—Pues sí, sacerdotisa —dijo Kaelin—. ¿Por qué te cuesta tanto creerlo?

—Es que sencillamente no me puedo imaginar a alguien como tú como sacerdotisa. No tienes la cara de una.

—Tienes razón, tengo cara de reina —se burló ella aparentando petulancia—. Y tú, Kenny, tienes la cara de mi bufón preferido.

Él la miró con ojos entrecerrados, pero no dijo nada. Estaban en un campamento sentados frente a una fogata. Había más gente de la que ella era capaz de contar, pero sorprendentemente el ambiente estaba bastante tranquilo y silencioso. Seguramente la mayoría de esas personas estaría ebria a esas alturas, pues apenas quedaba alguien en pie. Hacía ya un rato que el día llegó a su fin y las estrellas inundaban la bóveda del cielo.

Kaelin tomó un odre de cerveza que alguien le dio en algún momento del día, ya ni recordaba quién, y se bebió un buen trago. ¡Le pusieron mucho trigo! pensó divertida, pues sabía reconocerlo. Acto seguido suspiró y se estiró soltando unos alaridos exagerados. Cuando terminó, miró hacia su amigo, quien observaba a su alrededor, incómodo. Seguramente se fijaba si alguien habría volteado a verlos a causa del alboroto que ella acababa de provocar. Se rio abiertamente de él. El pobre era tan vergonzoso.

—¿Te das cuenta de lo que digo? —exclamó él con los dientes apretados—. Una ridícula como tú jamás sería sacerdotisa. —Se cruzó de brazos mirándola con el ceño fruncido.

—Es tu problema si quieres creerme o no —replicó ella distraídamente, mirando una piedra que había por ahí como si fuese el objeto más interesante del mundo. Un silencio incómodo imperó por un largo rato hasta que ella se hartó y miró a su amigo. Él la observaba atentamente, como si estuviese esperando algo.

—¿Qué tanto me miras? —soltó Kaelin al final, rompiendo el silencio y la tensión que comenzó a sentir a causa de la impaciencia.

—¿Me vas a decir o no? —quiso saber él, contestando su pregunta con otra pregunta.

—¡¿Decirte qué?! —exclamó ella, furibunda.

—El cómo una bestia como tú por poco se convierte en sacerdotisa.

Kaelin suspiró fastidiada y dejó caer el odre a un lado. Miró a su amigo echando chispas por los ojos.

—Está bien —accedió—. Pero te advierto que vayas al baño ahora. Porque estaremos un buen rato aquí, y odio que me interrumpan.

—Creo que podré aguantar lo suficiente —murmuró él con una cara inexpresiva.

—Pues bien...

. . . . . . . . . . . . . . .

En el pasado era normal que las granjas abundasen al norte de Lordaeron. Ésta siempre fue una tierra fértil. Al oeste del reino estaban los Claros de Tirisfal, y en él, las granjas de mayor prestigio del país. Esto era debido a que sus cosechas eran enviadas a la Ciudad Capital. Por esto, los granjeros de la zona siempre se esforzaban al máximo, esperando de esta forma ganarse el beneplácito de la familia real que allí moraba.

A la joven Kaelin le hacía ilusión pensar que el trigo que ella ayudaba a cosechar a su madre, pudiese terminar siendo molido, convertido en harina y usado para el pan de la mañana que comiese el mismo rey Terenas Menethil.

Ella era la hija única de un joven matrimonio. Su padre era un familiar lejano de los Solliden, quienes eran los regentes de esas tierras del norte y le gustaba presumir de ello. Su apellido era Solli, y Kaelin estaba segura de que algún antepasado de ella lo habría cambiado a propósito para demostrar que su reclamo de parentesco era legítimo.

Como si esas cosas importasen pensaba Kaelin en su fuero interno. Todo ese tema del vasallaje y los lazos familiares como evidencia de estatus social eran cosas que estaban fuera de la comprensión de una niña que acababa de cumplir los ocho años.

Lo único que ella necesitaba en su vida era su pequeña granja, su familia y el trigo para cosechar. Ella solía reír diciendo que tiene una relación íntima con el trigo, puesto que sus cabellos eran del mismo color. Tanto era así que su madre la llamaba con el apodo de Trigueña. Los otros niños que vivían cerca de su granja solían quejarse de aquellas veces que sus padres los obligaban a trabajar en la labranza de la tierra. Pero Kaelin no llegaba a comprenderlos. En verdad disfrutaba sus labores cultivando y cosechando trigo. Aunque su parte favorita era verlo crecer, fuerte y sano; sintiendo algo similar al orgullo al contemplar su obra.

Por tanto, su día a día rara vez se salía de su programa habitual. Levantarse temprano, desayunar, ayudar a su madre a hornear pan, comerlo junto al almuerzo, salir a trabajar con su querido trigo, cenar con su familia y comer el pan que hubiese sobrado del mediodía, escuchar historias e irse a dormir para luego repetir el mismo horario.

Las historias que sus padres le contaban albergaban un doble propósito. Divertir a su hija y al mismo tiempo enseñarle cosas del mundo más allá de la granja. Como eran granjeros sencillos, difícilmente podrían costear un profesor para ella. Así que intentaron educarla como mejor pudieron. Los números siempre fueron un problema para Kaelin y nunca mostró mucho interés en ellos. Pero cuando le enseñaban de historia sus ojos siempre brillaban de emoción. De esta forma, aprendió a leer con rapidez. Con el tiempo, se volvió costumbre que le contasen diversos cuentos antes de dormir, aunque los que más le fascinaban a Kaelin, eran las historias de sus padres.

En esos lugares era común que ciertos granjeros, en la juventud, decidiesen prestar servicio militar para de esta forma llevar más dinero a sus familias. Por lo que no era de extrañar que John Solli, el padre de Kaelin, se presentase al cumplir los dieciocho años de edad. Fue en ese lugar donde conoció a Karla, quien terminó convirtiéndose en su esposa y posteriormente la madre de su única hija.

Las historias favoritas de Kaelin eran con gran diferencia aquellas que sus padres trajeron de sus tiempos en el servicio militar de Lordaeron. Aquellas anécdotas de patrullajes, de ataques a bandidos, gnolls, kóbolds y todas aquellas bestias que Kaelin solo conocía de nombre. Hacían volar su imaginación, viéndose a sí misma como una poderosa guerrera que lograba hacer retroceder un mal sin nombre, recibiendo aclamaciones al desfilar por las calles de la Ciudad Capital en una ceremonia hecha en su honor, para finalmente arrodillarse en el salón del trono y recibir el reconocimiento del rey Terenas.

Las fantasías que todos los niños de su edad tienen alguna vez.

Aunque si bien era cierto que sus padres habían cumplido con el período de servicio que les correspondió, ellos no estaban libres de negarse a acudir en caso de ser llamados. Solo se encontraban con el permiso del rey. Esta condición se extendía a todos aquellos que hubiesen prestado su servicio militar. No obstante, todos y cada uno de ellos era plenamente consciente de este hecho. Mas no les implicaba preocupación alguna. Lordaeron contaba con un gran ejército de soldados profesionales.

Ellos eran capaces de proteger el reino. Solo en caso de extrema necesidad existía la pequeña posibilidad de que algún granjero fuese invocado, aludiendo a sus años como militar.

La vida de Kaelin Solli fue, hasta ese entonces, bastante sencilla. Una noche como cualquier otra, se fue a la cama alegremente mientras intentaba imaginar la historia que sus padres le narraron hacía tan solo unos momentos.

Mientras, sin que ella ni nadie en Lordaeron lo supiera, al sur, muy lejos al sur, la ciudad de Ventormenta ardía.

Hacía ya un tiempo en ese entonces que terminó la temporada de cosechas y ya había llegado el invierno. La nieve estaba cubriendo toda Tirisfal y la tierra parecía dormir bajo su gélido manto. Como la época de cultivo llegó ya a su fin, John Solli había reunido y empaquetado el excedente de trigo para luego viajar en una carreta tirada por su único caballo hacia la ciudad de Rémol, cerca de la Capital, para venderlo, puesto que era en invierno cuando los precios subían considerablemente. En alguno de los viajes, John llevaba a Kaelin con él. No porque necesitase de su ayuda, sino porque sabía que las ocasiones en que ella pudiese dejar la granja eran muy escasas.

Así fueron pasando las semanas. El invierno se había ensañado con la tierra de agricultura. Todo lo que pudo haber seguido creciendo allí había muerto. Eso entristeció en parte a Kaelin, pero no encontró más remedio que aceptarlo, pues tal era la naturaleza de las cosas. En algunos días ella salía a jugar fuera, junto a los demás niños de los alrededores. Entonces la frialdad del invierno daba la impresión de derretirse ante la calidez de la risa de los niños. Los días se volvieron más cortos de esa forma y Kaelin esperaba que comenzase la primavera para dedicarse a los cultivos una vez más. Como todos los años.

Un día, unas pocas semanas después del inicio del invierno, su padre la llevó a la ciudad de Rémol a vender la cosecha que aún conservaban.

Ese día, la ciudad le pareció que estaba más agitada que en otras ocasiones. Kaelin vio algunas guarniciones de soldados que marchaban al sur del poblado. Vio gente en las calles que hablaban entre ellos con una evidente tensión creciente. Le pareció haber escuchado la palabra "guerra". Su padre se detuvo en una posada a hablar con el tabernero, ansioso por noticias. Pero Kaelin salió un momento fuera. Vio más y más soldados que desfilaban. Vio carros que cargaban una gran cantidad de armas y armaduras. Todo en dirección sur, hacia la Ciudad Capital.

Su padre salió de improviso y la tomó de la muñeca.

—Debemos regresar a casa.

—¿Por qué? Aún queda bastante grano que vender.

—La gente de por aquí ya no tiene interés en comprar eso.

—¿Qué sucede? —preguntó Kaelin, asustada.

Su padre se agachó y puso ambas manos en las mejillas de su hija.

—Nada malo, pequeña —dijo entonces rápidamente—, ¡parece que están preparando un espectáculo para el rey Terenas y la gente de la Capital!

A Kaelin se le iluminaron los ojos.

—¿Podemos ir a verlo? —preguntó con una gran sonrisa infantil. Su padre la miró sin saber qué decir por un momento.

—No sería justo que no llevásemos a tu madre. Se pondría muy triste si fuésemos sin ella —se excusó mientras soltaba una risa nerviosa, intentando parecer animado.

—Ah, bueno —dijo Kaelin bajando la cabeza, entristecida.

Mientras regresaban a casa, él no dijo ni una sola palabra y su semblante estaba teñido de preocupación y amargura.

Al llegar, su padre se llevó a su esposa a una habitación. Fuera, Kaelin intentaba oír lo que decían, pero no era capaz de entender las voces amortiguadas.

Los siguientes días estuvieron cargados de una aplastante tensión. Su padre salió muchas veces de la casa sin decirle a su hija dónde iba. Los otros niños ya no salían a jugar con la nieve. Era como si todos los ánimos en la granja se hubieran marchitado de la misma forma que lo hizo el trigo al caer el invierno. Su madre pareció estar más apegada a ella, pues la abrazaba con frecuencia y le contaba sus historias favoritas antes de dormir. Un día, Kaelin la había encontrado mirando fuera por la ventana y su cara reflejaba la mayor de las incertidumbres. Pero cuando reparó en la presencia de su hija, su expresión cambió, aunque de manera notoriamente forzada, y le sonrió.

Hasta que finalmente, una tarde, llamaron a la puerta. Karla se levantó del asiento en que se encontraba sentada de golpe a causa del sobresalto que sintió al escuchar la llamada. Se quedó pasmada en el lugar para finalmente soltar un sonoro sollozo. Llamó a su marido y le ordenó a su hija que fuese a su habitación y se quedase allí por un rato. Lo último que Kaelin vio al cerrar su puerta, fue que la persona que había llegado sorpresivamente a la casa estaba ataviada con una armadura y un tabardo con el emblema de Lordaeron.

Kaelin sabía que si la pillaban espiando la iban a regañar, por lo que intentó ser lo más cauta posible. Abrió la puerta de su habitación lentamente y con sumo cuidado hasta que pudo mirar por una rendija no más gruesa que una aguja de coser. Ahí vio a sus padres hablando con un soldado del reino. No era capaz de distinguir muchas palabras.

—...dicen que vienen hacia aquí... el rey Terenas... llamamiento... Alianza... —el soldado mantuvo un carácter imperturbable.

Pero en ese momento su madre levantó la voz, como movida por la histeria y Kaelin pudo escucharla a la perfección.

—¡Pero si tenemos una niña!

Su marido la tomó de los hombros e intentó tranquilizarla. Finalmente, los dos miraron hacia la habitación de su hija. Kaelin dejó de respirar, con la esperanza de que no la descubriesen espiando la conversación.

Después del exabrupto de su madre, los tres comenzaron a hablar más levemente y Kaelin ya no fue capaz de entender ni una sola palabra.

Finalmente, el hombre armado se fue de la casa. En el instante en que la puerta principal se cerró, Karla abrazó a su esposo y hundió la cabeza en su pecho. Por la manera en que temblaba, Kaelin supo que estaba llorando. John Solli abrazó fuertemente a su esposa, y se quedaron ahí parados, abrazados, por un largo rato. Hasta que Kaelin ya no fue capaz de seguir observando y lentamente, sin hacer ruido, cerró la puerta.

—Tú te quedarás en un lugar preparado para ti y otros niños. Se encuentra en la Ciudad Capital —le explicó John a su hija, dos días más tarde. Viajaban en la carreta donde solían llevar el trigo junto a su madre, en dirección a Rémol, como lo hicieron antes. Nevaba—. ¡Anímate, hija! ¡Tendrás la oportunidad de recorrer la gran ciudad! ¡Si tienes un poco de suerte, podrías conocer al mismísimo rey Terenas! —Intentaba sonar animado una vez más, mas su hija ya no le creía.

Kaelin miró a su madre.

—¿Y dónde irán ustedes?

—El rey nos necesita, hija —dijo Karla—. Al parecer también escuchó las historias que te contábamos y pensó que podríamos serle de ayuda.

—¿Y no pueden decirle que no?

—No podemos decirle que no al rey, hija —se disculpó su madre sonriendo levemente—. Además, ayudarlo es lo correcto. Es nuestro deber partir.

—Pero no quiero que me dejen sola —confesó Kaelin entristecida, arrastrando las palabras.

Su madre se llevó rápidamente la mano a la boca y se giró, mirando fuera de la carreta. Kaelin no pudo verle el rostro.

—¡No te preocupes, hija! —exclamó su padre, desviando la atención de Kaelin, intentando parecer animado una vez más—. Volveremos antes de que te des cuenta. ¡Y tendremos muchas nuevas historias que contarte!

Preferiría que se quedasen, pero no dijo eso en voz alta.

En Rémol se encontraba un coche esperando por ella. Vio otros niños dentro. Algunos lloraban, algunos solo estaban sentados en silencio. Había un lugar para Kaelin dentro.

—¿Me prometen que volverán pronto? —les preguntó a sus padres.

—Solo estaremos un par de días fuera —dijo su madre—. Y después volveremos a la granja. Cuando llegue la primavera volveremos a cultivar trigo y será como si esto nunca hubiese pasado.

Entonces la abrazó fuertemente. La nieve caía sobre ellas, pero no les importó. Finalmente se separaron. Luego vino su padre, quien también la abrazó con todas sus fuerzas.

—Si de verdad quieres ser una heroína como dices, tendrás que ser fuerte —le dijo mientras la tuvo entre sus brazos—. Estoy seguro que, llegado el momento, tú nos contarás historias maravillosas a tu madre y a mí. Cuídate mucho, mi amor.

Entonces llegó un soldado que la llevó al coche que la esperaba sin decir ni una sola palabra. Apenas Kaelin se subió, el vehículo comenzó a andar. Intentó mirar hacia atrás, pero la portezuela se había cerrado. Todos los niños, inquietos, buscaron alguna manera de ver fuera, pero no hubo forma alguna de lograrlo. Algunos de ellos se echaron a llorar mientras otros se sentaban en silencio con la mirada perdida en la nada.

"Si de verdad quieres ser una heroína como dices, tendrás que ser fuerte", acababa de decir su padre. Ya no quiero ser ninguna heroína, preferiría que se hubiesen quedado conmigo. Ya no tuvo razón alguna para querer ser fuerte. Por lo que se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas, y se echó a llorar.

. . . . . . . . . . . . . . .

—Así que alguna vez fuiste una dulce niña inocente.

—Qué increíble, ¿verdad? —replicó Kaelin, sardónica—. ¡No es como si todos los demás también hayan sido niños alguna vez, Kenny!

Su amigo se llevó una mano al mentón, como si estuviese rumiando un pensamiento.

—¿Crees que Archimonde haya sido un niño alguna vez?

—Pues... —empezó a decir Kaelin. Intentó pensar una respuesta idiota para una pregunta idiota como aquella, pero terminó tratando de imaginar un pequeño Archimonde, con una madre Archimonde enseñándole a incinerar árboles desde pequeño—. En fin —dijo finalmente mientras apoyaba ambas manos detrás de su cabeza.

Los dos se quedaron en silencio un buen rato. Kaelin se recostó en el suelo, mirando hacia las estrellas.

Algunas razas decían que los muertos viven en ellas y velaban por el mundo de abajo desde allí. Otras decían que eran espíritus o que se puede ver el futuro dependiendo de sus posiciones. Para Kaelin solo eran luces bonitas en el cielo.

—¿Qué miras tanto? —preguntó su amigo rompiendo el silencio.

—Intento averiguar qué está más vacío. Si el cielo o tu cabeza —dijo ella sin moverse de su sitio—. El cielo al menos tiene estrellas, así que tú ganas. Felicidades.

—Qué bueno que estoy contigo. Sino, tendrías que liberar toda tu idiotez con otras personas y tarde o temprano te partirían la cara —le soltó él afablemente.

Kaelin se levantó y se quedó sentada con las piernas cruzadas sobre la hierba. Sonreía.

—Es que ya sé que no te vas a molestar —dijo, encogiéndose de hombros. Pero él la miró con una expresión sombría.

—Claro que tengo mis límites —le advirtió con un tono monocorde.

Kaelin apoyó el puño de la mano derecha sobre el corazón e inclinó la cabeza.

—Te prometo jamás sobrepasar esos límites. —En realidad, no era su intención hacer que él se sintiese insultado. Pero a veces no podía evitar echarle una que otra chanza. Esa ingenuidad que ella asociaba a él lo convertía en un blanco muy tentador. Iba a tener que aprender a contener la lengua, si no deseaba acabar perdiendo uno de los pocos amigos que le quedaban.

—En fin —cortó él. Arrancó un poco de hierba del suelo y se la lanzó a Kaelin a la cabeza, haciendo que ella cerrase los ojos por reflejo—. ¿Y qué pasó después?

—¿Eh? —preguntó ella, sintiéndose perdida por un momento.

—Te pregunto que qué pasó después de que lograses domar al centauro dorado que te llevó cabalgando a la cima más alta del mundo y encontraste tanto oro que te convertiste en la mujer más rica de Azeroth.

—Desperté dentro de una cloaca.

Si ella iba a gastarle bromas siempre que quisiera, tendría que aprender a soportar las de él. Aun así, los dos rieron tras ese intercambio de palabras.

—¿Qué pasó después de que tus padres fueran a la guerra? —preguntó él al final.

. . . . . . . . . . . . . . .

Un grupo de matronas se hizo cargo de los niños. Estaban en un espacioso albergue en la Ciudad Capital. No era un mal lugar. Contaba con todas las comodidades que Kaelin podría necesitar, y la comida que le preparaban tres veces al día no estaba nada mal. Además, tenía permiso de salir a las calles con la condición de no alejarse mucho del edificio. No. No era para nada un mal lugar.

Si tan solo los ánimos estuviesen mejor. Había niños aún más jóvenes que Kaelin. Otros mucho mayores que ella. La edad de los niños en aquel edificio iba de entre los seis a los catorce años. Los más jóvenes por lo general se la pasaban llorando y chillando; eran los que más problemas daban a las matronas. Mientras que los mayores eran capaces de soportar la angustia de una manera más estoica. Kaelin los envidiaba.

Intentó hacerse amiga de algunos niños, pero se dio cuenta de que le era difícil. Se imaginó que era debido a que aquel lugar no le era cómodo en absoluto. Si bien jugaba algunas veces con los demás, o que asistiese a escuchar los cuentos que narraban las matronas de vez en cuando, no lograba congeniar del todo con los otros. Prefería entonces quedarse en su cama, leyendo algún libro que hubiese podido conseguir. O en última instancia, dormirse temprano con la intención de que el día terminase lo antes posible. Porque sabía que mientras más rápido pasasen los días, más rápido volvería a su casa junto a sus padres.

En una ocasión, escuchó alguno de los niños mayores narrando orgulloso las hazañas de su padre como soldado de Lordaeron.

—¡Él será quien nos salve de los orcos! —afirmaba, animoso.

—¿Qué es un orco? —le preguntó Kaelin al chico.

Muchos jóvenes le dieron variadas respuestas. Dijeron algunos que se trataban de monstruos de más allá del Mare Magnum, de tierras salvajes y desconocidas. Otros dijeron que eran demonios que emergieron de lo más profundo de la tierra. Y otros aseveraban que eran una nueva raza creada por seres malignos que ansiaban la destrucción de todo y de todos.

Esa noche, en su cama, Kaelin intentó imaginar la apariencia de un orco. Sabía que era la mayor de las abominaciones, portador de una malicia capaz de separar una niña de sus padres y de su hogar. A partir de entonces fue normal que tuviese pesadillas con los orcos. Viéndolos en sus sueños como grandes monstruos sedientos de sangre, capaces de destruir ciudades y asesinar a todos y a cada uno que habitase en ellas. Los vio quemando casas, árboles, gente e incluso animales.

Por las noches, soñaba que se encontraba en su granja. Completamente sola. Hasta que de pronto unas bestias verdes a las que ella reconoció como orcos llegaban. Con solo tocar la pared de su casa, ésta estallaba en llamas. Intentaba salir fuera, pero su cuerpo de pronto se volvía muy pesado. Por la ventana podía ver a los orcos. Se reían de ella, mofándose de su impotencia. Como si fuesen seres incapaces de sentir piedad, se marchaban de la granja, caminando por sobre los cultivos de su familia. El trigo, que Kaelin cuidó con tanto ahínco en el pasado, estaba ardiendo. Lo contemplaba mientras era devorado por las llamas, al igual que la granja, la casa y ella misma.

Con el tiempo, se fue volviendo más callada. Comenzó a sentirse enferma e inquieta, con la sensación de que estaba viviendo dentro de un mal sueño que no tenía fin. Hubo días en que no se levantaba de su cama, carente de apetito. Se fue sintiendo cada vez más débil y sin fuerzas, como si tuviese una enfermedad que lentamente la fuese consumiendo desde dentro.

Y por las noches soñaba con orcos, seres monstruosos de los que solo conoce el nombre, pero eran la causa de todos sus males. Kaelin siempre llegaba a sentir cierto alivio al despertar en su cama, pues sabía que habrían de pasar muchas horas antes de volver a ver a aquellos monstruos en sus sueños. Pero pronto acababa cayendo otra vez en el desánimo, pues era consciente de que a continuación solo le esperaba un triste día vacío. En el día era como una sonámbula que caminaba sin propósito en un mundo sin colores, y por las noches se encontraba atrapada en pesadillas terribles de las que no podía escapar. Viviendo en un mundo irreal de formas opacas del cual ella era su prisionera.

La situación lamentable de Kaelin no se les pasó por alto a las matronas del refugio. De vez en cuando la visitaban en aquellos días en que su apatía la impedía levantarse de su cama. Intentaban hablar con ella, pero se mostraba indiferente. Cuando se negaba a comer, ellas la alimentaban a la fuerza cuando no hallaban más opción. Sin embargo, cuando alguna se presentaba con un libro a narrarle algún cuento sobre glorias pasadas y épicas epopeyas, lograban captar su atención y hacer que dejase su amargura de lado, al menos por un tiempo.

Conforme fueron pasando los meses, la Segunda Guerra se siguió luchando en los diversos reinos del continente. De vez en cuando llegaban noticias de fuera, ya fueran estas reales o meras invenciones, pero pocas o ninguna llegaban al refugio de los niños donde se encontraba Kaelin. Era normal que en aquellas situaciones el pueblo llano se mostrase intranquilo e inquieto. Pero, de la misma manera que había guerreros que luchaban por sus vidas, a su vez existían algunos que velaban por sus espíritus en estos tiempos de incertidumbre.

Por eso, un día llegó al albergue un grupo de invitados muy especial.

Vinieron cuando la primavera llevaba ya tiempo de haber llegado. Eran cuatro personas vestidas con túnicas y haciendo gala de un semblante sereno y amable. Eran sacerdotes de la Iglesia de la Luz Sagrada, que habían acudido a tranquilizar la pesadumbre en los corazones de los niños que se vieron apartados de su hogar.

Daban la sensación de que irradiaban una calma ajena a la realidad que se estaba viviendo en aquellos días. Como si de un oasis en el desierto se tratase, los sacerdotes parecieron ser un remanso de paz encarnado en medio de la más inclemente tempestad. Estos personajes, uno a uno, le dedicaron un tiempo a cada niño que allí se encontraba refugiado. Intentaban alejar la oscuridad de la pena y la aflicción de aquellos jóvenes intranquilos, víctimas de una realidad aborrecible que jamás debió haber sido. Pero que era.

Desde un primer momento, Kaelin se había sentido atraída hacia ellos. Pudo notar la serenidad en las facciones de los recién llegados, como si se encontrasen fuera del alcance de los males del mundo. Ella deseó entonces algo de esa calma, tan solo un poco, para lograr superar la apatía, dejar atrás los miedos, tanto de un futuro incierto, como de aquel que le producen las siniestras figuras que se habían convertido en una funesta presencia que no dejaba de hostigarla. Con esperanza en el corazón, y la curiosidad que tienen todos los niños, Kaelin se sentó cerca de los sacerdotes, aguardando su momento.

Y finalmente uno de los visitantes reparó en ella y la llamó para que se acercase. Era un hombre pequeño, de cara simpática y una barba blanca como la nieve. Estaba sentado en un sencillo asiento de madera. Kaelin se paró ante él.

—Hola, pequeña —saludó el sacerdote. Su sola voz inspiraba sosiego y le hizo sentir bien. Paz.

Kaelin de pronto se sintió muy pequeña. Como si se encontrase ante alguien por mucho superior a ella. Por un momento no supo qué decirle a aquel hombre.

—Hola —dijo al final, mirando hacia el suelo.

—¿Cuál es tu nombre, querida? —la sonrisa del sacerdote era como una luz pura y poderosa.

—Kaelin.

—Mírame, por favor.

Entonces Kaelin alzó la vista. No quería ofender a aquel hombre, pero se halló incapaz de sostenerle la mirada. Fue tan solo un instante, pero toda sensación de vergüenza quedó olvidada cuando contempló aquella sonrisa sincera, en esa cara surcada de arrugas que enmarcaba unos ojos llenos de paz. Una vez lo hubo visto, Kaelin ya no quiso volver a apartar la mirada.

—¿Cómo te sientes, Kaelin? —comenzó a decir él—. Dime todo lo que quieras decirme. Tengo todo el tiempo que necesites solo para ti.

—Pues... —empezó ella, pero su mente se ofuscó en aquel momento. No supo qué decirle. Le quiso hablar de sus padres, de su granja, del trigo, de la guerra, de los soldados o de la nieve. Y también de los orcos, aquellas criaturas que habían cambiado su vida del todo.

Al ver que Kaelin no hablaba, el sacerdote levantó una mano y, con suavidad, la posó sobre la cabeza de la niña.

—La Luz siempre estará contigo —dijo—. Te ayudará a reconfortarte y a aclarar tu mente.

Y así fue. La mano que Kaelin tenía sobre su cabeza comenzó a brillar con un resplandor dorado, que fue bajando hacia ella. Al sentirla, la pequeña contuvo la respiración, pues era como si un pequeño sol la estuviese iluminando y dándole de su calor. Esa energía, ese calor, fue entrando en ella, haciendo que su cuerpo se sintiese fresco y recuperado. Era como si acabase de despertar de una espantosa pesadilla que había quedado atrás, impotente y olvidada. Su corazón comenzó a latir tranquilo. Kaelin respiró profundamente. Y en su mente pudo ver aquellas escenas que tanto llegó a extrañar en estos meses desolados. Aquella vida que añoraba con desesperación. Casi pudo escuchar la voz de su padre y la risa de su madre. Casi fue capaz de percibir el olor del trigo recién cosechado, listo para venderse en Rémol. Aquella Luz la hizo sentir en casa.

Y, de la misma forma que un dique colapsa liberando toda la furia de un río contenido, las lágrimas se asomaron en los ojos de Kaelin. Dejando que todas sus penas fuesen liberadas de golpe, intentando deshacerse de ellas de una vez y para siempre, Kaelin rompió a llorar.

El sacerdote se levantó de la silla y, arrodillándose, abrazó a la niña.

—Deja que la Luz te limpie. Libérate de todas tus cargas. Deja ir aquellos males que te acongojan.

Kaelin abrazó al hombre con todas sus fuerzas mientras seguía sollozando. Una de las matronas se acercó a ellos. Al parecer habían permanecido a la distancia contemplando el desarrollo de esta escena, como si despertase un especial interés en ellas. Con la mirada, el sacerdote les hizo entender que todo estaba bien.

—¿Está seguro, Arzobispo Faol? —preguntó una de ellas.

Faol asintió en silencio. Las matronas se alejaron discretamente, dejándolos a solas.

—¿Ya te sientes mejor, hija?

Kaelin intentó hablar, pero no lograba controlar su respiración a causa del llanto.

—Los echo mucho de menos —logró decir al final con un hilillo de voz.

—Lo sé. Yo también los extraño. —Kaelin lo miró entonces, extrañada—. A mis padres me refiero. —Le sonrió—. Sé cómo te sientes. Todos en algún momento de nuestras vidas nos enfrentamos a estas penas. Estas dudas. Cuando la oscuridad se cierne sobre nosotros tendemos a buscar la luz fuera de ella. Un poco de esperanza para lograr salir de allí. No es mucho lo que se pide, ¿verdad? Tan solo que alguien nos sonría y nos diga que todo va a estar bien. —Entonces Faol la miró con compasión—. Pero a veces pareciera que ni eso tenemos siquiera, pues el mundo puede llegar a ser un lugar muy cruel, incluso con los más inocentes. Como todos estos niños. Como tú.

Kaelin había dejado de sollozar por fin. Aún estaba abrazada al arzobispo, con el rostro muy cerca de su pecho. Alcanzó a escuchar el latido de su corazón, con un ritmo suave, sereno y tranquilo. Había algo más allí. Algo que ella no pudo identificar. Pero supo en su fuero interno que se trataba de algo maravilloso, algo que anhelaba poseer también. Pues comprendió que, de ser así, nunca más se sentirá perdida.

—Para aquellos es que existimos nosotros —continuó Faol—. Cada persona necesita que haya alguien allí para recordarles que siempre existe bien en el mundo. Incluso los que no tienen nada. Sobre todo, los que no tienen nada. Calmar un llanto, avivar una sonrisa, iluminar un corazón. Para los míos y para mí no hay nada más gozoso, pues ese es el poder de la Luz.

