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PRÓLOGO
Escocia, 1615
Albert MacArdley sentía que la vena de su frente comenzaba a hincharse a medida que pasaban los segundos y continuaba leyendo la carta que tenía entre las manos. El silencio en el salón era estremecedor. Todos sus hombres y los recién llegados del clan White, junto a aquella extraña e inesperada mujer, tenían sus ojos fijos en la expresión de auténtico odio de Albert, jefe del clan MacArdley.
El joven acababa de tomar el mando del clan tras la reciente pérdida de su padre en una escaramuza con el clan enemigo: los White, y lo primero que
había recibido Albert a los pocos días de hacer su juramento era una carta de Robert White, jefe de ese clan, en el que lo incitaba, bajo amenazas, a
casarse con su hija para acabar con la guerra que mantenían ambos clanes.
Pero a pesar de eso, Albert se negó a hacerlo. No obstante, allí se encontraba aquella mujer, con la cabeza alta y orgullosa esperando que acabara de leer la carta que había guardado a buen recaudo durante el viaje desde sus tierras hasta las de los MacArdley y sin apenas mostrar una pizca de temor bajo la celeste mirada felina de Albert.
Cuando el joven laird sostuvo la mirada sobre la mujer durante un largo rato y apenas vio un solo movimiento que denotara algún tipo de sentimiento hacia él, no pudo sino levantar una ceja. A pesar de su baja y delgada estatura, aquella mujer había heredado la soberbia y arrogancia de su padre, Robert
White. Sus largos cabellos negros estaban pulcramente recogidos en una trenza que descansaba a su espalda, a la altura de su estrecha cintura, lo cual hacía resaltar su bello rostro ovalado, los labios rojos carnosos y una nariz chata. La verdad es que la belleza de la joven parecía de otro mundo, pero sus ojos… Aquellos parecían ser los ojos de un gato salvaje, que encerraban más secretos de los que podría mostrar. Sin duda alguna, aquella mujer parecía tener el valor suficiente de matarlo mientras dormía. ¿Y pretendían obligarlo a casarse con ella? Jamás. Albert no perdió más tiempo mirando el resto de su anatomía. No estaba interesado en tener a una persona así en su día a día, y menos siendo hija de su peor enemigo, aquel que había matado a su padre meses atrás.
El joven volvió la vista a la carta que quemaba la palma de sus manos y apretó uno de sus puños después de soltarla ligeramente.
Acto seguido, indignado y asombrado, levantó la vista hacia su hermano Archibald, a quien siempre pedía consejo cuando se trataba de algo tan importante como aquello y el que en ese momento negó casi imperceptiblemente con la cabeza, animándolo a rechazar de nuevo la oferta del clan White.
Albert suspiró antes de aclararse la voz y leer en voz alta:
Estimado señor MacArdley,
Lamento molestaros y sacaros de vuestros quehaceres, pero temo que debo recordaros que hace unos meses os envié una carta en la que os ofrecía la mano de mi hija, Karen White, quien seguramente estará frente a vos esperando que su futuro marido y señor disponga una fecha
para la boda. Junto a ella, se encuentran varios de mis hombres, que la han escoltado hacia vuestro castillo y que volverán a mis tierras en cuanto el enlace se haya oficiado, dándome cuenta de todo lo sucedido.
Por vuestro bien y el del clan espero que no devuelva a mi hija como lo hizo con aquella carta, puesto que las consecuencias no serán de vuestra complacencia, Albert MacArdley.
Atentamente, Robert White.
Cuando Albert terminó de leer, sintió que la tensión del ambiente podía cortarse incluso con el filo de una espada mellada. Con una tranquilidad que apenas sentía, el joven dobló de nuevo la carta y levantó la mirada hacia Karen White, que en ese momento esbozó una sonrisa de autosuficiencia al tiempo que entrecerraba los ojos. Albert no podía creer la actitud de aquella
mujer, ya que tanto ella como los hombres de su clan estaban en clara desventaja respecto al clan MacArdley. La extrañeza y, al mismo tiempo, el desconcierto se reflejaban en su rostro.
Tras sentir que la ira se apoderaba de todo su ser, Albert se levantó de su asiento y se aproximó a Karen, que levantó aún más la cabeza para mirarlo a los ojos, ya que la enorme altura del jefe de los MacArdley la sobrepasaba tanto que parecía un gigante a su lado. El joven la miró como si se tratara de un enemigo más, pero ni aún así se amedrentó.
—Pensaba que la devolución de la carta de vuestro padre era una respuesta bastante clara para él. —La voz grave y atronadora de Albert rompió el silencio que se había instalado en el salón hacía ya varios minutos—. La verdad es que no consideraba que algún miembro de vuestra familia tuviera inteligencia, pero creía que sí la suficiente como para entender una respuesta tan simple como esa.
