.
.
CAPÍTULO 1
Inglaterra, 2019.
La brisa marina acariciaba la melena rubia de Candy White en la fría y lluviosa mañana de principios de abril.
Durante más de media hora había conducido hasta las afueras de Londres, ciudad en la que vivía desde que era tan solo un bebé, y donde a veces sentía que no pertenecía, como en ese mismo momento. Tras unas semanas en las que su vida había dado un vuelco en la dirección que menos esperaba, sentía que no podía aguantar más en esa
ciudad. El intenso ruido diario y la cantidad de gente que inundaba Londres en esa época del año la consumía y agobiaba hasta tal punto que apreciaba
que en su pecho se había instalado una ansiedad que no podía controlar.
Por eso se encontraba allí, a orillas del mar, justo en el punto donde el río Támesis se unía con el mar, y donde siempre le había gustado acudir, ya que era una zona a la que apenas acudía gente y donde los coches no podían escucharse. Había dejado el suyo dos kilómetros atrás, justo donde la carretera se cortaba, y había caminado hasta esa zona con tranquilidad, pensando en su vida y en el futuro.
Hacía dos semanas que había perdido su trabajo, aunque tampoco era lo que más daño le había causado, ya que ser gerente de un local de comida rápida no era el sueño de su vida. A pesar de eso, había intentado buscar
alguna palabra de aliento en los brazos del que había sido su novio durante cinco años y con el que había pensado casarse en los próximos meses. Pero no había encontrado nada, excepto unas palabras que aún resonaban en su mente y se repetían como un disco rayado que no dejaba de sonar:
—Estoy enamorado de otra.
Jamás había tenido la sensación de que su relación se iba a la mierda.
Hasta entonces habían compartido piso en el centro de Londres y vivían como
cualquier otra pareja, pero al parecer Charles vivía paralelamente con otra chica desde hacía medio año. ¡Medio año! No lo podía creer.
Una lágrima solitaria se escapó de sus ojos verdes, ahora casi
inexpresivos, pero que hasta hacía unas semanas habían sido tan vivos que podían ver reflejado el mar en ellos.
Su alta y esbelta silueta se vio reflejada en el agua del Támesis y torció el gesto con disgusto.
Desde que Charles la había dejado, su amor propio se
había visto ligeramente herido. Él siempre le había dejado claro en continuas ocasiones que era demasiado alta para él, pero a pesar de su más de metro setenta de estatura, Candy podía presumir de un cuerpo curvilíneo y firme, ya que hacía años que practicaba deporte.
Su melena larga y ondulada ondeaba lentamente con la brisa procedente del mar y se enredaba poco a poco, aunque a ella no le importaba. Su nariz chata y pecosa se arrugó un instante cuando un ligero olor a cieno llegó a sus fosas nasales, al tiempo que sus labios carnosos se contraían en un pequeño mohín.
Recordó en esos momentos otras palabras de Charles:
—Eres preciosa por dentro y por fuera.
Siempre las repetía cuando la veía por la mañana recién levantada y con el pelo alborotado. Ella solía reírse y lo besaba, pero en ese momento su rostro ovalado denotaba tristeza al recordarlas. Lo echaba de menos. Dios, sí que lo echaba de menos. No quería reconocerlo, pero necesitaba despertarse por la mañana y encontrarlo haciendo el desayuno con la sonrisa de siempre. Pero
ahora esa sonrisa la disfrutaría otra en su lugar. ¿Cómo habían llegado a eso?
Charles le había jurado amor eterno y le había prometido permanecer ahí para todo, pero ya no estaba. Ahora se encontraba sola en un lugar poco transitado, donde solo podía escuchar el sonido de las gaviotas que sobrevolaban la playa
rocosa.
¿Qué podía hacer con su vida a partir de ahora? Su padre le había ofrecido un puesto en la empresa que tenía a las afueras de York, pero ella siempre
había deseado labrarse sola su futuro, sin la ayuda de sus padres, ya que entonces no serían sus logros. Necesitaba tomarse unas vacaciones, unos días
o semanas en las que poder pensar sobre su vida y lo que iba a hacer a partir de ese momento.
Quería alejarse de Londres, de su piso y de cualquier cosa que le recordara a Charles. Sabía que para avanzar debía olvidarse de él y superar su dolor, por lo que una idea comenzó a rondar por su mente. Una idea que desde muy pequeña había rumiado y que hasta entonces, debido a los
estudios y el trabajo, no había podido llevar a cabo.
