Los personajes no me pertenecen, sino a la escritora STEPHANIE MEYER. La historia si es de mi autoría. No publicar en otras páginas, categorías o traducir sin previo permiso. Está prohibida su copia total o parcial. Contiene escenas de acción y violencia; +18

Advertencias

EDWARD

Era entrada la noche, pero Edward era apenas y consciente de ello. Tomó su taza de café y dio otro sorbo, sin quitarle la vista a los documentos frente a él, expuestos en la mesita de centro de su modesta sala.

El usualmente ordenado piso de Edward ahora parecía un campo de batalla. Tenía papeles, carpetas, cajas de documentos y cinta adhesiva por todas partes. Dentro del caos, había orden, uno que solo él entendía.

Su paredes hacían ahora la labor de pizarrón. De ellas colgaban fotografías, notas a mano y periodísticas; los sucesos estaban pegados con cinta adhesiva y unidos por hilos.

Edward estaba haciendo un resumen de sus años de investigación sobre Isabella Vulturi. Los crímenes que ella había cometido y podía probarlo; aquellos que sabía que ella había cometido, pero solo tenía pruebas circunstanciales; y los que no tenía forma de comprobar.

No solo tenía información de ella, sino también una enorme carpeta de su patriarca, Aro Vulturi. Los crímenes e implicaciones de él databan de hacía décadas y eran más graves que los de la su hija; y también más complicados, pues de este no había tantas evidencias. Siempre actuaba por medio de terceros o era muy cuidadoso con lo que dejaba. Sin contar con los chantajes. Isabella no era tan prolija, pero solo un abogado muy bueno, o muy egocéntrico, o muy tonto, aceptaría un caso que implique a los Vulturi.

Pocas veces habían ido a juicio, y siempre habían salido indemnes. La mayoría de las veces, por falta de pruebas, y gracias a su gran capital.

No importaban las probabilidades, Edward era demasiado terco para que eso lo detuviera. Si había podido tener un caso exitoso con Liam, este no tendría por qué ser la excepción.

Debía tener todo listo para cuando se presentara su oportunidad.

En alguna parte de su trabajo, había una lista de opciones de donde podría presentarse. Habría una exposición de arte antiguo pronto, algunos eventos políticos y religiosos, incluso tenía información acerca de los eventos ilegales gracias a sus contactos; solo los había obtenido por qué su reputación le precedía… y prometió no usar esa información imprudentemente. Había otras operaciones en proceso.

Incluso algunos de sus colegas se ofrecieron a avisarle si llegaban a verla, lo cual Edward agradeció, entre más ojos, mejor. Además, estaba seguro de que seguía en la ciudad, no habían reportado nada en ninguna aerolínea pública o privada, nada en los trenes ni en las carreteras.

Y como buena noticia, habían logrado conseguir algunas grabaciones de las cámaras de la ciudad.

Se veía como una cámara captaba a un motociclista en la periferia del centro, posteriormente, en otra grabación se veía como el mismo motociclista entraba a la calle del edificio abandonado muy temprano por la mañana y luego se alejaba por la misma calle tan solo minutos después del crimen.

La motocicleta no tenía matrícula y el rostro del sospechoso estaba cubierta. Pero por la complexión física se podía deducir que se trataba de una mujer.

Esa información aún no había salido a la luz, pero maldita sea, si Uley lograba hacerlo funcionar, manteniendo en secreto el pañuelo, merecía la maldita llave de la ciudad.

No sabía cómo afectaría eso a su propia investigación, pero si lograba demostrar que había sido Isabella sin implicarse a sí mismo; ligándola con otros crímenes con la misma ejecución, entonces tendría algo.

Emmett lo había llamado loco y obsesivo. No era el único que lo pensaba, pero era el único que se lo decía a la cara.

Edward no dejó de trabajar hasta que notó como la luz oscura de la noche se convertía poco a poco en una luz blanquecina. En poco tiempo amanecería, pero no le pesó tanto. Ese día no tenía que ir a trabajar… pero era día familiar. Exhaló, apesadumbrado. Le había prometido a Esme que iría.

