Resumen: Tras ser expulsado de la familia, Bruno Madrigal se convirtió en un villano decidido a destruir la magia y tratará de reclutar a Mirabel en sus planes.
Notas:
1) Los personajes no me pertenecen. Los personajes de Encanto son propiedad de quien tenga los derechos (¿Disney?)
2) Este fic fue realizado sin fines de lucro, solo por diversión.
LA MALDICIÓN DE LA FAMILIA
CAPÍTULO 1
Habitación de Bruno
Esa tarde
Bruno Madrigal había pasado la mañana atendiendo las preguntas de la gente del Encanto, una actividad que cada vez le gustaba menos. A sus quince años había logrado dominar su don por completo, sus visiones involuntarias ya habían sido reprimidas y podía tener hasta cinco visiones en un solo día.
Esa tarde ya llevaba seis.
No había sido un buen día, ya que había dado malas noticias a las personas que iban a preguntar sobre su futuro. Que iba a tener una niña cuando quería un niño, que Laura no se iba a enamorar de Carlos, que ese día no habría de comer su comida favorita. Y en vez de agradecer a Bruno sus esfuerzos de mirar el futuro, la gente se enojaba con él por la respuesta que recibían.
-Yo no tengo la culpa- dijo Bruno en voz baja en cuanto se quedó solo- ¿por qué se enojan conmigo?-
Aquello no era la primera vez. Desde que tenía cinco años y había recibido el don de ver el futuro, la gente había ido a verlo para hacerle preguntas y él intentaba contestarlas. Él siempre era el portador de malas noticias y no era raro que la gente se enojara con él e incluso le gritara. Muy pocos se disculpaban por sus reacciones o le agradecían, la gran mayoría sostenía que Bruno causaba todos esos problemas.
"Ya pasó", dijo Bruno a sí mismo "por fin voy a descansar"
Desafortunadamente para él, su madre tenía otros planes. Escuchó la puerta de su habitación abriéndose y Bruno se asomó para ver hacia abajo. Su madre estaba en la entrada con una sonrisa y acompañada de una pareja joven.
-Brunito, éstos son Josefa y Edgar- dijo Alma- están esperando un bebé y quieren saber si va a ser niño o niña-
Bruno gruñó para sus adentros y sintió un golpe de ansiedad acelerando el latido de su corazón. Estaba agotado y sabía que seguramente se desmayaría si tenía otra visión, pero también sabía que no podía decirle que no a su madre. ¡Quería que se sintiera orgulloso de él!
-Claro, mamá- dijo él forzando una sonrisa, enlazando las manos para que no las vieran temblar- pasen-
La pareja subió los escasos escalones hacia la cueva de visiones y se sentó frente a Bruno. Éste preparó su ritual: puso unas hojitas para quemarlas y tomó un puñado de sal para lanzarla detrás de su hombro antes de respirar hondo y repetirse que todo iba a estar bien.
"Por favor, que no sean malas noticias", pensó "quiero que mamá se sienta orgullosa"
Una vez que lo hizo, Bruno se puso de rodillas frente a la pareja y tomó las manos de la mujer.
-Aquí voy- dijo encendiendo sus ojos de color verde brillante. La arena se levantó a su alrededor creando un domo, y comenzó a mostrarle las imágenes: la mujer con el abdomen crecido y caminando feliz de la mano de su esposo, pero la siguiente imagen no era tan feliz: la pareja estaba llorando junto a una cuna vacía.
La visión terminó y se formó una tableta de cristal con la última imagen que había aparecido delante de ellos, de la pareja junto a la cuna. La mujer se echó a llorar al verla y el hombre sacudió la cabeza y arrebató la visión de las manos de Bruno. Éste apoyó las manos en el suelo tratando de recuperar el aliento. Se sentía mareado y todo le daba vueltas.
-No… no puede ser… debe ser un error- dijo Edgar.
-Lo… lo siento tanto- dijo Bruno respirando agitadamente.
El hombre pasó de la incredulidad al enojo, se levantó de golpe y se dirigió al adolescente antes de levantarlo del suelo y empujarlo contra la pared.
-¿QUÉ LE HICISTE A MI MUJER?¿A MI HIJO?- gritó.
-Yo… no hice nada- dijo Bruno asustado. Todo parecía darle vueltas y apenas estaba consciente, pero tenía miedo por la agresividad del hombre- yo solo veo el futuro, no puedo interferir…-
Pero aquello no pareció satisfacerlo, porque se separó un poco de él y lo golpeó en la cara con su puño antes de dejarlo caer al suelo. Bruno estaba aturdido, cayó de rodillas y apenas se detuvo con sus manos en el suelo.
Edgar levantó a su esposa y se la llevó de ahí, no sin antes gritarle a Alma desde la puerta de la habitación de Bruno.
