Disclaimer: Harry Potter, así como todos sus personajes, lugares e historias son propiedad de J.K. Rowling y de todas las empresas que el paguen lo suficiente como para que les deje destrozar su obra, yo lo uso sin fines lucrativos.
Aviso: La historia contiene referencias sexuales, uso de drogas y situaciones catalogadas como "para adultos", así como parejas homosexuales. Si no te sientes cómodo con alguno de estos temas, siéntete libre de irte y no leer la historia.
Pareja: James Sirius P./Louis W. James/Lorcan mencionado.
Amor.
—James, por favor, no lo hagas.
James se detuvo en seco al escuchar las palabras provenientes de la boca de su hermano. Suspiró por un momento y alzó la visa hacia el techo de piedra. Se encontraba caminando a paso ligero en alguno de los tantos pasillos ya abandonados del castillo. Desde la Guerra Mágica, la pelea con Voldemort, Hogwarts había perdido gran parte de su habitual gran cantidad de alumnos; el miedo a dejarlos ir a una escuela con tan mala reputación, la popularidad de la enseñanza a los niños en la casa de sus padres, algún que otro colegio de Magia nuevo por Europa que se había llevado el otrora prestigio y reconocimiento de Hogwarts, la baja natalidad y más problemas sin demasiada relevancia, habían convertido a Hogwarts en un colegio casi desierto que, parecía, en cualquier momento iba simplemente a cerrar sus puertas y olvidar todo su pasado y su linaje. Muchos alumnos, más inteligentes, más pícaros, más avispados, habían aprovechado esto para hacer un uso de los tantos pasillos, clases y cuartos que habían dejado de usarse.
El mayor de los Potter giró sobre sí mismo, sobre sus punteras, y contempló ante él a su hermano. Moreno, ojos azules, un uniforme perfectamente impoluto y una corbata color plateado y verde adornando su cuello, acompañado por una serpiente de los mismos colores como escudo sobre su corazón en el pecho de su capa. Cuán irónico parecía que, años después de que Harry matase al símbolo de Slyherin, su hijo menor y el que con diferencia más se parecía a él, lo llevase adornando sus ropas, paseándolo orgulloso por los pasillos del castillo. Fijó la mirada en sus ojos, azules como el mar, adornados por un par de ojeras, posiblemente debidas a las largas noches de estudio que estaba llevando a cabo a causa de los próximos exámenes que se acercaban a pasos agigantados. Tras esas ojeras se dejaba ver, si alguien se fijaba lo suficiente, cosa que James solía hacer, como buen hermano que era, una pequeña sacudida de ojos, unos párpados ligeramente hinchados; era algo más que simple sueño, parecía que el joven estaba a punto de ponerse a llorar.
—¿Disculpa? —consiguió preguntar finalmente; su voz estaba ligeramente rota, causa del pequeño nudo que se había formado en su garganta al ver a su hermano pequeño a punto de ponerse a llorar.
Albus, en toda respuesta, suspiró y dio un par de pasos a la dirección de James. James, por su lado, retrocedió la misma cantidad, tratando de alejarse de él lo máximo posible, como si la distancia que los separaba era necesaria y, de romperse, algo muy malo iba a suceder. Suspiró como respuesta al suspiro de Albus y, finalmente, se detuvo poco antes de que su espalda hubiese chocado contra la dura pared de piedra que se encontraba tras él, ligeramente húmeda y recubierta de lo que parecía ser moho.
—James, por favor.
La voz de Albus sonó también de manera rota, sus ojos parecía que no podían contener mucho más las lágrimas. James suspiró una vez más. Bajó su mirada de manera cobarde, incapaz de mantener la mirada clavada mucho más tiempo en la de su hermano. Sabía perfectamente por qué se comportaba así, qué le pedía y por qué lo hacía; James no era idiota, puede que fuese un chico hormonado, que no fuese el mejor de su clase o que en ocasiones se hiciese más el tonto de lo que realmente era para causar una falsa sensación de inocencia en la gente, pero no era para nada estúpido.
—Él no es tan malo como piensas, Al.
—Él —comenzó el menor de los Potter, pero su voz finalmente se rompió del todo.
