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CAPÍTULO 3
Candy respiraba con dificultad.
Algo dentro de ella se había agitado con tanta fuerza que sentía como si las fuerzas fueran a fallarle en cualquier momento.
A pesar de eso, la joven se alejó de la gente todo lo que pudo, perdiéndose en el otro lado del patio del castillo, junto a unos puestos abandonados de dulces típicos de la zona. Desde allí comprobó que todo el mundo estaba viendo cómo transcurría la representación y habían dejado solos los pequeños puestos, algo que le extrañó, ya que ella, si quisiera, en ese momento podía robar algo.
Cuando por fin se encontró mejor, Candy respiró hondo y soltó el aire poco a poco.
Comprobó que a cada segundo que pasaba, la multitud se iba
dispersando de nuevo a sus tiendas, por lo que la joven dio un paso hacia donde aún se encontraban su tío y Anny. Sin embargo, una mano tiró de ella con fuerza hacia la parte trasera de uno de los puestos. La joven estuvo a punto de lanzar un grito para pedir ayuda, pero cuando vio que la persona que había ante ella tenía alrededor de setenta años, tan solo pudo fruncir el ceño por la sorpresa.
—¿Qué hace, señora? —le preguntó dando un paso hacia atrás.
La mujer que había frente a ella era de estatura baja y delgada. Tenía el pelo, totalmente gris, recogido en una coleta baja en la nuca y el brillo de sus ojos negros estaba pendiente de todos sus movimientos. Aquella mujer la miraba con auténtico interés, como si la conociera de toda la vida e hiciera años que no la veía.
Pero no era así, Candy no la conocía de nada, ni siquiera tenía la sensación de haberla visto en algún lugar.
La mujer sonrió, mostrando una dentadura a la que le faltaban ya varias piezas, pero esa sonrisa solo acentuó el escepticismo de Candy, que tragó saliva mientras echaba un vistazo hacia atrás.
—No voy a hacerte nada, muchacha. No temas. Mi nombre es Clara.
Candy fijó su mirada en el rostro de la mujer y vio que tenía la nariz torcida y ligeramente aguileña.
—¿Y por qué me has empujado hasta aquí?
—Porque llevo esperándote muchos años.
Candy ladeó la cabeza y arrugó el rostro.
—¿Nos conocemos?
Clara negó con la cabeza.
—Al menos no en persona. Te he visto durante años en mis sueños, muchacha.
La joven levantó una ceja, escéptica.
—Creo que se equivoca, señora. Será mejor que me vaya.
Candy se dio la vuelta para regresar junto a Anny, pero las palabras de Cara la detuvieron al instante.
—Tu tío te ha mentido.
La joven se giró hacia ella y la observó.
—¿Respecto a qué?
—A la historia del clan White y a lo que acabas de ver representado. En realidad no fue así.
—¿Y por qué habría de mentirme mi tío?
Clara se encogió de hombros.
—Tal vez por desconocimiento o porque prefiere negar la verdad y pensar que Robert White era una bella persona que solo buscaba el bien para su clan. Sea como sea, la historia no fue así.
—Bueno, realmente da igual como fue.
—No debería resultarte indiferente, muchacha —le advirtió seriamente.
—¿Y por qué no? —preguntó una Candy que ya estaba comenzando a cansarse de su juego.
—Porque eres la elegida para salvar a los MacArdley.
Candy soltó una risotada nerviosa y juntó las manos bajo su barbilla para pensar con claridad. Estaba comenzando a pensar que aquella mujer estaba completamente loca y pretendía transmitirle su locura a pesar de que la miraba con tanta serenidad que estuvo a punto de caer en sus redes.
—Mire, Clara. Creo que se equivoca. A esos MacArdley ya no se les puede ayudar. Yo solo he venido aquí a conocer algo más de mi familia. Lo que ocurrió en ese año me da realmente igual porque no se puede cambiar. Es una pena lo que pasó con esos hermanos, pero si eran tan crueles, supongo que tuvieron su merecido.
Clara negó con energía.
—No lo creas. Fueron los White quienes tuvieron la culpa de todo.
Son unos traidores.
Candy soltó un bufido.
—Señora, gracias por el piropo, pero no sé si sabe que yo también soy una White.
