora. ¿No es eso lo que has pensado hoy cuando te ha plantado? ¿o me vas a decir que es la primera vez que lo hace?
Hermione cerró los ojos y apartó el plato.
— No lo es. Estoy tan cansada, Pansy...
— Querida... —le escuchó murmurar, justo antes de sentarse junto a ella y pasarle el brazo por los hombros— ¿Cómo puedo ayudarte?
Pansy salió de la sauna secándose la cara con cuidado con una toalla. Caminó despacio hasta el vestuario del gimnasio, secándose también el cabello. Al entrar lo primero que recibió fue el saludo de una voz muy fría.
— Creía que te gustaba Granger.
Miró a su rubia amiga con una ceja levantada. Daphne sujetaba entre sus blancas y perfectamente cuidadas manos una revista que reconoció enseguida.
— Y ese es el saludo más extraño de nuestra historia.
Su amiga levantó los perspicaces ojos azul claro de la revista y le miró, con una sonrisa perversa, antes de tendérsela. Y observó como Pansy apretaba los labios y se ponía roja de rabia mientras leía el artículo.
— ¿Me vas a decir que te sorprende esto, señorita editora jefe?
— Me incorporo a final de mes, mi padre aún está reorganizando la redacción —masculló, con los ojos aún fijos en el artículo..
— Patil se ha despachado agusto —observó Daphne con un tono un poco más empático—. Creo que le tenía ganas desde la escuela.
Pansy se sentó en el banco y le devolvió la revista. Escondió la cara en la toalla y gritó.
— Realmente te gusta.
— Déjalo ya, Daph —le gruñó, poniéndose de pie para abrir la taquilla y sacar su ropa.
Su amiga se interpuso entre ella y la taquilla, arrebatándole la ropa.
— Eres jodidamente hermética, Pansy. Pero yo te conozco, sé que siempre te ha interesado, aunque no entiendo muy bien por qué.
— No seas perra, Daphne —le contestó, liberándose y recuperando su ropa con un gesto brusco.
— Mírala, Pansy. —Pasó las hojas de la revista para volver al artículo y señalar a Hermione en las fotos con una uña de perfecta manicura— Hasta mi abuela vestía mejor. Y era alemana —apostilló con un fingido escalofrío de rechazo.
Apartó la revista de un manotazo y se sentó a vestirse.
— Y ese pelo, por favor, ¿no va nunca a la peluquería?
— Estudia y trabaja. No tiene un padre rico que le paga los caprichos —masculló mientras se ponía las medias.
— Mira la que habla, que papá le ha comprado una revista.
— Bueno, al menos yo aspiro a hacer algo más que a casarme bien.
Daphne le miró, sonrió y tiró la respuesta a su cara despacio.
— Querida, eso es porque las bolleras no podéis casaros. Si no, ya le habrías comprado un anillo a Granger.
— Vete a la mierda, Greengrass.
La rubia soltó una carcajada y caminó hasta su taquilla para tomar la bolsa con sus cosas. la encogió y la guardó en el bolsillo de su gabardina burberry. Caminaba hacia la puerta cuando escuchó el claro murmullo ronco de Pansy a su espalda.
— Es su inteligencia. Y su valor. Y su fidelidad a su gente. Y que es preciosa, Daph, más allá de todo eso que criticas hay una persona increíblemente hermosa. Y sí, me casaría con ella mañana si tuviera la opción —soltó de un tirón, mirando al suelo.
La pálida mano le tomó de la barbilla y le hizo mirarle. Por una vez, su amiga sonreía de verdad, sin artificios.
— Gracias. Puedes contar conmigo para cualquier cosa que necesites, ¿lo sabes verdad?
Pansy asintió, sonriendo débilmente también.
— ¿Te espero? ¿quieres almorzar?
— No —negó con la cabeza, el brillante pelo oscuro ondeando a su alrededor—. Tengo que hablar con Hermione, esto le va a afectar mucho.
Daphne se inclinó, le besó la mejilla con cuidado, y salió del vestuario.
No necesitó buscarla, al llegar a la puerta de su edificio allí estaba, con los ojos y la nariz enrojecidos y la revista arrugada en la mano.
— Patética pedigüeña de afecto, incapaz de retener a un hombre junto a ella. —Le estrelló la revista contra el pecho— Vete a la mierda, Parkinson, confié en ti. Y tú, tú... ¿me ridiculizas para vender revistas?