—La Luz... —repitió Kaelin en un murmullo. La conocía, como todos en Lordaeron. Sus padres le hablaron de ella en alguna ocasión, pero nunca fueron especialmente devotos a ella. Como la mayoría de los granjeros, eran gente práctica que vivían solamente del producto de sus esfuerzos y, aunque compartiesen la fe, nunca se dedicaron por entero a ella.

—La Luz está en todos nosotros —dijo el Arzobispo—. En cada aliento y en cada latido. Su fuerza logra despejar las tinieblas y sanar todas las heridas. Incluso las que no se ven. Y de la misma manera, la Luz está contigo. Nunca lo olvides. Tenlo siempre presente, pues puede ser el único escudo que tengas algún día. Y jamás te abandonará.

Entonces, con dos dedos de su mano derecha, tocó la frente de la niña. Nuevamente el resplandor de antes lo iluminó y pasó de él a ella. Kaelin sintió la Luz reconfortando sus pensamientos con renovadas esperanzas en un futuro amable. Había cosas buenas en el mundo. De solo pensarlo ya se sentía extrañamente dichosa.

—Recibe esta bendición, hija mía —recitó Faol—. Que la Luz te bendiga y te acompañe por siempre. Que ilumine tu camino y que te proteja de la fría oscuridad.

Al acabar, Kaelin se soltó lentamente de él, hasta terminar de pie frente al Arzobispo. En ningún momento apartó la mirada de la suya. Sonreía. Y Faol le regresó la sonrisa.

—Las puertas de nuestra Iglesia estarán siempre abiertas para ti —terminó el anciano.

El hombre santo se levantó y, despidiéndose de la niña, se dirigió a la salida del edificio junto a sus acompañantes, pues ya habían terminado con su labor.

Kaelin no dejó de mirarlos hasta que la puerta se cerró tras ellos.

Pensó en las palabras del arzobispo, en la tranquilidad que lograba transmitir con su mera presencia y en la Luz que él llamaba para hacerla sentir mejor. "Para los míos y para mí no hay nada más gozoso, pues ese es el poder de la Luz" había dicho él.

Entonces, en secreto, ella también deseó ser como él. Capaz de iluminar un corazón apesadumbrado. Deseó poder llamar el poder de la Luz, tal como lo hace el Arzobispo Alonsus Faol.

Después de aquella visita, las pesadillas nocturnas de Kaelin se esfumaron como la bruma de la mañana huye cuando el sol se asoma por el horizonte. Se levantaba animada, corriendo a comer su desayuno, pues despertaba siempre con un hambre feroz. Comenzó a hablar con los demás niños y en poco tiempo ya volvió a jugar con ellos. Recordaba las historias de sus padres y las compartió con los demás, alterando algunas partes para que sonasen más impresionantes y maravillosas. Y todas las noches, antes de dormir, intentaba recordar la sensación que le produjo la Luz cuando el Arzobispo la bendijo aquella vez. Aún extrañaba a sus padres, su hogar y su vida. Pero ahora solo le bastaba pensar en la Luz para acallar esas penas. Los orcos monstruosos que llegaron a ser un terror frecuente en sus pensamientos ya no eran más que un recuerdo al que Kaelin no prestaba atención.

Con el tiempo, las matronas permitieron que saliese a recorrer la ciudad, procurando no alejarse mucho del refugio, pues no querían correr el riesgo de que se perdiese. Correteaba por las calles siempre buscando algo nuevo que nunca antes hubiese visto. La guerra había provocado que llegasen refugiados de distintas tierras, por lo que Kaelin se encontró con gentes de otros países, como Gilneas, Stromgarde y Ventormenta. E incluso de Khaz Modan. Un día, vio un grupo de familias enteras de enanos que llegaban a Lordaeron en una situación lamentable, pues sus ropas estaban sucias y gastadas y ellos se veían hambrientos y fatigados por el largo camino recorrido para llegar hasta allí. Kaelin nunca había visto un enano antes, aunque sí intentó imaginárselos mil veces. Estaban muy lejos de casa. Los orcos los echaron de su querido hogar. Kaelin sintió mucha compasión hacia ellos.

Entonces recordó la visita de los sacerdotes y de Faol. Si ellos pudieron hacerla sentir mejor entonces también podrían con aquellos enanos. Solo necesitaba que llamaran la Luz y los bendijeran, como lo hicieron con ella.

Sin embargo, sabía que la Capilla de la Ciudad Capital se encontraba lejos del refugio. Pero esas familias de enanos necesitaban que alguien los ayudase a sanar sus espíritus afligidos. Necesitaban que alguien les dijera que todo saldría bien al final. Por lo que Kaelin decidió correr el riesgo y se encaminó hacia la Capilla de la Luz Sagrada a toda prisa, para pedirles a los sacerdotes que fuesen a atender a los recién llegados. En su corazón, sintió que estaba haciendo lo correcto. Y eso la hizo feliz.

Echó a correr por las calles, en dirección contraria a toda la gente que se cruzaba. Estaba tan concentrada en su propósito que no notó la creciente agitación que estaba tomando forma en la ciudad.

No fue hasta que escuchó las llamadas de alarma que se detuvo y reparó en el cambio de la situación. Era incapaz de entender lo que estaba sucediendo, pero el ver una gran cantidad de guardias y soldados desfilando por la Capital le hizo comprender que algo grande estaba a punto de ocurrir.

En ese momento ya no eran solamente unas cuantas personas que corrían por las calles, sino un enorme gentío que escapaba en completo desorden. Kaelin apenas se dio cuenta cuando se vio atrapada por la muchedumbre enloquecida. Comenzó a correr en la misma dirección que el resto de las personas, por temor a ser aplastada por innumerables pies. Su baja estatura le impidió ver más allá de unas cuantas espaldas por delante de ella y no pasó mucho tiempo para que se sintiese completamente desorientada.

Viéndose atrapada y sofocada, Kaelin buscó algún recoveco por el cual escabullirse y lograr salir de esa enorme trampa humana. Poco a poco se fue abriendo paso entre todas aquellas piernas que no dejaban de avanzar por el calzado, hasta que logró situarse junto a una muralla. Siguió el ritmo de aquella masa de gente hasta que encontró una puerta abierta situada en el mismo muro. Entró en la pequeña habitación y allí se quedó esperando a que el gentío se acabase para así poder salir y regresar al refugio, abandonando la idea de encontrar la Capilla de la Luz.

Un cuerno de alarma resonó por la ciudad y Kaelin tuvo que cubrirse los oídos a causa del eco ensordecedor que produjo en aquella estancia tan estrecha. Se encontraba en una pequeña sala de guardia dentro del muro que defendía la Ciudad Capital de Lordaeron. Kaelin vio una escalera de mano dentro que hizo despertar su curiosidad. Subió por ella rápidamente hasta salir por un escape que daba a una trampilla superior, en lo alto de la muralla.

Saliendo al exterior, allí arriba, se arrimó en las almenas y, asomándose por una aspillera, vio que desde allí era capaz de contemplar buena parte de la ciudad. Sintiéndose urgida, intentó encontrar el refugio para entonces regresar lo antes posible.

Entonces un tumulto de ruidos provenientes del exterior de la fortaleza llamó su atención. Kaelin se bajó de la almena para luego situarse en la cara opuesta y contemplar las tierras más allá de las murallas.

Y vio una gran horda de incontables figuras de color verde corriendo a toda prisa en dirección a la ciudad. Eran tantos que hacían temblar la tierra bajo sus pies. Eran tantos que Kaelin se vio incapaz de imaginar una muchedumbre de semejantes proporciones, si no fuera porque estaba frente a ella.

Algunos cantaban himnos de guerra y otros rugían exaltados, cargando todo tipo de armas como espadas o hachas.

Cuando se acercaron a la distancia suficiente para poder reconocer sus facciones, Kaelin vio que poseían una amplia frente, pequeños ojos rojos que parecían arder de furia, unas enormes mandíbulas y gigantescos colmillos que les brotaban del interior. Eran grandes y robustos, como si de una parodia a la forma humana se tratase. Eran unas criaturas de pesadilla.

Y de esa forma los reconoció. Aquellos seres que anteriormente habían invadido sus pesadillas ahora estaban ante ella. Supo entonces que no se trataba de un sueño, sino de una espantosa realidad. Eran ellos. Por fin habían llegado.

Kaelin dejó de respirar. Sus piernas ya no le respondieron, aunque sus instintos más básicos le gritaban que abandonase aquel lugar y huyera en busca de refugio. Sintió cómo su corazón se enfriaba y entonces comenzó a temblar, víctima de un silencioso pánico. Todo pensamiento racional abandonó su mente para finalmente caer en la más absoluta desesperación.

Solamente pudo despertar cuando sintió que la sacudían y vio un hombre con armadura que le gritaba, aunque a ella le dio la impresión de que su voz sonaba como si se encontrase bajo el agua. Aquel soldado le ordenó a otro que se la llevase lejos de allí y éste llevó a la niña de regreso a la calle. Muchos otros subían a la muralla a toda prisa, armados con arcos y ballestas cargadas con flechas que pronto comenzaron a disparar contra la amenaza exterior.

Aquel hombre que la escoltaba le señaló una dirección a Kaelin mientras le gritaba, pero ella era incapaz de entender lo que le estaban diciendo. Entonces el soldado la dejó allí y regresó corriendo al muro.

Entonces comenzó a caminar sin rumbo por los adoquines de la ciudad. Pero apenas prestaba atención a su entorno. En su mente solo veía a las grotescas criaturas que ahora se encontraban fuera. Sabiendo que habían venido para quemarlo todo, arrasar con todo y asesinarlos a todos.

Como si bajo el efecto de alguna alucinación febril se encontrase, Kaelin caminó por las calles desiertas de la Ciudad Capital. Soldados iban y venían por las calles, pero ellos no prestaban atención a la niña y para ella todo le era ajeno. Sin embargo, tal vez de manera inconsciente, sus pasos siguieron el camino que recorrían los soldados, hacia el sur de la ciudad. Nadie la detuvo, pues estaban ocupados con cosas más urgentes de las que preocuparse.

Finalmente cruzó una gran puerta que de pronto apareció ante ella. Kaelin ignoró las estatuas imponentes que la miraban de ambos lados. Un gran portal de madera detuvo su camino y fue solo en ese momento en que la mente de Kaelin comenzó a despejarse. Se dio cuenta de que no conocía ese lugar. Estaba perdida en una ciudad que estaba siendo rodeada y asaltada por un ejército infinito de criaturas abominables.

De pronto, la gran puerta se abrió para dejar pasar a un grupo de soldados que se dirigían al exterior. Sin tener nada que perder, Kaelin se deslizó antes de que volvieran a cerrar la entrada. Una vez dentro, vio una gran aglomeración de personas. Algunos eran refugiados que se encontraban sentados con un evidente semblante de terror en los fondos de la estancia de tal forma que no obstaculizaran el camino de los militares que allí se encontraban también, estudiando un mapa de la región y dando órdenes a los soldados que aún permanecían en el lugar.

Se trataba de una gran habitación circular, en cuyo extremo opuesto al portal por el que Kaelin había entrado se encontraba un gran asiento que resaltaba ante todas las cosas que allí se encontraban.

Aunque ahora estaba desocupado.

Estaba rodeada de hombres del reino, que portaban armadura y todo tipo de armas en defensa de su patria. Kaelin se imaginó que ese sería el lugar más seguro que encontrase en toda la ciudad. Entonces pensó en dirigirse hacia los demás refugiados, pero comprendió que se trataban de familias que habían huido de la guerra al igual que ella. Pudo ver madres con sus hijos y ancianos con ellos. En ese momento extrañó a sus padres con una intensidad más fuerte que nunca, desde que se hubieron separado.

Con una mano intentó limpiarse las lágrimas que súbitamente aparecieron en sus ojos y, sin saber muy bien qué hacer, se sentó en el suelo, junto al muro de aquella estancia, en soledad. No hubiese podido decir cuánto tiempo se quedó sentada allí, pero cada vez llegaban más refugiados a los que se buscaba dar cobijo en algún sitio. En determinado momento se decidió que debían ser trasladados a otro lugar dentro del edificio pues pronto se quedarían sin espacio. Por lo que Kaelin debió levantarse y seguir al resto de aquellas personas hacia una habitación aún más grande, con asientos y espacios que prepararon rápidamente para todos ellos.

Presa de la ansiedad al no saber qué estaba ocurriendo fuera, Kaelin comenzó a caminar de un lado a otro. Para distraerse, intentó contar la cantidad de personas que allí se encontraban con ella, pero siempre se terminaba confundiendo o de pronto llegaban aún más desde el exterior. No dejaba de preguntarse si los niños del refugio se encontraban bien o si acaso se sentirían tan aterrorizados como ella. ¿Las matronas estarían preguntándose qué fue lo que ocurrió con Kaelin? ¿Sería posible que la estuviesen buscando por las calles? El pensar en eso la hizo sentir culpable por haber desobedecido el mandato que se le impuso.

De nueva cuenta sintió la desesperación anidando dentro de ella. Recordó al Arzobispo y a la Luz. Intentó percibir aquella calma que transmitía con su mera presencia, el cómo él era capaz de calmarla con tan solo unas palabras amables. Ella quiso eso para ella, como nunca antes hubo anhelado nada en toda su vida. Quería el poder de inspirar esperanza, tanto para otras personas, como para sí misma. Deseó aprender a invocar la Luz.

Las puertas de la habitación se abrieron una vez más y por ella entró una mujer mayor que, por sus vestimentas, Kaelin reconoció como una sacerdotisa de la Luz Sagrada. Sintiendo cómo su corazón daba un vuelco, corrió a su encuentro, pues necesitaba sentir la bendición otra vez. Pero de la misma manera que lo hizo la niña, muchas personas se adelantaron buscando ser reconfortadas por el maravilloso poder que la recién llegada blandía.

La sacerdotisa levantó una mano, llamando a la calma. Una enorme sonrisa nació en la cara de Kaelin al ver cómo la palma de aquella mujer se iluminaba con aquel resplandor bienamado. Tan solo mirarlo a la distancia ya bastaba para hacer que Kaelin se sintiese renovada y con esperanzas. Estaba feliz, aun en esa situación terrible en la que todos se encontraban. El mero hecho de saber que algo tan bueno y puro como la Luz existiese en aquel mundo la reconfortaba. Quiso tocarla, llamarla y que ésta acudiera siempre que fuera necesitada. Quiso aprender a curar, a sanar corazones e iluminar almas.

Kaelin deseó entregarse a la Luz Sagrada.

Pasaron los días lentamente dentro de ese refugio improvisado que habían preparado para el asedio de la ciudad. Conforme más gente iba llegando, terminaron distribuyéndolos por distintas alas del palacio. Les llevaban comida y mantas como sustento. Sacerdotes iban y venían cumpliendo su santa labor. Y de esta forma, lograron mantener una leve esperanza en el mañana.

Tres días después de que la Horda llegase a la Ciudad Capital, un hombre mayor que portaba una armadura acudió a visitar a los refugiados escoltado por dos guardias. Lucía una melena caída de un rubio en la que relucían unas cuantas canas a causa de la edad, y una barba y bigote recortados. Pero el detalle que hizo que Kaelin pudiese reconocer a aquel hombre sin nunca haberlo visto en su vida, fue la corona que portaba en la cabeza.

Se trataba del rey Terenas Menethil, soberano de Lordaeron.

El silencio inundó la estancia cuando el rey cruzó el umbral, puesto que nadie se esperaba aquella regia visita. La multitud allí congregada se limitó a inclinar la cabeza en señal de respeto al recién llegado. Y Kaelin entre ellos.

—Lamento que nuestro encuentro sea en medio de estas funestas circunstancias —comenzó a decir el rey y su voz era más potente de lo que sugería su aspecto—. Mas recuerden que, hasta que el peligro pase, siempre tendrán un lugar dentro de mi palacio.

El rey comenzó a caminar entre aquella gente, quienes se hicieron a un lado para permitirle el paso.

—Nuestros valientes soldados luchan sin descanso contra aquellos que buscan nuestra destrucción. Lucharán con gran valor hasta el último hombre. Resistirán hasta que los ejércitos de la Alianza lleguen a auxiliarnos. Mantengan la fe entonces, puesto que la salvación está en camino.

¿Los ejércitos de la Alianza? pensó Kaelin. ¿Mamá y papá vienen hacia aquí? En ese momento se olvidó de la Horda, la guerra, la soledad y todas las penas. Sus padres estaban en camino y era lo único que le importaba. Pues supo que en el momento en que ellos llegasen, todo peligro perdería su significado, puesto que sus padres eran héroes que peleaban por su reino, su gente y por ella. Cuando la Horda fuese expulsada de la Capital, sus padres irían a por ella y juntos iban a regresar por fin a casa.

Y entonces todo volverá a ser como antes.

—Porque la Luz nos protege —dijo Kaelin en voz baja. Rompiendo el silencio.

El rey Terenas, quien pasaba cerca de la niña, oyó esas palabras y se giró para mirarla. Cuando Kaelin reparó en que el monarca del reino la miraba, se le aceleró el corazón y pensó en buscar un lugar en el que ocultarse, pues temió haber ofendido al rey. Sin embargo, él le sonrió.

—Hablas con gran verdad, mi dulce niña —dijo él tranquilamente—. La Luz estará siempre con nosotros. Nuestro gran reino fue levantado con su beneplácito. Y resistirá hasta el fin de los tiempos, siempre que nosotros agradezcamos y compartamos su bendición.

Y tal como había hablado el rey Terenas, Kaelin se sintió bendecida. Finalmente, el rey se retiró de la estancia, dejando a los refugiados. Ella cerró los ojos y solo pudo pensar en que sus padres estaban en camino. La salvarían a ella y a todos en la Capital y, después, todo volverá a ser bueno y puro.

Gracias a la Luz.

El ejército de la Alianza llegó al día siguiente. Los que se encontraban en el palacio se enteraron gracias a los anuncios de los heraldos que resonaron por toda la ciudad. La gente salió a las calles, clamando su alegría al ver que la salvación acababa de llegar.

Kaelin casi se sintió desfallecer de la emoción al enterarse de la noticia. Tuvo que sentarse en el suelo al sentir que las piernas le fallaban. Le era difícil respirar debido a que todo su cuerpo temblaba. ¡Están aquí! fue lo único que pudo pensar. Todos los terrores ya habían llegado a su fin, ahora que la Capital estaba a salvo. En su fuero interno, Kaelin le dio gracias a la Luz.

Un nuevo deseo nació en su corazón. Ahora que sus padres estaban allí fuera peleando, ella anhelaba salir a su encuentro. Quería encontrarlos lo antes posible para así dar fin a todos aquellos meses que pasó separada de su familia. Aun sabiendo que solo podría salir a buscarlos una vez que los orcos fuesen expulsados de Lordaeron, pero Kaelin no podía esperar más tiempo para estar con ellos.

No podía esperar.

Por lo que decidió escabullirse. Gracias a su baja estatura, logró pasar desapercibida hasta llegar al salón del trono y la gran puerta del palacio. Allí se encontró con un guardia, al que le explicó que deseaba volver al refugio de los niños. Le concedieron el paso, pero le urgieron a que se diese prisa. Kaelin le agradeció y salió corriendo fuera del castillo lo más rápido que le permitieron sus cortas piernas.

En su interior, se sintió mal por haber mentido al guardia.

Sin detenerse a recuperar el aliento, cruzó la ciudad hasta llegar de nueva cuenta a la muralla exterior. Y vio que ésta se encontraba en un estado lamentable en comparación a cómo había sido tan solo unos días atrás. El gran muro de la Capital presentaba innumerables grietas y quemaduras por todo su largo. Incluso en algunas zonas descubrió piedras derrumbadas, que fueron reemplazadas a toda prisa durante el fragor de la batalla. Ciertamente la Horda había logrado hacer mella en las defensas de la ciudad, pero ésta demostró ser sólida y resistente. Kaelin lo consideró como un testamento, más allá de toda duda, de que la Luz velaba por ellos y su salvación.

En lo alto de la muralla vio filas y filas de soldados que estaban luchando sin cesar para repeler un ataque tras otro. Los orcos intentaban subir por cualquier medio posible y traspasar el muro. En el interior, una gran cantidad de soldados agotados intentaban recuperar el resuello, luego de días de lucha sin descanso. Y por las calles, los mensajeros iban y venían, llevando órdenes de los capitanes y generales, y suplementos para la lucha, especialmente flechas para los arcos y ballestas.

Sin embargo, lo que resaltaba en el ambiente era el intenso escándalo proveniente del exterior. Gritos de guerreros que mataban y morían. Alaridos abominables e inhumanos. El entrechocar del acero contra el acero. Era un ruido que ahogaba todos los otros ruidos. Kaelin era incapaz de ver hacia el exterior, pero se sintió decidida a buscar a sus padres, o cuanto menos verlos allí fuera, luchando.

Necesitaba verlos. Como una persona perdida en el desierto necesita el agua.

En el fondo, sabía que encontrarse allí era una enorme insensatez. Era consciente del peligro en el que se encontraba tan solo estando en aquel lugar. Pero tras meses de vivir bajo una sensación de miedo perenne; ya habiendo conocido la desesperación que trae de la mano el pánico descorazonador, estaba aprendiendo a dejar de lado el temor. Y en su fuero interno, creía en la Luz Sagrada. Sabiendo que la protegerá, manteniéndola a salvo de cualquier peligro que llegase a amenazarle. Kaelin ya no sintió miedo alguno, pero sí una gran necesidad.

En medio del caos, procurando mantenerse oculta de cualquier soldado que apareciese de súbito, avanzó con la cautela propia del más discreto ratón de campanario. Con calma y siempre esperando el momento idóneo de avanzar. Su intención era encontrar alguna pequeña grieta en la muralla que le permitiese ver el exterior. Terminó encontrando el escondite perfecto para una pequeña fisgona como ella: un barril vacío en cuyo interior se encontraba un enorme saco de provisiones, ocupadas hace ya tiempo. Había muchos barriles como aquel a lo largo de la muralla, pero este se encontraba especialmente alejado del foco del combate, por lo que Kaelin supuso que se había vaciado en los primeros días del asedio, quedando allí abandonado y olvidado en las prisas de la situación. Aunque ella prefirió pensar que la Luz lo había dejado allí para ella.

Cuando llegó un momento en que dejaron de pasar soldados por aquel camino, Kaelin aprovechó para acercarse rápidamente al barril y se ocultó tras él, agazapada entre el tonel y la muralla. Cada vez que la ruta se encontraba despejada, ella aprovechaba la oportunidad para arrastrar el barril en dirección contraria a la lucha, buscando alguna rendija o hendidura en la muralla que le permitiese mirar hacia el exterior, ocultándose siempre que percibiera que alguien se acercaba.

Tras un largo rato llevando a cabo esa tarea clandestina, Kaelin terminó encontrando lo que buscaba. Una diminuta abertura en la piedra. Demasiado pequeña como para que un hombre o un orco cupiesen en su interior. Y, sin embargo, perfecto para ella. Trepándose al barril y cubriéndose con un costal desocupado en caso de que alguien mirase en su dirección, se deslizó por el orificio, sosteniéndose con gran firmeza a cualquier punto de apoyo que encontrase.

Una vez en el interior de la muralla, Kaelin dejó caer el saco, que ya no le era de utilidad, y se arrastró lentamente hacia el exterior. Ignorando la sensación de encierro y procurando respirar lo menos posible ese aire viciado, avanzó sin prisa ni pausas. Como la visión era muy pobre en aquel sitio, tanteaba el camino ante ella, temiendo golpearse la cabeza con una piedra inadvertida. Arrastrándose paso tras paso, buscando la luz al otro lado. Finalmente vio un leve destello que le indicaba el final de la ruta. Kaelin se adelantó en dirección al resplandor. Su corazón latía fuertemente en su pecho a causa de la emoción. Ya no pudo esperar más.

Aspiró una gran bocanada de aire puro cuando se asomó fuera de la muralla, al exterior de la Capital. Logrando así su cometido. Se había infiltrado en el muro y era capaz de contemplar la batalla. Pero no descendería de aquel lugar. Era consciente de haber llegado más allá de la prudencia y de allí no iba a pasar. Tenía pensado quedarse en ese sitio un momento, buscar a sus padres en el ejército que se encontraba luchando ante ella y luego desandar el camino, para así regresar. Aunque no lograba decidirse aún si iba a dirigirse hacia el palacio del rey Terenas o al albergue de los niños.

Ante ella, la Alianza y la Horda luchaban con una fiereza aterradora en una batalla que hacía temblar la tierra. Incontables orcos se lanzaban hacia la línea del ejército humano que no dejaba de presionar. Su intención era hostigarlos hasta expulsarlos de la ciudad. A Kaelin le impresionaba la fuerza de aquellos guerreros para ser capaces de soportar los terribles golpes que lanzaban aquellas criaturas de pesadilla. Entonces reparó en algunas siluetas que se encontraban en lo alto de una pequeña elevación del terreno. Éstas diferían bastante de las armaduras humanas. Parecían portar unos arcos exquisitamente tallados, por mucho más elegantes que las toscas ballestas que cargaban los soldados de Lordaeron. A Kaelin se le abrieron los ojos como platos al caer en la cuenta de que se trataban de elfos. Escuchó hablar mucho de ellos, sobre todo en las historias de sus padres, pero en toda su vida jamás había visto uno, y mucho menos en batalla. La habilidad con el arco de la que estaban haciendo gala maravillaba a la niña. Su presteza y puntería se encontraban más allá de lo que hubiese creído posible. Con cada flecha disparada un orco caía. Un solo movimiento de aquellos guerreros elfos y la amenaza hacia la Capital decrecía poco a poco. Kaelin se sintió radiante. Una sonrisa iluminaba su faz. Contra la firmeza inquebrantable de los guerreros de Lordaeron y la destreza de los arqueros de Quel'thalas, ningún enemigo podría resistir mucho tiempo, por terrible o monstruoso que éste fuese. Como la terrible Horda que hasta hace poco había arrancado el corazón de Kaelin. La guerra estaba decidida, supo ella entonces. El rey proclamó que el reino resistiría siempre que confiasen en la Luz. Pues bien, ella creyó en la Luz y ésta había respondido. Pensando en el rey Terenas, en el Arzobispo Faol y en la Luz, Kaelin derramó lágrimas de una dicha sin fin. Rememorando a los soldados que luchaban por todos ellos, su gente. Y sus padres entre ellos.

Entonces recordó la razón por la que decidió correr aquel peligro en primer lugar. Despejando su mente, observó atentamente los ejércitos que luchaban ante ella, procurando en todo momento mantenerse oculta para no llamar la atención de nadie. Vio muchas caras entre los soldados humanos, aunque muchos de ellos llevaban yelmos que le impidieron ver sus rostros. No los encontraba por ningún lado, pero en su corazón supo que debían hallarse en algún lugar. Después de todo, el ejército de la Alianza era gigantesco. Era muy probable que se encontrasen en otro extremo de la batalla. Pero aun así siguió buscando, a pesar de que ya llevaba en aquel lugar más tiempo del que hubo planeado originalmente.

De súbito, un resplandor nació en medio de aquella contienda. Kaelin reconoció ese brillo, pues éste ocupó gran parte de sus pensamientos en el último tiempo. Se trataba de la Luz Sagrada, aunque el hecho de verla en aquel lugar le hizo sentir más confusión que gozo, puesto que desconocía su fuente.

Cuando la Luz comenzó a remitir, Kaelin pudo contemplar a un hombre pelirrojo, con una armadura que parecía brillar con una luz propia, blandiendo una maza gigantesca con la que golpeaba a un orco tras otro. Con cada golpe que propinaba, una fuerza brotaba de su interior. Una que Kaelin llegó a conocer muy bien. La niña no lo comprendió, ¿aquel hombre utiliza la Luz como un arma?

Se sintió fuertemente desconcertada, pues en un principio le pareció imposible que algo tan puro como la Luz pudiese usarse para dañar a alguien. La Luz nos protege pensó ella, al igual que los guerreros, humanos o elfos y hasta enanos. ¿Por qué no podría también pelear por nosotros? Esa idea de que existan guerreros capaces de blandir la Luz para defender a su pueblo la hizo sentirse extasiada. Al contar con semejante arma en este conflicto, la victoria de la Alianza era definitiva.

Gracias a la Luz.

Kaelin ya se sintió satisfecha con todo lo que había contemplado en aquel lugar. Creyendo que ya era hora de retirarse, se deslizó hacia la oscuridad de aquella pequeña rendija y emprendió el camino hacia el refugio. Esperaba que las matronas no la regañasen demasiado.

Y no podía esperar el momento en que sus padres regresasen por ella. Necesitaba hablarles de todo lo que había visto y aprendido en los últimos meses.

Las calles de la Ciudad Capital estallaron en júbilo y celebraciones cuando la Horda huyó de la batalla. Sin embargo, al enterarse de que la Alianza salió en su persecución, Kaelin se sintió grandemente decepcionada, al saber que ahora habría de esperar aún más tiempo para volver a ver a su familia. No hay remedio decidió.

Mensajeros iban y venían a la Capital. Primero llegaron noticias de una batalla naval cerca de la isla de Catacresta, donde la flota de la Horda fue destruida casi en su totalidad. Luego se enteraron de que una batalla aún más terrible que el asedio de Lordaeron tuvo lugar al pie de la fortaleza volcánica de la Horda. Lejos, al sur.

Maravillosas historias hablaban de un guerrero sagrado, imbuido en la Luz, que había llevado a la Alianza a la victoria cuando toda esperanza pareció estar perdida. Usando su fe como arma contra los monstruosos orcos, inspiró a los guerreros para triunfar en esa última batalla decisiva. Rumores lo llamaban como el paladín Turalyon.

—Paladín... —murmuró Kaelin al enterarse, en el refugio, saboreando la palabra. Tan solo con pronunciarla, pudo notar que ese simple nombre estaba envuelto en un gran poder.

El rey Terenas partió de la Capital por esos tiempos, llevando consigo una gran parte de la guarnición de la ciudad, hacia el reino montañoso de Alterac, del que se decía había traicionado a la Alianza, permitiendo el paso de la Horda para alcanzar la Ciudad Capital. A Kaelin le fue difícil creerse que alguien fuese capaz de traicionar a su gente y aliarse con la sanguinaria Horda.

Hasta que finalmente llegó un día en que los heraldos de la Capital anunciaron a todas voces por las calles que la guerra había acabado. La Horda al fin acabaría por caer derrotada ante los ejércitos victoriosos de la Alianza, quienes los expulsaron de las tierras que osaron intentar conquistar. El jefe de la Horda había sido capturado y un gran número de orcos terminaron siendo hechos prisioneros. Lordaeron y los demás reinos humanos, junto con Quel'thalas y Khaz Modan, estaban a salvo.

Grandes festejos se llevaron a cabo en todas las tierras del continente, ahora que la guerra había llegado a su fin tras largos meses de lucha, horrores e incertidumbre. Gentes de todos los rincones de Lordaeron acudieron a la Capital para formar parte del jolgorio. Durante varios días la ciudad se vio iluminada con las luces de las fiestas que se llevaban a cabo en todas partes. Nadie se quedó fuera de las festividades, donde se llevaban a cabo grandes espectáculos hechos con astucia, destreza y magia.

