Los personajes no me pertenecen, sino a la escritora STEPHANIE MEYER. La historia si es de mi autoría. No publicar en otras páginas, categorías o traducir sin previo permiso. Está prohibida su copia total o parcial. Contiene escenas de acción y violencia; +18

De regreso en casa

Isabella dejó su motocicleta en su lugar y se quitó el casco en un movimiento fluido. No había culpa alguna en lo que acababa de hacer, su rostro reflejaba la tranquilidad de su mente y alma.

El cinismo no iba con ella, lo hecho estaba hecho. Liam pasó a ser solo un trabajo más, y ahora Isabella viviría su vida hasta que sus habilidades fueran requeridas de nuevo.

Sabía que era cuestión de tiempo para que se dieran cuenta de que había sido ella y comenzarían a buscar, pero que la atraparan ni siquiera figuraba en sus preocupaciones. Recordó su pañuelo y se mordió el labio, en una sonrisa expectante. Tan solo podía imaginar su expresión cuando lo viera…

Era casi mediodía, tenía ganas de comer en grandes porciones y dormir largo rato, pero primero, tenía que presentarse ante su padre, que sin duda alguna la estaría esperando.

Isabella esquivó los pasillos y alas pobladas, pero no lo encontró en su estudio. Cambió de ruta yendo directo a la habitación de Aro.

Llamó a la puerta con prudencia.

— Adelante — dijo Aro al otro lado de la puerta.

Isabella entró sin prisas.

Aro se encontraba solo, recostado en su cama tomando un pequeño almuerzo, mientras veía una película. Una escena de lo más típica y discordante con lo que acababa de pasar. La miró con aire distraído y soñador.

— Hola, querida — sonrió, y palmó el costado libre, invitándola a unirse.

Isabella avanzó y se recostó en el costado de su padre viendo hacia la televisión, él la rodeo con su brazo y lanzó un ligero suspiro sin darse cuenta.

La película era "Bastardos sin gloria", una de las favoritas de Aro, por más peculiar que eso llegara a parecer. La misma Isabella no entendía la fascinación, pero no lo criticaría.

— Está hecho, padre — notificó luego de un rato de silencio.

— Lo sabía — murmuró él con un toque de ternura —. Tengo libres solo estas horas. Si quieres, podemos hablar de negocios más tarde.

Isabella le sonrió.

Aro tomó un plato con fresas frescas y lo dejó entre ambos, para compartir. Isabella tomó una, disfrutando de su jugo. Continuaron viendo la película sin más comentarios; como si esa fuera una típica mañana de domingo. En algún momento, Isabella se acomodó mejor, recostándose en el regazo de su padre y sin notarlo, se quedó profundamente dormida.

Así de tranquila se sentía.

Al cabo de unas horas, Isabella despertó sola en la habitación. Estaba tapada y acomodada en la almohada. En su aletargo, sintió una oleada de pena; se sentía como una niña pequeña mimada por su padre.

Incluso le había quitado las botas.

— Ay, padre — se quejó con voz pastosa, sintiendo la pena crecer y el rubor aparecer en sus mejillas.

Isabella habría preferido que la despertara y la corriera.

Esta era la razón por la que sus demás hermanos y hermanas la aborrecían, exceptuando a Jane. Todos respetaban a Aro, pero odiaban a Isabella por ser la favorita; aunque no todos eran tan evidentes.

Vio el reloj de pie, que le indicó que eran las cinco de la tarde.

No había dormido tanto como ella habría esperado, pero se sentía mejor. Por suerte, se había levantado a tiempo para la cena. Estaba tan hambrienta que podía comerse un caballo.

Comenzó a fantasear con asados, puré de papa y pasteles.

Se levantó de la cama y agarró sus botas, pero no se las calzó.

Era una pena que el pasadizo de escape de Aro no le sirviera para nada en este caso, así que cruzó los dedos esperando a que nadie la viera salir.

Se asomó por la puerta muy discretamente, y salió a toda prisa sin hacer ruido al ver el camino despejado. Cerró la puerta con delicadeza y cruzó el pasillo de puntillas. Hasta un oído entrenado había omitido los pasos de Bella, ligeros como plumas, cruzando la primer parte del pasillo, saliendo disparada a su habitación.

En su camino escuchó voces provenientes de otros pasillos y habitaciones, pero nadie la notó. Seguramente se estaban preparando para cenar.

