.

.

CAPÍTULO 2

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que había cerrado los ojos y se había dejado llevar por el cansancio y el sueño, pero al mirar por la ventana descubrió que el día estaba cayendo. Candy se desperezó y se levantó para darse una ducha. Anny había hecho lo mismo hacía unos minutos y ya estaba metida bajo el agua, por lo que aprovechó ese momento para deshacer las maletas y colocar la ropa en los armarios.

Cuando todo estuvo colocado, la joven tomó su móvil y marcó el número que su padre le había pasado por mensaje.

—¿Sí? —respondieron al otro lado de la línea.

Candy carraspeó, nerviosa.

—Hola. ¿Samuel White? —Esperó hasta que obtuvo una respuesta

afirmativa—. Soy Candy White, tu sobrina.

La joven estaba tan nerviosa por conocer a tu tío que sentía cómo le temblaba la voz.

—¡Candy! —gritó Samuel con emoción—. ¡Qué ganas tenía de que me llamaras! Me dijo tu padre que ibas a venir a Escocia y que te había dado mi número. No te imaginas cómo me alegra que quieras saber más sobre tus raíces escocesas.

Candy esbozó una sonrisa y se sentó en una de las sillas de la habitación.

—Sí, la verdad es que es algo que había pensado hacía tiempo, pero hasta ahora no me había decidido. Y me gustaría que fueras tú quien me explicara todo.

—Eso sin dudarlo, muchacha. Estaré encantado. ¿Mañana te viene bien?

Hay una representación sobre un hecho muy importante que ocurrió en 1615 contra el clan MacArdley. Estaría genial que vinieras.

—Claro que sí —aceptó encantada —. He venido con una amiga, así que iremos las dos.

—Por supuesto. ¿Tenéis un lugar donde dormir? Podríais quedaros en mi casa.

—Gracias, tío, pero ya tengo un hostal donde pasar las noches.

—Supongo que a la juventud no os gusta sentiros vigiladas por los mayores.

Candy rio y asintió, dándole la razón.

—¿Y dónde podemos vernos?

—En el antiguo castillo White

—Perfecto, tío. Muchas gracias. Y espero no causarte algún

inconveniente.

—Para nada, muchacha. Es un placer. Mañana nos vemos entonces.

Candy asintió y se despidió de su tío justo en el momento en el que Anny salía del baño con una toalla alrededor del cuerpo.

—¡Vaya! Estaba a punto de llamar para que me dieran otra habitación o al menos otro baño donde poder entrar…

Anny le sacó la lengua y fue hasta el armario para coger algo de ropa.

—Date un ducha y pone el taconcito, guapita. Tenemos que hacer temblar el suelo escocés.

Candy sonrió y se dirigió hacia el cuarto de baño, pero cuando cruzó por delante de su amiga, tiró fuertemente de la toalla de Anny, dejándola totalmente desnuda y con una expresión de sorpresa e indignación fingida en el rostro.

—¡Ey!

Candy soltó una carcajada y le enseñó el dedo corazón antes de cerrar la puerta del baño.

Un par de horas más tarde, ambas salieron del hostal arregladas y maquilladas. La noche ya había caído y la afluencia de gente en las calles era aún menor de la que habían visto cuando llegaron al pueblo.

Tras preguntar a la encargada por los lugares que solía frecuentar la juventud, se dirigieron hacia la derecha.

Aquella era la calle que las iba a llevar por la zona centro de Dollar, y ambas estaban entusiasmadas. Hacía demasiado tiempo que no salían de fiesta juntas y solas, ya que Charles siempre estaba presente y Anny

siempre se cortaba con él.

El tacón de ambas resonaba en el casi silencio de la noche y las jóvenes desprendían un ánimo y un deseo de pasárselo bien que hacía tiempo que no sentían. Candy se había puesto el único vestido que había echado en la maleta antes de salir, ya que solo había pensado una salida nocturna en el viaje. La prenda era de color negro y encaje mientras que la parte trasera era descubierta, dejando ver su blanca espalda, que ahora iba resguardada por una cazadora de cuero de color marrón. Sus zapatos, al igual que el vestido, eran negros, pero estaba tan acostumbrada a las zapatillas que después de tanto tiempo sin usar tacón le resultaba casi complicado andar varios pasos sin tropezar.