Durmió pocas horas y al despertar entró a la ducha. Se vistió bien, tratando de parecer un hombre completo, pero estaba seguro de que su madre lo regañaría en cuanto lo viera.

Y no se equivocó. Al llegar a casa de sus padres, lo recibió su madre, quién le dirigió una mirada severa luego de un efusivo abrazo.

— No estás durmiendo bien — le recriminó, preocupada.

Edward sonrió. Sabía que le diría algo así.

— El trabajo ha sido una locura últimamente — dijo, evitando mentir.

Esme asintió, comprensiva.

— Tu padre no me cuenta mucho, pero las noticias sí — lo tomó del brazo y lo hizo pasar —. Ambos se ven igual de cansados… ¿alguna novedad?

Los ojos de su madre si denotaban angustia, pero también Edward veía que esperaba buenas noticias, no tanto en la resolución del caso, sino para que su hijo pudiera descansar un poco más. Eso, no se lo podía prometer. Podría dormir todo el día, pero estaría lejos de descansar hasta lograr su cometido.

Edward asintió.

— Si, las hay. Pero no te apures mucho por mí — decidió ser honesto —. Estoy fuera del caso.

La sorpresa de su madre fue genuina.

— Y eso, ¿por qué?

Él se encogió de hombros, como diciendo: así son las cosas.

— Pues, el caso en su contra por asesinato estuvo a mi cargo… y luego lo mataron luego de su absolución. La prensa… viste como actuaron — Esme asintió, con el ceño fruncido —. Fueron órdenes. No estoy implicado, pero no quieren hacer de esto un circo.

No era toda la verdad, pero no podría con la idea de que su madre supiera que una asesina de clase mundial tenía el ojo puesto en su hijo. No tenía porqué darle esa clase de preocupaciones.

Esme exhaló, procesando la información.

— Bueno, tal vez sea lo mejor. No soporto ver como los acosan — frunció los labios.

Edward la tomó del rostro y relajó su expresión.

— No deberíamos hablar de estas cosas antes del almuerzo — dijo, buscando aligerar la visita.

Esme lo tomó de las manos y le sonrió, maternal.

— Tienes razón. Vamos con tu padre, está en el patio.

Atravesaron la sala, y al llega a la cocina, Edward pudo ver a su padre en la mesa de campo. Ese día él iría a trabajar más tarde, así que aún no tenía puesto su uniforme, sino su forma de civil. Era un hombre un tanto formal, y Edward pensó que su padre se veía raro en ropa casual, acomodando platos de fruta en el patio; estaba demasiado acostumbrado a verlo en uniforme y con una pistola en su cadera. Incluso desde que era niño.

— Hola, hijo — saludó sonriente.

Él no lo regañó por las evidentes ojeras que adornaban sus ojos. Lo abrazó en forma de saludo y le pidió que le ayudara a terminar de poner la mesa.

No hablaron de trabajo, esa era la regla de oro de la casa. Así había sido desde siempre, y cuando Edward se unió a la fuerza, eso no cambió. Al igual que la regla de no faltar al día familiar sin importar las circunstancias. Esa era la más importante de todas. Era muy rara la vez en que ésta no se cumplía.

Terminaron de sacar todo al patio y los tres se sentaron a la sombra de porche a tomar el almuerzo. Solo se escuchaba el tintineo de los cubiertos y el crujir del pan tostado. Esme sirvió el jugo de naranja, y dijo:

— Tus primas de Alaska llamaron hace poco. Preguntaron por ti — le comentó a Edward.

Él elevó las cejas y sonrió ante la mención de su familia.

— ¿En serio? ¿Y cómo están?

— Muy bien, todos. Irina se comprometió — contó —. Ha llamado para hacerme prometer que iremos a su boda.

— ¿Hasta Alaska? — se quejó Edward.

— Eso no lo sé, pero supongo — dijo Esme.

Edward hizo un gesto.

— Solo un par de días, hijo. Además, aún no hay fecha — lo reprendió Carlisle suavemente —. Si yo no puedo ir, tú irás en mi representación.

Edward lo miró, ceñudo. Pero entonces Esme lo miró con esos ojos de suplica y sabía que no podría decir que no.

