—Hola —le saludó una voz ronca.
Levantó la cabeza, sobresaltada. Estaba sentada al sol, en un banco frente a la escuela de leyes, con un libro y una manzana entre clases.
— Ron —respondió, recelosa, mirando hacia arriba mientras se protegía los ojos haciendo visera con la mano libre.
— ¿Puedo sentarme? —preguntó, sacando las manos de los bolsillos y señalando el banco.
Asintió a la par que tomaba los libros y se los ponía en la rodillas.
— Me he encontrado con Luna en San Mungo. Dice que has encontrado a tus padres. ¿Ese era el viaje sorpresa de Parkinson?
Habían discutido fuertemente por el viaje. Ron se había presentado una noche en su apartamento con una botella de vino, dispuesto a conseguir la reconciliación. No le había gustado nada descubrir que sus posibilidades eran prácticamente inexistentes y que Hermione estaba realmente planteándose aceptar la propuesta de viaje de la Slytherin.
— Sí —contestó seca.
Una sonrisa triste apareció en la cara pecosa.
— Debí ser yo. Tendría que haberte acompañado a Australia hace mucho.
Hermione suspiró y se giró un poco más hacia Ron, tomándole de la mano.
— Eso ya no importa, Ronald.
— Sí importa, Hermione. Te merecías más. Te mereces más —insistió, mirándola con ojos brillantes.
Ella sonrió un poco y le quitó el pelo de los ojos, pensando por un breve momento, con la costumbre de los años, que tenía que cortarle el pelo.
— ¿Nunca has pensado que estábamos juntos porque era lo que todo el mundo esperaba de nosotros? Nos dejamos llevar por la inercia. Los dos merecemos más.
— ¿Y ella está a la altura? —le cuestionó después de un largo minuto, sonriendo también.
— No quiero comparar.
— Pero te hace feliz. Se te ve en la cara —afirmó con suavidad al verla sonrojarse.
Se sonrojó un poco más y apretó la mano que sostenía antes de ser directa.
— Hablar de Pansy contigo me hace sentir incómoda, no quiero hacerte daño. A pesar de todo sigues siendo importante para mí.
Ron la tranquilizó devolviéndole el apretón y besándole con cuidado en la mejilla.
— Podemos ser amigos. Realmente creo que puedo hacerlo mucho mejor como amigo.
— El tiempo lo dirá. Pero a mí también me gustaría, saber que los tres seguimos unidos. Para Harry siempre ha sido difícil estar en medio.
Una sombra pasó por la cara de Ron.
— ¿Qué ha sido eso? —preguntó, frunciendo el ceño, señalando su cara con el índice extendido.
— ¿El qué?
— Cuando he nombrado a Harry... no sé, te ha cambiado la cara.
Se puso serio y desvió un momento la mirada por encima del hombro de Hermione, como si estuviera reflexionando sobre algo que fuera complicado.
— Lleva una temporada raro —murmuró por fin, volviendo a mirarla—. Creo que se ha cansado de aguantar mis cagadas.
— Habla con él, Ron —le aconsejó, acariciando con la mano libre la mano pecosa que sujetaba—. Sois vosotros, es tu mejor amigo.
Ron asintió, pero su cara mostraba poco convencimiento.
— Deberíamos quedar a cenar los tres, pronto —le dijo, liberando su mano y recogiendo sus libros.
Miró el reloj y se puso de pie.
— Tengo que volver a clase. ¿Hablamos la semana que viene?
— Me encantaría —respondió, volviendo a sonreír, la sonrisa más sincera que le había visto en mucho tiempo.
El auror se puso de pie también y la abrazó, sus largos brazos abarcando su delgada espalda con facilidad.
— Te quiero, Hermione. No he sabido amarte bien, pero te voy a querer siempre —le aseguró, mirándola a los ojos.
— Me alegra saber que vas a seguir en mi vida, pase lo que pase —le respondió, un poquito emocionada..
— Siempre, pase lo que pase —le aseguró, abrazándola más fuerte.
El apartamento de Pansy tenía una terraza preciosa, con vistas a Hyde Park. La decoración mostraba que se había convertido en el lugar predilecto de la pareja a lo largo del verano. La habían decorado juntas, nada que ver con la frialdad del resto de la casa; era acogedora, con cómodos sillones con almohadones de rayas blancas y azules. Habían instalado una pérgola cubierta de ligera tela blanca, decorada con pequeñas luces blancas. Y había macetas con flores y plantas aromáticas que, con su aroma, hacían que al atardecer la terraza fuera un lugar fantástico para tomarse una copa antes de cenar.
— ¿Qué tal con Weasley? —preguntó Pansy, dejando con cuidado su copa en la mesa de madera.
