Los personajes no me pertenecen, sino a la escritora STEPHANIE MEYER. La historia si es de mi autoría. No publicar en otras páginas, categorías o traducir sin previo permiso. Está prohibida su copia total o parcial. Contiene escenas de acción y violencia; +18
¿Me extrañaste?
ISABELLA
Roma, Italia.
Era una noche lluviosa. Las calles lucían solitarias, con apenas unas cuantas personas resguardadas en sus abrigos y paraguas, corriendo para protegerse del clima. Italia estaba tranquila esa noche, con sus luces resplandeciendo en el húmedo suelo adoquinado.
A pesar del clima, había muchas reuniones llevándose a cabo esa noche. Los bares y restaurantes albergaban a tanta gente como cualquier otra noche de fin de semana.
Eso incluía las reuniones más exclusivas en los lugares menos esperados.
Dentro de un museo, en el centro de la ciudad, se estaba llevando a cabo una subasta de arte antiguo; aunque por fuera parecía que el museo estaba cerrado y sin un alma dentro, esperando a la mañana para abrir sus puertas al público general.
Todo había sido minuciosamente planeado para una clientela selecta.
Resguardados de las inclemencias del tiempo, reunidos en una sala circular iluminada a media luz, se encontraban algunos de los comerciantes y coleccionistas de arte más destacados del mundo.
Magnates, funcionarios públicos y traficantes reunidos con un solo propósito; hacerse con piezas exclusivas y pretender que no se conocían entre sí, o sus negocios
Hasta ahora se habían subastado algunas esculturas egipcias, un par de frescos, jarrones y joyería.
Nada de aquello le interesaba a Isabella Vulturi, aunque había pujado por un par de piezas solo para hacerse notar y medir a sus rivales.
Ella tenía la vista puesta en una pintura a la que llevaba tiempo siguiendo el rastro y no se le escaparía de las manos. Según sus fuentes, aquella era la pieza original; y conocía a alguien que pagaría una buena suma de dinero por ella.
No era su técnica. Habría sido mucho más fácil robarla, pero hacer las cosas de forma civilizada de vez en cuanto no mataría a nadie. Además, si entregaba esa pintura personalmente, no solo le equivalía a dinero, sino también a algo más valioso: un favor. O dos, teniendo en cuenta el trabajo que le costó encontrar la obra.
Tal vez se la quedaría, solo para fastidiar a su cliente.
— Disculpe, señorita Vulturi — dijo uno de los guardaespaldas de Isabella.
— Más vale que sea importante — dijo ella con calma, sin apartar los ojos de la pintura.
— Su padre ha ordenado que vuelva a casa.
Isabella soltó el hilo de sus pensamientos, de su propósito en ese museo, de la pintura… Su padre pedía que volviera. No creía que fuera solo porque la extrañara, seguramente había un trabajo. Uno que solo ella podría hacer.
— ¡Vendido! — exclamó de pronto el subastador, sacando a Isabella de sus pensamientos.
Aro Vulturi no sabía esperar… pero ella tampoco. Se iría de ahí con la pintura, su padre lo entendería.
— Preparen el avión. Salimos en una hora — ordenó Isabella con su característica elegancia.
— Lo siguiente en subasta es esta hermosa pintura — dijo el hombre. Los sentidos de Isabella se enfocaron, como cuando estaba de cacería. No existió nada más que llevar a cabo su objetivo —. Esta, es una pieza original del famoso pintor Caravaggio, del año 159, ¿la han visto el cierto museo francés? Bueno, esa es falsa — dijo con malicia. Algunos asistentes rieron —. Comenzamos con cincuenta millones de euros… Gracias, señor. Aquí tengo setenta y cinco, ¿Alguien da más? Tengo ochenta por aquí… ochenta y cinco. Gracias, señora. El precio sube a ochenta y cinco-¡Cien! ¿Quién da ciento veinticinco? — nadie más levantó su cartel —... Ciento veinticinco millones de euros a la una… — Isabella suspiró. ¿En serio solo iban a ofrecer eso? — Ciento veinticinco millones de euros a las dos…
Isabella levantó el cartel. Ilusos.
— ¡Vendido a la señorita Vulturi por ciento cincuenta millones de euros! — dijo el subastador —. Gracias, señorita. Puede pasar por su pieza.
Ella barrió el salón con la mirada. Algunos hicieron gestos de frustración, algunos miraron la pintura con hambre y luego fulminaron a Isabella con la mirada.
Casi todos se estaban peleando por la joyería y las cosas brillantes, pero si Isabella Vulturi quería la pintura, seguramente valía muchísimo más que ciento cincuenta millones de euros. Ella había ido esperando una carnicería, y al final fue como comprar zapatos.