Incluso al refugio de los niños llegaron las celebraciones. Los hombres del rey llevaron suficiente comida como para realizar un festín. Kaelin se sintió en las nubes. Siempre había confiado en la victoria de la Alianza, sobre todo sabiendo que sus padres luchaban junto a ella. Y ahora eran héroes. Salvadores de la humanidad. Se sentía muy orgullosa de ellos. Ahora lo único que restaba por hacer era esperar a que regresasen triunfantes de la batalla para volver a la granja. Y continuar con la vida que había dejado atrás.

Y esperó.

Fueron pasando las semanas y las celebraciones llevaban tiempo de haber terminado, dejando en evidencia la terrible realidad. El mundo no iba a volver a ser el mismo nunca más. Muchas vidas se habían perdido en la guerra y quedaba mucho que reconstruir. La alegría que impregnó el ambiente en la ciudad fue remplazada por un vacío ahora que aquellos que habían partido a luchar y que nunca regresaron comenzaron a echarse en falta. Y de esta forma, los habitantes de Lordaeron comprendieron que el precio de ganar la Segunda Guerra había sido muy alto, y la pérdida de vidas, desastrosa.

En el refugio de los niños, la tensión se apoderó del lugar. Ahora que el conflicto había llegado a su fin, cada uno esperaba el día en que fuese llamado para abandonar aquel sitio y regresar con sus familias. De vez en cuando, uno que otro abandonaba el refugio. Pero todavía quedaban demasiados niños que aguardaban el momento de retornar a sus hogares. Adelantándose a la situación, desde luego, se dieron comienzo a los preparativos en el edificio para que se convirtiese en un orfanato para aquellos que jamás llegasen a ser recogidos.

Y Kaelin continuaba esperando.

Un nuevo miedo creciente fue tomando forma en su interior. Uno que hasta aquellos días jamás hubo pasado por su cabeza: ¿Qué tal si nadie viene por ella? ¿Acaso eso significaba que...? No se atrevió a imaginar esa realidad. Era imposible, inhumano y monstruoso que algo así llegase a suceder. Por lo que siguió alimentando su esperanza, con un fuego que se iba apagando por cada día que pasaba.

El verano ya había llegado a su fin hace ya tiempo y las hojas comenzaban a caer cuando un mensajero del rey visitó el refugio. Decía haber sido enviado para anunciar el listado de soldados caídos en combate que compartiesen lazos familiares con los niños que aún permaneciesen allí. Explicó que el número de fallecidos era tan alto, que apenas ahora después de varias semanas se logró redactar un informe completo, fuera de toda duda.

Kaelin acudió a escuchar el anuncio con el corazón en un puño. Se sintió de pronto enferma y temblorosa. Lo único que deseaba, más que nada en el mundo en aquel momento, era no escuchar aquellos dos nombres que tanto repetía en su cabeza.

Más adelante ella sería incapaz de recordar con claridad qué era lo que había sucedido más tarde aquel día. Era posible que hubiese escapado del ahora orfanato en cuanto se desató el pandemónium de llanto y aflicción; antes de que alguna de las matronas, intentando restaurar el orden, fuese capaz de detenerla. Lo único de lo que estaba segura es que se vio a sí misma corriendo por las calles de la Capital. Llovía sobre la ciudad, o al menos eso le pareció a ella. Era posible que aquella lluvia solo tuviese lugar en su interior. Chocaba con la gente que transitaba y ellos la miraban extrañados. No obstante, Kaelin era incapaz de verlos, puesto que para ella ya no existían más. Solo pensaba en correr y seguir corriendo, aunque sus piernas protestaban y ardían. Pero ella ya no sentía el dolor. Solo corría, lo más rápido posible, como si pretendiese huir de una abominable realidad que era incapaz de comprender, como si detrás de ella viniese persiguiéndola una inefable oscuridad que planeaba devorarla.

Solo habían sido dos nombres, tan solo unas pocas palabras que no dejaba de repetir en su mente lo que la hicieron escapar de aquella manera.

Donde antes hubo alegría solo quedaban lágrimas. Donde antes hubo calor solo quedaba un frío de mortal gelidez. Donde alguna vez hubo un corazón solo quedaba un puñado de cenizas. Y en donde en algún tiempo pasado vivió la esperanza de volver a casa, a su vida anterior, solo quedaba un vacío de oscuridad.

Y así siguió corriendo. No prestaba atención al camino, pues para ella dejó de existir. No pensaba en algún lugar al que acudir porque ya no tenía un lugar en el mundo.

Tal vez hubiera seguido corriendo hasta desfallecer en algún lugar olvidado y quedarse allí, inconsciente y ajena al mundo hasta que su cuerpo estuviese tan muerto como lo estaba su alma. No obstante, en lo más profundo de sus pensamientos, unas palabras que escuchó en algún momento del tiempo en el que estuvo con vida comenzaron a resonar.

"Cada persona necesita que haya alguien allí para recordarles que siempre existe bien en el mundo. Incluso los que no tienen nada. Sobre todo, los que no tienen nada."

No recordaba quién le había dicho aquellas palabras. No quiso recordar nada, porque donde sea que mirase solo encontraba vestigios de una vida que había terminado.

"Cuando la oscuridad se cierne sobre nosotros tendemos a buscar la luz fuera de ella. Un poco de esperanza para lograr salir de allí."

Sí. Alguna vez alguien le dijo algo sobre una Luz. Pero no quería saber nada sobre la esperanza, puesto que ya no le quedaba ninguna. No tenía ni quería tener nada, pues se lo arrebataron todo lo que alguna vez tuvo.

"Para aquellos es que existimos nosotros."

¿Era posible que aún quedase alguien que se preocupase por ella? Sintió un leve destello en el interior, pero lo apagó de inmediato. No deseaba volver a perder. Ya no quería nada. Y, sin embargo, esa idea de que aún tuviese un lugar al que acudir se clavó con una fuerza imposible en su desconsolado corazón.

¿Sería posible entonces? Pero, ¿dónde...?

"Las puertas de nuestra Iglesia estarán siempre abiertas para ti."

Y, antes de pararse a pensarlo, dejó de correr sin rumbo y tomó la única senda que podía seguir. Aunque en un principio hubiese intentado evitarlo, terminó por entregarse a aquel resplandor. Aquella última esperanza que albergaba en un corazón que se negaba a morir.

Se encontraba desfalleciente y al borde del colapso cuando ante ella se levantó el edificio que estuvo buscando. Sin detenerse ni por un instante, abrió las enormes puertas de un fuerte golpe que hizo temblar toda la Capilla. Desacelerando el paso, cruzó la estancia hasta hallarse frente a un altar tallado exquisitamente. Aquel lugar estaba bañado en un aura de santidad tan potente que incluso Kaelin fue capaz de notarlo. Cuando finalmente se detuvo, cayó de rodillas, apoyando las manos en el suelo para no desplomarse mientras recuperaba el aliento. De pronto un sacerdote que no conocía acudió a atenderla. Le habló, mas ella no lo escuchó.

El tiempo se había vuelto extraño y ella ya no era capaz de sentirlo fluir como lo hizo alguna vez, por lo que no supo decir cuánto rato estuvo en aquel lugar, derrumbada. Solo supo que en cuanto recuperó el suficiente resuello para levantar la cabeza, estaba rodeada de numerosos sacerdotes de la Luz. Aunque ella buscaba a uno en particular.

Y ese uno apareció por una puerta tras el altar en aquel momento. Al verlo, Kaelin se levantó como buenamente pudo y, trastabillando y tropezando, corrió hacia él.

Alonsus Faol contemplaba esa terrible escena con gran sorpresa. Pero de pronto aquella niña que había irrumpido súbitamente en la Capilla lo abrazó con la fuerza que solo puede dar la desesperación.

Ella lloró entonces. A pesar de haber hundido su rostro en la túnica del Arzobispo, sus desgarradores sollozos hicieron eco en la bóveda de la santa estancia. Entonces, el anciano tomó a la niña entre sus brazos y la alzó.

—Kaelin... —murmuró cuando la vio a la cara.

—¿Recuerdas mi nombre? —preguntó ella entre incontrolables gimoteos.

—¡Pero si lo tienes escrito por toda la cara! —contestó Faol con una sonrisa.

Con el rostro repleto de lágrimas, ella le respondió con una sonrisa quebrada. En aquel momento, supo que no le quedaba otra alternativa más que aceptar la realidad tal y como era, si quería que aquel anhelo desesperado que nació súbitamente en su interior se hiciese realidad.

—No volverán... —dijo entre sollozos.

Faol lo comprendió entonces. Miró a la niña con infinita piedad. Y entonces la abrazó con gran fuerza, como si de su propia hija se tratase. Y así se quedaron por un largo rato, esperando a que Kaelin se tranquilizase. Entonces, lentamente se arrodilló con la niña aún en sus brazos y, sin levantarse, la dejó de pie en el suelo.

—Te dije que habría siempre un lugar para ti en nuestra Iglesia y pienso cumplirlo —dijo él con su suave y melodiosa voz—. Te podrás quedar aquí hasta que encuentre un buen hogar en el que vivirás con amor...

—¡No! —gritó ella de pronto. Miró al Arzobispo y había Luz en sus ojos—. ¡Quiero quedarme aquí!

Se liberó del abrazo del anciano. Juntó todas las fuerzas que aún le quedaban y, apretando los puños, sintiéndose llena de decisión, gritó:

—¡Quiero aprender sobre la Luz! —Faol la miraba expectante, pero no dijo nada—. ¡Quiero vivir aquí! ¡Quiero ser como tú!

. . . . . . . . . . . . . . .

Kaelin respiró profundamente una gran bocanada de aire. Aquel lugar estaba tan lleno de vida que la maravillaba. Para ella, casi era como estar en otro mundo.

Se calló en ese momento, haciendo una pausa en su relato. Recogió el odre que había tirado a un lado y bebió un largo trago. No importaba cuánto tiempo hubiese pasado, nunca le era del todo grato hablar de ese momento de su vida. Hubo algunas veces en que se preguntó qué habría pasado si el Arzobispo no la hubiese aceptado en la Iglesia, aunque ella sabía que alguien tan bondadoso como Faol jamás hubiese dejado a una pequeña huérfana abandonada en las crueles calles de la Capital. Y el saber eso la hizo sentirse orgullosa de él, porque desde que se entregó al sacerdocio, Alonsus Faol siempre fue su mejor referente.

Si tan solo las cosas hubiesen salido mejor.

Saliendo de su ensimismamiento, miró a su amigo frente a ella. Él tenía la mirada ausente apuntando a la bóveda de los cielos. Kaelin miró en aquella dirección, pero no vio nada en particular. Él estaba definitivamente abstraído en sus pensamientos. Lo cual ofuscó a Kaelin.

—¡Oye! ¿Me estabas escuchando o no?

Pero él no respondió. ¿Acaso la ignoraba? Ahora Kaelin sí que se sintió irritada.

—¡Ken! ¡Te estoy hablando! Dime que escuchaste esa última parte porque en verdad no me placería tener que repetirla.

Nada. ¿Es que Kaelin se había quedado muda sin darse cuenta? Se giró a un lado y lanzó un fuerte grito. Cuando unas de las muchas cabezas que allí había se voltearon para verla, se sintió aliviada. No estaba muda después de todo. Era él quien la ignoraba.

—¡Ken! —le gritó varias veces. Y al no obtener respuesta su paciencia llegó a su límite. Ya se estaba levantando para buscar una piedra que lanzarle a la cabeza cuando recordó un pequeño detalle de su amistad.

Él odiaba ese nombre.

Ella comenzó a llamarlo Kenny porque al darle un nombre humano se sentía más cercana a él. Aunque nunca se hubo parado a explicárselo.

—¡Eikken!

Los orbes dorados del elfo de la noche titilaron un instante. Eikken pareció despertar y se llevó una mano a la cara.

—Discúlpame —dijo en voz muy baja.

—¿De qué te sirven esas enormes orejas si no escuchas a los demás?

Pero Eikken no contestó. Solo por un leve asentimiento de su cabeza Kaelin supo que la estaba oyendo.

—¿Qué te pasa? Casi pareciera que eres tú el que está hablando de sus traumas de la niñez.

—Discúlpame —repitió él.

Kaelin ya no se sintió molesta. Ahora albergaba una sincera preocupación por su amigo, pues llevaba ya varias semanas sin verlo de esa manera, tan abatido. En ese momento vio un pequeño resplandor en uno de los ojos del elfo que nada tenía que ver con su brillo natural.

Solo entonces Kaelin recordó por lo que él estaba pasando. Heridas y pesares como por los que ella tuvo que pasar en su infancia necesitaban tiempo, mucho tiempo, para siquiera comenzar a sanar. Algo que Eikken no había tenido hasta ese entonces.

Su reacción fue inmediata, pues era un escenario al que ella se había acostumbrado hace ya mucho tiempo, desde que comenzaron sus peregrinajes por Lordaeron años atrás. Se puso en pie, se acercó a su amigo afligido y, levantando una mano sobre su cabeza, llamó el poder de la Luz para luego compartirlo con él.

Eikken se giró y miró a su amiga con asombro. Nunca la había visto de esa manera. Se notaba visiblemente más relajado y sereno.

—Deja que la Luz te limpie. Libérate de todas tus cargas. Deja ir aquellos males que te acongojan —rezó ella. No se sentía completa si no recitaba esa oración.

El resplandor de su mano comenzó a remitir. En su fuero interno, la antigua novicia dio gracias a la Luz por permitirle compartir su bendición a su amigo en esta hora tan oscura de su vida.

—Recibe esta bendición —recitó Kaelin para acabar—. Que la Luz te bendiga y te acompañe por siempre. Que ilumine tu camino y que te proteja de la fría oscuridad.

Y la cálida oscuridad de la noche volvió a apoderarse del mundo cuando acabó con su labor. Eikken miraba a su amiga con agradecimiento e incluso algo de respeto. Sonreía.

—Sí —comenzó a decir él—. Me gustaría que esa Luz me acompañe por siempre. Así que tendré que llevarte conmigo a todas partes.

—Por mí está bien —replicó Kaelin encogiendo los hombros—. Con tal de que me des de comer todos los días.

Los dos se rieron por lo bajo.

—Veo que lograste cumplir tu deseo de invocar la Luz. Permíteme que te felicite —dijo el elfo de forma muy sincera.

—Sí —respondió ella intentando quitarle peso al asunto—. De no haberlo logrado no creo que hubiese podido llegar hasta aquí.

Eikken la miró intrigado.

—Pues cuéntame. Ya que comenzaste no te vas a detener ahora.

Kaelin sonrió y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.

—Bueno, pasaron algunos años y...

. . . . . . . . . . . . . . .

Kaelin se encontraba en el jardín de la Capilla de la Luz de la Capital. Allí tenía un espacio que sus superiores le concedieron, y que ella aprovechaba hasta el último centímetro de tierra que le era posible. En aquel sitio cuidaba con gran esmero su pequeña siembra de trigo. Manteniendo la tierra fértil, miraba los retoños crecer, para luego cosechar personalmente el fruto de su trabajo. A continuación, molía el grano y preparaba la harina que terminaba siendo el pan que se serviría a todos aquellos que moraban en la Capilla.

Aquel pequeño pasatiempo era lo único que conservaba de sus años de infancia. Luego de vender la propiedad de la granja de su familia recuperó unos cuantos granos del trigo que su padre hubo guardado antes de la guerra y los hizo brotar en su nuevo hogar. Pero de eso ya habían pasado muchos años.

Su plantación de trigo siempre creció sana y fuerte. De la misma forma que lo hizo ella en sus años como novicia. Kaelin ya se había convertido en una joven mujer, de cabellos dorados como el sol y de risa fácil. Los años que pasó ayudando a la gente de Lordaeron a superar los estragos de la guerra la convirtieron en una persona de corazón generoso, siempre dispuesta a ayudar a los demás. Su instrucción le había permitido ser capaz de manejar el poder de la Luz Sagrada, y pronto aprendió a invocarla para calmar un alma perturbada, avivar una sonrisa, cerrar heridas e iluminar corazones.

Se dedicó a viajar a lo largo y ancho del reino en gran cantidad de ocasiones, siempre que fuese requerida. Y cada vez que se preparaba para salir, dejaba instrucciones específicas sobre cómo debían velar por su plantación de trigo, para que no se perdiese durante el tiempo que ella se encontraba lejos y sin poder atenderlo personalmente.

Y cuando comenzaba un peregrinaje, siempre fue en calidad de asistente de uno de los numerosos sacerdotes. Ciertamente, la Segunda Guerra había desolado toda Lordaeron, y la Iglesia de la Luz Sagrada ya no daba más abasto, por lo que incluso una novicia como Kaelin fue convocada para ayudar al necesitado. Y ella accedía siempre con gusto.

Ya se encontraba pronta a cumplir los veintitrés años de edad. Y, para aquel entonces, sus viajes por el reino, y la cercanía que ella profesaba por la gente que atendía con ayuda de la Luz, habían hecho que se convirtiese en un personaje reconocido por las gentes sencillas de Lordaeron, haciendo amigos por aquí y por allá.

Aquel día se encontraba libre de labores, por lo que se dedicó por entero a su siembra. Se había llevado consigo un enorme libro encuadernado que relataba las crónicas recopiladas de la Segunda Guerra y, bajo la sombra de un pequeño árbol, se sentó sobre la hierba a leer junto a su preciado trigo.

La quietud en aquel lugar era tal, que Kaelin pudo escuchar unos pasos aproximándose cuando estos aún estaban a una buena distancia. Se giró hacia la fuente del sonido. Se trataba de una joven novicia como ella a la que le gustaba llamar simplemente Dora.

—Lo siento, la panadería está cerrada —saludó Kaelin en un tono juguetón.

—Pero la panadera sigue aquí y es a ella a quien busco —contestó Dora con una sonrisa.

—Sí, pero a mí no me pueden comer —replicó Kaelin encogiéndose de hombros.

—Gracias a la Luz.

Kaelin se rio con ganas. Siempre se reía. Dora se sentó en el suelo junto a ella mirando con atención el trigo. Su larga melena oscura contrastaba con la cola de caballo en la que Kaelin llevaba su cabello recogido.

—Crece tan espectacular como siempre. Lo cuidas con el ahínco de una madre.

—Es que soy su madre. —Era de todos sabido que aquella plantación era su orgullo—. Y el trigo es mi hijo.

—¿Por eso es que vienes a leerle cuentos para dormir? —preguntó su amiga apuntando el libro de Kaelin.

—Bueno, estos cuentos son para mí. Aún no logro hacer que el trigo hable. —Aunque no le habría molestado que eso llegase a suceder.

Ambas chicas se quedaron allí sentadas en silencio por un rato. Kaelin se dio cuenta de que algo preocupaba a su amiga. Un defecto propio de ella era su falta de paciencia al comprender que alguien le guardaba un secreto. Ella conocía a Dora. Por lo que supo que, fuese lo que fuese aquello que le molestaba, sería difícil para ella sacar el tema a la mesa. Necesitaba entonces un pequeño empujón.

—¿Podrías, por favor, decirme para qué viniste antes de que mi trigo se marchite?

—¿Has escuchado lo que ocurrió en Stratholme? —preguntó Dora sin un atisbo de alegría.

—Sí —contestó Kaelin. Las historias y rumores que llegaban a la Capital eran tan horrorosos que difícilmente les podían dar crédito—. No me he enterado si ha llegado algún superviviente que nos aclare qué demonios ocurrió en esa ciudad.

—Por ahí dicen que en realidad no hubo ningún superviviente. Que fue una masacre.

—¿Crees que haya sido la Horda? —preguntó Kaelin. En los últimos dos años, los orcos encarcelados tras la Segunda Guerra habían escapado de sus prisiones y comenzó a rumorearse que se volvieron a unir en un nuevo ejército. Una nueva Horda. Y, si bien eran mucho menos que la anterior, no dejaban de ser una amenaza para Lordaeron.

—¿Piensas que pudieron ser los orcos?

—Párate a pensarlo. Stratholme ya fue asaltada por ellos hace como un año. Por la Luz, ¡incluso el arzobispo Faol estuvo allí! Demos gracias porque no sufrió daño alguno en aquel ataque.

—La Luz lo tenga en su gloria —recitó Dora.

—Da por seguro que está con la Luz. —Para Kaelin, nadie lo merecía más que Faol—. Volviendo al tema, me han dicho que el príncipe Arthas marchó junto a Lord Uther a luchar contra los orcos cerca de las montañas de Alterac. Y no hace mucho se llevó a sus hombres al este, en dirección a Stratholme. —Hizo una pausa para que Dora digiriese la información—. Lo que yo creo es que la Horda piensa iniciar una nueva guerra.

—Espero que te equivoques.

—Y si no fue la Horda, ¿quién más pudo ser? ¿Eh?

—Es solo que... no lo sé.

Kaelin dejó salir un exagerado alarido.

—¡Vamos guapa, deja de ser tan indecisa! No creas que me he olvidado de que te echaste para atrás cuando te tocó presidir la ceremonia de año nuevo.

Dora se puso roja como un tomate.

—Es que no me sentía lista para algo así —dijo con una sonrisa triste—. Además, tú lo hiciste muy bien.

—¡Porque no me preocupo y ya! —espetó Kaelin—. Si algo sale mal, solo lo arreglas y acabas el asunto.

—Sí, pero ahora estás hablando de guerra, ¿o lo olvidaste? —replicó Dora—. ¿Cómo arreglas ese problema?

—Supongo que está fuera de mi alcance arreglar algo así —reconoció de mala gana—. Pero tranquila. Tenemos dos paladines liderando la defensa allá al este. ¡Confiemos en ellos!

—De mucho que les sirvió a los de Stratholme —comentó su amiga, pesimista.

—¡Arriba el ánimo! Cuando digo esas cosas de que la Luz está con nosotros y todo eso lo digo en serio. El príncipe Arthas salvará al reino de la Horda... o cualquiera que piense fastidiar.

Dora suspiró, evidentemente intranquila.

—Sí, supongo que tienes razón —dejó salir para después intentar relajarse estirándose hacia atrás con las manos aguantando el peso de su cuerpo. De pronto se irguió sobresaltada.

—¿Y ahora qué te pasa? —inquirió Kaelin.

—Me pareció tocar piedra en el suelo.

—Es la alcantarilla —explicó Kaelin riéndose—. Pasa justo por aquí. Por eso es que debo cuidar mucho mi trigo si no quieres comer pan con sabor a cloaca.

Dora golpeaba la piedra del alcantarillado para tantearlo. Su rostro se contrajo en un gesto de desaprobación.

—Pues no me gusta, está muy expuesta en una tierra bastante suave.

—¿Y eso qué? —preguntó Kaelin confundida.

Dora la miró con una sonrisa infantil enmarcando su rostro.

—Pues que, si un ogro se parase aquí, todo esto se vendría abajo. A no ser que quieras darte un baño con toda la porquería de la ciudad... —Dora encogió los hombros.

—Y yo que pensaba adoptar un ogro como mascota... —se lamentó Kaelin.

Con el pasar de los días, un gran número de personas proveniente del este de Lordaeron llegaron a la Capital. Tal cantidad de refugiados trayendo rumores consigo sobre un nuevo horror que estaba cobrando forma terminó por recubrir el ambiente de la ciudad bajo el manto de una tensión creciente. Heridas que se creyeron cerradas fueron abiertas nuevamente con la sombra de un nuevo conflicto inminente. La falta de precisión de noticias venidas de fuera solo lograba acrecentar la sensación de paranoia en la población, puesto que se hablaba de una nueva monstruosidad desconocida. Como una peste que se propagaba al este de Lordaeron.

Previendo el pánico que podría desatarse en el reino, la Iglesia de la Luz Sagrada destinó grupos de sacerdotes devotos a las tierras afectadas con la misión de aliviar el terror que impregnaba a los pobladores que aún permanecían en aquellos lugares.

La tarde anterior a la partida, Dora entró de improviso en la habitación de Kaelin.

—¿Cuándo se marcharán?

—Han dicho que mañana a primera hora —respondió Kaelin. Se encontraba preparando su mochila con ropa de cambio y alguno que otro objeto que pudiese ser útil en el viaje—. Es una partida precipitada e iremos con prisas, por lo que han insistido en que llevemos con nosotros únicamente lo indispensable.

—¿No tienes miedo?

Kaelin la miró. La otra novicia se veía más pálida de lo normal y le temblaba ligeramente el labio. Se dio cuenta de que ella apenas era capaz de mantener la calma. Rápidamente pensó en algo para distraerla de sus inquietudes.

—Pues sí —reconoció—. Me da miedo pensar que nadie competente se hará cargo de mi siembra mientras estoy fuera.

Dora la miró con incredulidad.

—Oye, no vine aquí para que empieces con tus bromas.

Kaelin se levantó de golpe y tomó a Dora por los hombros mientras la miraba fijamente a los ojos.

—¡Es un asunto de vida o muerte! ¿No has escuchado que hablan de un grano contaminado? Es inadmisible que algo tan aberrante se extienda hasta mi trigo. Y es por eso que te dejo a cargo. Será la misión más importante de tu vida. —Acto seguido se inclinó ante su amiga—. ¡Salve! ¡Guardiana de la Cosecha!

—No tienes remedio.

La sonrisa que Kaelin buscaba en el rostro de Dora luchaba por brotar, pero la realidad en la que se encontraban no le permitía florecer. Por lo que decidió recurrir a otro método.

—Bueno, es que necesito a alguien de confianza que me cuide el rancho. Y si de verdad quieres superar tus pequeños miedos a la hora de tener alguna responsabilidad, puedes empezar por esto. Ya va siendo hora de que... —Se cortó a media frase, ahora que una nueva idea cobraba forma en su mente.

—¿Ya va siendo hora de qué?

Pero Kaelin estaba absorta en sus pensamientos, calibrando ideas y haciendo cálculos. Finalmente asintió.

—¿Qué tal si partes tú en mi lugar? —preguntó de pronto.

Dora retrocedió un paso.

—¿No será muy precipitado?

—¿Que acaso te da miedo?

—¡Pues claro que sí!

Su sincera respuesta desanimó un poco a Kaelin, pero no quiso darse por vencida.

—Ven, siéntate. —Tomándola del hombro la hizo sentarse en su cama, a su lado—. Si no es ahora, ¿cuándo? Llevamos años siendo novicias y he visto cómo has crecido en poder y belleza. En mi opinión, ya estás totalmente capacitada para asumir el manto del sacerdocio y ésta, mi amiga, es la oportunidad perfecta para que se lo demuestres a los mandamases.

—¿Belleza? —preguntó Dora extrañada, pero Kaelin la ignoró.

—Sé que tu fe en la Luz es grande y firme. Lo único que te impide desatarte como la brillante estrella que estás destinada ser es tu falta de confianza. Hazme caso, ve tú en mi lugar, libérate de ese lastre y te juro por lo más sagrado que cuando regreses arderás más que diez soles.

—La idea de arder no me place —replicó Dora, pero Kaelin le apretó de súbito las mejillas con los dedos de una mano, mientras la sostenía firmemente del hombro con la otra.

—¡Arderás más que el hombre de paja de Halloween! Y cuando los sacerdotes vean las ominosas llamas que exhalará tu cuerpo, ¡te permitirán ascender al siguiente escalafón!

Dora bajó la mirada y se quedó callada mientras de forma distraída comenzó a acariciar un colgante que siempre llevaba al cuello. Kaelin le concedió unos momentos de silencio para que pudiera meditar sobre lo que le había dicho.

—¿Y tú crees que estaré a la altura? —dijo finalmente.

—Si no fuera así, no te diría todas estas cosas.

—Haces que parezca tan fácil. —Kaelin no replicó nada—. ¿Cómo lo haces?

—¿Hacer qué?

—Destilas confianza. Pareciera que nada te puede salir mal. Y... —Dora tragó saliva—. Y logras que te crea cuando me dices que puedo hacerlo.

—La clave está en no pararse a pensar en el fracaso.

—A veces tengo la impresión de que nunca piensas en nada.

Kaelin la soltó y se encogió de hombros.

—Ese es mi secreto —dijo con una sonrisa—. Además, el título de Guardiana de la Cosecha me pega mejor que a ti.

Le tomó toda la tarde convencer a los sacerdotes de que llevasen a Dora en lugar de a ella. Aunque finalmente supo convencerlos al apelar a las prisas de la situación, pues no había tiempo que perder en discusiones como aquella. Por lo que finalmente cedieron para que Kaelin dejase de fastidiar.

—¡Intenta enviarme cartas siempre que te sea posible! —le pidió a Dora a la mañana siguiente. Se encontraban fuera de la Capilla, donde los caballos y sus carros estaban siendo preparados para el viaje.

—¡No me dijiste que llevase pergamino y tinta! —replicó ella.

—¿Y que acaso si yo no te lo digo no se te pasaba por la cabeza?

Y en respuesta Dora dejó salir un suspiro, abatida.

—Está bien, lo siento —se disculpó Kaelin—. Puedes conseguir algo de pergamino y tinta en las aldeas de por ahí.

—Bien. Entonces supongo que eso es todo.

—Cuídate mucho. Cuando vuelvas, ya sabes dónde encontrarme.

Dora se rio entre dientes.

—Leyéndole cuentos a tu bebé, como siempre. Nos vemos entonces. Trigueña.

Kaelin no se preocupó por la suerte de su amiga los días después de su partida. Principalmente debido a que confiaba plenamente en ella y en que la gran cantidad de refugiados que tuvo que atender la mantuvo ocupada la mayor parte del tiempo. De esta forma pasaron las semanas. Con gente desplazada llegando en masa a la Capital. A Kaelin no se le pasó por alto la similitud de aquella situación con la que se vivió durante la Segunda Guerra, cuando solo era una niña. El compromiso que había nacido en ella, tras la guerra, de atender a los afectados por el conflicto la conminó a reconfortar a todo aquel que lo necesitaba en esos tiempos difíciles. Pues tal era el deber de los sacerdotes de la Luz Sagrada, y los novicios como ella. Con el dolor de su alma, se vio obligada a descuidar su plantación, pues se vio incapaz de dejar de ayudar a su gente, cuando conocía la pena por la que estaban pasando tan bien como ellos.

Fue así como se enteró de forma más detallada de qué fue lo que había ocurrido fuera de la ciudad. Todo comenzó con una rara enfermedad que afectó de improviso a una gran parte de la población. Un brote de una peste desconocida que se cobró una gran cantidad de vidas. Una epidemia que en poco tiempo ya había arrasado aldeas enteras. Después, los que no se vieron afectados por la enfermedad fueron atacados por, según sus testimonios, cosas monstruosas. Cosas muertas. Esas abominaciones marcharon como si de una fuerza apocalíptica se tratase, aldea por aldea, forzando a los supervivientes a evacuar hacia la Capital. Se decía por ahí que la ciudad de Stratholme había sido devastada por esos monstruosos seres. Quemada hasta sus cimientos y todos sus habitantes masacrados. Y, sin embargo, rondaban ciertos rumores que apuntaban a que el responsable se trataba del mismísimo príncipe Arthas. Aunque Kaelin era incapaz de creer que un paladín, un campeón de la Luz, fuese capaz de cometer semejante atrocidad. Poco después de la destrucción de Stratholme, Arthas había reunido un ejército y marchó con él hacia el continente gélido de Rasganorte. Kaelin supuso que en aquella tierra alejada de la mano de la Luz se encontraba el verdadero enemigo que había arrojado el horror en Lordaeron. El horror de la no-muerte. Y aquella suposición se extendió entre la gente de la Capital. El príncipe Arthas luchaba en el frío norte contra el verdadero enemigo.