-¡Ese muchacho es una maldición!- dijo antes de irse.
Mientras intentaba recuperar el aliento, Bruno sintió algo salado en sus labios. Estaba sangrando de su nariz y su labio estaba partido. Después de ese episodio estaba temblando y apenas podía mantenerse así, aún de rodillas y apoyando las manos en el suelo.
-¿Qué hiciste?¿Qué fue lo que les dijiste, Bruno?- demandó Alma. El muchacho no se había dado cuenta de que su madre había subido a la cueva de visiones.
-Yo…-
-Bruno, ¿no puedes intentar… tener visiones más positivas?- dijo Alma.
"No, porque eso no depende de mí", pensó Bruno, pero se sentía demasiado débil para contestar.
-Mamá… yo no…-
Pero no terminó su frase porque Alma dejó escapar un suspiro decepcionado y le dio la espalda para salir de ahí también.
-Tu don no está ayudando a la familia- dijo en un tono de decepción que Bruno había escuchado tantas veces de ella, antes de agregar- deberías ir con Julieta para que te cure-
Alma no se dio cuenta de que su hijo colapsó tan pronto como salió de la habitación.
-AAAAAAAAAAAAAAAHHHHH-
Bruno abrió los ojos asustado y se incorporó sin saber dónde estaba. Tardó unos segundos en caer en cuenta de que estaba en su cama, respirando agitadamente rodeado de la tenue luz de una vela que había olvidado apagar al irse a dormir.
Solo había sido un sueño, o mejor dicho un recuerdo de veinticinco años antes.
x-x-x
Habitación de Bruno
La mañana siguiente
Bruno había odiado su vida desde el momento en que descubrió el don que el milagro le había dado. El potencial de mirar hacia el futuro para las personas que vivían en el Encanto parecía ser algo que podría ayudar a los demás, pero lo había convertido en una especie de ave de mal agüero para todos. Podía verlo en los ojos de todos cada vez que caminaba por las calles, las miradas, las expresiones los murmullos cuando creían que no estaba viendo.
En su familia las cosas no eran muy acogedoras que digamos. Sus hermanas tenían a sus respectivas familias y sus trabajos en el pueblo, y apenas pasaban tiempo con él. Pepa se concentraba en provocar lluvia o días soleados para las cosechas y Julieta tenía que curar a todos los que resultaban heridos, lo que les tomaba la mayor parte de su tiempo, y sus cuñados estaban ocupados con los niños, ayudando a los mayores a aprender a su don y cuidando a los pequeños para que no se metieran en problemas.
Su madre no ayudaba para nada a que Bruno se sintiera en casa. Constantemente lo presionaba para que utilizara su don a pesar de los estragos que eso tenía en él, físicos y psicológicos. A estas alturas se desmayaba cada vez que era obligado a tener una visión, eso si el receptor de la visión no era lo golpeaba en la cara por darle una profecía que no le gustaba. ¿Y Alma? Siempre se ponía del lado del otro, siempre en contra de su hijo.
"¿Por qué no puedes ser más como tus hermanas, que están siempre dispuestas a ayudar?"
"Tu don no está ayudando a la familia"
"¿Por qué siempre me tienes que decepcionar?"
A sus cuarenta años, Bruno pasaba la mayor parte del tiempo escondido del mundo en su habitación, hablando solo con las ratas que entraban a su cueva de visiones para evitar las críticas de su madre, las expresiones de lástima de sus hermanas y las miradas asustadas de la gente. A veces pasa el tiempo cuidando a sus dos sobrinos más pequeños, Camilo y Mirabel, cuando sus cuñados necesitaban un respiro de cuidar a ese par.
Esa mañana toda la familia estaba emocionada por la ceremonia de Camilo que se llevaría a cabo esa noche, y aquella gran ocasión prometía grandes dolores de cabeza para él.
Desde que sus sobrinos comenzaron a cumplir la edad suficiente para recibir un don, Bruno llegó a odiar las ceremonias que su madre había inventado, invitando a todo el pueblo a presenciar el nuevo don que cada uno de los nietos iba recibiendo, lo que a él le parecía una excusa para que la gente entrara a husmear en su hogar, invadiendo su privacidad.
"¿Por qué tienen que recibir su don tan pequeños?", se preguntó en voz alta a sí mismo "aún no están listos para eso".
Bruno lo odiaba con todo su ser, le daba terror lo que estaba viendo que pasaba con sus sobrinos. ¡Con solo ver a la pequeña Luisa cargando todos los días con todo el trabajo rudo del pueblo a sus 8 años tenía escalofríos! Sus sobrinos estaban perdiendo su infancia por culpa de esos estúpidos dones. Y ni hablar de su propia experiencia.