— Bien —respondió, un poco distraída—. Espera, ¿cómo lo sabes? —cuestionó, incorporándose un poco en el sillón, desviando la mirada del sol poniente.
— Esa perra de Skeeter tiene un periodista detrás tuyo. Mañana vuestro abrazo saldrá en El Profeta.
— ¿Esa mujer no tiene nada mejor que hacer? —gruñó, dando un largo sorbo a su cocktail.
Pansy rió, frotando entre sus dedos una hoja de hierbabuena.
— Te odia a muerte, creo que más incluso que Patil. Por suerte no trabajan juntas.
Hermione se levantó para sentarse en el regazo de su novia. En su mente la llamaba así desde Melbourne y cada vez que lo hacía sentía un estremecimiento de alegría en el estómago.
— No hay reconciliación, si eso es lo que estás pensando —le aseguró con una sonrisa, pasándole los brazos tras el cuello.
— Confío en ti plenamente, leona —le dijo, dándole un beso ligero..
— Pero en él no —le recordó Hermione, con una risita.
— ¿Estáis bien entonces? —insistió, buscando sus ojos.
— Y estaremos mejor —afirmó, convencida—. Debimos entender los dos hace tiempo que éramos amigos más que otra cosa.
Los dedos finos de Pansy le apartaron el flequillo de los ojos antes de hablar, un poco más insegura de lo que le gustaría.
— Skeeter tiene también fotos nuestras.
Las cejas castañas se elevaron, sorprendidas y Pansy se relajó un poco, no había molestia en su cara..
— ¿Y qué va a hacer con ellas?
— Supongo que el artículo va a hablar de que juegas a dos bandas.
Lo vio en su rostro, vio perfectamente que una idea se formaba en esa mente brillante antes de que hablara, con una sonrisa un poco malévola.
— Adelántate.
— ¿En qué estás pensando?
— Deja a Parvati escribir un artículo sobre nosotras —le explicó.
— Cariño, eso es arriesgado.
— Seguro que la editora puede verificar que no se cuenten mentiras —insistió, moviendo las cejas de un modo muy gracioso, pero que no le pegaba nada, haciendo reír a Pansy.
— ¿Sí? ¿Cuál es la línea editorial entonces? —le preguntó, ya totalmente metida en el plan.
— Puede decir que me has hecho el mejor regalo del mundo —le sugirió, inclinándose a continuación para besarla con bastante ímpetu.
— Aspiro a superar ese viaje y hacerte muchos regalos mejores, Hermione —consiguió contestar al cabo de un par de minutos con voz un poco ronca.
— No me refiero al viaje. Me refiero a esto —le tocó sobre el corazón con la palma abierta y un gesto de repente mucho más serio—. Poder amarte es el mejor regalo que hay, Pansy.
Las pestañas oscuras se movieron varias veces en un parpadeo nervioso y sorprendido. Por mucho que a veces quisiera convencerse a sí misma de que lo suyo era serio, que era amor, hasta ese momento Hermione no lo había expresado con todas las palabras.
— Oh. Yo...—balbuceó.
— Increíble, he dejado sin palabras a una periodista —bromeó Hermione, enternecida.
Pansy pareció salir de un trance y soltó una carcajada. La tomó de la cintura, se la echó encima y afirmó, justo antes de besarla.
— Tu ingenio siempre me deja sin palabras, leona. Y por supuesto yo también te amo.
Epílogo: San Valentín, dos años después de su encuentro.
Pansy estaba inusualmente tranquila, tumbada en la cama junto a ella. Tarareaba suavemente mientras jugaba con su varita, haciendo figuritas de papel. Ese día tocaban grullas, por lo visto, pequeñas aves que volaban alrededor de Hermione, tratando de distraerla de su lectura. Una de ellas, mejor dirigida que las otras, se acercó hasta rozar el pico en la mejilla morena, haciendo que una mano distraída la espantara como a un bicho molesto, impulsándola contra el cabecero de madera de la cama con un ruidito extraño.
Los ojos castaños se separaron del libro que leía y miraron extrañados la grulla, que aleteaba sobre la almohada. Estiró la mano y la tomó; nada más tocarla la figurita de origami se desplegó. Era una hoja impresa, que reconoció rápidamente como parte de Corazón de bruja; en concreto, se trataba de un artículo, el editorial que había escrito Pansy para el próximo número de la revista. Lo leyó, porque lo hacía siempre, Pansy era una gran escritora y su editorial siempre giraba alrededor de algún tema de interés.
Pansy se había incorporado hasta sentarse en la cama y la miraba aprehensiva. Vio como la boca de Hermione se abría de sorpresa, en su mente Pansy repasó las palabras que había escrito sobre el hecho de que los muggles hacía meses que habían legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo, reflexionando sobre que, como siempre,el mundo mágico se estaba quedando atrás.