Y tras incontables días de incertidumbre y pesares, las noticias y rumores venidos del exterior se detuvieron. Emisarios fueron enviados desde la Capital hacia distintos puntos del reino y con el tiempo regresaron informando que los no-muertos habían desaparecido. Los ataques se interrumpieron de una manera tan sorpresiva al igual que como iniciaron en un principio. El desconcierto se apoderó de los refugiados, pero éste se disipó cuando a todos les llegó la noticia de que el príncipe Arthas regresaba victorioso desde Rasganorte, tras haber derrotado al responsable de aquella calamidad.

De la misma manera que ocurrió varios años atrás, el júbilo se apoderó de las calles de la Ciudad Capital. Pronto comenzaron los preparativos para una gran ceremonia con la que se esperaba recibir al príncipe Arthas, como el héroe de Lordaeron. Gente de todo el país acudió en masa a la celebración y la ciudad se encontraba repleta cuando el príncipe finalmente regresó a casa. Las puertas de la fortaleza se abrieron con gran estruendo y el bienamado príncipe las atravesó. El público allí reunido estalló en vítores y aplausos a su llegada. Arthas marchaba escoltado por dos guardias que mantenían su rostro cubierto por una capucha. De hecho, el mismo príncipe iba encapuchado, haciendo imposible observar su inconfundible semblante.

Kaelin se encontraba en lo alto de una muralla interna de la ciudad, cerca de la entrada al palacio del rey Terenas. Estaba rodeada por una gran cantidad de personas y todas y cada una de ellas lanzaban pétalos de rosa a la calle de abajo, las que bañaban a Arthas y su pequeño séquito. Kaelin pudo ver cómo el príncipe se detuvo de pronto, tomaba al vuelo un pétalo con la mano, lo acarició por un momento y luego miró hacia arriba. La novicia pudo ver levemente la faz de Arthas antes de que este bajase la mirada y prosiguiese su camino. En ese instante, se percató de algo. El príncipe no portaba su martillo, el cual ella sabía le fue entregado el día en que había sido ungido como paladín de la Luz. En su lugar cargaba con un singular mandoble. Kaelin lo miró un instante y le pareció que solo con verlo se le enfriaba el corazón. La sensación solo duró un breve instante, pero acabó sintiéndose terriblemente confundida, intentando entrever qué podría significar aquello. Entonces Arthas cruzó las puertas del palacio y Kaelin ya no fue capaz de verlo más.

El gentío a su alrededor se erguía expectante en las afueras del palacio. Kaelin se hallaba intranquila, como si hubiese algo que no cupiese en su sitio dentro de sus pensamientos, así que se fue abriendo paso entre la muchedumbre para salir de allí. Ya se encontraba en un lugar más despejado cuando sintió una fuerte opresión en el pecho. Estaba segura. Había algo esperando fuera de la Capital.

¿Pero esperando qué?

Kaelin se hallaba en plena calle. Contemplando las puertas cerradas de la Ciudad Capital con una creciente inseguridad en su interior.

Fue en ese momento que todo se vino abajo.

Lo primero que escuchó fue gritos de pánico provenientes del palacio. La gente escapaba en desorden en dirección al lugar donde se encontraba Kaelin.

—¡Han matado al rey! —gritaban algunos—. ¡Arthas ha matado al rey!

El rey, ¿muerto? Imposible decidió Kaelin. Que algo así ocurriese era impensable.

Un fuerte golpe retumbó por las calles. Un golpe que vino desde la puerta de la ciudad. Kaelin se giró para contemplarla.

Otro golpe que hizo temblar el mundo. El corazón de Kaelin latía a contrapunto.

Entonces la puerta, que logró resistir el terrible ataque de la Horda años atrás, se vino abajo. Y por ella entraron en tropel una gran cantidad de abominaciones. Cosas terribles.

Cosas muertas.

Se lanzaron como una inclemente avalancha sobre la gente y en el mismo lugar las despedazaban con sus terribles garras. Apestaban. Hedían a descomposición. Como una colmena enfurecida se dispersaron a lo largo de las calles y mataban a todo ser vivo que encontrasen. Daba igual si se tratase de hombres, mujeres o niños. Las monstruosidades no perdonaban a nadie. A pesar de que la cantidad de aberraciones era ingente, más y más cruzaban los portones derribados. Parecían ser una fuerza infinita. En cuestión de segundos, el pánico y el caos se apoderaron de toda la Ciudad Capital.

¡Huye! le dijo su mente a Kaelin. Debía escapar de aquel lugar si quería sobrevivir. Pero el terror se apoderó de ella, cortando de esta forma sus pensamientos.

Conocía perfectamente esa sensación.

Mas ya no era una niña. Aprendió muchas cosas en los últimos años en la Iglesia de la Luz Sagrada.

Recitó una breve oración y la Luz la bañó con su gracia. Con eso bastó para que el terror soltase su corazón y su mente se despejase. Entonces se dio la vuelta y se fue corriendo.

Corriendo lo más rápido que le permitieron sus piernas, buscó por todos lados algún escondite que la ocultase de aquellas bestias que ahora asolaban las calles. De improviso, una mano tiró de su hombro y la hizo entrar a un edificio donde no había luz. Rápidamente la puerta se cerró tras ella.

—¡¿Qué?! —exclamó—. ¡¿Donde...?! —Pero se vio interrumpida cuando la misma mano le cubrió la boca.

—¡Guarda silencio! —susurró la voz de un hombre—. ¿Que acaso quieres que nos encuentren?

Cuando los ojos se le acostumbraron a la oscuridad pudo ver que unas cuantas personas se encontraban allí acurrucadas en la estancia. Se trataba de un escondite improvisado.

Kaelin miró al hombre que la tenía sujeta y asintió. Entonces él la soltó. Nadie dijo nada. El silencio era imperativo. Se acercó a la ventana cerrada y, de forma impulsiva, la abrió hasta que pudo mirar al exterior por una rendija no más gruesa que una aguja de coser.

Los que se encontraban allí gimieron de terror al ver lo que Kaelin había hecho y el hombre que la metió ahí dentro le recriminó en voz baja:

—¡¿Qué haces?!

—¡Necesitamos saber qué pasa allí fuera! —respondió Kaelin en un murmullo—. ¡No podemos quedarnos aquí y esperar que esas cosas se hayan olvidado de nosotros! ¿Qué haremos en caso de que nos encuentren? ¿Dejar que nos maten? No. Debemos estar alertas.

Nadie se atrevió a cuestionarla. Kaelin no se movió de su sitio y no dejó de vigilar la calle en ningún momento. De vez en cuando vio pasar grupos de aquellas viles criaturas, pero parecía que ninguna reparaba en ella.

Se escuchaban gritos espeluznantes provenientes del exterior y el horrible sonido de la carne siendo rasgada. El olor del humo hizo que Kaelin entendiera que los monstruos estaban incendiando la ciudad.

A este paso, la Capital compartirá el destino de Stratholme.

En ese momento, una figura humana apareció en el campo de visión de la novicia. Kaelin se sintió confundida por un momento y casi creyó que el peligro ya había pasado y era seguro salir. Pero entonces cayó en la cuenta de que se trataba del príncipe Arthas.

Lo comprendió en ese momento. Aquel que estaba detrás de aquella matanza era el supuesto héroe de Lordaeron. Recordó los rumores sobre Stratholme.

Kaelin miró fijamente al príncipe maldito. Él era la muerte. Lo supo en su corazón.

Se notaba muy distinto a cómo había sido en las contadas ocasiones que Kaelin lo vio en otro tiempo. Estaba demacrado y su cabellera, antaño dorada, se había vuelto blanca. Y no solo su cabello. Su piel estaba inhumanamente pálida. Era como si no quedase ni una sola gota de sangre en el cuerpo de Arthas.

Kaelin se mordió un labio para no emitir ningún sonido.

¿Cómo era posible que un paladín cometiese tan terrible atrocidad? ¿Es que acaso Arthas había abandonado la Luz?

Derramó lágrimas de ira al pensar que aquel hombre que desfilaba tranquilamente ante ella era el responsable de todas las muertes, de todo el dolor, el sufrimiento y el miedo. Aquel que alguna vez fue un guerrero sagrado. Un paladín indigno. Un monstruo.

¡La Luz debería castigarlo! pensó. Tendrá su castigo. Estoy segura.

Entonces aquel que había sido el príncipe de Lordaeron desapareció de su vista. Pero el odio que Kaelin sintió iba tras él.

Incapaz de quedarse allí sin hacer nada, se puso de pie, decidida.

—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó una anciana en voz baja. Kaelin los miró a todos.

—Esas cosas están registrando casa por casa. Llegarán aquí en poco tiempo. Ahora que el príncipe infernal ha pasado parece que el camino está despejado. Pero no creo que dure mucho. ¡Si vamos a movernos debe ser ahora!

Pero nadie se movió. Kaelin vio el miedo en sus ojos. Supo lo que tenía que hacer. Cerró del todo la ventana y la oscuridad envolvió la estancia por completo.

Entonces la Luz iluminó el mundo cuando Kaelin la llamó. Intentó llegar a los corazones de todos los que allí se encontraban. Necesitaba calmarlos, hacer que olvidasen el miedo para que tuvieran una mínima oportunidad de salir de allí con vida.

Cuando terminó, la tensión que se sintió en aquel lugar había desaparecido. Ese era el poder de la Luz.

—¿Ya están mejor? —preguntó Kaelin.

—La Luz te bendiga, hija —dijo la anciana de antes con la voz quebrada. Tras eso, se echó a sollozar. Sin comprender lo que estaba sucediendo, Kaelin se acercó a la mujer.

—¿Qué pasa?

La anciana la miró. Y le sonrió.

—No es nada, cariño. Es solo que pensar que existen jóvenes como tú me hace sentir alegría.

—Eso está bien. Pero debemos marcharnos cuanto antes —dijo Kaelin mientras tomaba a la anciana del brazo para ponerla en pie. Sin embargo, ella se liberó de su agarre.

—Es mejor que vayas tú sola. Nosotros partiremos poco después de que te hayas ido. —Kaelin no podía creer que la anciana dijera esas palabras. Miró a las demás personas allí escondidas y algunas asintieron.

Han perdido la esperanza se dio cuenta Kaelin. ¿De qué sirvió entonces que llamase a la Luz?

—Ciertamente la Luz está contigo —siguió diciendo la anciana—. Y es por eso que debes partir, pues tu misión en este mundo aún no ha terminado.

El hombre que la había metido en el refugio se levantó en ese momento.

—Yo defenderé a esta gente hasta el último momento, y los sacaré de aquí si es posible. Pero es mejor que te vayas. De todos nosotros, eres la que tiene más oportunidades.

Kaelin lo entendió. Les di paz. Han aceptado su destino. Y comprendió que ya no quedaba nada más que pudiese hacer por ellos. Miró a aquel hombre y asintió. Abrió levemente la puerta y antes de salir miró hacia atrás.

—Que la Luz los acompañe. Donde sea que vayan.

Entonces salió y cerró la puerta tras ella.

Se escabulló como pudo por las calles. Buscando algún escombro o cualquier objeto de gran tamaño tras el que poder ocultarse. Las monstruosidades no-muertas continuaban rondando por doquier, buscando víctimas que destrozar y junto a ellas marchaban figuras humanas vestidas de negro que apestaban a muerte y que usaban poderes profanos para prender fuego a los edificios.

Kaelin confiaba en la Luz, y confiaba en que ésta la iba a mantener a salvo. Fue de esta manera avanzando por las calles hasta que se dio cuenta de que no se estaba dirigiendo a las puertas de la ciudad. De pronto la Capilla de la Luz se alzó ante ella.

¿Era posible que sus pasos la llevasen ahí de manera inconsciente? ¿O era obra de la Luz?

Sea como fuere, Kaelin no iba a discutir contra ello. Por lo que, tras asegurarse de que era seguro, entró en el sagrado edificio.

Como era de esperarse, el lugar estaba destrozado. Los ventanales rotos, los asientos despedazados y parecía que no quedaba nada en pie.

Incluso encontró sacerdotes desfigurados, desplomados en el suelo en posiciones imposibles. Muertos.

Kaelin derramó lágrimas amargas al contemplar semejante profanación. ¿Es que acaso ni siquiera la Luz puede detener a estas pérfidas aberraciones? Si era así ¿entonces qué esperanza quedaba para todo lo demás?

Un movimiento captó su atención. Se giró y vio a una sacerdotisa en pie que la miraba. Por un fugaz instante, Kaelin sintió alegría al pensar que alguien hubiera sobrevivido, pero entonces cayó en la cuenta de que a aquella mujer le faltaba la mitad del rostro. Fue capaz de verle el interior del cráneo.

Es imposible pensó aterrada. No debería poder estar viva. El rostro del ser que no podía seguir vivo estaba tan desgarrado que Kaelin ni siquiera era capaz de discernir de quién se trataba.

La sacerdotisa no-muerta miró a la novicia que aún vivía y se lanzó hacia ella. Kaelin corrió en dirección contraria, hacia una puerta fuera de la bóveda principal de la Capilla. Consiguió salir y cerrar la entrada justo a tiempo antes de que la monstruosidad se le echase encima. La aberración comenzó a gritar como si de una desquiciada se tratase, con unos alaridos inhumanos que hacían daño con solo oírlos.

Y en respuesta, muchos otros gritos igual de espeluznantes provenientes del exterior se sumaron al escándalo. Al percibir el sonido de muchas pisadas y quejidos guturales provenientes del otro lado de la puerta cerrada, Kaelin comprendió el peligro en el que se encontraba. En el instante en que echó a correr, pudo oír unos pasos que no pudieron venir de los seres que vio antes por las calles, pues sonaban mucho más pesados, como si proviniesen de una criatura por mucho más grande que las demás. Y por el ruido que traía consigo esta nueva monstruosidad, Kaelin supo que arrastraba unas cadenas consigo.

Corrió por el pasillo en el que se encontraba y justo en el momento en que doblaba por una esquina, vio por el rabillo del ojo que aquella enorme abominación que había llegado al último echó la puerta, que ella cerró, abajo de un solo y monstruoso golpe. No pudo verlo con claridad, pero sí entrevió que aquel ser era gigantesco.

El retumbar de los pasos de la pesadilla andante sonaban cada vez más cerca, pronto alcanzaría a Kaelin, quien se encontraba cada vez más próxima a la desesperación. Intentaba girar por cada pasillo, entrando y saliendo de muchas habitaciones intentando confundir y perder a la bestia. Pero era en vano.

Finalmente, sus pasos la llevaron al jardín de la Capilla. Miró a su alrededor, buscando alguna salida, pero su mirada se detuvo cuando vio su pequeña plantación de trigo. La contempló con gran pena y melancolía, pues terminó por entender que aquél era el fin; que no había escapatoria. Y, como si comprendiese los sentimientos de la joven novicia que lo cuidaba como si de una madre se tratase, el trigo comenzó a marchitarse, perdiendo su brillo y firmeza. Cayendo muerto sobre la tierra.

Kaelin lloró al ver su trigo agonizar de esa manera. Porque para ella no era solamente una humilde huerta. Era un reflejo de sí misma. Una parte de su esencia. El único recuerdo que guardaba de su vida antes de haber conocido la tragedia. El último resquicio de inocencia que conservaba. El trigo era su hogar, su familia y sus padres. Era el fruto del amor que ellos le habían entregado. Eran sus cuentos de juventud, sus caricias y mimos. Era la granja, su hogar y sus amigos de la infancia. Kaelin amaba su trigo porque significaba todo lo que fue bueno alguna vez, en un mundo amable y lleno de amor.

Ahora que el trigo que cuidó por años había muerto ¿significaba que la muerte también había llegado para ella?

Y como una confirmación de sus funestos pensamientos la monstruosidad destrozó las paredes y se acercó a Kaelin. Se trataba de una gigantesca y repulsiva criatura. Contaba con muchos brazos los que cargaban tanto cadenas como hachas que goteaban sangre. Su vientre estaba abierto, dejando a la vista un montón de entrañas que bailaban y se retorcían en su interior. Su carne estaba cosida, dando la sensación de que estaba hecho de cuerpos diferentes. Un horror encarnado.

Kaelin ya no huyó. Se plantó ante la abominación llena de amargura e ira. Le gritó en desafío.

A la cabeza le vino una voz que hace muchos años le había dicho "La Luz está contigo. Nunca lo olvides.

Tenlo siempre presente, pues puede ser el único escudo que tengas algún día. Y jamás te abandonará."

Levantó una mano con la palma abierta y llamó a la Luz. Y ésta respondió.

Su Luz brilló tan fuerte que dañó los ojos de la abominación, la que retrocedió unos pasos.

Sin embargo, de manera sorpresiva, el monstruo lanzó una cadena en dirección a Kaelin, la que se lanzó al suelo en un acto reflejo.

La Luz se disipó.

La aberración ahora se veía en verdad furiosa y, tras recuperarse de la impresión provocada por el destello, cargó en dirección a Kaelin.

Ella miró hacia un lado, hacia su trigo marchito, como queriendo despedirse.

Bueno, es todo. Cerró los ojos.

La tierra crujió debajo de ella y se partió, haciendo caer a la abominación. Kaelin tardó un momento en comprender lo que estaba ocurriendo.

Dora, odio cuando tienes razón.

El mundo perdió todo sentido cuando la cloaca se vino abajo. Kaelin cayó por ella y la corriente la arrastró con una gran fuerza. Luchaba por respirar debido al miedo de ahogarse. Pero de la abominación no quedaba ni rastro.

La corriente la llevó por su camino por lo que a Kaelin le pareció una eternidad, pero finalmente se estrelló contra una reja, dándose un fuerte golpe en la cabeza que le hizo perder el sentido. Por suerte para ella, ésta se abrió a causa del impacto, por lo que salió expulsada de las cañerías de la ciudad a tierra firme.

Kaelin, aturdida, casi ahogada y bañada en inmundicia se arrastró fuera del charco de la cloaca. Cuando recuperó parte del sentido de la orientación observó a su alrededor. Vio árboles y campo abierto extendiéndose hasta donde la vista llegaba. Miró tras ella y vio la muralla de la ciudad.

Había logrado escapar de la ruina de la Ciudad Capital.

Kaelin, al límite de sus fuerzas, se permitió una sonrisa antes de caer desfallecida.

Se despertó cuando unas manos comenzaron a agitarla frenéticamente. Kaelin abrió los ojos y vio a un hombre vestido con una armadura ornamentada zarandeándola.

—¡Oye! —le gritaba éste—. ¿Estás bien?

De golpe y de forma convulsiva, Kaelin se dio vuelta y, de cara al suelo mientras sostenía el peso de su cuerpo con ambos brazos, vomitó.

Cuando terminó le costaba respirar. Sintiéndose muy débil y enferma. No pudiendo dejar de dar vueltas a aquellas cosas que vio dentro de la ciudad. Las monstruosidades asolando las calles. Los muertos que yacían en todos lados. La Capilla destrozada y su trigo marchito. No se sentía segura de si acaso todo eso realmente hubiese ocurrido o solamente se trató de una espantosa pesadilla febril. En su fuero interno rezó para que así fuese. Algo tan terrible como lo que atestiguó no podía ser algo real. Lo deseó con todo su corazón.

El hombre que la había encontrado puso una mano sobre ella y, recitando una oración, iluminó a Kaelin con la Luz.

Ella abrió los ojos como platos al ver lo que aquél extraño estaba haciendo.

—¿Eres un paladín? —preguntó con un hilillo de voz. La Luz brindó al cuerpo desfalleciente de la novicia nuevas fuerzas. Las suficientes como para que pudiese ponerse de pie por su propia cuenta.

—Estoy aquí para proteger a todos los creyentes —confirmó el paladín. Entonces miró a Kaelin con premura en sus ojos—. ¿Lograste escapar de la Capital? ¿Ilesa? —Ella asintió—. ¿Escapaste tú sola o vino más gente contigo?

—No, solo yo. —Comprendió dónde quería llegar—. ¿Es que no han encontrado a nadie más que pudiese haber huido?

El rostro del paladín se convirtió en una máscara de dolor y negó con la cabeza.

—Hace poco recibimos informes de que los no-muertos reanudaron sus ataques a los pueblos de Lordaeron y vinimos aquí a informar. Y entonces... —La voz se le quebró, pues el dolor que pareció sentir era muy fuerte.

—Entonces se encontraron con esto —terminó Kaelin por él. El paladín asintió.

—Reunimos a todos los soldados que pudimos encontrar y formamos una línea defensiva para que el enemigo no pudiese propagarse por estas tierras. ¡Pero son tantos! —El paladín suspiró, frustrado—. Me temo que pronto nos veremos superados y cuando eso pase... —Negó con la cabeza.

Las tropas a las que el paladín se refirió estaban desplegadas a unos treinta metros del lugar donde Kaelin y el paladín se encontraban charlando. Habían formado una hilera de escudos con la que bloqueaban el camino por el norte.

Un no-muerto atacó de pronto pero no fue capaz de llegar muy lejos cuando los soldados lo destrozaron con sus espadas. Tras él, llegaron tres más y, al caer estos también, terminaron viniendo muchos otros. Dio la impresión de que no tenían fin.

—Como puedes ver, la situación es mala —comenzó a decir el paladín—. Sin embargo, somos soldados del rey. No podemos darnos por vencidos mientras exista una mínima posibilidad de...

—El rey ha muerto —lo interrumpió Kaelin mientras miraba hacia el suelo. No se atrevió a darle la cara mientras le comunicaba esas funestas noticias.

El guerrero sagrado tembló y por un momento pareció que se iba a venir abajo, pero rápidamente recobró la compostura.

—El rey Terenas... ¿muerto? Ciertamente es un día aciago para Lordaeron. ¿Y el príncipe Arthas? ¿Regresó a salvo de las tierras del norte?

—Sí, regresó ileso. —Kaelin miró al hombre con un desprecio que no estaba dirigido a él—. ¡Fue Arthas quien trajo a los muertos! ¡Fue él quien asesinó al rey!

Imaginó que el paladín quizá no creyese su historia tan fácilmente y sin pruebas, pero se sintió movida a decirle la verdad.

—Me niego a creer eso. Es un paladín como yo. Un luchador de la Luz, amado por la gente del reino.

—¡Pero es la verdad!

—Lo que dices es muy grave. —El ruido de la escaramuza atrajo la atención de ambos. Las fuerzas de los no-muertos estaban haciendo retroceder a los soldados de Lordaeron—. ¡Si lo que dices es cierto, debes avisar! —gritó para hacerse oír sobre el bullicio y luego se alejó al trote. Kaelin corrió tras él.

—¡¿Avisar a quién?! —No pudo imaginar otro lugar al que pudiese ir ahora que la Capital había caído. El paladín se detuvo junto a un árbol donde estaba atado un caballo color bayo que rápidamente desató.

—Debes ir al sur. A la ciudad de Dalaran. Diles lo que pasó aquí y también que deben prepararse para lo peor. —Entonces le entregó las riendas de la montura a Kaelin.

—¡Ustedes también deben marcharse! —gritó ella a su vez—. ¡Aquí ya no pueden hacer nada! ¡Deben retirarse!

Pero el paladín la miró con fiereza.

—¡Si hubiésemos hecho eso, los no-muertos te habrían encontrado antes que nosotros y solo la Luz sabe qué te habría pasado!

Kaelin no dijo nada. Después de todo tenía razón.

—¡Tal vez aún haya supervivientes en algún lugar de esta carnicería! —siguió diciendo el paladín—. ¡Es nuestro deber asegurarnos de salvar a todos los que podamos!

—¡Podrían morir! —le gritó ella sin tapujos.

—La Luz está con nosotros, hermana —dijo él tranquilamente—. Morir no nos asusta. Esarus thar no'Darador.

Y tenía razón. Cuando aquel guerrero sagrado empuñó su martillo, la Luz pareció fluir a través de él. Era una visión gloriosa e inspiradora. Kaelin lo miró asombrada.

—Ahora debes partir —se despidió él—. ¡Vete ya! —Y se giró encarando al enemigo mientras cargaba hacia él.

Kaelin se subió al caballo con algo de esfuerzo. Ya tenía algo de experiencia en equitación tras años de peregrinajes a lo largo y ancho del reino. Golpeó las espuelas haciendo que la bestia echase a correr.

Hacia el sur, lejos de la batalla y de la Capital. Conforme se alejaba, fue capaz de escuchar el choque del acero en fiero combate. Kaelin apretó los dientes y se concentró en su misión, perdiéndose en la distancia.

Tras ella, el reino de Lordaeron ardía sin remedio.

La agitación se adueñó de los poblados alrededor de la ciudad de Dalaran, a causa de la gran cantidad de gente que buscaba refugio en el que parecía ser el único lugar seguro en aquellas tierras. Las noticias venidas del norte eran vagas en el mejor de los casos. De lo único que se tuvo algo de certeza fue que la Ciudad Capital de Lordaeron había caído y algún tipo de mal se encontraba recorriendo sus ruinas ardientes. Puesto que Dalaran no deseaba correr la misma suerte, desde hace ya unos días comenzaron a reforzar las defensas de la ciudad. Llamando tanto a los guerreros que hubiesen sobrevivido a la catástrofe hasta entonces, como también invocando las defensas arcanas por mano de los poderosos magos y taumaturgos que gobernaban aquella región. Por lo visto, fuese cual fuese el nuevo enemigo que asolaba Lordaeron en aquellos momentos, se contentaba con ese lugar, a menos de momento, lo que le daba a Dalaran el tiempo para prepararse en caso de que se convirtiese en el próximo objetivo.

Ya habían transcurrido un par de días desde la caída de la Capital, cuando al amanecer llegó sin avisar un caballo que parecía estar al borde del desvanecimiento, bañado en su propio sudor y echando espuma rojiza por el hocico. Y, sin embargo, se notaba mejor comparado con la mujer que cargaba en el lomo. Ésta se había atado a sí misma a las riendas para asegurarse de no caer. Dio la impresión de no haber comido en días y sus ropas, que revelaban que aquella recién llegada tenía conexiones con la Iglesia, estaban destrozadas y muy sucias. Al llegar a Dalaran, se encontraba desplomada sobre la crin de su caballo, al borde de la inconsciencia.

Cuando los residentes repararon en su llegada, rápidamente le salieron al encuentro y la llevaron a un sanatorio, donde la tendieron en un lecho. Cuando comprobaron su estado, se dieron cuenta de que la mujer ardía en fiebre. Rápidamente le llevaron agua.

—¿De dónde vienes? —preguntaron los aldeanos con gran insistencia. Al parecer para ellos era un asunto de importancia.

—La Capital —respondió Kaelin finalmente cuando recobró algo de sus fuerzas. La gente se sobresaltó al escuchar esa respuesta—. Debo llegar a Dalaran —afirmó sin dirigirse a nadie en concreto. Ese cometido en particular ocupaba todos sus pensamientos.

—Puedes descansar entonces —le dijo un sanador—. Pues es allí donde te encuentras

Kaelin dejó salir un suspiro y, dejando de resistirse, se entregó al agotamiento.

—¡Deben avisar al Kirin Tor! —escuchó decir antes de perder el conocimiento—. ¡Hay que llevarla a la Ciudadela!

Cuando despertó, lo primero que notó fue que estaba limpia y que le habían cambiado sus ropas despedazadas por una sencilla túnica blanca. Sus heridas fueron tratadas y vendadas. Se encontraba en un lecho dentro de una sala en la que vio una hilera de camas semejantes a la suya. Había muchos enfermos y heridos en ellas. El silencio imperaba en aquel lugar, pero la brillante luz del sol entraba por un enorme ventanal que se encontraba a un costado. Viendo a través de él, Kaelin pudo ver que fuera se alzaban muchos edificios extraños y de formas variopintas. Todas con un llamativo tejado color púrpura. A la distancia, pudo observar unas torres de formas curiosas que dominaban la escena. Si ella hubiese tenido que describir lo que vio ahí fuera, hubiera dicho que era algo mágico.

Intentó ponerse de pie, pero en cuanto trató de levantar la cabeza, ésta le amenazó con estallar, haciendo que volviese a desplomarse sobre el mullido colchón. Necesitaba averiguar qué sitio era aquel. Por suerte para ella, la sala no se encontraba sin vigilancia.

Una mujer mayor vestida de blanco acudió a atenderla.

—No te esfuerces. Aún debes recuperar fuerzas —le explicó mientras tomaba un vaso de la pequeña mesa que estaba a un lado de la cama y lo llenaba con agua de un jarrón.

—Esto es Dalaran, ¿cierto? —preguntó Kaelin cuando aceptó el vaso que le ofrecieron.

—Así es —respondió la mujer. Entonces se giró para retirarse—. Debo dar el aviso de que despertaste.

—¿Cuánto tiempo llevo dormida? —le preguntó mientras se alejaba.

—Una semana —le contestó desde la puerta para luego desaparecer de la vista al salir de la sala.

Kaelin se irguió y se quedó sentada en la cama. Miró a su alrededor, estudiando a los demás enfermos. Algunos se veían increíblemente demacrados y solo unos cuantos estaban despiertos. Oyendo el silbido que provenía de las bocas de algunos, comprendió que les era difícil respirar.

¿Yo estaba así de mal? se preguntó. Claro, después de todo llevaba una semana inconsciente y aún en ese momento se encontraba débil. Tal vez solo fue por costumbre o una mera ocurrencia, pero rezó una breve plegaria en su interior. La Luz acudió y sintió como se fortalecía un poco. Al menos la cabeza ya no le pareció que quisiese explotar.

Entonces se echó nuevamente sobre el colchón y se quedó mirando el techo, pensando en la misión que le encargó ese paladín. Sintió una punzada al recordarlo. ¿Seguiría vivo? Quiso creer que sí, pero había visto lo terrible que pueden ser los no-muertos y ya no se sintió segura de nada. Vio en sus pensamientos a la muchedumbre yaciendo sin vida, regada por las calles de la ciudad. Escuchó los gritos de la gente aterrada, corriendo para salvarse, sin suerte alguna. Rememoró la espeluznante visión de las llamas devorando la orgullosa Capital. La Capilla de la Luz destrozada y sus devotos moradores masacrados. El lugar donde el arzobispo Faol le había concedido una nueva vida y un nuevo propósito.

Pensó en Dora. ¿Estará bien? ¿Habrá salvado la vida al encontrarse lejos de la masacre? Rezó a la Luz para que así fuese. Ojalá pudiese verla de nuevo.

Y ahora se encontraba en Dalaran. Y su misión era dar el aviso de lo que ocurrió en el norte. Debía tener fe en que aún era posible salvar lo que aún quedase en pie.

¿Pero qué les iba a decir? ¿Si les explicaba que los muertos se levantaron de sus criptas para arrasar Lordaeron la terminarían tomando por una lunática? ¿Cómo les explicaría que el príncipe Arthas fue quien masacró a su propia gente?