— Está bien — aceptó con un gruñido.

Carlisle rio y Edward negó con la cabeza. Aún cuando era un adulto, no podía creer que sus padres lo siguieran tratando como a un niño.

El almuerzo continuó con un ambiente familiar y relajado. La conversación fluyó como cuando ocurre con la gente a la que amas, pero Carlisle tendría que presentarse pronto en la oficina, y Edward tenía cosas que hacer.

Así que en lo que su padre se arreglaba para ir a la estación, Edward ayudó a su madre a recoger los platos y lavarlos.

— Muchas gracias, querido — dijo Esme, dándole un abrazo a su hijo.

Él, tan alto como era, solo se inclinó y depositó un beso en la coronilla de la mujer.

— Por nada, mamá.

En ese momento se escuchó a Carlisle bajar por las escaleras, ya con su uniforme puesto. Al momento, apareció en la cocina.

— ¿Quieres que te lleve? — le preguntó a Edward.

— Claro, gracias.

Esme se acercó al refrigerador y sacó un paquete envuelto con cuidado.

— Tu comida, amor.

Carlisle le miró con ternura.

— Gracias, no te hubieras molestado.

Edward sonrió al ver ese pequeño momento. Sus padres se amaban, eso todo mundo lo podía ver, pero siempre se sentía un poco intruso cuando se miraban así, con tanta… adoración. Se preguntó que se sentiría aquello, y luego pensó que tal vez sería mejor no saber.

— ¿Nos vamos? — dijo Carlisle, acercándose a la puerta.

— Hasta luego, mamá. Te amo — le dio un beso en la mejilla —. Nos vemos la próxima semana. Llama si necesitas algo.

— Hasta luego, querido.

Edward salió de la casa de sus padres, tomando el asiento del copiloto en el vehículo policial.

— Gracias por venir — dijo Carlisle, saliendo de la calle.

— No me lo perdería — respondió Edward en una sonrisa, pero entonces, bostezó ampliamente sin poder evitarlo. Respiró profundamente, y enfocó la vista, tratando de mantenerse despierto.

— ¿No has dormido bien? — preguntó Carlisle, pero era más que obvio que era una pregunta retórica.

— Batallo mucho — dijo por toda respuesta. Era una verdad a medias, pero no tenía ganas de contarle sobre tu jornada nocturna de investigación ardua (por no decir maníaca)

— Esto no es por el pañuelo, ¿o sí?

Edward frunció los labios, sin muchos ánimos de tener esta conversación, porque ya sabía que Carlisle…

— Espero que no estés tratando de atrapar a la señorita Vulturi.

… diría algo justo como eso.

— No, no es por el pañuelo — gruñó, Edward.

Claro que era por eso.

— Edward, no sabes en lo que te estás metiendo.

La mirada de Carlisle estaba fija hacia en frente. Su semblante no era de un padre preocupado regañando a su hijo, sino de un hombre aconsejando a otro. Su frente estaba surcada con arrugas de angustia, que resultaban extrañas en un rostro generalmente amable. Parecía incluso más viejo.

— Escúchame — dijo casi con fiereza —. Aléjate de todo lo que tenga que ver con los Vulturi. Aro es más poderoso de lo que crees, tiene contactos en donde menos te lo esperas. Sus hijos… son como tentáculos. Extensiones del mismo Aro, para estar en varios lados al mismo tiempo, controlándolo todo.

' Yo también me siento… frustrado — la expresión en sus ojos lo confirmaba —. Pero piensa en como puede afectar esto a tu futuro. Isabella… — frunció los labios, deteniendo su discurso. Su mirada trataba de transmitirle todo aquello que no podía decir —. No la provoques. A ninguno. Olvida el pañuelo. Hazlo por nosotros tres.

Edward levantó la vista ipso facto, en cuanto Carlisle dijo "los tres". No era chantaje, pero sin duda era una fibra sensible.

Cerró la mandíbula con fuerza, controlando su emoción. Asintió, al saber que no sería capaz de controlar su voz.