Por su parte, Anny también llevaba un vestido, pero su color elegido era el rojo. El corte era el mismo que el de Candy, y tan solo cambiaba el color. Sin embargo, sus tacones eran mucho más altos que los de su amiga, pero incluso así no superaba la altura de Candy. A diferencia de esta, que se había dejado el pelo suelto, Anny había decidido recogérselo en un moño alto y apenas se habían dado una ligera capa de maquillaje.

Con una sonrisa en los labios y un poco nerviosa por los días venideros, Candy fue la primera en entrar en el bar que le habían indicado en el hostal.

Este se encontraba repleto de gente que disfrutaba de la música regional que sonaba en ese momento. El local era bastante amplio y sus paredes estaban decoradas con madera envejecida. De estas colgaban algunos cuadros con imágenes de varios lugares emblemáticos de Escocia que incitaban a perderse

a las personas que había sentadas a lo largo de las mesas que se encontraban junto a las paredes.

Candy y Anny se dirigieron directamente hasta la barra, donde las atendió un chico que parecía tener la edad de ambas, es decir, unos veintitrés años.

Este las miró con una sonrisa, lo cual acentuaba la belleza de su rostro. Su pelo era rojo como el fuego y sus ojos, verde claros, incitaban a perderse en los secretos de su mente. Pero no fue eso lo que más llamó su atención, sino la enormidad de sus bíceps, que parecían poder levantar en volandas cualquier cosa que se pusiera por delante. El joven detuvo la mirada finalmente en Candy y le guiñó un ojo.

—¿Qué desean tomar estas chicas tan hermosas?

Candy amplió su sonrisa y casi lanzó una carcajada cuando Anny carraspeó a su lado y le dio ligeramente con el pie. Sabía lo que su amiga quería, y era que le siguiera la corriente y tonteara con él. Así que optó por hacer caso a Anny. Con gracia, Candy se apoyó en la barra y le pidió dos whiskys cargados y le devolvió el guiño con el ojo derecho.

—Oye, está bien que quieras dejar atrás lo sosa que eras cuando estabas con Charles, pero te has pasado un poco con lo que has pedido, ¿no? —exclamó Anny con una ceja levantada.

Candy lanzó una carcajada y se encogió de hombros mientras dirigía una mirada hacia el resto del local. Las personas que estaban allí reunidas se encontraban en grupos de más de cinco personas mientras que ellas eran solo dos. Sin embargo, se dejó envolver con la música y esperó a que el camarero les llevara las bebidas. Cuando este apareció, no le quitó ojo de encima a Candy, algo que provocó que la joven se sobresaltara y deseara dejarse llevar por la noche, la bebida y la vida en lugar de hacerlo con la cabeza, que era algo que siempre había hecho.

Tras beber un largo trago y sentir que su estómago le iba a salir por la boca, la joven tosió mientras las risas de Anny llenaban el local.

—Se te ha olvidado beber, amiga.

—Pues tengo que retomar las viejas costumbres.

Ambas rieron y brindaron por aquel viaje, deseando que fuera el mejor de sus vidas. Los minutos fueron pasando y algunos clientes se fueron

marchando poco a poco del bar hasta que apenas quedaron unos diez más aparte de ellas.

—Ahora vengo, tía —dijo Candy—. Tengo que ir al baño.

—¿Vas a potar? —le preguntó Anny con sorna.

—No te hagas ilusiones…

Candy se alejó de su amiga con una sonrisa en los labios. A medida que se aproximaba a los baños, sentía como si todos los cuadros del bar dieran vueltas a su alrededor. Pero sabía que no era así, sino que se trataba del alcohol, que hacía tanto tiempo que no bebía nada que ahora se le estaba subiendo a la cabeza con más rapidez que antes.

