Capítulo 3: Acogida Pirata

Maz Kanata abrió los ojos en la penumbra de su habitación, apenas unas horas luego de acostarse. Su mente estaba despejada, como si el festejo de la noche anterior no hubiese existido. Sabía que despertaba por una razón, algo se sentía distinto. Alguien iba a llegar al castillo. Estaba cerca. Se incorporó en su cama, identificando esa presencia tan familiar: luminosa, pero no del todo.

Echó a andar a todo lo que podían sus pequeñas piernas a la puerta secreta, el corazón en un puño. Definitivamente, era su Rue. Apostaba a que entraría a hurtadillas, como siempre que de niña se escabullía luego de sus travesuras. Encendió la luz de la bodega y esperó de brazos cruzados frente a la entrada, reviviendo en un segundo los mil momentos en los que se había repetido la misma escena. Cuando la puerta se abrió, grande fue su sorpresa al ver que no estaba sola.

Acompañada de una joven twi'lek, sucias y vestidas con quién sabía qué cosa bajo esas túnicas, la chica no se atrevía siquiera a mirarla a la cara. Alivio y preocupación la inundaron a la vez. Rue estaba a salvo. Pero estaba en problemas. Por supuesto que lo estaba, o si no, lo estaría pronto...

- Hola Maz.

Estaba demasiado delgada, y se había aclarado el cabello con algún químico oxidante. Maz había considerado arrastrarla de una oreja al salón para exigirle una explicación, pero se contuvo. La chica temblaba, buscando el valor para hablar. No pudo. Rue le dirigió una mirada arrepentida, y en sus ojos la anciana encontró lo único que necesitaba saber: no la había perdido al lado oscuro. La hizo bajar a su altura para abrazarla. La joven se estremeció al contacto, y aferrándose a ella, rompió a llorar.

- Siempre supe que volverías a casa –le dijo, reconfortándola.

La había criado bien, pensó suspirando. Y la Fuerza la acompañaba, ahora más que nunca. Podía sentirla bailar a través de ella, cruda, intensa, inquieta. Nada pudo hacer Rue para huir de ésta, por mucho que había intentado. Maz se tranquilizó al confirmar que aún no era demasiado tarde para ella.

- Lo siento, lo siento tanto... –sollozaba Rue.

La muchacha estaba desolada. Su amiga las observaba conmovida, pero sin comprender. Hacía frío afuera y ambas se veían maltratadas y exhaustas. Lo que fuera que había hecho en los últimos tres años de su vida, podía esperar a que estuviera en mejores condiciones para hablar.

- Vamos adentro –le dijo con suavidad-. Nos pondremos al día después.

La chica no opuso resistencia al ser llevada, pero Maz sintió su inquietud al cerrar la puerta tras ellas. En los minutos que siguieron, notó detalles similares que le hicieron reconsiderar lo ocurrido el día de su partida. El día en que la Primera Orden casi descubrió que ambas eran sensibles a la Fuerza.

Había pasado todo tan rápido en la cantina que lo único que pudo hacer al llegar al destrozado sótano fue llamar a Emmie y borrar la evidencia de lo ocurrido, dándole a Rue el beneficio de la duda. Y es que el rastro de violencia que había dejado al escapar, Maz sólo podía explicárselo como una reacción a que algo terrible le habían hecho.

Cuando escuchó como ésta rogaba a la joven Nix que compartieran habitación, confirmó que temía quedarse sola en su propio hogar. Maz intuía el motivo, y la mera idea le generaba un profundo pesar.

Las mandó a dormir mientras atendía a su clientela como cualquier otro día. Cuando en realidad no era cualquier otro día. La Fuerza se agitaba en el castillo con la llegada de su hija, y Maz sabía que más pronto que tarde, el ánimo despreocupado con el que personas de toda la galaxia se reunían en su cantina por negocios o placer, dejaría de existir.

Levaba ya un tiempo sintiendo como algo se gestaba en la galaxia, una oscuridad que iba en aumento a medida que la Primera Orden ganaba aliados y reunía armamento. En sus mil años de vida, había sentido varias veces esos disturbios. Nunca presagiaban nada bueno, pero tampoco duraban para siempre, y aquella era la naturaleza misma de la Fuerza.

