2: "Algunas cosas no cambian".
Era temprano de la tarde y Saori seguía tendida en la cama con la simple camiseta que solía usar como pijama dejando al descubierto su panza y ropa interior. Saori seguía destrozada por vuelo y tampoco había dormido apropiadamente pues le era difícil acostumbrarse a una nueva cama. Pero sin importar cuán cansada estuviera sabía que su padre pondría en marcha sus planes, un rasgo distintivo en la personalidad de Moriuchi Daiki era que siempre cumplía con su palabra, y eso le traía conflictos personales.
A pesar de la hora Saori aún tenía ganas de seguir en la cama, pero fue imposible cumplir ese deseo gracias a Sumire-san quien con una amable sonrisa le indicó que se arreglara cuanto antes para ir junto a su padre a la nueva escuela. Le dijo:
—«Más te vale estar lista en veinte minutos» —tras la amable sonrisa de Sumire se encontraba una irrevocable orden imperativa que no le daba siquiera la oportunidad de segundas opciones.
Saori suspiró con la pesadez que cargaba en su cuerpo.
Por experiencia propia sabía que era muy mala idea contradecir lo que dijera Sumire-san, ella era quien añadía peso a la paternidad de Daiki pues el mayor tenía un carácter demasiado blando para asumir el rol pesado. Aunque no es algo que le molestara, Sumire-san era lo más cercano que tenía de una figura materna desde los seis años debido a que sus padres solían estar muy ocupados, y Saori lo necesitaba pues su propia madre era muy distante aparte de estar ocupada todo el tiempo y apenas podía darle tiempo de calidad.
La chica se sienta en el borde de la cama escaneando su habitación, era tan extraño para ella estar ahí. No había diferencia en su antiguo cuarto en Estados Unidos, ella era alguien de gustos simpes a excepción de su amor por los posters y figuras coleccionables, las cuales debía conseguir sí o sí en las máquinas expendedoras de la ciudad. Hasta el momento el único objeto decorativo que tenía era un tanto melancólico, se trataba de una pelota de béisbol que reposaba el lado de la lámpara que estaba sobre su mesita de noche, lucía algo vieja debido a que parte de las costuras estaban deshilachadas y estaba sucia por los constantes juegos que atravesó. Pero lo que hacía especial a esa pelota era lo que había escrito en rotulador negro: "Our #1".
Saori sonrió con tristeza al leerlo, fue un regalo de una de sus compañeras de equipo antes de marcharse.
Esa mañana vio que esa misma persona le había dejado un mensaje que decía: "Que no se te olvide que tienes amigos aquí". Bueno, al menos de esa parte no se podía quejar, tuvo un par de amigos con los que no se sintió tan sola en América.
Saori vio la hora en el reloj sobre la mesita de noche, se sobresaltó al darse cuenta que le quedaba menos de la mitad del tiempo que Sumire le había dado. Así que en menos de lo que canta un gallo procedió ir al baño y arreglarse a toda prisa.
La ventaja que tenía la pelinegra es que en cuestiones de arreglo personal era una persona de decisiones simples, sus elecciones de vestimentas eran iguales a los antojos con la comida así que ya podía visualizar lo que quería usar ese día. Sin mucha dilación, bajó los escalones al primer piso con sus confiables tenis desgastados en mano donde la esperaba la apacible sonrisa de Sumire que en un momento le dio escalofríos.
—Ya era hora, pensé que tendría que llamarte otra vez.
Saori respiró aliviada, pero frunció el ceño mostrando seguridad en sí misma para no dejarse hundir por el semblante aterrador de Sumire-san que contrastaba con su mansa sonrisa.
—Lo importante es que ya estoy lista ¿No? ¿Contenta?
La mujer rió.
—Que bonito ver a mi princesa ya preparada para acompañarme —Daiki intervino de la nada mostrando su refrescante sonrisa que en ese momento resultaba irritante para su hija—. Ne, Sumire-san, has hecho un gran trabajo con el registro de impuntualidad de mi niña.
Daiki palmeaba amistosamente el hombro de la mujer quien reía casualmente al comentario mientras ignoraban la intensa mirada que les daba la joven.
«¿Acaso esto es un chiste para él?» se quejó en sus adentros. Para quienes conocían bien a Moriuchi Saori sabían lo impuntual que era cuando quedaba con la gente, por eso Sumire impuso mano de hierro sobre ella. No obstante, la forma en que Daiki se tomaba todo… le resultaba algo irritante.