Recordaba cuando tenía cinco años y había tenido su primera visión, se había asustado tanto que había llamado a su mamá y había llorado toda la noche por lo que había visto. O la primera vez en la que alguien lo había atacado físicamente por una profecía que no le había gustado.
Esa era en parte la razón por la que su cueva de visiones estaba mucho más lejos del suelo que cuando era niño: su habitación pareció sentir su misma aversión a las visiones que él mismo y se modificó para hacer más difícil que las personas subieran a pedírselas.
A pesar de su clara renuencia a utilizar su don, Alma lo obligaba a ver el futuro de todos quienes se acercaban a preguntar, sea algo tan trivial como el clima de la siguiente semana o qué iba a haber de comer. ¿Qué no podían esperar para averiguar algo que no era importante y que no cambiaría sus vidas?
Pero no, su madre siempre decía que tenía que ser todo, absolutamente todo lo que quieran esos habitantes del pueblo, que todos dependía de sus dones. ¿De qué les servía saber cuál era el destino de su estúpido pez dorado?
O cuando tenía visiones involuntarias en el comedor o la cocina, hacía volar las sillas y los utensilios de cocina. Su madre odiaba el desorden que causaba y lo forzó a detener esas visiones, pero cuando se resistía a ver algo que su don quería mostrarle le daba un horrible dolor de cabeza y sus ojos permanecían de color verde brillante como consecuencia de ello. Bruno odiaba éstos últimos porque sabía que asustaban a los sobrinos.
Mejor hubiera sido no tener un don. Mejor que su padre no hubiera muerto y haber tenido una vida y una familia normal.
Bruno apoyó la espalda en la pared y dejó escapar un largo suspiro. Todo le pasaba a él, él era quien era la oveja negra de la familia, él cargaba con el odio de todos. Sus hermanas eran felices, habían formado familias con hombres extraordinarios. Bruno sabía que no era justo que tuviera ese resentimiento hacia ellas, pero eso era otra cosa que el destino le había negado. O al menos su madre.
Cuando tenía alrededor de treinta años, Bruno se había enamorado de una mujer llamada María, quien fue la primera persona que lo hizo sentirse apreciado y valorado. Su actitud le había causado una pésima impresión a Alma, quien utilizó toda su influencia con las personas del pueblo para separarlos. Al final María terminó casándose con otro hombre, rompiendo el corazón de Bruno. Aquello era algo de lo que su madre estaba orgullosa incluso años después.
-La señora Guzmán me contó que esa María no puede tener hijos- dijo Alma casualmente mientras daba un sorbo a su copa de vino durante la cena una noche ante las miradas incómodas de los trillizos y de sus yernos- y parece que Pablo quiere dejarla, yo siempre dije que era una histérica. ¡De la que te salvé, Bruno!-
Y Bruno no podía hacer más que encoger los hombros. Sí, su madre estaba orgullosa de haber arruinado su única oportunidad de encontrar el amor y formar una familia como lo habían hecho sus hermanas. Ahora los únicos hijos que tenía eran sus ratas.
-¡Bruno!- escuchó la voz de Julieta desde la puerta de su habitación, haciendo eco en toda la habitación e interrumpiendo sus pensamientos- mamá dice que ya es hora-
Con un gruñido Bruno recordó la ceremonia.
-No voy a ir- le respondió Bruno desde lo alto de su cueva de visiones mientras acariciaba a Lola, una de sus ratas.
Hubo un breve silencio, y Bruno casi pudo ver la expresión de su hermana en su mente, frunciendo el entrecejo y con las manos en las caderas. Julieta era de sus dos hermanas la más comprensiva con él, pero aún estaba bajo el control de su madre, no muy diferente que el resto de la familia.
-Brunito, no quiero que te metas en problemas con mamá otra vez- dijo Julieta.
Ahí estaba, Julieta tratando de protegerlo. Ella había visto con preocupación cómo la relación entre su hermano y su madre estaba cada vez más deteriorada, pero en su mente lo mejor era no cuestionar las decisiones de su madre y hacer lo que ella quería. Eso había pensado Bruno también, pero ahora no estaba tan seguro.
-Pfff…- gruñó él, pero finalmente se puso de pie y bajó hacia la puerta para encontrarse con ella- ya, aquí estoy. ¿Contenta?-
-Mmm…- dijo Julieta sonriendo divertida al verlo tan desaliñado- prométeme que para la ceremonia de Mirabel al menos te vas a peinar-
-¿Qué tiene de malo mi cabello?- dijo él frunciendo el entrecejo.
Como respuesta, Julieta pasó sus dedos por el cabello de su hermano, acomodándoselo un poco antes de detenerse, con una expresión no satisfecha sino resignada. Bruno sonrió levemente, sintiéndose por un momento como cuando era un niño pequeño y Julieta le arreglaba el cabello. Su hermana le ofreció su mano con una sonrisa.