Ahora Rue se volvía más fuerte. La niña que había recogido años atrás se convertía en la mujer de sus visiones, y a Maz solo le quedaba confiar en que lo que le había inculcado sería suficiente como para mantenerla lejos del lado oscuro. Su regreso a casa le daba esperanzas de ello.


Rue estaba de pie sobre un camino de agua, en un cielo sin estrellas. Éste se ramificaba en infinitos senderos con ventanas esparcidas en todas direcciones. Algunas de ellas la llamaban, a veces por su nombre, a veces por otros que ella no reconocía.

La llamaban Sun. O Jaina. O Rey. A veces no tenía nombre, pero las ventanas la atraían de todas formas. La angustia que la invadía al no comprender esto la hacía despertar sobresaltada cada vez. Pero como varias otras cosas en su vida, nunca lo recordaba al volver.

A su lado, iluminada por el sol de la tarde, Nix la miraba inquieta. Sus ojos pardos destellaban con la luz, fijos en ella. Rue se levantó de golpe inquieta por la atención. Notándolo, la twi'lek le dio espacio.

- Tenías una pesadilla, no sabía si despertarte.

- ¿Dije algo? –se apresuró a preguntar- Cualquier cosa...

- No. Solo te quejabas. Sun... Rue –se corrigió-. Puedes hablar conmigo. Puedes confiar en mi.

Rue sabía que era de fiar, jamás le habría pedido dormir en la misma habitación si no. Pero le era difícil hablar de aquello. Maz era la única que podía a veces entender, cuando Rue no sentía el peso de sus expectativas sobre ella. Tal vez con una amiga sería distinto, quizás Nix podría ser la primera...

- Suelo tener este sueño... –confesó- que no puedo recordar cuando despierto. Sé que es el mismo, se siente igual cada vez. Algo en él me llama... pero no dejo de olvidar qué es. Me he convencido de que es mejor dejarlo así, pero... otras veces...

Dejó la frase inconclusa. Decir que su relación con la Fuerza era complicada era decir poco. Gracias a ésta seguía con vida. ¿Pero a qué costo? Rue notó que las cejas de Nix luchaban por no arquearse, y supo que hablar había sido un error. La twi'lek seleccionó sus palabras con cautela.

- Debe ser molesto... –hizo una pausa- No creerás en la Fuerza, ¿o sí?

- ¿Tú no...?

- No –parecía disculparse-. La absurda devoción de mi familia me quitó las ganas de creer.

Rue le dedicó una débil sonrisa antes de ir a revisar su viejo armario. Con un pinchazo de culpa, notó que todo seguía tal y como había dejado al huir. Maz nunca perdió la fe en que regresaría, así como jamás dejó de preocuparse por ella. Incluso después de lo que hizo. Se mordió el labio. Sabía que tenían una conversación pendiente, una que temía y anhelaba en partes iguales.

Se preguntó si Nix seguiría siendo amable con ella sabiendo que podía sentir la Fuerza. Le dejó sobre la cama toda la ropa de su talla que encontró, antes de ir a asearse.


En la cantina las esperaba una bandeja repleta de comida. Todo el salón bullía de vida, música y conversaciones en idiomas que Nix jamás había oído. Fascinada, no dejaba de preguntar a Maz de dónde venían todos, y cómo eran sus planetas. Su cerebro iba a explotar, y es que no dimensionaba lo diversa que era la galaxia. Para ella, Coruscant había sido el punto cúlmine de su vida.

Qué ingenua había sido.

Un droide protocolar llamado Emmie iba por las mesas atendiendo clientes. Nix notó que mientras bombardeaba a Maz con preguntas, ésta ojeaba discretamente el salón, y a Rue comiendo en silencio. Entendiendo que habían temas inconclusos entre ellas, sintió que quizás su presencia estaba de más.

La anciana le dedicó una intensa mirada, y Nix supo de dónde Rue lo había sacado.

- Eres la primera amiga que mi hija trae a casa –sonrió amablemente-. No sabes cuánto me alegra que alguien le haya enseñado a esta salvaje a socializar.

- Maz... –saltó ella, con el universal tono de una hija mortificada.

La reina pirata dejó escapar una cariñosa carcajada, dirigiéndose a la twi'lek.

- Deseo conocer a la responsable de este cambio. ¿De dónde vienes, Nix? Cuéntame de ti.