Aún debía acostumbrarse al hecho de tener un padre raro…
— Entonces ¿Cuál es la escuela? —preguntó llamando la atención de su progenitor mientras terminaba de ponerse los tenis.
—Seidou.
—¿Hm? —Saori alzó las cejas mostrándose sorprendida—. Es donde estudiaste, la preparatoria famosa por su equipo de béisbol.
En aquel punto de su vida ella tenía una relación algo peliaguda con el béisbol y por el momento no quería tener nada que ver con el. Al mínimo asomo de las cosas que vivió en Estados Unidos la llevaban de tristeza y frustración.
Había hablado con su padre al respecto, él sabía de sus sentimientos y lo mucho que sufría. Saori era consciente que su padre trataba de ayudarla a enmendar todo lo sucedido, tenía razón en hacerlo pues ella no podía quedarse por siempre en el pasado. Aun así, se cuestionaba si el método que estaba usando era el correcto… Por un lado, hizo bien en no mencionarle el nombre de la preparatoria en un principio porque estaba resultando abrumador para ella.
Tras una corta despedida de Daiki a Sumire, padre e hija fueron al auto sin intercambiar más palabras. En principio del trayecto se mantuvo así, Saori no estaba de humor para sostener una conversación con su papá, y eso Daiki lo notó. En otras circunstancias hubiera preferido mantener el silencio para respetar el espacio de ella, pero él quería dejarle claro lo que pensaba al respecto.
—No quiero obligarte a hacer algo que no quieras… —le dijo con los ojos bien enfocados en el camino—. Ya ha pasado un tiempo desde los incidentes con tu equipo, pero aquí tal vez puedas ver las cosas de forma distinta.
—¿Robándole las palabras a Sumire-san otra vez? —aquel comentario podría parecer irrespetuoso, pero Daiki la conocía bien y sabía lo abrumada que se encontraba al traer el pasado a colación.
—Hablo en serio, princesa —respondió Daiki manteniendo su suave y cariñoso tono paternal.
Saori lo sabía.
Ella tenía que esforzarse por hacerlo, al menos por él. De todas formas, era quien llevaba la peor de todo, sobrellevaba una enfermedad que lo obligó a dejar el béisbol y enfrentaba un divorcio reciente. A pesar de todo el hombre seguía delante de la manera más optimista posible, Saori sabía que él se esforzaba por ella, y si él quería ayudarla lo menos que podía hacer era permitirse recibir la ayuda.
En menos de diez minutos el carro aparcó en la entrada de la preparatoria Seidou, Saori se sorprendió lo diferente de las escuelas americanas y al mismo tiempo le traía cierto sentimiento de familiaridad por sus antiguos recuerdos en la escuela primaria. Aquella mezcla de emociones que empezaba a sentir le ocasionó nervios y la comida que había tomado antes empezó a revolverse en su estómago. Pero esa sensación desagradable se desvaneció tan pronto Daiki puso su mano sobre el hombro de ella y le dio un cariñoso apretón.
Saori dirigió la mirada hacia él, quiso contener la risa debido al atuendo que llevaba encima; Daiki vestía de negro de pies a cabeza, complementaba su atuendo con unos lentes negros y una gorra del mismo color.
—Papá ¿Por qué te vistes como si fueras una celebridad?
Daiki sonríe ajustado su gorra.
—Mi querida princesa, debes saber que aquí tu padre es una celebridad.
Saori entornó los ojos.
Aquello era indiscutible, cualquiera que fuera fanático del béisbol y estudiara en Seidou conocía la leyenda de Moriuchi Daiki mejor conocido como el lince Moriuchi, fue un estudiante con mayor renombre en la preparatoria y recibió enormes ofertas por muchos equipos, todos querían tener al lince Moriuchi. En general, dentro el mundo del béisbol japonés Daiki era muy respetado, eso no podía enorgullecer más a la joven Saori y al mismo tiempo intimidarla.
—Oh, parece que nos están esperando.
Saori volvió la vista a la entrada de la escuela donde se encontraba una mujer atractiva con una mirada determinada, la examinó atentamente… lo primero que llegó a su cabeza es que aquella mujer era el tipo de su padre —tan sólo había que mirar el tamaño del busto—. Claro está, su padre era todo un caballero, pero aposaba a lo que fuera a que estaría sumamente nervioso al hablarle.