Mmm, qué aburrido.
Al menos haría un buen negocio.
Se levantó y salió de la sala con una elegancia arrebatadora. Un mozo ya la estaba esperando con un paraguas listo, y caminaron en silencio hasta la limusina. Una vez dentro del auto, Isabella se quitó su abrigo y sonrió con gran satisfacción.
No solo tenía la pintura que tanto había buscado en su poder, sino que volvería a ver a su familia luego de tantos meses en el extranjero. Extrañaba a su padre y a su hermana pequeña. A los demás no, pero tendría que fingir que sí.
— ¿Hacia dónde, señorita? — preguntó el chofer una vez en su lugar.
Ella lo miró por el espejo retrovisor y esbozó una delicada sonrisa.
— A casa.
Volver a América no fue tan deprimente como Isabella había imaginado. Y aunque su tío la había recibido con los brazos abiertos en Italia, la mansión de Aro era su verdadero hogar.
El viaje en jet fue tan rápido como ella esperaba y en menos de doce horas estaba de vuelta. No le sorprendió para nada ver el auto de su padre ya esperando en el aeródromo, junto con un montón de guardias y autos custodios.
Aro Vulturi no escatimaba en seguridad cuando se trataba de su hija.
Rayos, papá, pensó Bella. Pero sintió una oleada de ternura. Siempre tan preocupado.
No era un secreto que Isabella era el talón de Aquiles del viejo Aro, pero Dios protegiera a quién se atreviera a ponerle una mano encima a su hija. Y no por Aro, sino por ella.
Isabella era una mujer delgada, pequeña, parecía que el más suave soplo de viento la lastimaría, elegante hasta el suspiro, pero de indefensa y débil no tenía ni las uñas. Era un arma letal en cuerpo y mente.
Se sabía que era de cuidado.
Años atrás, alguien la había secuestrado para usarla como soborno contra su padre. Aro no había ni tenido tiempo de perder la cabeza. En menos de veinticuatro horas habían aparecido los cuerpos, y al lado, la firma de Isabella.
Se decía que tuvieron que jugar al rompecabezas hasta adivinar a quién me pertenecía cuál miembro.
Eso último era falso. Ella si los había matado, pero tampoco se tomó tantas molestias; Isabella no lo desmentiría. Le servía más que pensaran que era una carnicera, a pesar de que ese no era su estilo.
Esa noche ella volvió con cicatrices nuevas, aunque en una pieza. También llegó con una presa, un hombre que su padre disfrutó mucho de torturar para sacarle las respuestas que buscaba, luego hubo una redada y rodaron algunas cabezas. Literalmente.
Eso había alimentado la reputación de ambos, y solo a los imbéciles se les ocurría meterse con ellos.
A pesar de los años y la tranquilidad en ellos, la paranoia de Aro no había menguado ni un poco.
— Bienvenida, señorita Isabella — saludó Félix, el jefe de seguridad.
— Gracias — dijo con educación.
Aceptó la mano que le ofrecieron y entró a la auto.
Blindado, pensó Bella. Intentó no rolar los ojos.
Félix entró como copiloto, dio la orden y los autos avanzaron en formación.
El viaje por tierra fue un martirio, e Isabella no se relajó hasta que cruzaron la verja principal.
La mansión Vulturi era magnífica, como siempre. El amplio jardín principal estaba ricamente decorado con árboles longevos y muchas, muchas flores.
Isabella se asomó por la ventana en cuanto llegaron al puente del estanque, los lirios estaban en su punto y los nenúfares parecían sacados de una pintura.
Sonrió con calidez. Si había otra cosa que Aro cuidaba con su vida, era su jardín.
Aro había ampliado el imperio familiar yendo a los Estados Unidos, pero no podía dejar atrás sus costumbres europeas y eso se notaba en su jardín y en su propia mansión. Era un lugar exquisito, con una escalera imperial en la entrada principal y ornamentaciones en cada ventana, puerta, arco, y todo aquello que pudiera gritar poder, riqueza y gusto refinado.
Bella divisó a Aro esperando en la puerta, y su corazón brincó de dicha en su pecho. La emoción le ganó y, olvidando las formas, no esperó a que alguien le abriera la puerta. Salió del auto en cuanto este se detuvo y sin perder ni un ápice de elegancia, subió las escaleras con paso apresurado a los brazos abiertos de Aro que la recibieron con dicha.
— Padre — suspiró.
— Bienvenida a casa.
Aro acarició su largo cabello, igual que hacía desde que era una niña, e Isabella en seguida sintió que volvía a tener diez años. Respiró profundo el aroma de su padre. Olía igual que siempre, a madera, cuero y puro. La única mezcla que hacía que se sintiera a salvo. Era como si nunca se hubiera ido.