Eso le bastó a Carlisle, de momento. Siguió su camino, dejando a su hijo frente a la puerta del edificio de apartamentos.

— Trata de dormir — le dijo, con el semblante un tanto más relajado.

— Está bien — definitivamente lo haría. La noche en vela le estaba cobrando factura.

— Hasta mañana — se despidió Carlisle.

— Hasta luego, papá.

Edward subió con desgana a su apartamento, con las ideas dando vueltas por su cansado cerebro. Al entrar a su sala, vio todo su trabajo, exactamente como lo había dejado. No sabía qué hacer, la plática con su padre lo había dejado en un predicamento.

Carlisle no le había dado un ultimátum sobre Isabella hasta ahora, pero en verdad parecía preocupado. Algo dentro de él se sentía dividido.

Fue directo a la pizarra sobre la chimenea falsa, donde tenía unas pocas fotos familiares, tomó la del centro. Una de las fotos con cuatro integrantes en ella.

Luego miró la pared, con todo su trabajo.

Su parte más leal, quería tomar en serio la palabra de su padre, tomar todos los papeles, sellar las cajas y dejarlas empolvarse… pero su corazón, su instinto; le gritaban que continuara.

Sintió la frustración arremolinarse dentro de él, y decidió que estaba demasiado cansado para tomar una decisión.

Dejó la foto en su lugar, al igual que todo su trabajo, y se fue a la cama.


ISABELLA

Isabella estaba sentada en el sofá de su habitación, viendo las noticias antes de irse a entrenar con Jane al capo de tiro, como se lo había prometido.

Renata había terminado con su castigo, y Jane estaba en mejores condiciones para entrenar.

Había pasado una semana desde el asesinato de Liam, y no habían dicho una sola palabra sobre el pañuelo, en un evidente esfuerzo por mantenerlo en secreto. Aun así, se las arreglaron para señalarla como sospechosa, gracias a las grabaciones de las cámaras de la ciudad, aunque no mostraran nada en realidad y, todo era meramente circunstancial. Incluso habían comparado las heridas con otros casos sin resolver. Esa forma de ejecutar también era una firma.

Despistaron un poco, dando otros nombres de posibles sospechosos. Isabella se rio al escuchar varios. Eran imposibles, no porque los tipos no tuvieran buena puntería, no. Sino porque sabía de algunos que ya estaban muertos. Gajes del oficio.

Sus acciones desencadenaron otras tantas. Hubo protestas por otros casos similares en los que el culpable salía airoso a pesar del buen trabajo policiaco. El señor Clearwater y Seth tuvieron que resguardarse en su casa por el acoso de los reporteros. Incluso Cullen hijo, el encargado del caso, estaba siendo perseguido por los noticieros. Aunque cada vez en menor medida.

Isabella sonrió con aire ausente al verlo en pantalla, dando declaraciones profesionales y comentarios prudentes. Que fuera su caso había sido un golpe de suerte, pero seguramente la estaba pasando muy mal, aunque habían asegurado que ya no era su caso. Las ojeras bajo sus ojos lo delataban.

El fastidio en la cara del oficial Cullen era evidente.

— Lo siento, guapo — le dijo a la imagen en televisión.

Pero la verdad es que se estaba divirtiendo un poco ante el caos que había provocado.

Como sea, en una semana más alguna otra historia aparecería y esta perdería importancia. En poco tiempo, las cosas se calmarían y entonces, podría volver a sus negocios. Aún tenía una pintura por vender, y estaba esperando por las ordenes de su padre.

Isabella se inclinó y reposó su barbilla en sus manos semi extendidas, mirando la imagen de Edward. No podía creer que después de tanto tiempo, ese policía le siguiera gustando. Porque le gustaba.

Había escuchado hablar sobre él hacía mucho, pero no le pareció relevante. Un hijo de policía, gran cosa.

Hasta que entró a esa sala de interrogatorio. Desde entonces, siempre que volvía a la ciudad, no veía el momento de entrelazar sus crímenes con el camino del oficial.

Ah, la ironía.

En otras noticias, parece que el conflicto religioso entre…

Isabella apagó la televisión. Ya había pasado lo que le interesaba.