—Bienvenido a Seidou Moriuchi Daiki-san —saludó la mujer haciendo una reverencia—. Soy Takashima Rei, maestra y scout de Seidou, yo lo estaré llevando a las oficinas de la escuela para que empiece con los trámites de su hija —Rei dirige la mirada a la pelinegra y le extiende una sonrisa agradable, haciendo que esta se sintiera algo avergonzada pues algo típico de Saori era sentirse avergonzada cuando trataba con gente la primera vez—. Todos están ansiosos de verlo, el director de la escuela no ha parado de hablar de usted en todo el día.
Daiki soltó una risa nerviosa.
—¿En serio? Eso me pone muy nervioso la verdad.
Takashima Rei soltó una suave carcajada, Moriuchi Daiki era todo un orgullo para la escuela a pesar de haber pasado años desde su debut como profesional.
—¿Cómo les fue en el vuelo? —preguntó la mujer cordialmente mientras los dirigía al interior de las instalaciones.
Takashima Rei y su padre sostuvieron una conversación trivial acerca del vuelo, el béisbol en Japón y algún breve comentario de Daiki de lo mucho que había cambiado la escuela desde su época como estudiante. Saori por su parte, ignoraba la conversación y se puso a mirar a su alrededor, pudo ver algunos salones ya vacíos pues a esa hora terminaban las clases y cada quien empezaba con las actividades de sus respectivos clubes; la pelinegra miraba absorta cada detalle de la escuela sintiéndose bastante intimidada, le costaba imaginarse estar el día siguiente en ese lugar rodeada de estudiantes uniformados, escuchar japonés todo el día y seguir las reglas estrictas del sistema educativo japonés.
¿Sería capaz de llevar el ritmo? Era la segunda vez que tendría que afrontar el proceso adaptación en una nueva escuela, ella odiaba eso porque había tenido experiencias negativas en el pasado. Tan sólo imaginar sus primeros días de escuela en Estados Unidos le daba escalofríos, aprender el idioma fue algo bastante retador, ni hablar para adquirir nuevas costumbres o soportar las burlas por ser la alumna extranjera.
—Moriuchi Saori ¿Verdad?
La chica sacudió la cabeza y volvió la mirada hacia quién le estaba hablando, ahí encontró a Takashima Rei quien le sonreía amablemente. Miró a su alrededor y se dio cuenta que su padre no estaba con ellas. Genial. Ahora tendría que esforzarse en entablar una conversación con ella, en su mirada brillaba la curiosidad de hablar con la hija del lince Moriuchi.
—Dígame sólo Saori, Takashima… ¿san? —le dijo la joven algo insegura, usar los honoríficos era algo que no le gustaba después estar en América, eso implicaba un dolor de cabeza que ahora tendría que andar con mucho cuidado al emplearlos con otras personas.
La mujer soltó otra suave carcajada, las dificultades que afrontaba Saori eran muy evidentes en su rostro sonrosado.
—Bien, tu padre está en la oficina del director. Te aseguro que durará ahí un buen rato, mientras terminan yo te mostraré la escuela.
Saori asintió y se dispuso a seguir a la mujer, pero algo atrapó su mirada. Encontró una enorme fotografía de su Daiki en medio de un pasillo; captaba al lince Moriuchi en pleno juego, si mal no recordaba usaba el uniforme del equipo al que perteneció a principio de su carrera. Moriuchi Daiki se veía imponente sobre el montículo, tenía ojos de depredador fijos en la presa, había tanta fuerza en la imagen del jugador que acababa de lanzar la pelota que sobrecogió a la pelinegra, juraba que podía sentir la viva emoción de ese juego sobre la piel.
Saori lo admiraba profundamente, jamás tuvo dudas de la calidad de jugador que era. No obstante, al ver aquella fotografía que impregnaba la fiereza de Moriuchi Daiki resultó una experiencia completamente diferente a lo que ella conocía. Simplemente impactante.
«Pero ahora…»
—Fue tomada en su primer juego como profesional —habló Rei a sus espaldas, la chica se sobresaltó volviendo a la realidad—. Hasta el momento uno de los partidos más emocionantes que haya visto antes.
—Sí… —concordó con eso. Saori a veces solía ver los viejos partidos de su padre para aprender de ellos. Recordaba que su béisbol solía ser más intenso en ese entonces que cuando empezó a jugar en Estados Unidos, aquella fue la época dorada de Moriuchi Daiki.