- Es muy amable, pero ése logro no es mío. Crecí con una familia adoptiva en Tuanul –omitió que se había fugado de ahí. No quería quedar como un mal ejemplo-. Es un asentamiento espiritual en Jakku. Aprendí mucho gracias a ellos, pero deseaba conocer más de la galaxia.

- ¿Y tus padres biológicos? –Maz preguntó con delicadeza- Tuanul es un lugar muy especial.

Lo cierto era que no tenía recuerdos de sus padres biológicos, Kali y Ossan Ventura. Sabía gracias a quienes la acogieron que su madre logró dejar Ryloth antes de dar a luz, pero que su padre no tuvo la misma suerte. Kali murió poco después del parto. Nix había aprendido a vivir con las incertidumbres.

- Nunca los conocí –sonrió para suavizar la noticia-. Pero suena como si conociese Tuanul...

- Oh, así es. Guardo un gran respeto por la Iglesia de la Fuerza. Me he dedicado a coleccionar reliquias Jedi durante las últimas décadas, luego de que el Imperio devastase casi todos los templos de la galaxia. He intentado negociar con ellos por unas cuantas, pero todo ha sido en vano. Lo que me hace confiar que están en buenas manos... –le guiñó un ojo a Nix.

Ella asintió, evitando declararse escéptica. Tras perder sus avances con Rue horas atrás, intuyó lo importante que era la fe para ellas. Para evitar un silencio incómodo, Nix se dirigió esta vez a la chica.

- ¿Así que salvaje? –le dedicó una sonrisa traviesa- Y las chicas creyendo que eras una esnob.

A Maz Kanata esto pareció hacerle mucha gracia. Soltó una risotada que no intentó disimular. En lo que duraba su ataque de risa, Rue se hundió ligeramente en el asiento, frunciendo el ceño.

- Incluso en los niveles bajos, los Coruscanti son los esnobs –gruñó.

Nix le dio la razón. Desde el momento en que dijo en la taberna que venía del Borde Exterior, la mayoría de las chicas comenzó a excluirla. Quinn, Freya y Rue habían sido la excepción, pero ninguna de ellas pertenecía a algún planeta del Núcleo.

- Entonces ahí era donde estabas -comentó Maz con un suspiro-. Nunca lo habría imaginado...

Hubo una pausa cargada de cosas no dichas. La anciana posó una de sus arrugadas manos sobre Rue. Ella se tensó al contacto, pero no se alejó. Luego de unos momentos, con increíble dulzura, Maz hizo una única pregunta.

- ¿Qué pasó aquel día, mi niña?

Un escalofrío recorrió la espalda de Nix. Quizás era una señal para irse y no volverse una intrusa. Se levantó, dispuesta a dar un paseo para darles espacio.

- Debería dejarlas hablar en privado...

- Por favor, quédate –la chica se aferró a una manga de su blusa-. Quiero que escuches también.

Nix volvió a sentarse sin protestar. Rue extrajo un vaso de los que Emmie llevaba en una bandeja al pasar. La droide se giró a verla, pero no dijo nada. Visiblemente alterada, ella dio un trago y respiró profundo antes de hablar. Primero se dirigió a la twi'lek.

- Hace tres años, dos espías de la Primera Orden se hospedaron aquí y causaron un tiroteo. En el alboroto, bajaron donde Maz guardaba sus reliquias, donde me escondía. Y me encontraron.

Su voz tembló al final. El ambiente alegre a su alrededor pareció enfriarse sobre ellas. Nix presintió lo que seguía, lo sospechaba desde la vio ensañarse con el Escuadra Civil que las agredió. Rue hizo una pausa para recuperar el habla, y esta vez, se dirigió a Maz con ojos llorosos.

- El resto es borroso... pero eran grandes, y... –se estremeció-. Repulsivos. Intentaron violarme. Me resistí, hasta que perdí el control y los maté, no recuerdo cómo. Luego vi el desastre a mi alrededor. Entendí lo que había hecho, y huí. No quería que me vieras como a un monstruo...

Con pesar, Nix confirmó sus sospechas. En la mesa se hizo un breve pero tenso silencio.

- Mi niña...–Maz tomó una de las manos de Rue- los habría matado yo misma de llegar a tiempo.

Las lágrimas de la anciana eran mitad furia, mitad compasión, pero a Nix se le helaba la sangre en las venas. Y es que mientras asimilaba el relato de Rue, no sabía qué le espantaba más: la terrible experiencia de su amiga, o que ésta lograse sobrevivirla perdiendo el control... ¿de qué?