En ese momento entró en la sala un hombre alto, muy delgado, con la cabeza calva y sus arrugadas facciones adornadas con un grueso bigote y una larga barba blanca. Iba vestido con una túnica violeta y blanca exquisitamente bordada. Solo con verlo Kaelin fue capaz de darse cuenta de que aquel anciano era más de lo que parecía ser a simple vista.

El recién llegado tomó un pequeño banco, que Kaelin no recordaba haber visto hasta que el extraño lo tuvo en sus manos, y se sentó en él, junto a la novicia.

—Tienes buen semblante —dijo—. Dentro de poco deberías estar plenamente recuperada. ¿Cómo te llamas, niña?

—Kaelin. Kaelin Solli. Soy novicia de la Iglesia de la Luz de Lordaeron. —No sabía por qué, pero sintió dentro de sí la necesidad de mostrarse formal ante aquel hombre en particular.

—Pues, Kaelin Solli, bienvenida a Dalaran —le dijo él con una sonrisa—. Aunque hubiese preferido que nos hayas visitado en tiempos más felices.

Ella se limitó a dejar salir una risa nerviosa. No estaba segura de cómo manejar esa situación.

—¿Es cierto que lograste escapar de la Capital? —siguió el anciano.

—Sí, es verdad —afirmó mientras asentía con la cabeza.

—Lamento que hayas tenido que pasar por todo eso. Como también lamento tener que pedirte que me cuentes todo lo que viste ese día, cuando apenas has comenzado tu recuperación.

—No, está bien —soltó ella rápidamente—. Después de todo a eso vine hasta aquí.

Entonces comenzó a narrarle los sucesos de ese fatídico día, comenzando desde la llegada del príncipe Arthas hasta el momento en que el paladín, del que nunca supo el nombre, le entregó su caballo para que cabalgase hacia Dalaran. Al ver que en ningún momento el anciano la interrumpía o parecía cuestionar la veracidad de su relato, Kaelin se sintió más confiada y dispuesta a contarle hasta los últimos detalles. Incluso sobre cómo el pequeño grupo oculto en esa casa pareció aceptar su destino y también el estrafalario y demencial aspecto de la criatura que la atacó en el jardín de la Capilla. Cuando Kaelin terminó de narrar su testimonio, el hombre calvo asintió.

—Ya veo —dijo escuetamente. Luego cerró los ojos y guardó silencio, como si estuviese digiriendo todo lo que acababa de escuchar de boca de Kaelin. Ella no se atrevió a decir nada, por lo que se limitó a esperar—. ¿Y tú cómo te sientes?

—Pues... —masculló y pensó en su trigo marchitándose—. Como si me hubiesen arrancado de raíz.

—Curiosa forma de expresarlo, aunque no por eso menos adecuada —le sonrió—. Bueno, ya te castigué con un interrogatorio, así que si tienes alguna duda o preocupación eres libre de consultarme.

—Su nombre.

—¡Vaya! —exclamó él viéndose genuinamente sorprendido—. ¡No puedo creer mi falta de cortesía! Comprenderás la urgencia de la situación si ésta hace que pase por alto toda cordialidad. Mis más sinceras disculpas por mi desatino.

—No, está bien. —En realidad a ella no le importaba.

—Mi nombre es Antonidas.

Kaelin asintió. El nombre le sonaba de algún lado, pero no recordaba de dónde.

—¿Cómo están las cosas por aquí?

—Bastante ajetreadas. Tenemos muchas cosas por hacer.

—¿Los muertos vienen hacia aquí?

—Hasta donde sabemos, aún no. Hace unos días nos llegó la noticia de que fueron vistos al norte de Lordaeron. Al parecer marchaban hacia Quel'thalas.

—¿El reino de los elfos?

Antonidas asintió.

—¡Deberíamos ayudarlos! —conminó Kaelin.

—Quel'thalas se encuentra muy lejos de aquí —se explicó Antonidas, evidentemente entristecido—. Y, siendo sincero, estimo que apenas contamos con la fuerza para protegernos a nosotros mismos. Pero los elfos nobles son muy poderosos. No importa qué enemigo sea, ellos no se dejarán vencer fácilmente.

—Comprendo —suspiró Kaelin abatida. Entonces se le ocurrió otra pregunta—. ¿Hay más supervivientes?

—¿De la Capital? —Ella le asintió—. Pues espero que te alegre saber que así es. Aunque no son muchos y, de todos ellos, tú eres de las que mejor aspecto tiene.

—¿Mejor aspecto?

—Bastará con que diga que tú al menos llegaste de una pieza.

—Ya comprendo —dijo ella mientras se acariciaba las piernas. Guardó silencio por un momento—. ¿Y qué pasará ahora? ¿Nos quedaremos a esperar a que nos ataquen?

—No exactamente —explicó Antonidas mientras parecía hacer cálculos en su mente—. Estamos preparando una evacuación masiva.

—¿Evacuación? ¿Hacia dónde?

—Lejos —se limitó a responder—. Muy lejos.

Ambos guardaron silencio por un rato. Antonidas miraba por la ventana, hacia el oeste. A Kaelin le dio la sensación de que se mostraba arrepentido por algo que ella no alcanzaba ni a imaginar.

—Cuando los barcos zarpen —dijo él rompiendo el silencio—, ¿irás en uno de ellos?

Kaelin bajó la mirada y pensó. ¿Estaba realmente dispuesta a abandonar Lordaeron? El reino ya no existía y no le quedaba más remedio que aceptarlo. Tal vez lo más sensato era aceptar la invitación de Antonidas. Aun así, no le sentaba bien dejar atrás las tierras de su gente. El país en el que algún hombre queriendo ser más de lo que posiblemente era, cambió su apellido a Solli por un insignificante reclamo de propiedad, en un pasado quizá muy remoto. El reino en que esa pequeña familia de granjeros sin pasado labró la tierra, generación tras generación hasta llegar a un hombre llamado John, quien, tras conocerla en la milicia de Lordaeron, contrajo nupcias con una mujer llamada Karla, cuya unión terminó dando fruto al último retoño del árbol familiar. Si bien Kaelin nunca había sentido especial apego a su propia genealogía, sí llegó a amar el reino donde ésta había prosperado. Una nación que pudo conocer perfectamente tras años de viajes en santa labor. El país donde gobernó el amado rey Terenas Menethil, que ella misma tuvo la oportunidad de conocer alguna vez. "La Luz estará siempre con nosotros. Nuestro gran reino fue levantado con su beneplácito. Y resistirá hasta el fin de los tiempos, siempre que nosotros agradezcamos y compartamos su bendición." Eso le había oído decir en su día. Lograron soportar y vencer la tormenta en aquella ocasión. Pero otra sobrevino y el reino llegó a su fin. Ahora estaban forzados a abandonarlo.

¿Por qué debía ser así? Lordaeron sirvió a la Luz y había sido resguardada por sus sacerdotes y sacros paladines. ¿Acaso la Luz les dio la espalda a todos? No, Kaelin sabía en su corazón que eso no era así.

Pero entonces, ¿este nuevo enemigo no puede ser derrotado ni siquiera por la Luz Sagrada?

—¿La Luz de Lordaeron fue extinguida? —le preguntó a Antonidas.

El rostro del anciano era una máscara inescrutable.

—No estoy involucrado en los misterios de la Luz de la misma forma que ustedes, los clérigos, sacerdotes o paladines. Mis conocimientos son mayormente académicos.

Kaelin asintió para hacerle entender que comprendía.

—Aunque si algo sé —continuó—, es que la Luz por sí sola no es capaz de nada. —Al ver que Kaelin lo miraba confundida siguió explicándose—. Lo que quiero decir es que ésta solo será fuerte si aquél que la invoca tiene una firme conexión con ella y sea capaz de blandir su poder. Lo mismo sucede con la magia Arcana y otras ramas de las fuerzas cósmicas que rigen este mundo. Es algo complicado.

—Bueno, pues —empezó a decir Kaelin—, lo único que sé es que la Luz siempre acude cuando la llamo y con su poder puedo curar e inspirar. —"Calmar un llanto, avivar una sonrisa, iluminar un corazón" había dicho una vez un anciano parecido y a la vez muy diferente a Antonidas a una pequeña Kaelin. El camino de la Luz también incluye un fuerte código moral y estilo de vida, pero imaginó que esa filosofía no iba a ser del interés de Antonidas.

—Correcto, así es como funciona —siguió explicando el anciano—. Pero creo que lo que no estás teniendo en cuenta es que, así como existe una fuerza tan pura y bondadosa como lo es la Luz, a su vez existen otras que son su opuesto y son nocivas para la gente, como serían la magia de las Sombras o la Vil, aunque eso es algo más avanzado.

Kaelin asintió una y otra vez ante la explicación. Casi se sintió como si estuviese recibiendo lecciones de un maestro sabio.

—A lo que quiero llegar —continuó el erudito—, es que a veces nos vemos amenazados por seres ruines que blanden este poder destructivo y anhelan el mal y la desidia para nosotros. Como ocurrió hace años cuando nos atacó la Horda. Los orcos contaban con brujos y nigromantes entre sus filas que adoraban a dioses oscuros. Y nosotros, por nuestro lado, teníamos a los paladines que luchaban usando la Luz como un arma. Sí, fueron aliados poderosos —dijo movido por la nostalgia—. Sin embargo, me temo que esta nueva amenaza supera por mucho a la terrible Horda y no supimos reaccionar a tiempo. Supongo que tengo en parte la culpa de eso —terminó entristecido.

Kaelin intentaba tomar nota mental de todo lo que decía el anciano, aunque no llegaba a imaginar qué tipo de culpa podía tener él entre toda la tragedia que estaba aconteciendo. Antonidas la miró fijamente de pronto.

—No dejes que tu fe se vea debilitada por muy difícil que se vea la situación, puesto que es tu arma más poderosa contra las fuerzas malignas que nos invaden. La Luz será fuerte solo si tú también eres fuerte. Eso fue lo que nos llevó a la victoria en la Segunda Guerra.

La novicia grababa a fuego las palabras de Antonidas en su memoria. Sintiéndose profundamente conmovida, puesto que esta conversación le recordó el día que Alonsus Faol los visitó en el refugio, hace muchos años. El día en que conoció la Luz.

—Y para responder a tu pregunta inicial —concluía Antonidas con una sonrisa—, no. La Luz de Lordaeron no ha sido extinguida. Todos los que siguen con vida y creen en ella la mantienen fuerte. Sobre todo, aquellos que están íntimamente unidos a ella. Mientras tu fe permanezca inquebrantable, la Luz de Lordaeron seguirá iluminando el mundo.

La Luz será fuerte solo si yo soy fuerte pensaba Kaelin. La Luz vive en todos los seres vivos, eso fue lo que le enseñaron los sacerdotes en sus años como novicia. Los une y les concede un propósito y, a través de su Iglesia, protege a su gente y a sus almas. Sin importar dónde se encontrasen. No debo dejar que mi fe se vea debilitada decidió. Si existía alguna forma de salvar lo que quedaba de su gente debía tomar la oportunidad que la Luz le estaba ofreciendo. Aunque tuviese que marchar hacia lo desconocido.

—Está bien —le dijo a Antonidas—. Cuando los barcos zarpen, estaré allí.

—¡Estupendo! —exclamó él dando un aplauso—. Siendo ese el caso, iré inmediatamente a asegurarme de que tengas un lugar decente en el que viajar. —Entonces se levantó y salió de la sala.

¡Ah! pensó Kaelin una vez se hubo quedado a solas. Antonidas, archimago del Kirin Tor y gobernador de Dalaran recordó de pronto. Sabía que me sonaba de algún lado.

Varios días más tarde, la mayor parte de los residentes y fuerzas militares que estaban estacionadas en Dalaran y sus cercanías marcharon rumbo al oeste, hacia el mar. Para ese entonces, Kaelin ya se encontraba lo bastante recuperada como para valerse por sus propios medios. Se mostró sumamente agradecida cuando le regresaron sus ropas de novicia totalmente reparadas y ya las traía puestas cuando comenzó la marcha. A la muchedumbre se incorporaron otros grupos a lo largo del camino, refugiados de todo tipo y también ejércitos provenientes de las variadas naciones que componen a la Alianza. Soldados provenientes de Gilneas, Stromgarde, Kul Tiras y Khaz Modan, junto a supervivientes de Quel'thalas, tras ser ésta devastada por Arthas y sus no-muertos. La combinación de tal cantidad de tropas terminó convirtiendo esta expedición en una fuerza militar de gran poder, incluso contando a aquellos que no se manejaban en el uso de armas; aquellos que eran simples refugiados que habían perdido su hogar durante la catástrofe.

Aun así, sin importar si se trataba de soldados o civiles, todos y cada uno de ellos sintieron una enorme aflicción al verse obligados a dejar atrás su tierra natal. No marchaban hacia un destino glorioso, o hacia una batalla para salvar sus naciones. Huían, porque ya no quedaba nada por lo que luchar en aquel lugar. Se vieron forzados a abandonarlo todo en busca de un nuevo futuro. Una mínima oportunidad de sobreponerse a la tragedia e iniciar otra vida en una tierra desconocida, al otro lado del Mare Magnum. A pesar de que gran parte de la expedición jamás hubiese pisado un barco anteriormente.

Por lo cual no era de sorprender que los ánimos estuviesen por los suelos. Aunque si bien el pesimismo predominaba en el ambiente, surgieron figuras que la gente idealizó como símbolos de esperanza. La más notable dentro de la expedición era Jaina Valiente, la aprendiza del archimago Antonidas. Junto a su maestro, había hecho todos los preparativos para que esta migración fuera posible, y, sumado a su figura carismática y su aparentemente inagotable optimismo, lograba espolear los ánimos y hacer que la cruzada siguiera adelante.

Kaelin se sintió compungida al enterarse de que Antonidas no formaba parte de la expedición. El anciano archimago decidió quedarse atrás, junto a unos pocos soldados, en la ciudad de Dalaran, para defenderla en la medida de lo posible de Arthas. Aunque todos eran conscientes de que se trataba de una misión suicida. Kaelin comprendió que ya no volverán a ver al archimago.

Durante la marcha, fue dándole vueltas a ciertas ideas en su cabeza. A lo largo de su vida, ella se había visto en la necesidad de esconderse o de hacerse a un lado mientras otros luchaban una guerra que los involucraban a todos. Sus padres se vieron forzados a marchar a la lucha, sin otro remedio que dejar a su hija atrás. Aun sabiendo que marcharon a causa del deber, ella no pudo dejar de pensar que, de haber caído en la necesidad, habrían ido a la guerra incluso sin haber sido convocados. Por ella. Después de todo ¿Qué tipo de padres no lo darían todo por sus hijos? Aquellos que no merecen ser llamados padres, supongo pensaba.

Una figura santa como lo era el paladín que la rescató de la destrucción de la Ciudad Capital. Una fiera manifestación de la Luz que velaba por todos los que profesaban su fe en ella se había quedado atrás para asegurar la supervivencia de aquellos que aún no hubiesen caído en la matanza. "La Luz está con nosotros, hermana. Morir no nos asusta."

Y ahora se habían visto obligados a dejar atrás a Antonidas, que Kaelin supuso se quedó para proteger la retaguardia de los refugiados. Seguramente dejando su vida en la que será su última batalla.

Habiendo consagrado su vida a la causa de la Luz, Kaelin viajó por toda Lordaeron, curando y cerrando heridas de todo tipo, físicas o del corazón. En el cumplimiento de esta labor, pudo conocer una gran cantidad de soldados que lograron sobrevivir a la Segunda Guerra. Solo a través de ellos, pudo comprender en parte los horrores por los que tuvieron que pasar en ese entonces. Luchar a muerte contra las monstruosidades que amenazaban sus pueblos y familias, las terribles heridas que había visto y la pérdida de amigos y seres queridos. Kaelin aprendió entonces que muchos soldados tuvieron que dejar una buena parte de su vida atrás, en la guerra.

Pero si algo tenían en común todos aquellos guerreros, del conscripto más novato hasta el más tozudo veterano, era que siempre había algo por lo que luchar. Una persona, una familia, un país, un recuerdo o un ideal. Un lugar en el interior de cada uno que les proporcionaba la fortaleza necesaria para enfrentar un nuevo día y las guerras que éste traería consigo. Después de todo, cada uno albergaba una razón por la cual luchar.

¿Qué razón, entonces, espoleaba los corazones de aquellos que componen la expedición?

Tras haber dejado atrás sus hogares, a sus seres queridos, sus amigos y sus familias, Kaelin pensaba que solo podía tratarse de la esperanza. Creer que si superaban esta tormenta encontrarían un nuevo futuro amable, algo que hiciese valer la pena todo el dolor. Y no solo eso, descubrió Kaelin con el pasar de los días.

Ellos se tenían los unos a los otros. Todos allí marchaban en pos de un objetivo en común, compartiendo el mismo ideal y siguiendo a la misma figura. Nuevas amistades nacieron. Nuevas relaciones. Nuevos hogares. Nuevas vidas. Solo por eso valía ya la pena.

¿Pero qué hay de ella?

Alguna vez tuvo un hogar, pero acabó perdiéndolo. Encontró uno nuevo en la Iglesia de la Luz Sagrada, pero nuevamente lo había perdido. Tuvo una familia, pero ésta pereció. Había nacido una nueva dentro de la Iglesia, pero ésta también terminó desapareciendo. Lordaeron estaba en ruinas y apenas tenía una noción del lugar hacia el que zarparían. Algunos hablaban de una tierra llamada Kalimdor, aunque ella nunca llegó a escuchar tal nombre en la vida.

¿Qué clase de lugar será aquel? ¿Qué cosas encontrará en ese lugar? ¿Qué tipo de amigos hará allí?

Un anciano llamado Alonsus Faol vino para concederle una nueva vida. Pero ahora Kaelin entendió que él había actuado en nombre de algo más grande que se ocultaba tras él. La Luz había supuesto un nuevo inicio, una vida de infinitas posibilidades donde pudo conocer la felicidad una vez más. Cuando se encontró en su momento más oscuro, la Luz fue a rescatarla bajo la fachada de un hombre santo. ¿Por qué no podía ocurrir así otra vez?

"La Luz por sí sola no es capaz de nada" le dijo otro hombre sabio, más versado en lo académico que en lo espiritual. Pero no por eso menos sabio.

La Luz había podido salvarla solamente porque un hombre decidió actuar en su nombre aquella ocasión. Y fue capaz de sanar y ayudar a otras personas por Lordaeron solo cuando Kaelin y los demás sacerdotes y clérigos la llamaron con tal fin. Ese era el poder de la Luz. Y esa era la Luz de Lordaeron.

La Luz también necesita que luchen por ella.

En la costa occidental de Lordaeron esperaban más barcos de los que Kaelin se animaba a contar. Se trataban de majestuosas embarcaciones que habían sido construidas por avezados carpinteros kultiranos, sumados a otras naves que seguramente pertenecieron a la flota de Lordaeron en el pasado. La cantidad de personas reunidas en las costas era tal que tomó un buen tiempo ordenarlas para que pudiesen abordar. Una vez hecho, zarparon dejando el continente atrás. Kaelin, junto con muchos otros refugiados, se encontraba de pie en la popa observando a la distancia la tierra que se iba alejando cada vez más, preguntándose si alguna vez volvería a verla. Una vez hubo desaparecido tras las olas, no quedó más remedio que dejar de mirar hacia atrás y volverse hacia adelante. Hacia el futuro.

Durante los primeros días de travesía, Kaelin apenas se levantó de su cama en busca de comida, puesto que no lograba acostumbrarse al movimiento de la nave que le había tocado y apenas era capaz de mantener algo en el estómago. Cuando finalmente se adentraron del todo en mar abierto, el viaje se volvió mucho más tranquilo, pudiendo Kaelin salir de sus habitaciones a la cubierta del barco. Respiró profundamente y pudo notar el regusto a sal que traía consigo el viento marino. Ella ciertamente no era la única que se paseaba por la nave. Muchos refugiados salieron de la misma manera a contemplar el océano que parecía no tener fin y escuchar el sonido del agua estrellándose contra el barco. Y junto a ellos navegaba el resto de la flota.

Los soldados que formaban parte de la expedición no perdieron el tiempo y pronto comenzaron a practicar la lucha con la espada o el tiro con arco, ya fuera para no perder la condición o simplemente para pasar el rato.

Allí Kaelin divisó a un hombre grande blandiendo un enorme martillo. Estaba ataviado con una armadura ornamentada y lucía una barba y bigotes frondosos color marrón. Por lo que pudo ver a la distancia, aquel hombre estaba instruyendo a un grupo de soldados novatos en las artes del combate. No fue hasta que el arma que el desconocido empuñaba brilló por un momento que Kaelin comprendió que se trataba de un paladín. Pensando en aquellas cosas que se pasó meditando los últimos días se acercó al guerrero sagrado.

—¡Hola! —saludó en voz muy alta, para ocultar el hecho de que sentía cierto nerviosismo, puesto que sabía que estaba a punto de pedirle una locura.

—¡Bendita sea la Luz! —exclamó el hombre cuando la contempló a ella y su vestido de obvia procedencia—. ¿Acaso no se trata de una sacerdotisa de Lordaeron?

—Bueno, no —respondió ella con una sonrisa torcida—. Soy solo una novicia y no tuve tiempo de pronunciar los votos antes de venir aquí.

—Aun así, eres una servidora de la Luz. —El paladín pareció estar complacido—. Como ves, estoy preparando a estos hombres para la batalla que seguramente nos espera al final del viaje —explicó mientras señalaba a los novatos que esperaban ante él.

Kaelin tragó saliva.

—Mi nombre es Kaelin Solli. Novicia de la Iglesia de la Luz de Lordaeron. —Se sintió como si lanzase palabras al azar.

—Y yo soy Duke Corazón de León, paladín de la Orden de la Mano de Plata —se presentó él, orgulloso—. ¿Hay algo en lo que pueda servirte?

Kaelin aspiró fuertemente y, apretando los puños, se preparó para lanzar su ataque.

—¡Quiero ser una paladín! ¡Y quiero que usted me enseñe!

Duke la miró con sorpresa y extrañeza. Y, a juzgar por los murmullos que se escucharon por lo bajo, los jóvenes soldados también estaban asombrados ante esa insólita petición.

—Ciertamente aspiras a un propósito noble —dijo Duke—. ¿Pero estás segura de que es eso lo que realmente quieres? ¿Alguna vez has luchado en el pasado? ¿Has empuñado un arma antes?

—No, nunca —respondió ella algo desalentada. Pensó en Dora, quien siempre necesitaba un empujón para que se atreviese a hacer grandes cosas—. Pero si no es ahora, ¿cuándo?

Y en respuesta el paladín la miró atentamente. La estaba estudiando, se dio cuenta. ¿Tendré lo necesario para llegar a ser una paladín?

—Muéstrame lo que sabes hacer —ordenó él de pronto.

Kaelin se sintió confundida por un momento y miró a su alrededor en busca de un arma que pudiese blandir.

—Me refiero a la Luz —se explicó Duke—. ¿O es que acaso no sabes que el arma más poderosa de un paladín es su fe?

Kaelin se cubrió el rostro con la mano izquierda, avergonzada por su torpeza. Claro, si me lo han repetido muchas veces.

Juntó ambas manos y agachó levemente la cabeza, como si fuese a rezar una plegaria. Llamó a la Luz y ésta vino a ella. El fulgor que nació de sus palmas brilló fuertemente y la bañó con su poder. Rezó con más fervor inclusive y el resplandor creció aún más, hasta que los que se encontraban cerca de ella debieron cubrirse la cara para no dañarse los ojos.

Kaelin se sintió radiante. La Luz había venido a ella con una fuerza que nunca antes había experimentado. Sintiéndose fuerte, vigorosa y capaz de hacer cualquier cosa. "La Luz será fuerte solo si tú también eres fuerte." Comprendió que el camino que estaba tomando ahora era el indicado, el que la Luz había designado para ella. Y así, se sintió llena de confianza y libre de toda duda que pudo haber albergado.

—Sí. ¡Esto es lo que quiero! —proclamó aún envuelta por aquel resplandor—. Esto es lo que la Luz espera de mí. Este es el sendero que debo tomar. ¡Lo sé!

El brillo comenzó a apagarse lentamente, hasta que se extinguió del todo, mas no en el interior de Kaelin quien aún estaba allí de pie, rebosante de confianza. Entonces se hizo el silencio, que solo se vio perturbado por el resonar de la marea.

—No seré yo quien niegue la voluntad de la Luz —dijo Duke acabando con el silencio. Pareció estar satisfecho con lo que vio—. Pues está contigo ciertamente. Será un honor ser tu instructor pues, si bien es cierto que pareciera que naciste para ser paladín, también lo es que vamos a necesitar la ayuda de todo aquel que quiera empuñar las armas en defensa de nuestra gente.

Kaelin se sintió entonces terriblemente complacida.

—¿Y cuándo comenzamos? —preguntó ansiosa.

—Nos encontraremos aquí mañana, antes de que salga el sol. Por el momento, debo continuar instruyendo a estos novatos. ¡Y que no se te ocurra venir con esos atuendos! El vestido de las novicias solo te estorbará en el entrenamiento.

—¡Mañana entonces! —Se volvió y se retiró. Y mientras se alejaba pudo sentir la mirada de los soldados clavada en ella, como si fuese lo más curioso que hubiesen visto en sus vidas.

La bruma de la mañana envolvía el mundo, al menos en alta mar. Faltaban algunas horas para que el cielo se despejase cuando el sol apareciera en lo alto. Hacía mucho frío, pero Kaelin acudió vestida con un grueso pantalón de cuero, un chaleco de lana, una capucha y un par de botas desgastadas. Optó por dejar los atuendos de novicia cuidadosamente doblados en su camarote. Allí se encontró con Duke, tal como éste le prometió el día anterior.

—Muy bien —comenzó él—. ¿Qué es lo que sabes sobre ser un paladín?

—Son guerreros que luchan imbuidos con el poder de la Luz Sagrada —respondió Kaelin con firmeza—. Su objetivo es proteger a la gente que no puede hacerlo por sí misma. Así como los sacerdotes son un escudo espiritual, los paladines son un escudo que vela por ellos y persigue y destruye el mal que los amenaza. Sin importar de qué se trate, pues viven en defensa del prójimo en nombre de la Luz.

Duke se rio por lo bajo al escuchar aquella respuesta.

—Parece que ciertamente has estudiado a los paladines. Ahora permíteme ampliar el concepto que tienes sobre nosotros.

Kaelin asintió, atenta a cada palabra.

—Un paladín debe entregarse a una vida sencilla —explicó Duke—. No debe buscar la fortuna ni la gloria en combate. Hasta el fin de sus días, las necesidades de los demás serán siempre su prioridad. La Luz le ayuda a sanar aliados y destruir enemigos. Pero también debe liderar con su ejemplo. Un paladín es más que un arma. Incluso en los tiempos más oscuros, será la luz en la oscuridad, una baliza de esperanza que guiará a los pueblos por el camino de la rectitud.

Kaelin no dejaba de asentir, de manera casi frenética.

—¡Redención! —recitó el paladín—. ¡Santimonia! ¡Protección! ¡Justicia! ¡Y compasión! ¡Esas son las virtudes que persiguen aquellos que sirven a la Mano de Plata! ¿Podrás recordarlas?

—¡Sí, señor! —exclamó Kaelin, manteniéndose siempre firme.

—Puesto que llevas años sirviendo como novicia en Lordaeron, ya dominas el arte de la sanación y la purificación. —Se giró para recoger algo que estaba en el suelo tras él, y cuando se volvió sostenía un martillo de guerra en sus manos—. Ahora yo te enseñaré a luchar blandiendo no solo un arma como ésta, sino también a la Luz misma. Debes sentirla por cada golpe que des. Debe fluir a través de ti para fortalecer tus ataques. Y eso será así siempre que tu fe sea tan firme como tu determinación.

Se acercó a ella y le entregó la pesada arma. Kaelin la sostuvo con manos temblorosas por la ansiedad.

—Este es un martillo para aprendices —explicó Duke—. Te servirá bien durante tu entrenamiento. ¡Veamos qué tal lo manejas!

Tomó toda la mañana para que Kaelin aprendiese a sostener el martillo de forma correcta. Se pasó gran parte del día practicando bajo la estrecha vigilancia de su nuevo mentor y, cuando éste debió dejarla para supervisar las prácticas de los soldados corrientes, continuó por su propia cuenta.

Así comenzó el adiestramiento. Cada noche, Kaelin llegaba exhausta y adolorida a su cama. En la mañana sentía los músculos en carne viva, pero ella invocaba a la Luz y lograba hacer que su cuerpo dejase de doler tanto. Durante el día, continuó practicando las artes marciales bajo la tutela de Corazón de León, quien no dejaba de recitar sermones sobre lo que significa ser un paladín. Una vez se hubo acostumbrado al ritmo del entrenamiento, Kaelin dedicaba su tiempo libre a realizar una rutina de ejercicios que Duke planificó especialmente para ella.

Unas semanas más tarde, el paladín la conminó a participar en la práctica de los otros soldados. La envolvió en protecciones y dio la orden de comenzar. En un principio, Kaelin apenas fue capaz de enfrentarlos y lo normal era que acabase tirada en el suelo, llena de moretones, magulladuras y bañada en sudor. Incluso llegó a desmayarse en un par de ocasiones. Mas, conforme continuaba la práctica, fue capaz de seguir el paso de los contrincantes que Duke elegía para ella.

—Tu fe es tu verdadera arma, no tu martillo —le recordaba siempre.

Durante un enfrentamiento, Kaelin llamaba a la Luz y ésta aliviaba la tensión que la invadía al pelear, sanaba sus heridas y le daba nuevas fuerzas. Pero pronto aprendió también a hacer que la Luz dirigiera sus golpes, a que la mantuviese firme durante un encuentro y que fluyera a través de ella. Poniendo en práctica lo aprendido, lograba desarmar a un oponente de vez en cuando y ya pasaba menos tiempo en el suelo. Cuando acababa la ronda de entrenamiento, miraba a Duke y éste le asentía en señal de aprobación.

Ya habían pasado algunos meses desde que zarparon, dejando atrás las costas de Lordaeron. Kaelin se sentía ahora muy diferente. Su cuerpo terminó volviéndose por mucho más fuerte y resistente, e incluso tuvo la sensación de que había crecido. Era capaz de empuñar el martillo de guerra con naturalidad y balancearlo de forma correcta, al menos a los ojos de Duke Corazón de León.

Una tarde, se encontraban en su práctica diaria, cuando los gritos de los demás refugiados rompieron su concentración. Muchas personas se estaban dirigiendo a la proa del barco, reflejando una fuerte emoción y exaltación.

—¡Tierra a la vista! —gritaban con euforia.

—Así que eso es Kalimdor —le dijo Duke a Kaelin al contemplar la masa de tierra que se acercaba a ellos cada vez más.

—Eso parece —respondió ella someramente.

—Ahora que el viaje por mar finalmente ha acabado, tu entrenamiento ha terminado también.

A Kaelin se le aceleró el corazón al escuchar esas palabras.

—¿Entonces cree que ya estoy lista para ser una paladín?

