Nota de autora: Esta pequeña historia esta inspirada en la canción "Witches Don't Fall in Love" de Me and That Man, pero nunca podré hacerle justicia.

Advertencias: AU, posible OoC (idk).

Disclaimer: Ninguno de los personajes de Rumiko me pertenecen, solo son utilizados sin fines de lucro.

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Entró al bar de mala muerte que quedaba camino a la ciudad. El olor a tabaco y alcohol barato inundaba el lugar. Entre la música de mal gusto y personas de poca monta hubo alguien que le llamó la atención; una joven de cabellos castaños y vestido color vino con un abanico de mano bebiendo junto a la barra del bar. No podía verle la cara, pero algo en ella lo llamaba. No era de los que se dejara llevar por cosas así, pero esta era una excepción.

Tomó asiento en el banquillo junto a ella, — Un whisky —ordenó.

Ella cerró su abanico de golpe y sin soltarlo se giró hacia él. — No eres de por aquí, ¿cierto? —.

Él giró a verla mientras tomaba su bebida que recién le había sido entregada. — No—.

— Kagura —. extendió su mano hacia él.

— Un gusto, Kagura —. sonrió de lado. Tomó su mano y se acercó a besar el dorso de esta

Ella abrió su abanico y comenzó a abanicarse con él mientras le sonreía levemente mientras regresaba su brazo hacia la barra. Ambos tomaron sus respectivas bebidas y le dieron un trago a la vez que se veían de soslayo.

La noche transcurrió entre rondas de bebida barata, flirteo y pláticas superficiales. Él se despidió pues debía seguir su camino por la mañana. Ella ya sonrosada levemente por el alcohol en su cuerpo, buscó en su bolso y sacó un bolígrafo este. Se acercó a él, tomó su mano derecha y anotó un número en su antebrazo. Él pagó la cuenta y se retiró.

Despertó en la cama de un hotel de paso, su cabeza dolía debido a la resaca. Tomó un par de pastillas y se dirigió a la ducha. Mientras se desvestía se dio cuenta que tenía algo en su brazo, él número telefónico de la joven que había conocido en el bar la noche anterior.

Regresó a la habitación en busca de su celular y guardó el número en su agenda más no llamó.

Volvió a la ducha y siguió su itinerario, debía llegar a la ciudad, resolver unos inconvenientes con unos socios y podría regresar a su hogar. No debía de tomarle mucho tiempo.


Dos días habían pasado, ya era medio día y si quería llegar temprano a su hogar debía conducir toda la noche.

Ya iba a las afueras de la ciudad y recordó aquella noche en el bar. Se detuvo al lado de la carretera y miró su celular, Kagura, algo en su interior le decía que la llamara, pero, ¿qué iba a decir?

Dejó de darle vueltas al asunto y sin más la llamó. Una conversación breve y quedaron de verse en la casa de ella que estaba en el pueblo cercano al bar donde se habían encontrado aquella noche.

Condujo hasta dicho pueblo. Estaba oscureciendo cuando llegó a la dirección que ella le había dado. Llamó a la puerta y tras un momento ella abrió. La miró de pies a cabeza; llevaba puesto un vestido corto color negro, el cabello suelto pero lo que más llamó su atención fueron sus ojos y sus labios color rojo.

Ella lo invitó a pasar. El olor a incienso se hizo presente al ingresar. Le dijo que tomara asiento mientras iba por una botella de vino y copas. Él se dedicó a observar el lugar. Una decoración un tanto extravagante; cuadros con imágenes raras, estantes con frascos llenos de diferentes hierbas, piedras, cuarzos, libros apilados con simbologías extrañas.

Ella volvió con el vino; sirvió la bebida para los dos, una breve charla y ambos terminaron besándose en el sillón.

Él besaba fervientemente el cuello de la joven mientras con su mano derecha recorría la pierna de esta, al llegar al borde del vestido lo subió dispuesto a bajar su ropa interior.

Con la respiración entrecortada, ella sugirió seguir en su habitación. Ella lo guió entre besos y jaloneos tratando de arrancarse la ropa mutuamente.

A la luz de la luna se entregaron a la pasión y lujuria del momento.


Abrió los ojos y los cerró rápidamente pues un fuerte dolor en su cabeza lo obligó a hacerlo. Lentamente los abrió de nueva cuenta, mientras su mente se iba despejando notó que se encontraba atado a un árbol. El frío de la noche caló en su torso desnudo.

Lo último que recordaba era estar en la cama acompañado de aquella joven, Kagura y ahora estaba en medio de un bosque.

Levantó la vista, frente a él, a unos cuantos metros, alcanzó a divisar una fogata ardiendo. Tras ella, una delgada y elegante silueta. Esta comenzó a caminar tranquilamente en su dirección, rodeando la fogata. En medio de la neblina que inundaba el lugar, vio como la silueta se iba convirtiendo en aquella atractiva joven ahora vestida con un kimono azul con rayas blancas. Llevaba las manos escondidas en las mangas contrarias de su kimono.

La miró confundido. En respuesta, ella curvó sus labios rojos en una perversa sonrisa que era iluminada por la luz de la luna.

Inquieto, se removió tratando de liberarse de sus ataduras, más le fue imposible.

— ¿Qué pretendes? —preguntó insistiendo en desatarse.

— ¿Yo? —de entre sus mangas sacó una daga, la llevó hasta el cuello del joven presionando fuertemente haciendo que su cabeza chocara contra el tronco del árbol. — Es un ajuste de cuentas, querido… —.

— ¿A qué demonios te refieres? Yo no te he hecho nada, ni siquiera te conozco —.

Rió irónicamente, — Oh, claro que me has hecho algo —, aun con la daga en mano, bajó de su cuello a su torso; recorrió lentamente a lo largo de este con el filo de la daga y subió de regreso hasta detenerse en su barbilla.

Su cuerpo se tensó al sentir el frío filo recorriendo su cuerpo. Su mente viajaba rápidamente tratando de recordar cuál podría ser el motivo por el cual ella lo tuviera en esa situación. Sin embargo, no había respuesta.

— Vas a pagar por ello, Naraku… —.

Antes de poder responder, sintió como rasgaban a través de su vientre y rápidamente, líquido tibio y espeso salía de esa rasgadura.

Él la miraba atónito. A los pocos segundos comenzó a toser sangre. El dolor era insoportable, su vista se nubló y mientras se derrumbaba la vio por última vez; Kagura sonreía satisfecha. Tras una larga espera, por fin había logrado su cometido.

Con cada respiro sentía como la vida se le iba de las manos. Trató de decir algo, pero todo se volvió negro.


Notas finales:

Este no es el tipo de historia que yo escribo para estos dos, no se me da y creo que se notó, jaja.

Si alguien llegó hasta aquí, espero que le haya gustado. ¡Muchas gracias por leer!

-Lu.