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CAPÍTULO 4

Alrededores del castillo MacArdley, 1615

Un soplo de aire fresco despertó lentamente a Candy. La joven estaba tirada sobre la hierba y sus cabellos eran mecidos por el incansable viento gélido del norte. En ese momento, un escalofrío recorrió su espalda y al mover la cabeza para abrir los ojos, un rayo de dolor cruzó su cabeza. Candy gimió de dolor y

llevó su mano derecha a la sien para intentar calmar ese dolor y cuando por fin lo consiguió, abrió lentamente los ojos.

El cielo gris oscuro le dio la bienvenida de nuevo. Estaban comenzando a caer gotas de aquellas nubes negras que había sobre ella y al instante recordó

todo lo sucedido. Su amiga Anny apareció en su mente y su corazón saltó de preocupación al pensar que algo malo pudiera haber ocurrido con ella.

El recuerdo del tornado extraño seguía en su mente y durante un segundo pasó por su mente la idea de que podrían haber muerto y estaban en un plano diferente. Pero no era así. El dolor de todos y cada uno de sus huesos le indicaba que seguía viva y tenía que levantarse cuanto antes para llegar al coche, si es que seguía en su lugar, y regresar por donde habían venido.

Descubrió entonces que había sido una mala idea ir a ese castillo.

Un gemido a su derecha llamó la atención de Candy. Tras entornar los ojos, giró la cabeza en la dirección del sonido y vio que Anny se encontraba a solo un par de metros de ella. Candy rodó sobre sí misma para apoyar las manos en la hierba y levantarse con lentitud, pues se sentía ligeramente mareada. Cuando todo dejó de darle vueltas, se incorporó y se aproximó a su

amiga.

—Anny —la llamó con voz adormilada—. Venga, despierta, tía.

Candy sacudió un poco el cuerpo de su amiga hasta que esta fue

despertando poco a poco. En el rostro de ambas se leía la desorientación que sentían y cuando Candy vio que Anny abría los ojos, solo pudo suspirar tranquila y sentarse sobre la hierba a descansar.

No podía dejar de pensar una y otra vez en el tornado y en lo que podía haber sucedido después. Y fue

entonces cuando se dio cuenta de que lo que había a su alrededor había cambiado por completo.

Se encontraban en medio de un bosque que, supuso, era el mismo en el que habían aparcado el coche, sin embargo, no sabía con exactitud en qué zona se encontraban, ya que lo último que recordaba era que estaban frente a las ruinas del castillo MacArdley. Llegó a la conclusión de que ese tornado las había desplazado a través del bosque, lejos del castillo, así que solo tenía que encontrar su teléfono para mirar el mapa y llegar de nuevo a la carretera o al coche.

—¿Qué ha pasado, Candy? —preguntó Anny tan desorientada que miraba de un lado a otro intentando ubicarse—. ¿Dónde estamos?

—Eso intento saber. Supongo que el tornado nos ha alejado de donde estábamos y ahora estoy perdida.

Candy se quitó la mochila y buscó el teléfono dentro de esta. Cuando lo vio, suspiró aliviada, pero al encenderlo, la desesperanza volvió de nuevo a su pecho tras comprobar que no había cobertura. La joven frunció el ceño y chasqueó la lengua, contrariada.

—No me jodas…

Se levantó de golpe, obviando el pequeño mareo, y se paseó de un lado a otro intentando encontrar cobertura para poder llamar a su tío Samuel o a la policía.

—¿Qué pasa? —le preguntó Anny mientras se ponía también de pie.

—No hay cobertura en esta zona. Nos habremos adentrado mucho en el bosque y aquí no llega. ¡Joder! ¿Y dónde coño estamos?

Candy puso los brazos en jarras y miró de un lado a otro intentando ver el coche o las ruinas del castillo, pero solo había bosque y más bosque allá donde pusiera sus ojos.

—A ver si vamos a estar a las afueras de Londres y nos ahorramos el viaje de vuelta en avión —comentó Anny con una sonrisa pícara en los labios.

Aquellas palabras provocaron la risa de Candy, cuyo enfado se vio aplacado gracias a la alegría innata de su amiga.

—Lo malo es que los de la compañía del coche podrían denunciarnos por no devolvérselo y nos meterían en la cárcel…

Candy rio a carcajadas y la miró de reojo.

—Deberías plantearte la opción de buscar trabajo en el cine como guionista.

—Me lo apunto —contestó con un dedo en los labios—. Es una buena opción.

Con la sonrisa aún en el rostro, Candy soltó todo el aire contenido y se encogió de hombros.