Candy suspiró cuando la puerta del baño se cerró tras ella y se dirigió directamente a los lavabos para echarse una poca agua en la cara e intentar despejarse.

—Joder, cómo sube esto… —se quejó al sentir un nuevo mareo.

La joven esperó un par de minutos más hasta que la sensación se fue por completo, dejándola como nueva. Al instante, se dirigió a la puerta del baño para regresar junto a Anny, pero nada más salir se cruzó de nuevo con los ojos verdes del camarero, que la miraron como si quiera traspasarla únicamente con la mirada. Hacía tiempo que Candy no sentía algo así en su interior y no sabía si fue por el alcohol o porque necesitaba tener contacto con otro cuerpo, pero cuando el camarero cruzó junto a su lado, levantó una mano y lo agarró del brazo.

Este se giró hacia ella y la penetró con la mirada.

—¿Qué deseas, hermosa?

Candy sonrió y susurró:

—A ti.

El camarero sonrió y no esperó más para acortar la distancia que los separaba y besarla con una pasión que Candy no había sentido jamás con Charles ni con nadie. Llevó sus manos a los hombros del joven y lo atrajo hacia ella. El calor que desprendía su cuerpo la atraía aún más y deseó dejarse llevar por lo que estaba sintiendo en ese momento. El camarero la empujó contra la puerta del baño y la abrió con una mano mientras que la otra se posó en la cintura de Candy. Sin dejar de besarla, entraron y la apoyó contra la puerta.

—Eres la chica más hermosa que ha pasado por aquí —le susurró contra el oído.

Y aunque Candy no lo creyó, decidió dejarse llevar y aceptar el cumplido mientras intentaba desabrocharle la camisa. Cuando el pecho del joven quedó al descubierto, Candy estuvo a punto de lanzar una exclamación de sorpresa.

Jamás había visto un cuerpo tan formado y atlético como aquel, solo recordaba el esbelto y delgado cuerpo de Charles.

Cuando sus pies dejaron de pisar el suelo, Candy lanzó un gemido, ya que la parte baja de su vestido subió hasta la cintura al tiempo que el camarero dejaba caer los pantalones a sus pies. Un segundo después, escuchó el sonido del plástico que envolvía un condón y esperó impaciente a que se lo pusiera.

Cuando por fin estuvo listo, la joven gimió de placer al sentir cómo entraba el miembro dentro de ella. Hacía tantos días que no sentía la intimidad de un hombre que estuvo a punto de llorar. Sin embargo, disfrutó del sexo como hacía tiempo que no había hecho y un intenso orgasmo le llegó un segundo antes que a su amante.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Candy antes de salir del baño.

—Iain —respondió él con una sonrisa.

—Pues ha sido un placer, Iain.

Y tras salir del baño, peinó su pelo con los dedos antes de volver junto a Anny, que la esperaba con impaciencia en la barra, pero al verla llegar, no pudo evitar echarse a reír. Y cuando por fin estuvo a su altura, le preguntó:

—¿Cuánto viento hay en el baño, no?

Candy rio con ella y la incitó a marcharse del bar cuanto antes, ya que debían estar descansadas y preparadas para el día siguiente.

—Claro, te temblarán las piernas… —se burló Anny.

Y despidiéndose de Iain, se marcharon del bar con la única intención de descansar y de no olvidar aquella noche en la que Candy volvió a ser la chica

que hacía años había dejado de ser.

Cuando las primeras luces del día aparecieron a través de la ventana, Candy abrió lentamente los ojos. Se sentía desorientada y un pequeño dolor de cabeza le atravesó la sien cuando intentó moverse para cambiar de postura. La joven lanzó un gemido de dolor y se tapó la cara con la almohada. Una parte de ella quería descansar, pero la otra estaba deseando que comenzara el día para ir a conocer a algunos de sus familiares más cercanos.

