El cielo se iluminó con un relámpago y acto seguido el retumbar de un trueno ensordecedor cortó el silencio mientras esperaba en el cuarto de trastos viejos de la azotea.

Las gastadas colchonetas de gimnasia se encuentran en un esquina y la habitación está tenuemente iluminada por una lámpara de gas.

Me abracé a mi misma intentando calmar el frío mientras esperaba por él, que apareció frente a mí como si hubiese descendido en aquel relámpago.

-No eres humana, Rin-dijo a modo de saludo-tampoco eres un ángel.

-Ya lo sé, soy un híbrido entre ambas cosas. Una aberración-respondí recordando los pasajes que durante mi larga estancia en el convento he llegado a conocer.

-Decide-me pide él-Yo soy un ángel, uno de gran linaje, por lo cual no puedo tomar a una humana como mía. Quienes lo hacen son castigados...

-Ya lo sé! Me lo has dicho un millón de veces. No importa, solo mátame, estás aquí para eso no es así?!-grité intentando contener el llanto.

-Pero tú no eres una simple humana-concluye él

-Qué?-pregunté aturdida por lo que ha dicho

- Tómame como tu igual, solo si estas segura.

-De qué estás hablando-pregunté con los colores en el rostro y la sangre ardiendo ante sus palabras.

-Entonces...seremos iguales. Serás un ángel, igual a mí.

-Tendré que matar a los humanos como lo haces tú?-pregunté inquieta

-No, solo serías un ángel renacido y de linaje inferior. Decide: muere como un híbrido ahora o vive como lo hago yo.

-De acuerdo! Confiaré en tí!-dije decidida más que nada por la posibilidad de permanecer a su lado.

Por qué quería aferrarme tanto a vivir?

-Estás segura... realmente...?.

Tantas mentiras o tanta inocencia juntas guiándome en una decisión.

-Sí y no voy a cambiar de opinión.

Creí que realmente estaría junto a él. Incluso pensé que él estaría libre de algún castigo.

-Sabes lo que pasará después. No podré cambiar eso, yo...

Aunque él siempre me dijo que a los ángeles caídos se les castigaba...

yo un ángel renacido...

mentiras!.

-Ya lo sé, no tienes que repetirlo cada vez que nos vemos!

En ese momento me aferré a la gentil mano de la muerte con tal de vivir.

-De acuerdo. Entonces...

Con los ojos cerrados, empinada para alcanzar sus labios, apenas logro atinar lo que se convierte en mi primer beso, y él se obliga al olvidar el final de su oración porque ahora que el deseo ha aparecido, no hay vuelta atrás.

No hacen falta más palabras entre nosotros. No hay nada más en esta habitación que dos cuerpos tibios y necesitados uno del otro.

Sé que no debería y aún así no puedo evitarlo. Todo mi ser lo anhela tanto que incluso si al final todo queda en el olvido, entre sus labios seré feliz.

Afuera, el cielo se deshace con relámpagos que rompen la oscuridad de la noche. Una noche fría de lluvia, común, como tantas otras. Nuestra primera y, quizás, última noche juntos.


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.

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De golpe el auto frenó, provocando un manchón rojo en el rostro de Rin.

-Lo siento-se disculpó su amiga-Ese tipo se me atravesó, ni siquiera vi de dónde salió!

Rin miró hacia el frente y se encontró con la silueta masculina causante de aquel pseudo accidente. Su corazón latió con fuerza en su pecho y por alguna razón las lágrimas se agolparon en sus ojos.

Lo había olvidado...

Qué había olvidado?

Sus ojos dorados la miraron fijamente e ignorando los reclamos de Kagome avanzó hasta su ventanilla.

-Rin-lo escuchó decir con una voz profunda aunque sus labios apenas se habían movido.

-Olvida mi nombre-le susurró al oído antes de que los primeros rayos del sol iluminasen la mañana.-Olvida mi rostro-añadió dándole un beso en la frente-olvida mi voz y todo lo que sabes de mí hasta hoy.-dijo acariciando con delicadeza su piel.

-Qué le pasa a este tipo?!-Kagome seguía balbuceando a su lado, pero ella casi no le podía prestar atención.

Sus recuerdos llegaban dolorosos a su memoria como una cascada hirviente de imágenes y sonidos difíciles de procesar.

-Sesshomaru, que hiciste?!-escuchó una voz desconocida y el calor que hasta ese momento le abrigaba se alejó de su lado

-Ella ya no está a tu alcance-replicó la muerte-Nadie tocará a esta humana a partir de hoy.

El ruido del metal desenfundado y palabras inconexas fueron lo último que percibió.

Y al despertar ese día, sola en aquel cuarto de azotea, su cuerpo se sentía ligeramente adolorido.

Se levantó y revolvió su cabello intentando recordar la razón por la que estaba ahí durmiendo y no en su habitación.

-Bebí demasiado?-se preguntó levantándose para volver a dónde debería estar.

Pronto el momento de partir del internado había llegado. Al cumplir los 18 años salió junto a Kagome y por fin pudo descubrir aquel mundo del que solo había escuchado antes, dejando atrás el convento, a Kaede-sama, Sor Úrsula y el resto de alumnas y monjas.

Por primera vez era ella quien se despedía, era ella la que se marchaba.

Dió un último vistazo al lugar y sus ojos se detuvieron por un instante en la azotea.

-A donde vas, Rin, es peligroso!-escuchó decir a su amiga pero ya no había forma de detenerla

-Idiota, eres un idiota, te odio!-gritó golpeando con todas sus fuerzas el masculino pecho.

-Rin-respondió él atrayéndola para abrazarla.