—Nunca he aprendido a orientarme, así que ¿por dónde vamos?

—Yo tampoco. —Anny miró hacia su espalda—. ¿Qué tal por ahí? Si no llegamos al coche, siempre estará la opción de ver a alguien o un pueblo donde pedir ayuda.

—Pues, entonces, vamos. No hay tiempo que perder. Es mediodía y estoy realmente hambrienta.

Anny asintió y caminaron hacia el lugar donde había señalado la joven.

Las gotas se convirtieron en una fina lluvia que las acompañó durante la más de media hora que anduvieron por el bosque.

Candy sentía que su estómago rugía de hambre y sus pies comenzaban a doler por el cansancio, pero debían seguir. Tenía la esperanza de encontrar a alguien que las ayudara e indicara el camino de vuelta al hotel.

La joven se llevó la mano al pelo y descubrió que lo tenía enmarañado, por lo que cogió una goma de la mochila y se lo recogió en una coleta alta para evitar que el viento lo llevara hacia su cara y le molestara.

—Maldito tornado —susurró para sí cuando subió más la cremallera de su chaqueta debido al frío—. Podríamos estar ya sentadas en un bar con una buena sopa en la mesa…

—Calla, calla, que estoy entrando en la fase de canibalismo y no me importará que seas mi amiga. Te comeré igual.

Candy sonrió y torció el gesto.

—Échame bien de sal, que ahora estoy un poco sosa.

Ambas rieron durante largo rato hasta que, pasada una hora más, no podían caminar más por el cansancio.

—Estoy agotada, joder —se quejó Anny mientras se sentaba en una piedra—. Vamos a descansar un rato, por favor.

—Solo un minuto. Hay que regresar cuanto antes —contestó mientras se apoyaba en el tronco de un árbol.

El silencio las envolvió, permitiendo que todos los sonidos de la naturaleza llegaran hasta ellas y, de repente, un extraño temblor llegó hasta Candy. La joven sintió que la tierra que pisaba temblaba ligeramente y entonces abrió los ojos, mirando de un lado a otro intentando adivinar si lo que había cerca de ellas era una máquina o algún otro vehículo.

—¿Qué es eso? —preguntó a Anny.

La joven negó con la cabeza y se encogió de hombros, por lo que Candy se separó del árbol y cerró los ojos para descubrir de dónde procedía el pequeño sonido que se escuchaba en ese momento. Poco a poco, ese ruido comenzó a hacerse más notorio y cercano hasta que unos metros más adelante apareció un hermoso y enorme caballo negro.

Candy levantó una ceja y miró a Anny, que la observó con una sonrisa.

—¿Piensas lo mismo que yo?

—Totalmente.

Candy volvió la mirada al caballo, que paró justo a un solo metro de ellas.

La joven se acercó y acarició el lomo del animal, que se mantuvo quieto, disfrutando de la caricia. Una montura de pieles de color marrón oscuro se encontraba bien atada y portaba unas alforjas. Candy las abrió con la esperanza de encontrar algo de comida, pero estaban completamente vacías.

—¿De quién crees que será el caballo? —preguntó Anny.

—De alguien con muy mala suerte porque ahora será nuestro.

—Estás de coña, ¿no? —Los ojos de Anny se abrieron desmesuradamente.

Candy negó con la cabeza mientras seguía acariciando más al animal.

—No pienso seguir andando por este bosque. Estoy famélica y cansada y a caballo llegaremos mucho antes a cualquier otro lugar.

—Pero ya sabes mi relación con los caballos.

Candy se rio suavemente.

—Sí, aún me duele la mandíbula de reírme cuando intentaste subirte el primer día de clases de equitación y caíste por el lado contrario.

—No tiene gracia —contestó Anny haciéndose la ofendida.

—Venga, parece que este caballo sabía que lo necesitábamos y ha venido a ayudarnos.

—Pero tendrá dueño.

—Sí, pero debió atarlo mejor. Además, cuando lleguemos a la primera comisaría pondremos una nota sobre el caballo para que el dueño lo encuentre. Diremos que lo encontramos desorientado en el bosque.

Anny resopló y chasqueó la lengua.

—Está bien, tía. Tú ganas. Pero si nos encontramos al dueño, diré que has sido tú el cerebro del robo.

—No serás capaz —dio mientras subía.

—Es mi venganza por reírte de mí.

Candy le tendió la mano para que montara y, con el rostro lleno de

escepticismo, Anny se sentó detrás de su amiga, llevó las manos a la cintura de la joven y se agarró fuertemente.

—Espero que sepas llevarlo.

—Descuida. Mi padre me obligó a ir a clases de equitación durante cinco años, así que algo aprendí.

