Capítulo 9: Por una chispa de Esperanza

El frío los envolvía pese a la tibia noche tropical. En la penumbra, Finn sintió su pulso elevarse y su frente perlarse de sudor. Los Caballeros de Ren les doblaban en número, y tras presenciar el terror sembrado en los niveles bajos, el joven sabía exactamente a lo que se enfrentaba. Máquinas de matar. El Maestro Jedi tras él, sin embargo, se dirigió a ellos con una calma excepcional.

- Kuruk Ren, ¿no? Eras el razonable. ¿Será necesario repetir lo de Elphrona? Como ven, ya nos íbamos. La gente en Cuyacán no nos reconoció. Si nos dejan ir, nadie tiene por qué salir herido.

- Honestamente, Jedi –el aludido dio un paso más-. ¿Te ha servido ese discurso alguna vez?

- Menos de lo que me gustaría –reconoció, a regañadientes-. Pero sí. Esta podría ser una…

Se oyó otra explosión hueca, un siseo, y un destello verde zumbó frente a Finn, sobresaltándolo. La sofisticada boleadora que iba directo a él cayó partida en dos en la hierba del claro, ahora iluminado.

- …o no –suspiró el Jedi, bajo el brillo verde de su sable de luz-. Chicos, no se dejen atrapar.

Otro halo azul se encendió siseando tras él. Guardándose las espaldas, vieron como los guerreros se cernían sobre ellos. Juntando valor, Finn sujetó el blaster con fuerza frente a sí. Disparó al que se le venía encima con un rifle, pero el rayo rebotó con un clang en su pecho. Él lo desafió con un gesto.

- Oh… -masculló Finn, entornando los ojos-. Esto es malo.

- Axilas, garganta, ingle, dedos –gruñó Rue junto a él-. O puedes ponerte creativo. Te cubriré...

El rifle escupió rayos que ella desvió con su sable de luz azul. Finn insistió con el blaster: cabeza, manos, articulaciones... Su rival retrocedió por cobertura y otro más grande se les lanzó con un mazo.

Disparó a su clavícula, el hombre-mazo se cubrió con éste, y los rayos rebotaron con estruendo. Vio de reojo que Rue se enzarzaba con un tipo con una guadaña reforzada. Él evadió un mazazo y oyó otro disparo hueco desde la posición del rifle. Esta vez esquivó la boleadora, y se cubrió de una nueva ráfaga de rayos tras un tronco, respirando agitado. Recuperando el aliento, se asomó a ver.

Skywalker se alejó combatiendo a un tipo con un hacha y a dos artilleros con increíble agilidad. El hacha tañía y soltaba chispas al chocar con el sable de luz. El del rifle cambió de objetivo hacia el Jedi y Finn solo tuvo que lidiar con el del mazo, que de un golpe arrancó la corteza del árbol que lo protegía.

- ¡Cierren los ojos! –advirtió Skywalker.

Una luz lo encandiló a través de los párpados. Cuando se aclimató a la penumbra, apenas alcanzó a esquivar otro mazazo. Tropezó con una raíz y cayó de espaldas. Sostuvo el blaster con fuerza para no soltarlo, y éste se disparó a un tronco cercano. Notó con el destello que el casco del hombre-mazo tenía unos tubos y cuando éste alzaba el arma sobre su cabeza para cargar contra Finn, les disparó.

Se oyó un ruido de presión y el tipo empezó a toser y ahogarse. Huyó, y mientras lo hacía, Finn vio asombrado que Skywalker mantenía a raya a cuatro guerreros oscuros con arcos de verde resplandor. Oyó que Rue caía con un gruñido, y la luz azul a su izquierda se apagó. Se le heló la sangre cuando la vio buscando el sable en el suelo, y disparó al de la guadaña que se abalanzaba sobre ella.

El tipo esquivó sus rayos, y al fijar su visor de metal en Finn, él sintió una opresión en el pecho. El terror que estuvo reprimiendo pareció revolverse bajo su piel, pero Rue le clavó su puñal en el vientre, y la sensación se desvaneció. Ella lo derribó, le quitó la guadaña, y corrió hacia el Jedi. El joven creyó oír algo cerca de él y vio el brillo metálico del sable de luz azul sobre la hierba. Lo tomó y fue tras ellos.