-Vamos, hermanito-
Bruno tomó un puñado de sal para lanzarlo hacia atrás y tomó aire antes de tomar la mano de su hermana y salir de su habitación rogando mentalmente que todo saliera bien.
Tan pronto como bajaron la escalera de su torre y se asomó por el balcón frente a la multitud, las risas y las charlas abajo se callaron de pronto. No era de sorprenderse, esa era la actitud que todos en el pueblo tenían con él. Vio a Julieta fruncir el entrecejo molesta por la reacción a la presencia de su hermano y pasar la mano por la cintura de él para abrazarlo, como para que por medio de ella todos vieran que no había nada que temer, pero Bruno sabía que era en vano.
-Está bien, Julieta, ya estoy acostumbrado- dijo él.
-No, no está bien…- dijo ella, pero Bruno no estaba escuchando porque algo se agarró de su pierna derecha.
-Tío Bruno-
Bruno sonrió ampliamente al ver a su sobrina. Esa Mirabel tenía un imán para encontrarlo cuando estaba sintiéndose triste y siempre lograba animarlo con sus ocurrencias, como si tuviera un sexto sentido al respecto. Se inclinó para levantarla del suelo, mirándola con una sonrisa y tocando su nariz con la de él.
Su sobrina llevaba puesto un vestido amarillo y llevaba en la espalda unas alas de papel mal pegadas con cinta adhesiva.
-¿Qué es esto?¿Hoy eres una mariposa?- dijo Bruno. Mirabel asintió varias veces, sus rizos cubriendo sus ojos cada vez que lo hacía.
-Sí. Mamá me dejó usarlas para la fiesta de Camilo- dijo ella.
"Ah sí, la ceremonia", pensó Bruno borrando su sonrisa, pero sintió la manita de Mirabel dándole topecitos a su nariz.
-¿Vamos por dulce?- dijo de pronto la niña.
-Claro, vamos a la cocina- dijo Bruno.
-Hay mucha gente- dijo la pequeña señalando el camino a la cocina, como indicándole que iba a ser difícil llegar hasta allá.
-Eso no es problema- Bruno sonrió travieso y comenzó simplemente a caminar hacia las escaleras, mirando a la gente con el ceño fruncido, cosa que hizo que muchos se apartaran del camino con miedo. Aquello no alarmó a Mirabel, al contrario.
-Wooow, tío. ¿Tu don es mover a las personas con la mente?- dijo la niña emocionada.
-No, pero eso me gustaría, mariposita- dijo Bruno cuando llegaron a la cocina, poniendo a Mirabel sobre la mesa y acercándole una bandeja con bocadillos para que lo eligiera- quizá ese será tu don-
Una risita escapo de la pequeña mientras que tomaba dos alfajores en sus manitas, poniendo uno en la mano libre de Bruno y llevándose el otro a la boca. Bruno la miró con una sonrisa triste, rogando en silencio que Mirabel siguiera siendo tan sonriente y feliz después de su propia ceremonia en cuatro meses.
El ruido de un tambor les indicó que la ceremonia estaba a punto de comenzar, así los dos volvieron al patio, al pie de la escalera que casita había hecho para Camilo junto con Julieta y el resto de la familia, y esperaron pacientemente a que la abuela caminara con la vela hacia ella. Luego de un aburrido discurso, Camilo comenzó a caminar hacia la nueva puerta.
Bruno lo observó. Por suerte el niño había heredado la confianza de Félix, así que no estaba tímido ni nervioso por la atención que le prestaba la gente, sino parecía estar impaciente por llegar a esa puerta y abrirla para mostrarles a todos su don. Bruno notó que llevaba puesta la misma ruana blanca que él mismo había usado cuando por primera vez abrió su puerta.
"Espero que eso no sea mala suerte para Camilo", pensó, dando unos golpecitos en la madera del barandal de la escalera.
-Toco madera- dijo en voz baja, y al parecer aquello le pareció divertido a Mirabel porque rió y lo imitó, dando unos golpecitos también.
-Jijiji… toco madera- dijo ella, pero eso no distrajo a Bruno de sus pensamientos sobre su sobrino.
¡Pobre Camilo! Hacía unos días se había topado con él por accidente en la cocina, a la mitad de la noche cuando había bajado por comer. Su sobrino había estado robando golosinas de la alacena cuando Bruno tuvo una visión involuntaria que no pudo controlar. Ver a Bruno en la oscuridad con sus ojos brillando de color verde siniestro, con Lola sobre su hombro y los trastos de la cocina volando a su alrededor fue suficiente para que el pobre chiquillo se desmayara del susto. El enojo de Pepa casi causó una inundación en el Encanto por más que Bruno le explicó que no había sido a propósito pero eso no convenció a Pepa. Desde entonces, el pobre niño siempre huía cuando lo veía.