— ¡Te he traído un obsequio! — anunció Bella con una sonrisa, en cuanto se apartó de su padre.
— Oh, mi dulce niña — respondió Aro —. Ya tendremos tiempo para eso. Te he echado de menos, pero tengo un trabajo para ti —, entraron a la casa —. Aunque antes, sospecho que alguien se molestara mucho conmigo si te vas antes de siquiera saludar.
Cómo si la hubieran invocado, Isabella vio una melena rubia correr hacia ella. De no ser por la enorme sonrisa de felicidad, habría creído que era una emboscada.
— ¡Bella! — gritó la jovencita, lanzándose a sus brazos.
— ¡Jane! — sonrió Bella, estrechando a su hermana fuertemente — ¡Oh, como te extrañé!
Aro sonrió con ternura al ver la escena.
— ¡Y yo a ti! — sollozó Jane.
— Déjame verte — pidió Bella. Jane enseguida se alejó un pasó — ¡Cuánto has crecido! ¡Ya eres toda una señorita!
La tomó de la mejilla con delicadeza, viendo sus facciones. Su cara estaba abandonando la infancia, dando paso a una jovencita de gran belleza. Bella se detuvo al ver un hematoma casi curado en la quijada. La cuestionó con solo el poder de su mirada.
— Fue entrenando. No esquivé el golpe a tiempo — explicó Jane algo avergonzada — ¡Pero no ha vuelto a pasar! — repuso al segundo —. He mejorado.
— Ya veremos — retó Isabella juguetonamente.
La mirada de Jane se iluminó.
— Querida Jane — dijo Aro —. Ya habrá tiempo. Tu hermana y yo necesitamos conversar.
La niña hizo un puchero y estuvo a punto de replicar, pero una sola mirada de Aro la silenció.
— Si, padre — dijo dócilmente.
Isabella le guiñó el ojo, haciendo que Jane volviera a sonreír.
— Anda. Te veo después — la despidió.
Jane se alejó, algo reticente. Al final, resignada, le lanzó un beso a su hermana y se fue por donde vino.
En cuanto estuvieron solos de nuevo, Aro le ofreció el brazo a Isabella y caminaron juntos al despacho de este.
— Jane — dijo Aro con voz cansina —. Me va a sacar canas antes de tiempo. Es terca. No tanto como tú — se burló, paternal —, pero se acerca bastante.
— Aún es una niña — intercedió Isabella —. Ya tendrá tiempo de hacerte la vida imposible apropósito.
Aro rio.
— Te juro que se esfuerza mucho en ser como tú — dijo él con orgullo —. Dice que quiere ser igual de buena.
— Ella será mejor — sentenció Isabella. En verdad lo creía.
Aro negó con la cabeza con lentitud. Aquella conversación ya la había tenido consigo mismo muchas veces antes.
— Es muy sádica — dijo, no como si fuera algo malo, sino un pequeño inconveniente —. Cuando las cosas se intensifican, se deja lleva por sus emociones. Así se ganó ese golpe. Aún no sabe cuándo retirarse. Aunque eso sí, es una espía excepcional. No le dije a nadie que vendrías, y aun así se ha enterado.
Isabella rio, grácil.
— Necesito saber cómo lo hace.
Aro frunció el ceño, severo. Isabella le dirigió una sonrisa angelical y las facciones del hombre enseguida se suavizaron.
Exhaló.
— No importa cuánto intercedas por ella, del castigo no se libra — su voz era paternal, pero había un ápice autoritario que rara vez usaba con ella.
Bella sintió una ola de piedad. Ya sermonearía luego a su hermana… cuando se recuperara. Entraron al despacho de Aro, y en seguida el ambiente se sintió cargado de seriedad. Estaban a punto de hablar de negocios.
— Siéntate, por favor — invitó Aro
Ella obedeció, tomando asiento frente al escritorio. Él se sirvió su vaso de whisky y se sentó en su silla. Colocó el vaso en la mesa y junto las yemas de sus dedos bajo su barbilla, en una posición de pensamiento.
Ya no eran padre e hija. Eran jefe y elemento.
Ese cambio en las conversaciones se les daban muy bien a ellos dos. Aro e Isabella estaban tan en sintonía, que muchas veces Aro solo tenía que darle las órdenes con solo mirarla.
— Hay un bueno blanco — comenzó —. Se llama Liam. El demandante es Harry Clearwater.
Aro sacó un expediente y lo dejó frente a Isabella. Ella no lo tomó, siguió escuchando con atención.