Skywalker cortaba el cinturón de municiones de uno cuando Rue llegó a golpear con el plano del arma la nuca de otro que intentaba atacarlo por detrás. Él se desplomó, pero otro dos veces su tamaño agarró un extremo de la guadaña y forcejeó hasta que ella tuvo que soltarlo para amortiguar su caída.

Instintivamente Finn arrojó el blaster al suelo, activó el sable y lo interpuso entre Rue y la guadaña. Concentrándose solo en su tarea de alejar al guerrero de su amiga, repartió mandobles azules que zumbaban cortando el aire, y soltaban chispas al chocar con el metal. Éste se recalentó y quebró tras varios golpes. El tipo se sacó un lanzallamas de la espalda y lo apuntó, pero se giró repentinamente…

Cuatro pares de ojos resplandecieron en la penumbra de la jungla. La misma fiera del poblado había traído amigos. Chillaron al unísono, y una de ellas agarró con sus tentáculos a los caballeros que aún combatían con el Jedi, alzándolos. Desde el suelo, Rue disparó en el casco al del lanzallamas con el blaster recuperado. Con un clang, éste cayó inconsciente y fue atrapado por otra de las bestias.

- Fue suficiente –dijo Skywalker, esquivando el latigazo de un tentáculo-. Hora de irnos…

Finn ayudó a Rue a levantarse, y dieron un rodeo para no quedar al alcance de las criaturas. Corrieron siguiendo al Jedi, atentos a la jungla por si los caballeros o las fieras volvían a aparecer. Desde la rampa, Chewie rugió impaciente al verlos, señalando al cielo, y entró a encender el Halcón. Cerraron la compuerta tras ellos y la nave se alzó con un remesón. Aún agitados, corrieron a la cabina.

El Jedi y el wookiee pilotaron a ras de los árboles para confundir los radares enemigos. El avance fue tenso. Ya a cubierto del Destructor Estelar al horizonte, dejaron la atmósfera y dieron el hipersalto. Por precaución saltaron dos veces antes de fijar curso a Ajan Kloss. No podían permitirse ser seguidos.

Solo cuando el túnel de luz se abrió la última vez, Finn se atrevió a reclinarse en la silla. Intercambió una mirada con Rue, aún sentada al borde de la suya, y le ofreció el sable de luz por el blaster. Hicieron muecas de dolor al estirarse a cambiar, y rieron entre dientes. Estaban vivos. El Jedi giró a encararlos.

- Eso fue un desastre. Pero ambos estuvieron a la altura del combate –sus ojos azules se fijaron en él-. Peleaste con sensibles a la Fuerza. Tus reflejos son bastante rápidos. Bien hecho, Finn.

- Fue suerte –se apuró a decir sintiéndose expuesto-. Digo, soy bueno disparando. Pero es todo.

- ¿Lo fue...? –sorprendido, asintió– Huh. Bueno. Ya vimos lo ocurrido en Cuyacán. Dependiendo de como reaccione la Primera Orden a la incursión, podríamos volver con insumos básicos…

Finn guardó silencio, sintiendo que sus mejillas empezaban a arder. Rue dejó escapar un gruñido.

- Toda esa gente encerrada… -miró al Jedi, desolada-. La Primera Orden los hará miserables.

- Ya eran miserables –replicó apenado-. Pero si la Primera Orden es lista, no tomará represalias. Sería confirmar que la Resistencia pudo burlar su defensa. No se arriesgarán a esperanzarlos de esa forma… por lo que nosotros tendremos que encontrar una manera distinta de hacerlo.

Sus ojos brillaron cómplices al mirarse con su aprendiz. En cuanto dejó la cabina para ir a meditar sobre lo ocurrido, Finn tuvo que enfrentar la intensa mirada de su amiga, alzando una ceja.

- No fue suerte.

- No lo fue –confesó, nervioso-. Entré en pánico y dije lo primero que pensé.

- Lo noté. ¿Quién le miente a un Jedi? –suavizó la mirada-. Finn… eres sensible a la Fuerza. Podrías entrenar, conmigo y Skywalker. Podrías volverte un Jedi también…

Finn desvió la mirada. Quería hacer una diferencia en la vida de las personas, pero él era solo un soldado. Uno rebelde, pero un soldado a fin de cuentas. La Resistencia se había vuelto su familia en poco tiempo, y no sabía si podría dejarla ahora que se sentía tan parte de algo. Apenas veían a Rue…

- No lo sé… no creo que pueda…

Chewie le gruñó algo como entre un regaño y una arenga. Aún le costaba entender lo que decía.

