Trabajar y estudiar. Estudiar y trabajar. Una combinación que en manos de Hermione era peligrosa, porque se podía convertir en una espiral autodestructiva. Algo que sus amigos sabían y vigilaban, sobre todo en época de exámenes, tratando de turnarse discretamente para tratar de que comiera y durmiera.
Aun con todo, los exámenes de mayo acabaron con una visita a San Mungo tras un desmayo. Al despertar, parpadeando lento por el efecto de las pociones analgésicas, se encontró con el rostro preocupado de Luna.
— Ey —le saludó su amiga, acercándose para sentarse en el filo de su cama y acariciarle la cara— ¿cómo te sientes?
— Cansada, ¿qué ha pasado? —preguntó desorientada.
— Te desmayaste a la salida del último examen. El sanador dice que llevabas días sin comer ni dormir bien. Incluso estabas deshidratada.
Luna la miraba con el ceño fruncido, un gesto inusual en ella.
— Necesito un descanso —consiguió responder por fin con una sonrisa fatigada, sus ojos vagando por la habitación—. Gracias por las flores, son preciosas.
— No he sido yo —le contestó con una sonrisa, tendiéndole la tarjeta.
La abrió con dedos torpes, rezando para que no fueran de Ron. Sonrió al encontrarse con una perfecta letra cursiva.
"Mejórate, come, duerme, que en unos días tú y yo nos vamos de vacaciones. Pansy."
— Las trajo ella misma.
Hermione miró a Luna, esperando un segundo comentario.
— Fue muy agradable. No sabía que erais amigas.
Y ahí estaba la preocupación. Imaginaba a Neville y Luna en su casa, cenando, hablando de la extraña visita de la reina de las serpientes.
— Más o menos.
Recibió LA mirada, esa que parecía que Luna estaba leyéndole por dentro.
— ¿Sabes algo acerca del lenguaje de las flores?
Negó, extrañada por el giro de la conversación.
— Neville es el que realmente sabe de esto.—Sonrió más ampliamente— Son pensamientos (pansys); entre otras cosas, los sangre pura las regalan en san Valentín como propuesta para comenzar una relación o como declaración.
— Solo son flores, Luna —rezongó, pero sin poder apartar la mirada de las flores rojas y moradas.
Su amiga se limitó a sonreír comprensivamente.
— ¿Vas a decir que sí? ¿al viaje? —le preguntó recolocándole las sábanas.
— No lo sé. —Movió la cabeza dubitativamente— Tengo que trabajar, debo días que pedí para los exámenes.
— Cariño, —Luna se inclinó hacia delante, tomando su mano— tú misma acabas de reconocer que necesitas un descanso. El sanador dice que estás al límite, Hermione. Estamos muy preocupados.
— Ya casi he acabado la carrera, queda un semestre nada más —se defendió, frotándose los ojos cansados.
— Tu aura... estás baja de energía, estos excesos que haces afectan a tu magia. Estás arriesgando tu salud a todos los niveles —le recordó, apretando ligeramente la mano de su amiga.
No podía rebatir el argumento de Luna, ella era la experta, se dedicaba a estudiar la relación de la energía mágica con la salud, aunque su titulación era de psicomaga.
— No voy a rendirme ahora —respondió terca, con el ceño fruncido.
— Nadie te dice que lo hagas, sabemos lo importante que es para ti, Hermione. Pero deja el trabajo, por favor, nosotros te ayudaremos económicamente.
— Luna, yo...
La pequeña mano blanca se puso sobre sus labios, de nuevo con una sonrisa.
— Vete de vacaciones y hablamos a la vuelta. Por favor.
Suspiró, asintiendo con la cabeza para que Luna dejara de insistir. Eran su familia.
— ¿Billetes de avión? —preguntó sorprendida.
— Será un poco pesado porque es un largo viaje, pero tu sanador dice que no estás en condiciones de hacer el viaje de otra manera. Puedes dormir apoyada en mi hombro todo el tiempo.
La miró perpleja. Todo Londres hablaba a esas alturas del retorno de Pansy Parkinson a la ciudad y de su nuevo cargo como editora en Corazón de bruja. Había llegado a la redacción, subida a sus tacones, impecablemente vestida, y reorganizado todo de arriba a abajo sin que se moviera ni un pelo de su inmaculada melena negra. Estaba en boca de todos que su lengua afilada seguía siendo de temer y que dirigía ella misma en realidad la revista con puño de hierro.