—Es una pena que se retirara tan joven… —Saori vio la mujer con más seriedad cuando empezó a hablar sobre eso. No se sintió incómoda, tal vez porque resultaba cómodo hablar con ella pues no se veía como aquellos que admiraban ciegamente a su padre y resultaban bastante molestos—. Pero sorprendentemente se lo ha tomado bien, tu padre es un hombre muy fuerte. Lo que le pasó pudo derrumbar a cualquier jugador de por vida…
—Lo es…
La gloriosa carrera profesional de Moriuchi Daiki tuvo un dramático final, en su mejor momento dentro de las grandes ligas enfermó repentinamente. Tras exhaustivos exámenes médicos fue diagnosticado con una extraña enfermedad degenerativa. A partir de entonces su cuerpo se volvió débil, ya no tenía el misma fuerza y vigor que lo caracterizaban en el campo de juego. A pesar de lo duro que resultó el cambio de circunstancias, procuró no irse abajo especialmente por el bien de su hija pues al mismo tiempo su matrimonio estaba atravesando serias dificultades.
Afortunadamente, gracias a uno de sus viejos amigos en Japón que supo de su situación le ofreció un puesto como entrenador asistente en el equipo donde debutó, además mudarse en Japón le garantizaría una vida más tranquila para sobrellevar su enfermedad.
Por esa razón Saori estaba dispuesta a apoyar a su padre, puede que el cambio le resultara abrumador, pero quería ser fuerte como él.
Sin más que añadir sobre su padre Takashima Rei le mostró algunas áreas de la escuela, como los salones de clases, la cafetería de la escuela, y de ahí pasaron a lo que eran expertos en Seidou, el béisbol. Saori tenía sentimientos encontrados cuando Rei le hablaba sobre el equipo del Seidou, aparecía otra vez esa desazón desde la boca del estómago mientras recordaba sus duros momentos con el deporte.
—Tu padre mencionó que jugabas béisbol en Estados Unidos —el comentario de la mujer hizo que la joven esta vez se sintiera algo incómoda, no era un tema del que le gustara hablar—. Si quieres volver a hacerlo aquí será un poco difícil, el béisbol aun no es muy popular entre las chicas.
Saori asintió y luego miró su rodilla derecha, por el momento no estaba en sus planes volver a jugar béisbol.
—A esta hora el equipo debe de estar entrenando ¿Quieres ver?
Al principio Saori dudó, pero mientras esperaban a su padre no es que tuvieran algo mejor que hacer.
Pudo percibir los gritos a lo lejos, el entrenamiento parecía ser muy enérgico. Esperarse de la escuela dónde vino el lince Moriuchi, lo formó un lugar bastante intenso… y especial.
Saori experimentó nuevas sensaciones, las pelotas siendo bateadas producían un sonido gratificante ¿Cuándo fue la última vez que realmente disfrutó ese sonido? Sus ojos se maravillaron ante lo que veía y eso Takashima Rei lo notó, se le notaba en la mirada lo mucho que amaba el béisbol. Moriuchi Saori parecía una niña pequeña mirando con anhelo un delicioso pastel tras la vitrina de una repostería.
Ambas tomaron su tiempo observando en silencio la práctica en la caja de bateo. Luego, Rei la llevó hacia un campo contiguo donde había otro revuelo, los jugadores iban y venían con decisión atrapando las pelotas que lanzaba el entrenador. La práctica de fildeo era impresionante, con sólo verlos podía sentir la adrenalina corriendo por sus venas.
—El equipo defiende muy bien —comentó Saori haciendo sonreír a la mujer.
—Sí, así es el béisbol de Seidou.
—Entonces esto es un equipo de nivel nacional… —dijo la pelinegra esta vez para sí misma, recordaba las pocas ocasiones donde Daiki le llegó hablar acerca del emocionante béisbol japonés en la preparatoria. Era único. La intensidad de los entrenamientos, los gritos de los entrenadores, la pasión en el juego… Saori no podía sentirse indiferente a ese béisbol del que Daiki le habló.