- Chewie tiene razón. Sí que podrías, eres un tipo decente. No, más que decente. Eres bueno. Desde que te conozco te lo pasas salvando desconocidos –frunció el ceño-. Piénsalo al menos.

- Lo pensaré… –su mirada lo puso nervioso-. Dije que lo haré. Pero por favor… no lo divulguen.

Ella sonrió satisfecha, le dio unas palmaditas en el brazo y se fue a meditar. Finn, el Jedi. La idea lo abrumaba, pero pensó a cuántos otros podría ayudar si pudiese luchar como Skywalker. Maz le había dicho que la Fuerza podría guiarlo a su destino. Tragó saliva. Tal vez, aquel era su destino…


Nix tamborileó el tablero del A-Wing mientras Kaya comprobaba desde fuera las simulaciones de R2 con la alineación de los cañones láser. Tras instantes, desde el otro lado de la cueva, la muchacha levantó ambos pulgares. Alineados, actualizó en el datapad, y saltó de la nave a encontrarse con ellos.

- Es todo por la mañana, debo correr. Gracias por la ayuda, R2 -el droide gorjeó gustoso-. Oh, y Kaya, si ves a Finn, recuérdale mi clase de artillería. Puedes venir si quieres. Ambos pueden.

- ¿Por qué querría aprender a usar armas de la Primera Orden? –Kaya arrugó la nariz.

Nix hizo un gesto con sus brazos, abarcando toda la base de la Resistencia. Nunca estaba de más. Tras consultar los indicadores de humedad con R2, se limpió las manos a consciencia, y se excusó de ir a comer con Kaya y las pantoranas. Si tenía algo de suerte, se encontraría con Rue en el Halcón.

Semanas habían pasado desde el regreso de Skywalker y ella, deseosa de ayudar en lo que fuese, se había ofrecido a escanear un respaldo digital de los textos Jedi que él trajo consigo. Era una tarea minuciosa que solo podía hacer en el Halcón en días de baja humedad, como ése. Debía aprovecharlo.

No fue a Rue sino a la general a quien vio en la bodega principal del carguero. Nix vaciló en la entrada, temiendo interrumpir. Ella, Chewie y el Jedi parecían conversar algo serio y privado. Estaba dándose la vuelta cuando la princesa la llamó. Se llevó una mano a sus lekkus, de pronto nerviosa.

- Lamento la intrusión –se excusó-. Puedo volver más tarde por los textos...

- No pasa nada, Nix –Leia se puso de pie, lanzando una mirada al wookiee y al Jedi-. C-3PO también está libre de momento. Será mejor que lo aprovechen.

- ¿Es la joven Nix? –el droide venía desde el pasillo-. ¡Maravilloso! ¡Estaba por ir a buscarla!

Agradecida de que C-3PO aligerase la tensión del ambiente, ella giró a saludarlo con una sonrisa.

- Es bueno verte, 3-PO –sacó unos guantes limpios del bolsillo de su traje- ¿Listo para la acción?

- Iré por las cajas de vacío –replicó él con entusiasmo-. ¿Ha practicado la pronunciación Ryl?

Ella se esforzó por repetir el trabalenguas twi'lek que el droide le había recomendado ensayar.

- Has estado ocupada -sonrió Rue, asomándose a la entrada-. Te traje el almuerzo. Supuse que no irías a comer hoy… oh… ¿Por qué están todos reunidos aquí? ¿Pasó algo malo?

Antes de que nadie dijese nada, se oyeron pasos apresurados viniendo desde la entrada.

- General… -llamó Finn, entrando sin aliento a la bodega-. Ha llegado un mensaje en código del caza de Myca. Encontró al Colectivo, y quieren negociar.

Conseguir los planos del Supremacy se había vuelto la prioridad de la Resistencia, con agentes enviados a todas partes en búsqueda de alguna pista para dar con éstos. Hasta entonces, no llevaban mucho. El espía enviado a Corellia tras Myca no tuvo éxito atravesando el bloqueo, razón por la cual todos en la bodega olvidaron sus quehaceres y partieron al centro de comando a informarse.

- Comprobamos dos veces el modelo y número de serie del caza. Es el nuestro. En cuatro días, el Colectivo y Myca verán a Finn en un punto de encuentro en Kafrene –la teniente Connix giró a Leia-. Han enviado las coordenadas, y una dirección en el corazón del asentamiento.

