1: "—Seamos amigos, Miyuki-kun".
Moriuchi Saori tenía sentimientos encontrados mientras estiraba sus piernas sobre el asiento en primera clase del avión. Soltó un fuerte soplido que no pasó de inadvertido al pasajero que tenía a la izquierda quien le dedicó una mirada suave y esbozó una sonrisa pese a la cara de póker que ponía la jovencita.
—¿Te molesta algo? —le preguntó moviendo su cuerpo hacia ella dándole toda su atención.
—Para nada —ella le contestó con evidente sarcasmo—. Serán muy emocionantes las próximas trece horas de vuelo.
El hombre sonrió ampliamente mostrando una hilera reluciente de dientes perfectos, le hacía gracia el comentario de la menor pues sabía lo mucho que detestaba los vuelos largos como el que estaban a punto de tomar.
—Me alegra que encuentres divertida la situación —prosiguió ella al contemplar esa odiosa sonrisa que no hacía más que crispar sus cejas.
Ese hombre era su padre al cual amaba hasta las entrañas. Ella notó su preocupación cuando lo escuchó suspirar, él adoptó mayor seriedad en su rostro por lo que le iba a decir:
—Lamento tener que hacerte pasar por esto otra vez.
Moriuchi Daiki estaba preocupado por su hija. Sabía que ella podía ser un tanto insolente, pero comprendía que hacer un cambio tan grande como ese era muy duro, dejar atrás a sus amigos y la escuela para volver a Japón; aunque en su situación actual no es que tuvieran muchas opciones. Aun así, una parte de él le cuestionaba como padre si había hecho lo correcto en tomar tal decisión.
—Otōsan, deje de comerte la cabeza cuestionándote si hiciste lo correcto o no —sus palabras tomaron por sorpresa al mayor—. Ya estamos dentro del avión, es un poco tarde para reconsiderarlo ¿Sabes?Daiki esbozó otra sonrisa. Esa Saori y su sentido del humor tan insípido, agradecía la actitud que estaba tomando ante todo esto. Saori era muy comprensiva.
Mejor hija no podía tener, por eso era su princesita.
—Mi niña es tan considerada —respondió él más relajado—. Cuando lleguemos te compraré leche de fresa.
—¿Eso es un soborno o qué? —la joven sonrió de lado ante la ocurrencia de su progenitor.
Daiki iba a decir algo más cuando fueron interrumpidos por la voz de la azafata que dio la bienvenida a los pasajeros y después las instrucciones para el vuelo que estaba a punto de despegar.
A partir de ese momento padre e hija se mantuvieron silencio, ambos tenían mucho en que pensar antes de llegar a la tierra del sol naciente.
Japón, el lugar que la vio nacer y crecer hasta los diez años. Tenía recuerdos un tanto agridulces de su infancia, su partida en ese entonces no fue tan dolorosa pues según ella no tuvo mucho que perder… salvo una cosa. Habían pasado seis años, y al pensar en el Tokio que conoció le llegaba a la mente la misma persona, recordaba con nitidez el brillo vivaracho de sus ojos marrones cuando jugaban juntos.
«Me pregunto que habrá sido de él…»
Su infancia fue un tanto solitaria, resultó que Moriuchi Saori fue una chica bastante diferente al promedio. Desde los seis años se distinguía por usar ropa deportiva, gorras de beisbol y eso hacía que constantemente la confundieran con un niño. A veces intentaban vestirla como una niña de su edad, pero terminaba con la ropa sucia y el pelo enmarañado. Como era de esperarse fue objeto de burla por niñas y niños en su escuela quiénes la llamaban «marimacho». A Saori no le importó mucho lo que dijeran sobre ella, pensaba que no necesitaba nada más que su guante y pelota, ellos fueron sus amigos desde que aprendió a usarlos. Pero, solía sentirse sola. Después de todo no era divertido jugar béisbol solo.
Algunas veces después clase iba a un parque cercano para encontrar a alguien con quién jugar, cuando había niños jugando béisbol les preguntaba si querían jugar con ella, pero en todas esas ocasiones le tocaba mirarlos con ojos hambrientos de juego.
Las cosas cambiaron para ella a la edad de siete años, a partir de esa edad empezó a desarrollar una personalidad un tanto explosiva por culpa de Manzo. Odiaba ese niño. Manzo era un año mayor que ella y era quien molestaba a todos los niños de primero y segundo, había construido un pequeño reino de terror en la primaria, inspiraba temor a todos los niños cuando andaba con su séquito de niños malos.