— Liam tiene nexos con la mafia irlandesa, pero no tiene un rango alto. El señor Clearwater lo acusó de asesinar a su hija mayor, Leah. A pesar de tener todo en su contra, Liam fue absuelto. Ese es tu objetivo. Tiene que ser rápido y limpio. Tienes veinticuatro horas.
Isabella se levantó de su asiento y tomó el expediente. Antes del salir del despacho, su mente ya estaba volcada por completo en su misión. Sonrió. Se sentía bien tener trabajo que hacer.
Isabella tarareaba distraídamente mientras ordenaba su equipo.
Estaba en uno de los espacios de su habitación. Su bodega personal, su arsenal de armar predilectas. A su disposición tenía armas de alto calibre, de asalto, granadas y explosivos de corto y largo alcance. No ocupa muchas de esas cosas. Solo sería una ejecución.
— ¿La de tres o la de siete? — meditaba, sopesando las mirillas — La de cinco. Mmm, a ver, a ver — dijo, mirando sus cuchillos —. Contigo, a donde sea —, dijo, colocando su cuchillo favorito en la banda alrededor de su muslo sobre el pantalón.
Enrolló de vuelta el estuche y lo puso en su lugar.
Volvió a contar sus municiones y cartuchos, aseguró sus armas más pequeñas. Se colocó una en la parte trasera del pantalón y otra en la pantorrilla. Cerró su maleta. Miró el reloj en su muñeca, todo iba según lo planeado. Estaba lista.
Miró a su pared, al tablero de dardos. Ahí había colgado una foto de su objetivo, y estaba llena de agujeros de todos los dardos que le había lanzado. Las últimas horas habían sido esclarecedoras, había encontrado todo lo que necesitaba para llevar a cabo un trabajo impoluto.
Isabella tomó los cuatro dardos y se alejó del tablero, sin quitar la vista de la foto.
— Espero que estés teniendo un buen día, Liam — le dijo a la foto con un tono de falsa dulzura —, porque… — dardo — es… — dardo — el… — dardo — último.
No había fallado ni un tiro.
— ¿Sabías que hablar sola es una señal inequívoca de esquizofrenia? — dijo una voz masculina a su espalda.
Pero no la tomó por sorpresa. Lo había escuchado venir por el pasillo.
— ¿Y tú que mi puntería es perfecta, aunque esté de espaldas? — amenazó.
El hombre rio.
— Así que es verdad que volviste.
Isabella giró, encarando a su visitante. Dimitri. No esperaba verlo hasta… luego. En otras veinticuatro horas, tal vez.
No había ido a ver a nadie. No había nada que le interesa ver además de Aro y Jane. Además, estaba ocupada armando su plan. No tenía tiempo para visitas sociales, ni siquiera por compromiso.
— La única y original.
Tomó el maletín, cerró la bodega y soltó el bulto en su cama.
— ¿Porqué no has ido a verme? — cuestionó el hombre, cerrando la puerta a sus espaldas.
— Porque estaba ocupada haciéndome la manicura — dijo Isabella con sarcasmo, señalando su equipo —. Vine porque padre me lo pidió.
Dimitri se acercó a ella, y la tomó de la cintura con urgencia, con posesión.
— ¿Me dirás que no me extrañaste? — dijo con voz ronca.
Ella sonrió, condescendiente.
— Aunque no lo creas, también hay hombres dispuestos en Italia. Así que no, no te extrañé.
Eso era cierto. Amantes no le faltaron.
— Me lastimas, Bella — dijo Dimitri con fingido dolor.
La empujó hasta que chocaron con la pared. Ni siquiera se molestó en ser delicado. Comenzó a besar el cuello de Bella, demandando su carne. Tomó uno de sus muslos y levantó su pierna, comenzando a embestirla con urgencia contra la pared aun con la ropa puesta.
Isabella sintió una ola de satisfacción, pero nada la distraería de su misión.
— Dimitri — medio gimió —. Tengo el tiempo contado.
Pero él no se quitó.
Isabella bufó. Si la amabilidad no iba a funcionar… En un momento rápido y calculado, Bella le propinó un puñetazo a Dimitri en el costado, eso fue suficiente para que él se alejara, y ella le diera tal golpe con la cabeza, que él trastrabillo hacia atrás, tomando el puente de su nariz para detener la hemorragia. Isabella le clavó el pie en la boca del estómago de una patada certera, derribándolo.
No le había pegado con la fuerza para romperle la nariz, pero el aturdimiento le duraría un rato, al igual que el sangrado. No se podía quejar, no había usado ni el cuchillo ni las armas.
— Después, Dimitri — dijo Bella sin siquiera resoplar. Tomó su maleta y se la echó al hombro —. Ahora si me disculpas, tengo que matar a alguien.
Se acercó a su tocador y tomó lo más importante de todo. Su labial. No sería un crimen perfecto sin él.