- ¿Qué sabemos sobre Kafrene? –preguntó Leia-. ¿Ha sido reclamada por la Primera Orden?

- No aún –Kaydel replicó sombría-. Pero es un punto comercial importante. Lo será pronto.

- Oh, pero Kafrene es mucho más que un punto comercial… -precisó C3-PO.

Nadie tuvo corazón para frenarlo. El droide expuso las condiciones del sector Thand: el cinturón de asteroides en el que flotaba la estación minera era un buen lugar para pasar inadvertido, y las rutas a Corellia y a otros sistemas eran bastante expeditas. Era básicamente el mejor sitio para una reunión.

- ¿Creemos en este mensaje? –preguntó Rue, suspicaz- Creo que es demasiado conveniente.

- Totalmente conveniente –Leia asintió conflictuada-. Pero Myca no obtiene nada tendiéndonos una trampa; y si fuese la Primera Orden, ya habrían invadido Ajan Kloss con los datos del caza.

- Yo digo que vale la pena arriesgarse por un poco de esperanza –Finn los miró solemne-. Sé que llevo poco aquí, pero estoy dispuesto a ir a negociar. Nos urge conseguir esos planos.

Los lekkus de Nix temblaron sutilmente. Convivir con Kaya la había vuelto más consciente de ellos y de lo que comunicaban. Ahora estaba ansiosa. Le preocupaba que Finn fuese solo a una misión así.

- Me gustaría ir con él –se apresuró a decir Rue, girando a mirar a su maestro-. ¿Podemos?

- Lo lamento –suspiró él-. Debemos partir a otro sitio mañana. No creo que volvamos a tiempo.

- Yo iré –juntando aplomo, Nix se enderezó-. Trabajamos bien juntos. Y estoy rabiando por salir.

Lo cierto era que se le estaban acabando los quehaceres en la base. Sería un cambio bienvenido. Rue tomaba aire para replicar, pero ella le dirigió una mirada significativa a través de la habitación. Apreciaba su preocupación, pero eran parte de la Resistencia ahora. El riesgo era cosa del día a día. Su amiga exhaló, y asintió haciendo un mohín. A su lado, Finn juntó las manos en un sonoro aplauso.

- Está decidido entonces. Iremos con mucha precaución. ¿Podemos llevar la lanzadera?


Saliendo de la alcantarilla con Emmie detrás, Maz se quitó la máscara de aire. Como esperaba, el callejón estaba vacío. Con el blaster oculto bajo la ropa que luego quemaría por el hedor, pidió a ésta que se pusiera en posición, y avanzó por las calles de la capital de Cuyacán. Lo que quedaba de ella.

Era una horrenda demostración de la brutalidad de la Primera Orden. Los soldados se reunían alrededor de los grupos de sobrevivientes, quienes levantaron refugios con los escombros rescatados. A la escasa luz del amanecer, Maz distinguió a un rodiano y una humana acurrucados juntos. Tras comprobar que en los otros grupos nadie encajaba con la descripción del Jedi, dio aviso a Emmie.

A lo lejos, fuera de los muros, se escuchó un chillido animal. Luego otro. Y otros más. Los soldados, sin idea de que solo eran grabaciones, comenzaron a tomar sus armas, mirando fijamente hacia donde ellas querían que mirasen. Maz corrió a cobijarse bajo el trozo de tela del rodiano, quien, desorientado por el ruido, apenas se percató de ella. La humana junto a él la miró con terror. Ella solo fue al grano.

- Vengo con una entrega para una humana y un rodiano de su descripción –anunció mientras los chillidos seguían inquietando a civiles y soldados por igual-. Suministros básicos, sellados y ocultos bajo la alcantarilla del palacio. Son para repartir, pero organizarlo será su tarea.

Sus interlocutores la observaron perplejos. Maz vio que los soldados comenzaban a acercarse a los muros. Momento de volver a la apestosa seguridad de la alcantarilla. Avisó a Emmie que se fuera.

- ¿Entendido? –apremió-. No hagan algo estúpido como reportar la vía de escape. Debo irme.

- ¿Quién envía esto? –preguntó el rodiano, mirando temeroso alrededor- ¿Es una trampa?

- Un monje espacial está ayudando a la Resistencia. Yo solo hago mi trabajo, aún tengo órdenes que despachar –se destapó y se preparó para correr de vuelta-. Que la Fuerza los acompañe.