En ese momento, una pequeña sonrisa asomó en sus labios y miró al cielo para pedir ayuda, una ayuda que necesitaba más que nunca para alejarse y sanar así sus heridas.
Una música insistente comenzó a sonar en su mochila. La joven giró la cabeza en su dirección y llevó una mano a la cremallera para sacar su teléfono móvil. Cuando vio el nombre de su mejor amiga reflejado en la pantalla no pudo sino sonreír al pensar que esta estaría de acuerdo en su intención. Sin
esperar más, descolgó y se llevó el aparato al oído:
—Hola, Anny —dijo intentando aparentar calma.
—¿Dónde estás, zorra? Acabo de estar en tu casa y no había nadie.
Pensaba que estarías aún llorando por los rincones por culpa del gilipollas de
Charles.
Candy sonrió ampliamente. No sabía cómo, pero Anny siempre hacía que se sintiera mejor.
Desde un primer momento había desdeñado a Charles como
su pareja, por lo que cuando le contó que la había dejado por otra no se extrañó, tan solo se dedicó a proferir toda clase de insultos contra el que había
sido su novio hasta que se quedó a gusto.
—Pues la verdad es que no. Estoy en la playa.
Candy escuchó un silbido de Anny al otro lado de la línea.
—La ermitaña ha salido. —Candy la imaginó con los brazos en alto y mirando al cielo—. ¡Aleluya!
Una pequeña risa se escapó de su garganta.
—¡Y ha reído! —exageró Anny—. O no eres mi amiga o te han
abducido los extraterrestres.
—Pues tal vez lo hayan hecho porque cuando te cuente lo que estoy pensando vas a flipar.
—¿Y qué es? Dime, por favor, que te vas a acostar de una vez por todas con el buenorro de tu vecino. Me lo acabo de cruzar y casi me tiro en sus brazos, pero prefiero dejártelo a ti que estás más desesperada. No hay nada
más orgásmico que devolvérsela a tu ex acostándote con otro que esté más bueno que él.
—No te lo niego, la verdad. Pero no es eso lo que he pensado. ¿Te apetece un café en el bar de siempre dentro de media hora?
—¡Cómo me conoces, bribona! Allí te espero. Y no llegues tarde, que me has dejado con la duda. Hasta ahora, zorra.
Candy colgó con una sonrisa en los labios. Por primera vez en muchos días sentía que el futuro se abría delante de ella, y debía aceptarlo y correr hacia él antes de que el arrepentimiento y la culpa aparecieran para intentar quitarle la idea de la mente. Por ello, se colgó la mochila a la espalda y se levantó de la
piedra en la que estaba sentada para encaminarse de nuevo a su coche. Echó un último vistazo a las olas del mar e intentó retenerlas en su memoria sin
saber que era la última vez que pisaría la playa que tanto le gustaba.
Justo media hora después, Candy cruzaba la puerta del bar donde solía quedar con Anny desde hacía años. Su amiga ya la estaba esperando en una mesa del fondo, alejada del ruido más cercano a la puerta. La joven agradeció el gesto, ya que así podrían hablar tranquilamente sobre lo que había pensado.
—¡Ya era hora! —le comentó mientras la abrazaba cariñosamente.
—Pero si llego solo un minuto tarde.
—Pues eso, que me tienes en ascuas.
Candy sonrió y la observó. No podía creer que su amiga aún no hubiera encontrado a alguien con el que compartir su vida. Siempre había destacado por su carácter afable, abierto y dicharachero. Pero no solo eso, Candy
consideraba que tenía una belleza natural de la que poca gente podía presumir.
Jamás había visto a Anny maquillada, pero tampoco le hacía falta. A diferencia de Candy, Anny era algo más baja y delgada. Su pelo castaño liso siempre brillaba, fruto, según ella, del huevo que se aplicaba después de la ducha, aunque siempre pensó que era broma. Sus ojos color
azul oscuro la miraban con la expectación de una niña hacia un caramelo y un brillo especial llamaba la atención de cualquiera que la mirase en ese momento. Su nariz, al igual que Candy, era chata y pequeña, lo cual le hacía parecer más joven. Su boca sonreía en ese momento y sus mejillas estaban rosadas por la
emoción del secreto que deseaba conocer.