Regresó al presente cuando Mirabel saludó a Camilo con la mano al pasar y éste imitó la acción antes de pasar rápidamente y detenerse ante la puerta que acababa de aparecer. Tocó la vela que la abuela le ofreció y después el pomo, el cual se iluminó y dio paso a que la puerta cambiara mostrando la silueta del niño.
-¿Ya fue todo?- Bruno escuchó a Mirabel preguntarle a Julieta cuando al parecer no pasaba nada- ¿cuál es su don, mamá?-
Camilo se volvió hacia ella y, para sorpresa de todos, se transformó en un clon de Mirabel, acercándose a la asombrada niña y dándole un tope en la nariz con su dedo. Después se transformó en la abuela, en Pepa y en Félix para asombro de la multitud, que aplaudió emocionada.
Camilo tenía el don de cambiar de forma.
-¡Tenemos un nuevo don!- anunció la abuela visiblemente orgullosa mientras todos los presentes volvían a aplaudir.
La puerta de Camilo se abrió para revelar una enorme habitación llena de espejos de distintos tamaños, lo que parecía ser un teatro, una recámara con una suave cama y un librero lleno de álbumes de fotografías, Bruno supuso que era para que practicara sus transformaciones.
Una vez terminada la ceremonia e iniciada la fiesta en la habitación de Camilo, Bruno comenzó a escabullirse entre la gente para llegar a su torre donde por fin estaría tranquilo. Alcanzó a ver a Pepa y Félix bailando sonrientes antes de alcanzar la escalera de su torre.
-¿Tan pronto te vas? La fiesta acaba de comenzar-
Bruno dio un respingo de sorpresa y se volvió para ver a su otra hermana. Se volvió hacia ella sosteniéndose su brazo derecho con la mano izquierda, evidentemente sin muchas ganas de tener esa conversación.
-Sabes que no me gusta…- dijo. No necesitaba decir mucho, Julieta lo entendía.
-Te subiré algo de comer- dijo Julieta. Bruno iba a decirle que eso no era necesario, pero ella agregó- no es pregunta-
El hombre solo asintió agradecido y desapareció de su vista tras subir las escaleras, pensando que al menos su hermana estaba intentando pasar tiempo con él, pero odiaba que lo mirara con lástima. Antes de cerrar la puerta alcanzó a escuchar a su sobrina hablando con Julieta.
-Mami, ¿por qué tío se fue de la fiesta?-
-Mira, hay personas que se sienten incómodas cuando hay muchas personas- dijo Julieta- está bien, vamos a llevarle algo de cenar. ¿Me ayudas a elegir?-
-Siiii- dijo ella- ¡yo sé lo que le gusta!-
Bruno cerró la puerta con una sonrisa, pensando que Mirabel tendría un don muy especial porque siempre podía ver si alguien necesitaba animarse.
A pesar de ello, puso una mano en su pecho y sintió su corazón latiendo rápidamente. Se sentían ansioso, como si una mano invisible estuviera apretando su cuello. Se apoyó en su puerta y comenzó a darle golpecitos.
-Toc toc toc toco madera- dijo en voz baja.
La paz de su habitación y el suave sonido de la arena cayendo comenzaron a calmar sus nervios, pero no fue hasta que subió a su cueva y se sentó en el suelo, habiendo encendido algunas hierbas aromáticas, fue que por fin comenzó a calmarse.
-Esto está bien- dijo a sí mismo como un mantra- todo está bien-
Cerró los ojos comenzó a escuchar el suave ruido de la arena cayendo en el reloj y el sonido de las ratas caminando de un lado a otro en su cueva. Dos ratas enormes salieron de su escondite y comenzaron a caminar a su alrededor emitiendo un chillido.
-Margarita, Clara, denme un momento- dijo Bruno mientras respiraba hondo.
Las ratas parecieron obedecerlo y junto a Lola se quedaron quietas, mirando a su amo hasta que su respiración se calmó por fin. Acarició la cabeza de Lola, aquello le ayudaba a sentirse mejor.
Aun estaba relajándose en ello cuando sintió el repentino y familiar dolor de cabeza y ardor en sus ojos que le indicaba que una visión espontánea quería presentarse ante él.
"Ugh, ahora no", pensó Bruno con la idea de resistirse. Estaba cansado ya por las interacciones que había tenido en el día, esto era lo peor que podía pasar. Pero si se resistía sus ojos permanecerían brillantes todo el día y asustaría a Mirabel cuando llegara más tarde con Julieta para dejarle algo de cenar, y no quería hacer eso. No tenía opción, vería lo que su don quería mostrarle.