—Y una White como tú es lo que necesita Albert MacArdley.
Candy resopló.
—Ese hombre lleva muerto siglos —dijo con desesperación—. Lo siento, pero esta conversación ha terminado, señora.
—¡Candy, Anny y tú debéis salvarlos!
La joven se quedó petrificada. Lentamente, se giró hacia Clara y la miró con precaución. Sentía que su corazón latía tan fuerte que parecía que en cualquier momento iba a salirse de su pecho. A pesar de eso, Clara sonrió.
—He soñado con vosotras durante años, muchacha. Por eso conozco vuestros nombres.
—¿Y por qué insiste tanto con esos MacArdley?
—Porque yo soy una de ellos y deseo que el honor de mi clan se restaure.
Candy abrió la boca, aún asombrada con esa mujer, pero una mano a su espalda logró sobresaltarla. Se giró de golpe y vio a una sonriente Anny, que miraba alternativamente a una y a otra sin comprender el motivo de la cara asustada de su amiga.
—¿Ocurre algo?
Candy negó y la instó a marcharse.
—Lo siento, señora, pero se equivoca de personas.
Clara sonrió y las dejó marchar. Mantuvo la mirada sobre ellas hasta que se perdieron entre la multitud. Y solo entonces susurró:
—Los astros no podían haber elegido mejor…
Anny condujo a Candy hacia un puesto de dulces. Le contó que su tío debía ir a hablar, como jefe del clan, con algunos paisanos, por lo que iban a estar solas durante un tiempo.
—¿Quién era esa mujer tan rara con la que estabas hablando?
Candy puso los ojos en blanco y bufó.
—La verdad es que ni idea, pero sí era muy rara. Me ha contado unas cosas tan extrañas que he llegado a la conclusión de que está loca. Dice que ha soñado con nosotras durante años.
—¿Perdón? —preguntó Anny con una ceja levantada.
—Lo que oyes. Y que somos unas elegidas para salvar a Albert MacArdley y todo su clan.
—¿Pero ese no es el muertito al que han degollado hace un rato y que lleva muerto más de cuatro siglos?
—El mismo. Insiste en que somos las únicas que podemos salvarlos. He intentado hacerle ver que no puede ser, que eso es pasado, pero no me ha hecho caso. Dice que es una MacArdley y algo así como que quiere restaurar el honor del clan.
Anny hizo un gesto con la mano, restándole importancia.
—No le hagas caso. Será una loca aburrida que quiere amargarle la vida a los demás.
Candy asintió.
—Puede ser, pero conocía nuestros nombres.
—Los habrá visto en algún sitio. De verdad, pasa del tema y disfruta, que estos dulces están de muerte.
Con el corazón aún algo desbocado y la intriga dentro del cuerpo, Candy intentó disfrutar de la fiesta y de la compañía de su tío cuando se les unió. Sin embargo, algo dentro de ella se había despertado, pero aún no sabía qué.
Justo antes de que la noche cayera sobre ellos, Candy se despidió de su tío, prometiéndole quedar algún otro día antes de que regresaran de nuevo a Londres.
—¡Qué silenciosa vas, tía!
Anny torció el gesto a medida que hablaba y Candy solo pudo darle la razón. Hasta que esa mujer se había cruzado en su camino, el viaje a Escocia estaba yendo mucho mejor de lo que había pensado en un principio, y lo estaba disfrutando como nunca. Pero las palabras de Clara no dejaban de resonar en su mente a pesar de que había intentado poner su atención en otras
cosas.
—Lo siento, pero no dejo de darle vueltas a lo de esa mujer.
—Venga, ya. ¿En serio? Esa mujer está loca —Y poniendo voz deultratumba—. Sois las elegidas para salvar a los MacArdley…
Candy lanzó una carcajada, lo cual alimentó a Anny para seguir haciendo tonterías al respecto, y gracias a eso pudo olvidar a Clara y sus locuras el resto del día.
Cuando ambas se acostaron, se durmieron al instante. Candy estaba tan cansada que no podía mantener los ojos abiertos, y mucho menos salir de nuevo a algún bar del pueblo. Por eso, tras darse una ducha, se puso ropa cómoda y se acostó, algo que secundó Anny.