Pequeñas gotas recorrieron sus mejillas, que se iban tornando de un suave color rojizo, del mismo tono que se pintaron sus ojos, realzando aún más el azul verdoso que portaba. James no pudo sino morderse el labio inferior, con más fuerza de la necesaria, al punto de sentir un sabor ligeramente metálico en su lenga; volvió a bajar la cabeza, derrotado, acobardado, y la fijó sobre la corbata color escarlata que portaba. Si el Sombrero Seleccionador le viese ahora mismo, gritaría por el error que cometió en su momento por haber seleccionado para Gryffindor a alguien tan cobarde que ni siquiera es capaz de sostener la mirada a su hermano ni de intentar hacer que se sienta mejor, consolarle, calmarle.
No se acobardó, sin embargo, por el llanto, ni siquiera por la mirada reprobatoria que lanzó. No, desde luego que no. Se acobardó porque James sabía que, en el fondo, Albus tenía razón, ¿cuándo no la tenía?
Aunque en algo James tenía razón, Louis no era una mala persona, no era un mal chico, era un chico normal de 17 años; al menos, todo lo normal que puede ser alguien parte Weasley, parte Frances y parte Veela. Era simplemente un chico al que le encantaba pasárselo bien, meterse en líos de vez en cuando, alguna que otra broma a alguien; era el complemento perfecto de James. El problema es que era tan complemento suyo, que cuando estaban juntos, nada bueno podía salir. Se destruían el uno al otro de una manera que se dañaban a sí mismos y a todo lo que estaba a su alrededor; a sus familias, a sus amigos. Eran 6 meses de desenfrenada pasión hormonal juvenil, en la que todo podía pasar y nada bueno solía suceder, seguida de otros 6 meses de desprecio y odio mutuo, de salidas desenfrenadas por parte de ambos con otras personas, juergas y más destrucción, solo que en lugar de juntos, por separado.
Todo comenzó cuando ambos tenían 13 años; el joven chico llegó de Francia, después de muchos años sin haber pisado suelo inglés, de visita con sus padres. Bill se había mudado por trabajo a Francia con su esposa e hijos. Residiendo en la antigua casa de Fleur, pudiendo todos estar con el lado materno de la familia, vivieron el tiempo que el trabajo duró, antes de ser de vuelta mandado a Reino Unido. Louis y James se conocieron a la noche siguiente cuando la abuela Weasley programó una gran cena de recibimiento a su hijo pródigo a la que asistieron todos los primos Weasley, todos los hermanos y todas las parejas; una gran celebración, llena de familiaridad a la altura de lo que cabría esperar de una cena Weasley.
James se encontraba en el patio, antes de la cena. Estaba sentado en una roca, lo suficientemente lejos de la casa como para que nadie le pudiese ver a simple vista, pero no tanto como para no poder escuchar las conversaciones, tanto de adultos como de niños, por si era mencionado o llamado para poder entrar rápidamente de vuelta a la casa y fingir que nada había pasado, que no se había escaqueado. No es que no le gustase su familia, claro; como buen Weasley que era, amaba y apreciaba a su familia por encima de todas las cosas, daría lo que fuera por ellos y lucharía a muerte contra quién hiciese falta por su felicidad y todas esas tonterías que solían decir los adultos. Pero, después de tantas cenas, de tantos momentos juntos, de tanto amor y cariño, la compañía se hace un poco monótona, acompañado a esa necesidad de rebeldía y soledad propia de un chico de su edad, le hacía hacer estupideces, como alejarse de su familia a pasar tiempo a solas con un juego que apenas le gustaba de su consola portátil en lugar de pasar tiempo con ellos y pasar buenos momentos a su lado.
De repente, de pronto, sin aviso alguno, una figura oscura se plantó ante él; por la altura, por la corpulencia y por el bordeado, supuso que no era ningún adulto: demasiado pequeño, demasiado delgado para serlo. Un olor extraño le llegó, algo demasiado afrutado y suave como para ser la colonia de alguno de sus primos cercanos, pero demasiado "elegante" para ser un perfume. Alzó la mirada para cerciorarse de quién era. Ante él se hallaba un chico, tendría aproximadamente su edad, una altura ligeramente inferior a la suya, cabello rubio, de un rubio muy suave y sutil, largo hasta por debajo de sus hombros, terminado en unas puntas teñidas de color azul, a juego con sus brillantes ojos, que miraban con curiosidad al Potter. Una sonrisa apareció en su rostro, haciendo que sus delgados labios se curvasen hacia arriba, mostrando un par de pequeños hoyuelos en sus mejillas. Sus dientes eran casi perfectos, alineados, no demasiado grandes y blancos, casi tan blancos como su pálida piel, que parecía no haber visto la luz del sol en años, como si de un vampiro se tratase.