—Aún hay un par de cosas que quisiera enseñarte, pero sí. Creo que ya dominas todo lo necesario para ser una paladín —le dijo con una calurosa sonrisa.

Kaelin se sintió entonces profundamente satisfecha.

Después de desembarcar en las costas de Kalimdor, en una playa que daba la impresión de no tener fin y en la que siempre hacía calor, Duke le enseñó algunas habilidades, como la Bendición de Reyes que aumentaba su fuerza y resistencia, el Escudo Divino en el que canalizaba la Luz para ser inmune al daño por unos valiosos momentos, la Luz Cegadora que sirve para velar la visión de sus oponentes durante una batalla, entre otras cosas.

El campamento que se levantó allí en las costas era gigantesco. Habían apostado defensas por todos lados y enviado exploradores y cazadores a investigar y traer comida a la expedición. Una vez tuviesen un mayor conocimiento del terreno, iban a partir una vez más.

A falta de algo mejor, tuvieron que construir un altar improvisado con la madera que habían recogido en Kalimdor. Kaelin estaba arrodillada ante él. Se encontraba rodeada por un grupo de paladines y sacerdotes que fueron convocados, aunque tan solo conocía el nombre de uno de entre todos los presentes. Duke se acercó y se detuvo con solemnidad frente a ella. Le sonrió y luego les habló a todos los asistentes.

—Nos reunimos bajo la protección de la Luz para nombrar caballera a nuestra hermana. Mediante su gracia, renacerá. Mediante su poder, instruirá a las masas. Mediante su fuerza, combatirá a la sombra. Y mediante su sabiduría, guiará a sus hermanos a la recompensa eterna del paraíso.

Una sacerdotisa, Kaelin no sabía de quién se trataba, que se encontraba a su izquierda se le acercó y posó una mano sobre su cabeza.

—Que por la gracia de la Luz puedas sanar a tus hermanos —la bendijo para después regresar a su lugar.

Duke miró entonces a los hombres que estaban a la derecha.

—Caballeros de la Mano de Plata, bendigan a esta mujer si consideran que es digna de ello.

Un paladín que estaba dentro de ese grupo, el cual dio la impresión de ser algo mayor, se acercó a Kaelin portando un martillo de guerra y lo depositó ante ella. Entonces reparó en que se trataba del mismo con el que estuvo entrenando todo este tiempo.

—Que tus enemigos perezcan por la fuerza de la Luz —recitó el paladín depositando una mano en el hombro de la joven, tras lo cual volvió junto a los demás.

—Ponte de pie y ocupa tu lugar entre tus iguales —le ordenó Duke y ella obedeció—. Kaelin Solli, ¿juras defender el honor y el código de la Orden de la Mano de Plata?

—Lo juro —respondió ella. Se la pasó practicando toda la noche anterior debido a que no pudo conciliar el sueño a causa de la expectativa.

—¿Juras que caminarás bajo la gracia de la Luz y extenderás su sabiduría entre tus hermanos?

—Lo juro.

—¿Juras que derrotarás al mal allá donde se encuentre y protegerás a los inocentes con tu vida?

—Sí, por mi sangre y honor, lo juro. —Una vez dicho esto, volvió a arrodillarse.

—Hermanos y hermanas —dijo Duke dirigiéndose a todos aquellos que rodeaban a Kaelin—, que se han congregado aquí para ser testigos de este acto, alcen las manos, y dejen que la Luz ilumine a esta mujer.

Entonces, tanto sacerdotes como paladines, levantaron la mano derecha, que se iluminaron con un fulgor dorado, y apuntaron con ella a Kaelin.

La luz del sol pareció brillar con más intensidad en ese momento y Kaelin pudo sentir su calor tanto por fuera como en el interior. La imagen de sus padres vino a su mente. ¿La estarían mirando en ese momento? ¿Se sentirían orgullosos de su hija? En lo más hondo de su corazón supo que así sería y, por alguna razón, eso la hizo sentir más satisfecha consigo misma que ninguna otra cosa o pensamiento en esos momentos.

Pensó entonces en el Arzobispo Faol. ¿Alguna vez él se hubiese imaginado que aquella niña que había entrado llorando a la Capilla iba a terminar siendo ungida como paladín en una tierra hasta ese momento desconocida? Recordó al hombre que decidió quedarse atrás en la Ciudad Capital. Ahora su misión era también la de ella, y se conminó a dar la vida con tal de cumplirla. Se acordó de Antonidas quien, junto a su pupila Jaina Valiente, habían preparado este nuevo camino, este sendero a un nuevo futuro. Y, finalmente, miró al hombre ante él, sin el cual nada de esto hubiera sido siquiera posible. Gracias a la Luz.

Extendió el brazo y tomó el martillo que tenía delante. Lo sujetó con todas sus fuerzas.

—Levántate, Kaelin Solli, paladín y defensora de Lordaeron —terminó Duke Corazón de León. Entonces ella se puso de pie, cargando el martillo en sus manos.

Los hombres y mujeres congregados a su alrededor aplaudieron con animosidad, celebrando su ascensión. Aunque ella no tuvo la menor idea de qué hacer o decir. Por lo que se dirigió a su mentor.

—Gracias. Por aceptar mi extraña petición.

Duke se acercó a ella y le habló en voz baja como revelándole un secreto.

—La verdad es que quiero disculparme. Por lo general esta ceremonia tiene mucho más boato, pero comprenderás que tuvimos que arreglárnoslas con lo que teníamos.

—Oh, está bien, en serio —replicó ella con una cálida sonrisa.

El paladín señaló su martillo.

—Aunque lo usaste en tu entrenamiento te servirá bien. No disponíamos de los materiales o una forja para hacer uno nuevo y más adecuado.

—No importa, yo también pienso que será suficiente.

Entonces él se alejó unos pasos de ella y la miró con orgullo.

—Entonces es todo, Kaelin. ¡Pero no creas que por ser ya una paladín puedes dejar de practicar! Debes continuar entrenando siempre que te sea posible.

—¡Así lo haré! —prometió ella, radiante y siempre sonriente.

El resto del día se la pasó contemplando otras ceremonias idénticas, pues ella no fue ni de lejos la única que se la había pasado entrenando durante el trayecto por mar. Y, ya en la noche, se durmió en su pequeña tienda y soñó con Luz. En sus sueños no dejaron de resonar las palabras que el paladín que la rescató aquella vez pronunció con fiero orgullo. Esarus thar no'Darador.

Por sangre y honor servimos.

. . . . . . . . . . . . . . .

—Sabes —comenzó a decir Eikken—, escuché por ahí unos cuantos rumores respecto a lo que ocurrió al otro lado del mar. Pero nunca supuse que se hubiese tratado de algo tan terrible como lo que me estás contando.

—¿Qué quieres que diga? —preguntó Kaelin—. ¿Querías que te dijera que en realidad los no-muertos deseaban ser nuestros amigos y nosotros no supimos comprenderlos?

Eikken la miró con cierta incredulidad.

—Me sorprende tu capacidad de pasar de narrar una historia trágica a hacer bromas al respecto.

Ella dejó salir una risita infantil.

—Bueno, como es mi historia y me pasó a mí, puedo decir de ella lo que quiera.

—Claro, ¿y toda la gente que viajó contigo lo hizo por el amor a la exploración?

Kaelin se llevó la mano a la boca para ocultar su expresión de asombro.

—¡¿Cómo te atreves a burlarte de nuestra desgracia?!

—Púdrete —replicó él secamente.

Kaelin no aguantó la risa y se dejó caer de espaldas en el césped. Se sintió absurdamente feliz. Puesto que hasta que la guerra hubo terminado, no se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba un amigo. Hasta entonces, su única preocupación siempre fue demostrarse a sí misma su valor como paladín y no descansar hasta haber acabado con el enemigo. O acabar ella misma. Lo que pasase primero. Entonces una duda asaltó sus pensamientos de improvisto. ¿Alguna vez le había mencionado tal cosa a Eikken?

Volvió a levantarse, sentada frente al elfo de la noche.

—Sabes, estoy feliz de haberte conocido.

Eikken ladeó la cabeza ante el repentino giro de la plática.

—Lo entiendo —contestó—. Quién sabe lo que habría ocurrido de no haber estado ahí.

—No era eso a lo que me refería. —Aunque también eso es cierto.

Eikken dejó salir un gruñido y guardó silencio.

A veces es difícil llegar a él pensó Kaelin. Me recuerda a Dora. Aunque él es diferente. De hecho, bastante diferente. Es como si pidiese a gritos un abrazo, aunque nunca lo diga.

Sin previo aviso, se acercó a él y lo abrazó. Eikken se sobresaltó y se libró de ella de un empujón, aunque sin usar mucha fuerza, o eso le pareció a ella.

—Gracias por tu afecto —le escupió Kaelin con ironía.

Eikken no dijo nada, parecía estar molesto.

Kaelin se rio entre dientes. Sí, eso era lo que necesitaba.

—Mejor continúa la historia —sugirió el elfo.

—Bueno, si estás tan interesado en mi vida...

. . . . . . . . . . . . . . .

Llevaban bastantes días marchando hacia el oeste de Kalimdor. Tras haber atravesado una árida sabana, entraron a una región montañosa que Kaelin había escuchado llamar como la Sierra Espolón. Una vez allí, comenzaron a ascender buscando un lugar conocido como la Cima del Espolón, donde, según se decía, Jaina Valiente esperaba encontrar a alguien. Aunque no se sabía con certeza de quién podría tratarse.

Habiendo ya subido una buena parte de la montaña les llegó de pronto la noticia de que los campamentos que se encontraban en la retaguardia de la expedición fueron atacados de forma sorpresiva. Por orcos.

¿Es que acaso nos siguieron hasta este continente? ¡Maravilloso, era lo único que nos faltaba! pensaba Kaelin. Ahora no solo nos enfrentamos a los no-muertos, sino a la Horda. Sabía que se estaban preparando para algo. Ya decía yo. Seguro que esas bestias son aliadas de los monstruos que destruyeron Lordaeron. ¿Es que acaso nunca nos dejarán en paz?

Kaelin no olvidaba que sus padres habían perecido en la guerra contra la Horda. A ella no le molestaba la idea de verse obligada a batallarlos. Si con eso lograba que los orcos dejasen de acosar a la humanidad y traer justicia a todos los que cayeron combatiéndolos en las guerras pasadas. Era algo que casi deseaba que sucediera.

Pero si ella pensaba enfrentar a la Horda pronto se vio decepcionada. Puesto que, conforme fueron ascendiendo por la Sierra Espolón, una guarnición bastante numerosa se quedó estacionada para contener a los orcos mientras Jaina llevaba a cabo su misión. Y Kaelin no estaba entre ellos. A la joven paladín la asignaron al grupo que iría al frente, junto a Valiente.

Con el pasar de los días, fueron llegando más informes de escaramuzas contra orcos en las faldas de las montañas rocosas que conformaban toda la región. En ellos se daba el aviso de que, si bien lograban ralentizar el avance de la Horda, ésta continuaba abriéndose paso y al parecer estaban marchando hacia el mismo lugar que Jaina y sus guarniciones buscaban. Comprendo pensó Kaelin. Sea quien sea que nos espere en la cima, los orcos esperan evitar que lo encontremos. ¡Bestias repugnantes!

Hallaron un pequeño valle en la Cima del Espolón y, en las crestas que circundaban el lugar, descubrieron una entrada, en realidad una caverna, que llevaba al interior de la montaña.

Jaina se internó en el túmulo junto con una escolta reducida, mientras que Kaelin y el resto de fuerzas se quedaron atrás para resguardar la entrada al valle. Allí se quedaron, haciendo guardia, atentos al camino en caso de un ataque imprevisto. Y, sin embargo, nada ocurrió.

Hasta que un fuerte y extraño ruido en las alturas llamó la atención de todos los soldados y al mirar hacia arriba, vieron un grupo de zepelines goblin que pasaban sobre ellos.

—¡¿Qué es eso?! —gritó un capitán.

—¡¿Son naves aliadas?! —quiso saber otro.

—No —dijo alguien más—. No se nos ha informado de la adquisición de zepelines como aquellos. ¡No son nuestros!

—¡Debemos avisar a Lady Jaina! —exclamó el capitán.

Se despachó a un grupo con la misión de dar el aviso a Jaina Valiente de los acontecimientos, mas, debían tener cuidado con los recién llegados pues no estaban aún al tanto de si se trataba de una presencia hostil. Y, una vez más, Kaelin no estaba dentro de ese grupo. Ya comenzaba a frustrarse.

Después de aquel incidente no ocurrió nada más. Se pasaron el resto del día vigilando los caminos. Hasta que finalmente regresó Jaina y su escolta de su misión. Y no llegaron solos.

Unas figuras enormes de piel verdosa marchaban a su lado. Con solo verlas, Kaelin pudo sentir cómo comenzaba a hervirle la sangre. Rápidamente empuñó el martillo que siempre llevaba atado a su espalda. Y como ella, todos los demás soldados desenfundaron sus armas, listos para luchar contra los orcos.

Lo que ocurrió a continuación fue bastante confuso.

La fuerte impresión de lo sucedido hizo que Kaelin fuese incapaz de conservar un recuerdo claro de lo que sucedió y se dijo allí. Lo único que logró retener fue que Jaina se había adelantado para a continuación proclamar que, a partir de ese momento, los orcos serían sus aliados en la guerra contra los no-muertos y sus amos demonios, que ella afirmaba que controlaban a los primeros.

¡Blasfemia! fue el primer pensamiento de Kaelin. ¿Unirnos a aquellos que trataron de destruirnos hace años? ¿Es que Lady Jaina se ha vuelto loca? ¿Cómo espera que cooperemos con esos monstruos? ¡Si no son mejores que los no-muertos! No había olvidado que, en algún momento del pasado, los orcos llegaron a ser la encarnación de sus miedos y pesadillas. No olvidaba a los heridos que había tenido que atender en sus tiempos como novicia. Todas las familias destrozadas. Incluso la suya propia. Habían sido los orcos quienes le arrebataron a sus padres cuando tan solo era una niña.

¿Es que pretenden que me olvide de eso tan fácilmente?

Jaina Valiente habló entonces sobre los demonios. De un ejército demoníaco conocido como la Legión Ardiente que buscaba la destrucción y ruina no solo de este mundo, sino de todos. Explicó que ellos habían sido quienes estaban tras la creación de los no-muertos que terminaron devastando Lordaeron y Quel'thalas; una fuerza de muerte y putrefacción que fue bautizada como la Plaga. Kaelin se sintió entonces abrumada con todas aquellas revelaciones y apenas estaba segura de que entendiese lo que estaba sucediendo.

Incluso algunos orcos se dirigieron a la expedición. Luego de superar la sorpresa de que aquellas bestias fuesen capaces de hablar, Kaelin escuchó con atención una historia que jamás habría imaginado. Los orcos les contaron un poco de su propio pasado. Que provenían de otro mundo y que los demonios los habían esclavizado y obligado a atacar los reinos humanos, en lo que terminó siendo las dos grandes guerras de esa era. Hablaban de haber roto por fin las cadenas de la servidumbre con las que fueron atados por la Legión Ardiente, y habían sido guiados hasta allí por el mismo profeta misterioso que convocó a Jaina Valiente y toda su expedición. Dentro del túmulo en la Cima del Espolón, el enigmático profeta los conminó entonces a unir fuerzas, puesto que el ataque de la Plaga no era más que el preludio de un asalto demoníaco a gran escala. Una guerra que buscaba deshacer la historia y erradicar toda forma de vida. Si deseaban tener la más mínima posibilidad de sobrevivir, los humanos y los orcos no tenían más opción que dejar sus diferencias de lado y salvar juntos al mundo de la llama vil que buscaba devorarlos a todos.

Kaelin se llevó las manos a la cara y no dejó de sacudir la cabeza. Aquello era demasiado. Un imposible que jamás podrá llegar a ser una realidad. No para ella, al menos.

Y, sin embargo, ante la sorpresa y estupor de la paladín, lo imposible comenzó a suceder.

Con los días, la imprevisible alianza entre la expedición humana y la Horda fue haciéndose más sólida mientras marchaban como una sola fuerza hacia el norte, hacia un frondoso bosque de árboles que parecían ser más viejos que la misma Lordaeron.

La incredulidad de Kaelin ante el giro de eventos se vio acrecentado cuando descubrió que su mentor, Duke Corazón de León, estaba más que dispuesto a cooperar con los orcos y sus aliados.

—¡¿Cómo puede aprobar esto?! —lo encaró cuando la expedición se detuvo esa noche.

Duke la miró con comprensión y compasión.

—Sé que no es fácil para ti, Kaelin —dijo él—. Sé que tu corazón desea liberar el dolor que has guardado por tantos años. —Se acercó a ella y apoyó la mano derecha sobre su hombro. Entonces su rostro se endureció—. Pero debes recordar que la venganza no puede formar parte de nuestros deberes. Ahora eres una paladín y debes comportarte como tal.

—Pero es que... —exclamó Kaelin mirándolo fijamente a los ojos—, esto está... está mal.

Duke la hizo girarse con amabilidad hasta encarar un grupo de orcos que se encontraban a la distancia, sentados frente a una fogata dando cuenta a una pierna de un venado que habían cazado.

—Debes superar el desprecio que sientes hacia ellos si quieres seguir siendo una paladín —afirmó Duke.

—No sé si pueda —replicó Kaelin con la voz quebrada.

—Deja de ver en ellos a las bestias que destruyeron tu hogar. Ve las personas que hay en ellos. ¡Vamos, hazlo!

Y ella obedeció. Intentó desprenderse de los recuerdos nefastos de la Segunda Guerra, del dolor y el vacío que intentaron ahogarla al enterarse de la muerte de su familia. Aquel grupo de orcos, cenando ante ella, parecían ser tan humanos; tan razonables como cualquiera. Ciertamente eran muy diferentes a las bestias que se abalanzaron sobre la Ciudad Capital en aquella ocasión. ¿Cómo era posible que hubiesen cambiado tanto? Pensó en la historia que escuchó en las montañas. ¿Será verdad que en ese entonces eran esclavos de los demonios? Proclamaban haberse liberado de la opresión y la locura de la sed de sangre, y Kaelin ciertamente pudo apreciar el cambio obrado en ellos. Se sorprendió a sí misma al darse cuenta de que casi se sintió feliz por los orcos.

—¿Mejor ahora? —preguntó Duke.

Kaelin bajó la mirada, hacia sus pies, como a una niña a la que hubiesen regañado.

—Sí —dijo—. Supongo.

—¿Cuáles son las virtudes que persigue la Mano de Plata? —preguntó él de pronto.

—Santimonia —comenzó a recitar ella—, protección, justicia, compasión... y redención.

Más tarde, cuando era ya noche cerrada, Kaelin se rindió al darse cuenta de que no era capaz de conciliar el sueño. Por lo que salió de su saco y fue a caminar mientras respiraba el aire nocturno buscando despejarse. Llevaba un rato deambulando sin rumbo, cuando se encontró con un orco que, a juzgar por su melena canosa, era bastante anciano y, sin embargo, aún parecía ser fuerte. Estaba mirando atentamente una larga cuchilla que estaba suspendida en el aire sostenida en sus extremos por dos pedazos de madera. Y bajo ella brillaba y bailaba una pequeña fogata. El viejo orco estaba calentando esa arma.

—¿Qué haces? —preguntó Kaelin confundida.

El orco se giró lentamente y miró a la paladín con un gesto inexpresivo. Luego se volvió hacia su fuego.

—Caliento el cuchillo. Hasta que esté al rojo vivo.

—¿Para qué? —Kaelin estaba más confundida aún.

El orco extendió su brazo derecho. Ella retrocedió dos pasos de forma instintiva. Entonces cayó en la cuenta de que la intención del anciano era mostrarle una larga herida que nacía de su muñeca hasta casi llegar al codo.

—¿Cómo te hiciste eso?

—Me tropecé con un humano que me miraba con la misma cara con la que me miras ahora.

—¿Y él...?

—Está bien, si es lo que te importa —afirmó el orco con su voz ronca—. Otros humanos se lo llevaron antes de que alguien más saliera herido.

—¿Y acaso a ti no te molestó?

—Nuestro Jefe tiene grandes esperanzas en nuestra... alianza. Y si él cree eso, entonces yo también.

A Kaelin no le sorprendió que aún hubiese riñas entre humanos y orcos. Todavía quedaba mala sangre entre ellos después de todo. Un odio como aquel no podía extinguirse tan fácilmente. Miró la herida y se le ocurrió algo.

—Déjame ver. —Se acercó al orco, se arrodilló junto a él e hizo ademán de tomar su brazo. Se detuvo cuando éste le lanzó un gruñido.

—¿Qué pretendes hacer? —preguntó él, amenazante. Kaelin no lo miraba a los ojos.

—Quiero... comprobar algo. —Lentamente, aún con algo de desconfianza, palpó el brazo del orco con delicadeza y éste no se resistió—. Bien. —Entonces posó una mano sobre la herida y llamó a la Luz. Y ésta vino.

Un pequeño resplandor surgió de su palma e iluminó el gran corte de ese enorme brazo de piel verde. Kaelin miraba con atención, pues necesitaba saber qué iba a ocurrir ahora.

Ante la mirada sorprendida del orco, la herida comenzó a cerrarse cuando la Luz hizo contacto con ella. En mera cuestión de segundos, no quedaba siquiera una cicatriz.

—Recibe esta bendición —susurró Kaelin—. Que la Luz te bendiga y te acompañe por siempre. Que ilumine tu camino y que te proteja de la fría oscuridad.

Cuando el brillo se extinguió, Kaelin se puso en pie y retrocedió unos pasos. El orco se miraba el brazo, preso de la incredulidad. Al final, miró a la paladín.

—¿Eres una chamán?

—No, no lo soy. —¿Qué es un chamán? Mejor pregunto otro día.

—Aka'Magosh, humana —dijo él suavemente—. Bendiciones para ti y los tuyos.

Un silencio incómodo imperó por unos largos instantes entre los dos. Al final, Kaelin dejó salir un sollozo.

—Ustedes mataron a mi familia— dejó salir y su voz estaba teñida de dolor.

Pudo escuchar cómo el orco apretaba los dientes con fuerza. El anciano bajó la mirada y dio la impresión que se inclinaba ante ella.

—De verdad lo siento —dijo con un hilo de voz. Parecía tan sincero, incluso tan dolido como ella. Y aun así...

—¡Dime por qué! —le soltó Kaelin de pronto mientras se limpiaba las lágrimas con una mano—. ¿Por qué nos atacaron? ¿Por qué destruyeron nuestras ciudades? ¡Nosotros no les hicimos nada!

El orco guardó silencio un largo rato.

—En ese entonces creíamos que era por honor —explicó arrastrando las palabras—. Que era por la gloria de la batalla.

—¡¿Qué gloria puede haber en la matanza?! —Kaelin no daba crédito a lo que escuchaba.

—Ninguna. Y esa mentira nos costó todo —se lamentó el orco—. De serte sincero, no me duele haber perdido esa guerra, porque estábamos todos salpicados con la sangre de los inocentes. No había honor ni gloria. Solo dolor.

—¿Entonces por qué? —Necesitaba escucharlo. Necesitaba entenderlo. Solo entonces podría tener un camino claro.

—Confiamos en algunos que nos prometieron la salvación —confesó él—. Y fuimos engañados. Usados como armas. Reducidos a animales. Meras bestias sin un solo ápice de lo que fuimos en el pasado.

Kaelin recordó lo que había escuchado.

—¿Los demonios? ¿La Legión Ardiente?

El rostro del orco se contrajo de furia al escuchar ese nombre.

—Sí. —Se calló por un momento—. Nos convirtieron en sus peones. Y nos lo quitaron todo. —Entonces, lentamente, se puso de pie. Era una cabeza más alto que Kaelin—. La Horda está manchada con la sangre de inocentes. Vamos a saldar esa deuda con este mundo, aunque nos cueste la vida. Lo juro.

—Pero ahora son libres, ¿verdad? Escuché que se liberaron de la corrupción de los demonios.

El dolor se apoderó de las facciones del anciano.

—Incluso ahora corremos el riesgo de volver a caer en el salvajismo. —Su voz estaba cargada de odio—. Aquellos que nos convirtieron en sus mascotas buscan esclavizarnos una vez más. —Apretó fuertemente los puños—. No. ¡La muerte antes que eso!

—¿Qué quieres decir?

—Los demonios y sus lacayos no-muertos han llegado hasta aquí y ya sometieron un clan orco. Si no derrotamos a esos monstruos infernales a tiempo, toda mi gente estará condenada para siempre.

Kaelin pensó en las palabras del veterano. Parecía ser tan sincero. Por primera vez en su vida sintió compasión por los orcos. Al menos, los humanos fueron siempre dueños de sus destinos. Y, sin embargo, lo que más la hizo sentirse dispuesta a dejar de lado su odio hacia la Horda, era el hecho de que la Luz había acudido a despojar a este orco anciano de su dolor cuando Kaelin se lo pidió. Lo reconoció entonces como un ser digno y había sanado sus heridas. Comprendió que Duke Corazón de León tenía razón. Ojalá algún día llegase a ser tan sabia como él. La redención era un camino muy duro por recorrer, sobre todo con semejante carga encima, después de todas las cosas terribles que ocurrieron en el pasado. Pero la Luz bendijo la causa de los orcos. Kaelin no necesitaba más pruebas que esa.

—Bien —decidió y miró al orco a los ojos—. Cuando llegue el momento, estaré allí para ayudar.

El anciano la contempló primero con sorpresa, y luego con respeto.

—Tal vez el Jefe estaba en lo correcto sobre esta alianza.

Unos días más tarde, el ejército humano avanzó dentro del territorio ocupado por el clan orco renegado que había caído en la corrupción demoníaca. El plan era capturar a su líder y purgarlo de la sed de sangre que lo consumió hasta devorarlo. Levantaron un campamento fuertemente defendido y se prepararon para el combate. Por primera vez en la guerra, y en toda su vida, Kaelin iba a luchar en una batalla real. A pesar de que se había despojado de su rencor hacia la raza orca, no se le escapó la ironía de que la primera vez que blandiese su martillo como paladín, sería para ayudar a aquellos que alguna vez atacaron Lordaeron en el pasado.

Iba ataviada con una sencilla armadura de placas, sin mucho ornamento y con la cabeza descubierta. Y en sus manos empuñaba el martillo que le entregó Duke cuando comenzó su entrenamiento. Se bendijo a sí misma para fortalecerse aún más y repasaba mentalmente todas las instrucciones de su maestro. Estaba lista cuando todo comenzó.

Poniendo en práctica todo lo aprendido, Kaelin se sorprendió al darse cuenta de que se desenvolvía con relativa facilidad en la pelea. Dejaba que la Luz fluyera por ella y dirigiera su mano. Sus ataques eran devastadores y, tras asestar un golpe certero, pocos enemigos volvieron a ponerse de pie. Dejó de pensar, y se concentró en sus sentimientos, potenciados por el poder sagrado. Guiada por esta fuerza, era capaz de sentir antes que ver, bloqueando y esquivando ataques enemigos con facilidad, como si de un baile mortífero se tratase.

En un principio se preguntó en su fuero interno si le iba a ser un problema arrebatar una vida, puesto que nunca antes había estado en una pelea, y mucho menos había asesinado. Pero esa complicación fue rápidamente superada, pues en su corazón sabía que su causa era justa. Una causa bendecida por la Luz. No sintió remordimientos.

En medio de la batalla, una lluvia de enormes rocas ardientes y envueltas con un profano fuego verdoso cayó sobre ellos. Y de ellas surgieron unas monstruosidades semejantes a unas gigantescas piedras con consciencia que comenzaron a atacarlos. El fiero ataque de los infernales hizo retroceder la vanguardia humana, pero, con la dirección de Jaina Valiente, lograron mantenerse firmes ante el enemigo.

Entonces, de forma súbita, los orcos y demonios enloquecidos contra los que luchaban se batieron en retirada. Solo en ese momento, Kaelin se dio cuenta de lo agotada que estaba. Apenas era capaz de seguir levantando su arma. Se asombró al notar que el sol estaba ya cerca de ponerse, porque cuando la batalla empezó, era poco más del medio día. Para ella, todo había pasado en tan solo unos instantes.

Cuando volvieron al campamento, tras la victoria, Duke Corazón de León se le acercó para felicitarla por su desempeño en la refriega. El paladín dio la impresión de estar incluso al borde de las lágrimas y no notaba que lo que más necesitaba Kaelin en ese momento, era echarse en su saco y dormir durante un día entero.

—Solo dígame qué pasó —le rogó a su maestro.

Le mencionó que la misión del Jefe orco había sido un éxito. Capturaron al líder enemigo, lo purificaron de la corrupción demoníaca, y, con su ayuda, consiguieron eliminar al demonio que maldijo a los orcos con la sed de sangre en un comienzo. Kaelin apenas fue capaz de retener algunas frases en su mente y mucho menos comprender lo que le estaban contando. Si continuaba esperando, iba a acabar cayendo dormida en el lugar, por lo que fue directo al grano.

—¿Los orcos ya no están en peligro? —preguntó soltando un bostezo.

—Así es, Kaelin. Al parecer ya son libres. —Duke parecía bastante satisfecho con el resultado de ese día.

—¡Bien!

Luego marchó como una no-muerta hasta llegar a su tienda y su saco de dormir. Ni siquiera se molestó en quitarse la armadura, simplemente se echó con ella puesta y el sueño se la llevó en un instante.

Durmió toda la noche y no soñó nada.

Tras la liberación de la raza orca de su legendaria sed de sangre, y recuperando el apoyo del clan renegado, ahora podrían por fin enfocar sus esfuerzos hacia la Plaga y sus amos de la Legión Ardiente. El grueso del ejército combinado marchó hacia el norte, pasando por el extraño bosque llamado, aunque Kaelin no lo iba a saber hasta tiempo después, Vallefresno. Su objetivo era la gigantesca montaña que se elevaba más allá de la gran arboleda. En ese lugar planeaban establecer su fortaleza primaria para lo que quedase de guerra.

La joven paladín fue asignada a la hueste principal que partiría hacia el norte. Para su descontento, descubrió que a Duke Corazón de León se le ordenó quedarse atrás, dirigiendo un fragmento del ejército que tenía por misión despejar esas tierras de demonios y no-muertos supervivientes a la batalla, para luego reincorporarse al ejército mayor.

—¡No olvides seguir practicando! —le dijo antes de despedirse. Siempre insistía con eso al punto de irritarla. No obstante, supo desde un comienzo que llegaría a echar en falta su presencia. Le desalentaba la idea de no tener a nadie a quien dirigirse. Aunque este no es exactamente un ejército pequeño. Ya encontraré a alguien de quien hacerme amiga.

Así se separó de su maestro y emprendió el camino al norte, hacia la montaña que dominaba los bosques septentrionales de Kalimdor, dirigida por Thrall, Jefe de Guerra de la Horda y Jaina Valiente, líder de los supervivientes de Lordaeron, Quel'thalas y Khaz Modan. El ejército combinado marchaba lento pero seguro por los bosques, aunque Kaelin albergaba la sospecha, que se terminó convirtiendo en inquietud, de que los estaban vigilando unos ojos poco amistosos por el camino. Y, según lo que pudo oír de bocas de otros, no era la única con aquella curiosa sensación.