Anny descansó la cabeza en la mano izquierda cuando se sentó frente a Candy y esperó con impaciencia a que empezara a contarle lo que le rondaba
por la mente.
—¿Vas a empezar ya o vas a esperar a que me desmaye para hacerlo?
Candy soltó una risa. Se sentía cada vez más animada y con más expectativas de futuro. Su carácter, también abierto y jovial como el de Anny, estaba comenzando a aparecer de nuevo y sentía que estaba por el
buen camino.
—¿Qué tienes que hacer en las próximas dos semanas?
Anny frunció el ceño.
—Pues la verdad es que nada porque no encuentro trabajo ni aunque lo haga gratis, tía. Creo que no me ven a la altura.
—Son gilipollas. Pasa de ellos. —Y amplió su sonrisa—. ¿Qué me dices si te invito a un viaje por Escocia?
Anny casi saltó de su asiento.
—¿Perdón?
—Necesito dejar Londres por unos días. Esta ciudad me consume y todo me recuerda a Charles. Quiero alejarme por un tiempo y volver a encontrarme
conmigo misma. Y si te vienes conmigo, mejor.
—Pero ¿por qué Escocia? —le preguntó con verdadero interés.
Candy se encogió de hombros.
—Mis padres se vinieron a Londres cuando yo era muy pequeña y apenas conozco a su familia. Sé que mis abuelos murieron cuando yo apenas era una niña, pero uno de mis tíos vive aún en la casa familiar, y quiero conocer algo más del clan White, su historia, sus costumbres… No sé. ¿Qué te parece?
Anny torció el gesto y bebió un largo trago de su pinta. Después miró a la mesa con verdadero interés, hasta que levantó la cabeza con una sonrisa pícara en los labios y le preguntó:
—¿Cuándo nos vamos?
Tres días después, Candy y Anny se encontraban en el aeropuerto de Londres esperando para embarcar rumbo a Edimburgo. Al día siguiente de su quedada en el bar, Candy telefoneó a su padre para pedirle la dirección de su tío en Escocia y para contarle lo que había planeado hacer.
—Me parece que te hará bien conocer tus raíces, hija —la había animado su padre—. El clan White tiene historias muy importantes e interesantes
que debes saber.
—Gracias, papá. Te echaré de menos.
—Y yo, hija. Llamaré a tu tío para avisarlo de vuestra llegada. Ten mucho cuidado.
—Descuida, papá. Te quiero.
Candy recibió la misma respuesta de su padre antes de colgar. Y allí se encontraba, empujando la maleta de un lado para otro junto a una nerviosa Anny, que no podía parar de mover los pies debido al deseo por embarcar
cuanto antes.
—Veo que te has puesto el colgante que te regaló tu padre… —le comentó para intentar alejar la mente hacia otra cosa.
Candy se llevó la mano al cuello y agarró el colgante. Este representaba el emblema de los White: una cabeza de jabalí y las palabras "Ne oliviscaris" alrededor del animal.
—Sí, me lo he puesto pocas veces por miedo a perderlo, pero estoy
decidida a conocer todo sobre mis antepasados, así que debo empezar ya por llevar este colgante.
Anny abrió la boca para contestar, pero una voz femenina las avisó a través del megáfono sobre la puerta que debían tomar para iniciar su viaje a Escocia.
Candy se levantó casi de un salto y con una sonrisa amplia en los
labios. Estaba tanto o más nerviosa que Anny, ya que pensaba que era una locura lo que iba a hacer, pero se prometió a sí misma volver a ser la alocada que vivía sin miedo al presente y al futuro. Se juró, al tiempo que se encaminaba por el pasillo, disfrutar al máximo la vida y dejarse llevar por las experiencias que le presentara su camino.
Cuando sus pies tocaron suelo escocés, Candy se sintió como en casa.
Ambas caminaron con prisa hacia la cinta transportadora para recoger sus maletas de nuevo e ir rápidamente a alguna agencia para alquilar un coche.
—¿Y vamos un poco a la aventura o has mirado ya un hostal? —le
preguntó Anny mientras esperaban junto al resto de pasajeros.
Candy la miró de reojo.