Instando al caballo a cabalgar, este comenzó a trotar suavemente, llevándolas por el bosque y recorriendo una distancia que a pie jamás habían logrado caminar antes de que la noche se echara sobre ellas.

—¿Lo ves? —preguntó Candy—. No es tan difícil.

—Ya, bueno. Ten cuidado y ve despacio.

Candy puso los ojos en blanco y sonrió. A pesar de que las clases para ella eran obligatorias, montar a caballo siempre le había transmitido una libertad inimaginable y disfrutó de todas y cada una de las veces que montó sobre aquel caballo gris que la monitora le cedía.

Hacía años que había dejado las clases y nunca volvió a montar a caballo, hasta entonces. Y no había vuelto a recordar esa sensación tan buena hasta ese momento. Sonrió y cerró los ojos un instante. Le habría gustado cabalgar más deprisa, pero sabía que si lo hacía, Anny la estrangularía, así que se limitó a

disfrutar con ese paseo.

Después de recorrer alrededor de un kilómetro por el silencioso bosque, Candy comenzó a escuchar un nuevo sonido extraño. Con el rostro lleno de extrañeza, la joven detuvo al caballo para escuchar mejor con la intención de descubrir si se trataba de alguien que pudiera ayudarlas.

—¿Lo oyes? —le preguntó a Anny.

—Sí, parece que viene de atrás.

Giraron al caballo en la dirección de la que procedía el sonido, que cada vez estaba más cerca, hasta que en la lejanía vieron aparecer alrededor de quince jinetes a toda prisa. Todos eran dirigidos por lo que parecía ser casi un gigante, pues la altura que tenía sobrepasaba a los demás.

Candy entornó los ojos para ver mejor en la distancia, pero lo que descubrió no le gustó en absoluto, ya que los ojos del líder las miraban con tal odio que parecía querer matarlas en cuanto estuvieran a su altura.

—Pero ¿qué…? —comenzó a decir Candy con la voz entrecortada.

—Vienen hacia nosotras.

—¡Mierda! —gritó Candy al tiempo que instaba al caballo a girar en dirección contraria y cabalgar a toda prisa.

—¡Alto! —fue lo único que escucharon ambas a su espalda.

Candy sentía su corazón tan veloz como ese caballo en aquel instante. Algo dentro de ella le decía que ese hombre era el dueño del caballo y quería recuperarlo, pero la ira que vio reflejada en su rostro la había obligado a huir en lugar de enfrentarlo y pedirle ayuda para regresar. Además, recordando la

imagen que se había quedado en su cabeza, descubrió algo en lo que no había reparado en un primer momento: le dio la sensación de que portaban espadas colgando de sus caderas, pero no podía ser. Negó con la cabeza, creyendo que todo había sido un malentendido de sus propios ojos y lo que en realidad llevaban era otra cosa.

—Pero ¿a dónde coño vas, tía? —

le preguntó Anny desesperada

interrumpiendo sus pensamientos.

—No lo sé, joder —gritó—. Quiero despistarlos.

Anny giró la cabeza para averiguar la posición de los jinetes y no pudo evitar abrir desmesuradamente los ojos cuando vio que el líder de ellos se encontraba a solo un par de metros de distancia de ellas.

—Pues no lo estás consiguiendo —vociferó, asustada—. El de los ojos de loco nos pisa el culo, tía.

Candy torció el gesto y clavó los talones en el lomo del caballo,

consiguiendo algo más de velocidad, pero no la suficiente para un jinete como el que las seguía, que un minuto después logró colocarse a su altura.

—¡Deteneos ahora mismo! —vociferó al tiempo que alargaba la mano para intentar agarrar las riendas.

Candy sintió que las manos de Anny se aferraban aún más a su cintura, al igual que la cabeza de su amiga se apoyaba en su espalda. Notó que la joven temblaba, así que se obligó a sí misma cuidar de ella, a la cual había arrastrado hasta Escocia con la única intención de no viajar sola.

Con soltura y valentía, Candy giró de repente la dirección del caballo, alejándose de la mano del jinete que las seguía. Desde allí escuchó la maldición que el joven soltaba y volvió a clavar los talones en el caballo.

Durante unos segundos, logró respirar tranquila, ya que se había desviado tanto que había logrado conseguir cierta distancia respecto al que las acechaba. Sin embargo, este no se dio por vencido y continuó la carrera tras ellas.

No sabía dónde se habían metido los otros jinetes que habían visto atrás, pero supuso que los seguían a más distancia. Aunque unos metros más adelante descubrió que no era así. De repente, de entre los árboles surgió un jinete impidiéndoles el paso, pero Candy logró virar a tiempo de chocar con él.