Apenas sufrieron ataques ya sea de demonios o no-muertos durante el trayecto. A Kaelin le gustaba imaginar que era gracias a los esfuerzos de Duke por defender la retaguardia de sus camaradas. Ella ya se lo imaginaba, liderando las tropas humanas y orcas que se habían quedado con él, destruyendo a los enemigos con la fuerza de la Luz Sagrada. Ciertamente era una imagen inspiradora.

Ya llevaban unas semanas de marcha, cuando cayó en la cuenta de algo. Se detuvo a hacer cálculos mentales sobre el tiempo pasado y la última vez que estuvo segura de la fecha. Finalmente acabó por preguntar a un cartógrafo, quien le informó que ya era casi final de año.

—¡Vaya! —rio ella entonces muy divertida—. ¡Pero si ya cumplí los veintitrés y ni me di cuenta!

Aunque la alegría de recordar ese detalle se disiparía dentro de poco.

No mucho después llegaron emisarios desde el sur que informaban que el campamento que Duke dirigía fue atacado de forma sorpresiva. Los rumores eran inciertos y los supervivientes no contaron una versión clara de lo ocurrido, puesto que, según sus palabras, todo sucedió demasiado rápido. De lo único que estaban seguros, y lo único que realmente le importó a Kaelin en aquellos relatos, era que Duke había caído defendiendo el frente de la defensa. Afirmaban que luchó con un tesón inquebrantable y acabó derribando a una gran cantidad de enemigos mientras resplandecía con una Luz casi insoportable. Pero finalmente se vio superado. Pocos sobrevivieron a la batalla, pues momentos después fueron asaltados por una gran cantidad de no-muertos y demonios, que marchaban en un único y terrible ejército. Una fuerza espantosa que los estaba acechando desde el sur en esos momentos. La expedición debería arribar pronto a su destino y fortalecer su posición, pues se avecinaba una gran y decisiva batalla.

Kaelin no durmió esa noche. Sino que se mantuvo en vela orando a la Luz por el alma de Duke Corazón de León, quien hizo el sacrificio final por su causa. Eventualmente, en sus ruegos incluyó a todos los otros que perecieron en esa extensa y amarga guerra. Por Antonidas de Dalaran, y quienes decidieron permanecer a su lado. Por el rey Terenas Menethil y todos los inocentes asesinados en la Ciudad Capital. Rogó por los sacerdotes y clérigos de la Capilla de la Capital. Por Dora y los amigos que había dejado atrás. Por sus padres. A veces, en momentos como aquel, la asaltaba la sensación de que la desgracia la seguía a donde sea que se encontrase. Como si ella fuese una sentencia viviente para todo aquel que le mostrase amistad y cariño, puesto que de todas las personas que alguna vez formaron parte de su vida, ahora solo quedaba ella misma. Y la Luz. Siempre tendría a la Luz consigo. Y a ella le rezó. Con todo su corazón. Con todo su fervor. Con toda su fe. Que la limpiase de esa mácula que parecía llevar consigo. Que la liberase de esa funesta presencia que trajo consigo desde su infancia. Ya que no deseaba quedarse sola, por miedo a llevar el mal a los demás que, de forma voluntaria o no, terminasen formando parte de ella. Se supone que ella debe convertirse en un brillante baluarte que dirigiese con su ejemplo a las buenas gentes del mundo, no en una heraldo de la parca, marcada con su frío toque mortal. Por ello rogó durante toda una noche.

Desalentada por las nuevas, siguió su camino hacia el monte. Exploradores fueron y vinieron informando que los demonios y no-muertos estaban afirmando sus posiciones por todo el bosque que los humanos y sus aliados habían dejado atrás. Se propagaban como una peste por esas tierras, retorciendo todo lo que tocaban y corrompiendo la arboleda. A su paso solo quedaban ruinas y cenizas. Un país que hasta hace poco estuvo impoluto de toda mancha, ahora estaba mancillado y enfermo. Muchas partidas de guerra fueron desplegadas con la misión de retrasar el avance del enemigo mientras que el grueso del ejército levantaba sus defensas en el que sería su asentamiento definitivo. Lamentablemente para ella, Kaelin, se vio forzada a proseguir la marcha hacia el norte, mientras otros peleaban en el sur. Nuevamente la impaciencia comenzaba a dominarla.

De esta forma, con prisas a causa del apuro de la situación, ascendieron por la gigantesca montaña hasta encontrar un valle defendido por barreras naturales. Fortalecer ese lugar iba a ser la mejor defensa cuando el enemigo finalmente les diese alcance. Las obras de construcción dieron comienzo de forma inmediata y en poco tiempo se levantó un bastión donde se esperaba librar la última gran contienda de esa guerra.

Por esos días, Kaelin se dedicó casi por entero a la práctica con su martillo. Fue capaz de escuchar la voz de Duke en su cabeza conminándola a no perder el tiempo. Visualizaba al enemigo en su mente e intentaba imaginar la manera más adecuada de combatirlo, ideando estrategias o nuevas tácticas de lucha. Siempre usando el poder de la Luz, que Duke tanto insistió cuando estuvo vivo que era vital para un paladín.

Apenas prestó atención a los informes de los exploradores, que llegaban con noticias sobre el avance de los demonios y sus esbirros, o que éstos eran dirigidos por un gigantesco monstruo demoníaco. Ella estaba completamente concentrada en su entrenamiento, puesto que sabía que todos los eventos que ocurrieron en su vida, desde el día en que Alonsus Faol le enseñó el poder de la Luz cuando solo era una niña asustada, la habían llevado hasta la batalla que iba a estallar de forma inevitable. Su camino la había traído hasta allí, a una tierra lejana; en compañía de desplazados iguales a ella; aliada con los que alguna vez fueron sus enemigos y demonios internos; reunidos como el último baluarte de esperanza del mundo. Kaelin intentaba mentalizar que la siguiente batalla lo decidiría todo. Si eran derrotados, todo terminaría cayendo ante la furia ardiente de la Legión y la fría y putrefacta monstruosidad que era la Plaga. El ganar, significaba un nuevo amanecer; una nueva oportunidad de levantar una vez más todo lo que se perdió en el conflicto. Y de hacerlo mejor esta vez. Ella decidió entregarse a la Luz y ésta la forjó con su poder hasta convertirse en lo que es ahora. Por tanto debía estar preparada. Debía estar lista. Debía luchar con decisión y fe, para hacer que todo el sufrimiento de una vida marcada por la tragedia haya valido la pena.

Fue por eso que no notó que, el día anterior a la llegada del infierno, Jaina Valiente y Thrall partieron de pronto a un concilio en un lugar remoto de la montaña. Fue solamente a su regreso cuando Kaelin se percató de lo ocurrido. Después de todo, no volvieron solos.

Un nuevo ejército marchaba junto a ellos. Se trataba de unas figuras altas, elegantes pero salvajes al mismo tiempo. Cuando Kaelin los vio, lo primero que pudo notar fue que esa gente parecía una manifestación viviente del bosque que dejaron atrás al sur. Como si se tratasen de una encarnación de la naturaleza. Nunca antes había tenido una sensación semejante. Ni siquiera con los elfos. Solo entonces cayó en la cuenta de que se trataban precisamente de elfos, pero de una clase que nunca antes hubo conocido. Eran muy diferentes a los que ella vio en el pasado, al otro lado del mar. Su piel era de tonos violáceos, eran más altos, más esbeltos, más silvestres. Eran elfos de la noche.

Estos enigmáticos elfos se unieron a la resistencia. Esta inesperada incorporación levantó los ánimos de Kaelin.

Esa tarde, poco antes de la puesta de sol, todo el ejército fue reunido ante sus líderes quienes deseaban poder dirigirse a todos los que lucharían en la batalla final.

Toda la información reunida apuntaba a lo mismo. El terrible enemigo iba a dar alcance a la montaña al siguiente amanecer. Kaelin no entendió muy bien por qué, pero aparentemente era de vital importancia proteger la cima de ese monte que, por lo que escuchó, se llamaba Hyjal. Se encontraba algo allí que los demonios no debían alcanzar por nada del mundo. Por lo que la estrategia a seguir iba a consistir en retrasar el ascenso de la Legión y la Plaga el mayor tiempo que fuera posible.

Kaelin entrenó hasta que ya era noche cerrada. La expectación hizo que su corazón latiese furioso. Tal como lo estaba ella. Sintió la furia por dentro. Esos demonios habían liberado a la monstruosa Horda sobre los reinos humanos. Cuando ésta falló, propagaron la peste de los no-muertos en Lordaeron. Y éstos arrasaron con todo. Toda la calamidad y todas las penas tuvieron su origen en esa mano negra que permaneció oculta todo ese tiempo. Kaelin los culpaba. Los odiaba. Por sus nefastos planes Ventormenta había caído. Por ellos fue necesario formar la Alianza. Solo por esa vil voluntad estalló la guerra que destrozó los reinos humanos para, muchos años después, asestar el golpe de gracia que terminó convirtiendo a toda esa gente reunida ahora en el Monte Hyjal en un ejército de refugiados.

Fue por la Legión que sus padres habían muerto. Por ella perdió su hogar y a su familia, debiendo dejar de lado su infancia aun siendo una niña. Y cuando todo pareció ir mejor ahora que logró forjar una nueva vida bajo la protección de la Luz, una vez más todo acabó ardiendo; su hogar perdido una vez más; todos los amigos que había hecho en su camino hasta Hyjal perecieron en la lucha. Todo por culpa de la Legión Ardiente.

Incluso se atrevió a dudar de la Luz en alguna ocasión. Pero ahora finalmente lo entendió. El poder que esos malvados blandían era terrible y monstruoso. Eran enemigos de todo lo vivo; de todo lo que no estaba corrompido por su vil ponzoña, de todo lo que era bueno y puro. Eran enemigos de la Luz.

La Luz se manifestaba en sus guerreros sagrados. Los paladines, quienes velaban por la supervivencia de su gente junto a los sacerdotes. Unidos darían fin a la cruzada profana de la Legión Ardiente. Ellos se convertirían en el escudo que protegerá al mundo entero. Y Kaelin estaba ansiosa por destruir esa amenaza que se arrastraba pretendiendo consumir el último vestigio de esperanza de un futuro próspero.

El sol brillaba con una dulzura ajena a la realidad. La naturaleza despertaba, furiosa ese amanecer. Había llegado el día del destino y Kaelin ya se hallaba resuelta. Al ser ella una paladín, no pocos soldados se le acercaron para solicitar su bendición. En un principio se sintió sorprendida por semejante petición, pero no se rehusó a dar un poco de Luz a quienes se lo pidieron. ¿Es a esto a los que se refería Duke con guiar a los pueblos? De ser así, quizá debería hacer algo más.

Ante el inminente avance del enemigo, las líneas de defensas fueron desplegadas. Era un ejército gigantesco que ocupaba todo el valle hacia la cima de Hyjal. Todos se habían visto obligados a dejar atrás el hogar y estaban ahora allí, unidos ante esta batalla final. Kaelin era consciente de que el ánimo de los soldados estaría por los suelos, pues el terror de enfrentar a tan terrible adversario despojaba los espíritus de cualquier valor. Por lo que exigió un lugar en la vanguardia, apelando a su título de paladín.

—¡Es el momento! —les gritó a todos los soldados que se encontraban cerca de ella—. ¡En este día, en esta batalla, decidiremos el sino de esta guerra!

Intentaba gritar lo más alto posible. Procurando sonar fuerte y cargada de seguridad. Como un baluarte de la Luz debía de ser.

—¡Las monstruosidades que vienen a por nosotros han deseado nuestra destrucción por mucho tiempo! ¡Fallaron una vez y volverán a fallar!

Llamó a la Luz y comenzó a brillar. Necesitaba que le diera su fortaleza. Necesitaba que la inspirara si deseaba espolear a los últimos defensores de Azeroth. Es lo mínimo que ella podía hacer por ellos.

—¡Resistimos la batalla porque somos fuertes! ¡Salimos victoriosos porque nuestro deseo de sobrevivir eclipsaba las ansias de destrucción de esos viles demonios!

Logró captar la atención de los soldados a su alrededor. Casi se sintió como si estuviese presidiendo una ceremonia en la Capilla. Recordó a Dora y las dificultades que ella solía tener en aquellas situaciones.

—¡Hemos perdido mucho en esta guerra! ¡Familia! ¡Amigos! ¡Hermanos! ¡No podemos permitir que no-muerto o demonio alguno camine libremente sin recibir justicia por aquellos que ya no están!

Intentó que la Luz que estaba blandiendo llegase a todos los demás. Esperaba de esta forma aumentar el vigor del ejército. Una fuerza alimentada por la esperanza y por la santa justicia. Algunos soldados la miraban resplandecientes y asintieron al escucharla.

—¡La Luz nos dio el poder y la convicción de resistir ante las tormentas del destino! ¡Y hoy no será la excepción! ¡Permaneceremos firmes como lo hemos hecho siempre! ¡Unidos como uno solo! ¡Ese es el poder de la humanidad! ¡El poder de la Luz!

Pudo sentirlo. La Luz bañaba a sus hermanos de guerra. Pudo sentir cómo se fortalecían.

—¡Esta guerra nos ha cambiado! ¡Nos ha hecho más fuertes! ¡Hemos sobrevivido a todo lo que nos han arrojado! ¡Nosotros somos lo mejor que el mundo puede ofrecer! ¡El escudo que protege implacable el porvenir de nuestros descendientes!

A un lado, a cierta distancia, un grupo de elfos de la noche la observaban intrigados.

—¡El enemigo viene y la ruina con ellos! ¡No pasarán de aquí! ¡Porque nosotros somos los Campeones de la Luz! ¡La Luz está en todos nosotros, velando por nuestro triunfo! ¡Y al final del día, alzaremos nuestras armas a los cielos en señal de victoria! ¡Porque nuestra causa es justa! ¡Nuestras son la justicia y la retribución!

Los Campeones rugieron en respuesta. La Luz estaba en todos y cada uno de ellos. La fe en el futuro les concedió la fuerza para resistir, ahora que todo miedo fue olvidado.

Kaelin alzó su martillo de guerra y todos juntos adoptaron posiciones con presteza ahora que el enemigo había llegado al fin.

Y allí venían. Marchaban como una hueste infernal corrompiendo el suelo que pisaban. Era una cantidad ingente de no-muertos de todas las clases. Las mismas abominaciones que destruyeron Lordaeron se hallaban ahora ante sus ojos. Y también demonios. Era la primera vez que Kaelin veía uno. Eran pesadillas andantes. Seres hechos de fuego vil y odio. Los había de muchas formas y tamaños, pero todos desprendían la misma aura de podredumbre. Empuñaban armas profanas o luchaban con sus manos vacías, pues éstas portaban unas enormes garras capaces de desgarrar cualquier carne. Algunos caminaban como seres humanoides o se arrastraban en cuatro patas. Y, sin embargo, todas y cada una de esas criaturas irradiaban de su interior la misma crueldad y malicia; con unos ojos verdosos reflejando un odio irracional que Kaelin era incapaz de comprender.

Arqueros, morteros y gujas élficas abrieron fuego poco antes de que el ejército demoníaco se les viniese encima, logrando detener momentáneamente su avance. Las torres de defensa apostadas en la base humana comenzaron a disparar, derribando un monstruo tras otro. Pero con eso no bastó para repelerlos. Los demás guerreros desenvainaron sus armas y se prepararon para el asalto. El enemigo se acercaba paso a paso a una velocidad aterradora.

Kaelin sostuvo con fuerza su martillo y recitó una última plegaria. Duke Corazón de León, guía mi mano.

La Luz la envolvió cuando ya tuvo a la Legión Ardiente y la Plaga encima.

Un necrófago intentó abalanzarse sobre ella, pero lo rechazó con un certero mazazo en el cráneo, destrozándolo en el proceso. Criaturas similares intentaron derribarla, pero se vieron sorprendidas cuando fue la paladín quien cargó contra ellos. Kaelin aprovechó ese momento para derribar un necrófago de un empujón y llamó a la Luz, la que descendió sobre otro monstruo semejante. El no-muerto gritó de dolor y escapó. Así que la Luz los quema. Ya lo imaginaba. El necrófago que había derribado intentaba ponerse en pie, pero no le dio tiempo cuando el martillo de Kaelin descendió sobre él. Tras acabarlo, se retiró de regreso a la línea defensiva.

Se permitió unos valiosos momentos para estudiar la situación. Si bien la batalla era fiera y el adversario monstruoso, aún lograban permanecer firmes en su posición. Volvió a concentrarse en el combate.

Tuvo una sensación de deja vù cuando ante ella se le apareció una abominación similar a la que la atacó en la lejana Capilla, el día que la Ciudad Capital había caído. El amargo recuerdo llenó su corazón de ira y ésta se reflejó en el exterior como un fuerte destello dorado. La abominación marchaba blandiendo enormes hachas en sus múltiples manos y cargó hacia ella. Recurriendo a la misma táctica, invocó la Luz y la canalizó sobre esa criatura. El dolor que sintió con ese ataque, hizo que el monstruo se detuviese en seco. Kaelin se abalanzó sobre él. Era demasiado alto como para golpearlo en su horrible cabeza, por lo que decidió intentar hacerlo caer para luego rematarlo. Le destrozó una grotesca pierna con un furioso golpe de su martillo. La abominación chilló de dolor, pero no se derrumbó como esperaba Kaelin. Alzó una de sus hachas y con ella golpeó a la paladín. Ella apenas tuvo tiempo de cubrirse con su propia arma y la fuerza del impacto la hizo volar varios metros sobre el suelo, cayendo sobre su espalda. Cuando logró levantarse, el monstruo ya estaba casi sobre ella. Recordando lo que pasó en Lordaeron, Kaelin usó la Luz Cegadora. La abominación comenzó a golpear la nada con una furia terrible después de ser cegada por aquel repentino resplandor. La joven paladín aprovechó esta oportunidad y golpeó con toda su justa ira la otra pierna que todavía estaba intacta, logrando su propósito, pues el monstruo cayó al suelo. Sin darle tiempo a recuperarse, Kaelin le aplastó la cabeza con un golpe inmisericorde, haciéndola estallar como si de una calabaza se tratase. Restos de hueso y sesos la salpicaron, pero a ella no le importaba.

Le temblaban los brazos. El golpe que la criatura le había asestado la hubiera partido en dos de no haberlo detenido. Con ayuda de la Luz, su cuerpo recuperó parte de sus fuerzas. Tras eso volvió a unirse a la lucha.

De esta manera la batalla siguió su curso. Alrededor de Kaelin, incontables defensores cayeron ante la furia del enemigo, pero de la misma forma, muchos no-muertos y demonios yacían en el suelo. El bosque se vio salpicado con la sangre de muchas criaturas y sus árboles eran silenciosos testigos de la masacre que se estaba llevando a cabo en ese lugar. Si bien las líneas humanas aún no se habían desmoronado, la ingente cantidad de enemigos poco a poco los estaban forzando a retroceder. Los demonios consiguieron alcanzar las torres de defensa y las derribaron con su fuego vil. A ese paso, iban a terminar perdiendo su primera base defensiva.

Kaelin había dejado de pensar. No evaluaba estrategias ni prestaba atención a su entorno. Estaba enteramente concentrada en el enemigo. Con cada golpe que asestaba más se acrecentaba su determinación de seguir luchando. En ese momento era incapaz de recordar incluso su propio nombre.

Mientras más monstruosidades caían ante ella, más embriagada se sintió por la exaltación de la batalla. Ya había perdido la cuenta de los adversarios que logró derribar y en ningún momento pensó en detenerse.

—¡Son los defensores de un mundo condenado! —bramó una voz poderosa y terrible que resonó por todo el campo de batalla, sacando a Kaelin de su éxtasis—. ¡Huyan! ¡Y quizá puedan prolongar sus patéticas vidas!

Ella miró a su alrededor hasta que localizó el origen de aquella espeluznante voz. Se trataba de un demonio por mucho más alto que todos los demás que había visto durante la lucha. Dos enormes cuernos curvados sobresalían de su cabeza. De su espalda emergían dos poderosas alas y sus piernas acababan en un par de pezuñas.

Al contemplar semejante horror encarnado, Kaelin retrocedió un paso. El enemigo pareció reagruparse en torno al enorme demonio que aparentemente era su comandante. La paladín y sus aliados reformaron la línea y se prepararon para atacar.

Unas enormes figuras cuadrúpedas cargaron contra el demonio. ¿Eran osos? Las bestias se abalanzaron sobre el enemigo y lo hicieron retroceder. La aberración se recuperó rápidamente y con un movimiento mandó a volar al grupo de animales. Al caer al suelo, ante los estupefactos ojos de Kaelin, los cuerpos de esos extraños osos comenzaron a transformarse y, en tan solo un momento, se convirtieron en unos de esos elfos tan misteriosos que se unieron a ellos el día anterior a la batalla.

El demonio se burló del ataque con una sonrisa que reflejaba un cruel desprecio. Entonces comenzó a avanzar hacia los defensores. A su encuentro apareció una nueva figura. Se trataba de una mujer elfa de la noche, vestida enteramente de blanco y con una gran cabellera azulada. Con tan solo levantar una mano, Kaelin fue capaz de sentir el tremendo poder que blandía. Era algo que escapaba su entendimiento.

La paladín no pudo seguir presenciando ese enfrentamiento, pues fue atacada por una criatura semejante a una araña, pero del tamaño de un caballo. El ser arácnido aprovechó el momento de distracción y cubrió a Kaelin con unas redes pegajosas. Ella trató de liberarse con todas sus fuerzas, pero la trampa en la que estaba envuelta era demasiado resistente. No dejaba de debatirse mientras la araña gigante se abalanzaba sobre ella. Viéndose arrinconada, Kaelin usó su última alternativa.

Llamó a la Luz y ésta se manifestó como un Escudo Sagrado que la envolvió por completo. La araña se estrelló contra él y se vio incapaz de atravesar esa barrera por muy fuerte que golpease. Kaelin sabía que la protección no iba a durar mucho, así que recurrió al poder sagrado para finalmente liberarse de sus ataduras. Su rival volvió a arremeter contra ella, pero el escudo aún la estaba protegiendo. La paladín aprovechó su momentánea ventaja y cargó hacia su enemigo. Lo golpeó con gran furia, pero no bastó para hacerlo caer. Volvió a golpearlo una y otra vez con gran vehemencia hasta que del ser arácnido solo quedó un montón de carne fría y putrefacta.

Kaelin respiraba con fuerza y su corazón latía rabioso. Al contemplar a su enemigo acabado experimentó un malsano gozo. Se sintió ligera, como si su alma quisiese escapar de su carcasa mortal. Frente a ella, un grupo de no-muertos se acercaba peligrosamente. Kaelin los retó con la mirada a atacarla, empuñando fuertemente su martillo. Los monstruos se detuvieron y se amilanaron. Al ver semejante reacción, la paladín estalló en carcajadas.

—¡¿Eso es todo?! ¡¿Quién habría imaginado que aquellos que destruyeron Lordaeron fuesen tan patéticos como ustedes?! ¡No son nada!

Estaba completamente fuera de sí, con una sensación de frenesí que no le permitía respirar. Cuando la Capital cayó en la ruina, la impotencia le hizo sentirse tan débil, tan vulnerable, que creyó que ni siquiera podría salir de allí con vida. Pero ahora las cosas eran diferentes. Ahora los que estaban encogidos por el terror eran ellos y no Kaelin. Los que habían acabado con todos los inocentes de Lordaeron ahora sintieron miedo ante ella. ¡Era esto! ¡Esto era lo que buscaba! Ella era la rectitud que tanto tardó en llegar. Con la Luz de su lado se convirtió en la encarnación viviente de la ira de todos aquellos que clamaron por justicia antes de morir. La exaltación que la invadió entonces nubló sus pensamientos.

Un destello blanquecino desvió su atención. La mujer elfa que había visto antes estaba atacando al comandante demoníaco con lo que, ante los ojos de Kaelin, pareció ser una estrella bajando del firmamento. El ataque hizo que el demonio cayese de rodillas, para luego levantarse furioso y lanzarse sobre su rival. En respuesta, otra estrella cayó sobre él, haciéndolo retroceder. Luego otro ataque astral tras otro. Era algo semejante a una lluvia de estrellas. Una a una, estas luces pálidas cayeron sobre el comandante enemigo hasta que éste ya no pudo volver a levantarse. Otra andanada más, y su cuerpo terminó desintegrándose del todo. Al ver a su líder derrotado, los no-muertos se retiraron aterrorizados.

—¡Eso es! —les gritó una Kaelin completamente enajenada—. ¡Lárguense! ¡Huyan de regreso a sus amos! ¡Los cazaremos y los aniquilaremos, hasta que ya no quede ninguno de ustedes, basura inmunda!

Pero antes de que pudiese seguir alardeando su victoria, una hueste reforzada de no-muertos apareció en la distancia y marchaba inexorablemente hacia ellos.

¿Así que vienen a que los mate uno por uno? pensó Kaelin. ¡Perfecto!

El mundo se había reducido a ese encuentro. Para ella ya no existía nada más. El único pensamiento que albergaba ahora era acabar con todos esos monstruos, uno tras otro, hasta que ya no quedase ninguno. Sabiendo que no se iba a sentir satisfecha hasta haber aniquilado hasta el último de esos seres. No merecen existir. ¡No tienen cabida en este mundo! No importa que me tome el resto de mi vida. No me detendré hasta destruirlos a todos. Porque ahora comprendió que solo así todo habría valido la pena.

Toda la tristeza, todo el dolor iba a acabar siendo reducido a nada si lograba su victoria contra esos seres.

Pudo sentir la sangre fluyendo por sus sienes. Una sonrisa quebrada enmarcaba su rostro. No quitaba la vista de encima a la Plaga que se acercaba paso a paso. Ya no podía esperar más. Anhelaba volver a enzarzarse en batalla contra ellos. Aún le quedaba mucha fuerza para seguir peleando. Estaba convencida de que ella sola era capaz de matarlos a todos, empuñando la justa furia de la Luz. Estaba ansiosa por impartir justicia. Y entonces todo será como siempre debió ser, bueno y puro. Como si nada hubiese pasado.

Fue en ese momento que sintió una mano en el hombro. Kaelin se giró rápidamente empuñando su martillo. Se detuvo al darse cuenta que quien se encontraba junto a ella era uno de esos elfos de la noche.

Aún respiraba agitadamente cuando sacudió la cabeza para despejarse.

—¡Oye! —decía aquel elfo—. ¿No me estás escuchando? ¡Hay que retirarse!

—¿Retirarse? —replicó ella atónita—. ¿De qué hablas?

Entonces miró a su alrededor y se dio cuenta de que ya no quedaban más defensores. Se habían marchado todos del campo de batalla. Estaban ellos dos ahí, solos.

—La defensa continuará en la fortaleza de los orcos —explicó el elfo—. Si te quedas aquí solo lograrás que te maten por nada.

Kaelin se sintió súbitamente sin fuerzas y cayó de rodillas. Se limpió unas lágrimas que no notó que habían sido derramadas. Miró hacia atrás y vio al enemigo que estaba cada vez más cerca. Claro. ¡Son demasiados! No tengo ninguna oportunidad contra ellos. ¿En qué estaba pensando?

El elfo la tomó por un brazo y la puso de pie.

—¡Hay que irnos! ¡Rápido!

La paladín asintió y juntos echaron a correr. Los no-muertos estaban peligrosamente cerca, iban a tener que esforzarse para poder huir de ellos y lograr alcanzar la seguridad de la base orca que los esperaba más adelante, cerca de la cima de Hyjal.

¿Qué fue lo que me pasó? ¿Cómo es que no pude darme cuenta de lo que ocurría? Se sintió avergonzada porque alguien la haya visto de esa manera, completamente desposeída. El elfo tuvo que ponerse en riesgo para poder sacarla del peligro que ella, atrapada en su propio frenesí, no se percató en que se encontraba. No era eso lo que una paladín como ella debe hacer. Entonces se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Comenzó a derramar lágrimas amargas mientras corría junto al elfo. Extrañaba a sus padres, con una pena que no sintió desde los días en que era una niña. ¡Cómo deseaba poder estar junto a ellos una vez más! Hubiera sido capaz de renunciar a la Luz si con eso pudiese volver a ser la pequeña que fue alguna vez, viviendo en una granja sencilla junto a su familia, cultivando trigo y viéndolo crecer. Así eran las cosas como debieron haber sido. Pero esa vida acabó muy pronto. Se la habían arrebatado. Todo por culpa de esos demonios de la Legión Ardiente. Se atrevieron a corromper a una raza inocente y la lanzaron contra los humanos para que se matasen los unos a los otros. Luego esparcieron la peste de la no-muerte entre ellos y tuvieron la osadía de usar a los caídos como un instrumento de destrucción.

Kaelin los odiaba. Con un odio que eclipsaba la devoción que sentía hacia la Luz.

Eso no está bien.

Tropezó y cayó de rodillas. El elfo se agachó a su lado. Kaelin comenzó a sollozar desconsoladamente.

—Escucha, debemos irnos de aquí cuanto antes —la urgió el elfo—. Si no, nos alcanzarán y...

—¡Soy un fracaso! —se lamentó Kaelin cubriéndose la cara con ambas manos, presa de la vergüenza—. ¡Un paladín debe ser un símbolo de rectitud! ¡De justicia! Que la Luz me perdone. ¡Que Duke me perdone!

—¡Vamos! ¡Arriba! —continuaba apremiando el elfo, intentando levantarla tomándola del brazo. Pero Kaelin se resistía.

—¡Solo soy una niña jugando al héroe! ¡¿Cómo se supone que puedo ser una paladín si solo pienso en vengarme?! ¡Se supone que debo inspirar a la gente a dar lo mejor de sí! ¡Pero no puedo hacerlo cuando solo ven lo peor de mí!

El elfo dejó de insistir y se acercó a ella.

—Te he estado observando desde poco antes que empezase la batalla —dijo suavemente—. Vi cómo lograbas avivar la fe de tus compañeros. Lucharon con valor y determinación, porque fuiste tú quien se los concedió. Pudieron resistir gracias a ti.

Kaelin lo escuchaba. Por favor, continúa. Dime que sí puedo hacerlo. Dime que crees en mí le rogó en su fuero interno.

—Para ellos, te convertiste en el faro de esperanza —siguió diciendo él—. ¡Un baluarte de fe! No sé en qué creen ustedes, los que vienen de más allá del mar, pero ciertamente es algo poderoso.

Volvió a tirarla del brazo y esta vez Kaelin se levantó. Siguieron corriendo.

—Pero también te he visto dominada por la furia —continuó diciendo el elfo mientras avanzaban—. Es algo que ya he presenciado antes. Si no logras dominar esa ira solo lograrás dañar a aquellos a los que les importas.

Kaelin lo miró a los ojos, comprendiendo.

—¿Fue por eso que regresaste por mí?

El elfo de melena verdosa asintió.

—Perderlo todo al dejar que la venganza te domine no es un final noble. Y no pienso permitir que un símbolo de esperanza como tú acabe de esa manera.

Ella no supo qué decir. Debe haber perdido a alguien muy querido de esa forma. No se atrevió a preguntarle. Tal vez si sobrevivían a la batalla lo iba a hacer.