Solo respiró una vez encerrada en su pieza. Enseguida puso el seguro, para evitar más visitas indeseadas – Demetri – y preparó todo para una merecida ducha.

Una vez en la tina, rodeada con su esencia de flores, le ganó la melancolía.

Le pasaba cada tanto, cuando un trabajo tenía un efecto diferente. En este caso el pesar era Leah. Isabella suspiró, y frunció los labios, repentinamente molesta.

Había matado a Liam, el mundo estaba libre de otro bastardo… pero eso no regresaría a Leah. Tampoco le traería paz a la familia. Con suerte, recogerían las piezas y empezarían de nuevo, en esa misma ciudad, o tal vez en otra. Entonces pensó en el padre de Leah, un hombre en la tercera edad que tenía un trabajo de medio tiempo. Pensó en Seth, se veía tan inocente en las fotos… Liam seguramente también habría arruinado eso.

Isabella, en su privacidad, se permitió soltar unas cuantas lágrimas por Leah. Y por tantas personas más. No por ella. Ella se sentía en paz y afortunada en muchas maneras.

A veces, el proceso de catarsis le era necesario. Era una criminal, pero no era un monstruo.

Luego de un tiempo prudente, Isabella salió de la bañera.

Envuelta en su toalla, comenzó a guardar en un folder toda la información que había recolectado de este último trabajo.

Despegó la foto que tenía de Leah, y la llevó a su álbum secreto. Le concedió un lugar, junto a los demás. Leah le sonrió a través del plástico protector e Isabella le regresó el gesto tímidamente.

Entonces resopló, burlándose de sí misma. Aro había dicho que el problema con Jane es que era muy sádica, pero el mismo Aro había regañado a Isabella hacía muchos años por ser sentimental. Algo que ciertamente no ayudaba si estabas en el negocio, aunque eso no la detuvo.

Cerró el álbum y lo regresó a su lugar seguro. Tomó el folder y le dio un lugar en su cajón. Ya lo quemaría luego.

Oficialmente, el trabajo estaba hecho y con ese pequeño ritual, Isabella estaba lista para pasar de página.

Se puso un conjunto casual de dos piezas en color negro; una blusa con un escote discreto y unos pantalones rectos, se calzó unos zapatos a juego.

Lanzó un pequeño resoplido. De no ser por el hambre que la azotaba, pediría la comida a su habitación, pero aquello disgustaría a su padre.

Salió de su habitación, topándose con su hermana Chelsea. Ambas se miraron, e Isabella le sonrió a forma de saludo. Habían pasado meses desde que se habían visto.

Chelsea no parecía nada sorprendida de verla. Había pasado el tiempo suficiente para que todos supieran que Isabella estaba en la mansión.

— Hola, Chels — dijo con voz amable.

Ella le respondió el gesto, cortésmente.

— Hola, Bella. Bienvenida de vuelta.

— Gracias.

Bella creía que aquello sería todo, pero su hermana se acercó y entrelazó su brazo con el de ella sin rudeza.

— Vamos a cenar — dijo, sonó entre una pregunta y una orden.

Bella prefirió guardar silencio y dejar que su hermana la llevara.

— ¿Cómo has estado, Chelsea? — preguntó Bella para hacer conversación.

Todos en la familia aportaban algo, y aunque no todos tenían misiones como Isabella, había otras áreas importantes a cubrir. Chelsea no era especialmente buena con las armas, pero tenía una mente afilada como navaja; por eso ella estaba con inteligencia.

Chelsea hizo un gesto sin mirar a su hermana.

— Todo se ha mantenido bastante igual — lo cual era bueno —. Lo más emocionante fue hace unas semanas, cuando una camioneta comenzó a seguir a padre. Pero Félix, Demetri y Santiago los atraparon de inmediato, así que la emoción duró como media hora.

Chelsea se encogió de hombros.

Isabella lanzó una risita grácil ante el tono de su hermana.

— ¿Y qué tal tú, Bella? ¿Qué tal Italia?

— Preciosa, como siempre — respondió Bella —. El tío Marcus manda saludos.

— Eso déjalo para la cena — sugirió Chelsea en una sonrisa.

El resto del camino lo hicieron en un cómodo silencio. Entraron al comedor aún tomadas del brazo. Casi todos estaban ya en la mesa, enfrascados en sus propias conversaciones.

Félix, Jane, Santiago, Renata... solo faltaban Afton y Heidi.

— Ah, hermanas — suspiró Santiago, recargándose en su asiento —. Al fin llegan, solo faltaban ustedes.