Pero la noche no fue tan placentera como Candy habría deseado. Un bosque inmenso se abría ante ella. Era de noche, y la luz de la luna apenas entraba a través de los árboles, por lo que no podía ver por dónde iba. Tenía miedo, tanto que sentía que estaba a punto de desmayarse. A pesar de gritar el nombre de Anny, esta no aparecía por ningún lado. Candy se encontraba totalmente sola ante el peligro de la noche en un lugar que no conocía.
A su espalda comenzó a escuchar un sonido conocido. Los cascos de un caballo se aproximaban con rapidez en su dirección. En un momento dado, la joven se dio la vuelta para ver si se trataba de su amiga, pero solo pudo ver como un caballo negro casi la pisaba mientras unas manos fuertes la agarraban de la ropa.
Al instante, Candy se despertó de ese sueño, que era el más aterrador que había sentido jamás. Con varias gotas de sudor en su frente, la joven se dio cuenta de que el día estaba próximo a llegar, ya que en el horizonte podían verse ya los primeros rayos de luz.
Giró la cabeza para comprobar que Anny estuviera a su lado, y así era.
Esta dormía plácidamente con una sonrisa en los labios y deseó estar en su lugar. Tenía la sensación de que no había descansado ni un solo segundo durante la noche, como si hubiera estado corriendo desde que se durmió. Con gesto cansado, se llevó las manos a la cara y se dejó caer sobre el colchón un segundo más. Quería recuperar el aliento antes de levantarse y darse una ducha. Rezó para que los minutos pasaran rápido y el día comenzara enseguida. Quería viajar, recorrer las tierras de su familia y visitar los lugares
emblemáticos, pero ante todo, algo la empujaba a visitar cuanto antes el castillo de los famosos hermanos MacArdley.
Cuando ambas se dieron una ducha y terminaron con el rico desayuno que les habían preparado, Candy sentía que estaba realmente nerviosa.
—¿Se puede saber qué te pasa?
Candy sonrió. Qué bien la conocía su amiga. Apenas había dejado de mover el pie desde que se sentaron a desayunar y movía incansablemente el dedo contra la mesa de madera.
—He tenido un sueño raro esta noche.
Anny puso los ojos en blanco.
—Te has sugestionado por lo que te dijo la loca de ayer. No le des más vueltas, de verdad, porque te vas a amargar el viaje.
Candy suspiró. Anny tenía razón, pero por alguna extraña razón deseaba ir con todas sus fuerzas al castillo MacArdley.
—Está bien, pero solo quiero hacer una cosa. —Le puso ojitos—. Me gustaría ir al castillo de los MacArdley esta mañana. Te juro que esta tarde haremos lo que quieras e iremos a donde más te guste, pero quiero ir allí.
Anny suspiró y asintió. La verdad es que con tanta historia a ella también le había picado el gusanillo de la curiosidad, así que con una sonrisa se levantó de su asiento y la incitó a marcharse.
—Esta tarde haremos lo que yo diga… así que prepárate.
Candy puso los ojos en blanco. Ya se podía imaginar a dónde quería ir su amiga, pero no podía hacer menos que aceptar lo que propusiera, así que se levantó también y, después de pagar, ambas se encaminaron hacia el coche para comenzar una aventura que les cambiaría la vida para siempre.
Tardaron una hora y media en llegar a su destino. La carretera que las había trasladado hasta allí era demasiado estrecha y debía conducir con cuidado de no sobrepasar las líneas para evitar chocarse con algún otro coche.
Candy se fijó en que durante varios kilómetros a su derecha se levantaba un frondoso bosque del que no podía ver el fin, por lo que supuso que tal vez se trataba de alguna reserva.
—¿Estás segura de que vamos bien? —le preguntó Anny un tanto escéptica.
—La verdad es que no lo sé. Me fío del GPS.
Instantes después, un cartel en la carretera indicaba que el castillo
MacArdley se encontraba cerca de allí. Candy condujo hasta un sendero de tierra, saliéndose de la carretera asfaltada, que se adentraba entre los árboles del bosque.
—Si el castillo es tan tétrico como este lugar, me doy media vuelta y regreso corriendo si es preciso —comentó Candy mientras echaba un vistazo a su alrededor.
—Bueno… tiene su encanto.
Candy la miró de reojo mientras torcía la cabeza.
