Capítulo 2
La escena quedó estática. Gourry y Naga se miraban y, a su alrededor, el mundo entero parecía contener el aliento. Los gritos habían bajado de nivel y los borrachos habían pasado a un segundo plano. Sólo el gotear de la cerveza rompía el momento.
Oh, Ceiphied. ¿Tan evidente es? Si ese mendrugo se había dado cuenta… Las mejillas de Naga empezaron a adquirir el color de las fresas y las granadas. Pero ella volteó la cabeza. No se iba a avergonzar. No delante de ese enorme imbécil.
Así que la hechicera cambió de estrategia. Naga golpeó la mesa con la palma y gritó:
—¿Y qué si me gusta Lina? ¿Algún problema?
—Ninguno —respondió el muchacho.
—Más vale —sentenció ella.
—Bien.
A la conversación le siguió un silencio incómodo, inquieto. Era un silencio plagado del humo de la taberna, del murmullo lejano de los borrachos.
En el silencio, Naga abría y cerraba la boca, como un pez fuera del agua, como un loro afónico.
—¿Cómo…? —arrancó por fin— ¿Cómo te has dado cuenta?
El mercenario se encogió de hombros.
—Soy observador —dijo sin más.
—¿Y crees que Lina…?
—No.
¿No la quería o no se había dado cuenta? Naga no llegó a terminar la frase, pero la respuesta fue contundente. No.
—Lina tiene buen ojo para el oro —siguió el grandullón— pero para otras cosas es totalmente ciega.
Naga asintió para sí y fue a dar un trago, olvidando que su cerveza había ido a parar al suelo. Chasqueó la lengua y levantó la mano. Pidió otra.
La cerveza llegó y la espuma colmó el vaso, mojando también el suave silencio.
—Además, ya conoces a Lina —dijo Gourry en un suspiro.
—Hace lo que le da la gana —contestaron al unísono. Naga escurrió una palabrota entre medias pero, en esencia, ambos dijeron lo mismo.
Los dos se miraron. El mercenario tenía una sonrisa bobalicona en el rostro, pero a ella seguía sin hacerle ni puta gracia todo esto.
—Dime, —dijo mientras se llevaba la cerveza a los labios— ¿a ti también te lanza bolas de fuego?
—¡Todo el tiempo! Y no sólo a mí, a veces incluso le intenta volar el culo a nuestros amigos.
—Qué me dices. ¿Lina tiene amigos?
—Oh, sí. A veces nos acompaña un chico malhumorado llamado Zelgadis y una chica alegre que se parece un poco a ti. Tenéis el pelo del mismo color y hasta una cara que…
—HO HO HO HO. Bueno, todas las chicas quieren parecerse a mí, muchacho. Pero no todas pueden. ¿Cómo has dicho que se llamaba?
—Amelia.
Ahí el cuerpo de la hechicera intentó escupir y beber al mismo tiempo. La cerveza, confusa, salió por su nariz en un doloroso chorro. Cuando recuperó la compostura, dio otro largo sorbo a su cerveza.
—Lo dicho, muchacho. Seguro que no nos parecemos en nada.
El chico se limitó a encogerse de hombros, a darle un par de vueltas a la pulsera que llevaba en la mano derecha. Era de cuero marrón y una gema verde colgaba de una de sus tiras.
El bar se había ido vaciando conforme pasaban las horas. Ahora apenas quedaba algo más que vasos vacíos en la mesa y un par de borrachos en la barra.
—Oye, ¿no estás cansado? ¿Por qué no vas a darte un paseo?
Pero Gourry le lanzó otra de sus grandes sonrisas y contestó:
—Estoy bien aquí, gracias.
Ella entrecerró los ojos. En momentos como este ya no sabía si el chaval era tonto o simplemente lo parecía. Naga le echó otra mirada al mercenario. Quería mandarlo a la mierda y, a la vez, también quería hacerle muchas preguntas. Sopesó las opciones un momento y, al final, la curiosidad pudo al mal genio.
—En ese caso, tengo dos preguntas para ti.
Él despegó la vista de las pulseras.
—¿Cómo es que Lina acabó viajando contigo?
—Bueno, al principio yo tenía algo que ella quería. La Espada de Luz.
Eso lo explica todo. La avaricia de Lina era casi tan famosa como su pecho plano.
—¿Y por eso sigue contigo?
—Oh, no. La perdí hace mucho tiempo.
—¿Entonces…?
—Ahora dice que vamos en busca de una espada nueva.
—Pero tú ya tienes una espada. La traías esta mañana.
—Sí.