Antes de que la notasen, Maz se deslizó de vuelta entre las calles desoladas. Los chillidos se fueron extinguiendo, y tras unos minutos, Emmie volvió a encontrarla en la alcantarilla. Bajo las luces de fósforo, vieron el resultado de horas de trabajo nocturno, acarreando contenedores sellados al vacío.

- ¿Podemos irnos ya? –protestó Bato bajo su máscara-. Casi que prefiero volver a ver a Ackbar.

- Créeme, si esto va bien, no dudará de la Flota Libre otra vez –Maz replicó, tapando su nariz.

- Último paquete –avisó Poe, apilando el contenedor sobre una torre-. Hora de irnos. El camino a la nave será largo, pero ya no tendremos que cargar nada. ¿A quién más le urge una ducha?

Maz sonrió mientras se escabullían de vuelta. Esa ayuda no era nada comparado a lo que Cuyacán necesitaría para reconstruír, pero cumplía el objetivo de recordar que no estaban solos en esa guerra. Era más dulce aún saber que los insumos fueron robados a la Primera Orden, pero esa era más bien una victoria personal, de ella y su equipo. Chocó palmas con Emmie, sintiéndose satisfecha.

- Gran trabajo con las grabaciones. Creo que ambas nos merecemos un baño al regresar.

- Que sea aceite del bueno –replicó ella-. El de la base hace que me rechinen las articulaciones.

Gracias a su reciente escaramuza a las líneas de suministro enemigas, eso no sería un problema.


Rue cayó de espaldas a la tierra, usó el impulso de sus piernas, y se incorporó con una voltereta. Frente a ella, Skywalker apenas se había movido. Lo miró incrédula. ¿Cómo demonios la repelió?

- Peleas como salvaje –dictaminó, en su postura defensiva-. El sable de luz es un arma elegante, una extensión de tu ser. Piénsala como tal. ¿O prefieres comenzar con algo más sencillo?

Él solo buscaba provocarla. Resoplando, ella lo rodeó buscando aperturas mientras oía el zumbido de las hojas de plasma. Cargó contra su lado no dominante, para de nuevo encontrarse con nada.

- Ahora estás pensando demasiado –agregó, detrás de ella-. Moverte tanto te agotará a la larga. Balance. Deja que la Fuerza te guíe, como si fuese esa danza. Solías ser una bailarina… ¡baila!

Skywalker avanzó ágilmente a su lado y le dio un empujón con la cadera. Perdiendo el equilibrio, ella trastabilló unos pasos, y al oírlo reírse entre dientes, giró a apuntarlo juguetonamente con el sable.

- Está disfrutando esto –protestó, trazando una floritura con el sable-. Al menos, pelee de vuelta.

La sonrisa del Jedi se desvaneció. Luego con un gesto, la desafió a acercarse. Rue vació su mente y dejó que la Fuerza guiase sus pasos. Se aproximó por un costado. Cuando estaba por atacar, cambió la distribución del peso en sus pies y giró en sentido contrario. Él la bloqueó de todas formas, pero vio que esta vez había tenido que usar su sable de luz para frenarla. Sintió una oleada de efervescencia.

- ¿Quieres pelear? –él rechazó la hoja de plasma y volvió a su postura defensiva-. ¿Por qué?

- Por quienes no pueden defenderse –gruñó, cargando de nuevo-. Yo puedo. Y lo haré…

- Explora tu ego y tu pasión –él detuvo el mandoble, pero esta vez, retrocedió-. Hay un momento para actuar y cambiar el curso de las cosas. Y hay otro para dejar que las cosas pasen…

Con una sacudida se liberó de ella, quien no vio a tiempo el desnivel al que la llevaba. Rue derrapó en tierra suelta y cayó por su propio peso. El sable de luz azul se apagó al salir despedido, señalando su derrota. El Jedi desactivó su propia arma, la guardó y la ayudó a pararse con una sonrisa amable.

- A través de la Fuerza, encontrando serenidad, puedes distinguir entre ambos momentos. Solo entonces, puedes actuar con sabiduría –le guiñó un ojo-. Necesitas paz para hacer justicia.

- Anotado –se sacudió la tierra con el orgullo herido-. Admito mi error. Me envalentoné. Otra vez.

Aferrándose a su ego, descuidó el fluír con la Fuerza. Llevaba semanas entrenando, meditando y aprendiendo sobre ésta. A veces era más como recordar, como si su cuerpo ya supiese qué hacer…

Viendo que su maestro se sentaba en un tronco a descansar, fue a acercarle una botella de agua. Él la agradeció y bebió de ella con aire pensativo. Luego la traspasó con la mirada, ladeando la cabeza.