Sin embargo, la Pansy que se había instalado en su vida estaba lejos de ser la de la escuela. No había vuelto a mencionar lo que había ocurrido entre ellas, ni a sus sentimientos. A cambio, se había dedicado a cuidarla, y este viaje era ya la guinda a diez días de visitas, sopa de pollo y carísimos bombones belgas.
— Pansy, no es necesario —rehusó, devolviéndole los billetes.
Las cejas morenas se fruncieron y empujó de vuelta los billetes a sus manos.
— Vamos a hacer este viaje, lo necesitas.
— No puedo permitir que te gastes ese dineral y dejes tu trabajo una semana —trató de devolvérselos.
— Diez días. El viaje en avión nos costará un día de ida y otro de vuelta.
— Razón de más. No es buen momento. Ambas tenemos mucho trabajo.
— Tú no.
— ¿Disculpa?
— Sé que has dimitido.
— ¿Cómo puedes saberlo? —preguntó sorprendida—, hace menos de una hora que he presentado la renuncia.
— ¿Hola? —Agitó las manos y se señaló a sí misma— periodista, tengo contactos. Y debo decir que me alegro de que Lovegood te haya convencido, ese trabajo era un desperdicio de talento y energía.
— Bueno, tengo la mala costumbre de comer y necesitar un techo sobre mi cabeza.
— Y eres jodidamente orgullosa, leona. Sé que no es la primera vez que ellos o Potter te ofrecen ayuda.
Abrió la boca para contestar, pero la cerró, demasiado cansada para entablar una discusión que no iba a ganar. Pansy sonrió, triunfante, y se levantó para guardar los billetes de nuevo en su bolso. Caminó, sinuosa sobre sus tacones, todo curvas peligrosas y actitud que hacían girar cabezas, incluída la de la convaleciente, hasta la pequeña cocina, hablando por el pasillo.
— ¿Quieres un té?
— Por favor —le llegó la voz de Hermione desde el sofá.
Trasteó, buscando en los organizados armarios hasta dar con la tetera y una lata con té que olía estupendamente a Assam. Fue al girarse a la alacena para sacar las tazas cuando lo vio: una botella de vino vacía junto al cubo de la basura. Con un suspiro, la tomó y revisó la etiqueta: un vino barato, de los que se compran en supermercado, Weasley había hecho un último intento por lo que parecía. Muy bien, ella tenía mucho más que dar que una botella de vino barato.
Consiguió mantener la sorpresa hasta que llegaron al aeropuerto. Cuando Hermione le mandó una lechuza preguntando qué ropa debía llevar, se limitó a responderle "Eras la primera de la clase en Transfiguración. Y existen las tiendas". Hizo un segundo intento recordándole que viajando como muggles necesitarían pasaporte y visado. Pansy le devolvió un "Tengo un abogado fantástico que se ha hecho cargo de todo. Y déjalo ya, es una sorpresa".
— ¿Singapur?
— Un poco de exotismo, querida.
Hermione se encogió de hombros, dispuesta a dejarse llevar. Doce horas de vuelo daban para muchas siestas y un par de cócteles, así que al bajarse del avión lo único que quería era una comida contundente y estirar las piernas.
Pansy miró su reloj y los papeles que ocultaba celosamente, y sonrió.
— Tenemos tiempo para un poco de pollo con arroz de Hainan, te gustará.
— ¿No vamos primero al hotel? —preguntó extrañada, al verla dirigirse a uno de los numerosos restaurantes de la zona de embarque.
— Cogemos otro avión en dos horas —comentó, andando ligera hacia el restaurante con mejor aspecto.
Hermione se quedó parada, clavada con su equipaje de mano.
— Pansy... ¿qué has hecho?
La morena retrocedió hasta ella, con su caminar sinuoso. Se quitó las exageradas gafas de sol y le miró, con una sonrisa ladeada.
— Trabajo periodístico, reina.
— Pansy... —insistió.
— Tengo una pista bastante buena en Melbourne —admitió, más sería, estudiando su reacción.
— ¿Tú qué...? ¿Cómo has...? ¿Por qué...?
— Si te demostrara el motivo aquí podrían detenernos, aquí las lesbianas no caen muy bien. Pero Hermione, —Le cogió de la mano con firmeza— haría lo que fuera por ti. Y en este momento esto es lo que más necesitas y yo puedo ayudarte a conseguirlo.