— ¿Y Heidi y Afton? — preguntó Isabella en voz alta.

— En misión. No la misma — informó Félix con cierto desenfado.

Isabella reprimió un suspiro de alivio. Ciertamente, ella y Heidi no se llevaban nada bien.

Félix entonces se levantó y se acercó a Isabella. La tomó de las manos y la saludó besándole ambas mejillas.

— Me da gusto verte — dijo con su semblante tranquilo.

Renata imitó a su hermano.

— Bienvenida, hermana — dijo con la misma formalidad.

— Gracias — dijo Isabella recibiendo los saludos de buena gana —. Lamento no haberlos saludado antes. Estaba en una misión.

— Sabemos — dijo Félix en tono casual.

A Isabella no le molestó que Santiago no se levantara a saludarla, así era él. Nadie le preguntó efusivamente por Italia o el tío Marcus ni su misión, que ya estaba en todos los noticieros. Esperarían a que llegara Aro.

Chelsea se sentó en su silla habitual, e Isabella fue directo con Jane, a quién le sonrió abiertamente.

Jane la saludó con más efusividad, realmente feliz por verla. Naturalmente, Isabella se sentó junto a ella.

Jane era la más chica de la familia. Apenas habían pasado unos años cuando llegó, pero era evidente que ahí pertenecía. Su llegada fue un rayo de sol en la vida de Isabella, y sentir que era su hermana fue tan natural como respirar. Lo mismo para Jane.

Los demás también la querían, pero aun había mucha cortesía de por medio. Tenía apenas trece años, pero casi todos la trataban como si tuviera menos.

No tardó mucho hasta que Aro llegó, evidentemente apresurado. Todos se levantaron al verlo entrar.

— Lamento la tardanza — dijo a modo de saludo —. Casi aviso que empezaran sin mí — agregó en una sonrisa —. Siéntense, siéntense —, indicó, haciendo justo eso.

A los segundos, los encargados comenzaron a entrar con las bandejas de comida recién preparada.

El estómago de Isabella rugió de forma audible, tanto que algunos voltearon a verla. Ella no dijo nada, pero su rubor hablaba por ella.

Jane soltó una risita, e Isabella la empujó con el codo ligeramente sin poder esconder su propia sonrisa.

— Los hice esperar mucho, ¿verdad? — dijo Aro.

Isabella negó de inmediato.

— Ha sido culpa mía. Postergué mucho la hora de la comida — eso era cierto. Había comido prácticamente nada en las últimas 48 horas.

— Bueno, eso tiene remedio — respondió Aro al ver como descubrían las bandejas.

Isabella casi brinca de gozo al ver el asado y las papas con las que había fantaseado, pero mantuvo su porte. También verduras salteadas, ensalada, sopa cremosa, entre otras tantas delicias. Sirvieron los vasos y copas de todos los integrantes de la mesa, (excepto la copa de Jane), y los ayudantes se retiraron.

— Buen provecho — dijo Santiago.

— Buen provecho — dijeron todos a coro, comenzando a servirse.

Una vez entrada la cena, Aro inició la conversación, preguntándole a Isabella sobre su estadía en Italia y sobre su hermano, Marcus. Isabella contó solo los aspectos familiares de su ausencia. No contó sobre los crímenes y negocios que ella había cometido, ni de las misiones en las que ayudó a su tío.

Lo mantuvo en los paseos al sol, momentos familiares a la orilla de la playa y bebidas refrescantes.

Aunque no lo sacara a flote, todos sabían que Isabella traficaba arte, así como se sabía que todos en la mesa tenían negocios de los que nadie hablaba o compartía, más que nada por discreción y cautela.

Con tan solo verlos ahí reunidos, era más que evidente que sus lazos no eran sanguíneos, pero todos veían a Aro como su padre y protector, así que tomar el papel de hermanos era lo más natural. Eso incluía las rivalidades, pero también las confidencias.

Si tú me ayudas a desaparecer a alguien, yo no le diré a papá que perdiste medio millón en el casino…

Isabella trató de no monopolizar la conversación, sus hermanos ayudaron en ese aspecto, cada uno aportando comentarios o alguna anécdota para que la conversación fuera fluida. Pocas cosas hacían más feliz a Aro que una cena familiar y todos estaban felices de complacerlo.

El postre se fue en risas, historias algo sádicas para quién no conviviera con asesinos y ladrones.