Salió de su habitación, caminando por los pasillos de la mansión, yendo directo al garaje. Vio los múltiples autos de su padre, solo había un vehículo que estaba cubierto y no era para nada un auto. Quitó la tela protectora, viendo a su vieja amiga.
— Hola, preciosa — la saludó.
Había pedido que la tuvieran lista para su misión. No pensaba hacer su trabajo con un convoy a sus espaldas.
Subió a su motocicleta y arrancó, disfrutando del ronroneo. Ah, se sentía tan bien estar de vuelta. Quitó el freno y aceleró, ganando velocidad rápidamente. Salió de los confines de la mansión, cobijándose en el manto de la noche.
A lo lejos divisó las luces de la ciudad, que dormía apacible… al igual que su blanco. Aún faltaban algunas horas para que amaneciera y volvió a repasar su plan en su mente.
Solo tendría una oportunidad, un solo tiro. O en su particular caso, dos.
El sonido de su moto irrumpió en las silenciosas y desoladas calles, abriéndose paso como el rugir de un huracán.
Isabella se adentró en las entrañas de la ciudad, llegando al edifico que había elegido al estudiar su misión. Según los registros, estaba abandonado. Pero era desconfiada. Por eso había llevado armas de refuerzo.
Subió hasta el último nivel del estacionamiento y apagó su motocicleta. Miró el entorno en decadencia.
Igual que todo en esta ciudad, pensó con amargura.
Tomó su maletín y sin prisas subió al techo. La puerta tenía el seguro puesto, pero estaba tan oxidada que una patada le bastó para mandar volando el cerrojo.
Respiró profundamente el aire nocturno de la ciudad y se puso a trabajar de forma metódica. Inspeccionó el techo, y una vez que se aseguró que todo estaba bajo control, comenzó a ordenar su equipo.
Esta era la parte difícil. Su mente conocía tan bien este proceso que no requería de toda su concentración… Entonces comenzaba a pensar en las víctimas.
Comenzó a pensar en Leah Clearwater.
Era una joven hermosa. Era apenas unos años mayor que Bella.
Tenía una vida común. Era la hija mayor de Harry Clearwater, y tenía un hermano menor, Seth. Iba a la universidad, tenía un trabajo de medio tiempo para pagarse los estudios y ayudar a la casa, tenía buen promedio, ni una multa de biblioteca… Era una buena chica.
Casi no salía con sus amigas, pero todos decían que era una buena persona. Algo seria.
Salió muy tarde del trabajo e iba camino a su casa cuando Liam la vio. Eso selló su vida. Liam la secuestró, abusó de ella, golpeó hasta la inconciencia. La dejó en un callejón con heridas graves. La dejó ahí tirada, esperando la muerte. Como si fuera nada.
Padre e hijo salieron a buscarla al ver que tardaba más de lo normal y no respondía las llamadas. La encontraron gracias al GPS en su celular. Llamaron a emergencias, pero para cuando llegó al hospital ya era tarde. Aguantó de milagro. Según la autopsia, la habían golpeado tan fuerte que le rompieron varias costillas, y una de ellas le perforó el pulmón. Se ahogó en su propia sangre, pero por la herida, fue un proceso lento.
Estuvo demasiado tiempo consciente.
Obtuvieron el ADN por los fluidos en el cuerpo. El muy cerdo ni siquiera se molestó en pensar un poco su crimen. Al ver lo rápido de la absolución, era evidente porqué. Sabía que no lo arrestarían.
El caso estaba perfectamente armado, era para una sentencia de por vida; y no le sorprendía teniendo en cuenta quién estaba a cargo… El mundo es muy chico.
Lo que Liam no pensó, fue que lastimar a Leah había firmado su sentencia.
Isabella no podía imaginar el dolor del padre, o del hermano. Habían perdido a Leah dos veces, primero en la noche de su asesinato, y luego cuando el sistema les dio la espalda.
No se sorprendió para nada cuando vio el récord del tipo. No era su primer Leah ni mucho menos. El hijo de puta era un asesino en serie.
Pero yo también¸ pensó Isabella en una sonrisa.
Y era la mejor.
Había sentido una gran rabia al ver el caso y el historial. Todas esas chicas… Ella habría preferido secuestrar al tipo y torturarlo un rato hasta darle la dulce salida de la muerte, luego de haberse divertido con él, pero para su disgusto, ese no era el trabajo.
Rápido y limpio, había dicho su padre.
No le parecía muy justo, pero no estaba ahí para pelear con el mundo; estaba ahí para hacer un trabajo.
El sol apareció en el horizonte, dándole la señal que estaba esperando.