Los ojos de la joven lanzaron llamas en ese momento al tiempo que apretaba los puños con fuerza.
—No os consiento que habléis así de mi pad…
—¿Os he dado permiso para hablar, mujer? —preguntó con cierto deje irónico.
Albert sonrió de lado cuando vio el intenso rubor que se instaló en las mejillas de Karen al sentirse humillada por su trato. Al instante, le extendió la carta, pero la dejó caer al suelo cuando vio que la joven no alargaba la mano para recogerla.
—Mi respuesta sigue siendo la misma. No pienso casarme con vos.
Albert le dio la espalda, pero la menuda mano de Karen lo detuvo cuando se posó en su antebrazo. Albert se volvió hacia ella con el gesto lleno de sorpresa.
—No pienso volver a mi hogar sin llevar un anillo de boda. Mi padre…
—Vuestro padre no tiene poder sobre mis decisiones, mujer, así que no me lo nombréis más. —Después sonrió mirándola de lado—. Y en cuanto a la boda, si estáis de acuerdo y tanto deseo tenéis por ataros a alguien, podéis casaros con nuestro matarife. Creo que casi roza la cincuentena y le faltan casi todos los dientes, pero es soltero y estará encantado de haceros ese favor.
Aquellas palabras provocaron las risas de los hombres del clan
MacArdley, no así a los White, que se llevaron las manos a la
empuñadura de la espada para defender el honor de la hija de su laird, aunque cuando vieron que el resto de hombres sacaban también las suyas, cesaron en su intento, pues estaban en clara desventaja.
Albert se mantuvo quieto sin quitar la mirada de Karen, que apretaba los puños con fuerza y lo miraba como si quisiera matarlo allí mismo. Sin embargo, el joven se mantuvo serio y sin mover ni un solo músculo.
—Me gustaría hablar a solas con mi hermano, mujer —dijo con la voz calmada mientras le señalaba la puerta—. Si no os importa…
Karen negó con la cabeza y se cruzó de brazos.
—No pienso salir de este salón sin una fecha para nuestra boda.
Uno de los hombres que había acompañado a Karen se adelantó hacia ellos para intentar mediar.
—Señor, disculpad mi intervención, pero creo que no habéis entendido lo que mi laird desea con esta unión.
Albert soltó un bufido y se cruzó de brazos en silencio, esperando que siguiera hablando.
—Mi señor solo quiere instaurar la paz entre ambos clanes.
Albert sonrió y miró hacia su hermano, que le devolvió la misma sonrisa, para después girarse de nuevo hacia los White.
—Por primera y única vez, voy a obviar vuestras dudas sobre lo que entiendo o dejo de entender. —Albert se aproximó lentamente al hombre, hasta quedarse a solo un palmo de él—. Pero una de las cosas que más me molestan es tener que repetir las cosas, muchacho.
Albert lo agarró del cuello y lo levantó ligeramente del suelo, obviando el nerviosismo que se instauró en ese momento entre los White allí presentes.
—Vuelvo a repetir que no me voy a casar con esta mujer, hija de vuestro laird, ni con cualquier otra. Jamás lo he deseado y no pienso cambiar de opinión. Espero que esta sea la última vez que mis labios repitan esas palabras porque si vuelve a haber una próxima, no lo diré tan amablemente como en este momento. ¿Os ha quedado claro, muchacho?
El joven, que parecía no pasar de la veintena, asintió con el rostro rojo por la falta de aire, e Albert lo soltó al instante, permitiendo que pudiera respirar con normalidad.
—¡Pues a mí no me ha quedado claro! —vociferó Karen con voz chillona y acercándose a él.
—No os preocupéis, mujer, esto hará que así sea.
A una señal de Albert, sus hombres se acercaron a todos los White e intentaron, amablemente, sacarlos del salón, pero cuando vieron la rabia con la que Karen se dirigía a ellos, tuvieron que tomar medidas más serias, agarrándolos y empujándolos fuera de la estancia, dejando al laird y a su hermano totalmente solos.
—¡Os vais a arrepentir, MacArdley! —vociferaba Karen a medida que la alejaban de allí—. ¡Me encargaré personalmente de ello, malnacido!
Los gritos de la joven pudieron escucharse durante unos minutos más, hasta que lograron sacarla del castillo y su voz dejó de llegar a sus oídos.