Cruzó la mansión a paso tranquilo, hasta llegar a uno de los edificios aledaños. Por fuera, gracias a que continuaba con la arquitectura, parecía parte de la mansión, pero no. Era un centro de entrenamiento, equipado con áreas específicas; incluyendo un campo de tiro insonorizado, con todo un arsenal, aunque en los cartuchos había salvas en vez de balas; pero en manos de un Vulturi, hasta una vela sería letal.

La recibió el eco de voces masculinas, respiraciones controladas y golpes ahogados. Al parecer, no era la única con la idea de entrenar. Santiago y Félix estaban en el cuadrilátero, practicando judo.

Ni siquiera se dieron cuenta de cuando su hermana entró. Ambos tenían la vista fija en su oponente, concentrados totalmente en sus movimientos. Bella pasó de largo, yendo a la puerta del campo de tiro, que se abrió con un suave rechinido.

Jane aún no había llegado, y no había nadie más. Aprovechando la soledad, tomó un par de armas cortas y las desarmó. Lo mismo con armas de mayor alcance.

Colocó un par de dianas nuevas en dos de los cubículos de práctica, y los alejó a la misma distancia, usando el mando de botones.

El ruido de la maquinaria al trabajar retumbó por todo el espacio.

Al poco tiempo llegó Jane, vestida con su ropa de entrenamiento.

— Hola, Bella — saludó con su voz cantarina, y luego sonrió, sin poder esconder su emoción. Estaba feliz con la idea de que Bella la entrenara. Desde que supo que su hermana se quedaría más tiempo del normal, había buscado cualquier excusa para entrenar o estudiar con ella. No quería ser una pesada y transformarse en su sombra, pero quería que ella fuera su mentora.

— ¿Estás lista? — preguntó Isabella, alzando sus cejas.

— Sí — dijo Jane, firme. Tomando su papel de estudiante.

— Disparar es solo una de las partes de ser un francotirador — dijo Bella sin más preámbulos —. Conocer tus armas, es posiblemente, la parte más importante. Es una extensión de ti, de tu visión, de tus capacidades. Conocer sus virtudes y defectos te ayudarán a elegir mejor según la misión que debas cumplir. Habrá ocasiones en las que necesitaras más de una, pero eso lo veremos después.

Isabella señaló hacía las piezas dispuestas en la mesa de lado de Jane.

— Ármalas — ordenó.

Jane obedeció sin chistar, completamente concentrada en lo que estaba haciendo. Sus manos, aunque menudas y pequeñas, se movieron con destreza, con la experiencia de la práctica. No lo hizo en tiempo récord, pero aun así fue bastante rápida.

Jane dejó ambas armas en forma paralela en la mesa y volteó a ver a su hermana, como un cadete esperando la siguiente orden.

— Desármalas.

Jane obedeció.

Luego de hacer que Jane le dijera el nombre y la función de todas las piezas de ambas armas, Bella asintió, inconsciente de su acto. Su hermana definitivamente estaba practicando y estudiando.

— Muy bien, muéstrame lo que tienes — le dijo Bella, tendiéndole un arma de corto alcance.

Ambas se pusieron los protectores de oídos, Jane tomó el arma y le quitó el seguro. Se puso en posición y apretó del gatillo hasta terminarse el cartucho.

Isabella presionó el botón para que el riel con la diana regresara. Eran tiros bastante consistentes. Jane había decidido disparar en el tórax. Era la zona más fácil. Algunos tiros se habían salido un poco del blanco, perforando un hombro y una costilla.

Jane frunció los labios, poco complacida con su resultado.

— Hey, Roma no se construyó en un día — la animó Bella.

Repitieron el proceso con diferentes tipos de armas, hubo una en especial, en la que el retroceso fue demasiado para Jane y perdió la postura, pero era normal. Solo tenía trece años y en verdad era menuda. Por ahora, ese era su límite; y era importante conocerlos.

Bella estaba corrigiendo solo un poco la postura de su hermana, cuando la puerta se abrió.

Ambas voltearon en un acto reflejo – Jane sin relajar su postura –. El humor de Bella en seguida de amargó. Era Heidi.

