Siempre sentí gran pasión por la mitología, en especial la griega. Pasaba horas leyendo sobre los dioses, el Olimpo y el inicio de la vida según los griegos. Mi mito favorito siempre fue el de Hades y el rapto de Kore, conocida como Perséfone, reina del Inframundo.

Un día imaginé a Perséfone quejándose de que el mito estaba mal. Que ella no es la niñata inocente que todos plantean y que no fue raptada, más bien salvada por Hades. Y este pensamiento fue el que dio a luz esta historia. La escribí para mi, para satisfacer una nueva versión del mito. Una en la que Perséfone toma sus propias desiciones y enfrenta su destino con orgullo.

Prólogo

El temblor despertó a Hades. La sacudida causó los gruñidos de Cerbero, que se podían escuchar hasta el palacio del dios del inframundo, causando que fuera imposible volver a conciliar el sueño. De mala gana se levantó y se quedó sentado a la orilla de la cama esperando a que la pereza abandonara su cuerpo. Unos leves toques se escucharon en la puerta, causando irritación en el dios.

- Adelante - La puerta se abrió dando paso a Éaco, uno de los tres jueces del infierno.

- Mi señor Hades, no quisiera molestarlo, pero parece que el titán Tifón se encuentra furioso con Zeus nuevamente y ha causado la erupción de Etna. Los estruendos han alterado a Cerbero, que ha empezado a devorar las almas de los traídos por Caronte.

Hades resopló con hastío. Calmar a su fiel Cerbero nunca era fácil, y volvía más ardua su labor como gobernante del inframundo. Estiró las extremidades, suspiró profundamente y se levantó dirigiéndose al cuarto de baño. Se detuvo en el marco de la puerta y volteó a ver a Éaco que esperaba paciente las órdenes de su señor.

- Avisa a Radamantis y Minos. Ustedes estarán a cargo del inframundo mientras yo voy a la superficie a asegurarme que no haya una ruptura que traiga luz a nuestras tinieblas. No queremos que ningún alma intente regresar al mundo de los vivos a través de alguna grieta.

- Inmediatamente, mi señor Hades. - Éaco se levantó y empezó a caminar a la puerta por donde había entrado para hacerle saber a sus compañeros jueces las órdenes dadas por el dios.

- Ah, y calma a Cerbero. No queremos perder más almas. Este reino se alimenta de su pena y dolor. - Dicho esto, entró al cuarto de baño.

Hades entró al cuarto de baño, se miró al espejo y notó las crecientes ojeras bajo sus ojos color cielo que resaltan gracias a sus largos cabellos negros y su piel nívea. No conocía el calor del sol desde que sus hermanos y él se repartieron el Cosmos luego de acabar con Cronos. Mientras Zeus reinaba en el Olimpo y toda la superficie terrestre, Poseidón todo el océano y las criaturas que en él viven, Hades era el rey del inframundo, de las almas en pena que llegaban luego de muertas.

Luego de su baño, el dios se vistió con una de sus habituales túnicas negras y se dio una última mirada al espejo. Tanto tiempo entre muertos lo hacía ver como uno. Salió de sus aposentos y se dirigió hacia donde Caronte zarpaba. En el camino pudo ver la inmensa cantidad de almas que caminaban en fila, vacías, con las miradas cansadas y llenas de terror.

Caronte preparaba su barca para zarpar nuevamente y guiar a las almas recién llegadas. Advirtió una presencia a sus espaldas, y al voltear pudo ver al mismísimo Señor del Inframundo. Se sorprendió al estar frente a él, pues Hades no abandonaba su palacio para nada. De hecho, esta era apenas la tercera vez que veía al dios en persona.

- Mi señor Hades, ¿qué lo trae por acá?

- Caronte, mi fiel barquero, necesito que me lleves al otro lado. Tifón ha causado disturbios y debo asegurarme que la superficie no haya sufrido estragos. No planeo que la luz del día entre en el reino de los muertos.

- Estoy a sus órdenes, mi señor.

Dicho esto, Hades trepó en la barca de Caronte, y éste zarpó de inmediato. Hades notó que el río Aqueronte estaba formado por más almas que agua. Vagaban sin rumbo, tratando de aferrarse a la barca para poder subir, pero el barquero los empujaba con el remo de regreso al fondo. Debían cumplir su deuda de 100 años para que él les permitiera subir. Incluso la muerte tiene un precio.

Una vez llegaron al otro lado Hades descendió rápidamente y se dirigió a la entrada del infierno. El camino era oscuro, lúgubre y húmedo. Se detuvo cuando divisó la resplandeciente luz al final del túnel. Hacía mucho que no se acercaba a la superficie, y pensar en siquiera sentir el calor del sol emitido por Helio le hacía estremecerse. Dudó por un momento, pues el mundo exterior se había vuelto desconocido para él; incluso había perdido contacto con todos sus hermanos. Ignoraba las constantes invitaciones que Zeus hacía llegar para que asistiera a sus famosas tertulias en el Olimpo. El simple hecho de verse rodeado de los dioses le causaba molestia, pues sabía que era temido por muchos de ellos. Se había vuelto una clase de alienado para sus hermanos. Esperaba no tener que cruzarse con ninguno de ellos en su visita. O alguien de su inmensa familia.

Se apresuró a salir, en fin, al mal paso hay que darle prisa. Sintió el destello de la luz exterior cegarle la vista, y sintió arder su piel bajo los rayos del sol. El dios se sintió como un niño perdido, fuera de su elemento, y no le gustaba la sensación de manos sudadas y corazón se había sentido así desde que enfrentó a Cronos codo a codo con sus hermanos.

Empezó a caminar por las verdes praderas rumbo a Etna. El nerviosismo de encontrarse con cualquiera de sus hermanos o sobrinos era latente, pero debía asegurarse que nada afectara el orden de su reino.