La práctica captó la atención de Saori, perdió la noción de cuánto permaneció ahí junto a Rei. Saori escrutó a cada uno de los jugadores que mejor podía ver desde donde estaba, se notaba que tenían cualidades excepcionales y no tenían comparación a otros jugadores que había visto antes. Entonces, fue cuando se enfocó en un jugador en particular, le llamó la atención el lanzamiento del cátcher a una de las bases, notó que tenía un hombro muy fuerte. No pudo evitar pensar en cierto cátcher de su infancia, ese jugador le transmitía cierta familiaridad… Saori sacudió su cabeza, a cada cátcher que veía le recordaba a ese molesto amigo que la ayudaba con sus lanzamientos.
«Debo dejar ese hábito» se reprendió ella misma para volver a concentrarse en la práctica.
En cierto punto la dinámica del entrenamiento cambió, el cátcher se apartó del entrenador y se quitó la máscara. Saori quien no pudo evitar mantenerse atenta a él, sintió que de repente le faltaba el aire, aquel rostro era inconfundible, apenas había cambiado desde que eran niños. En ese momento se cuestionó… ¿Cuántas posibilidades había en la masiva ciudad de Tokio encontrarse con su amigo de la infancia al cual no veía desde hacía seis años? ¡Qué loco!
—Ese jugador… —apuntó al cátcher quien parecía estar hablando con otro para tomar su lugar en la práctica.
Rei miró hacia dónde le indicaba la joven.
—Tienes buen ojo —Rei le sonrió, aunque estaba algo confundida por la cara de perplejidad que estaba poniendo—. Es uno de nuestros mejores jugadores, Miyuki…
—Miyuki Kazuya ¿verdad?
—Él es muy popular en el béisbol de preparatoria, me sorprende que lo conozcas —la mayor se mostró sorprendida. Si bien Miyuki Kazuya tenía un talento excepcional ¿Cómo podía esta chica saber de él desde otro lado del mundo?
El joven cátcher iba saliendo del campo de entrenamiento cuando se percata de ambas féminas que miraban a los jugadores, nada le pareció extraño hasta que notó la penetrante mirada que mantenía cierta pelinegra sobre él.
Kazuya alzó una ceja ¿Acaso era de esas chicas obsesionadas con él? Su mirada no era de adolescente enamorada, más bien parecía desconcertada en verlo. Ante esto, se rió para sus adentros, lo llenaba de orgullo el hecho que sus habilidades fueran tan buenas como para deslumbrar a cualquiera. A pesar de eso, no retiraba su impresión de que aquella chica era bastante rara… y extrañamente familiar.
Pero no le dio importancia, de momento iba centrado en ir al bullpen con Furuya a practicar los lanzamientos, se acercaba la fecha de un partido y era imperativo que el chico mejorara su control sobre sus bolas rápidas.
Saori en ese momento se devanaba los sesos cuestionándose seriamente qué debía hacer, un extraño sentimiento afloraba en su interior al ver como Miyuki Kazuya se acercaba a ellos ¿Qué debería hacer? ¿Cómo debería actuar? ¿Sería correcto saludarlo o lo ignoraba por el momento? Ya no eran niños, habían cambiado muchas cosas desde la última vez que se vieron.
Y en medio de sus reflexiones simplemente optó por mandar todo al diablo y acercarse a él con la misma mirada de desconcierto. La necesidad de confirmar que tenía a Miyuki Kazuya frente a ella era más poderosa que cualquier otro sentimiento.
—¡Saori-chan! —exclamó la Rei sorprendida por la reacción impetuosa de la chica quien entró corriendo al campo de entrenamiento.
La exclamación de la mujer no pasó de inadvertido de algunos que estaban cerca, pero la intensidad del entrenamiento les impedía poner suficiente atención a lo que sucedía, no pasó en especial para Miyuki quien veía confundido como esa chica de cabello negro se dirigía a él sin poder ocultar su emoción.
Miyuki alzó las cejas exaltado por la repentina cercanía de la muchacha. El castaño tuvo que poner sus manos hacia adelante para proteger el escaso espacio personal que había entre ellos.
—¡Bakazuya…! ¿Eres tú?
—¿Eh…? —Miyuki parpadeó confundido, se le hacía difícil conectar cabos. La expresión de Kazuya era todo un poema y eso le causó gracia a la pelinegra quien optó por molestarlo en lugar de dar explicaciones.
—Vaya… pero mira cuánto has crecido —le dijo ella haciendo un gesto con la mano comparando sus estaturas—. Finalmente dejaste de ser un enano.