Liam estaba hospedado en un hotel del centro de la ciudad, y saldría esa mañana al aeropuerto. Tenía un viaje pagado a Las Bahamas con su nombre. Ni siquiera se molestó en poner uno falso.
Isabella no podía entender como alguien tan imbécil siguiera vivo.
La ciudad comenzó a despertar con el sol. Los autos aparecieron, circulando las calles regresándolas a la vida. Luego llegaron los primeros transeúntes.
Bella esperaba que no hubiera mucha gente cerca cuando salpicara la sangre. Esa era de las pocas cosas que no podía predecir.
Midió el espacio de tiro una vez más, aunque ya lo había hecho. Tenía un metro y medio de pared para meterle la bala en la cabeza, y no lastimar a nadie más. Era casi excesivo.
Comenzó a respirar profundo una, dos, tres veces; esperando el momento justo. Todos sus sentidos se intensificaron debido a la adrenalina, pero se controló. Debía ser rápido y limpio.
El botones abrió la puerta principal una, dos, tres, cuatro veces. Ninguno era Liam.
Mantuvo la vista a través de la mirilla. En cualquier momento…
El botones abrió una vez más.
Ahí estaba.
La mente de Isabella cambió de forma automática a modo depredador. Ella era un halcón, y el conejo al fin había salido de su madriguera. Todo ocurrió en cámara lenta para ella. Liam bajó los escalones, acomodándose su saco de diseñador. Iba con un porte despreocupado y engreído.
En cuanto se puso en la "X", ladeó la cara viendo la calle, dándole a Isabella un plano muy bonito de su frente.
El viento corría en la dirección correcta, justo como lo predijo.
Envuelto para regalo.
El dedo de Isabella se flexionó sobre el gatillo, una, dos veces. Liam cayó al suelo como marioneta a la que le cortan los hilos.
El mundo volvió a su velocidad normal. Entonces comenzaron los gritos.
Isabella aprovechó el tiempo que le daba el lapsus de pánico de los testigos. Guardó todo de vuelta en segundos; en movimientos medidos y estudiados. Eso le dio tiempo de dejar el último toque, dando por cumplida la misión. Sonrió ante su creación.
Solo era cuestión de tiempo, pero sabía que le llegaría a la persona correcta.
EDWARD
Mientras Bella llevaba a cabo su misión, el agente policial Edward Cullen estaba haciendo su rutina matutina.
Cuando Bella subió al techo del edificio, él estaba despertando. Cuando Bella esperaba a su presa, él estaba en el gimnasio haciendo flexiones. Le gustaba llegar muy temprano por la mañana por la simple razón de la tranquilidad.
Cuando Liam cayó al suelo, Edward estaba entrando en la ducha.
Isabella ya estaba en su casa, cuando la sexta llamada de Emmett botó al buzón de voz en el celular de Edward.
El hombre salió con una toalla amarrada en su cadera, aun ajeno a lo que le esperaba ese día. Sacó su maleta del locker, cuando escuchó la nueva llamada entrante.
Carajo, pensó al ver la cantidad de llamadas perdidas.
— Cullen — respondió.
— ¿Dónde mierda estás? — interrogó Emmett, por su voz, estaba algo alterado.
Aún era muy temprano…
— En el gimnasio, ¿qué…?
— Trae tu trasero a la comisaría ahora mismo — interrumpió Em —. Mataron a Liam.
Edward se quedó callado, procesando la inesperada noticia.
— Mierda… — exhaló —. Voy para allá.
Cuando Edward llegó a la escena del crimen, todo estaba acordonado. Había un montón de mirones, y como no, periodistas. Buitres buscando la nota estelar del día.
Gruñó internamente. Ni siquiera se había tomado su café.
— ¡Ahí está! — gritó alguien en cuanto se acercó y todos se abalanzaron sobre él.
Mantuvo su rostro inexpresivo. Esto era algo que esperaba.
— Agente Cullen, ¿sabe algo acerca del asesinato de Liam?
— ¿Está implicado otro grupo mafioso?
— ¿Tienen ya un sospechoso?
— ¡Señor Cullen! ¿Algún comentario? ¿Cree que tenga algo que ver con el juicio de la semana pasada?
Edward luchaba por abrirse paso, ignorando las cámaras y micrófonos. Mordiéndose la lengua para no decir nada, ni mu.
— ¡A un lado! ¡Déjenlo pasar! — bramó una voz conocida.
Su jefe, padre y mentor, Carlisle Cullen, le ayudó a abrirse paso. Los periodistas también fueron sobre él, pero ninguno logró pasar el perímetro ni sacar ningún comentario.
Edward resopló.
— ¿Estás bien, hijo? — preguntó Carlisle.