Rue ahora la observaba a ella. La angustia tiñó su rostro al confesarle:

- Usé la Fuerza, Nix. Es real.


Era de madrugada cuando finalmente el castillo quedó en calma, pero ni así Rue podía conciliar el sueño. En el silencio de la noche, algo se sentía distinto. Un llamado. Uno que ni siquiera enterrándose en las frazadas podía ignorar. Y le inquietaba ya no poder controlarlo. O controlarse a sí misma.

Parte de ella se aliviaba de no recordar cómo exactamente mató a los espías. Habría cedido a su terror, a su ira, al lado oscuro, pero en el fondo temía que aquello se hubiese sentido bien. Maz había pasado toda una vida diciéndole que era una buena persona. Vaya manera de probarle lo contrario.

El llamado no se iba. Resignada a otra noche de insomnio, se levantó a pasear por el castillo. Tarde o temprano debía volver a recorrerlo sola. Era su hogar, después de todo, aunque ya no se sintiera segura ahí. Calzándose las botas despertó por accidente a Nix que, desorientada, le ofreció compañía.

- No te preocupes –susurró, sacando un puñal de debajo de la almohada, y guardándoselo en la bota-. Este es mi hogar. Estamos a salvo aquí.

Antes de irse vio como Nix, alarmada, iba por el blaster y lo guardaba bajo la almohada. Quiso decirle que era innecesario, que Maz se tomaba muy en serio la seguridad de sus invitados. No lo hizo. Le tranquilizaba saber que ella tendría cerca algo con lo que defenderse.

Dejó que sus pies la guiaran por el corredor tenuemente iluminado, hasta que se dio cuenta de que iba hacia elsótano. El llamado venía de allí. Se detuvo con un escalofrío. No volvería a bajar. Regresó sobre sus pasos y, sintiendo la familiar presencia de su madre cerca, fue en aquella dirección.

En la terraza el cielo estaba salpicado de estrellas, Maz meditaba cerca del precipicio. La paz que emanaba en ese estado siempre la había llevado de niña a dormirse junto a ella. Rue se deslizó sigilosamente a su lado, sentándose con las piernas colgando. Sintió su cuerpo relajarse en la calma de su presencia. Perdió la noción del tiempo así, hasta que la anciana abrió los ojos.

- Tuviste una gran aventura en Coruscant. Hasta te las arreglaste para hacer una amiga.

La sonrisa en los labios de Rue murió antes de nacer.

- No sé si lo sea luego de hoy. La he asustado. Apenas hablamos cuando nos fuimos a dormir.

- Le agradas –replicó Maz-. Y conoce bastante de los Jedi. Estaban destinadas a encontrarse.

A Rue le agradó esa idea. Le intrigaba el cómo alguien criada en la Iglesia de la Fuerza podía no creer en la Fuerza, y se preguntaba qué habría pasado. Por otro lado, ahora entendía por qué Nix era tan buena. Quizás no pensaba como una creyente, pero actuaba como una.

- Me recuerda un poco a ti. Su presencia me calma. Está llena de luz.

- Es una buena chica. Mereces gente buena en tu vida. Pero no siempre tendrás la luz de otros para guiarte. Tienes que confiar en la que llevas dentro.

- Lo sé. Lo hago... -Rue frunció el ceño. Lo intentaba.

Había días en los que era tan fácil como respirar. Otros días, la mayoría, tenía que esforzarse. Los niveles bajos eran un agujero de oscuridad. Abandonadas a su suerte, millones de personas sufrían, mintiendo, robando, cediendo a sus impulsos para sobrevivir. No podía culparlos. No podía salvarlos. Y tampoco podía detenerlos de lastimarse, y lastimar a otros. No sin ceder ante sus propios impulsos...

- ¿Lo haces? –Maz hizo una pausa, y agregó-. Muéstrame tus manos.

Rue sintió el color ascender a sus mejillas. De mala gana se las tendió a su madre. Ésta las tomó con gentil firmeza, quitándole los guantes. El contraste entre sus delicadas manos y sus destrozados nudillos hizo que Maz chasquease la lengua.

- ¿Cómo te hiciste estas heridas? –preguntó calmadamente.

La chica se mordió el labio antes de responder con intencionada vaguedad.

- Entrenando.

- ¿Con personas?