Notó que le latía el corazón más fuerte conforme los ojos de Hermione llegaban al final del artículo. Supo que lo había visto cuando sus cejas se levantaron: al final de la columna había un anillo pegado con un hechizo al papel, que se soltó en cuanto lo rozaron los dedos morenos.
Hermione levantó la mirada, entre confusa y sorprendida. Tomando aire para darse valor, Pansy se puso de rodillas ante ella en la cama, tomando la mano que no sostenía el anillo. La miró con intensidad y habló con voz ronca.
— Mi madre tuvo un gran amor en la escuela. Su última noche, él se arrodilló ante ella y le dio este anillo. Ella dijo que sí, ajena a los planes que tenía mi abuelo. En cuanto llegó a casa para las vacaciones de verano, supo que la había comprometido con mi padre.
Su novia entrelazó sus dedos y dio un pequeño apretón, animándola a seguir hablando.
— Mi madre murió cuando yo tenía doce años, estábamos en Hogwarts, ni siquiera pude despedirme de ella, y cuando volví a casa ese verano mi padre había hecho desaparecer todo rastro de ella. —Acarició la mano de Hermione con el pulgar con suavidad, con los ojos fijos en el contraste entre sus dedos— Al poco tiempo de irme a Italia, mi padre vendió la casa de mi infancia y me hizo llegar algunas de las cosas de mi madre. Había un paquete, envuelto en hojas de El Profeta. Eran sus diarios, así supe lo que había pasado y cuánto había lamentado ella todo el tiempo no haber luchado por lo que quería en lugar de hacer lo que todos esperaban de ella. Me pareció una señal que la hoja en la que estaba envuelto tuviera una foto tuya: era la noticia de tu compromiso.
Su novia sonrió, con los ojos brillantes, y se inclinó hacia delante para darle un beso. Al separarse, Pansy carraspeó y se dio ánimo para acabar el discurso que llevaba semanas preparando.
— Creo en todo lo que he dicho en la editorial, Hermione. Pero no tengo ya mucha fe en nuestros dirigentes, así que he hablado con mi abogado y tengo papeles muggles que me permiten hacer esto: —Se movió ligeramente para quedar de rodillas, tomando de la mano de Hermione el anillo— Hermione Jean Granger, tú le has dado sentido a muchas luchas por ser la persona que soy y la que quiero llegar a ser. Tu pasión por las cosas, tu inteligencia, tu sentido de la justicia y tu belleza me quitan el aliento. Cásate conmigo, por favor, vivamos juntas la vida que estamos construyendo siguiendo nuestros sueños.
Asintió. La bruja más inteligente de su generación no tenía palabras. Con dedos temblorosos, Pansy se inclinó y tomó su mano para deslizar el anillo Claddagh en su dedo, pero Hermione la detuvo, atrapando la mano entre las suyas,
— No —consiguió articular.
— ¿Disculpa? —interrogó Pansy, estremeciéndose como si le hubiera golpeado un rayo.
— Es el anillo de tu madre, cariño, no puedes desprenderte de él.
Soltó una carcajada de alivio, estirándose para cogerla de la nuca y besarle con fuerza. Esa era su Hermione, la persona más amable del mundo. Tomó la varita y, con los ojos castaños siguiendo atentamente todos sus movimientos, susurró un Geminio. Tomó el nuevo anillo y , esta vez sí, se lo puso y Hermione sintió el calor de la familiar magia en su dedo mientras el anillo se ajustaba.
Miró durante unos segundos el humilde anillo plateado. Pansy lo había colocado como mandaba la tradición irlandesa, en el anular de su mano izquierda, con el corazón mirando hacia afuera. Era una pequeña joya llena de significado para su corazón de origen irlandés, amistad, amor, lealtad y fidelidad. A ella también le temblaban las manos cuando se inclinó, tomó el anillo original y lo colocó con cuidado en el anular de la pálida mano, besando después cada nudillo. Volvió a entrelazar sus dedos y habló, con una gran sonrisa feliz.
— Pansy. —Tomó aire tres veces para que no se le quebrara la voz—Te amo. Y no por lo que me has dado, ni por lo que has hecho por mí, sino por la persona en la que te has convertido en todo este proceso. Claro que me casaré contigo, me da igual que sea en un juzgado muggle o en una elaborada ceremonia mágica, porque lo que realmente quiero es vivir mi vida y mis sueños contigo.
Con una gran carcajada, Pansy se abalanzó sobre ella. Las grullas, el libro, la varita, todo acabó en el suelo en cuestión de segundos, pero no importaba. Lo único que importaba eran sus besos, sus caricias y ese gemido que a Hermione le encantaba escuchar de los labios de su pareja cuando se estremecía entre sus brazos: "Mi leona".