-Bien, bien, lo haré- dijo Bruno en su tono resignado mientras sus ojos se encendían de verde brillante- muéstrame eso que tanto quieres…-
La arena comenzó a subir a su alrededor formando un domo que comenzó a mostrarle las imágenes de una ceremonia, Bruno supuso que sería la de Mirabel porque era la única de sus sobrinos que aún no recibía su don. Y tal como lo había sospechado, vio a su pequeña sobrina caminando tímidamente hacia su puerta, extendiendo su mano para abrirla y descubrir su don. Bruno pensó que esa sería una buena visión, pero pronto se dio cuenta de lo equivocado que estaba al ver la puerta desapareciendo y a la abuela mirando asustada a la niña.
-No…- dijo en voz alta, sacudiendo la cabeza ante la imagen de Mirabel llorando sola en el suelo de la habitación de niños- no puedes hacerle esto a Mirabel-
A pesar de que Bruno siempre había pensado que sería mejor que no tuvieran dones, también se imaginaba lo horrible que sería la vida de uno de sus sobrinos sin ellos. Sabía que su madre solo valoraba a su familia por sus dones y lo que podían hacer por la gente del Encanto.
La visión aún no había terminado así que Bruno siguió mirando. En la siguiente imagen su sobrina estaba más grande, quizá de catorce o quince años, junto a otro niño que no conocía y que estaba abriendo una puerta mientras que Mirabel observaba la escena con una expresión llena de tristeza.
Y finalmente la parte más terrible. Vio con horror la vela mágica apagándose y la casa rompiéndose. Y frente a casita vio aparecer a Mirabel. Entonces la visión terminó y Bruno tomó en sus manos temblorosas la placa de cristal. Vio que la casa se destruía y reparaba detrás de la figura de Mirabel.
¿Qué rayos significaba eso?
Bruno no tenía idea. Tampoco sabía que hacer. Se dejó caer al suelo tratando de recuperar el aliento después de lo que había visto.
Mirabel no va a tener un don. Y va a destruir la magia… o no.
¿Acaso debía alertar a la familia de lo que estaba a punto de pasar? Probablemente no.
Para empezar, su madre lo culparía por haber visto ese futuro y comenzaría a tratar a Mirabel como lo trataba a él: sabía que Alma solo valoraba los dones de la familia, si llegaba a ver que uno de sus nietos no tenía don… sería tratado como si no fuera de la familia. No podía hacerle eso a alguien tan dulce como Mirabel, era mejor dejarla disfrutar los últimos meses en los que su abuela la miraría con cariño.
Bruno apretó las manos enojado. ¿Por qué?¿Por qué la magia le había hecho eso?
Tenía varias opciones. Decirle a su madre sobre esa visión y condenar a su sobrina favorita a una vida como la suya, no solo sin valor a los ojos de la familia y del Encanto, sino despreciada por ser la causa de una futura falla en la magia. Eso no lo haría nunca, tenía que protegerla.
La segunda opción era esconder esa visión y hacer como si nada, y cuando eventualmente Mirabel no obtuviera un don aprovechar esa excusa para desaparecer de casita y del Encanto sin decir nada, pero eso tendría el mismo efecto en la abuela, con el agregado de que culparían a Mirabel por su desaparición. Al menos con esa opción no la culparían por la pérdida de la magia y la ruptura de su hogar.
Aún había una cosa más que Bruno podía hacer, pero…
-¡Tío Bruno!- canturreó la vocecita de Mirabel, resonando desde la puerta de su habitación- ¡te trajimos de cenar!-
Bruno dio un respingo de sorpresa y se sacudió rápidamente la arena de su ropa y de su cabello. No quería que Julieta supiera que acababa de tener una visión.
-Ya voy- dijo en voz alta mientras bajaba apresuradamente hacia la entrada de su habitación y se encontraba con Julieta y Mirabel en la puerta. Julieta le había llevado una bandeja paisa y Mirabel llevaba algunos pastelitos en su plato.
-Te traje todos los postres que te gustan- anunció Mirabel con una sonrisa orgullosa.
-Le expliqué que no podías comerlos todos, pero ella insistió- dijo Julieta.
-Está bien- sonrió Bruno, poniéndose en cuclillas para ver a Mirabel. La pequeña sonreía ampliamente, sin duda emocionada por el don que nunca llegaría y la fiesta que se arruinaría cuando todos se dieran cuenta de ello. No quería ver la expresión de decepción en esa carita. Tomó el plato con pastelillos con una sonrisa triste y revolvió los cabellos de la pequeña antes de añadir en un susurro- me los comeré todos-
Los ojos de Mirabel brillaron y dio unos saltitos emocionados. Bruno se incorporó y tomó el plato de su hermana.
-Parece que tú también quieres alimentarme- dijo.
-Te ves un poco delgado últimamente, te haría bien comer más- comentó Julieta, poniendo una mano en su hombro y sonriéndole antes de volverse a su hija- vamos, Mira, ya van a empezar los fuegos artificiales-
-¡Siiiiii!- dijo Mirabel saliendo de la habitación seguido de Julieta.