El que James supuso que era Louis se acercó un poco a su primo, agachándose hasta quedar a su altura; posó sus propios labios en los ajenos y dio un pequeño beso, apenas un pico, a James, antes de volver a ponerse en pie. Desde luego, esa no era la forma en la que James esperaba conocer a su primo, al hijo de su tío; sus mejillas se tornaron de un color completamente rojo y sus manos comenzaron a temblar y perder fuerza, haciendo que la consola que portaba en las manos cayese al suelo sobre el pasto, que amortiguó la caída. Este hecho pareció hacer bastante gracia a Louis, que le dedicó lo que parecía ser una sonrisa divertida, mezclada con ciertos toques de malicia. Louis se despidió finalmente de James, con un ligero acento francés que a James le pareció lo más adorable que había escuchado nunca y volvió a entrar a la Madriguera. James se quedó unos segundos más sentado sobre la roca, mirando al lugar donde había estado su primo, suspirando por lo que acaba de ver, sentir y oler. En ese momento, James estaba feliz de haber conocido a Louis, que parecía alguien bastante interesante, lo que no sabía es que ese fue el principio del fin.
Louis comenzó en Hogwarts ese mismo año, siendo seleccionado para la casa de Ravenclaw. James sintió esto, ya que esperaba poder pasar grandes momentos en Gryffindor con su primo, recuperar el tiempo perdido y, quién sabe, quizá algo más interesante. Louis demostraba ser un Ravenclaw bastante capaz, bueno en los estudios, bueno en los hechizos, muy estudioso, aplicado, pasaba horas en la biblioteca devorando libros... todos estaban encantados con la nueva adquisición de Ravenclaw; todos menos James, al que le parecía que el nuevo comportamiento de Louis era bastante aburrido, monótono, demasiado Ravenclaw y muy poco Gryffindor para su gusto. ¿Dónde había quedado el Louis que se había presentado con un beso en su propia cena de reencuentro con la familia y que se había pasado toda la cena lanzando miradas de diversión a James? Quizá lo hubiese soñado, pero ese tinte azul que decoraba el final de su pelo y esa sonrisa diabólica que se dibujaba en su angelical rostro cuando James pasaba cerca, le recordaban que aquello fue real.
Un día, pasadas unas semanas de la entrada de Louis al colegió, fue a confrontarle a la biblioteca. Buscando explicaciones, buscando diversión; quizá sólo como excusa para poder volver a ver a su primo de nuevo, en el que no podía dejar de pensar. En la biblioteca, Louis se solía sentar en la zona más alejada, casi oculto entre las estanterías y las mesas, leyendo un libro detrás de otro, una vez acabadas sus tareas. Su mesa solía estar rodeada por altas hileras de libros, que le tapaban y ocultaban del resto del sitio, como si quisiese esconderse de alguien o de todos y, para poder verle, tienes que estar muy atento y buscarle bien. James se sentó a su lado, pero el rubio apenas alzó su mirada del libro hasta que James comenzó a preguntar por el beso de aquella noche.
—Bueno, es la forma en la que saludamos a la gente en Francia, James —mintió descaradamente Louis, dedicando una sonrisa de falsa inocencia al joven Potter.
—Bu-Bueno —James tragó saliva.
Louis siempre había tenido algo que atraía a James de una manera que no podía entender, que era incapaz de razonar y que hace mucho que le hubiese encantado controlar, pero que no era posible. Esa mezcla entre una colonia suave, sutil y encantadora, algo poco habitual en un chico de 13 años que piensa que un poco de desodorante, si es que se lo pone, en la ducha es más que suficiente para acabar con el mal olor de la pubertad; esa cara de ángel, adornada muchas veces con una sonrisa de malvado que no podía ocultar a James y ese ligero acento francés, que le hacía ver tan tierno y elegante, hacía que James simplemente se derritiese con cada palabra que decía, con cada gesto que hacía.
—Bueno —repitió, algo más sereno—. Si así saludáis a la gente que acabáis de conocer, no quiero pensar qué haréis con la gente que ya tenéis confianza —bromeó.
—Ésto.