El reloj anunció las ocho en punto, y con eso, el fin de la cena. Gradualmente, todos comenzaron a despedirse y a retirarse.

— Recuerda que mañana tenemos entrenamiento, Jane — dijo Renata con voz estricta, mientras acomodaba su silla.

— Sí, lo sé — dijo la jovencita con obediencia, pero no con efusividad.

Jane torció ligeramente los labios, entonces Isabella lo entendió. Quién le impondría el castigo por espiar a Aro, sería Renata. La haría entrenar hasta que su cuerpo temblara y un tanto más.

Cuando Jane se paró de su asiento, cruzó miradas con Isabella, quien le dedicó una sonrisa para animarla; Jane le regresó el gesto, entre apenada y resignada. Estaba aceptando su castigo sin una queja.

— Buenas noches, Bella — se despidió la pequeña.

— Descansa, Jane — y depositó un beso corto en su frente.

La vio desparecer del comedor, en camino a su habitación.

Isabella se despidió de su padre, deseándole buenas noches

— Descansa, querida. Ve a mi estudio mañana luego del desayuno — indicó, paternal.

— Está bien — respondió Isabella —. Buenas noches, padre… Santiago.

En el comedor se quedaron Aro y Santiago, era evidente que ambos tenían algo de que hablar, así que Isabella no alargó su despedida.

Fue una buena cena, pensó Isabella. Era muy diferente a desayunar con sus primos. Y a pesar de haber estado muchos meses lejos, se sintió más en casa en esa cena que en Italia.

Al entrar a su habitación, Jane la estaba esperando, sentada en la orilla de su cama.

— Hola — saludó la niña, tímida.

— ¿No deberías estar escribiendo un testamento o algo así? — bromeó Bella —. Espero me heredes tus cuchillas.

Se sentó al lado de su hermana, y la rodeó con su brazo en un gesto conciliador. Jane giró los ojos, pero aceptó el abrazo.

— En serio metí la pata, ¿verdad? — preguntó Jane.

— Naaaah — dijo Bella con sarcasmo.

Su voz fue como un quejido, un comentario lleno de burla y sin una pizca de elegancia. Una parte de ella que solo salía con Jane.

— Yaaaa — se quejó la niña.

Isabella rio, grácil, volviendo a ser la de siempre.

— La verdad es que sí, ¿cómo se te ocurre espiar a padre? — regañó sin dureza.

Jane esbozó una sonrisa torcida.

— En realidad, no era mi intención — admitió la niña —. Estuve en el momento y lugar correctos… o equivocados, supongo.

Isabella notó que Jane decía la verdad. No toda, pero no estaba mintiendo en ese comentario.

— ¿Interviniste el teléfono? — sondeó Bella.

La sonrisa de Jane se ensanchó.

— No. Tampoco puse micrófonos en su habitación ni espié por la mirilla — dijo, burlona. Soltó una risa cantarina al ver la expresión de su hermana —. Lo siento, Bella. Pero si quieres heredar mis trucos, tendrás que esperar a que me muera.

Isabella se unió a sus risas.

— A ver si Renata acepta esa respuesta mañana.

— Ash… — Jane torció los labios —. Mejor ella que Heidi.

Isabella se alertó un poco ante el tono de su hermana.

— ¿Qué pasa con Heidi?

La niña resopló.

— Es Heidi.

— Precisamente por eso pregunto.

Jane guardó silencio, todo gesto de diversión había desaparecido de su rostro, dando paso al fastidio.

— Generalmente se pavonea por la casa — dijo Jane, moviendo los hombros en un gesto exagerado, imitando a su hermana —, haciendo alarde de su belleza — Jane hizo como si lanzara su cabello por detrás de su hombro, luego, su tono de voz cambió a uno más discreto —. Pero últimamente ha sido… ¿ruda? ¿grosera? No sé cómo decirlo. Anda rara.

¿Y eso qué tiene de raro? Preguntó Bella. Tenía pocos recuerdos amables de su hermana mayor. Siempre la molestaba y la hacía entrenar hasta sangrar, sin ocultar la satisfacción en su mirada. Eso hasta que Bella los superó a todos.

— ¿Sabías que rechazó una misión de padre? — contó la niña, brincando de repente.

— No, no me enteré — admitió Bella sin sonar irónica. Al estar tanto tiempo lejos de casa, obviamente había muchas cosas de las que no se enteraba.

Pero eso sí que era inesperado.