La reacción de Hermione fue espontánea, le echó los brazos al cuello y le abrazó fuerte.
— Gracias, gracias, gracias... —murmuró, mojando con algunas lágrimas la blusa de Pansy.
Pansy volvió a ponerse las gafas de sol y le devolvió el abrazo.
— Gracias a ti por seguirme en este viaje, tu confianza vale mucho. —Se separó y la tomó del brazo, tomando el asa de su maleta con ruedas con la otra— Y ahora vamos a por ese pollo, necesitamos llenar el estómago y dormir como marmotas las once horas que nos quedan.
Golpeó con suavidad la puerta con los nudillos.
— Está abierto.
Entró, el sonido de sus tacones ahogados por la gruesa moqueta. Hermione estaba sentada junto a una de las ventanas de la luminosa habitación, con una taza de té entre las manos y la mirada perdida en el paisaje urbano.
— Buenos días, ¿has descansado?
Se giró a mirarla, con una sonrisa tensa.
— No mucho, entre el jetlag y los nervios, ...
— ¿Quieres bajar a desayunar? también podemos pedirlo aquí —ofreció, tomando la carta del servicio de habitaciones.
Asintió, poniéndose de pie y caminando descalza hacia ella, con la taza aún en la mano.
— Bajemos. Dame solo un momento.
— Lo que necesites —le respondió con una cálida sonrisa, sentándose con elegancia en una de las coquetas butacas.
La observó moverse por la habitación, con gesto un poco ausente, buscando sus botas. No dejaba de sorprenderle la intensa atracción que sentía hacia ella, siendo tan diferentes. Ella vestía una blusa entallada metida por dentro de unos vaqueros de firma y unas botas de tacón. Hermione se estaba calzando unas botas que tenían aspecto de ser cómodas y cálidas y vestía un pantalón de pana oscura y un sweater de franjas de colores.
La vio entrar en el baño y la escuchó gruñir varias veces, maldiciendo su pelo.
— ¿Necesitas ayuda? —preguntó, acercándose prudente a la puerta.
— Este pelo... no hay manera de peinarse.
Entró y la encontró con un cepillo en la mano.
— Déjame.
Se contuvo para no recordarle que era una bruja, y una muy buena, suponiendo que las costumbres muggle estaban muy arraigadas en ella. Sacó su varita de su manga y apuntó, mirando la expresión de Hermione a través del espejo que las reflejaba a las dos.
— ¿Quieres recogerlo o prefieres una trenza? las de espiga me salen muy bien.
— Hagas lo que hagas no voy a tener un aspecto tan elegante como el tuyo —trató de bromear.
Le hizo una trenza francesa. Se acercó un poco más, sin dejar de mirar su reflejo, y acarició el costado de su cabeza, colocando un mechón suelto tras su oreja.
— Yo te veo hermosa siempre —le susurró.
Besó su mejilla y salió del baño, antes de traicionarse aún más a sí misma.
Desayunaron casi en silencio, apenas unos comentarios sobre el café y la fruta fresca. Al terminar, Hermione se limpió los labios suavemente con la servilleta y preguntó.
— ¿Cual es el plan para hoy?
— Vamos a reunirnos con el detective.
— ¿Has contratado un detective? —preguntó sorprendida.
— Así se encuentra a una persona, leona.
— ¿Realmente tienes tanto dinero como para desperdiciarlo en todo esto?
Le miró, con los labios apretados.
— Hermione, no insistas, conseguirás que te diga algo que no quieres oír ahora mismo. El detective estará aquí en una hora.
— Estoy nerviosa, discúlpame —masculló, estirando la mano para tomar un bollo.
— El detective tiene una lista de odontólogos que se han instalado en el país en los últimos años provenientes de Reino Unido. No son muchos y seis de ellos han abierto consultas aquí en Melbourne. Nos va a enseñar unas fotos para ver si...
— Wilkins.
— ¿Disculpa?
— Les dije que se llamaban Wendell y Monica Wilkins. Acaba de venirme. Yo... he bloqueado muchos recuerdos de esa época.
Pansy le sonrió y se inclinó hacia ella para acariciarle un momento el dorso de la mano.
— Sabiendo eso todo va a ser mucho más fácil. Vamos a encontrarles.