Rue hizo una mueca de dolor al murmurar de vuelta.

- ...malas personas...

- ¡Rue!

Maz usó el mismo tono de cuando la descubría en travesuras. Volvía a tener nueve años, y la reprendía por lanzar rocas desde la terraza a clientes sospechosos. Ella sólo quería proteger el castillo.

- Intentaba transformar mi rabia en algo positivo... como me enseñaste...

- Algo positivo como arte –replicó Maz, exasperada.

- Y trabajé como bailarina –se apresuró a decir-. Pero no fue suficiente, así que comencé a... disuadir proxenetas y traficantes de esclavos...

Dijo esto último rápido, como si así le acortase la decepción. Si bien sabía que Maz lo desaprobaba, creyó ver como las comisuras de su boca reprimían una sonrisa. La anciana dio un hondo suspiro.

- Sé como disuades gente –le mostró sus nudillos-. Esta no es la forma.

En eso, estaban de acuerdo. En teoría.

- Tal vez no, pero ahí abajonadie se preocupa por los indefensos. Ellos no reciben ayuda. No hay justicia a la que acudir. Y cuando no hay justicia, hay que hacerla. ¡Aprendí eso de ti!

Dijo esto último ofendida de que Maz la reprochase. Ella, quien con bajo perfil había tomado partido en cada hito galáctico de los últimos ochocientos años. Eso sin contemplar todas las mezquinas peleas del sindicato. Rue no entendía como seguía con vida, dado el hábito de la anciana de meterse en líos.

- Rue... -sus manos aún la sostenían- sé que tus intenciones son nobles. Sé que eres una buena chica, pero tienes que controlar tus pasiones y dejar que la luz guíe tu actuar. Sabes lo fácil que es confundir justicia con venganza. Sabes lo fácil que es ser tentada por el lado oscuro.

Aquello último le hizo recordar al Escuadra Civil en la trastienda. Había estado tan cerca de ceder a su deseo de venganza... No quería volver a sentir ese frío en su interior. No quería seguir ese camino. No quería perderse a sí misma en la oscuridad por tentadora que ésta fuese. Miró a su madre, sombría.

- Lo sé ahora.

Maz le dio unas palmaditas en la mano. Su piel arrugada era suave, y Rue había extrañado su calidez. Estuvieron unos minutos así, mirando las estrellas. Intuyó que quería decirle algo más, pero la anciana se incorporó invitándola a entrar. Levantándose, le surgió una idea repentina.

- ¿Tú y Emmie… han encontrado nuevas reliquias últimamente?

- ¿Por qué preguntas eso...? –preguntó Maz de vuelta- Creí que no te interesaban.

La chica se encogió de hombros, caminando hacia ella.

- No podía dormir. Algo en el castillo se siente distinto.

- Oh... –murmuró, pensativa- Una historia para mañana. Pero por hoy... ¿Qué tal una copa de hidromiel de Riosa? La mejor cura para cualquier insomnio.

Rue dejó escapar un gruñido de placer al escuchar hidromiel.


A Nix aún no le cabía en la cabeza que la Fuerza existiera. Ella, que creció en Tuanul con las leyendas de los Caballeros Jedi de la Antigua República, se había impactado con la visión que los Coruscanti tenían de ellos: una antigua orden con tanta ambición que cayó por su propio peso. Su fe, frágil de por si, no pudo soportar seis años en el bajo Coruscant.

No dudaba que su familia adoptiva tenía buenas intenciones, y muy poca ambición, pero ¿Cómo podía la Fuerza existir, si quienes la usaron para el bien tenían tan mala reputación? ¿Cómo podía existir si nadie podía sentirla, o usarla? Con creciente escepticismo Nix concluyó como muchos otros, que era solo una excusa para separar a los dignos y a los que no.

Ahora venía Rue con tristes ojos fieros a decirle que la Fuerza era real. Nix de inmediato lo aceptó en su corazón, aún cuando su mente se debatía por entender. Miró de reojo a la chica que la defendió en Coruscant, durmiendo inquieta a su lado. No se parecía a los Jedi de las leyendas, pero para ser justa, no las recordaba tanto. Su atención estuvo siempre en las naves volando sobre el cielo de Jakku.

Quizás era la Fuerza la que las juntó para mostrarle que su familia tenía razón. Que era hora de volver. Hizo una mueca de disgusto al pensarlo. Al menos, para disculparse por escapar...