—Ya me conoces y sabes que nunca dejo un cabo suelto. Mi padre me ofreció la posibilidad de quedarnos en la casa de mi tío, pero no quiero molestar, y la verdad es que prefiero tener la libertad suficiente como para no
tener que dar explicaciones si queremos salir una noche a dar una vuelta.
Anny asintió con una sonrisa en los labios.
—Vamos, que no quieres que tu tío se entere si te acuestas con alguien…
Candy soltó una carcajada.
—Quién sabe…
—Uy, la antigua Candy está de vuelta… —bromeó antes de lanzarse a por su maleta.
La aludida le sacó la lengua y se encaminó hacia la salida del aeropuerto.
Las recibió un día realmente frío y húmedo, pero no le importó.
Era tal la ilusión que tenía puesta en ese viaje que no le importó mojarse en caso de que la lluvia apareciera.
—¿No había un coche más viejo? —preguntó Candy con disgusto cuando estuvieron frente al auto que les habían proporcionado.
La joven estuvo a punto de volver al stand para poner una reclamación y pedir un coche de última generación, ya que el precio que había pagado era
por un coche de menos de cinco años.
—Da igual, tía —intentó quitar hierro Anny—. Total, solo lo queremos para llegar a las tierras de tu tío, y están a menos de dos horas.
—¿Y si nos deja tiradas? —preguntó Candy con el ceño fruncido.
—Pues enseñamos pierna —contestó Anny intentando una pose sexy.
Candy soltó una carcajada.
—Si yo me encontrara a alguien en esa postura en medio de la carretera, aceleraría en lugar de parar.
Ese comentario le valió un manotazo en el brazo.
—¡Oye! Que yo soy muy sexy cuando quiero.
—No lo dudo, tía, no lo dudo.
Con una sonrisa en los labios, Candy se dirigió al lugar del conductor para tomar asiento y arrancar mientras Anny terminaba de meter las maletas en la parte de atrás. Cuando por fin ambas estuvieron listas y el GPS preparado, Candy se dirigió a la salida del aeropuerto para encaminarse a la carretera que
las llevaría hacia el antiguo castillo White, situado a las afueras de la localidad llamada Dollar, donde había alquilado una habitación para unos
días.
—No habría estado mal quedarnos un par de días en Edimburgo…
—Podemos ver la ciudad a la vuelta —contestó Candy—. Quiero aprovechar todos los días que estemos aquí y conocer todo sobre mis antepasados.
—Lo sé, lo sé. Pero no me negarás una fiesta cuando lleguemos a
Dollar…
Candy sonrió de lado y desvió la mirada hacia ella.
—¿Eso es un sí? —se emocionó Anny.
Cuando Candy asintió, su amiga no pudo evitar saltar de alegría en su asiento del coche antes de abrazarla con fuerza.
—Si me distraes así, vamos a morir en la cuneta —dijo Candy intentando quitarse a Anny de encima mientras conducía al mismo tiempo.
—¡Gracias, gracias, gracias! Por fin este viaje va tomando un rumbo que me gusta… Es decir, que está bien lo de conocer a tu familia y eso, pero que si le das una fiesta al cuerpo… pues mejor.
—Tienes toda la razón —respondió Candy antes de pisar más el acelerador para llegar cuanto antes.
El intenso ruido y el ajetreo de la capital se quedó atrás antes de que pudieran darse cuenta. Cuando por fin llegaron a la carretera que las llevaría a
Dollar, se sorprendieron al ver el poco tráfico que había en esa hora del día, pero en parte lo agradecieron, ya que así podían detenerse a mirar el paisaje
sin peligro.
Candy disfrutaba de las vistas a medida que conducía hacia el norte, pero era Anny quien ponía palabras a esa visión de los prados verdes escoceses.
La ilusión podía verse reflejada en el rostro de ambas, y Candy se reafirmó de nuevo en que la idea del cambio de aires les vendría bien a las dos para regresar a Londres con más fuerza que nunca.
Tras más de una hora y media conduciendo, llegaron a Dollar.
La lluvia había comenzado a caer lentamente a medio camino, aunque cuando llegaron a la localidad era tan intensa que dificultaba el tráfico por aquellas calles desconocidas para ambas. Según el GPS, la calle en la que estaba el hostal se encontraba a solo doscientos metros de donde habían parado, por lo que
debían buscar aparcamiento cerca de allí.