Descubrió con sorpresa que a Hermione le caía un lagrimón por la cara.
— ¿Qué te preocupa? —preguntó, ahora sí tomando su mano, alarmada.
— No van a perdonarme. Yo no lo haría.
— Hermione —le dijo, con su tono más empático—, seguramente les salvaste la vida, estoy segura de que lo valorarán.
— Les borré la memoria. Y me borré a mí misma de sus vidas, Pansy.
Recibió un último apretón en su mano antes de que Pansy le soltara y volviera a tomar sus cubiertos.
— Nos preocuparemos de eso cuando los encontremos.
Paseaban, bien abrigadas, silenciosas, por los Royal Botanic Gardens Victoria. A su alrededor, los muggles paseaban también, ajenos a todo. El lugar era realmente hermoso, perfecto para un momento como ese. Atardecía y Pansy deseaba hacer un gesto, deseaba pasarle el brazo por los hombros, reconfortarla.
Había sido un día largo. El detective tenía a los Wilkins en su lista, había tardado apenas unos minutos en proporcionarles la información para localizarlos, una clínica dental en un barrio residencial, cobrar y marcharse. Se habían quedado allí las dos, en el bar del hotel, mirando el papel sobre la mesa, Pansy esperando una reacción de Hermione, Hermione con las manos en el regazo, temblando.
Finalmente, se puso de pie y salió del bar, sin decirle nada. Con un suspiro, levantó la mano para pedir una copa de vino, a pesar de que eran apenas las doce de la mañana, pero lo necesitaba, necesitaba reflexionar acerca de la situación para tener claro cómo dar el siguiente paso.
Estaba sentada, mirando los reflejos del tinto en su piel mientras acariciaba el pie de la copa con los dedos, cuando Hermione reapareció y se sentó frente a ella. Tomó el papel, que seguía sobre la mesa, y lo metió en su bolsillo.
— He pedido un taxi. Necesito ir hasta allí antes de arrepentirme. ¿Vienes?
Se levantó sin dudar y la siguió mientras se ponía el abrigo. En el taxi, fue Hermione quien sujetó su mano mientras se mordía el labio nerviosamente y miraba por la ventanilla, entrelazando sus dedos.
El taxista les dejó en la acera opuesta a la puerta de Wilkins Odontology. No soltó su mano, tratando de confortarla, preocupada por cómo temblaba. Se quedaron allí en la acera, quietas, mirando la clínica al otro lado de la calle. Unos minutos después, la puerta se abrió y una mujer, con el mismo cabello y tono dorado de piel que Hermione, salió abrochándose una chaqueta térmica bajo la que se veía un uniforme blanco. Junto a ella, un hombre más alto, de pelo oscuro, sacó unas llaves para cerrar la puerta antes de tomarla del brazo y bajar juntos las escaleras.
Hermione le apretó con fuerza la mano. Estaba pálida y movía los labios sin emitir un sonido, vocalizando "papá" y "mamá".
— Vamos, leona. Están ahí, hablemos con ellos.
Entonces Mónica Wilkins rió por algo que su marido le dijo y su mirada cayó por casualidad en la acera de enfrente, en las dos chicas tomadas de la mano. Fue una milésima de segundo antes de girarse a hablar con su acompañante y echar a andar, pero lo suficiente para hacer gemir a Hermione a su lado. No había absolutamente ningún reconocimiento en la cara de su madre.
Paseando por los Royal Gardens, repasó el momento. Después de eso, había levantado la mano para parar otro taxi de vuelta al hotel, había acompañado a Hermione a su habitación y la había dejado sola, tal y como ella le había pedido en un susurro. Había comido y vuelto a su habitación, esperando que en algún momento su amiga fuera a buscarla. Lo hizo a mitad de tarde, arrastrándola a la calle a tomar aire fresco.
— No puedo hacerlo, Pansy —rompió el silencio por fin, con voz ronca.
— ¿El qué no puedes hacer?
— Acercarme a ellos. Están bien, no me necesitan. Volvamos a casa.
Suspiró y cedió al impulso de abrazarla. Se acercó y le pasó la mano por el hombro, acercándola a su costado.
— De momento vamos a volver al hotel a cenar, necesitas reponer fuerzas. No es bueno tomar decisiones falta de alimento y sueño. Mañana será otro día.
Esperó que Hermione se negara, pero no, se limitó a asentir, la cabeza apoyada en su brazo.