— Pues sí. Padre le asignó una misión y Heidi dijo que no, porque no iba a ganar lo suficiente — Jane resopló e Isabella controló su expresión, pero se sentía bastante escandalizada y molesta —. Claro que le fue mal luego de eso. Eso fue hace como tres semanas.

— ¿Y dónde está ahora?

Jane se encogió de hombros.

— Qué sé yo. Solo sé que se fue en cuanto tú llegaste —, Jane se encogió de hombros —. Creo que un tipo le debe a papá y la mandó a ella.

— Mmm — dijo Bella por todo comentario.

Aquello hacia sentido. En muchas ocasiones, su hermana era el último aviso antes de que Aro mismo se encargara del trabajo. Si los métodos se Heidi no funcionaban, nada lo haría. La podía ver torturando a su presa… pero no podía verla diciéndole "no" a Aro.

— Cómo sea, cuéntame de tu misión — pidió la niña con la emoción brillando en sus ojos, sacándola de sus pensamientos —. ¿Hiciste algo divertido en Europa? Seguro que el robo en el Museo Británico fuiste tú — dijo, con mucha ilusión.

Con "divertido" se refería a un buen crimen, digno de contarse como una hazaña. Isabella sonrió, misteriosa.

— No lo admito ni lo niego.

No había sido ella, pero le encantaba ver las reacciones de su hermana.

Isabella ciertamente no tenía ganas de hablar del caso de Liam, así que entretuvo a su hermana con historias suyas y prestadas, ambientadas en diferentes lugares y épocas en Europa. Todas historias familiares.

Ambas terminaron recostadas una junto a la otra, viendo el techo sin verlo realmente.

Jane la escuchaba embelesada, imaginando lugares que ella nunca había visto.

— ¿Crees que algún día tendré una misión tan lejos de casa? — preguntó.

— Claro. Pero tienes que entrenar más — dijo Isabella —. No todo son armas y matar. También está el arte del camuflaje, el bajo perfil, las artes marciales, incluso bailar y aprender idiomas. El conocimiento me ha ayudado a salir de más situaciones que un rifle.

Jane sonrió con admiración, aunque Bella no la veía.

— Es por eso por lo que eres la mejor — dijo con sinceridad —. Quiero ser como tú algún día.

Isabella sonrió, halagada por tan transparente cumplido. Colocó su mano sobre la de su hermana.

— ¿Cómo se dice eso en vietnamita? — la retó.

— Ni siquiera lo intentaré. Los idiomas asiáticos son una pesadilla — dijo Jane, ligeramente molesta.

Isabella rio.

— Ese es mi secreto, joven padawan — dijo Bella, haciendo que su hermana la mirara con atención —. No sería buena, sin disciplina. En mi caso, el ruso me daba dolores de cabeza. Pero un idioma no me iba a ganar — terminó en ruso.

Jane le respondió en el mismo idioma.

El ruso si es fácil.

Isabella cambió de idioma, al japonés.

Lo mismo dijo sobre el japones — Jane la miró, ceñuda.

— Eso ya es presumir — recriminó.

Isabella rio.

— Admití mis debilidades, trabajé en ellas y perfeccioné en lo que ya era buena. Por eso soy de las mejores — dijo con modestia —. Lo mismo con las armas. No negaré que me iba mejor en eso que en idiomas, pero tardé años en perfeccionar mi firma.

— Tienes que enseñarme a hacer eso — pidió Jane.

— En cuanto Renata decida que tuviste suficiente, iremos al campo de tiro, ¿sí?

Jane asintió con una gran sonrisa. Isabella estiró el brazo, y acarició el rubio cabello de la niña.

No lo admitiría frente a ella, pero Isabella podía ver que Jane podría superar a todos con creces. Adularla solo haría que hiciera las cosas por aprobación, no para superarse a sí misma. Estaba segura de que Renata le daría una buena lección, en el buen sentido. Aún le faltaba madurar y aprender muchas cosas; pero Jane estaba creciendo, ya no era esa niñita asustada y llena de rencor que llegó a la mansión. Era más espontánea, expresiva, y se estaba transformando en una señorita preciosa, elegante e inteligente. En un abrir y cerrar de ojos tendría dieciséis y con eso, permiso para ir en su primer misión.

Isabella aún recordaba la suya como si hubiera sido hace unos días y al mismo tiempo, se le antojaba un momento muy lejano.

Se quedaron en silencio por largo rato, hasta que Isabella se dio cuenta que Jane se había quedado profundamente dormida.