— Te juro por mi varita que no sabía nada, Hermione —le contestó despacio, buscando sus ojos.
Los encontró, los iris color chocolate se clavaron en ella llenos de rabia.
— Es tu revista, sale tu nombre en la portada, no me tomes por idiota.
Pansy respiró hondo, mirando a lo lejos un momento. Volvió a mirarla, los ojos verdes brillando de resolución.
— En primer lugar, aunque salga mi nombre como editora, este número aún no lo he revisado yo. Y en segundo lugar, yo jamás, jamás diría esas barbaridades sobre ti.
Hermione la miró, desconfiada.
— Me ocuparé de Patil. Tendrá que escribir una disculpa tan larga como esa mierda de artículo que ha escrito o ya puede buscarse otro trabajo.
El rostro de Hermione cambió y una mano nerviosa agarró a Pansy por el brazo.
— No hagas eso. Parvatti necesita el trabajo, su hermana quedó incapacitada en la guerra y solo la tiene a ella.
Las cejas de Pansy se fruncieron y estiró la mano para limpiarle una lágrima.
— Tu empatía es... eres odiosamente Gryffindor. Y yo no puedo negarte nada —susurró.
— Siento este numerito —se disculpó Hermione, dando un paso atrás, impresionada por la intensidad de la mirada de la morena—. Tengo que irme.
Dio un par de pasos más antes de que Pansy se acercara y la sujetara del hombro.
— Almuerza conmigo.
— Pansy, yo... tengo cosas que hacer.
— Tómatelo como un desagravio. Vamos, conozco un sitio muy tranquilo aquí cerca. Ya sabes que lo de la cocina no es lo mío, pero tengo buen gusto.
Hermione decidió ignorar la indirecta. Se resistió un minuto más antes de que el rugido de su estómago le hiciera enrojecer.
— Vamos —le animó Pansy, enlazando sus brazos—. Necesitas alimentarte. Yo invito.
— ¿Quieres contarme cómo fue?
Hermione se limpió los labios con cuidado y dejó la servilleta sobre la mesa.
— La verdad es que no me apetece demasiado hablar de Ron.
— ¿Y los demás? ¿Potter?
Suspiró y estiró la mano para tomar la copa de agua.
— Harry trata de ser buen amigo, de estar disponible para los dos. Es difícil, ellos son compañeros de patrulla. Los demás... Ginny dijo que se veía venir y que su hermano es un idiota. Neville me llama todos los días y Luna me manda flores y dulces.
— Tienes buenos amigos.
— La verdad es que sí.
Pansy le miró en silencio mientras el camarero retiraba los platos y les servía el postre.
— Nada en ese artículo es cierto, Hermione, has sido muy valiente. Has cuidado de ti misma y para eso hay que tener valor.
Una sonrisa trémula apareció en la cara de Hermione. Cogió con cuidado la cucharilla y tomó un trozo de tarta.
— ¿Por qué estás siendo tan amable conmigo? —preguntó sin mirarle.
Los labios perfectos sonrieron como siete años atrás.
— Por interés, Hermione. Las personas no cambian y de nuevo Weasley me ha puesto fácil el acercarme a ti.
— No estamos en el colegio.
Pansy suspiró y tomó un sorbo de vino antes de inclinarse hacia delante y poner una mano suave sobre la que sujetaba la cucharilla.
— Mi padre compró la revista porque yo quería volver. Escuché que estabas prometida pero no poníais fecha y, tenía que intentarlo al menos. —Paró para tomar aire y mirarla aún más intensamente— No planeé nada de esto, yo solo quería verte. Maldición, Hermione, llevo siete años dándome cabezazos, pensando que me odiabas porque lo hice todo como la mierda entonces.
— ¿Entonces? —cuestionó confusa.
— Cuando nos separamos aquella tarde... pensé que tenía una oportunidad, que había abierto una puerta. Luego las cosas empezaron a complicarse con Draco, con Weasley intoxicado... asumí que...
— Me gustabas —confesó Hermione, mirándole también con intensidad—, pero es verdad, todo se complicó. Y yo estaba enamorada de Ron.
La morena se inclinó hacia delante. Usó su mano libre para sujetarle con cuidado la nuca y le besó. Suave, apenas deslizando los labios sobre los suyos. Lo sintió, sintió un escalofrío en Hermione antes de que se separara, se levantara y saliera del restaurante prácticamente corriendo, sin mirar atrás.