Pansy se pasó la cena buscando temas de conversación ligeros para distraerla, sobre todo cotilleos que corrían por la redacción de la revista, mientras Hermione jugaba más con su comida que otra cosa. Insistió en que tomara postre, pidiendo la misma tarta que habían tomado en su primera comida juntas. Eso consiguió sacar al menos una sonrisa de la cara adornada de grandes ojeras. Después, la acompañó a la habitación, dispuesta a darle una poción para dormir sin sueños.
— ¿Quieres pasar un rato? —le sorprendió Hermione al abrir la puerta de su habitación.
No dudó, entró tras ella. Se sentó en la misma butaca que por la mañana y observó a la castaña moviéndose por la habitación, quitándose las botas y poniendo a calentar agua en la tetera eléctrica.
— ¿Un té?
— Claro.
Se despertó y se estiró en la cama. Había dormido increíblemente bien. No era tonta, sabía que Pansy le había puesto algo al té, pero no iba a quejarse, necesitaba esa noche de sueño y que su cerebro dejara de trabajar unas horas. Buscó su reloj de pulsera, creía recordar vagamente que lo había dejado sobre la mesilla al cambiarse de ropa la noche anterior. Jadeó sorprendida, incorporándose en la cama, eran más de las diez.
Se bajó , con las piernas un poco torpes, y se metió en la ducha sin dudar, agradecida por el chorro de agua hirviendo contra su cuello. Era extraño que Pansy no la hubiera despertado, aunque bueno, quizá había decidido dejarla dormir. Salió del baño entre una nube de vapor, envuelta en un esponjoso albornoz y secándose el pelo con la toalla. Al levantar la mirada, dio un respingo, Pansy estaba sentada junto a la ventana, estupendamente vestida de negro y verde.
— Buenos días. ¿Has descansado?
— Sí. Gracias por lo que quiera que hicieras. ¿Ya has desayunado? creo que el comedor cierra a las diez y media.
— Tenemos que hablar.
Levantó la mirada para observarla, sin entender. Pansy parecía tensa, la espalda muy recta y las manos apretadas en puños.
— ¿Qué ocurre? — preguntó, acercándose a medio vestir.
— Yo... he hecho algo y no quiero que te enfades —confesó Pansy en voz muy baja, pero mirándola con culpabilidad.
Lo supo, lo supo en el momento.
— Dime que no has ido a hablar con mis padres —rogó, con voz ahogada.
— Hermione... No podía dejar las cosas así.
— No tenías derecho a inmiscuirte —le reprochó, alejándose.
— Escúchame, por favor —le pidió, poniéndose de pie y sujetándola del brazo—. He ido esta mañana a primera hora, antes de que empezaran la jornada de trabajo. Estaba casi convencida de que podía revertirlo, usando tu varita.
— ¿Qué... qué pasó? ¿Qué dijeron? —preguntó por fin, con los ojos cerrados y agarrando a su vez el delgado brazo de Pansy,
Pansy sonrió y le apartó de la cara el pelo mojado.
— No están enfadados, leona. Sorprendidos, igual un poco molestos porque tomaste una decisión así tú sola, pero no están enfadados. Y te esperan en su casa.
Hermione le abrazó, llorando. Le acarició el pelo, susurrando palabras de consuelo. Respiró tranquila, le había preocupado que se enfadara con ella, que lo que había hecho se interpusiera entre ellas, pero no podía dejarlo estar después de llegar tan lejos.
— Vamos, termina de vestirte, te ayudaré a secarte el pelo mientras pido un taxi.
Y la soltó, dejando un suave beso en su frente. Sacó la varita de Hermione y se la dejó sobre la cama, junto a la ropa que se estaba poniendo con manos temblorosas.
— Ven aquí —le dijo haciendole una seña con la mano para que se sentara junto a ella en la cama.
— ¿Me haces una trenza como la de ayer? —solicitó, mientras se abrochaba las botas.
— Claro. Déjame que te seque primero el pelo.
Su varita soltó un chorro de aire caliente cuando comenzó a pasar los dedos entre los oscuros mechones.
— ¿Has dicho que me han invitado a su casa? —preguntó, con la cabeza inclinada hacia un lado.
— A almorzar, sí. Ellos también están muy nerviosos por volver a verte.
— ¿Pero tú vas a venir conmigo, no? —insistió, girándose hacia ella.