—¡Saori-chan! —se escuchó la voz de Takashima Rei a sus espalas—. ¿Por qué saliste corriendo así?
El castaño y quien lo acompañaba las miraban aún entender de lo que estaba pasando.
—Miyuki-kun —dijo la mayor en forma de saludo—. Ella es Moriuchi Saori, una nueva estudiante que viene de los Estados Unidos. Parece que captaste su atención…
Moriuchi Saori…
Kazuya abrió los ojos como platos ¿Acaso había escuchado mal? Delante de él estaba una joven a la cual le llevaba unos cuantos centímetros, complexión atlética, tenía el pelo largo y ondulado, y usaba un vestido… jamás se imaginó a la Saori de su infancia usando un vestido apropiadamente. Apareció una imagen mental de la Saori del pasado junto a la que tenía ante sus ojos y no se parecían en nada.
—¿Estás bien, Miyuki-kun?
—Oh, este tonto de aquí y yo nos conocemos desde escuela primaria —Saori decidió responder en lugar de Kazuya, esta vez manifestando más confianza ante Rei—. Debe de estar tan sorprendido como yo de vernos después de tanto tiempo.
La mujer asintió comprendiendo la situación.
—La verdad que sí es una sorpresa.
—Jamás creí que sería posible verte en vestido sin refunfuñar —fue lo primero que le dijo Kazuya con una sonrisa socarrona, a lo que Saori frunció el ceño.
—¿Es en serio? —le dijo ella dándole un golpe suave en la frente con sus nudillos, en principio Kazuya se sintió algo sorprendido por el contacto, pero en parte fue gratificante para él que precisamente ella mostrara esa confianza tal como en los viejos tiempos—. Se nota que no has cambiado ni un poquito…
Saori se sentía algo avergonzada, recordaba los berrinches que hacía delante de Kazuya cada vez que le ponían un vestido o una falda. Ella en cuestiones de estilo optaba por la ropa ancha y deportiva, pero a medida que fue creciendo encontró que los vestidos cortos no eran tan feos, y precisamente ese día para hacer los trámites de ingreso con su padre optó por vestir uno.
Definitivamente no hubiese sido su opción si hubiera sabido que se encontraría con Miyuki Kazuya.
Ella suspiró.
—Bueno, al menos es bueno saber que algunas cosas no cambian —dijo ella esta vez para sí misma, sus palabras tenían cierta melancolía que apenas pudo disimular.
—¿Vas a practicar con Furuya? —habló Rei Takashima rompiendo con la extraña atmósfera que se estaba formando alrededor de ambos jóvenes.
—Eh… sí, Furuya y yo nos dirigíamos al bullpen —Kazuya señaló al joven pelinegro que permanecía detrás totalmente ajeno de la conversación—. ¿Quieres ver?
Kazuya le lanzó una mirada cómplice a la pelinegra, si seguía siendo la misma friki del béisbol no dudaría ni un instante.
—Eso sería una buena idea Saori-chan, ¿En qué posición jugabas?
—Era pitcher…
«Así que lo consiguió…» Miyuki sonrió de lado sin dejar de observar a la pelinegra con cierto entusiasmo que se agazapaba en su filosa mirada.
En el momento donde iba a añadir uno de sus comentarios mordaces, suena el teléfono de Saori al cual atiende sin mucha dilación.
—Miyuki-senpai… —le llamó Furuya, quien al principio se mantenía al margen de la conversación le surgió un interés inmediato al escuchar lo que dijo—. ¿Esa chica es pitcher? —el tono del chico tenía algo de incredulidad.
—Así es Furuya, las chicas también pueden jugar béisbol.
Saori recibió la llamada de su padre quien le informaba que había concluido con los trámites y estaba esperándola en la salida, ella se ahorró cualquier detalle de dónde se encontraba con Takashima Rei pues quería que Daiki descansara, debido a su enfermedad sabía que se encontraba muy cansado. Si le decía no dudaría en correr a los campos de entrenamiento por su latente amor al béisbol y terminaría esforzándose innecesariamente para ver la práctica o participar en ella.
Los breves segundos de la llamada resultaron ser eternos para Miyuki quien sin darse cuenta se quedó abstraído mientras observaba a la pelinegra, aún no podía creer que frente él tuviera la mismísima Moriuchi Saori. Pero al mirar sus profundos ojos oscuros sentía que algo en ella había cambiado.