— ¿Porqué estoy aquí? El caso de Liam yo lo procesé. Le di seguimiento a la denuncia y ahora el tipo está muerto. No debería estar aquí — gruñó Edward.
— Es más que eso.
— ¿A qué te refieres?
— Sabemos que no estás implicado con esto, pero… deja que el detective te lo diga.
Ambos hombres se acercaron a la manta en el suelo. Junto al cuerpo estaba Sam Uley, detective de homicidios y viejo conocido.
— Cullen.
— Uley.
Estrecharon la mano. Sam fue al grano, dejando de lado las formalidades.
— Fue un asesinato limpio. Profesional — Sam se agachó, levantando un poco la manta que cubría el cuerpo —. Recibió dos disparos.
— ¿Dos? — se extrañó Edward.
Sam le dirigió una mirada significativa.
— Uno en el pecho y otro en la cabeza.
Edward le echó un vistazo al cuerpo. Habían sido dos tiros perfectos.
— Está presumiendo — aventuró —. Un solo tiro bastaba.
— El disparo vino de esa dirección — continuó explicando Sam, señalando con el brazo —. A novecientos metros hay un edificio abandonado. Tiró desde ahí. Tenía la vista perfecta a la puerta del hotel.
Edward elevó las cejas, impresionado. Dos tiros perfectos a novecientos metros. De manera definitiva era profesional y definitivamente estaba presumiendo. Eso, o le tenía especial aversión a Liam.
Pobre imbécil. Con juicio o no, se involucraba con la gente equivocada. Seguro hizo enojar a alguien. Era cuestión de tiempo. Eso no complacía a Edward, pero ya no había nada que hacer.
— ¿Encontraron ADN? — preguntó sin muchas esperanzas. Si había logrado esa ejecución, no cometería ninguna clase de error —. ¿Huellas, tal vez? No creo que tengamos mucha suerte encontrando al culpable, pero podemos intentar.
Si algo era Edward, era testarudo; y por lo menos intentaría saber quién fue. Seguramente fue un encargo de otra organización, tal vez debía dinero, o tal vez solo le caía mal a alguien. No los culparía si la razón era eso último.
Carlisle y Sam intercambiaron miradas.
— Sabemos quién fue — dijo Carlisle.
Edward pestañeó, sorprendido.
— Y te dejó un mensaje.
Uley le tendió una bolsa de evidencias a un atónito Edward. Todo se volvió brillante y los sonidos se agudizaron.
En sus manos, dentro de la bolsa de evidencia, había un pañuelo blanco de tela fina con las iniciales IV grabadas en una letra elegante, sobre las letras estaba la infaltable marca de un beso con labial rojo.
Este pañuelo tenía algo diferente. Dos palabras en caligrafía perfecta que lo hicieron encolerizar.
¿Me extrañaste?
Eran pasada las ocho y Edward y Emmett estaban en el gimnasio del cuerpo policial. Em había sugerido ir por unos tragos luego del trabajo, pero Edward estaba demasiado cabreado para eso. Necesitaba sacar sus energías con actividad física.
Había pocos agentes. Los saludaron al verlos entrar, dedicándole a Edward miradas de curiosidad. Claro que todos sabían lo de Liam. Era la noticia, pero nadie sabía lo del pañuelo. Y esperaba que ese detalle se quedara así.
Para su suerte, Uley fue quién encontró el pañuelo quién a su vez, en seguida informó a Carlisle. Se procesó como evidencia, pero no se notificó en el reporte. Era un detalle que solo ellos tres sabían… y Emmett. Eso porque Edward mismo se lo había contado. Aun así, estuvo al pendiente de todas las notas de la tarde, pero nadie lo mencionó, o a la autora del crimen. Uley había hecho un excelente trabajo ante la prensa, desviando la atención de la comisaría. Esperaba encontrar algo en las próximas horas que pudiera señalar a Isabella sin tener que mencionar el pañuelo, sino estarían jodidos.
— Es… una… maldita — exclamó Edward con cada golpe al saco.
Emmett, estaba deteniendo el bulto por él, mientras Edward descargaba toda su furia contenida del día.
Había sido un día de mierda. Y seguramente lo sería la semana, y por extensión, el mes. Estaba francamente enojado desde la absolución de Liam, pero ese día no solo había derramado el vaso de su paciencia; había roto el vaso por completo.
— ¿Tu novia la criminal? — se burló Em.
— No… es… mi… novia.
Emmett bufó.
— Te deja mensajes como en la secundaria con un beso marcado. Claro que es tu novia.
La imagen del pañuelo volvió a su mente. Edward comenzó a golpear al saco de tal forma que Emmett se tambaleó un poco. Lo echó un vistazo, afianzando su postura. La mirada de su amigo era de terror, miraba el saco con saña. Era evidente que Edward no veía un saco de boxeo, sino a cierta castaña.