—¡Mierda! —gritó la joven al pensar que estaban perdiendo la partida.

—Joder, tía, esto tiene muy mala pinta —le comentó Anny con voz

ahogada por el miedo—. ¿Y si le devolvemos el caballo? Tal vez así nos dejen ir. Les explicamos que ha sido un malentendido y…

—¡Ni hablar! —la cortó Candy con la voz tomada por el cansancio y la tensión del momento—. ¿Les has visto la cara? No creo que quieran hablar.

En un momento, Candy giró la cabeza y descubrió que ambos jinetes, que parecían ser hermanos, ya que eran muy parecidos, estaban a solo un metro de ellas y, a pesar de instar al caballo a cabalgar más deprisa, este no hizo caso y permitió que el líder de ellos volviera a adelantarse hasta colocarse a su

altura.

—¡No lo hagáis más difícil, muchacha! Parad ahora mismo.

—¡Vete a la mierda! —vociferó Candy intentando apartarse.

Pero apenas pudo separarse más de unos centímetros, ya que el otro jinete alcanzó en ese momento su altura y se vieron rodeadas de repente por ambos.

Candy escuchó el grito ahogado de Anny y maldijo en voz alta al verse casi vencida por ellos. La joven intentó patearlos, sin éxito. En ese momento, a lo lejos vio un río caudaloso y deseó poder llegar hasta allí para saltarlo, pero de nuevo, la mano fuerte del líder se elevó y, esta vez sí, logró alcanzar las riendas y poco a poco frenar al caballo hasta detenerlo por completo.

—Nos van a matar —le susurró Anny en el oído—. Ya verás.

Candy intentó de nuevo hacerse con las riendas, pero aquel hombre lo impidió. Solo en ese momento, la joven tuvo la valentía suficiente para

encararlo, y sintió como si los músculos de su cuerpo se quedaran petrificados, pero no por la intensa mirada de auténtico odio con la que la miraba, sino por la extremadamente belleza salvaje que desprendía.

En silencio, y con la mirada puesta aún en Candy, Albert se bajó del caballo que le había tomado prestado a uno de sus hombres y levantó las manos para ayudar a la joven a bajar.

—Bajad ahora mismo —le dijo con voz ronca sin dejar de observar todos sus movimientos.

Candy tragó saliva y, en lugar de contestar u obedecer su orden, se detuvo a observarlo con verdadero interés. Aquel hombre parecía tener como treinta años. Era extremadamente alto y corpulento, tanto que jamás había visto algo parecido. Su pelo era rubio y en ese momento se encontraba alborotado debido a la cabalgata que lo había obligado a hacer.

Sus ojos de un azul cielo de mirada penetrante estaban fijos en los de la joven, provocándole un escalofrío en la espalda, aunque no sintió miedo, sino algo totalmente diferente que no lograba entender. Una cicatriz bastante fea le cruzaba el cuello, algo que seguramente estaría a punto de haberlo matado cuando le infringieron la herida. Gran parte del rostro del hombre estaba tapado por una incipiente barba de varios días.

Candy tragó saliva al dirigir su mirada a los musculosos brazos de ese hombre y tuvo la necesidad de agarrarse firmemente a las riendas del caballo para evitar caerse por la impresión. Vestía con una camisa blanca y tartán del mismo color que había visto en la representación a la que habían acudido el día anterior: el clan MacArdley.

—He dicho que bajéis ahora mismo, muchacha —repitió con voz iracunda.

—No pienso hacerlo —fue su respuesta con el corazón en un puño—. Nos habéis perseguido como si fuéramos ladronas, pero este caballo apareció frente a nosotras sin un jinete. Solo queremos regresar al lugar donde nos hospedamos y os devolveremos el caballo.

Albert miró de reojo a su hermano, que a su vez acortó la distancia respecto a las jóvenes y tiró del brazo de Anny para obligarla a desmontar del caballo. La joven lanzó un grito, asustada por la fuerza bruta de Archie, al que aún no había mirado a la cara por miedo.

—¡Suéltala! —gritó Candy bajando ella misma del caballo y apartando la mano del brazo de Anny—. He sido yo quien ha tenido la idea de tomar prestado el caballo. A ella déjala en paz.

Albert levantó una ceja sin poder apartar la mirada de aquella joven rebelde y valiente.

—No voy a tolerar que nos tratéis así por un malentendido —dijo al tiempo que se agachaba para coger una piedra y con una mano empujaba suavemente a Anny para ponerla tras ella—. Soy la única culpable de esto.