No la había visto mucho desde que había terminado su misión, pero Jane tenía razón, estaba inusualmente insoportable, y eso ya era decir mucho.

Le lanzaba miradas asesinas a Bella a la hora de la cena, la sonreía con expresa hipocresía cuando se cruzaban por los pasillos, y ni siquiera la miraba en el desayuno. Ambas se habían comportado, más que nada por Aro.

Heidi titubeó solo un poquito al verlas, pero compuso su gesto, y se adentró a la habitación.

Un incómodo y tenso silencio vició el ambiente.

— Vaya — dijo con acidez —. Un perrito faldero entrenando a otro. Lo he visto todo.

Jane volteó a ver a Isabella con ojitos suplicantes, pero ella le quitó importancia con un gesto.

— Ignórala, es lo que yo hago — exclamó, sin importarle que Heidi la escuchara.

Esta dio un resoplido, y preparó su propio carril.

— Recuerda lo que te dije de la postura de los hombros — le dijo a Bella a Jane, como si nada hubiera ocurrido —. Trata de darle en el mismo lugar, ¿sí? No te apresures. Controla tu respiración.

La niña trató de hacer lo que le indicaba su hermana. Mientras tanto, Heidi detuvo lo que estaba haciendo, para ver a Jane. La pequeña tomó una profunda respiración, tratando de visualizar, como le había dicho Isabella. Apretó el gatillo hasta vaciar otro cartucho.

— Muy bien — felicitó Bella al ver el resultado.

Jane le sonrió de vuelta.

— Pff, por favor — resopló Heidi.

La sonrisa de Isabella se crispó en su rostro.

Uno, dos, tres… comenzó a contar en su mente.

— Así que es cierto que quieres que Isabella sea tu mentora — le dijo a Jane.

— Duh — exclamó la niña sin pensarlo.

Heidi la fulminó con la mirada.

— Ten cuidado como me hablas, mocosa — espetó.

Jane apretó la mandíbula y miró a Isabella en una clara expresión que decía: ¿Puedo dispararle?

Ella misma lo estaba considerando.

— Tentador — le susurró, pero luego negó con la cabeza —. Mejor seguimos con la lección en otro momento.

— Oh, espera, Bella.

Isabella se obligó a mirarla. Heidi tenía una sonrisita cargada de malas intenciones.

— Muy bonito tu… proyecto, pero te recuerdo un pequeño detalle. Si quieres ser la mentora oficial de alguien, tienes que vencer a tu propia mentora. O sea, yo.

Jane la miró, alarmada.

— ¿En serio? — murmuró.

Asintió.

— Es una de la reglas de Aro.

Jane tragó. Eso ella no lo sabía.

— ¿Tanto tiempo en Italia te hizo olvidar cómo son las cosas en casa? — preguntó con sarcasmo.

— Jane aún no presenta la propuesta con nuestro padre — dijo Bella, ignorando las provocaciones de su hermana —. Así que, ahórrate la escena.

— Mejor — insistió Heidi —. Así no la hacemos perder tiempo.

— No es tu decisión — espetó Jane.

— No estoy hablando contigo — la hizo callar —. Cuando sea tu mentora, el respeto es lo primero que te enseñaré.

Heidi dio un paso hacía Jane de forma inconsciente, pero Isabella no dudó en ponerse en medio. Comenzaba a perder la paciencia.

Ambas se miraron fijamente, midiendo a su presa. Los comentarios sardónicos de Heidi frenaron un poco, al ver la mirada decisiva en su hermana, parecía dispuesta a desgarrara con los dientes.

— Como quieras — dijo Isabella, con voz desapasionada.

Heidi lanzó una risilla altanera, y elevó la barbilla. La tensión del ambiente pasó a ser algo competitivo.

— Mañana — sentenció Heidi —. La mejor en disparo a distancia y en el cuadrilátero.

— La ganadora, será la mentora de Jane. Y la otra no podrá interferir.