—¿En serio?
Anny sonrió.
—Imagina que celebramos una fiesta de Halloween aquí. Estaría genial.
Candy lanzó una carcajada mientras volvía la mirada hacia el sendero. A medida que avanzaban, el camino se hizo cada vez más impracticable, ya que había llovido el día anterior y estaba inundado de barro. Así que temía quedarse atascada en ese recóndito lugar.
—Creo que será mejor que dejemos el coche aquí y sigamos a pie —dijo mientras aparcaba y cogía su mochila para salir.
—¿Estará muy lejos?
—Según el GPS, si seguimos a pie tan solo a diez minutos. —Tras caminar unos cinco metros, Candy pisó un charco de barro—. ¡Mierda!
Comprobó que apenas se había manchado las deportivas, pero se escurrió y estuvo a punto de caer sobre el charco de no ser porque Anny la sujetó por el brazo.
—Gracias, tía. Mira, parece que a partir de aquí no hay tanto barro.
—Ya puede merecer la pena el puto castillo —se quejó Anny al verse las zapatillas.
Antes de lo que esperaban, las chicas dejaron atrás el bosque y llegaron a un claro desde donde podían verse las ruinas del antiguo castillo MacArdley.
La muralla del mismo estaba totalmente derruida, pero algunas paredes del castillo se conservaban en pie, dejando unas vistas impresionantes desde la lejanía.
Un prado enorme se extendía frente a la muralla del castillo. Desde allí se podía ver el patio de armas, donde también había crecido la hierba. De la puerta de la muralla no se conservaba nada, pero dentro se encontraban las ruinas de lo que parecía ser una puerta con tres arcos abovedados, donde el
central era más alto que los laterales. Debido al desgaste, al paso del tiempo y a la dejadez, las enredaderas habían tomado el control del lugar y envolvían
aquella maravillosa y preciosa puerta.
A un lado, el resto del castillo estaba en mejores condiciones, aunque ya nada quedaba de los cristales que decoraban las ventanas rotas. Además, la techumbre se encontraba en malas condiciones.
Aún así, aquel lugar parecía tener un encanto casi mágico para Candy. La joven no podía dejar de mirarlo y una fuerza invisible la empujaba a seguir hacia adelante y acercarse al castillo.
—¿Me acompañas o prefieres quedarte aquí? —le preguntó a Anny con una sonrisa.
—Claro que voy.
—Entonces, vamos.
No muy lejos de allí, en una casa cercana a las montañas que rodeaban el castillo MacArdley, Clara sacó un libro que había ido pasando de generación en generación entre las mujeres de su familia. A lo largo de los siglos, en su familia habían gozado de los bienes de un gran don, aunque ninguna mujer lo había usado hasta entonces, ya que consideraban que intentar cambiar el curso de la historia no era posible y que todo había que dejarlo como estaba. No obstante, los hechos ocurridos en su clan y la decadencia y caída en desgracia de este era algo que siempre le había llamado la atención. Era algo que siempre deseó cambiar. No sabía por qué, pero en su interior sentía que debía hacer lo que estaba preparando en ese mismo
momento.
Clara se encontraba nerviosa, algo que no le había ocurrido jamás. Pero sabía que ellas estaban allí, entre las ruinas del antiguo castillo MacArdley.
Una hora antes había tenido una visión en la que veía a Candy y Anny conduciendo hasta ese lugar con la intención de visitarlo. Clara sonrió al salir de la visión, ya que supuso que el propio destino llamaba a las jóvenes para llevar a cabo la misión peligrosa que les había sido encomendada y que aún no conocían.
Había sentido lo mismo que Candy, y descubrió esa fuerza invisible que tiraba de la joven hacia el castillo MacArdley. La llamaba. El alma errante intentaba avisarla para que fuera hasta allí a liberarlo de la pesada carga del infierno. Y Clara estaba segura de que todo acabaría bien.
Pero debía ayudar a la joven, ya que desde esa época no podía hacer nada. Debía regresar al principio de todo, a ese año en el que las cosas se torcieron en el clan, y tenía la misión de enmendarlo.
Clara abrió con decisión las páginas del antiguo libro. Según su madre, el saber que contenía se lo debían a los druidas que vivieron siglos atrás en el país y lo transmitieron a muy pocas personas para que hicieran con él lo más conveniente. Y sus antepasadas jamás lo habían usado, hasta entonces.