En ese momento, un nuevo silencio se instaló entre ellos. Albert suspiró al tiempo que se aproximaba a una mesa para servirse una copa de whisky. Su rostro denotaba un cansancio que no había experimentado desde que había tomado el mando del clan. Sabía que rechazando la mano de la hija del White exponía a su clan a una nueva guerra cruenta que desde la muerte de su padre parecía haberse quedado en el aire. Sin embargo, estaba seguro de que Robert White solo necesitaba un pequeño motivo por el que retomar esa histórica guerra entre ambos clanes. Pero no le importaba. Se juró que no iba a ceder ante nadie, aun pudiendo perder la vida, por lo que en ese momento no estaba dispuesto a mostrar debilidad a la primera.
Archie se acercó a él y le puso una mano en el hombro. Sintió el calor que desprendía y aquello lo reconfortó, ya que nunca se había sentido tan solo como en esos últimos meses, desde que se convirtió en laird. Por ello, tener el apoyo incondicional de su hermano en algo tan grave como eso le hacía no dudar de su propia decisión.
—Has hecho bien, Albert —le dijo Archie con voz calmada.
Su hermano había sacado el carácter conciliador de su madre, a la que apenas recordaba, ya que era muy pequeño cuando murió. No obstante, todo el castillo le había recordado una y otra vez la forma de ser que tenía, por lo que sabía que Archie se parecía a ella más de lo que se parecía él, que era la viva imagen de su padre.
—Sabes lo que esto significa, ¿no? —Archie asintió con seriedad—. Entraremos de nuevo en guerra, pero no voy a tolerar que White decida meterse en nuestras tierras a decidir sobre nosotros como si tuviera algún
derecho. Además, mató a nuestro padre. No puedo creer cómo es posible que tenga la desfachatez de ofrecerme la mano de su hija.
—¿Le has visto los ojos? —lo cortó Archie—. Esa mujer traía una clara orden de su padre.
—Lo sé. Habían planeado matarme desde dentro del clan para luego intentar regresar a contárselo y hacerse con nuestras tierras. No voy a descansar hasta vengar la muerte de nuestro padre, Archie. Esto no ha hecho más que reafirmarme la idea que ya rondaba en mi cabeza. Pero hasta ahora había pensado en el bienestar del clan.
—¿Qué piensas hacer ahora? ¿ Quieres que vayamos a sus tierras a luchar?
Albert negó con la cabeza.
—Estoy seguro de que no hará falta salir de las nuestras. Ellos vendrán a matar por doquier, así que hay que reforzar la vigilancia en la frontera con sus tierras y avisar a los que viven en esa zona.
—¿Y cuando entren?
Albert levantó la mirada y observó a su hermano durante unos segundos para después añadir:
—Matadlos a todos.
Una hora después, Albert se encontraba en la soledad de su despacho intentando escribir una carta para enviarla a los White junto con el pequeño séquito que se había desplazado hasta su castillo para la boda con Karen. Sin embargo, Albert nunca había sido muy ducho en el arte de las palabras, por lo que tenía ante él un papel en blanco sin saber cómo decir que no iba a casarse con aquella mujer para que su enemigo lo entendiera de una vez por todas.
Después de descartar varios papeles, Albert comenzó a escribir sin poder evitar un tono irónico en sus palabras:
Estimado Robert White,
Desde que vuestra hija apareció ante las puertas de mi castillo he supuesto, muy a mi pesar, que no entendisteis mi negativa a casarme con ella cuando os devolví la carta meses atrás. Por ello, me he decidido a poner sobre este papel mi opinión para que quede claro. No pienso casarme con vuestra hija. No os lo he pedido, y no pienso convivir con la hija de mi enemigo, aquel que mató a mi padre.
Creéis que podéis engañarme a mí o a cualquiera de mis hombres, pero sé qué estrategia habéis planeado con vuestra hija, ya que lo lleva escrito en sus ojos, así que si queréis matarme, debéis pensar en algo diferente porque esta vez no os ha salido como pensabais.
Respecto a vuestras amenazas, dejadme que os diga que aún no sabéis de lo que soy capaz de hacer. Mi padre fue débil con vuestro clan, error que yo no pienso cometer, por lo que si pensáis que no voy a responder a vuestras amenazas estáis muy equivocado. Cuidado conmigo, Robert White. Os repito que no me conocéis.
Albert MacArdley.
Cuando terminó de escribir, se detuvo a leer la carta detenidamente. Con una sonrisa en los labios, la selló y salió de su despacho en busca de uno de sus hombres, que, junto al séquito de los White, viajaría a la tierra de su enemigo a llevar aquella misiva.
—¡Albert! —La voz de su hermano resonó fuerte entre los vacíos pasillos del castillo.