Candy se desperezó y giró la cabeza hacia la cama donde descansaba Anny y comprobó que seguía durmiendo, por lo que se levantó para darse una ducha rápida. Una sonrisa se dibujó en sus labios al recordar lo sucedido la noche anterior en el bar. La verdad es que era la primera vez que hacía algo así. Siempre había conocido con antelación a los chicos con los que se había acostado, por lo que no podía sino sorprenderse consigo misma por lo que se había atrevido a hacer. Durante unos segundos pensó que era una inconsciencia, pero ya estaba hecho y solo podía recordarlo con esa sonrisa.

Tras darse la ducha, corrió a vestirse y comprobó que Anny ya estaba despierta esperándola para entrar en el baño.

—Ya era hora, tía —dijo con la voz aún adormilada—. Estaba planteándome la idea de ir al baño del vecino.

—Venga, date una ducha que nos vamos a ver a mi tío.

—Lo que tú digas… —Y antes de cerrar la puerta del baño le dijo—: Por favor, no dejes que vuelva a beber jamás.

Candy asintió mientras se ponía los pantalones. Ella sentía cierto dolor en la sien derecha, pero nada que no pudiera quitar con un buen desayuno. Así que esperó diez minutos a Anny y después marcharon a desayunar.

—Uf, con el estómago lleno se ve la resaca de otra manera —dijo una sonriente Candy.

—Lo dirás por ti, zorra mala —exclamó Anny, que apenas había

probado bocado.

—Como vomites en el coche, lo limpiarás tú… —le advirtió mientras subían y arrancaba.

Anny le hizo un gesto con la mano para restar importancia y la instó a marchar hacia el norte.

Le alivió saber que solo estaban a pocos kilómetros de distancia y que en pocos minutos iban a llegar al punto de encuentro.

A pesar de haberse preparado a conciencia, Candy se sentía nerviosa.

Estaba deseando conocer a su tío y los lugares que su padre había frecuentado en su juventud. Por lo que pisó fuerte el acelerador para llegar cuanto antes al antiguo castillo de los White.

El colgante con el emblema del clan pendía de su cuello y a medida que se aproximaban no podía dejar de tocarlo.

Tan solo veinte minutos después, Candy llegó hasta el castillo White.

Tuvo que dejar el coche a varios metros de distancia, ya que el ajetreo que había ese día por allí era tal que apenas podía conducir sin peligro de atropellar a alguien.

Tras bajarse del coche, Candy miró a su alrededor, disfrutando del paisaje y de la naturaleza que rodeaba aquel lugar. El castillo estaba rodeado de una frondosa arboleda a través de la cual se llegaba a la edificación cruzando un estrecho camino. Cuando caminaron varios metros, llegaron a una pequeña explanada donde comenzaban los puestos de estilo medieval y donde parecían entrar en una época diferente a la que se encontraban.

—Wow, qué bonito —exclamó Anny.

Sin embargo, para Candy aquella expresión se quedó bastante corta. El lugar era realmente encantador y acogedor. A su derecha, un pequeño terraplén había hecho impracticable la conquista del castillo en tiempos

remotos mientras que a su izquierda se congregaban infinidad de

personas.

Candy miró a su alrededor para intentar encontrar un rostro parecido al de su padre. A su tío Samuel lo había visto alguna vez en fotografías, pero siempre siendo más joven de lo que sería en ese momento, por lo que no estaba realmente segura de si sería capaz de reconocerlo.

—¿Ves a tu tío? —le preguntó Anny.

—No, hay demasiada gente. Y no quedamos en un lugar específico. — Señaló la entrada al castillo—. Podemos ir hacia la puerta para ver si está en esa zona.

Ambas se dirigieron hacia ese lugar y justo cuando estaban a punto de llegar, Candy levantó la mirada al frente y vio un auténtico clon de su padre, aunque algo más joven. Esbozó una sonrisa auténtica y levantó el brazo para llamar su atención. Al instante, Sam la reconoció y corrió a su encuentro.

Candy se lanzó a los brazos de su tío y lo apretó contra él. Había deseado ese momento durante toda la vida y en el instante en el que lo había hecho realidad no pudo evitar derramar alguna lágrima solitaria.