—Candy … —comenzó a decir Anny.

—Calla —la cortó—. Tomad vuestro caballo y largaos.

Archie lanzó una pequeña risa y agachó la cabeza. Candy frunció el ceño al ver ese gesto mientras que Albert se aproximó a ella y le tendió una mano.

—Dadme esa piedra, muchacha, antes de que os arrepintáis.

Candy la levantó aún más y lo amenazó.

—He dicho que nos dejéis en paz y os larguéis.

En ese momento, el resto de hombres de Albert apareció de entre los árboles y los rodearon. Todos vestían de la misma forma y se veían algo menos fornidos que el líder, pero provocaron que la valentía de Candy se viera mermada de golpe. La joven tragó saliva mientras sintió que las manos de Anny se aferraban a su espalda y miraba de un lado hacia otro. Todos los hombres se llevaron las manos a las empuñaduras de las ¿espadas?

No se había equivocado hacía unos minutos cuando creyó ver que de sus caderas colgaban unas espadas gigantes, y prefería no saber si el filo de la misma cortaba.

Aprovechando la confusión y sorpresa de Candy, Albert le arrebató la piedra de las manos y tomó a la joven del rostro, acercándola peligrosamente a él, lo cual provocó que los nervios de Candy se vieran afectados por aquella proximidad.

—¿Quiénes sois y qué hacéis en estas tierras?

—Eso a ti no te importa —contestó con un nuevo arranque de valentía, aunque sentía que las piernas le temblaban tanto que estaba a punto de desfallecer.

Los dedos de Albert se clavaron aún más en la carne de su rostro, provocando en la joven un gesto de dolor.

—Soy el dueño de estas tierras y no permito que aquellos que no han sido invitados la pisen.

—He pisado tus tierras porque intentamos volver a las de mi familia —respondió—. Ni pretendíamos coger tu caballo ni robarte ni nada. Nos hemos perdido y queremos regresar. Solo eso.

Candy intentó soltarse, pero los dedos de Albert ejercieron más presión, obligando a la joven a cerrar los ojos. En ese instante, llevó sus manos a la muñeca del guerrero ya que trastabillaba, pero el contacto con él le provocó un intenso escalofrío y una sensación extraña en el bajo vientre, por lo que lo soltó al instante.

—¿Y cuál es vuestro clan?

—White —sentenció con voz decidida y orgullosa.

Albert la soltó de golpe, como si quemara. La joven tropezó y habría estado a punto de caer de no ser por la ayuda de Anny, que estaba a su espalda y logró alcanzarla antes de desplomarse.

Candy se enderezó sin quitarle la mirada a Albert, que la observaba como si tuviera ante él al mismísimo demonio. Incluso en el rostro de los demás también cambió algo. Sus expresiones se modificaron de golpe, pasando a ser iracundas. Al instante, todos sacaron sus espadas y las apuntaron con ellas.

—Pues no goza tu clan de mucha simpatía… —susurró Anny en su

oído.

Sin quitarle la vista de encima, Albert también sacó su espada, al mismo tiempo que Archie, y se acercó a Candy con la hoja de la misma levantada.

—¿Es eso cierto?

La punta de la espada se colocó bajo el mentón de Candy, que tragó saliva y comenzó a respirar con rapidez. Sentía como una gota de sudor corría por su espalda. Anny tenía razón: no había sido una buena idea decir que era una White, pero enseguida llegó a una conclusión.

Su amiga no tenía por qué pagar las consecuencias de los actos de su clan respecto a los hombres que tenían enfrente, así que empujó a Anny tras su espalda.

—Ella es inocente. No es White, ni siquiera es escocesa. Solo yo tengo sangre de ese clan.

Archie se adelantó un paso y apuntó con la espada a Anny.

—¿Es eso cierto, muchacha?

La joven abrió la boca una y otra vez, pero sin llegar a emitir sonido alguno, por lo que simplemente se limitó a asentir con la cabeza.

—Entonces tenéis suerte —le dijo Archie con una media sonrisa—.

Vuestra amiga no tanta…

Todos los ojos se fijaron entonces en Albert y Candy, que no habían dejado de observarse detenidamente.

—¿Cuál es vuestro nombre? —le preguntó sin mucho interés.

—Candy White —dijo sintiendo el filo de la hoja aún más cortante

contra su cuello.

—Mi hermano tiene razón, Candy White —comenzó con voz ronca— Hoy no es vuestro día de suerte, muchacha.

—¿Y qué vas a hacer? —le preguntó levantando el mentón.

—Cortaros el cuello —sentenció Albert antes de levantar la espada.

CONTINUARA