El joven se detuvo al verlo llegar con el aliento entrecortado y las mejillas rosadas.
—¿Qué ocurre, hermano? —preguntó con preocupación.
—Son los White. Han levantado revuelo cerca de la muralla y algunos se están peleando.
Albert resopló y caminó deprisa hacia la salida, desde donde pudo escuchar el griterío que se había levantado muy cerca de allí.
—¡Ya basta, señores! —vociferó.
Su voz se levantó por encima de los gritos, provocando que los hombres que aún estaban dándose puñetazos se separaran de golpe y giraran hacia él.
Albert comprobó que la mitad de los White se encontraban sangrando, mientras que solo algunos de sus hombres estaban heridos levemente. Se dio cuenta de que Karen sonreía de lado alejada de los hombres, pero sin separarse demasiado de ellos. Sin ánimo de comenzar una guerra allí mismo, pero con una ira creciente dentro de él, Albert se aproximó más a ellos y tendió la carta que acababa de escribir a uno de sus hombres.
—Sam, quiero que vayas con los White a su castillo y le entregues tú mismo esta carta al padre de la muchacha.
—No quiero a un MacArdley en mi camino —intervino Karen
adelantándose a sus hombres.
Albert la miró de reojo y le dijo secamente:
—Hasta hace una hora queríais casaros con uno. —Después volvió la mirada hacia el joven, que tragó saliva fuertemente—. Solo tú podrás entregarle esta carta, Sam. Si algún White se opone, regresa. Esta gente
no merece la pena.
—¡Ya basta de insultarnos, MacArdley! —gritó uno de los White acercándose a él—. No voy a consentir que sigáis con esa actitud.
Archie se interpuso entre ellos para pelear con él, pero Albert le puso una mano en el hombro y lo apartó con amabilidad.
—Soy el laird de este castillo y las tierras que pisas. ¿Quién sois vos para decirme lo que me consientes o no?
El hombre, que sobrepasaba la cuarentena, sacó su espada sin dejar de mirarlo con auténtico odio.
—Soy quien va a matar al laird de los MacArdley.
Albert sonrió de lado y se acercó más a él. Cuando estuvo tan cerca que podía atravesarlo con su espada con un solo movimiento, Albert abrió los brazos sin dejar de mirarlo a los ojos.
—Adelante… —dijo con voz ronca.
El hombre White frunció el ceño sin entender por qué no sacaba su espada y se defendía de él. A pesar de eso, levantó su arma e intentó atacarlo, pero a un solo movimiento de Albert, este lo desarmó y lo apuntó con su propia espada.
Los hombres White comenzaron a ponerse nerviosos a su alrededor al tiempo que los MacArdley se preparaban para atacar si los demás lo hacían.
—Si yo estuviera en vuestra posición, ¿qué haríais? —le preguntó Albert a su atacante.
Este sonrió de lado y escupió a sus pies.
—Os degollaría aquí mismo ante vuestros hombres.
Albert asintió y asió la empuñadura con más fuerza.
—Así sea.
Con un rápido movimiento, Albert levantó más la espada y, tal y como habrían hecho con él, cortó el cuello de ese hombre ante el resto de sus compañeros de clan, que lanzaron gritos de rabia mientras vieron caer el
cuerpo inerte de su amigo a los pies del jefe de los MacArdley.
—Ahora salid de mis tierras antes de que ordene que os rajen el cuello como a este desgraciado —dijo con la voz rota por la rabia que sentía en ese momento— Sam, entrega esa carta a la joven White, no quiero que nadie de mi clan pise esas sucias tierras.
El guerrero, suspirando de alivio, se aproximó a la mujer y le tendió la carta, aunque la joven no hizo amago de cogerla. Sin embargo, el joven le tomó una mano y se la dio.
—Seréis vos misma quien entregará esa carta a vuestro padre. Y espero no volver a ver a ningún White por mis tierras, hombre o mujer, o lo pagaréis muy caro.
—Seréis vos quien os vais a arrepentir de esto, os lo juro por mi vida. La gente de mi clan os dará donde más os duele. —La joven mostró la sangre que había en su mano derecha, fruto de apretar las uñas contra la carne— Igual que derramo mi sangre sobre esta tierra, la vuestra y la de vuestro clan regará las tierras de los MacArdley.
—Fuera de aquí ya, mujer, o vuestro cuello acabará como el de este desgraciado —dijo antes de darse la vuelta para regresar al interior del castillo.
—¡Os lo juro, MacArdley! —escuchó a Karen—. Os arrepentiréis.
Pero las fuertes paredes del castillo hicieron que las voces de aquella mujer dejaran de escucharse, y esperaba que fuera la última vez que sus caminos se cruzaran.