—«¡Miren! ¡La marimacho está intentando ser niña!» —anunció el engendro al verla en medio de la cafetería de la escuela. Ese día a su madre se le había ocurrido vestirla con la ropa más rosada que pudo hacer encontrado en su closet, algo más apropiado para una niña según ella. No obstante, fue el peor error de ese día.
—«Ni siquiera parece una niña, es como un mono con falda» —dijo otro niño que estabas a espaldas de Manzo.
El grupo de tres se reía cruelmente su cara, escuchó como las risas de otros niños estallaron en la cafetería y Saori no hizo más que bajar la mirada mientras las lágrimas empezaban a asomarse por el borde de sus ojitos negros.
«¿Por qué siempre tienen que ser tan malos conmigo?» se preguntaba la pequeña mientras apretaba sus pequeños labios, aunque se sintiera mal no iba a permitirse derramar ni una lágrima delante del ogro de Manzo y los dos idiotas que le seguían.
—«¡Eres un idiota, Manzo!» —le enfrentó sin temor, sus ojos desprendían perfectamente la ira que estaba sintiendo. Pero lejos de intimidar al niño, empeoró la situación.
—«Parece que el mono sabe hablar…» —contestó Manzo en un tono más serio—. «Chicos, habrá que enseñarle a respetar a sus senpais».
Sin que se lo pudiera esperar Manzo tomó el cartón de leche de fresa que estaba en su bandeja y lo vertió sobre ella. Sus malvadas risas se escuchaban en toda la cafetería, ella estaba en medio de todos siendo el hazmerreír.
Saori quería llorar.
Pero sucede algo inesperado, un niño ajeno a la situación pasa al lado de ellos con su bandeja, y les dice:
—«Son unos tontos…» —El niño murmuró por lo bajo, pero fue lo suficientemente claro para que Manzo lo escuchara y se enfureciera, dejando a Saori en un segundo plano.
—«¡Oye tú! ¿Acaso quieres morir?» —gritó Manzo arrojándole al otro niño el cartón de leche que vertió encima de Saori—. «¡Vuelve a decirlo si te atreves, Miyuki!»
Sí, era Miyuki Kazuya, él iba a su clase y también lo molestaban. A pesar de ello, no parecía dejarse intimidar fácilmente pues siempre mostraba una sonrisa presuntuosa y soltaba comentarios mordaces sin importarle que eso le trajera después una buena golpiza.
—«Que son unos idiotas» —contestó el niño sin retraerse ni un poquito.
—«Te daré una paliza, así aprenderás quién es el idiota».
Manzo lo tomó del cuello de la camisa muy dispuesto a darle una paliza. El ambiente en la cafetería estaba tenso, nadie se atrevía a decir una palabra o a interferir en lo que estaba sucediendo, casualmente no había ningún maestro cerca para frenar la situación que se estaba saliendo de control.
Entre tanto, la ira de Saori estaba en su límite y sin pensarlo dos veces le arrojó a Manzo la bandeja del almuerzo. La bandeja golpeó su cabeza mientras la comida se deslizaba por su espalda.
Entonces la mirada enfurecida de Manzo reparó en ella.
—«¡¿Acaso estás loca!?»
—«¡Ya nos tienes hartos, cerdo asqueroso!»
A Saori no le importó que el niño frente a ella le llevara un año, se abalanzó sobre él cayendo ambos al suelo. Saori gritaba mientras le halaba del pelo y Manzo hacía lo mismo. Todos miraban anonadados la escena, pero no duró más de cinco minutos pues llegaron los profesores inmediatamente a detener la pelea.
De alguna forma Miyuki Kazuya llegó a estar implicado en la situación, no entendía por qué tenía que estar en la dirección con el matón de Manzo y la rara de su clase. La situación era extraña, lo que había sido empezado por Manzo recaía ahora en Saori quien fue la que le aventó la charola y por recibió mayor escarmiento a pesar de ser la verdadera víctima. Al final del día tuvieron que acudir los padres a la escuela, la reunión finalizó con un castigo para cada uno, y Saori terminó pidiéndole disculpas a Manzo.