Emmett roló los ojos, sin entenderlo. Solo Edward encontraría la forma de enojarse por algo que la mayoría encontraba sexy.
— Tiene una fijación contigo, ¿qué más da?
— Se está burlando, Emmett — exhaló Edward, alejándose del saco para tomar aire —. Sabía que su mensaje me llegaría.
— Precisamente. Todos saben que estás obsesionado. Incluso ella.
Lo señaló.
— Con arrestarla — lo corrigió.
— ¿Cuál es la diferencia? — se encogió de hombros —. No eres el único. La mitad de los gobiernos del mundo quieren su cabeza, y aún así, apareció de la nada, luego de meses, mató a un tipo, y todavía deja su firma porque ella lo sabe.
— ¿Saber qué? — gruñó Edward.
Emmett lo miró con calma, y dijo en tono resignado.
— Que nadie la va a atrapar. Ni siquiera el oficial de policía más terco del país.
Edward negó, obstinado. Y luego dijo, muy discretamente.
— ¿Viste cómo lo dejó? Dos tiros, Em — señaló su pecho y frente —. Innecesario. Es presumida. Esa inmunidad de la que cree que goza la hará cometer un error. Solo tengo que esperar…
— Es como hablar con la pared — se quejó Emmett.
Edward no quería admitirlo, pero una parte de él creía que Emmett tenía razón. Isabella era descarada. Cometía crímenes a plena luz del día y salía airosa. Tenía años siguiéndole la pista, pero le enervaba saber que había vuelto al país, quién sabe desde cuándo, y él no se había dado cuenta.
— ¿Qué opina tu padre de esto?
— ¿Tú qué crees? Me sacó del caso — gruñó, lanzando otro puñetazo —. No quiere que la prensa se entere del mensaje — puñetazo —, o que crean que tiene algo que ver conmigo.
Emmett bufó.
— Carroñeros — dijo con desprecio —. Te harán la vida imposible si se sabe.
— ¿Por qué lo hizo, Em? — explotó Edward — ¿por qué dejar ese mensaje? El pañuelo bastaba para saber que fue ella, y sin involucrarme.
— Tú dímelo, tú eres el experto en Isabella Vulturi… — cayó al ver la mirada asesina de su amigo —. Bien. Edward… llevan jugando a esto por años. Ella comete un crimen, tú intentas atraparla, se escapa, te deja como un imbécil, sale del país, vuelve y el ciclo se repite. No es la primera vez que te deja un pañuelo con un beso.
No. No era el primero. Era el quinto.
— Pero el mensaje — insistió Edward —. ¿Por qué matar precisamente a Liam? Creo que la obsesionada aquí es ella. Pudo matar a cualquiera, pero decidió matar al tipo de mi caso.
— Que también era mafioso — dijo con obviedad —. Tal vez tenían cuentas pendientes y la atención al caso le dio la oportunidad que ella esperaba. Eso no lo sabes. Y que fuera tu caso seguro solo es una coincidencia. No creo que haya viajado por todo el mundo, solo para matar a Liam… por ti.
Edward tomó su toalla, y la pasó por su cuello, retirando el sudor. Eso era cierto, era la primera vez que Isabella se involucraba en un caso que él lidereaba. Al menos desde el caso Hale… Ese maldito caso.
Emmett palmó la espalda de su amigo.
— Ya déjalo estar, Ed. Estás fuera del caso y tu novia está de vuelta en la ciudad — negó con la cabeza, divertido —. No la busques. Solo harás que te maten.
Con el dedo índice, Emmett le presionó el corazón y la frente, para remarcar su punto. Él también estaba impresionado, pero no adularía a una criminal.
Edward no insistió en voz alta, pero en su mente ya se estaba maquilando un plan. Si Isabella estaba de vuelta… tenía que averiguar cuánto tiempo se quedaría, o si podía haber algún lugar al que ella pudiera ir. Un evento. Algo.
El crimen había puesto en alerta a todos los aeropuertos, carreteras, cruces y trenes. La estarían buscando las próximas semanas, pero conociéndola, ella estaría muy tranquila como para intentar escapar. Seguramente se quedaría en la ciudad, al menos por un tiempo.
Podía sentirlo, su instinto de policía se lo decía. Esta era su oportunidad, y no dejaría que se le escapara.
¡Hola! Ahora si les traigo el primer capítulo en forma de esta nueva historia. ¡Aaah! ¿Qué les ha parecido?:B Sus reviews/mensajes me animan mucho, la verdad ajaj:3 Muchas gracias por leer. Nos leemos en el próximo capítulo.