Bella podía ver sus intenciones. Esto lo hacía solo con el afán de fastidiarla; no le interesaba Jane en lo absoluto. Apenas y le dirigía la palabra. Esto lo hacía porque sabía que sentía gran afecto por su hermana. Y como ella misma había visto en la última semana, Heidi parecía hacer lo posible para hacer que vivir con ella fuera insoportable. No sabía que pretendía con todo ese teatro, ciertamente rayaba en lo desconcertante, pero no iba a permitir que le pusiera una mano encima a su hermana. Recordando la forma en que solía entrenarla, sería capaz de lastimar irreversiblemente a Jane solo por el placer de hacerlo.

Heidi extendió su mano, e Isabella la estrechó sin mediar palabra. Ambas apretaron lo más fuerte que pudieron.

— Vámonos, Jane — dijo Bella, sin quitarle los ojos de encima a Heidi.

La niña se posicionó rápidamente a su costado, el más alejado de Heidi. Ella la miró desde su altura, con desdén. Isabella apretó el puño, pero darle un golpe en la cara no sería una buena idea.

Heidi no intentó nada más, así que Bella y Jane salieron en un tenso silencio.

— ¡Está loca! — exclamó Jane una vez en su habitación — ¡arruinó mi mañana! — y se dejó caer en su silloncito.

— Es el fastidio personificado — concedió Isabella, tomando asiento en la silla de escritorio de su hermana.

— Harás que muerda el polvo, ¿cierto?

— Estaremos en igualdad de condiciones, pero no pienso perder.

— Bien — dijo Jane, recargándose hasta ver el techo.

Isabella frunció el ceño para sí misma.

— Íbamos muy bien — dijo con fastidio —. Heidi por lo general es una pesada, pero esto raya en lo ridículo.

— Te dije — exclamó Jane.

— Lo hiciste. Es raro — dijo Bella —, seguro necesita algo.

— Sí, un tiro — sugirió Jane en una exhalación.

Isabella quiso regañarla, pero en vez de eso, soltó una risilla.

— Bueno, ni modo — su tono trataba de aligerar la situación —, nos cortó la inspiración. Pero el campo de tiro no se irá ningún lado, ya iremos otro día.

Jane no dijo nada, se quedó mirando hacia el techo, con sus manos entrelazadas sobre sus piernas extendidas.

— Me pregunto que es lo que quiere… — pensó en voz alta.

— Eso sí que no, señorita — exclamó Isabella enseguida, con un tono tan estricto que Jane salió de sus pensamientos y se enderezó.

— Ni se te ocurra espiarla, Jane.

Jane sonó los dientes, en un gesto despreocupado.

— Nada más tantito.

— No. Escúchame — dijo Bella, mirándola con intensidad —. Una cosa es burlar la seguridad de Chelsea, escuchar a padre por error, incluso jugarle una broma a Renata… pero no; y escúchame bien. No provoques a Heidi — dijo Isabella, remarcando cada palabra —. Ella no conoce los límites, es cruel, despiadada. Y ahora que incluso cree que puede desafiar a padre, no reconoce autoridad. Primero arreglaremos lo de mañana, pero esto es muy en serio, Jane. No la espíes.

Isabella no quería ni pensar que haría Heidi si se enterara siquiera de las intenciones de la jovencita. Le pesaba admitirlo, incluso en su interior, pero no podría protegerla siempre.

Jane la miró, muy seria. Finalmente, asintió. De momento, eso le bastó a Bella; pero incluso ella debía saber que, si en algo se parecían ellas dos, era en ser obstinadas.

La jovencita se sintió mal por mentirle a su hermana, seguramente eso molestaría mucho, y lo último que quería era disgustarla, pero ya no soportaba más a Heidi. Algo estaba pasando, o tal vez no. Si había algo que valiera la pena saber, ella lo descubriría.


¡Hola! Les he traído el nuevo capítulo unas horas antes. Lo iba a subir mañana en la mañana, pero estaré ocupada tooodo el día y no creo tener oportunidad de acercarme al ordenador, así que mejor actualizo de una vez:3333

¿Qué les está pareciendo la historia?(:

Por cierto, ¡muy pronto subiré un capítulo nuevo de Caronte! Así que, nos estamos leyendo n_n