Kazuya recibió una mirada severa de su progenitor. No dijeron mucho sobre él, pero por estar en medio de la pelea también lo tuvieron que llamar, comprendía que su padre de seguro estaría molesto de que lo llamaran simplemente para nada.
—«Miyuki-kun» —escuchó a alguien a sus espaldas. Se sorprendió al ver que se trataba de la pequeña Saori, notó por sus ojos ojerosos que había estado llorando, fue duro para ella escuchar todas las cosas que le dijeron dentro de la oficina del director, al final terminó siendo la antagonista en esa historia—. «Lo siento mucho…»
La pelinegra le hizo una reverencia, él se quedó algo confundido. Pero supo de inmediato que detrás de esa acción estaba la figura maternal de la niña, quien la veía con una expresión muy severa. Después de su disculpa la mujer la tomó del brazo y se marcharon.
Saori nunca se había fijado en su compañero de clase hasta ese momento, sólo sabía que era un tanto retraído en el salón de clases, pero sabía que pertenecía al equipo de beisbol de la escuela. Después de lo ocurrido le surgió una fijación en quedarse viendo las prácticas, admitía que lo admiraba y al mismo tiempo lo envidiaba no sólo por su talento, sino porque estaba en un equipo de beisbol, ese era el anhelo más grande que tenía Saori en ese momento.
Lo que ella jamás se imaginó es que ese día marcaría el inicio de una bonita amistad entre ambos.
Todo empezó en una de esas tantas tardes que Saori decidió quedarse a ver la práctica del equipo, solía hacerlo hasta el final sin importarle ganarse miradas extrañas de los niños cuando volvían a sus casas. Al contrario de los entrenadores quienes la veían algo enternecidos, siempre se presentaba con un guante y una pelota en mano deseosa de jugar. No obstante…
—«Lástima que sea una niña, siendo hija de él seguramente sería una gran jugadora…» —decían los mayores.
Así es, por el hecho de ser una niña nadie la tomaba en serio hasta un día en que Miyuki, extrañado por la insistente actitud de aquella niña decide acercársele al final de la práctica.
—«¿Por qué siempre vienes a las prácticas? Es raro… Bueno, en realidad eres rara».
—«Es porque me gusta el juego» —le respondió ella encogiéndose de hombros—. «Por cierto, eres un buen cátcher pero eres un poco mal educado.»
Kazuya dio un respingo ante el inesperado comentario.
Mantuvieron un momento en silencio. Kazuya notó que Saori mantenía una mirada inexpresiva, algo curioso porque daba la impresión de estar en otro planeta. Luego, su mirada reparó en el guate y pelota que tenía en mano.
«Rara…»
—«¿Sabes jugar?»
—«Por supuesto. Bueno…» —Saori se interrumpió sonrojándose por lo abrupta que fue con respuesta—. «Lo que mejor se me da son los lanzamientos, pocas veces he jugado con otros niños… sólo juego con mi papá de vez en cuando porque no tiene mucho tiempo.»
Saori no miraba a Kazuya, sus ojos vagaban en otros lugares por estar nerviosa, era la primera vez que cruzaba más de dos frases con un niño de su edad en una conversación medianamente agradable. Por otro lado, el chico la escuchaba sin saber que decir, una vez que ella terminó de hablar se instaló otro silencio incómodo.
—«¿Quieres recibirme un par de lanzamientos?» —le propuso dejándolo descolocado.
—«Ya es un poco tarde…» —respondió Miyuki con evidentes intenciones de rechazar su propuesta, pero al mirar los brillantes ojos de aquella niña tan extraña le producía una curiosidad tremenda de saber cómo lanzaba—. «Aunque si son sólo un par no creo que haya problema.»
A Saori le invadió una felicidad indescriptible mostrando una sonrisa llena de alegría. Miyuki, quién no esperó esa reacción se sonrojó porque se sintió algo apenado.
Miyuki puso su bolsa en el suelo y de ahí tomó su guante de cátcher preparándose para recibir los lanzamientos, intentaba mentalizarse qué clase de lanzamientos recibiría de ella, quizá algo débiles y poco precisos por ser una niña. Sin embargo, una parte de él le decía que tal vez no debería subestimarla.
Y así fue, no esperó que el primer lanzamiento le llegara tan rápido que, de no estar atento seguro lo golpearía en la cara.