Ella sonrió, viéndola tan apacible, y entendió porque su propio padre la dejó quedarse en su habitación hacía unas horas.

La cama de Isabella era suficientemente amplia para ambas. Se levantó, sin despertar a su hermana, se cambió de ropa y apagó el foco.

Su única luz era la de la luna, entrando por sus ventanas. El fulgor hacía que el cabello de Jane brillara casi blanco, e Isabella pensó que definitivamente sería una mujer muy hermosa. Poco a poco, ella también se iba quedando dormida, pensando en que ojalá su hermana no creciera tan rápido.

A la mañana siguiente, Isabella despertó primero.

Jane, a diferencia de ella, no sintió pena por haberse quedado dormida en una habitación ajena. Incluso se quedaron platicando poco antes del desayuno hasta que Jane tuvo que irse a arreglar, además de que Isabella también necesitaba su privacidad.

A pesar de que Aro no se presentó al desayuno, este transcurrió tan apacible y familiar como la cena. Hacía una mañana muy linda, como para pasear por los jardines o entrenar al aire libre.

Jane desayunó poco, preparándose para lo que sería un largo día. En cuanto Renata terminó, ambas se retiraron de la mesa. Renata caminando con firmeza y Jane sin mucho entusiasmo. A los minutos, todos las imitaron y se retiraron a comenzar con lo que sea que tuvieran pendiente.

Aunque Aro no se presentó al desayuno, su orden había sido explicita. Así que Isabella se dirigió a la oficina de su padre, justo como lo solicitó. Llamó a la puerta.

— Adelante — dijo Aro.

Estaba sentado tras su gran escritorio de madera, leyendo atentamente lo que parecía un expediente.

— Buenos días, padre — saludó Isabella.

— Ah, Bella — dijo a modo de saludo, bajando el expediente —. Adelante.

Isabella se adentró en el estudio al tiempo que Aro se paraba de su silla, y caminaba al sillón frente a la mesa. Con un gesto, le indicó a Isabella que tomara asiento en la salita.

— Ojalá esta conversación pudiera ser más larga — Aro esbozó una sonrisa de disculpa —, pero el día de hoy tengo el tiempo algo limitado. Primero que nada, bien hecho con Liam —, dijo sin adular —. Un trabajo limpio y rápido. Ha atraído mucha atención de la prensa, pero eso es algo inevitable. No nos ha afectado antes, no lo hará ahora.

Bella solo asintió.

— Bien, dicho eso. Hay algo que quiero pedirte.

Ella puso más atención, esperando que le asignara una misión nueva; en cambio, Aro dijo:

— Quédate aquí un tiempo.

Bella elevó las cejas, sorprendida.

— Estuviste mucho tiempo fuera de casa.

Isabella abrió la boca, pero nada salió de ella. Esto sin duda movía todos sus planes…

— Al menos unos seis meses. Tengo grandes planes, y hay algunos trabajos que solo puedo confiarte a ti. Necesito que estés cerca. Además — dijo en una ligera sonrisa —, hay un evento de gala pronto, y quisiera que me acompañaras.

Bueno, seis meses no era una gran exigencia… Bella lo pensó, pero sabía que sería inútil negociar. Pero tal vez le vendría bien quedarse. Durante los últimos años su estadía en su propio hogar había sido más bien estacionaria. Algo de estabilidad no mata a nadie.

Y acompañar a su padre a un evento era algo que definitivamente le encantaría.

Isabella le sonrió.

— De acuerdo.

Aro sonrió, complacido.

— Puedes viajar dentro las próximas dos semanas, si así lo requieres.

Isabella asintió una vez, en forma de agradecimiento.

— ¡Bien! Dicho esto — Aro se levantó del sillón y se acercó a un cajón inferior en su gran librero. Sacó un maletín de color negro —. Tu parte por un buen trabajo.

La sonrisa de Isabella se ensanchó, y se levantó del sofá, aceptando su paga.

— Por cierto, gracias por tu obsequio — dijo Aro —. Me ha encantado. Es perfecto para mi colección privada.

— Por nada, papá — dijo Isabella con dulce voz.

— No tengo inconvenientes con que te tomes tus libertades estando en la ciudad — dijo Aro —. Solo no salgas de la mansión sin seguridad.

Isabella asintió, obediente, ante el tono de su padre.

Solo se preocupa, pensó ella. Pff, ¿y qué podría pasar? ¿Que Edward me arreste? Rio para sus adentros.