— No, reina, es tu momento —negó con la cabeza, su melena negra moviéndose suavemente de un lado a otro, instándole a girarse de nuevo—. Tenéis mucho de qué hablar.
— Pero yo quiero que vengas conmigo.
— Estaré aquí cuando vuelvas. Tranquila, me iré de compras y comeré por ahí, te aseguro que eso me relajará. Buscaré un sitio especial para cenar hoy, ¿vale?
Hermione volvió al hotel a las seis de la tarde. Al pasar por la recepción, la amable recepcionista la llamó para darle un mensaje. "Cena a las ocho en Leclerck."
— ¿Conoce este sitio? —preguntó a la chica.
La muchacha sonrió.
— Por supuesto, señora. Es uno de los mejores restaurantes de la ciudad.
— ¿Muy elegante?
— Y muy romántico. Las reservas para San Valentín se hacen de un año para otro. Puedo pedirle un taxi para las ocho menos cuarto, si quiere.
— Sería perfecto, gracias.
Pansy no sabía qué esperaba cuando la vio entrar en el restaurante, pero desde luego lo que se encontró superaba todas sus expectativas: Hermione se había puesto un vestido azul noche, justo por encima de la rodilla, que abrazaba maravillosamente sus curvas. Se había recogido el pelo en un artístico moño y maquillado con suavidad, los labios pintados de rojo oscuro.
— Estás preciosa —le dijo, levantándose para besarle en la mejilla.
— Gracias —respondió con un ligero sonrojo, sentándose frente a ella.
Esperaron en silencio a que el camarero les sirviera agua y abriera el vino. En cuanto el hombre se alejó, Pansy se inclinó y preguntó.
— ¿Cómo ha ido?
— Bien. —La sonrisa de Hermione era la más luminosa que le había visto desde la escuela— Muy bien. Nos abrazamos, lloramos, nos volvimos a abrazar. Mi madre había cocinado mi plato favorito. Y hablamos, bueno, yo hablé, de la guerra, de todo lo que pasó después... y de ti.
— ¿De mí? —preguntó con la ceja levantada.
— Mi madre recordaba habernos visto ayer por la mañana. Me ha preguntado, están impresionados por lo que has hecho. Te los has ganado.
— Me alegro. Me alegro muchísimo de que todo esto se haya resuelto.
— Han dicho que van a volver a Inglaterra, Pans. Voy a recuperar a mis padres. Yo... no tengo palabras para darte las gracias.
Pansy se limitó a sonreír y tomar el menú.
— ¿Prefieres carne o pescado? me han dicho que aquí el marisco es excelente.
Decidieron volver dando un paseo. Hermione enlazó sus brazos mientras caminaban, charlando sobre los planes que tenían a partir de ese momento.
— Aún nos quedan varios días. ¿Quieres pasar más tiempo con tus padres?
— ¿Habías planeado cosas? —preguntó curiosa.
— Bueno, tengo una lista de cosas para ver, pero tenía la esperanza de que todo fuera bien y nos quedáramos aquí toda la semana. Por eso elegí el mejor hotel de la ciudad.
Hermione no pudo evitar soltar una risita y apretar el brazo de Pansy.
— No me has contado qué has comprado. ¿El vestido es nuevo?
— ¿Precioso verdad? los zapatos también, es posible que mañana te odie por hacerme caminar con ellos.
Casi tropezó cuando la castaña se paró en seco, sujetándola aún del brazo.
— Eres... eres increíble, Parkinson —le dijo, mirando al fondo de sus ojos de gata—. Yo... estoy muy agradecida.
— ¿Pero? tu voz suena a que hay un pero.
— No es un pero, es un sin embargo —respondió, acercándose más—. Sin embargo, no hago esto por agradecimiento.
Y le besó. Le besó con tanta intensidad que Pansy pensó que se le iba a salir el corazón por la garganta.
Apenas dejó de besarla para levantar la mano y parar un taxi. Escandalizaron al taxista, seguramente también al recepcionista de noche del hotel y a la gente que iba en el ascensor con ellas, pero no fueron conscientes de nada de eso.
Entraron a la habitación quitándose la ropa, tropezando con los tacones y las medias, hasta que Pansy acabó cayendo al suelo todo lo larga que era. Hermione comenzó a reír, a carcajadas, sentándose en la cama y tendiéndole la mano para ayudarle a levantarse.