—«Oye, ten más cuidado» —se quejó—. «Debes lanzar hacia mi guante, no donde te plazca».
—«Lo siento…»
Saori procuró seguir su consejo, pero admitía que se le hacía algo difícil acertar siempre a donde Miyuki le ponía el guante. A pesar de todo, fue un rato agradable. Después de unos cinco o seis lanzamientos, ambos notaron que estaba empezando a ponerse el sol y no podían quedarse fuera de casa hasta más tarde.
El joven cátcher debía admitir que también la pasó bien, jamás se imaginó que la rara de su clase lanzara casi tan bien como los niños de su equipo, ella tenía mucha fuerza para ser una niña, aunque carecía de poco control sobre la bola. Si ya lanzaba así sin seguir ningún entrenamiento… realmente era una pena que no estuviera en ningún equipo.
—«¿P… podemos volver a hacer esto mañana?» —le preguntó Saori algo avergonzada, realmente quería seguir lanzando con alguien. Ella esperaba una negativa de Kazuya, pero no perdía nada con preguntarle.
—«Está bien».
Saori abrió los ojos como platos, Kazuya también estaba sorprendido porque las palabras salieron de su boca antes de que pudiera considerarlas.
—«Mi nombre es Moriuchi Saori» —se presentó ella extendiéndole la mano.
—«Miyuki…»
—«Miyuki Kazuya» —Saori lo interrumpió mientras estrechaba su mano—. «Eres el raro del salón».
El niño entrecerró los ojos algo molesto.
—«Mira quién habla…».
La reacción de Kazuya le dio risa, Saori sabía que el niño no era el más agradable, pero tras ese breve momento con él se dio cuenta que era cálido. Probablemente porque finalmente había encontrado a alguien con quién jugar béisbol.
—«Seamos amigos, Miyuki-kun.»
No dudaba que a Kazuya le pareciera extraño tener una amiga como ella, pero contra todo pronóstico su amistad se mantuvo sólida durante toda la escuela primaria. Su amistad fue algo inusual, él la molestaba con sus comentarios mordaces y terminaban peleándose por cosas sin sentido, pero siempre estaban juntos. Él llegó a pasar tardes en su casa practicando béisbol con el padre de Saori cada vez que podía y obtuvo hermosos recuerdos que ponían una sonrisa en su rostro cuando pensaba en ello.
De seguro ese idiota estaría jugando para un buen equipo, Kazuya tenía mucho talento para lograrlo.
Saori en ese entonces deseaba ser igual que él, pero tan sólo eran sueños. Sueños dulces y puros de la infancia. Ahora a sus dieciséis años le traían una sensación agridulce, todas aquellas ilusiones terminaron siendo desechadas al basurero y sólo le traían dolor.
—¿Estás bien princesa? —la voz de Daiki la trajo de vuelta, parecía algo consternado al verla tan retraída en todo el viaje.
—Sí, sólo pensaba en algo… —le respondió vagamente, una parte de ella seguía dentro de sus recuerdos sin apartar la mirada de las luces neones de Tokio.
—Por cierto, mañana tendremos el día ocupado—le comentó Daiki casualmente—. Hay que comenzar con los trámites para que vayas a la escuela cuanto antes.
—No pierdes el tiempo —suspiró pensando lo poco que le agradaba esa idea, le había sugerido la posibilidad de tomar clases desde casa, pero como era de esperarse él se negó rotundamente diciendo que jamás le privaría a su princesita de los hermosos recuerdos de secundaria, cosa con la que tenía una clara diferencia.
Para Saori la escuela era molesta, considerando que nunca fue la chica popular y siempre había alguien asignado por entes divinos desconocidos que se encargaba de incordiarle la existencia. Le parecía injusto que su padre hablara desde su propia experiencia, a diferencia de ella Moriuchi Daiki fue alguien sumamente extrovertido y agradable, todos querían estar con él, además era de muy buen ver así que recibía confesiones cada dos por tres. Indudablemente un grave acto de injustica paterna.
—Quizás las cosas fueron duras para ti allá, pero tal vez las cosas sean diferentes con este cambio —le dijo otra voz reconfortante que hablaba desde el asiento del copiloto.
—Eso, eso, Sumire-san, siempre sabes qué decir —elogió su padre a la mujer con tono infantil. Ese Daiki era un caso. Si no fuera por esa mujer su rol de padre carecería de total seriedad.