- ¿Quieres pelear por quien no puede? –inquirió con tacto- ¿O quieres una forma aceptable de lastimar a otros por lo que te hicieron a ti? Obsérvate. ¿Reconoces esto en alguien más?

Ni Maz se atrevía a tanto. Se sintió como una bofetada admitirse que su tiempo en los niveles bajos había sido más como lo segundo. Asintió, entendiendo a quién se refería. El Jedi dio un largo suspiro.

- A veces hacemos cosas que creemos correctas por las razones equivocadas. El lado oscuro tiende a influírlas. ¿Cómo distingues si una elección se alínea con la luz? Quiero que reflexiones esto hoy en tu meditación –hizo una pausa-. ¿Has vuelto a verlo? ¿O a oír voces?

- Nada de voces –aseguró, tras asimilar las palabras del Jedi-. Ignoro a Kylo cuando aparece.

Se había vuelto una sombra silenciosa en el rabillo de su ojo. Pero aún sentía todo lo que él sentía.

- No lo veas –su maestro entornó los ojos.

- No puedo controlarlo. No aún –vaciló al agregar-. Empiezo a sospechar que él tampoco puede.

- No quieres controlarlo -Rue lo miró espantada, pero él la calmó con un asentimiento-. Sientes compasión por él. Es entendible. Pero no debes dejar que te seduzca…

- Ya ni siquiera me gustan los hombres –bufó. Él alzó una ceja-. Oh. Se refiere al lado oscuro.

Deseó cortarse la lengua con el sable. Cuando su rostro dejó de arder, sintió la urgencia de saber…

- ¿Cree que podría volver a la luz, como hizo Vader?

- Solo él lo puede decidir –respondió bruscamente. Tras un silencio incómodo, suavizó el tono, pensativo-. Por mucho tiempo creí que había salvado la galaxia tras la redención de Vader. Me creí la leyenda que contaron de mí. Comprendo ahora, que esa herida nunca sanó del todo…

- ¿Qué clase de herida? -Rue lo miró confusa- ¿Tiene que ver con nuestro viaje misterioso?

Pero el Jedi parecía hablar consigo mismo. Tras una pausa, se levantó con expresión determinada.

- Quiero enseñarte a cerrarte de la Fuerza. Curiosamente, aprendí esta técnica de tu madre…

Le tomó instantes a Rue entender que no se refería a Maz. Su corazón empezó a latir con violencia.

- ¿Mara era sensible a la Fuerza?

Le tomó instantes a Skywalker entender que Rue no tenía idea de quién era ella. Tras observarla unos instantes, asintió. Habló con lentitud, como eligiendo sus palabras. Como si le costara hacerlo.

- Creí que lo sabías. Sí, lo fue. Una muy competente. Habría sido una gran Jedi, de elegir aquel camino. Pero su relación con la Fuerza era… complicada.

- Sabes más de ella que yo –murmuró con un dejo de amargura-. Supongo que ya no importa.

El dolor del abandono aún rondaba sus meditaciones, quizá no se iría jamás. Respiró profundo y frunció el ceño. Debía aceptarlo para poder dejarlo ir. El tiempo que tardase, estaba fuera de su control.

- Lo que sea que pasó, estoy convencido de que hizo lo que estaba a su alcance para protegerte.

- No lo… -irritada, se detuvo. Volvió a respirar, y ya calmada, prosiguió-. No lo sabes.

- No. Pero lo presiento. Tuve una visión, días atrás. Por eso quiero que viajemos a Jedha.

Los ojos de Rue se clavaron en el Jedi. O bien era una broma muy cruel, o bien había enloquecido.


Un aura particularmente siniestra flotó sobre el salón del trono al reportar los avances a su maestro.

- Así que Skywalker fue visto en Cuyacán. Y por los Caballeros de Ren, no menos –tras un cargado silencio, Snoke ladeó la cabeza, condescendiente-. Los has vuelto a convocar. No solo son responsables de dos de tus fracasos… están por debajo de ti ahora.

Arrodillado frente a él, Kylo se mordía la lengua. No podía dejar que su emoción lo dominase ahora.