—Creo que no podré acompañarlos —dijo ella tras colgar la llamada—. Otro día será, después de todo estaré asistiendo aquí a partir de mañana.
—Bien… —Miyuki se encogió los hombros—. Rei-chan, tómala de la mano para que la niña no se pierda.
La sonrisa burlesca del castaño la molestó,
—¡Ugh! Kono baka… —Saori lo fulminó con la mirada, odiaba esa referencia y eso él lo sabía perfectamente—. Bueno, te veo mañana… supongo.
Saori se despidió de él recobrando la compostura casi de inmediato, aunque se sentía algo cohibida con el encuentro inesperado.
Sí, era extraño. Pero, aunque le costara admitirlo encontrarse con Kazuya nuevamente fue lo mejor que pudo haberle pasado y él pensaba lo mismo. Por un momento se quedó embelesado viendo aquella cabellera negra balanceándose con calma al compás de sus pasos, la llegada de Saori pondría las cosas interesantes en Seidou si ella se interesaba en involucrarse con el equipo… No obstante, su actitud en el campo le daba cierta impresión de que algo había pasado y la rodillera ortopédica que se lograba ver entre los pliegues del vestido azul le daba la respuesta a lo que posiblemente pudo haberle pasado.
Saori llega junto a Rei a la entrada de la escuela donde está un Daiki visiblemente cansado esperándolas. Tras una corta despedida se retiran, padre e hija entran en el carro donde el agradable fresco del aire acondicionado despejó la tensión que llevaban consigo.
Daiki suspiró.
—¿Cómo te fue? —le preguntó Saori.
—Fue bueno que no estuvieras —el pelinegro suspiró nuevamente—. Hablar con el director fue tan agotador… me veían como si fuera un emisario del mismísimo cielo.
Saori rió.
—Me lo puedo imaginar…
—¿Y tú? ¿Viste algo interesante?
—Mmm… sí, el equipo de béisbol es bueno —le dijo ahorrándose de momento el detalle de haberse encontrado con Miyuki—. Veo que te cayó bien Takashima-san.
—Se ve que es una buena persona.
—Y que tiene una gran personalidad… —comentó Saori con picardía, la reacción de su padre fue inmediata pues sus mejillas se tiñeron de un intenso carmín.
—¿C… cuando me vas a respetar?
—Yo también te quiero, papá.
Después de aquella broma ambos guardaron silencio, cada quien metido en sus propios pensamientos. A Saori le gustaba la sensación de tranquilidad que le brindaba estar junto a su padre, no se sentía cohibida en absoluto y sentía que podía contarle cualquier cosa con total confianza.
—Oye —Daiki prestó oído para escuchar lo que iba a decirle su hija—. Tienes razón, quizás no sea mala idea estar en esa escuela.
—¿Uh?... ¿Por qué dices eso de repente? ¿Pasó algo?
—Bueno, resulta que Kazuya está en Seidou también.
Ante la noticia, Daiki da un frenazo y ahoga un grito. Escuchó el sonido las bocinas de los conductores que iban detrás… tal vez no debió mencionar a Miyuki después de todo.
—¡Papá! ¡Pudiste causar un accidente! —pero Daiki era incapaz de escuchar la reprimenda de Saori.
—Ese mocoso… —el hombre apretó las manos sobre el volante—. Tal vez debí investigar mejor antes de inscribirte en Seidou.
Saori entornó los ojos, pero trataba de reprimir con esfuerzo la sonrisa que quería colarse entre sus labios. Cada vez las cosas se parecían al Tokio que dejó atrás hace seis años, ese tiempo donde guardaba los mejores recuerdos de su infancia. Pero, Saori sabía que ahora las cosas serían distintas, ya no tenía diez años y había durado bastante tiempo separada de su amigo quien al mismo tiempo resultaba un desconocido.
Bueno, eso era parte de la nueva aventura que le aguardaba en Seidou.
—Eres exagerado, papá. Además ¿No crees que ya eres algo grande comportarte así?
—¿¡Qué quieres decir con "algo grande", jovencita!? —reclamó Daiki quien era un defensor empedernido de la eterna juventud. El repentino coraje hizo que acelerara su auto en la calle.
—¡Papá!
Curiosidad #02
– A Daiki nunca le cayó bien Kazuya aun siendo niño, pero lo toleró por su hija. Según él, era demasiado listo para su edad.