Saori se quedó con las palabras de Sumire, no podía negar que tenía razón. Tal vez y sólo tal vez la vida podía sonreírle un poco en la nueva escuela.
Había días en que Mizuki Kazuya no sabía qué era peor, los días de semana o los fines de semana, su cuarto pasaba de ser su espacio personal a un club social donde los demás chicos iban a hacer de las suyas. El reloj apuntaba a las diez de la noche, tenía mucho sueño y tras mucha insistencia logró que los chicos se fueran de su habitación… Bueno, al menos no todos.
Dio un largo bostezo mientras veía a Kuramochi rebuscando quién sabe qué cosa en su armario.
—¿No es hora de que te marches Kuramochi?
—Espera… —le contestó el joven aún muy ocupado en lo que estaba haciendo—. Préstame unos calcetines, no creo que los míos estén secos para la práctica de mañana.
Kazuya puso cara de póker, qué excusa tan vana para simplemente ponerse a rebuscar en sus cosas.
—¿No se los puedes pedir a Masuko o a Sawamura? Son tus compañeros de habitación después de todo.
—Me acordé estando aquí ¿Por qué no tomarlos de paso? —le respondió Kuramochi con su típica sonrisa de bribón.
Miyuki se quedó observándolo, ese tipo no tenía remedio.
En medio de su búsqueda Kuramochi logró encontrar algo interesante, entre los calcetines vio una especie de collar enredado entre las gruesas telas de los calcetines. No parecía algo del otro mundo, estaba hecho de cuerda negra y tenía un dije en forma de colmillo.
—¿Hm? ¿Qué es esto? —preguntó Kuramochi llamando la atención del castaño quien no prestaba atención a lo que él hacía.
—¿Pasa algo?
Miyuki se acercó a al castaño y vio que sostenía un collar que, para su sorpresa no esperaba que estuviera entre sus cosas.
Kuramochi se volvió hacia su amigo y frunció el ceño, de confusión pasó a mostrar una suave sonrisa mientras contemplaba el objeto.
—Espera ¿¡Esto te lo dio una chica!? —le gritó Kuramochi alterado.
Kazuya parpadeó confundido por el cambio de humor de su amigo.
—¡No te hagas! ¡La cara de imbécil que pusiste lo dice todo! —este lo señaló de forma acusatoria.
El joven de lentes se encogió de hombros, le divertía la reacción de Kuramochi y para agregar más emoción estaba dispuesto a no decirle nada. Kazuya logró quitarle el collar y se quedó mirándolo, se preguntaba cómo terminó entre sus cosas pues creía que lo había dejado en casa una vez ingresó a Seidou.
—¿¡Acaso no me piensas responder!?
—¿Quién sabe? —Kazuya metió las manos en los bolsillos manteniendo un temple sereno a diferencia de Kuramochi quien parecía que en cualquier momento iba a estallar—. ¿Ahora puedes irte a tu habitación?
Seguido de ello escuchó un gruñido de él.
—¡Este tipo no hace más que irritarme! ¡Me marcho! —declaró dando fuertes pasos hacia la salida como si se tratara de un ogro enfurecido.
«Por fin…»
Kazuya suspiró una vez se sintió solo, le caían bien sus amigos, pero a veces estar tanto tiempo entre ellos le hacía sentir mentalmente agotado.
Miró nuevamente el collar, hecho de un rústico hilo negro y el dije de colmillo… ella tenía un pésimo gusto en todo, todo menos cualquier cosa que estuviera relacionado con el béisbol.
¿Cuándo fue la última vez que pensó en ella? Mantenía a Moriuchi Saori como un recuerdo distante pero agradable, era imposible no sonreír al recuerdo de sus sonrisas e impetuoso carácter. Prefería no pensar mucho en ella, después de todo nunca la volvería a ver. Se conformaba pensado que estaría haciendo grandes cosas en América.
Aquel collar era lo último que conservaba de ella, en cierto modo agradeció que Kuramochi lo hubiera encontrado pues de otro modo no tendría idea de dónde lo habría puesto.
Soltó una pequeña risa al recordar el momento cuando le dio ese regalo, ambos estaban cursando la primaria y en ese entonces solían comentar que asistirían juntos a la misma secundaria, pero resulta que los planes de la vida serían otros. Una semana después de los exámenes, en plena cúspide de las vacaciones de verano Saori le diría que se mudaría a Estados Unidos en cuestión de pocos días.