Pansy no pudo evitar reír también, Hermione tenía una risa muy contagiosa y que se dejaba oír muy pocas veces. Y mirarla un poco embelesada, porque el ligero rubor de los besos y la risa eran muy atractivos.
Por fin, la risa acabó. Secó con los pulgares las lágrimas que las carcajadas habían ocasionado y se inclinó hacia ella lento, dándole la opción de pararle. La besó, esta vez más suave, y al acabar unió sus frentes.
— ¿Puedo quedarme a dormir?
— Ya casi te has quitado la ropa. No puedes marcharte ahora. ¿Esto también es nuevo? —respondió, acariciando el borde del sujetador de color carmesí.
— Una mujer tiene derecho a soñar —murmuró, sintiéndose muy expuesta, con el corazón latiendo muy rápido—. ¿Te gusta?
— El color es... no creo haberte visto nunca con los colores de Gryffindor.
— Quizá lo he hecho para llamar tu atención —jadeó, mientras Hermione metía la punta del dedo entre el encaje y su pecho, deslizándolo despacio sin dejar de mirarle a los ojos.
— Tienes toda mi atención. —A ella también le tembló un poco la voz— Sigues teniendo una piel increíble, Pansy.
La morena se inclinó hacia delante. Por un momento Hermione esperó un beso, pero no, Pansy sacó la lengua y le lamió una larga línea desde la clavícula hasta detrás de la oreja.
— Y tú sigues sabiendo a canela.
— Ven aquí —le murmuró, tirando con un solo dedo de la pieza central de su sujetador para pegarla a ella
La besó, de una manera que le recordó inevitablemente a su único encuentro. Habían pasado horas en el baño de prefectos, tantas que cuando salieron de allí había pasado la cena e incluso el toque de queda.
— ¿Estás pensando en aquel día? —le preguntó Hermione sobre sus labios, desabrochando su sujetador— No he podido olvidarlo, Pansy —susurró, deslizando los labios por la afilada mandíbula.
Continuó hacia abajo, por el cuello, despacio, la punta de la lengua trazando una línea sinuosa hacia sus pechos firmes. Los dedos largos se enredaron en su pelo cuando estiró un pezón con los labios.
— Me gustabas tantísimo, leona... y era tan estúpida. Te seguía con la mirada a todas horas, tanto que mis amigos se burlaban de mí porque no sabía ser discreta cuando se trataba de ti —jadeó, frotando su cuero cabelludo—. Pasar esas horas contigo, que confiaras en mí de aquella manera... por Salazar, Hermione —gimió, arqueando la espalda.
Sonrió alrededor del pezón que besaba, despacio, mientras acariciaba también despacio bajo la braguita color carmesí.
— Aún recuerdo tus lecciones, Pans —confesó con un toque de travesura, mientras empujaba con suavidad a Pansy para que se tumbara.
Recorrió sus pechos y su vientre con sus mullidos labios, con la mano aun bajo las braguitas, los dedos cada vez más húmedos trazando patrones circulares. Bajó hacia el ombligo, rodeándolo con la lengua, mientras le quitaba por fin la ropa interior. En cuanto acercó la boca a su monte de venus, Pansy puso la mano de nuevo en su cabeza y presionó. No pudo evitar una risa.
— ¿Ansiosa?
— Cariño, eres la mente más brillante que conozco. Muéstrame que recuerdas todas mis lecciones.
Lo hizo, claro, lamiendo con una lentitud capaz de volverla loca, gimiendo y suplicando.
— Hermione ... —suplicó, mordiéndose el labio.
Abrió los ojos cuando la sintió tumbarse junto a ella y acariciarle la cara.
— Eres lo más hermoso que he visto nunca, Pansy.
Volvió a besarla, compartiendo con ella su sabor, mientras los dedos ágiles frotaban con energía su clítoris hasta hacerla gemir dentro del beso. La besó más suave, apenas rozando sus labios más despacio, mientras bajaba del orgasmo; acarició con dedos suaves su costado a la par que la veía recuperar la respiración, con los pómulos sonrojados y el flequillo pegado a la frente sudorosa. La mirada de Pansy decía muchas cosas, cosas que le hacían sentir, que le quitaban la respiración y revivían las mariposas de su estómago, las mismas que había sentido aquel día al abandonar el baño de prefectos.