—¡Dios mío, Candy! Había esperado encontrar casi a una adolescente, no a toda una mujer.

La joven sonrió mientras se limpiaba una lágrima de la mejilla. Su tío era realmente parecido a su padre. Ambos eran de porte atlético y muy altos. Su pelo, aunque ya canoso, dejaba entrever algún que otro cabello rubio, y unos ojos verdes muy parecidos a los suyos la miraban con auténtico interés. A sus

más de cincuenta años, Samuel guardaba el mismo atractivo juvenil que su padre, y supuso que era algo que venía de familia.

Por lo que sabía de su tío, era el actual jefe del clan White, aunque con el paso de los siglos, ser el jefe del clan no incluía los mismos quehaceres que años atrás, tan solo se habían modernizado. Dado que su tío ostentaba el cargo que debía haber tenido su padre, ya que este lo rechazó en su momento, tenía acceso a toda la documentación del clan y la historia del mismo en la

biblioteca de su casa.

Candy tomó conciencia de lo que sucedía a su alrededor y recordó a Anny, que se había quedado apartada unos metros para dejarle intimidad a la familia.

—Ella es Anny Briter, mi mejor amiga.

La joven se acercó a Samuel y le estrechó la mano con fuerza para después señalar lo que sucedía en el patio del castillo.

—¡Menuda fiesta tenéis montada! —exclamó la joven mirando a su

alrededor.

Samuel sonrió y las invitó a entrar en el antiguo castillo.

—Hoy celebramos la victoria de los White frente a los MacArdley en el año 1615. Todos los años conmemoramos esta fecha porque es uno de los mayores logros de nuestros antepasados.

—¿Qué sucedió? —preguntó Candy realmente interesada.

Samuel las condujo a una zona alejada del bullicio para intentar explicarles de forma resumida todo lo acontecido.

—Los White y los MacArdley fueron enemigos durante siglos, sin embargo, nunca había un claro vencedor. A principios de ese año, Robert White venció a William MacArdley, pero su hijo mayor, Albert, tomó el mando enseguida, convirtiéndose en un nuevo enemigo para nuestro clan.

Robert intentó que Albert se casara con su hija para sellar la paz entre los clanes, pero el MacArdley se negó. Este se convirtió en un ser despiadado y asesinó a todos los White que se encontraba a su paso, incluidas mujeres. Arrasó con gran parte de nuestras tierras colindantes e intentó llegar hasta este castillo, pero nuestros antepasados fueron más astutos que los MacArdley consiguieron llegar hasta su castillo, conquistarlo y arrasarlo con el fuego.

Las jóvenes tragaron saliva.

—¿Y qué pasó con el laird de ese clan? —preguntó Candy con el corazón en un puño sin saber por qué.

—Fue traído a este castillo, torturado y asesinado por todos los crímenes que había cometido contra los White. Por lo que dejaron escrito, nunca se habían cruzado con un enemigo de esas características. Era tan cruel y

despiadado que, después de muerto, temían que regresara de su tumba y acabara con todos los miembros de nuestro clan. Por miedo a que su estirpe continuara, su hermano también fue condenado y asesinado el mismo día que Albert, también en este patio.

—¿Y qué pasó después? Es decir, ¿qué diferencia hubo en el clan desde que acabaron con ese hombre?

—¿Diferencia? —preguntó casi con sorpresa—. Todo cambió. La paz llegó a nuestras tierras y ningún otro clan se enemistó con nosotros de esa forma. A mí no me habría gustado estar en el lugar de Robert. Yo ahora soy laird de este clan y no me puedo imaginar que alguien tan sanguinario como Albert MacArdley intente acabar con nosotros. En los libros que hay en la biblioteca se cuenta que degollaba a las mujeres como si fueran cerdos para luego dejarlas a la intemperie para que los cuervos dieran buena cuenta de

ellas.