Al principio le sorprendió que de repente las cosas cambiaran tan rápido, no sabía cómo reaccionar o qué decir.
—«Papá recibió un contrato con un equipo de las grandes ligas» —Kazuya se sorprendió. Aunque era de esperarse, Moriuchi Daiki era un jugador excepcional—. «Me dijo que sería más fácil para mi jugar béisbol allá, hay muchas chicas que como yo les encanta jugar».
—«¡Eso es genial, Sao-chan!» —exclamó el castaño, pero notó que ella no estaba tan entusiasmada por sus sonrisas forzadas—. «¿Sucede algo?»
—«Bueno…» —Saori de repente se avergonzó, sus pálidas empezaron a tomar un color rosado. La chica era una bolsa de sentimientos andante, aunque no lo pareciera con su fachada de niña ruda, estaba seguro que tenía la cabeza vuelta un desastre digiriendo esa noticia—. «Me da miedo…» —admitió, y con mucha más vergüenza agachó la cabeza—. «Te voy a extrañar…»
Miyuki se sintió en parte conmovido, él también la iba a extrañar mucho…
—«Vaya que eres rara… de verdad te gusta pelear ¿Eh?» —le dijo con la clara intención de hacerla enojar, eso era lo que hacían todo el tiempo. Pero aquellas provocadoras palabras tan sólo sonaron como un chiste insípido que dibujó en ambos una sonrisa triste.
El cielo de la ciudad se veía de un rojo intenso, estaba a punto de caer la noche. Se había vuelto una costumbre ayudar a Saori con sus lanzamientos después de su práctica, cada vez lo hacía mejor. Pensó que si ella llegaba a estar en un equipo sería un pitcher imparable.
—«Bakazuya…» —le llamó por aquel mote que tanto detestaba. Se volvió a ella para reclamarle, pero se contuvo cuando vio algunas lágrimas asomarse por sus ojos y simplemente arrancó a llorar mientras se aferraba a su camiseta.
Aquello lo tomó por sorpresa, su cuerpo se puso tenso al sentirla tan cerca, su mente se encontraba en blanco porque no sabía qué hacer. Había visto llorar a Saori en muchas ocasiones, por rabia, por capricho… pero esta era la primera vez que lucía realmente triste, y él no tenía idea qué hacer para consolarla. Tan sólo se quedó ahí como un tonto escuchando los sollozos sus ahogados sobre su camiseta.
Después de un rato su cerebro empezó a actuar, y lo único útil que pudo hacer fue darle un par de palmaditas a su corta cabellera desgreñada, literalmente parecía un nido de pájaros que lograba aplacarse solamente cuando usaba gorra.
—«Ya… me estás ensuciando la ropa de mocos».
—«¡Te atreves a decir eso cuando estoy triste!» —exclamó la niña pegándole a Kazuya en la cabeza, típico de ella—. «¡Bakazuya!»
Cuando se cansó de llorar y gritar, Saori se quitó su collar y se lo entregó a Kazuya.
—«Toma, para que te acuerdes de mí».
—«Gracias»
Sonrió porque ese detalle era muy característico de ella. Si no le fallaba la memoria lo empezó a utilizar a sus ocho años, fue un obsequio de Daiki cuando regresó de los Estados Unidos tras jugar allá por un tiempo.
—«Créeme, será difícil olvidarme de ti y tu pésimo gusto».
No tardó en recibir otro coscorrón.
—Boke Kazuya, boke… —la escuchó murmurar mientras él reía por lo bajo descaradamente.
El Kazuya actual sonreía mientras veía absorto el techo de la habitación, se preguntaba qué estaría haciendo ella ahora. Habían pasado cerca de seis años desde ese día, al principio fue extraño no tenerla encima gritándole groserías cuando la hacía enojar, o acostumbrarse a esas tardes donde sin falta lo esperaba para que recibiera sus lanzamientos después de cada práctica no importaba cuán cansado estuviera ella siempre le insistía o lo sobornaba con comprarle pan con crema del conbini.
«Que buenos recuerdos» pensó una vez que cerró los ojos y cayó profundamente dormido.
Curiosidad #01
- De niña, Saori era más alta que Kazuya.