- ¿…o no lo están? –los ojos de su maestro ardieron con fría furia-. Cumplieron su propósito de mostrarte el camino al lado oscuro. Ahora yo soy quien te guía por él. Por decepcionante que se haya vuelto… ansío… que me des una buena razón para conservarte como mi aprendiz.

Snoke hizo un ademán con la mano, dándole permiso de hablar. Kylo compuso su expresión hasta el más mínimo detalle. A falta de su máscara, debía como nunca demostrar control sobre sí mismo.

- Gracias a los reportes de los caballeros, he puesto una trampa para los rebeldes. Ellos buscan información, desesperadamente. Así que eso les he ofrecido. Una chispa de esperanza… –su estómago se revolvió al decirlo-. Caerán en cuestión de tiempo, y lo tenemos a nuestro favor.

- ¿Y cómo ayudará eso a la búsqueda de Skywalker? –inquirió, poco impresionado-. Está libre. En este preciso momento, tramando una forma de interferir con los planes de la Primera Orden.

Detectó miedo en Snoke. No en la Fuerza, sino fugazmente en sus ojos. Se esforzó en mantenerse calmado, sus ideas claras para que su maestro viera lo que deseaba ver. Estaba ansioso por recuperar su favor y probarse como el digno heredero de Vader… lo suficiente como para ignorar todo el resto.

- La chica es la mejor opción para llegar a Skywalker. Más que bombardear planetas –fue fácil así proyectar su odio en la Fuerza-. Ella es la razón por la cual volvió, y la clave para destruírlo. Vendrá a salvar a sus amigos rebeldes. Y el Jedi vendrá tras ella. Hay que tirar de un solo hilo para que la madeja entera se desarme… y habremos acabado con la esperanza de la galaxia.

Tras examinar sus pensamientos de odio y venganza, Snoke dejó escapar una carcajada burlesca.

- Ciertamente estás confiando demasiado en posibilidades.

- La ladrona es predecible. Caerá. Y con ella, Skywalker –juntando aplomo, agregó-. Si me deja tomar el mando de las tropas de Hux en Kafrene, puedo capturar a los rebeldes con destreza. Y sin inútiles demostraciones de poder…

- El general no estará complacido al oír eso -su maestro volvió a leer sus intenciones-. Muy bien. Tienes mi respaldo en aquella decisión. Pero si fallas una vez más, será la última.

Kylo inclinó la cabeza en señal de respeto. Él no fallaría otra vez. Cumpliría su propósito, sin vacilar.

Cuando Snoke lo despachó, se dirigió a sus aposentos a preparar su viaje a Kafrene. Contempló la máscara de su abuelo, situada sobre un pedestal, antes de partir. No había vuelto a oír su voz desde que su debilidad por la luz emergió nuevamente. Apretó los dientes y caminó al hangar, manteniendo sus ideas bajo control. Él era el heredero de Vader, y probaría a su maestro que era digno de aprender.

La lanzadera saltó al hiperespacio, y solo entonces, repasó con detalle su entrevista con Snoke.

Su maestro lo quería aislado de sus caballeros. Indefenso. Tuvo oportunidad de deshacerse de él, mas no lo hizo. Kylo se fortalecía, pero Snoke aún lo necesitaba para destruir a Skywalker, la única amenaza más poderosa que él. Sintiendo que el mundo se le venía encima, consideró la real posibilidad de ser descartado a la brevedad. Cuando obtenga lo que quiere, te destruirá…

Siseó y sacudió la cabeza, como si así pudiese acallar la voz de Han Solo. No era como las otras, era solo un recuerdo, pero uno que no se iba. Con un acceso de ira, encendió su sable de luz... y el rugido de la hoja lo hizo reaccionar. Observó su inestable brillo rojo con la respiración agitada.

Debía controlar sus sentimientos. Enterrarlos, si no destruirlos. ¿Qué haría ahora? Apagó el sable, dejando la vista vagar por su camarote vacío. Empezó a pasearse inquieto, imaginando sus opciones.

Aquella decisión era riesgosa de pensar. Pero sabía que para ello debía asegurar la lealtad de un aprendiz. Había descubierto tiempo atrás que su abuelo entrenó discípulos a espaldas del Emperador. Y ser heredero de Vader, era algo que ni siquiera Snoke le podía quitar. La Fuerza lo había unido a la ladrona por una razón, pero ocultar su interés por ella tras su odio a sus rivales no serviría por mucho.

Quizás el tiempo no estaba tan a su favor.