—Qué pueblo más solitario… —comentó Anny mientras miraba a su alrededor cuando bajó la ventanilla para respirar el aire puro escocés.
—Sí, supongo que estarán comiendo —respondió Candy.
La joven condujo hasta el lugar donde vio el cartelito con el nombre del hostal y aparcó justo en la puerta. Tras subir la cremallera de su cazadora hasta el cuello, ambas bajaron del coche y se dirigieron al maletero para sacar las maletas y, una vez entre las manos, corrieron a protegerse de la lluvia en el
hall del hostal.
Candy llamó al timbre, ya que la puerta principal estaba totalmente cerrada.
Y cuando escucharon un pequeño chasquido, empujaron con fuerza la puerta hasta abrirla. Un calor intenso las recibió, algo que agradecieron enormemente, ya que el agua les había calado hasta los pies. Los pantalones
vaqueros de ambas se habían mojado casi al completo en los pocos segundos que habían tardado en sacar las maletas del coche, y el pelo de Candy estaba
chorreando totalmente.
La dueña del hostal apareció mientras ambas se calentaban las manos en la pequeña estufa que había en el lado derecho del recibidor. El hall era bastante amplio para ser un pequeño hostal de pueblo, y la decoración era bastante austera. No obstante, era muy acogedor. Ambas sintieron como si estuvieran aún en sus casas de Londres.
El suelo enmoquetado sorprendió a Candy, ya que se dio cuenta de que llevaba los colores del clan White, lo cual le provocó una sonrisa de satisfacción al ver que los lugares seguían conservando las costumbres de hacía años.
La mujer que se presentó frente a ellas detrás del mostrador era de estatura media y silueta entrada en carnes. Su pelo rojo como el fuego estaba recogido en un pequeño moño a la altura de la nuca y sus ojos verdes las observaban con auténtica curiosidad. Llevaba puesto un viejo vestido azul sobre el que
colgaba un delantal de cuadros del mismo color que la moqueta.
Sonriendo, la mujer le extendió un papel a Candy.
—¿Eres la sobrina de Samuel?
La joven asintió, asombrada por que la hubiera reconocido sin apenas conocerla de nada.
—No me mires así, muchacha. Eres igualita que tu padre. Hace
muchísimos años que no nos vemos, pero ese rostro es inconfundible.
—Muchas gracias, señora…
—Miles, Abigail Miles. Vuestra habitación ya está lista. Se encuentra en el primer piso a la izquierda —les indicó mientras les extendía las llaves—. Y
no olvidéis que si necesitáis algo, estaré encantada de ayudaros.
—Muchas gracias —contestaron ambas.
Tras despedirse, se dirigieron a las escaleras y las subieron deprisa a pesar de cargar con las maletas. Y cuando abrieron la puerta de la habitación, Anny corrió hacia una de las camas.
—¡Esta para mí! —exclamó haciendo la croqueta.
Candy sonrió y dejó las maletas en un lado donde no les molestaran antes de dirigirse a la otra cama para tumbarse y descansar.
La verdad es que la habitación era tan acogedora como el resto del hostal.
La limpieza era máxima y la decoración estaba estudiada al dedillo. La estancia era muy amplia, con un par de armarios para colocar sus ropas. Las
camas estaban en el centro de la habitación, tan solo las separaba una mesita con una típica lámpara antigua. Al fondo, había un amplio ventanal desde el
cual podían ver un patio interior precioso lleno de árboles y plantas, donde en ese momento había un jardinero haciendo su trabajo. En ese mismo lugar, una
pequeña mesa redonda con dos sillas las incitaba a tomar un té de la tetera que reposaba en ese mismo lugar. Justo al lado de una de las sillas se encontraba la puerta del baño y desde la cama, Candy pudo comprobar que también era amplio. Contaba con una bañera bastante grande, un váter y un lavabo con espejo. Las toallas, totalmente blancas, reposaban junto a la bañera en una banqueta de madera. No podía pedir más. Por fin estaba donde había deseado durante tantos y tantos años, y ahora le parecía mentira.
Candy giró la cabeza hacia Anny y estuvo a punto de soltar una carcajada cuando descubrió que se había quedado dormida, así que ella no pudo evitar seguirla y descansar durante unos minutos antes de deshacer las maletas y
llamar a su tío para quedar con él al día siguiente.
CONTINUARA