James alzó una ceja al escuchar a Louis, esperando una continuación a lo dicho por el chico. Las mejillas de James comenzaron a tornarse de un color carmesí, cálidas y rojas como nunca antes las había tenido; bajó la mirada hasta su regazo, encontrando allí la mano derecha de su primo, que comenzó a masajear su entrepierna con lo que a James le pareció demasiada técnica para alguien de su edad. Se mordió con algo de fuerza el labio mientras escuchó cómo desabrochaba su bragueta y comenzó a bombear su duro miembro. James tuvo que contener todos los gemidos que luchaban por escapar de su boca bajo los movimientos de su primo; tenía la mente nublada por los movimientos hábiles de Louis, pero no lo suficiente como para no saber que si le descubrían haciendo eso en la biblioteca, se iban a meter en un lío. Louis, por su lado, seguía leyendo un libro sobre la mesa, ajeno a lo que su mano derecha le estaba haciendo al pene de su primo, quizá queriendo disimular por si alguien pasaba, quizá dando a entender a James que eso no era nada para él.
Esa fue la primera vez que James hacía algo como eso en la biblioteca. No era el mejor alumno del mundo, pero no se iba masturbando por lugares públicos del castillo; al menos no hasta que llegó Louis a corromper su ya ligeramente corrompida vida. Fue la primera vez que James y Louis hicieron algo en la biblioteca pero, desde luego, no la última, ni siquiera fue lo máximo a lo que llegaron. James y Louis, adolescentes hormonados como eran, y al parecer bastante felices de estar el uno sobre el otro, comenzaron a hacer una especie de tour erótico por todo el colegio. Intercambiando masturbaciones no sólo en la biblioteca de nuevo, en los aseos o en el cuarto del otro, sino también en el Gran Comedor en alguna ocasión, rodeados de personas, al parecer ajenas a lo que sus manos hacían bajo la mesa; también en incontables lugares del castillo.
Pronto, su lascivia hizo que simples masturbaciones mutuas no fuese suficiente, por lo que fueron escalando niveles poco a poco. Para su cuarto año en Hogwarts, lo que antes había sido "simplemente" un tour de masturbaciones por todo el colegio, se convirtió en toda regla en un tour sexual, mancillando de todas las formas posibles gran parte del castillo. En esto, ayudó bastante la capa de invisibilidad y el mapa del merodeador que, inocentemente, le había regalado Harry a su hijo, con la esperanza de que se divirtiese por el castillo o lo usase en caso de ser necesario; por supuesto, el patriarca Potter esperaba que las travesuras de su hijo se diesen en todos los casos, con los pantalones puestos, cosa que desde luego, no fue el caso.
Si mancillar sexualmente el castillo no fue suficiente, James pronto descubrió otra faceta de su primo que le dejó bastante intrigado y que, aunque al principio intentó oponerse, esos ojos azules y esa cara de ángel sabían muy bien como convencerle de lo que fuese. Louis, en algún momento de su tardía infancia, había comenzado a fumar; seguramente a raíz de querer impresionar a un grupo de amigos, por rebeldía o simplemente por curiosidad. Este vicio pronto también se lo pegó a James, por lo que ambos salían de vez en cuando del castillo por los pasadizos secretos, a comprar cajas de tabaco y algo de alcohol, para montar una fiesta privada en algún aula abandonada de algún pasillo abandonado que, como es normal en este caso, solía terminar en sexo.
Para quinto año, cuando ambos cumplieron 16, Louis pensó que fumar simplemente tabaco no era suficiente, por lo que comenzó a comprar sustancias más fuertes, que comenzó a consumir con James, lo que acaba degenerando, nuevamente, en más alcohol, más sexo y más desfase. Había días que ni siquiera iban a clase para poder seguir bebiendo, fumando o follando, días en los que se escapaban a Hogsmade a algún motel barato a cumplir sus más bajas fantasías, consumiendo cosas aún peores, haciendo cosas aún peores, destrozando habitación tras habitación.
Obviamente, los primos Weasley no es que fuesen precisamente ajenos a estos; además de algún encontrón que habían tenido con ellos, a causa de descubrirlos en situaciones impúdicas, podían ver el desgaste que iban sufriendo ambos; la falta de sueño, el exceso, el abuso de sustancias, hacían mucha mella en ambos chicos; ojeras que decoraban su rostro, moratones, incluso varios chupetones que se había hecho el uno al otro en alguna noche desenfrenada. Pero ellos preferían no hacer caso; a James no le importaba destruirse si era al lado de Louis y, al parecer, Louis quería seguir destruyéndose con James.
—Albus —repitió James, mirando a su hermano nuevamente a los ojos—. Por favor.