Candy se estremeció con aquel relato y miró a su alrededor. Por lo que pudo ver, ya se estaban preparando para representar el momento en el que los hermanos MacArdley serían ejecutados ante todo el clan White, y una parte de ella deseó marcharse de allí para evitar verlo. Esa historia le había puesto el estómago del revés y necesitó respirar aire puro para calmar sus nervios. No quería ni imaginar cómo debían sentirse los miembros de su clan mientras fueron masacrados por aquel hombre violento y cruel, cuyo único propósito era acabar con las vidas de unas personas a las que no conocía.

—¿Estás bien? —le preguntó Samuel al verla tan pálida.

—Sí, sí, solo pensaba en lo que me has contado.

Samuel sonrió y le pasó un brazo por los hombros.

—Tranquila, muchacha. Ese hombre lleva muerto siglos y jamás se levantará de su tumba para acabar con nosotros. Jamás.

Candy asintió y, junto a Samuel y Anny, se acercó al centro del patio, donde se habían congregado gran parte de las personas presentes en el castillo White.

—Esto se pone interesante —le susurró Anny, que durante todo ese tiempo se había mantenido sorprendentemente callada.

Candy asintió y dirigió su mirada hacia adelante. Su tío había ido haciendo hueco entre la gente hasta ponerse en primera fila para que su sobrina viera cómo había transcurrido una de las historias más importantes de su clan.

La joven fijó su mirada en los hombres que representaban a los

MacArdley. Se dio cuenta de que el kilt que vestían era de diferente color al de los White, incluso llevaban un broche de bronce con el emblema del clan enemigo. Rápidamente, fueron despojados de sus ropas, dejándolos únicamente con la parte de abajo. Después los ataron a una especie de tronco de madera y simularon la tortura a la que fueron sometidos los hermanos antes de morir. Los actores gritaban de dolor mientras que la gente del público vitoreaba a los verdugos, incitándolos a matar.

Cuando por fin acabó ese momento, los hermanos MacArdley fueron llevados muy cerca del público, que seguía clamando sangre.

Durante un momento, Candy se sintió fuera de lugar. Entendía que aquel hombre era despiadado y cruel, pero los que había a su alrededor no lo eran menos. Deseaban la muerte de esos hombres, y ella pensó que tal vez al no haberlo vivido de cerca no era igual que verlo siglos después desde una perspectiva diferente. Sin embargo, a solo un metro de ella se encontraba el actor cuyo papel era el de Albert MacArdley y no pudo evitar un escalofrío en todo su cuerpo al pensar en un hombre con esa altura matando a mujeres inocentes por un puñado de tierra.

—¡Estos hombres nos han deshonrado! —vociferaba uno de los verdugos —. ¿Queréis su muerte?

—¡Sí! —exclamó el público.

El verdugo sonrió.

—Así sea.

Después, agarró del pelo a Albert MacArdley y acercó la cara al joven:

—Sin piedad —escuchó Candy que decía.

En ese momento, el actor fijó su penetrante mirada en la joven y ella quedó petrificada. No supo por qué, pero sintió cómo sus piernas se quedaban clavadas en el sitio, incapaz de moverlas.

Aquella mirada azul se clavó en la suya, dejándola sin aliento y con un único deseo: correr en contra. Supuso que sintió el mismo miedo que sus antepasados antes de ser asesinados por Albert MacArdley e intentó quitarle hierro al asunto, pero esos ojos seguían fijos en ella. Unos ojos que no parecían ser de este mundo. Era como si los ojos del verdadero Albert MacArdley estuvieran frente a ella y decidieran que la joven iba a ser su próxima víctima.

Y Candy apenas fue consciente de lo que ocurrió a continuación: el verdugo simuló cortarle el cuello a los hermanos MacArdley. Y lo que ocurrió después no quiso verlo. Candy se dio la vuelta y desapareció entre la multitud, intentando incluso huir de Anny, que quiso correr tras ella, aunque la multitud se interpuso, sin ser conscientes ambas de que un par de ojos observaban todos sus movimientos no muy lejos de allí.

CONTINUARA

La protagonista es de cascos ligeros, quería quitar esa escena pero preferí dejarla .

Ya me doy cuenta porque la amiga le dice cariñosamente zorra.