Clara buscó con prisa el conjuro que necesitaba en ese momento. Cuando por fin lo encontró, la mujer encendió una vela que había sobre la mesa y después se dirigió hacia las ventanas de la casa para correr las cortinas y así tener la menos luz posible en la estancia.
Acto seguido, Clara agarró una pequeña daga que había dejado
previamente sobre la mesa, justo al lado del libro, y comenzó a leer:
—Dioses celtas, espíritus procedentes de la luz, seres divinos que ayudáis a los hombres, reclamo vuestra atención en este día.
Necesito vuestra ayuda para enmendar algo que no debió suceder jamás, algo que se hizo mal y ahora
debe ser reparado. Deseo hacer justicia para mi clan. Ayudadme.
Escuchad mi ruego, seres de luz. Igual que derramo mi sangre sobre esta vela, que la sangre de mis antepasados deje de regar estas tierras para que puedan descansar en paz.
Clara se hizo un pequeño corte en la palma de la mano y después la llevó hacia la vela encendida, sobre la que dejó caer cinco gotas.
—Dioses celtas, espíritus de luz, protegedla de todo mal. No dejéis que todo se tuerza, que no perezca en su misión, y que en todo momento sea ayudada por su compañera. Dejad que la historia cambie, que todo vuelva a su lugar, que aquel que haga daño y desee la muerte sea ajusticiado. Que la sangre de los MacArdley regrese al cuerpo de quien la derramó, que vuelva a la vida para ser ayudado. Que el tiempo vuelva atrás hasta el momento en el que comenzó todo.
Un pequeño soplo de aire inundó la habitación donde se encontraba Clara, lo cual provocó la sonrisa de la mujer, ya que supo que iba por el buen camino.
—Que el tiempo vaya hacia atrás para ambas, que lleven a cabo su misión y que ese tiempo ponga a todos en el lugar que merecen y les corresponde.
Así sea, así será y así fue.
El remolino en la estancia se hizo cada vez más grande a medida que pronunciaba aquellas palabras una y otra vez.
—Así sea, así será y así fue.
Las palabras de Clara parecían retumbar en la casa y siguió hablando, aunque su voz quedó silenciada por el sonido del aire, que giraba cada vez más deprisa, llegando incluso a marearla.
En las afueras del castillo MacArdley, Candy y Anny habían comenzado a caminar hacia las ruinas con una sonrisa en los labios. Hablaban animadamente al tiempo que hacían planes para esa misma tarde cuando, de repente, de la nada apareció un viento bastante enérgico a solo unos metros de ellas.
—¿Pero qué coño es esto? —vociferó Candy intentando protegerse los ojos del aire.
Anny dio un par de pasos hacia atrás, asustada por lo que estaba sucediendo. Segundos antes no había ni un soplo de aire y de repente se formó frente a sus ojos lo que parecía ser casi un tornado.
El viento levantaba la hojarasca y piedras que había a su alrededor, provocando que las jóvenes dejaran de ver delante de ellas las ruinas del castillo.
Candy giró la cabeza hacia Anny. Ambas se encontraban bastante
sorprendidas y asustadas por lo que podría suceder si ese tornado se acercaba a ellas. Así que Candy tomó una decisión en toda esa locura.
—¡Corre! —vociferó.
Anny no se lo pensó dos veces. Se dieron la vuelta e intentaron regresar por el mismo sendero a través del cual habían llegado hasta allí. A pesar de la velocidad con la que corrían, Candy sentía que el coche estaba cada vez más lejos, ya que el tiempo le parecía una eternidad. Poco después, vio aparecer en la lejanía el auto, pero en ese momento, sin saber por qué, paró un instante para echar un vistazo atrás y sintió cómo su corazón se paraba al ver que el tornado se echaba sobre ellas, impidiéndoles avanzar más a través del bosque.
—¡Dios mío! —gritó Candy al advertir cómo era levantada del suelo con fuerza.
Un intenso mareo la invadió al tiempo que comenzaba a dar vueltas. No podía respirar y cuando creyó que sus pulmones iban a estallar por la falta de aire, perdió por completo el conocimiento.
CONTINUARA