Bruno cerró la puerta y se sentó en el suelo. No tenía apetito después de la visión que había tenido, pero miró la comida y entrecerró los ojos.
Tenía una última opción para arreglar el problema, pero esa era quizá la peor que podía elegir. Esa opción lo convertiría en una paria en su casa y en el Encanto, se ganaría el odio en los ojos de todos.
-Pero ya son una paria en este pueblo- dijo Bruno- y a los ojos de mi madre no sirvo de nada…-
Frunció el entrecejo y asintió decidido. Y si iba a hacerlo, estaba en su mejor interés comerse esa cena porque sería una larga noche. Una vez que engulló la mayor parte de lo que Julieta le llevó, subió a su cueva de visiones para tomar un bolso y guardar los bocadillos en su interior, los iba a necesitar más tarde. También buscó entre sus cosas e introdujo al bolso una navaja, un cambio de ropa y algunas otras cosas que creyó que le serían útiles. ¿Dinero? No tenía, pero ya le las arreglaría.
Parecía que su habitación resentía la despedida inminente, porque parecía temblar.
-Lo siento, casita, no puedo quedarme- dijo Bruno mientras que recogía a Margarita, Clara y Lola y las ponía en su hombro izquierdo- es lo único que puedo hacer para evitar que ese futuro ocurra-
Una vez que estuvo listo, quebró la visión y escondió los fragmentos con cuidado debajo de la arena, de modo que nadie la encontrara. Una vez que se aseguró que ninguna pieza estuviera a la vista, Bruno bajó de su cueva de visiones y caminó hacia el reloj de arena, escondiendo su mochila en una esquina donde estuviera accesible. Sonreiría como si no sucediera nada cuando Julieta llegara a recoger su plato y cuando todos los invitados se fueran. Esperaría pacientemente a que todos se fueran a dormir y entonces llevaría a cabo su plan.
Una de las ratas que estaban en la capucha de su ruana chilló y caminó por su espalda hacia su hombro. Bruno la tomó en sus manos.
-No empieces tú también- dijo Bruno acariciando su cabeza- no tenemos opción, Margarita-
La rata chilló otra vez.
-No temas, te prometo que no te quedarás sin comer. Nos arreglaremos- dijo acariciando la cabeza de la rata antes de devolverla a su hombro. Respiró hondo mirando hacia la puerta. Sabía que su familia no lo perdonaría después de eso, esperaba que al menos Mirabel lo hiciera.
x-x-x
Comedor de la casa Madrigal
A la mañana siguiente
Mirabel no recordaba la última vez que había dormido en la habitación de su madre pero no se quejaba. La noche anterior iba a ser la primera que pasaba sola ya que Camilo había obtenido su puerta. De hecho, ella recordaba haberse ido a dormir sola después de la fiesta y haber despertado en los brazos de su madre, y recordaba algunos gritos. O quizá eso solo fue un sueño.
Pero esa mañana Mirabel despertó en la habitación de su madre y entre sus brazos. Para cualquier persona que viera a Julieta era evidente que no había dormido nada y apenas se había separado de su hija para dejarla vestirse, pero la había acompañado todo el tiempo.
Cuando ambas bajaron al comedor y tomaron asiento en la mesa, Mirabel saludó a todos con una sonrisa, pero al mirar a su alrededor notó que los adultos parecían serios y sombríos, no como se los imaginaba la mañana después de la ceremonia de Camilo. Dolores y sus hermanas también la estaban mirando de reojo con preocupación.
Sin entender, la niña miró al resto de ellos. Pepa y Félix parecían estar un poco molestos, pero nada parecido a lo como se veía su padre. Agustín apretaba las manos furioso de una manera que jamás había visto. Y la abuela se veía triste y molesta en partes iguales.
El único en esa mesa que no parecía preocupado era Camilo, quien intentaba sin éxito animar a todos con sus transformaciones ya que él tampoco entendía que estaba pasando o porqué todos estaban tan serios.
Fue entonces cuando Mirabel notó que faltaba una persona en la mesa, el espacio vacío en una esquina de su habitación donde normalmente se sentaba su tío.
-Buenos días- dijo la abuela con una expresión tensa que pretendía que todo estaba bien- ya que estamos todos, vamos a comenzar el desayuno…-
-Abuelita, falta alguien- dijo Mirabel de pronto- ¿dónde está tío Bruno?-
Todos la miraron de una manera que la hizo sentir incómoda, como si no supieran qué responderle y se sintieran mal por ella. Mirabel comenzó a preocuparse mientras buscaba con la mirada a sus padres para que dijeran algo, pero ninguno de los dos respondió.
-A partir de hoy, en esta casa no se habla de Bruno- dijo la abuela seriamente.