—James —respondió su hermano—. Llevas 5 meses limpio. Por favor.
—Voy a estar bien, Al.
James suspiró, mirando a su hermano. No es como que él mismo creyese lo que estaba diciendo, pero tenía que dar la intención de estar seguro de ello, para poder transmitir esa seguridad a Albus. Desde luego, su hermano no creyó ni una palabra de lo que dijo, ya sabía que iba a pasar, ya estaba acostumbrado. James al fin se veía bien, había recuperado masa muscular, estaba recuperando la forma, estaba feliz. No quería que volviese a sucumbir ante los encantos de Louis.
—Y una mierda —fue lo único que respondió Albus.
—Él sólo quiere hablar, él...
—¡Él nunca quiere solo hablar, James! —le cortó Albus, avanzando hasta donde se encontraba su hermano y alzando un poco la cabeza para ponerse a su altura—. Sabes lo que quiere. Sabes lo que va a pasar.
—Al...
—¿Acaso lo que pasó con Lorcan no te enseñó nada, James?
Lorcan. James suspiró una vez más, mirando a su hermano. Estaba, ahora sí, con la espalda pegada a la pared, mirando a los ojos a su hermano pequeño que estaba a apenas un par de centímetros de su rostro. Había dejado de llorar, pero sus ojos seguían completamente rojos e hinchados. Le miraba fijamente, esperando una respuesta a la carta que había dejado sobre la mesa, seguramente la última opción que le quedaba al mediano de los Potter para intentar hacer entrar en razón a su hermano mayor.
La relación entre Louis y James nunca fue perfecta, de ninguna de las maneras. Oficialmente no eran nada, más que primos. Incluso se podía decir que no eran ni amigos, pues rara vez sostenían una conversación o pasaban un largo rato el uno junto al otro con los pantalones subidos. Eran más bien amantes, un par de jóvenes adolescentes que se deseaban con todo su ser, pero que una vez llegado al orgasmo, recordaban que no tenían nada en común y se iban a seguir con su vida. Cada uno por su lado. Esto implicaba, claro, que nada les impedía a ninguno de los dos tener algo con alguien más, incluso en algunas ocasiones compartiendo a algún chico o alguna chica.
La dinámica básica de la relación consistía en pasar al menos una vez por semana algo entre ellos, la mayoría de las veces en algún lugar público y/o bajo los efectos de alguna sustancia, como forma de darle más morbo o diversión y no hacerlo tan monótono. Claro que, en una relación de adolescentes hormonados, más en una tan extraña, las reglas y la lógica se dejan de lado en muchas ocasiones y los celos y comparaciones no dejan de salir a la palestra en muchas ocasiones. Normalmente estos celos se quedan ahí, con un polvo un poco más agresivo que otros, más posesivo y con James y Louis jurándose amor eterno para después volver al ciclo de sexo y celos desenfrenados. La gente que solía acabar con ellos en la cama, tanto de uno como de ambos, ya sabía a lo que iba, sus intenciones eran simplemente un polvo, dos como mucho, por lo que los celos del otro o las peleas de ellos no les podían afectar menos. O al menos eso pasaba la mayoría de las veces.
James y Lorcan no habían hablado demasiado; James sabía de su existencia, claro, Harry era el padrino de Lorcan, en varias ocasiones había ido a su casa acompañando a sus padres, incluso alguna vez había comido o cenado en la Madriguera con el resto de los Weasleys, pero nunca le había prestado demasiada atención al menor de los gemelos Scamander, al menos hasta ese día. James se fijó en Lorcan una tarde que despertó en los jardines del castillo, con un dolor de cabeza inmenso a causa de la resaca. Estaba sin camiseta, aunque por suerte llevaba la parte de abajo intacta. Se encontraba tumbado de manera incómoda sobre un arbusto, rodeado por varios más de distintos tamaños, que sin lugar a dudas le ocultaban de cualquiera que pasase cerca de allí.
Se cayó del arbusto al intentar ponerse en pie y entonces le vio. Al principio, confundió la larga cabellera rubia que estaba rebuscando dentro de un arbusto con la de Louis, pero rápidamente cayó en la cuenta de las diferencias entre Lorcan y Louis, empezando con que el primero tenía un trasero bastante más turgente. Al parecer, Lorcan estaba buscando algún tipo de criatura mágica de esas que tanto hablaba Luna, su madre. James se quedó un rato observando al menor mientras se iba recomponiendo del dolor de cabeza y del golpe por la caída, observando cómo se iba moviendo de forma tierna y curiosa por el lugar hasta que finalmente se percató de la presencia de James, mirándole un momento y dedicándole una sonrisa.