Siguieron corriendo en silencio por un rato y tras ellos, a la distancia, la Plaga y sus amos demonios continuaban avanzando como la terrible marea de muerte que eran. Finalmente, ante ellos apareció la fortaleza de la Horda. Allí ya estaban preparados los orcos; filas y filas de orgullosos guerreros, a la espera del enemigo del mundo.

—¡No pises ahí! —gritó de pronto el elfo, tirando a Kaelin hacia él.

—¡¿Qué?! —exclamó ella confundida—. ¡¿Por qué?!

—¡¿Es que no prestaste atención cuando explicaron los planes de batalla?!

Kaelin se puso roja de la misma manera como solía hacer Dora en la Capilla. El elfo la miró con un evidente fastidio en sus ojos brillantes.

—En fin, ¡solo sígueme! —le ordenó.

Él la guio dando vueltas y giros por el terreno en un patrón que la paladín fue incapaz de entender, sintiéndose cada vez más desconcertada. Entonces, finalmente, siguieron corriendo en línea recta ya a las puertas de la base orca.

—¿Qué fue eso? —le preguntó a su compañero.

—Mira hacia atrás —respondió él escuetamente.

Los no-muertos estaban casi encima de ellos, pero de pronto el suelo que pisaban estalló de una manera muy violenta, provocando un fuerte estruendo. El escándalo se prolongó cuando muchas otras explosiones mandaron a volar a los monstruos de la Plaga en todas direcciones. Pronto, el humo bloqueó la visión de Kaelin.

—¿Qué fue lo que pasó?

—Minas goblin —le explicó el elfo—. Las enterraron por todas partes.

Una vez dentro de la relativa seguridad de las defensas orcas, se detuvieron a recuperar el aliento tras la larga carrera.

—Aprovecha este momento para descansar —dijo el elfo—. Debemos continuar hasta alcanzar el bastión de mi gente, en la cima de Hyjal.

—¿Es que no nos quedaremos a combatir junto a los orcos? —preguntó Kaelin.

—No. Tú debes reunirte con las fuerzas de los tuyos que están esperando en aquel lugar. Además, los orcos están siendo apoyados por la señora Tyrande y sus Centinelas. Supongo que yo también debería marcharme. Después de todo, no seré de gran utilidad aquí.

—¿Y por qué debe ser allá? ¿Qué pasará con los orcos y tu señora?

—Ellos detendrán el avance de Archimonde todo el tiempo que les sea posible. Luego se replegarán y se unirán a nosotros a los pies de Nordrassil para el asalto final.

Kaelin no entendió nada de lo que este elfo le explicaba.

—¿Quién es Archimonde? ¿Y qué es un Nordrassil? ¿Y por qué en ese lugar será el asalto final? Este lugar es tan bueno como cualquier otro.

Su compañero le dedicó una mirada teñida de una sincera y cansada incredulidad. Al sentirse observada de esa manera, Kaelin se abochornó una vez más.

—Archimonde es quien dirige el ataque de la Legión —le detalló él rápidamente—. Nordrassil es el Árbol del Mundo que Archimonde pretende alcanzar. Y tiene que ser ese lugar porque allí se está preparando el plan de Shan'do Tempestira para el triunfo de esta batalla.

—¿Y cuál es ese plan?

El elfo se cubrió la cara con una mano. Parecía ya estar llegando a los límites de su paciencia.

—Ya verás —se limitó a decir—. Tú solo confía en mí.

—Hubieras empezado por ahí —le espetó irónicamente.

El elfo se rio por lo bajo.

—Bien, es mejor que partamos enseguida. —Miraron hacia atrás y vieron que la refriega ya había comenzado entre los orcos y la Plaga—. ¡No hay tiempo que perder, humana! ¡Vamos!

Reanudaron la marcha hacia la cima de Hyjal.

—¡Por cierto, no me llamo humana, elfo! —le espetó la paladín mientras corrían—. ¡Soy Kaelin!

—¡Y el mío no es elfo, Kaelin! —le contestó él—. ¡Mi nombre es Eikken!

¿Cómo? Qué nombre tan raro. Pero no dijo eso en voz alta.

. . . . . . . . . . . . . . .

—Imagino que no hace falta mencionar que ya conozco el resto de la historia —apuntó Eikken.

Después de visualizar en su mente los recuerdos de la batalla, el caos y el escándalo, a Kaelin le tomó un momento acostumbrarse a la paz y quietud que imperaban esa noche en los tranquilos bosques a los pies del monte Hyjal.

—Bueno, tal vez tú sí sabes lo que pasa después —replicó ella—. Pero los demás no.

—¿Los demás? —inquirió el elfo, confundido.

Kaelin señaló con el dedo hacia un lugar más allá de Eikken. El aprendiz de druida se giró y vio que había un par de enanos sentados detrás de él. Al verse descubiertos, uno de ellos se puso de pie.

—Oh, no te fijes en nosotros. En realidad, yo solo vine a que me devuelvas el odre de cerveza que tienes allí.

La joven miró a su lado sobresaltada, buscando el odre del que hablaba el enano. Lo encontró sobre la hierba y lo recogió.

—¡Aquí está! —exclamó sonriente y se lo lanzó al enano, el cual lo atrapó en el aire. Tras estudiarlo soltó un aire de disgusto.

—¡Pero si está vacío! —le recriminó a Kaelin—. ¡Solo te pedí que lo sostuvieras un momento mientras cargaba los barriles y cuando me di cuenta ya te habías ido!

Ay, sí pensó ella. ¡Lo había olvidado por completo!

—Bueno, ¡ya está! —bufó el enano—. No vale la pena llorar por cerveza derramada. ¡Termina tu historia y entonces decidiré si compensa todo lo que te bebiste!

Eikken la miraba con una sonrisa de suficiencia.

—Por eso te digo que eres una ridícula —le dijo a la paladín en voz baja.

Si solo yo me meto en estos problemas se lamentó Kaelin.

. . . . . . . . . . . . . . .

Kaelin abrió los ojos como platos al contemplar la maravilla que se alzaba imponente ante ella.

—¡Ah! ¡Eso es un Nordrassil!

Cuando Eikken mencionó antes un Árbol del Mundo, llegó a imaginarse muchas cosas. Un árbol gigante era una de ellas, pero verlo en lugar de visualizarlo en su mente era muy distinto.

Nordrassil no solo era un árbol enorme. Era colosal. Sus ramas se extendían hacia los cielos y tocaban las nubes. Su tronco era tan grueso que se hubieran necesitado cien campesinos armados con hachas para apenas hacerle mella. Y sus raíces sobresalían por las laderas de la montaña, perdiéndose en la distancia. Y, sin embargo, lo que en verdad hizo que Kaelin se sintiese sobrecogida al presenciar semejante majestuosidad, fue la sensación vibrante de vida que parecía brotar de su interior. Era como si se tratase del corazón del mundo, cuyas venas se extienden por toda la tierra entregando su energía con la que ésta se mantiene viva y saludable. No pudo creer que nunca antes hubiese oído hablar de su existencia.

—Es hermoso —comentó en un susurro, maravillada.

—Sí —dijo Eikken—. Es un testamento del orgullo de mi gente.

Kaelin lo miró con una sonrisa pueril mientras sus ojos brillaban.

—No alcanzo ni a imaginar cuánto debieron regarlo para que creciese así.

El elfo rio someramente ante el comentario.

—Fue plantado por Alexstrasza, la reina de los dragones, hace ya diez mil años —le explicó él—. Sus energías curativas se extienden por toda Azeroth. Fue esencial tras el Cataclismo, pues fue con su ayuda que el mundo pudo recuperarse tras la terrible Guerra de los Ancestros. O al menos eso es lo que me han contado.

¿Diez mil años? ¡Eso es demasiado viejo! ¡Existe una reina de los dragones! ¿Hubo un Cataclismo? Nunca he oído hablar sobre una Guerra de los Ancestros. Kaelin se sintió extrañamente emocionada. Como en aquellas ocasiones de su niñez en que, antes de dormir, sus padres le contaban una nueva historia. Por unos momentos, se dejó llevar por sus fantasías y se olvidó de la guerra, de la Plaga, de la Legión. Y de su odio.

—¡No tengo ni la más mínima idea de lo que me estás contando! —le dijo a Eikken, riendo.

—Claro que no. Eres demasiado joven.

—¡Ya tengo veintitrés años! ¡Y tú tampoco pareces muy viejo que digamos!

Eikken la miró con los ojos entrecerrados.

—Pues hace tan solo unos días cumplí los doscientos cuarenta y cinco años —le hizo saber en un tono monocorde—. Pero tienes razón. Para mi gente, sigo siendo muy joven.

Kaelin lo miró pasmada por la impresión. ¡Doscientos cuarenta y cinco años! ¡Él ya ha vivido mucho más de lo que yo podría llegar a vivir! ¡Eso no es ser joven!

—Está bien. Tú ganas. —Se le ocurrió algo entonces—. ¿Cuánto tiempo pueden vivir los elfos como tú?

—Vivimos hasta la eternidad —le contestó él—. A no ser que nos dañen más allá de la curación o seamos consumidos por la pena y la aflicción.

—¿Son inmortales? —Eikken le asintió—. ¿Viven por siempre? ¿Y cómo es eso posible?

El elfo señaló el Árbol del Mundo.

—Estamos ligados a él de una forma muy especial. Mientras Nordrassil se mantenga en pie, seremos imperecederos en este mundo.

Kaelin asintió. Después de todo, aún se sentía radiante.

—¿Y qué pasaría si...?

—Podrás hacerme más preguntas cuando la batalla haya terminado —la interrumpió Eikken—. A no ser que hayamos terminado nosotros mismos.

—Sí —suspiró ella melancólica—. Por supuesto.

Se había olvidado de la situación en la que se encontraban. Llegó a sentirse feliz por un momento. Descubriendo cosas nuevas; como si de un recordatorio de lo hermoso que puede ser el mundo se hubiese tratado. A su mente volvieron entonces la guerra, la destrucción de Lordaeron, todas las muertes. Los demonios, los no-muertos. Y su odio.

Aferró con fuerza su martillo de guerra.

—¡Vamos! —exclamó—. ¡Acabemos con esta batalla!

Arribaron al bastión de los elfos de la noche, a los pies del colosal árbol. Allí estaban reunidas todas las fuerzas élficas y humanas, junto a enanos y elfos nobles. Aquel lugar estaba repleto de criaturas de las que Kaelin ignoraba el nombre. Seres voladores que parecían ser mitad venado y mitad cuervo. Árboles que caminaban entre ellos como si de seres pensantes se tratasen. Pero ella los ignoraba. Estaba enteramente resuelta a poner fin a ese conflicto, que para ella comenzó aquel día de invierno en que sus padres tuvieron que dejarla en un refugio en la Ciudad Capital de Lordaeron, de una vez por todas. Con esto, de una forma u otra, acabaría la Tercera Guerra.

—¡Atentos! —gritó alguien de repente—. ¡Aquí vienen!

Kaelin se puso en guardia blandiendo su arma, pero no era el enemigo el que acababa de llegar.

Ante ellos aparecieron los ejércitos orcos con sus aliados trol y una raza de hombres toro, que Kaelin desconocía, que lograron sobrevivir a la batalla. Y junto a ellos, las fuerzas de las Centinelas a las que se hubo referido Eikken. Pudieron ser traídos gracias a la magia de Lady Jaina Valiente. Con que así fue como el ejército humano desapareció de pronto, se dio cuenta. ¡Qué tonta fui al no reunirme con ellos en ese momento! pensó muy frustrada. No volverá a ocurrir.

Con mucha celeridad, los ejércitos combinados se desplegaron por todo lo ancho del camino que llevaba al Árbol del Mundo. Nordrassil se levantaba tras ellos. Kaelin no pasó por alto el hecho de que, al alzarse todos juntos, formaban un ejército mucho más glorioso del que eran de forma separada.

Aunque eso es lógico. Es increíble pensar que no hace muchos años nos estuviésemos matando los unos a los otros.

La Plaga y la Legión Ardiente volvieron a aparecer, listos para el asalto final. Y, al igual que la contienda, el día estaba llegando a su fin. La luz del crepúsculo bañaba los cielos, tiñendo al mundo con sus hermosos colores. Para Kaelin significaba algo más. Este atardecer marca el fin de una era. Sea cual sea el resultado, el mundo jamás volverá a ser el mismo. Ni yo. Después de esto tampoco seré la que era antes. Por lo que estuvo decidida a no dejarse llevar por el ímpetu como le ocurrió anteriormente. De forma casi inconsciente miró a su alrededor, hasta que encontró a aquel que buscaba.

Eikken se hallaba junto a su gente, y también la miraba a ella a la distancia. Sus ojos le hablaron tan claramente como lo hubieran hecho sus palabras. "¿Todo bien?" parecieron decir. Kaelin le asintió. Todo estaba bien.

Respiró profundamente una bocanada de ese aire tan puro e invocó a la Luz. Ésta la envolvió y le proporcionó nuevas fuerzas. Y entonces la batalla se desató.

Kaelin se forzó a estar centrada. Luchaba con fiereza y al mismo tiempo con cautela. Peleaba en armonía con los suyos, acudiendo al auxilio del soldado que se encontrase en apuros y sanando con la Luz a aquellos que resultaban heridos. Espoleando a su gente a dar lo mejor de sí, compartiendo la bendición de todo lo que era sagrado. Como una paladín debe hacer.

"Hasta el fin de tus días, las necesidades de los demás serán siempre tu prioridad".

Enfrentó a los no-muertos con justicia y compasión. ¿Acaso no son ellos también víctimas de esta guerra? Asesinados y alzados contra su voluntad para atacar a los que alguna vez fueron sus hermanos. Kaelin no era capaz de imaginar un destino más cruel. Esperaba que, al destruir a los no-muertos, podría de esa forma dar paz a sus espíritus. En honor a las buenas personas que fueron alguna vez.

Enfrentó a los demonios con justicia y rectitud. Deben ser castigados por todas las atrocidades que han cometido contra nosotros. Aquellos que no sienten piedad no recibirán compasión alguna, pues no la merecen. Los atacó con su santa ira, y la Luz pareció envolverla con un fervor renovado, puesto que su causa era justa y sus propósitos nobles.

Era esto lo que buscaba, se dio cuenta, la sanación. Lo que anhelaba ese día que entré en la Capilla buscando a Faol. Lo que deseaba era encontrar la manera de corregir todo lo que había salido mal. Porque solo de esa manera, al final, podré comenzar a vivir otra vez. Gracias a la Luz.

Las últimas luces del día estaban prontas a extinguirse cuando sonó la llamada de retirada. Kaelin la escuchó claramente y supo lo que se tenía que hacer. Lentamente fueron cediendo terreno ante el enemigo, sin dejar de dar pelea, vendiendo caro cada palmo de tierra. Hasta que los no-muertos y sus amos viles tuvieron el camino despejado. Sin demora, la marea infinita de las huestes malditas avanzó hasta alcanzar las raíces de Nordrassil.

Kaelin se encontraba ahora en lo alto de las laderas, más allá del bastión elfo, rodeada por los suyos. Miraba con preocupación la escena que se desarrollaba ante ella.

Una figura colosal emergió del horizonte. Se trataba de algo más que un simple demonio. La paladín lo contempló a la distancia y supo que aquel ser portaba un poder que estaba más allá de lo que ella era capaz de imaginar. Jamás podría enfrentarme a un enemigo así se dio cuenta. Ni ahora ni en mil años.

Aquel demonio era tan gigantesco, que hacía temblar la tierra con sus pisadas. Iba con el imponente torso descubierto dejando a la vista su piel azulada, pero vestía unas enormes hombreras con todo tipo de imágenes en ellas. Inscripciones de horrores y muerte. En su cabeza no se apreciaba ni un solo cabello y unos tentáculos nacían de su mandíbula. Sus poderosas piernas se curvaban hacia atrás y acababan en unas pezuñas. Y tras él llevaba algo semejante a una enorme cola digna de un reptil.

—¡Por fin! —su voz reverberó por toda Hyjal—. ¡El camino hacia el Árbol del Mundo está despejado! —El demonio miró a su alrededor y contempló las fuerzas de Azeroth que osaron hacer frente a sus esbirros. Les sonrió con una mueca horrible de burla y desdén—. ¡Una vez haga mío el maldito árbol, acabaré con las energías mágicas de este mundo y mandaré su cáscara sin vida a las llamas! —Imponente, se giró y se dirigió a todos los no-muertos y demonios que habían luchado por él—. ¡Vengan, mis lacayos! ¡El fin se acerca! —Una vez dicho esto, avanzó sin pausa en dirección a su presa.

¡Ese es Archimonde! Kaelin estaba segura de ello. ¿Qué tiene pensado hacer con el Árbol?

Nordrassil estaba envuelto por un poder primigenio que alcanzaba todos los rincones del mundo. Sus raíces se extendían por toda la tierra hasta lugares que ella no alcanzaba siquiera a dilucidar. Si alguien tan terrible como Archimonde lograse dominar su poder ¿Quién iba a saber qué catástrofe podría acontecer? Seguramente sería el fin de todo.

—Es la hora —dijo alguien junto a ella. Kaelin se giró y vio a Eikken.

—¿Qué va a pasar? —le preguntó.

—El Fin de la Eternidad.

La paladín tragó saliva y se volvió hacia Nordrassil. Y observó.

Archimonde posó ambas manos sobre el tronco del Árbol del Mundo y comenzó a drenar sus energías.

Un dulce sonido emergió desde lo más alto de las laderas circundantes. Era el melodioso llamado de un cuerno.

Una suave brisa se levantó y agitó los árboles del bosque. Kaelin pudo sentirla. Era casi como si el mismo mundo estuviese conteniendo la respiración ante lo que estaba a punto de suceder. Era la hora. En ese momento pareció como si la misma naturaleza despertase, para defenderse de aquel que buscaba su aniquilación. Y en respuesta a su llamado, unas misteriosas luces surgieron desde lo más profundo de la arboleda y volaron en dirección al señor demoníaco. Eran miles de pequeños fuegos blanquecinos que se abalanzaron sobre el distraído Archimonde, confiado en su victoria.

El enemigo reparó entonces en lo que estaba sucediendo y, soltando el Árbol, intentó quitarse aquellas luces de encima. Pero fue en vano. El demonio gritó de dolor, ahora que estaba siendo castigado por la fuerza del mundo que tanto deseaba destruir. Su piel comenzó a agrietarse, dejando escapar retazos de poder puro que brotaban de sus heridas en lugar de sangre. Y, tras un terrible resplandor que cegó los ojos de los defensores de Azeroth, Archimonde estalló. Cuando el brillo se disipó, ya no quedaba rastro alguno del líder de la Legión Ardiente.

¿Qué? ¿Pero por qué...? Kaelin se llevó la mano a la boca cuando contempló el gran árbol Nordrassil ser pasto de las llamas. Sus ramas se derrumbaban provocando un gran estrépito y sus raíces se marchitaban hasta donde alcanzaba la vista.

Asustada, se giró hacia Eikken quien contemplaba inexpresivo la destrucción del Árbol del Mundo. A Kaelin le pareció que una parte del resplandor de los ojos del elfo de la noche se extinguía para siempre. "El Fin de la Eternidad" proclamó él. Ahora lo entendió.

Ya no son inmortales.

—Es solo un pequeño precio a pagar —empezó a decir el elfo—, a cambio de un nuevo amanecer. —Le sonrió a la paladín—. No se puede alcanzar la victoria ante un enemigo como la Legión sin hacer sacrificios. Ahora depende de nosotros.

—Y esta vez lo haremos bien —sentenció la paladín.

—¡Prepárate! —le advirtió Eikken.

Kaelin blandió su martillo, lista para el asalto final. Ahora que su líder había perecido, los demonios y no-muertos estaban confundidos y asustados. Era el momento de dar el último golpe definitivo y acabar de una vez por todas con la guerra.

"Ahora depende de nosotros."

No se puede cambiar el pasado decidió. Lo único que podemos hacer es aprender a vivir con ello y hacer las paces con la vida. Pero el futuro es nuestro. Este mundo es nuestro. Y será lo que nosotros queramos que sea. Mientras sigamos siendo fuertes podremos soportar cualquier tormenta, como lo hemos hecho siempre. Es nuestro deber y nuestra responsabilidad el corregir todo lo que haya salido mal y demostrar que la fe y la esperanza nunca se desvanecen. Y ese es el poder de la Luz.

El ejército de Azeroth cargó como una única fuerza imparable.

Kaelin marchaba junto a todos ellos. Una paladín de la Luz, dirigiéndose a la batalla en lo alto de una gran montaña en medio de una tierra olvidada. Se despojó del odio como si de una carga se tratase y al hacerlo se sintió más ligera, más pura. Como si hubiese renacido por la mano de la rectitud. No se trataba de luchar para vengar a aquellos que ya nunca iban a volver, sino por aquellos que aún viven y se enfrentaban solos a las inclemencias de un mundo hostil. Para aquellas personas es que ellos existen. Los Campeones.

La paladín de Lordaeron invocó la Luz una vez más. Ésta respondió a la llamada con fuerzas renovadas. La envolvió por entero a tal punto que dio la impresión de que surgían un par de alas doradas de su espalda. De esta forma, por fin, se convirtió en un remanso de paz encarnado en medio de la más inclemente tempestad. Y así, portando ese gran poder, encaró al enemigo y, junto a sus aliados, marcharon hacia la última batalla.

Y hacia la victoria.

. . . . . . . . . . . . . . .

—Y bueno, creo que eso es todo —terminó Kaelin—. Ya no hay nada más interesante que contar, excepto quizá sobre ese goblin que escondió mi saco de dormir luego de ganarle a las cartas.

El par de enanos que estaban sentados a la distancia se pusieron de pie y se acercaron a la joven.

—Pensaba cobrarte la cerveza que te bebiste. Pero tengo la sospecha de que no llevas ni una mísera moneda.

Kaelin se forzó a sonreír. ¿Cómo lo supo?

—En fin, es mejor que lo olvidemos —gruñó el enano, entonces él y su compañero se giraron para marcharse—. Gracias por la historia. Buenas noches. —Y se perdieron en la oscuridad.

La paladín miró a su amigo.

—¿Y qué pasa contigo, Ken? ¿Te gustó mi historia o soy terrible narrando?

Eikken se veía más contemplativo de lo usual. La miró y le dirigió una sonrisa afectuosa.

—Es mejor que duermas. Mañana tienes mucho que caminar.

Bueno, esa es una muy mala crítica pensó ella. Se levantó, se acercó a su amigo, se agachó a su lado y le dio un breve abrazo. Luego se dirigió a su tienda y se metió en su saco.

Un rato más tarde, Kaelin continuaba pretendiendo que estaba dormida. Miraba atentamente a Eikken procurando que él no la notase. Llevaba ya mucho tiempo ahí sentado, mirando un pequeño objeto que sacó de sus bolsillos que, desde donde estaba, ella no era capaz de ver. Hasta que, sin darse cuenta, el sueño se la llevó.

. . . . . . . . . . . . . . .

Miles de refugiados se dispusieron a abandonar Hyjal al día siguiente. Los exploradores regresaron hacía tan solo unos días informando de una buena ubicación estratégica donde podrían establecerse y fundar una nueva ciudad. Un nuevo hogar.

El único problema, para Kaelin al menos, era que aquel lugar se encontraba al sur de Kalimdor. Muy lejos al sur. Lo cual iba a hacer difícil que pudiese regresar a las tierras que rodeaban Hyjal con la frecuencia que hubo deseado en un principio.

—Supongo que no vendrías conmigo, aunque te lo pidiera —le dijo a Eikken poco antes de partir.

El elfo negó con la cabeza.

—Sabes... —empezó a decir—. Estuve reflexionando un par de cosas la última noche.

Kaelin levantó una ceja, intrigada. Este asunto le interesaba más de lo que se animaba a decir en voz alta.

—Hay algo que dejé pendiente cuando comenzó la guerra —continuó Eikken—. Hasta ahora no me había animado a continuar con eso. Pero ahora he decidido que debo retomar y terminar lo que empecé.

Ella no supo cómo reaccionar. Por un lado, se sintió feliz por saber que su amigo finalmente logró encontrar la fuerza para seguir con su vida. Avivar una sonrisa. Iluminar un corazón. Esperaba haberlo ayudado a superar sus problemas al abrirle los suyos propios. Después de todo, es lo que una paladín como ella debe hacer. Aunque por otro lado...

—Te voy a extrañar mucho —le confesó con un semblante abatido.

—Y yo a ti —respondió él.

Es curioso pensaba Kaelin. No nos conocemos hace más de un mes y ya siento que es parte de mi vida. Si algo bueno tiene la guerra es que, de la misma forma que crea divisiones, puede unir a la gente. Porque es cuando más nos necesitamos el uno al otro.

Entonces llegó el momento. La expedición estaba a punto de comenzar su camino hacia el sur de Kalimdor. Hacia un nuevo hogar y un nuevo futuro. Kaelin ya llevaba todo lo que conservaba, incluyendo el vestido de novicia que no había vuelto a usar desde que comenzó su entrenamiento con Duke, equipado en una enorme mochila que cargaba en su espalda. Colgado en un cinturón, llevaba su martillo de guerra.

—¡Intenta enviarme cartas siempre que te sea posible! —le pidió a Eikken.

—Cuenta con ello —respondió él en voz baja. Sonreía cálidamente.

Entonces, sorprendiendo a Kaelin, fue él quien la abrazó con fuerza. La sorpresa solo duró un instante, antes de que ella le devolviese el abrazo. Estuvieron así un rato, hasta que por fin se separaron.

La sonrisa que le produjo aquella pequeña muestra de afecto no se le borró a la paladín del rostro incluso después de haber dejado atrás las laderas de Hyjal.

. . . . . . . . . . . . . . .

Kaelin se encontraba sentada frente a una barra en una posada de los elfos de la noche, en el puerto de Auberdine, en Costa Oscura, al norte de Kalimdor. Era increíble, pero parecía que a ese lugar nunca llegaba la luz del sol. Las lluvias y tormentas eran normales en todas las estaciones del año. Aunque ella ya estaba acostumbrada a un clima así a esas alturas. La ciudad portuaria de Theramore, gobernada por Lady Jaina Valiente, se encontraba en el Marjal Revolcafango, al sur del continente. En aquella región también eran normales las lluvias y tormentas.

Después de la fundación de la ciudad, Kaelin se dedicó por entero a mantener segura a su población, en su mayoría supervivientes de Lordaeron. Por lo general sus labores se vieron reducidas a despejar las rutas comerciales que terminaron por establecer, de peligros que iban desde crocoliscos a murlocs, una especie de pequeños hombres pez que asaltaban las caravanas de vez en cuando.

Tras un incidente con el padre de Jaina, que casi los llevó a la guerra, las relaciones con Durotar, la nueva nación de los orcos, se mantuvieron estables. Aunque, tras ciertas incursiones orcas a Vallefresno en busca de madera, lo que ciertamente molestó a los elfos de la noche, y algunos otros conflictos al otro lado del mundo, era posible que la paz no fuese a durar mucho más.

Kaelin no dejó de practicar las artes del combate. Se había vuelto más confiada, más fuerte y quizá un poco más madura. Cuando se levantó el puerto en Theramore, se creó una línea de navegación que iba desde allí hasta los Reinos del Este. Una parte de Kaelin quiso abordar para regresar y descubrir por primera mano qué fue de su tierra natal. Pero decidió posponer ese viaje, pues estaba esperando recibir una carta en específico.

Y hace una semana, esa carta le llegó por fin.

Tras pagar un vuelo en grifo, reunió todas las cosas que pensó que podría necesitar y dejó atrás Theramore para volar hasta Auberdine.

Ahí llevaba un par de días esperando. Aunque no le molestaba tener que esperar un poco más. Después de todo, ya llevaba cuatro años esperando.

Sintió, antes que vio, que aquel que esperaba entró en la posada. Se giró y allí estaba. No le pareció que hubiese cambiado en absolutamente nada. Su melena verdosa estaba idéntica, al igual que su barba recortada, sus ojos brillantes y su sonrisa.

Ella se levantó de golpe y corrió a su encuentro para luego lanzarse a abrazarlo con fuerza.

—¡Ya era hora de que llegaras!

—Yo también me alegro de verte —contestó Eikken.

Ambos se sentaron frente a la barra. Había tanto que Kaelin quería decirle que no supo por dónde empezar.

—¿Cómo salió todo? —le preguntó al final.

—¡Maravillosamente bien! —exclamó él.

No, no es igual que antes se dio cuenta. Ahora se ve más seguro.

—¡Pues cuéntamelo todo!

—Ya habrá tiempo para eso —dijo el druida—. Tendremos tiempo de sobra para lo que sea.

Eso era justamente lo que ella quería escuchar.

—Entonces —dijo Kaelin—, ¿cuándo nos vamos? —Intentaba disimular la gran emoción que la embargaba.

—Hay un par de cosas que tengo que hacer en Darnassus antes de estar libre del todo —se explicó Eikken—. Solo serán unos cuantos días.

—Imagino que podré ir contigo allí. —Si Nordrassil logró impresionarla por su gran tamaño, Teldrassil la dejó completamente sin palabras. Se alzaba en medio del mar al norte de Costa Oscura y era perfectamente visible los días que no había tormenta. Era tan enorme que incluso albergaba una ciudad completa, Darnassus, y muchas otras aldeas alrededor. La idea de poder estar allí personalmente la llenaba de expectación.

—Claro que sí. ¿Acaso pensabas lo contrario?

Ella respondió con una enorme sonrisa.

—Y cuando termines lo que tengas que hacer, ¿dónde iremos? —preguntó.

El elfo se encogió de hombros.

—¿Dónde te gustaría ir?

A Kaelin le brillaron los ojos y recogió la mochila que reposaba a un lado del asiento. De allí sacó unos mapas de diversos lugares del mundo. Pero, sobre todo, de los Reinos del Este. Desplegó uno sobre la barra y comenzó a señalar muchos lugares.

—La primera parada será en los Humedales, escuché que es un lugar parecido al Marjal Revolcafango —empezó a decir—. Luego iremos al sur hasta Loch Modan. ¿Sabías que los enanos construyeron una enorme represa que contiene TODO un lago? No nos la podemos perder. Después iremos a Dun Morogh, en ese lugar nieva todo el año. En Forjaz construyeron una cosa que llaman el tranvía subterráneo. Dicen que es una maravilla tecnológica de los gnomos. ¡¿Te la imaginas?! Con eso deberíamos llegar hasta Ventormenta. Se supone que ahora está más gloriosa que nunca luego de su reconstrucción. Desde allí, cruzaremos el bosque de Elwynn e iremos al sur hasta un pueblo llamado Villa Oscura. ¡Qué nombre tan aterrador! ¡Hay que visitarla sin duda alguna! Y luego de eso...

Eikken parecía sentirse sobrepasado al recibir tanta información de golpe. Aunque no aparentó querer hacerla callar, puesto que ella se veía bastante feliz y radiante al contarle todas esas cosas. Casi recordaba a una pequeña niña risueña compartiendo una de sus historias favoritas. Se rio por lo bajo.

—Ya te hice esperar mucho tiempo —murmuró en voz tan baja que Kaelin no lo oyó—. Supongo que no puedo decepcionarte ahora.