Esta idea se volvió una necesidad cuando bajaron a desayunar. El rostro afligido de Maz no fue preparación suficiente para la noticia: la Primera Orden había asediado Tuanul.

Un comerciante de repuestos de Niima vio las naves desde lejos, y aseguró escuchar explosiones toda la noche. Él no se atrevió a ir por miedo a las represalias. Nadie en Jakku quería correr el riesgo.

- Tengo que volver –se oyó decir, muy lejos de sí.

Abrumada, notó como Maz la hacía sentarse, ofreciéndole una bebida. ¿Por qué la Primera Orden se interesaría en una insignificante villa en un planeta basura? Debía ir a verlos, saber que estaban bien. Sintió la pequeña mano de Rue sobre la suya, y tardó en percatarse de que ésta le hablaba.

- ...iré contigo.

- No. Acabas de llegar a tu casa. Y yo debo ir a la mía por mi cuenta.

No podía imaginarse yendo con Rue a esa chatarrería. Tampoco quería mostrar lo culpable que se sentía ahora por dejar a su familia. Y es que si la noticia era cierta, si todas las enseñanzas que ella había desperdiciado ya no existían... el mismo regreso de los Jedi que la Iglesia predicaba podía estar comprometido. Ellos eran los últimos guardianes de aquel conocimiento.

Se levantó y comenzó a caminar para ordenar sus ideas. Si hubieron protestas, no las oyó hasta salir al jardín amurallado de la entrada. Ahí alguien la agarró del brazo y la hizo voltear con brusquedad.

- ¡Escúchame! –la zarandeó Rue- ¿Qué pasa si la Primera Orden sigue ahí? ¿Qué harás entonces? Es peligroso.

Apenas atendía lo que la chica tenía que decir. Tenía que llegar a la Reina de Naboo. Maldijo en su interior. Primero tenía que conseguir combustible. Quizás Maz podría prestarle algo...

- Estaré bien sola... –replicó, volviendo a la entrada buscando a la anciana.

Esperaba estarlo. No quería pedirle a Rue que fuera con ella. No quería depender siempre de otros.

- Apenas podías con el Escuadra Civil –ella le cerró el paso-. Y tu nave no tiene seguridad.

Como volviendo en sí, se percató de que era una locura ir con la Reina de Naboo a Jakku. Serían capaces hasta de derribarla del cielo por los singulares repuestos. Nix estaba determinada a ir sola, pero necesitaba un plan de contingencia. Y necesitaba su blaster. ¿Dónde lo había puesto…?

- Tomaré precauciones, y volveré pronto –balbuceó, tanteándose la ropa-. Lo prometo.

Rue iba a replicar, pero Maz las interrumpió saliendo al jardín con una mochila. Se la ofreció a Nix.

- Puedes usar el A-Wing que está al fondo de la cueva. Se ve terrible, pero vuela. Tiene suficiente combustible para ir y volver. Me tomé la libertad de empacar tu blaster, un comunicador, y provisiones para dos días.

Su generosidad era más de lo que esperaba. Se inclinó aliviada y agradecida de tenerla de su lado.

- ...pero el A-Wing es para una persona –protestó Rue, volteándose indignada hacia su madre.

- Tienes que confiar en tu amiga –Maz le dirigió una mirada significativa-. Ahí a donde va, no debes. No si deseas protegerla de la Primera Orden. Ella estará bien, confía en la Fuerza...

- ¿¡Y cómo eso tiene sentido...!? –estalló- ¿Estará mejor, sin mí...?

Maz se le acercó para hablar casi en susurros, mortalmente seria.

- Te estás fortaleciendo, Rue. En un lugar tan desierto como ése, llamarás la atención.

Rue palideció, mas no parecía dispuesta a ceder. Miró suplicante a Nix, pero la forma misteriosa y casi profética en la que Maz habló fue suficiente para convencerla de que estaba haciendo lo correcto.

- Volveré mañana a más tardar –prometió intentando calmarla-. Llevaré el rastreador conmigo todo el tiempo. Si no regreso para entonces, sabrás exactamente a dónde ir a repartir palizas.

Nix estaba determinada a volver a Jakku, y algo le decía que Rue no descansaría hasta sentirse de utilidad. Y hasta cierto punto, eso podría servir como plan de respaldo si todo salía mal.

Ahora sólo le faltaba el plan principal.