En ese momento, James se dio cuenta de cuál era la mayor diferencia entre Louis y Lorcan: la inocencia. Mientras que Louis era un diablo con una cara angelical, que sonreía de manera pícara, Lorcan era pura inocencia y ternura. Lorcan sonreía de forma tierna y sincera, de una manera que calmaba el corazón y el alma de James y le hacían sentirse como nunca antes lo había hecho. Louis era un diablillo disfrazado de ángel, Lorcan en cambio era un ángel en sí mismo. James suspiró varias veces antes de devolver una sonrisa tonta a Lorcan, olvidando por completo sus dolores y fijándose simplemente en esos tiernos ojos soñadores de color gris que adornaban su pálido y tierno rostro.
James comenzó a interesarse cada vez más en Lorcan; esa sensación que sentía cuando estaba cerca del rubio era algo que le encantaba y que no quería dejar de sentir nunca. Comenzó a acompañarle a buscar animales fantásticos por las inmediaciones del castillo, escuchando sus locas historias una y otra vez, encantado con la forma de hablar tan familiar y sincera que tenía el joven Scamander, lejos de la elegancia petulante que solía envolver a Louis. Poco a poco, ese interés se fue convirtiendo en algo más, en algo más cercano, en algo más sincero. Y, antes de que se diese cuenta siquiera del paso de los días, se encontraba besando a Lorcan detrás de uno de esos arbustos donde se conocieron. Era un beso lento, tierno, de esos en los que te tomabas todo el tiempo del mundo para conocer a la otra persona, cuya intención final no era qué iba a pasar después, sino disfrutando del momento, del propio beso. Cuando se separó, James vio a Lorcan completamente sonrojado, con sus ojos ligeramente entrecerrados y jadeando lentamente. En ese momento, James supo que quería ver eso el resto de su vida, a todas horas. Pero.
Pero Louis se enteró, no era difícil, pues todos comentaban lo felices que se veían James y Lorcan, lo feliz que estaba James finalmente, lo buena pareja que hacían. Louis sabía que James había estado con otros hombres, al igual que él, no le importaba más que para poner celoso a James en ocasiones puntuales, pues cuando el Potter se ponía posesivo y agresivo con Louis en la cama, al rubio le encantaba; lo que no podía tolerar era eso: una pareja. Si James se conseguía a una pareja estable, él se quedaría sin su juguete favorito, sin la diversión de estar con James y, aunque no lo quisiera en exclusividad para él, tampoco quería perderle sin luchar. Así que Louis actuó. En una de las tantas fiestas que montaban Louis y James, llenas de alcohol y cosas mucho peores, donde prácticamente todo el mundo estaba invitado, Louis soltó delante de todo el mundo que Lorcan era un fácil, que se acostaba con todo el mundo, incluso con algunos por dinero, y que tenía alguna que otra enfermedad grave por eso.
Para cuando James entendió lo que estaba pasando, Lorcan ya había salido corriendo, llorando por los pasillos, y él tenía a Louis agarrado a su cuello y besando la parte trasera de su oreja, mordisqueando su lóbulo, como queriendo marcar de alguna forma territorio. James en aquel momento iba demasiado mal para poder reaccionar, más cuando los besos de Louis comenzaron a intensificarse coreados por los vítores del resto de adolescentes alcoholizados del resto de la fiesta. Para cuando James estaba suficientemente sereno como para entender lo que había pasado y cómo estaba Lorcan, ya era el día siguiente, él estaba con Louis en la cama, con dolor de cabeza nuevamente. No volvió a hablar nunca con Lorcan, el rubio no quería que se acercase a él por miedo a Louis, y todo lo realmente bueno que había tenido se esfumó tan rápido como llegó. Tampoco se lo tuvo en cuenta a Louis, él habría hecho lo mismo seguramente en esa situación, así que todo siguió como siempre había sido.
—Él no es tan malo, Al —repitió James. Apartó a Albus y se apartó de la pared. Comenzó a caminar por el pasillo hasta detenerse dos puertas más allá, tomando la manivela de una de tantas aulas vacías. Se detuvo una vez abierta la puerta, mirando a su hermano—, al menos, no es mucho peor que yo —y entró al cuarto, cerrando la puerta tras de sí.
FIN