Hablar con ese tío era agotador. Naga no lo entendía. No entendía nada. ¿Por qué cojones Lina seguía con él entonces? Fue a abrir la boca de nuevo pero, un destello rojo se coló en el bar y sus palabras murieron.
—Conque aquí estabais.
Ambos se giraron y Lina apareció en su campo de visión. Tenía el pelo rojo despeinado y un enorme saco entre las manos.
—¿Qué hacéis los dos aquí, tan juntitos?
Por un momento Naga temió las palabras que saldrían de la boca de Gourry. Pero el mercenario le dedicó una de sus estúpidas sonrisas y, sin más, dijo:
—No mucho. Naga y yo hablábamos de cervezas —después, señaló con la mano el saco de su amiga.— Un buen botín, por lo que veo.
—Bah, no es gran cosa. Unas cuantas monedas, pero nada de libros mágicos o joyas. Eso sí, estoy reventada. Ese campamento de los bandidos estaba más lejos de lo que esperaba.
—¿Hora de dormir entonces?
—Eso parece. Nosotros nos vamos, ¿vienes, Naga?
—Id vosotros —gritó desde la barra — sabes que yo no me voy hasta la hora del cierre.
Lina le dedicó una sonrisa y avanzó por el pasillo, con su enorme gigante rubio pegado a la espalda. Pero, ya en la lejanía, algo llamó la atención de la Serpiente Blanca. Algo oscuro destacaba sobre el guante blanco de Lina. Era una pulsera de cuero, idéntica a la que llevaba el mercenario. Entonces algo hizo click en su cabeza y Naga entendió, por fin, por qué Lina seguía viajando con ese larguirucho.
La muchacha se quedó mirando cómo su vida, su amor secreto, se perdía por el pasillo. Mientras maldecía a la vida por ser tan perra y, por encima de todo, a ese estúpido gigante rubio.
La mañana siguiente Naga amaneció resacosa, con la boca seca y el regusto amargo de la cerveza aún en sus labios. No sabía cuántas cervezas había tomado anoche. Había perdido la cuenta después de la décima. La cabeza le dolía y sus oídos retumbaban. Sonaban igual que alguien aporreando una puerta.
—¡Naga! ¡Naga! Despierta.
—Ugh. —gruñó ella.
—Tenemos que dejar el hostal en veinte minutos. Venga, arriba.
La Serpiente Blanca trató de mandar señales a su cuerpo para que se moviera y al final, de alguna manera. se escurrió del suelo a la cama.
Veinte minutos después, Naga casi parecía una adulta funcional. Había sido capaz de vestirse y de bajar las escaleras sin apenas tropezar en el intento.
Abajo, el bar estaba desierto a excepción de una chica bajita con el pelo pelirrojo.
—¡Eh, enana! ¿Dónde está tu gigante rubio?
—En recepción, pagando la cuenta.
Naga llegó a su altura y Lina alzó la vista hacia su amiga.
—¿Qué te ha parecido Gourry?
—Un completo idiota. Tenías razón con lo de "cerebro de medusa" —respondió la otra— pero qué sé yo. No se le ve con mal fondo.
Lina esbozó una sonrisa.
—Es tonto de remate. Pero, no sé, te acabas acostumbrando.
—Seguro que sí.
Por un momento, los ojos de Naga parecieron enturbiarse. Pero, antes de que Lina pudiera reparar en ello, una gran risa retumbó por la sala.
—HO HO HO HO. Seguro que ahora me echas de menos, ¿no, Lina? Lo comprendo. Nadie puede superarme como compañera de viaje.
—Sí, sí —contestó su amiga.— Lo que tú digas.
—Bueno, y ¿cuándo volvemos a vernos? ¿En tu boda?
—En mi ¿QUÉ? ¡Naga!
La risa estridente de la hechicera volvió a llenar el bar mientras la cara de Lina cogía un gracioso tono rojo granada. Salió del bar hecha una furia y Naga la siguió aún entre risas. Afuera, les esperaba un muchacho rubio.
—¡Lina! —la llamó su amigo— esto ya está. Me debes 10 monedas de oro.
—¿Cómo?
Su cara recuperó su tono habitual mientras su boca se abrió formando un círculo de asombro.
—Era tu turno de pagar, Lina. Ya lo sabes.
—¡Y un cuerno, Gourry! Esta vez era tu turno.
—Pero yo pagué…
Así, Naga los vio marchar por el sendero a la par que sus voces se iban apagando y a ella le subía por la garganta un sentimiento amargo. Sabía que lo suyo con Lina estaba acabado, que nunca había empezado. Y, aún así, no podía evitar la angustia, esa quemazón en el estómago. El malestar le subió por el cuerpo. Le iba a costar un tiempo superarlo.