Tras cuatro días desde la marcha de los White de su castillo, la
tranquilidad había regresado entre las paredes de su hogar. Sus hombres habían vuelto a sus quehaceres y solo escuchaba el trasiego de los sirvientes de un lado a otro mientras preparaban las comidas y limpiaban todas y cada una de las habitaciones.
Albert suspiró mientras observaba el patio del castillo desde la ventana de su dormitorio. Hacía tiempo que había amanecido y se había preparado a conciencia para entrenar en el patio junto a sus hombres a pesar de la fina lluvia con la que el día había amanecido. Sin embargo, desde allí podía ver más allá de las murallas del castillo y frunció el ceño cuando vio que algo se aproximaba en la lejanía.
El joven entornó los ojos para intentar vislumbrar qué era lo que estaba cada vez más cerca de sus muros y su corazón se sobresaltó ligeramente cuando vio que se trataba de un caballo negro que no llevaba jinete, pero sí un peso muerto sobre sus lomos. Con una idea en la cabeza, Albert se precipitó hacia la puerta de su dormitorio y corrió hacia las escaleras.
—¿Qué ocurre, Albert?
Archie apareció al otro lado del pasillo y lo miraba con una expresión de sorpresa y preocupación al ver las prisas que llevaba su hermano. Se apresuró a acercarse a él y cuando estuvo a su altura descubrió en los ojos de Albert que algo realmente grave estaba ocurriendo.
—Se acerca un caballo sin jinete con un cuerpo en el lomo.
Archie cambió la expresión de su rostro.
—¿Quién crees que puede ser?
—No sé, pero envié a John hace tres días a avisar a los colindantes con las tierras de los White para que estuvieran atentos y aún no ha regresado.
Temo que sea él. ¡Vamos!
Ambos hermanos bajaron las escaleras de dos en dos hasta llegar a la puerta del castillo.
Cuando salieron al patio, el caballo negro ya había cruzado la puerta de la muralla y había concentrado a gran parte de los hombres de Albert a su alrededor para intentar descubrir la identidad de la persona que portaba el animal.
Cuando vieron que su laird se acercaba, se echaron hacia un lado para dejarle paso, por lo que Albert se aproximó lentamente hacia el caballo. En ese momento, descubrió que el animal portaba no uno, sino dos cuerpos, produciendo un ligero temblor en sus manos al pensar que alguien de su clan había comenzado a sufrir por su decisión respecto a los White.
Tragando saliva, Albert fue directo al lado izquierdo del animal, donde estaban las cabezas de ambos desgraciados.
Antes de llegar a su altura, distinguió perfectamente la silueta de John, a quien había enviado a las casas cercanas a la frontera para avisar, pero el otro cuerpo pertenecía a una mujer que no conocía, aunque en sus ropas llevaba los colores del clan MacArdley. Con un silencio atronador a su alrededor, Albert levantó las cabezas de ambos y descubrió con horror que tenían el cuello cortado.
—Dios mío… —susurró Archie a su espalda, totalmente horrorizado.
El corazón de Albert comenzó a latir con fuerza. Los White le habían devuelto la muerte de uno de los suyos a manos de Albert antes de que dejaran el castillo.
—¿Pero qué…?
Albert fijó su mirada en la boca de John, donde descubrió que asomaba un pequeño trozo de papel. Con cuidado, lo extrajo.
Este se encontraba manchado de sangre, así que, sin dilación, lo abrió y leyó: Ojo por ojo, MacArdley.
Con rabia, Albert arrugó el papel entre sus manos y miró a su hermano.
—Malditos White… —dijo entre dientes.
—¿Atacamos? —preguntó Archie con seriedad.
Albert miró a su alrededor y vio odio en los ojos de sus hombres, por lo que levantó la voz para darles indicaciones.
—¡Hombres del clan MacArdley, preparaos para marchar a las tierras de los White! ¡Esta afrenta no la vamos a dejar pasar! Nos han atacado y haremos lo mismo con ellos, ¡sin piedad!
—¡Sí! Fuego a los White —vociferaron a su alrededor.
Los hombres comenzaron a vitorearlo y a levantar sus puñales al cielo, jurando lealtad a su laird y a su clan antes de marchar a luchar. Sin embargo Albert sintió una mano conocida en su hombro. Se giró hacia Archie y lo miró con los ojos inyectados en la rabia que ya sentía el colectivo.
—Y si se cruza alguna mujer White en nuestro camino, ¿haremos lo mismo que ellos?
Albert se mantuvo callado durante un par de segundos hasta que abrió la boca para decir:
—Sin piedad.
CONTINUARA