-Pero…-
-Ni una palabra más, Mirabel- dijo la abuela en un tono severo que nunca había usado antes en ella- vamos a desayunar-
Mirabel no entendía nada, pero decidió no reclamar. Tomó su desayuno en silencio mientras que miraba de reojo el sitio vacío de su tío y las expresiones de dolor y enojo del resto de su familia. Nadie más se animó a agregar nada.
Una vez que terminaron y que Julieta se quedó recogiendo la mesa, Mirabel se acercó a cuestionarla.
-Mami, ¿qué pasó?¿Por qué abuelita no quiere hablar de tío Bruno?- dijo.
Julieta se volvió hacia ella con ojos cansados y llenos de lágrimas, de una manera en la que jamás la había visto. Mirabel se sintió terrible al verla llorar y se cubrió la boca con las manos asustada.
-Perdón mamá, no llores…-
-No, no, no, nada es tu culpa, bebé- dijo Julieta poniéndose de rodillas frente a ella para mirarla a los ojos. Se forzó a sí misma a sonreír y acarició el cabello de su hija- lo que pasa es que Bruno… él se fue-
-¿Se fue?- dijo ella decepcionada al escuchar eso- ah, ya sé porque todos están tristes. Lo van a extrañar, pero estarán bien cuando regrese-
-Sí, no te preocupes- dijo Julieta abrazándola y reprimiendo un sollozo con un espasmo que la pequeña no notó. Después de un largo abrazo, la mujer se separó y la miró de nuevo- hey, sé que hoy ibas a ir con Isabela a entregar las flores, pero mejor vamos a hacer alfajores de postre para la comida, ¿qué te parece?-
-¡Si!-
Todo el asunto de Bruno se olvidó y no se volvió a mencionar en la casa.
Lo cierto es que los siguientes días los adultos se volvieron un poco sobreprotectores con Mirabel. Esa mañana que la niña había salido para recoger moras en la orilla del bosque detrás de la casita, algo que siempre hacía sola, pero esta vez Isabella la acompañó y la visita fue más breve que de costumbre. Cuando fue al arroyo a jugar con Camilo y los otros niños unos días más tardes, tío Félix y su papá fueron a vigilarlos.
En pocas semanas todo volvió a la normalidad y el nombre de Bruno no fue mencionado de nuevo en la casita, mucho menos en presencia de la abuela, hasta que poco a poco los niños se olvidaron de él.
Pero en el pueblo corría el rumor de que Bruno Madrigal hecho algo imperdonable la noche de la ceremonia de su sobrino, y que después de ello desapareció sin dejar rastro. Comenzaron a correr varios rumores, de que aún regresaba al Encanto para intentar terminar con lo que había comenzado, y nadie quería toparse con él.
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Fuera de la casa Madrigal
Cuatro meses después
La música y las celebraciones por la ceremonia del don de la nieta menor de Alma Madrigal se detuvieron súbitamente cerca de las siete y media de la noche. La gente comenzó a regresar a sus casas arrastrando los pies y con idénticas expresiones preocupadas por lo que acababan de presenciar.
En esos momentos, Bruno Madrigal se encontraba fuera de la casita, mirando en silencio lo que acababa de suceder y escuchando los murmullos de la gente conforme salían. Ya sabía que había pasado incluso antes de que sucediera.
-No puedo creer que magia esté fallando…-
-¿Habrá algo mal con esa niña?-
Podía escuchar las voces que provenían de la habitación de los niños, justo sobre la puerta principal de la casita.
-¿Estás segura de que no quieres que duerma aquí esta noche para que no estés solita?- escuchó la voz de Luisa llena de preocupación.
-Estoy bien, Luisa, en serio- la voz quebrada de Mirabel le causó una fea sensación.
-Bueno, si cambias de opinión me dices…- dijo Luisa sin estar muy segura
Escuchó a Luisa cerrar la puerta de la habitación y casi de inmediato comenzó un leve sollozo apenas audible que provenía de esa ventana. Mirabel había fingido estar bien pero Bruno sabía que no lo estaba, y que no lo estaría. Si su visión estaba en lo correcto, que era lo más probable, las cosas iban a ponerse cuesta arriba para ella.
"Lo siento, Mirabel, te fallé. Todo esto es culpa de tu familia", pensó Bruno ajustándose la capucha de su ruana y caminando para alejarse de la casita.
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CONTINUARÁ…
¡Hola a todos! Sé que dije que escribiría otro fic de Miraculous pero… Encantó sucedió y pues aquí estoy. Este fic es de pocos capítulos, y los que están acostumbrados a leerme, esta vez no les prometo actualizar cada 2 días, el mundo real no ha tenido piedad conmigo y tengo mucho que hacer. Lo que sí les prometo es que el fic está todo escrito y no lo abandonaré.
Espero que les guste. Nos leemos pronto.
Abby L.