No debieron llevar la lanzadera. Al salir del hiperespacio, el campo de asteroides fue mucho más difícil de sortear que el de D'Qar. Esa no era su Reina, y se notaba. La energía que gastaron en evitar ser aplastados por rocas gigantes les hizo perder más combustible del que tenían para regresar. Nix limpió Ajan Kloss del historial de vuelo y bajó de la nave. Ahora las coordenadas vivían en su memoria.

El olor a amoníaco les hizo hacer arcadas al salir a la estación. Pegando la mejilla en el frío costado de la nave para aliviarse, Nix vio los precios del combustible en los hologramas del espaciopuerto e hizo una mueca. No llevaban suficientes créditos para eso... Giró a mirar a Finn, con ojos aún llorosos.

- Si no conseguimos créditos, o un combustible más barato, nos quedaremos varados aquí.

Él, con la nariz arrugada en protesta a la peste, veía un mapa de la zona en un datapad volteándolo cada cierto tiempo. Debían moverse rápido, pero Kafrene, además de inhóspito y sobrepoblado, era en sí un laberinto de viviendas precariamente superpuestas. Los callejones eran estrechos e infinitos.

- Con algo de suerte, nuestros amigos podrían conseguirnos combustible más barato –replicó.

Su suerte se acabó demasiado pronto. Con un vuelco al corazón, Nix vio que una lanzadera de la Primera Orden aterrizaba en el puerto contiguo. Y otra. Y otra más. Avisando a Finn, ambos rodearon la nave hasta cubrirse del otro lado. Ella se masajeó las sienes. No hay emoción, hay paz... al demonio.

- Hemos caído directamente en una trampa –bufó-. Genial. La misión se acabó. Hora de irnos…

El joven hizo una mueca y se asomó a echar un fugaz vistazo a las naves. Volvió algo más tranquilo.

- Yo diría que es más bien una complicación. O nos habrían disparado desde la atmósfera.

La twi'lek lo miró de hito en hito bajo las luces artificiales de la zona de aterrizaje.

- ¿Desde cuándo eres el optimista irresponsable…?

- ¿De quién nos escondemos? –preguntó un humano con gorra, cruzado de brazos junto a ellos.

Se había acercado tan casualmente a recargarse en la nave que ninguno de los dos reparó en él. Era guapo. Nix se sacudió la idea de encima, mirándolo con desconfianza. Finn a su lado se enderezó.

- ¿Y tú quién eres? –la joven twi'lek se esforzó en sonar intimidante.

- Un amigo. Vi que le hacías adorables pucheros al precio del combustible. Ha subido desde que la Primera Orden lo acapara. Vienen dos veces por semana a llevarse lo importado. No es a ustedes a quienes buscan. Por cierto, puedo venderles una reserva que me queda…

- Eres un contrabandista –resolvió Finn, llevando los ojos al cielo-. Por supuesto que lo eres.

- Y ustedes son rebeldes –sus ojos increíblemente azules destellaron-. Pero yo no soy un soplón.

Un escuadrón de stormtroopers marchó frente a su nave sin reparar en ellos. Los tres jóvenes se tensaron cuando el cabecilla se percató de su presencia y envió a dos soldados en su dirección.

- Identifíquense –demandó bruscamente uno de ellos-. Documentos y permiso de navegación.

Con un escalofrío, Nix cruzó miradas con Finn. ¿Desde cuándo necesitaban uno? El contrabandista se aclaró la garganta y abrió su chaqueta lentamente para sacar sus documentos de un bolsillo interior. Desde aquel ángulo, solo ellos vieron el pin con el símbolo de la Alianza Rebelde prendado en el forro. Cuando uno de los stormtroopers le arrebató la tarjeta de la mano, su nuevo aliado disparó con la otra.

Fue tan repentino que en lo que asimilaban a los stormtroopers abatidos, el contrabandista ya huía como un poseso del escuadrón que apenas reaccionaba a cargar sus blasters.

- ¡Síganme! –gritó el hombre, saliendo del puerto espacial- ¡Conozco un lugar!

Una lluvia de disparos los obligó a salir corriendo del sitio. Con expresión culpable, Finn derribó una mesa de souvenirs junto a la entrada para retener a los stormtroopers. El tipo de la gorra los esperaba fuera, y les hizo señas para que se apresuraran. ¿Tenían otra opción…? A regañadientes fueron tras el contrabandista, perdiéndose entre los laberínticos callejones del complejo minero.